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lunes, 26 de septiembre de 2011

Diario escolar (setiembre)



SETIEMBRE

JUEVES 1:

Setiembre. Empieza un nuevo mes. Ya estamos en setiembre. Setiembre, el mes del amor, de la juventud, de la amistad. Mes de la primavera. Primavera, los corazones laten con más ímpetu, con más ganas, los jardines se visten de colores, los pajarillos cantan en los árboles hermosas tonadas, los niños juegan alegres en los parques. La gente se enamora en setiembre. En setiembre todo el mundo me pide poemas y cartas de amor. Setiembre, mes del paseo a Chosica. Chosica como todos los años a lo largo de mi vida escolar. En Chosica está el sol, por eso vamos en su busca. Ah, si pudiera ir en busca del amor. Saldré a buscar al amor, / con las uñas, con los dientes. / Saldré a buscar al amor que no sea indiferente. / Saldré a buscar al amor, / a ese amor que a mí me quiera. / Porque yo quiero a ese amor… Los días empiezan a ser más calurosos. Arañita se sancocha en su cuevita. ¿Quién habrá inventado el calzón? ¿Cuándo lloverá en mi Desierto? Arañita lo agradecería: gracias, gracias, gracias. El verano está a la vuelta de la esquina, falta poco para disfrutar del mar otra vez, de la arena, de las gaviotas, de los rayos del sol, de la brisa marina. Menos mal que aquí no tenemos huracanes asesinos como en los Estados Unidos. Si al Katrina se le hubiese ocurrido pasar por Vallecito, estoy segura que nada hubiera quedado en pie.

Me ducho, me rasuro las axilas. Yo también quiero estar peladita, pide arañita, pero no, no le hago caso, después pica feo. Espérate hasta el paseo a Chosica, arañita venenosa.

Entro cantando a la cocina.

–¿Por qué tan contenta? –me pregunta mamá mientras me sirve mi desayuno. Cocoa con leche como siempre.

–No sé.

–¿No sabes, o estás enamorada, hijita?

Enamorada yo.

Ya la fregué todo por dármelas de cantora. No digo nada, solo me sonrojo. El rubor me delata. Enamorada estoy hace años, desde que era una pulga, desde que era una cosita sin tetas ni poto y él entró por primera vez al salón, entró a mi corazón y allí se quedó para no volver a salir.

–No vayas a meter la pata como Mariana, hija.

–¡Ma, qué cosas dices! –protesto. La que calla otorga. Yo tengo tantas cosas que otorgar, pero igual protesto.

–Si vas a tener intimidad, dile a tu enamorado que se ponga condón –mamá me mira. Esa mirada penetra las fibras más íntimas de mi alma. Ella me conoce bien.

Si vas a cachar, hijita, cuídate, porfis. Aprende de tu amiguita Angie, tan retaca, y se sabe todas las mañas de las callejoneras. No seas otra Mariana.

–¡Ma, tú estás más loca que una cabra! La primavera te está afectando la cabeza, por lo visto.

–Es que esa es la verdad, hijita. Recién me he dado cuenta –ella medio que quiere sollozar.

–Yo tengo que seguir estudiando, viejita. No te voy a fallar –le digo, abrazándola. La abrazo fuerte, la lleno de besos–. No soy tan sonsa como Mariana.

Claro que no. Yo no soy tan huevona. Yo me cuidaré. Uno hace el amor no solamente para seguir poblando el mundo, sino también para disfrutar, para gozar, ¿no? (palabras de Angie: el chuculún es bien rico.) Hay tantos niños sin papá, sin nombre, que sería pecado traer uno más. Claro que no, yo me cuidaré, pondré una alambrada de púas en la entrada de mi Jardín Secreto para que nadie ingrese sin mi permiso: la casa se reserva el derecho de admisión al Paraíso, no insistir, porfis. No seré ni como Mariana ni mucho menos como Angie. Yo me cuidaré, no me meteré con cualquier pobre diablo. ¿El amor es ciego? Me pondré buenos lentes, entonces.

–Me alegro que pienses así, hija. Si te vas a enamorar, hazlo de un hombre que valga la pena, no dejes que algún mocoso te pinte pajaritos y luego te haga el avión como a tu pobre hermana.

Un hombre que valga la pena. Mamá no ha dicho busca un chico que valga la pena, ha dicho un hombre que valga la pena. Un hombre. No un mocoso que no sabe ni limpiarse el culo y ya está pensando en cachar. ¿Habrá leído mi diario? ¿Mariana le habrá contado algo? Últimamente se han vuelto amigas, aunque Mariana siempre la mira con recelo, ¿no le perdonará que por su culpa se haya roto la pata y haya vivido sin papá? Un hombre que valga la pena. No un mocoso. ¿Quién podrá ser ese hombre?

Le doy un beso y marcho contenta al colegio.

Ahí está el profesor Palomino. ¡Al fin ha vuelto! El corazón quiere explotar de la emoción. Ahora sí nadie nos separará, amor. A ver, un besito a mi amado. Cierro los ojos cuando sus labios rozan mis mejillas. Béseme otra vez en los labios. ¿No ve que es setiembre? Setiembre, el mes del amor. Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar, / porque tu amor volvió hacia mí (puedo soñar)…

–¿Y cómo está?

–Muy bien.

–Me alegro.

–Mira –me dice.

Reconozco mi llave. Me alegro.

