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viernes, 23 de septiembre de 2011

La viuda negra





Conoces de memoria la forma de cada letra, las curvas achatadas de la s, la colita exageradamente larga de la a, la t en forma de cruz. Cuántas faltas de ortografía, cuántas palabras sin tildar. ¿Sería cierto que terminó el colegio? Con las justas habrá ido al jardín. Sientes otra vez esos ardores, esas punzadas insoportables. Te revuelcas en tu cama, lees otra vez sus palabras, contemplas ese trazo casi infantil, esas letras inclinadas hacia la derecha, esa firma hecha con furia, con odio. Te arrastras hacia el baño, te dejas caer en el water, un olor nauseabundo taladra tus fosas nasales, sientes ganas de vomitar asqueado por tu propia podredumbre. Te palpas el cuerpo lleno de excoriaciones, de llagas hediondas, supurantes. Tu cuerpo es un castillo de huesos, piel muerta, heridas que no cicatrizan, a punto de derrumbarse. Llegará el día en que ni podrás arrastrarte hacia el baño. Tienes las mejillas hundidas, los pómulos salidos, los ojos marchitos, la piel macilenta. Abres la ventana para respirar un poco de aire puro. ¿Y si te mataras? ¿Será suficiente altura para morir de un solo golpe? Si estuvieras en el Puente Villena no lo pensarías dos veces, pero ni tienes fuerzas para salir a la calle y tomar un taxi. ¿Cuántas horas estuvo agonizando la hija del ex fiscal de la Nación? Hay que tener suerte también para morir. ¿Cuánto demorará la caída? ¿Veinte, treinta segundos? Que sean veinte segundos; veinte segundos y se acabaría este infierno de un solo golpe. Las calles están desiertas, solitarias. La Realidad parece un cementerio. En una noche así la conociste, conociste a la Viuda Negra. La Viuda Negra. Qué apodo tan tonto: la Viuda Negra. Y tú fuiste su ángel. Su Ángel.
–¿Tienes hora? –su voz dulce, aguda, detuvo tus pasos.
Hubieras seguido de largo, piensas ahora, ahora que lo sientes navegando en tu torrente sanguíneo en pos de los territorios ignotos de tu cuerpo para seguir burlando tus defensas, para seguir destruyendo tu sistema inmunológico.
–Son cuarto para las once.
Te dio las gracias con una amplia sonrisa entre coqueta e infantil. Tenía el rostro bien blanco, pálido, a pesar del maquillaje.
–Ideal la noche para caminar, ¿no?
Asentiste. Era bonita. Tenía los cabellos negrísimos, lacios, largos hasta la altura de la cintura. Era delgada, bien delgada. Parecía frágil, una copa de cristal a punto de romperse. Estaba vestida toda de negro de los pies a la cabeza. La Viuda Negra.
–¿Puedo acompañarte?
–¿No esperas a nadie?
Negó con un movimiento de cabeza.
–¿O prefieres ir de excursión solo?
–Acompáñame, si gustas.
Tengo suerte, pensaste, por algo no soy guapo, ¿no? No todas las noches uno encuentra en su camino una chica bonita que se te manda con todo: ¿puedo acompañarte? Y todavía te reta: ¿o prefieres ir de excursión solo?
Empezaron a caminar a lo largo de los Eucaliptos.
Sacó una cajetilla de cigarros de su escote, se llevó uno a los labios y lo encendió con un encendedor que sacó del mismo lugar. Le hubieras dicho tu sostén parece el cinturón de Batman.
–¿Fumas? –te ofreció un cigarrillo.
–No, gracias. Fumar produce cáncer al útero.
Soltó una sonora carcajada.
–Creyendo tonterías. Mi abuelita Rosa y mi tío Luis Miguel fuman como chimeneas y están más vivos que nunca.
–Hasta que se mueran.
–De algo tenemos que morir, ¿no?
–Parece que tú no le tienes miedo a la muerte.
–¿Por qué voy a tener miedo si todos tenemos que morir algún día? ¿O tú quieres vivir para siempre como el Conde Drácula, ah?
–Lo sé, pero hay tantas cosas que hacer en la vida que me gustaría vivir por lo menos doscientos años.