–¿Vamos a seguir en la biblioteca?

Silencio. El corazón tiembla.

–Vamos a sacar nuestras cosas.

La alegría escapa de mis manos como un suspiro, apenas me duró unos segundos, igual que ese beso que nos dimos hace casi tres meses ya. Vamos a sacar nuestras cosas, la biblioteca se terminó para nosotros. Y yo que quería estudiar para bibliotecaria.

En el camino hacia nuestro antiguo nidito saca su llavero, saca una llave y lo cambia por el de la profesora de computación.

–Esto es tuyo –me dice.

–¿Para qué lo quiero si ya no lo voy a poder utilizar? ¿Quiere que entre a robar libros?

–No. Guárdalo. Si me quieres recordar, con esa llave abrirás las puertas de nuestros recuerdos.

Qué poético: las puertas de nuestros recuerdos. Suena cursi: las puertas de nuestros recuerdos. Parece el título de una película hindú o de una canción de Los Iracundos. ¿Pero acaso el amor no es cursi? El amor es el sentimiento más estúpido que puedan sentir los seres que tragan y defecan y se limpian los dientes y el culo y se bañan después de hacerlo para librarse de los sentimientos de culpa.

–Guárdelo usted. De repente el otro año vuelve a la biblioteca.

–No, Camila, nunca volveré, te lo juro, más bien trataré de cambiarme de colegio, ya me cansé de toda esta mierda.

–Yo también –miento. Le pediría que luche, ¿pero para qué?

–Pero tú de todas maneras te tienes que ir. Te envidio.

Envidiarme. Nada más. No me dice te voy a extrañar cuando te vayas. Era tu mirada tierna la que me entregaba / la tibieza dulce de la madrugada, / no estaba seguro si era un sueño o no… Tus labios temblaban junto con los míos… Te extrañaré cuando te vayas, / te extrañaré cuando no estés, / quien va a creer lo que vivimos si ni yo lo puedo creer…

Tomar la llave, abrir la biblioteca, prenderle fuego e inmolarnos. ¿Pero para qué mierda? ¿Para que los demás se rían de nosotros?

Entramos. Probablemente es la última vez que estamos aquí. Mirar cada rincón, los estantes llenos de libros, nuestro escritorio. Ahí nos besamos una vez, hace tiempo ya. Ese tiempo no volverá. Ese día nunca más se volverá a repetir en esta vida, en nuestras vidas. Un día moriré recordando ese beso que nos dimos tres días antes de su cumpleaños. Ese beso lo llevaré como Jesús llevó su cruz al calvario. Nos dimos un beso y nadie se dio cuenta. Por ese beso pudieron habernos botado del colegio, pero nadie lo hizo. Por ese beso pudieron haberlo condenado a cadena perpetua, botado del magisterio, anulado su título de profesor, pero no lo hicieron. Nos botan por un beso que se dieron Bendezú y Portilla –¡quiénes todavía!– jugando a la botella borracha. Por eso nomás nos botan.

Guardar lo poco que es nuestro, la radio, los CDs, los casets, nuestros lapiceros.

–Escógete el libro que más quieras.

Lo miro, extrañada.

–Para que tengas otro recuerdo de tu paso por este lugar.

Otro recuerdo. ¿Para qué quiero otro recuerdo? El único recuerdo que me llevaré será el beso que nos dimos alguna vez. Solo eso me llevaré. La llave se oxidará en algún rincón de mi cajón, con las hojas del libro me limpiaré el poto con caca o haré barquitos de papel que se llevará el río hasta el mar. Ese beso que nos dimos nadie me lo quitará. Ese beso me lo llevaré a la tumba.

–¿No le dirán nada por chorearse un libro?

–Ni se darán cuenta, esas bestias ni leen. Y si se dan, es igual. Escoge el que quieras.

–El que quiero…

–Sí, el libro que más te guste.

–Cierre los ojos…

–¿Para qué? –me mira. Esos ojos siempre me han gustado. Esos labios siempre he deseado besar de nuevo.

–Para que no vea el libro que me voy a llevar. Así, si se dan cuenta, usted no sabrá nada.

–Bueno, Cami, como digas, pero apúrate que tenemos clase.

–No se preocupe que ya sé el libro que me voy a llevar. Cierre los ojos.

Cierra los ojos. Yo me pongo de puntillas, como cuando estaba en primer año, y le doy un beso. Lo amo, profesor. Lo amo desde que estaba en primer año, ¿nunca se dio cuenta? Dígame que me ama como yo lo amo. Dígame también te amo, Camilita, te amo y lucharé para quedarnos en este lugar. Nadie nos sacará de aquí.

No, no lo hace, se queda quieto como una estatua.

Escuchamos pasos y salgo huyendo de la biblioteca.

VIERNES 2:

Ahora soy la “secretaria particular” del profesor. Tuve que reciclarme para no quedarme desocupada. Le ayudo a pasar las notas, a preparar exámenes, controles de lectura, a revisar los cuadernos. Yo pensé que después de la biblioteca se terminaba todo entre nosotros, pero no, se ve que él me quiere a su lado. ¿Será amor, compasión o costumbre? Tantos años que estamos “juntos”. No me dijo nada del beso que le di. Me gustaría conocer sus pensamientos, saber qué sintió ese momento. ¿Lo hice feliz? Ojalá.