Rió. Sus tacos resonaban en la vereda como resuenan hoy en tu memoria. Tacones lejanos.
–¿Hace cuántos años que no te cortas los cabellos?
–Uff, ni me acuerdo. Siempre lo he llevado largo. Cuando era chiquita lo tenía casi hasta el suelo.
–Exageras.
–En serio –dijo, alisándose los cabellos, tirándolos hacia delante como si quisiera cubrir sus senos pequeños–. Algún día te enseñaré mis fotos de cuando era chiquita. ¿Y tú por qué andas medio pelado? ¿Tenías piojos o qué?
–Ajá.
Rieron. Tenía una risa linda.
–Los pobres se morirían de frío en esta calva –dijo, pasando las manos por tu cabeza–. Au, hinca.
–¿Y tú por qué vistes toda de negro, ah? ¿Acaso se te murió tu gato?
–Soy la Viuda Negra de La Realidad –dijo, aspirando con fuerza su cigarro. Arrojó el pucho después de encender otro.
–¿La araña peluda, o la de las creencias?
–La araña peluda –dijo, pellizcándote–. Y la otra también.
–¡Ay, mierda!
–Pico rico, ¿no?
Exageraste tu dolor.
–Perdón –dijo. Te agarró el brazo y te chupó la “mordedura”. Sentiste sus labios calientes sobre tu piel–. Te he succionado el veneno para que no te mueras por mi culpa.
–Bien mala eres –dijiste, acariciándole los cabellos, suaves como la seda.
–¿Lele?
–Por supuesto.
–Para que vayas aprendiendo que con las arañas no se juegan –dijo, enseñándote las uñas, largas, pintadas también de negro, al igual que sus cejas. ¿No estaría loca? ¿Tanta obsesión por el color negro?
Prendió otro cigarrillo. En alguna calle estalló una sarta de cohetecillos.
–¿Ya hiciste tu balance de este año que se está terminando?
–En eso estaba, cuando cierta araña me interrumpió preguntándome la hora.
Se detuvo. La sonrisa se congeló en su pálido rostro.
–¿Qué pasa?
–Nada.
–¿Te cansaste de caminar?
–No te quiero seguir interrumpiendo…
Ahí la hubieras dejado, hubieras seguido tu camino. ¿Pero dejar a una chica bonita…?
–Vamos, mujer araña, no seas tonta y acompáñame.
–Para hacer tu balance anual no necesitas compañía.
–Discúlpame y olvídate del balance –agarraste su manita pequeña, frágil–. Ven, vamos, acompáñame.
–Bueno.
Reanudaron la marcha.
–¿Te gusta caminar de noche?
Asentiste. Caminar de noche en las calles solitarias, silenciosas de La Realidad. Doblaron hacia los Sauces. Ella seguía fumando.
–Tus pulmones estarán llenos de hollín, mujer araña.
–No sé, nunca los he visto –le dio una calada a su cigarrillo–. ¿Y tú no tienes ningún vicio?
–Que yo sepa, no.
–Te felicito. Eres el hombre perfecto.
–Tampoco tampoco. Por ahí debo de tener algún vicio solitario, clandestino.
–Provecho con el vicio.
–Gracias.
Risas.
Fueron por los Olivos, salieron en la Plaza de Armas, contemplaron el Nacimiento de tamaño natural, el inmenso árbol navideño lleno de focos de todos los colores.
Fueron hacia la fuente de agua. Se apoyó en la baranda como una niña traviesa y aprovechaste para mirarle las piernas cubiertas por unos pantys también negros. Tiró el pucho al agua. La sacudiste por la espalda.
–Tonto, casi me haces caer.
–Perdón.
–Ayúdame a bajar, ¿quieres?
La cogiste de las axilas. No pesaba nada, parecía una pluma.
–Estás tela, mujer araña, ¿acaso no comes?
–Siempre he sido delgada.
–Tanto fumar te estará chaqueteando.
–No creo. Seré flaca, pero no estoy anémica. Tengo una amiga gorda que está con anemia.
–Pura grasa nomás será.
–Ah.
–Tú sí que eres pura fibra –dijiste, palmeándole la espalda.
–Mmm.
Doblaron hacia las Palmeras.
–¿En serio que no fumas?
–No. Tú ya pareces Eva tentándome a cada rato.
–Pero yo no tengo manzanas.
–Pero tienes otros encantos, aunque poquitos –clavaste los ojos en su escote.
Sonrió.
–¿Y qué haces por la vida?
–Estudio Música y Literatura en La Cantuta.
–No me digas.
–En serio.
–Quién como tú, te envidio.
–¿Y tú, araña?
–Acabo de terminar el colegio. Estuve en el Estenós.
–¡Felicitaciones! –le palmeaste la espalda.
–Ni me felicites, porque creo que voy a repetir de año.
–¡Plop!
–En serio. Me han jalado en varios cursos.
–Pero puedes dar tus exámenes de recuperación y pasar de año. A los de la promoción les toman en enero nomás. Chanca duro y ya, pasas.
–¿Para qué si soy más bruta que la Chuchi Díaz y de todas maneras voy a repetir? –inclinó el rostro y empezó a sollozar.
–Cálmate, Viuda Negra –le pasaste el brazo por los hombros–. Recuerda que las arañas nunca se rinden sin haber luchado hasta el final.
–Es que tengo la cabeza dura…, olvido rápido lo que estudio. Pensaba postular en marzo. Ahora no sé qué voy a hacer… Si mi papá se entera, me mata…
–Si quieres, yo te doy clases de recuperación…
–¿En serio?
–Claro, para que pases de año y dejes de llorar, porque te ves fea cuando tienes lágrimas en los ojitos.
–Eres un ángel –te dijo estampando un sonoro beso en tus mejillas.
–Pero con una condición…
–¿Cuál?
–Que dejes de fumar.
–No creo que pueda…
–Tienes que poder, mujer araña, o no hay clases de repaso.
–Abusas porque me tienes en tu poder, ángel.
–No es eso, arañita, lo que pasa es que no me gusta que estés acabando tu vida en un vicio inútil.
–Gracias por preocuparte por mí, ángel –te dijo, y volvió a estampar otro beso en tus mejillas. Inhaló profundamente, arrojó el cigarrillo y lo aplastó con la punta de sus tacos.
–¡Muere, cucaracha!
–¿Contento, ángel?
–Por ti, arañita. No me gustaría que mueras con los pulmones llenos de hollín.
–Tengo mi abuelita y mi tío que fuman como chinos en quiebra y…
–Y están más vivos que nosotros, ¿no?
–Mmm.
Salieron por la Carretera Central. Las combis pasaban veloces en una guerra contra el tiempo, el nuevo año se acercaba a pasos agigantados. Del Tropicana salía la voz de Sonia Morales cantando a todo pulmón su éxito Perdóname.
–¿Nos colamos a la fiesta?
–Después volvemos, ¿sí?
–De todas maneras.
Las combis seguían pasando veloces.
–¿Qué hora tienes, ángel?
–¡Chispas, son diez para las doce!
–¿En serio?
–Claro que sí.
Doblaron hacia los Álamos.
–¿Está a la hora tu reloj, ángel?
–Claro que sí, con RPP.
–Ni cagando llego a mi casa.
–Al menos inténtalo, araña; por gusto no tienes tantas patas, ¿no?
–Con estos tacos me caigo por ahí y me saco la mugre.
–Si quieres, te cargo.
–¿A ver? No creo que puedas.
–Cómo no voy a poder si estás bien charqui.
En ese instante los cohetes, cohetones, cohetes silbadores, ratablancas y demás bombardas empezaron a estallar iluminando el cielo de La Realidad en mil colores. Parecía el asalto final a Bagdad.
–¡Feliz Año Nuevo, ángel! –te dijo, abrazándote y besándote cerquita de los labios. Aspiraste su aliento a tabaco, sentiste sus senos pequeños clavarse en tu pecho.
–¡De igual modo, mujer araña!
–Si te hubiera conocido antes, te habría regalado algo.
–Los regalos se dan en Navidad –dijiste, pensando te habría regalado una caja de Halls, un desodorante para la boca.
–Pero también se pueden dar en Año Nuevo, ¿no?