Como su secretaria gano el doble, es que es otra categoría. Si hubiera sido su secretaria desde primero, ahora sería millonaria, y su amante, porque las secres terminan siempre en la cama de sus jefes, ¿no?

–¿Tengo derecho a un aumento? –le dije cuando me pidió que fuera su secretaria–. Un sol es muy poco, apenas alcanza para un sánguche de burro y un refresco.

–Bueno, te daré el doble ahora que ya cancelé mi deuda con la Subcafae, pero voy a ser más exigente, señorita, ojo.

–¿Le tengo que traer su cafecito, jefe?

–Claro, señorita, mi cafecito, mi sanguchito. El trabajo es con servicio completo, así es que tiene que venir todos los días bien bañadita y perfumadita. Por favor, me bota ese feo uniforme escolar y me viene con su traje de secretaria.

Bañadita y perfumadita vengo todos los días, pero él ni se da cuenta.

–Tampoco tampoco, jefe.

Risas. Si él es feliz, yo también lo soy, para qué vamos a darle gusto a toda esa gente que envidia la felicidad ajena, ¿no? El corazón se les va a pudrir por no saber lo que es el amor, por no dejar que los demás sean dichosos.

Nomás que no tenemos un lugar para nosotros, nuestra oficina es un rincón en la sala de profesores, pero no importa, con él sería feliz hasta en el lugar más miserable del mundo.

SÁBADO 3:

Tres meses ya desde aquel primer beso. Cerrar los ojos y recordarlo. Recordar sus labios suaves, su aliento fresco. Es inútil dejar de quererte, / ya no puedo vivir sin tu amor, / no me digas que voy a perderte, / no me quieras matar, corazón. / Yo que diera por no recordarte, / yo que diera por no ser de ti… Escuchar canciones y recordarlo. Las canciones suenas más tristes sin él a mi lado. ¿Por qué el amor nos hace sufrir? ¿Por qué el amor es dolor? Eso es lo que no sé. Corazón, corazón, no me quieras matar, corazón… Ah, si el profesor escuchara este disco de Julio Iglesias cantando rancheras. Me cansé de rogarle, / me cansé de decirle / que yo sin él(la) de pena muero. / Ya no quiso escucharme, / si sus labios se abrieron / fue pa’ decirme ya no te quiero… ¿No es para llorar?

MIÉRCOLES 7:

–Profe, promedios.

–Los estoy sacando, muchachos, paciencia.

–Todos estamos aprobados, ¿no?

–No todos, hay algunos que están hasta las patas en mi curso.

–Somos promo, profe.

–¿Y?

–Todos tenemos que estar invictos.

–¿Todos? –dice con ironía–. Ustedes ya saben a dónde me llegan las promos.

Sí, ya sabemos: a las pelotitas, ¿no? Él nunca ha ido a una fiesta de promoción, si va al de nosotros, será un milagro.

Óscar Flores, el dizque Alejandro Sanz del Independencia, se pone de pie y sale del salón dando un portazo. ¡Huy, carajo, era machito!

Un minuto después el auxiliar busca al profesor diciendo que el director lo espera en su despacho.

–Ya se fregó el profe, Chatín lo va a botar.

Flores es un vago, ¿creerá que porque se queja va a aprobar? ¿Creerá que porque sale a cantar con su horrible voz en todas las actuaciones le van a poner veinte en todos los cursos? ¿Creerá que porque su mamita es amiga de la tía Reyna el profesor se va a asustar y poner veinte? Pobre tarado.

Cinco minutos después regresa el profesor.

–No crean que porque son promoción ya han aprobado mi curso –nos dice–. Ojo, yo no soy Papá Noel, yo no regalo puntos a nadie, ¿escucharon?, ¡a nadie!, y mucho menos a los flojos, a los vagos, a los que vienen a huevear nomás. A esos yo los hago llorar en diciembre.

–Es que la tiene muy grande, profe –dice alguien.

Risas. Flores no dice nada, sabe que se cagó solito.

En el recreo ayudo al profesor a llenar las libretas del segundo trimestre. Me cuenta que el enano borracho le preguntó que qué había pasado con el alumno Flores, ¿es cierto que usted dijo la promoción me llega al pincho?, y el profesor le dijo vaye usted al salón y pregunte, director, a ver qué dicen los demás alumnos. El alumno canta bonito, es nuestro Gianmarco. ¿Y cuánto quiere que le ponga a ese vago: once, quince, veinte, cincuenta? En mi curso no hace nada, si desea, vea mis registros. El enano no le dijo nada. Si me decía algo, lo denunciaba en la Ugel por abuso de autoridad, y como ese tío ya tiene antecedentes, lo botan como a un perro. ¿Y si lo botan a usted, profesor? No me pueden botar, Camila, soy nombrado. A lo mucho me pueden mandar a otro colegio reasignado por rompimiento de relaciones personales. Con gusto me hubiera ido. Con gusto se iría. Se iría sin pensar en mí.

–Estoy invicta en todos los cursos, profesor.

–Te lo mereces, ¿no?, tú si eres una estrella, una chica inteligente, con futuro.

Una estrella, una chica inteligente. ¿De qué me vale si él no me quiere, si no brillo en su cielo? ¿De qué me vale tener futuro si en ese futuro él no estará a mi lado?

–He subido dos puntos en matemática.

–¡Felicitaciones! ¿Cuánto te pidió Gato gordo?

–Gracias, profe. Se conformó con china.

Risas. Soy tan feliz que me dan ganas de darle otro beso.