–Claro, si gustas.
–Entonces más tarde, cuando pasemos por mi casa, te doy tu regalo.
–Gracias.
En las calles ardían los muñecos de trapo despidiendo el Año Viejo. Pasó un hombre cargando una enorme maleta.
–¿Tú eres supersticioso, ángel?
–No. ¿Y tú, araña?
–Tampoco.
–¿Y qué haces si te regalan un calzón amarillo?
–Me lo pongo. Es un regalo, ¿no?
–A caballo regalado no se le mira el diente.
–Mmm. Una vez me comí las doce uvas que mi abuelita había guardado para comérselos a medianoche. La pobre casi me mata.
–Casi mueres por tragona.
–Qué iba yo a saber que eran sus uvas para la buena suerte. Era chiquita.
–Una inocente y pobre arañita.
–Ajá.
Doblaron hacia los Cedros. Ahora los muñecos solo eran un montón de cenizas que el viento nocturno empezaba a esparcir.
Llegaron a mitad de cuadra.
–Aquí vivo.
Se miraron. ¿Cómo invitarla a pasar?: Pasa, he preparado pavo con puré de papas y ensalada rusa y hay abundante champaña para esta noche.
–Tanto caminar me han dado ganas de hacer pis –dijo–. ¿Me prestas tu baño, por favor?
–Claro, pasa.
Solita te has metido en la boca del lobo, pensaste. ¿O lo pensó ella?
Salió del baño con los cabellos humedecidos y la cara lavada. Sin maquillaje era más pálida aún.
–Estás guapa, araña.
–Gracias, ángel. ¿No tienes nada para tomar? Estoy que me muero de sed.
–¿Gustas un vinito?
–Claro, para celebrar la llegada del nuevo año. Después nos vamos al Tropicana a bailar.
Bien que nos vamos a ir al Tropicana, pensaste. De aquí no sales así nomás.
Trajiste la botella de vino con un par de copas. Serviste.
–Poquito nomás…
–…para empezar.
–Ajá.
Rieron. Alzaron sus copas.
–¡Por nuestro encuentro!
–¡Porque ingreses a la universidad!
–Con tu ayuda, ángel. Fue una suerte haberte conocido.
–Al contrario.
Volvieron a brindar.
–¿No hay música en esta casa?
–Claro que sí –pusiste baladas.
–Las baladas me dan sueño –dijo–. Mejor pon música fúnebre.
–Si quieres.
–Mejor bailemos –te jaló de las manos, te abrazó y empezaron a bailar, a moverse suavemente. Sentías sus senos, sus muslos, todo su cuerpo pegado a ti, sentías el calor de su piel, su aroma.
–¿Puedo fumar, ángel?
–Claro que no.
–¡Por favor, aunque sea el último puchito! No seas malo, ángel.
–¡No!
–Te lo pido de rodillas –se puso de rodillas. Le acariciaste los cabellos–. ¡Por favor, ángel!
–Eres una araña viciosa. Solamente la mitad del cigarro, ¿ya?
–Eres bien bueno, ángel –te dijo, y entonces te besó. Su lengua era una culebrita que buscaba refugio en tu boca. Enredó su lengua en la tuya, mezclaron sus salivas. Tus manos empezaron a recorrer su cuerpo mientras Soraya cantaba Otras manos lo han intentado, / solo las tuyas me han encontrado. Sus ropas cayeron al suelo, las caricias y los besos se intensificaron. Tus labios abrieron surcos en su piel, hurgaron su Zona Sagrada, manipularon su Estalactita hasta hacer que se pusiese dura; su boca se tragó tu sexo, sabía arrancarte gritos de placer; seguían brindando, embriagándose; el placer se acrecentaba, se volvía incontrolable, un torrente de lava, y fundieron sus cuerpos en un solo cuerpo, unieron sus sangres en una sola sangre y sus fluidos en un solo fluido y sus vidas en una sola vida.
Eso es lo que recuerdas ahora, mientras contemplas las calles oscuras de La Realidad, mientras agonizas en medio de los vahos de tu propia podredumbre. Allí está el mensaje que te dejó en el espejo del baño: ¿Sabes con quién estuviste anoche? Jajajá.

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