–¿Cuánto tengo en comunicación?

–Recién estoy sacando mis promedios, Camila, he estado ocupado.

–¿Con alguna chica?

No alcanza a responderme porque la Lechona entra en escena; nos mira, mira las gaseosas y las galletas y se mete al baño. Estará pensando por qué no me invita a mí. Porque tragas mucho, tía, y la chucha te apesta a perro muerto y mi príncipe azul nunca te va a querer porque eres una chismosa de mierda y nadie, ¡nadie!, quiere a las chismosas como tú. Vas a morir con el himen intacto para que se lo coman los gusanos, si es que se lo comen, claro.

–¿Te fijaste cómo nos miró la tía?

–Mmm, bien sapa es esa vieja.

–Ahora le va a contar a todo el mundo que nos ha visto tomando gaseosa…

–…y escuchando música como si fuésemos enamorados –termino la frase.

Se pone colorado. Si yo quiero, también lo puedo hacer paltear, ¿no?

–¿También nos botarán de aquí?

–De repente. Parece que nadie nos quiere ver por estos lares.

Risas.

¿Tanto demora la gorda en bajar de peso? Debe estar estreñida.

–¿Se puede? –pregunta la tía cuando sale.

–Claro, colega, la sala de profesores es de todos.

Las malas lenguas dicen que alguna vez la gorda estuvo templada del profe. ¿Será cierto? Pero él tenía ojos nomás para la profesora Martha, ni a mí me quería.

–¿Y cómo le va con su enamorada, profesor Palomino? –le pregunto.

El profe me mira. Sígame la corriente, le digo con el pensamiento, con los ojos. No me diga cuál enamorada porque me jodo. Diga Hilda Angélica.

–Con Hilda Angélica siempre me va muy bien –dice él. ¿Tendré poderes telepáticos? Parece que sí–. Ya vamos a cumplir medio año.

–¿Cuándo es la boda, colega? –la Lechona mete su cuchara sucia.

–El otro año.

–¿En serio, profesor? –pregunto.

–Claro, Vidal. Ya se me está pasando el tren. No me vayan a salir hijos taraditos como en Cien años de soledad.

–¿Invitará, no, colega?

–Claro, profesora. Todos los colegas del Independencia están invitados de antemano.

Nomás no te vayas a comer toda la comida, tragona, pienso para mis adentros, tienes que dejar algo para los demás porque si no los hambrientos hacemos chicharrón contigo y te comemos.

–Su novia también será docente, ¿no?

–No, colega, los profesores ganamos poco. Ella está estudiando derecho.

Bonita choteada: ella antes decía que nunca se metería con un profesor porque ganan poco. Quería mínimo un médico o un ingeniero, como buena merca. Primero tienes que tener un cuerpito como el mío, gorda chismosa.

El profesor me mira: si estudias derecho, puede que algún día me case contigo, Camila.

–Ahora hay un exceso de abogados –contraataca mondongo. Tampoco se deja capar así nomás.

–Ah, pero mi enamorada no va a ser cualquier abogada, va a seguir una maestría y, si puede, va a entrar a la academia diplomática.

Maestría, academia diplomática. ¿Tan exigente es el profe?

–Se ha sacado la tinka, colega.

–Así es, tampoco me voy a meter con cualquier cosa, ¿no? Siempre hay que mirar alto, ¿no cree, colega?

El rostro abotagado de la tía se torna carmesí. Ah, bonita choteada: usted se morirá en el Independencia igual que todos estos pastrulos y coimeros.

–¿Y cómo la conoció?

–Fue mi alumna.

–¿Estudió acá?

–No, colega. La conocí en una academia preuniversitaria. En este colegio no me meto con nadie porque aquí la gente es recontra cuchillera –el profesor le da con palo a la tía.

–Mejor –dice bola de sebo con un gesto de desazón–. Ojalá que sean felices.

–Gracias por sus nobles deseos, colega.

La gorda se va, segurito a chismosearle a las otras brujas: ay, chicas, ¿sabían que el profesor Palomino se va a casar con una futura abogada? Ay, no, no es posible. ¿Acaso nosotras no estamos potables? La verdad es que ya estamos viejas y los hombres, entre más maduros, quieren carnecita fresca. Conque nos invite a la boda nos conformamos. Seguramente va a haber bastante comida. ¿Qué regalo le llevaremos? Nada, porque los profesores ganamos poco, él comprenderá. ¿Y si no nos deja entrar a la fiesta? De repente nos bota como nosotros lo botamos de la biblioteca. Entraremos a la fuerza porque yo nunca me pierdo una boda. Dice que conoció a su novia en una academia preuniversitaria. ¿En una academia, o acá? El colega tiene cara de pedófilo, anda mucho con la alumna Vidal. Hay que averiguar.

–¿Es cierto todo lo que le dijo a miss Lechona, profesor?

–Ay, Camila, ¿no puedo soñar despierto?

–Claro que sí, sueñe nomás que algún día sus sueños se harán realidad.

–Ojalá.

¿Soñará conmigo? ¿Estaré en sus sueños? Tal vez.

–¿Y tú no tienes sueños imposibles? –me pregunta.

¿Me estará pidiendo que me le declare? Después del beso que le di hace seis días, cualquiera se daría cuenta que estoy enamorada de él, ¿no? Lo malo que él no es cualquiera, él parece de otro planeta. Dime que me amas, Camila, y te amaré. Yo no puedo decirte que te amo porque tú eres una niña y me pueden fregar. Tú ya sabes cómo son las cosas en este colegio de mierda.

–Sí, tengo un solo sueño –le digo.

–¿Y estás luchando para que se haga realidad?

–Lucho, pero parece que es por gusto –digo, con lánguida voz, mirándolo a los ojos con ojos de carnerita degollada.

–Ninguna batalla es por gusto –dice.

–¿Pero hasta cuándo se tiene que luchar para que un sueño se haga realidad, profesor?

–Eso es lo que no sé, Camila. Lo importante es nunca flaquear.

–O sea que usted me aconseja que siga luchando nomás.

–Sí, poco a poco se llega lejos, a la victoria.

Poco a poco. A mí el tiempo se me está acabando.

–¿Y si pierdo?

–Perderás con la satisfacción de haber luchado hasta el final.

–Bonito consuelo que me quedará.

–Es que es así, Camila, tampoco siempre se gana. Cuántas veces he perdido yo.

–¿Y nunca se quiso tirar del puente Villena?

–No. La vida es bella. Un amor se va, otro viene.

Ah, si pensara como él. Un amor se va, otro viene. No se acaba el mundo cuando un amor se va, dice una canción que cantaba Miguelito. ¿Será verdad?

VIERNES 9:

Nos entregan nuestras libretas del segundo trimestre. Sigo siendo la primera de mi promoción. En comunicación tengo veinte. ¡MILAGRO! ¿Qué me querrá decir con ese veinte? ¿Que también me ama? ¿Que estamos unidos ante las adversidades? ¿Que somos dos contra todos? Ah, ese veinte lo cambiaría por un beso, pero por un beso correspondido, no un beso fugaz, ligero, donde una besa, y el otro se queda quieto como una estatua y se deja besar, y lo peor: ni siquiera reclama por qué lo besé.

JUEVES 15:

Al fin le sacaron el yeso a Mariana y está como nueva. A fin de mes irá con mamá a buscar a Pepe p

ara que el sinvergüenza asuma su responsabilidad. Parece que va a tener mellizos, porque viéndola cualquiera diría que es hermana de la Lechona. Toco madera dos veces. Cómo ha engordado. Esa es la buena vida, a veces la envidio.

VIERNES 16:

Una semana más que se acaba. La otra es la semana de la primavera, serán días de vagancia. El próximo viernes es el paseo a Chosica. Será mi último paseo. Es mi última primavera como escolar. Me pongo triste pensando en eso. Las primaveras en el colegio nunca más volverán para mí.

Angie y yo estamos vendiendo como locas los boletos para el reinado de la primavera.

–Tenemos que ganarle a la gorda Carina –dice ella–. A las buenas o las malas, tú serás la reina del 5° A, Cami, porque si pierdes, te corto las tetas por cojuda.

–Huy, o sea que más me vale ganar.

–Claro, chola. ¿Qué hombre te va a querer sin tetas? Ni el tutor.

SÁBADO 17:

Papá viene a buscarnos con su mujer y sus hijos. Menos mal que mamá está trabajando, porque sino, iba a haber una guerra nuclear.

–Nos vamos de paseo a Cocachacra, ¿quieren ir?

–Claro, papá.

–Ella es Rocío. Rocío, mis hijas.

–Qué tal, señora.

–Un gusto, chicas.

Rocío es jovial, linda. Le pregunta a Mariana cómo va su embarazo, le da algunos consejos. Pensé que mi madrastra era una bruja, pero veo que me equivoqué.

En el camino recogemos a toda la mancha.

Llegamos a Cocachacra.

Mientras los hombres se van al río después de haber cortado leña, las mujeres nos dedicamos a preparar el almuerzo. Pataleamos para prender el fogón.

–Yo lo prendo –dice Mariana.

–Deja, el humo le va a hacer daño a tu bebe –le dice Rocío.

–Sé –dice Mariana–. Mi abuelita María cocinaba con leña y nos enseñó.

–Qué bien. Tu papá siempre hablaba de ella.

–Era una mujer bien buena –dice Mariana–. Trae más hojas secas, Camila. Nos quiso un montón. Cuando papá se fue, ella nos cuidaba –añade media llorosa.

–Me estás haciendo sentir culpable, Mary –dice Rocío–. Supongo que ustedes me odiarán, ¿no?, creerán que le he robado a su padre.

–Yo no –digo, mientras lavo las papas–. Yo sé que el amor a veces no es para siempre.

–Yo tampoco –dice Mariana. Los leños empiezan a arder–. Voy a ser mamá, tengo que pensar en mi hijo, ¿no?

Rocío echa las papas, las habas y los choclos en una olla.

–Su padre siempre hablaba y lloraba por ustedes –nos dice–. Si no las visitaba, es porque había una orden judicial que lo impedía.

–Sí, lo sabemos. Mamá le agarró una bronca bien fea.

–Cuando yo lo conocí, ya estaba divorciado.

–¿Es cierto que estaba loco?

–Tenía paranoia. No olviden que estuvo en Ayacucho.

–¿También lo conociste en el hospital?

–Sí.

–Papá es bueno seduciendo enfermeras.

Risas.

Preparamos la ensalada, el refresco.

–Espero que seamos buenas amigas, chicas.

–Claro que lo seremos.

–Cuando quieran, vayan a la casa.

–Gracias.

Empezamos a freír la carne.

–Llama a los chicos –me dice Rocío.

Voy al río.

–¡Ya está el almuerzo! –grito desde la pista.

–¡Ya vamos!

Rocío sirve y yo reparto. Mariana sirve el refresco. Nos sentamos alrededor del fogón. El abuelo nos cuenta sus historias de jarjachos, condenados y fantasmas. Terminamos con los estómagos a punto de explotar. Como las mujeres hemos sido las que hemos cocinado, a los hombres les toca lavar los servicios. Después vamos caminando hasta Tornamesa.

–Es bueno que camines bastante para que al momento de dar a luz dilates con más facilidad –le dice Rocío a Mariana.

Mariana se apoya en ella cuando está cansada.

–Otro día podemos venir de campamento –dice papá–. Traemos nuestras carpas.

–¿Cómo hacemos con mamá?

–Cuando esté de guardia.

–Es buena idea.

–Nos avisan y venimos.

–Ya.

Volviendo de Tornamesa nos bañamos en el río. De allí, al cementerio a visitar a la abuelita. Dónde estarás, abuelita María. Sé que te hubiera gustado acompañarnos en este paseo. Pero la vida es así, qué vamos a hacer, algún día nosotros también vamos a morir.

Al menos nos estamos llevando bien con la familia de papá. Eso es lo importante.

LUNES 19:

–Vanessa y Ames al concurso de dibujo, Vásquez al de matemática, Vidal al de poesía, los demás, a formar un equipo de fútbol y de voley –dice el tutor.

Empezó la semana de la primavera.

–¿No va a haber campeonato de fútbol femenino, profesor? –pregunta Linares.

–Se me olvidaba. Las chicas formen su equipo también.

–A ver, las más agarradas: Keyla, Lorena, Gloria, Liz, Carina, Camila…

–¿Quién tapa?

–Angie.

–Angie va de mascota.

Risas.

–Calla, chuchatumadre.

–Hey, o se portan bien, o suspendo su participación.

–Disculpe, profe.

–Me ambientan bonito el salón.

–Ya, profe.

–¿Qué poema puedo escribir, profesor? –le pregunto.

–Algo sobre la primavera. Tú sabes cómo es el asunto: amor, nostalgias, alegrías, corazones partidos. Tantas cosas que se puede hablar sobre la primavera.

Tantas cosas, claro, menos de nosotros.

–¿Usted va a estar en el jurado?

–No. Yo voy a estar en primero y segundo. La Meneses y la profesora Ruth evaluarán a los cuartos y quintos.

–Ya perdí entonces.

–Escribe lo que te salga del corazón.

Lo que me salga del corazón. En mi corazón solo hay amor. ¿Escribiré nuestra historia?

MARTES 20:

Pásamela a mí, Vidal. Toma. Despacio, huevona. Corre, Keyla, métele un zapatazo a la Núñez. Esa Pari está para el gato, ¿por qué la metieron al equipo? Corre, corre, chola, pásamela. Avanza Guerrero, una guachita, despacio, no patees tan fuerte, ¡a mí, Vidal! No se amontonen, grita el tutor desde el costado de la cancha. Esta huevona no sabe jugar, cámbiela, profe, parece que está con su regla. Entra Pizarro. Ahora sí ganamos. Avanza Camila, se mete entre Aleja y Cruz, la bola pasa por entre las piernas de la enana, esa está más choclona que mi boca. ¡A mí, a mí, huevona! Estoy solita frente al arco. Vamos, patea, cojuda. El Cóndor Mendoza se apresta a meter su primer gol con la blanquirroja. Patea, huevona. A ver, por una esquina a donde no llegue la Josselyn. Patea, carajo. Allá va la bola, atrápala si puedes. ¿Gol? ¡Goooool, carajo! A defender la victoria, chicas. Esto no se queda así, putas de mierda, dicen las del 5° D. A ver, empátennos si pueden, cacheras. Avanza Vidal, lo pasa a Keyla, Keyla a Gloria, Gloria a Vidal, avanza Vidal, deja atrás a una, a dos, a tres rivales. ¡Ayyyy, mamá, mi pie! ¡Penal, señores! ¡Mi pie, mi piecito! Que venga la camilla, llamen a la ambulancia, se suspenden las acciones momentáneamente. ¡Mi pie, mi pie! Ya, Camila, no exageres que solo es un golpe y una raspadura. ¿No me he roto ningún hueso? Menos mal que no. ¿Quién patea? Gloria, esa tiene pies de Maradona. ¡Fusílalo a la Josselyn sino te metemos la pelota en la chucha! Gloria emprende la carrera, Josselyn está quieta como una estatua, Gloria patea, Josselyn salta a la esquina opuesta, jajajá, la engañaron rico, la pelota besa la red. Gol. ¡Gooooooool! Ganamos, mierda. Ganamos. ¡Mi pie! Ya, Camila, no exageres que el tutor no va a venir a darte masajitos.

MIÉRCOLES 21:

Primavera.

¿Qué es la primavera? Tú eres mi primavera. Tus ojos son el sol, tu voz es el canto de los pájaros. ¿Me prestas tu liquid? ¿Te sigue doliendo el pie? Un poco. Me raspé feo. Tu amor es mi primavera. En esta primavera todas las cosas son más bellas si estás a mi lado. Tú eres mi primavera. Contigo el cielo es más azul. Contigo no hay días fríos. Te amo. ¿Cuántos boletos tienes vendidos? No sé. Más de cien quizá. Las flores se visten con sus mejores galas. Los pájaros cantan. El Abuelo terrible parece un adolescente. La Lechona anda soltando suspiros como pedos. ¿De quién estará templada? Tú eres mi primavera. El profesor Avelino anda detrás de la profesora Cieza. ¿Puedo ir a comprar un agua mineral, miss Ruth? Estamos en concurso, alumna. El profesor Palomino las engríe demasiado. Es que tengo que tomar una pastilla para la infección. Tú eres a la que metieron un cave en el partido de mujeres, ¿no? Así es, miss. Juegas bien. Gracias. Mandaré para que te traigan un agua mineral. Gracias, miss. Este verso no me gusta. Se está acabando el tiempo, muchachos. Hay que ambientar el salón. Tengo que vender más boletos. Cómo me arden los pies, me raspé feo. Ganamos dos a cero. Tú eres mi primavera. Tú siempre serás mi primavera.

JUEVES 22:

Segundo mes sin la abuelita María. ¿Cómo es el cielo, abuelita? ¿Es cierto que desde allí se ve todo lo que hacemos en la tierra?

El colegio es una fiesta. Los salones están adornados con motivos primaverales, el patio está cruzado de cadenetas, las paredes están llenas de pinturas y dibujos referentes a la primavera, también de poemas que hablan del amor. Mi poema ganó el concurso. Lo escribí en un papelógrafo, pero parece que él es tan ciego que ni lo vio. Todo es primavera, todo es alegría, todo es color, todo es amor. Se respira amor en todos los rincones.

Y yo soy la reina de la primavera. La reina. Le gané a la gorda Carina. Soy su majestad Camila I, la sucesora de Maju Mantilla.

Ha llegado el momento de coronarme. El profesor, en su calidad de tutor, es el encargado de ponerme la corona y la banda. Mamá está entre el público. La noto recontra contenta, feliz. Cualquiera, ¿no? No cualquiera tiene una hija tan inteligente y bella como yo. La abuelita María siempre me decía tú eres una princesa. Ella estaría contenta de verme aquí.

–Felicitaciones, su majestad –el profesor estampa un beso en mis mejillas. Me quedo quietecita, no vaya a ser que metamos la pata delante de todo el mundo. Nos lincharían. Soy bella, soy la reina de la primavera, ¿pero de qué me sirve todo eso si él no me quiere?

En el almuerzo de confraternidad primaveral, me siento a su lado. Lechona, Pelo de choza y las otras viejas feas nos miran con envidia. Muéranse, hermanas de Laura Bozzo. El enano borracho nos mira como diciendo algo hay entre estos dos, ¿pero qué puedo hacer si la alumna Vidal parece tan contenta?

VIERNES 23:

El trayecto a Chosica es un chongo. El profesor Agustín y Miguel se turnan la guitarra y nos hacen cantar hasta quedar afónicos. Le pedimos al tutor que cante, sabemos que también toca la guitarra y canta bonito, pero no quiere. Ya pues, profe, no se haga de rogar. Bueno, chicas, ya que insisten. ¿A ver, qué canto? Solo sé canciones antiguas. Como yo. Nos gustan las canciones antiguas. Al menos coincidimos en algo. No importa, cante nomás. Una de Leonardo Favio: Mi amiga (Camila), mi buena amiga, / mi amante niña, mi compañera, / quisiera contarle al mundo lo que es tenerte la noche entera…, empieza a cantar con esa voz suya que arrastra las erres. Esa canción se la grabé yo. Y recorrer tus caminos (Camila), / tu vientre fino, / tu piel de seda, / y el paisaje de tu pelo, / sobre mi almohada / y tu boca fresca… Siento que me canta a mí y las orejas me empiezan a quemar. ¿Me estará diciendo que me tiene ganas? ¿Que quiere estar conmigo en la intimidad (aunque sea manualmente)? Razón de mi vida, / mi fe, / toda mi alegría, / molino en que gira mi ser, / mi amor y mi vida. ¿Seré su todo, su motor? Termina. Bis, bis. Canta: Para qué quiero el mundo / si pierdo el alma. / Para qué quiero el alma / si tú no me amas. / Para qué quiero todo lo que yo tengo; / si no tengo tu amor (Camila), / mejor me muero…

–Esa canción es para ti, chola –me susurra Angie.

–¿Crees?

–Después de dos chapes, ya se debe imaginar que estás loca por él, ¿no?

–Ojalá, porque ese tío es más ciego que Borges.

Estamos sentadas en el último asiento. Le cuento mi plan. Es peligroso, chola, no vayas a mancar. Sé nadar. Pobre tutor, no sabe lo que le espera. Lejos de ti solo estoy, / luchando por nuestro amor, / para enfrentarle a la vida, mi niña, ahora canta a dúo con Miguel Niña, un huayno. No pienses que me olvidé, / de las promesas de amor / que nos hicimos un día, mi niña. ¿Será para mí esa canción? ¿Y si es para Hilda Angélica? Cómo saberlo si a veces es más indiferente que una estatua.

Pasando Ñaña el sol empieza a quemar con fuerza. El paisaje también es distinto: árboles, chacras, un río de límpidas aguas. El cielo ya no es sucio como en Vallecito. Allá está el cementerio donde descansa mi abuelita María. Si puedo, me escapo del club y te visito, abuelita. Cruzamos el puente que separa Chaclacayo de Chosica. Pasamos frente a La Cantuta donde estudió el profesor. ¿Y si retomo mi viejo proyecto de estudiar pedagogía? Podría hacer mis prácticas en el colegio, consultarle al profesor sobre las tareas, pedirle que me asesore en mis trabajos. Estaría en el mismo lugar donde él pasó cinco años de su vida. Tengo que pensarlo bien. Entre colegas, podríamos ser más felices, ¿no? Pasamos el Parque Central de Chosica lleno de palmeras y añosos ficus. Allá está el Cristo Blanco. Bonito es Chosica. Al frente está el Centro Cultural de La Cantuta. Una vez, contó el profesor, había un recital poético. A él ni lo invitaron pese a que escribía. Llegó borracho con sus amigos y armó un chongo. Los botaron. Al escritor número uno de La Cantuta lo botaron como a un perro pulgoso. Cruzamos el puente Ricardo Palma. El sol quema como si fuese verano. Por aquí nunca hace frío, no es como en mi corazón. El tutor nos anuncia que falta poco para llegar a Los Toboganes de Santa Ana. Nos pide que nos portemos bien, ya, profesor; que tengamos cuidado al entrar a la piscina (¿sabrá lo que le espera?), ya, profesor; que no salgamos del club por ningún motivo, ya, profesor; no vayan a ir al río, ya, profesor; cuidadito que me estén haciendo tonterías (si quieren cachar, vengan solos otro día) porque ahí sí no van al viaje de promoción, ya, profesor.

A las diez y media por fin llegamos al club. El trayecto ha sido largo.

Corremos a los vestidores a cambiarnos. Oh, he crecido mucho: la ropa de baño apenas me entra, parece el bikini de Angie cuando tenía diez años. Menos mal que me he depilado los alrededores de la arañita para no pasar roche. Me ato el pareo alrededor de la cintura y vamos a la piscina.

El tutor está ahí, dando vueltas. Me da una rápida ojeada, lo suficiente como para desnudarme con la mirada. Se ve que lo he impresionado. Una cosa es estar con uniforme hecha una monja, y otra, medio calata con los muslos desnudos, con los hombros desnudos, con la espalda desnuda, sin sostén y sin calzón, solo con un bikini que no me cubre casi nada. Esta chica es una putita, debe estar pensando.

–¿Me cuida mi pareo, profe?

–Claro.

–Este nudo está duro. ¿Me ayuda?

Se paltea. Ah, estar dentro de su cabeza, conocer sus pensamientos. ¿Qué se estará imaginando de mí? ¿Ve que ya no soy esa chibola cuerpo de tabla del primer año? Ahora soy mujer: tengo tetas, chucha.

Desata el nudo con delicadeza, como si mi piel fuera de ácido. Está colorado. Parece que nunca ha desnudado a una mujer.

–Nos salva si nos ahogamos, profe –le dice Angie.

A ti que te salve el auxiliar, enana.

–Ya, chicas. Naden con cuidado.

–¿Viste, chola?

–¿Qué?

–Se le paró. La tiene grande. Te la mete, y te mata.

Risas.

–¿Empezamos con el plan, chola?

–Todavía no. Podría sospechar. Nademos un rato.

Nadar de un extremo a otro de la piscina, bucear, aguantar la respiración hasta que nuestros pulmones están a punto de estallar.

Salimos chorreando agua, vamos donde el profe. Vuelta se pone colorado. ¿Le palteará la vista de mis pezones que se dibujan claritos debajo de la ropa de baño? A Angie se le nota la raya de la chucha como si estuviera sin nada. Tiene un abismo entre las piernas. Se ve que ya está recontra choclona.

–¿Usted no se baña, profe?

–Primero un bañito de sol.

–¿Vamos al trampolín, An?

–Vaya tú. A mí, la altura me marea.

–Tienes que crecer más.

Risas.

–Cuidado, no te vayas a lastimar.

–Yo sé nadar, profesor.

Caminar hasta el trampolín, ¿me estará siguiendo con la mirada? ¿Estará mirándome las nalgas que se bambolean como dos masas de gelatina? No seré culona como Angie, pero me defiendo.

Subir hasta lo alto. Llegar arriba, a la punta, cerca del cielo. Desde aquí tengo un amplio panorama del club: veo a los más chiquitos jugando en los juegos mecánicos, veo a las profesoras, algunas con sus hijos, chismoseando, ¿por qué no se bañarán?, ¿tendrán vergüenza de mostrar los rollos?, veo al profesor Avelino y al director bajo la sombra de una cabaña hecha de caña guayaquil con un par de chelas, veo a mis compañeros, los que no se están bañando, paseando por allí, veo a los chicos y a las chicas sacando plan, veo al viejo mañoso rondando por la piscina de los chiquitos, ¿en busca de carnecita tierna?, viejo degenerado, arrojarlo a la piscina para que se ahogue; veo la piscina llena de cuerpos ávidos de agua, de sol, veo que me están viendo a mí en lo alto del trampolín, me ven saltar, me ven hacer un par de piruetas en el aire antes de hundirme en las cristalinas aguas.

El plan era hundirme y no salir a la superficie en un par de minutos, tomar toda el agua que pudiera entrar en mi estómago, Angie gritaría ¡socorro, Cami se ahoga! Se supone que él vendría en mi auxilio.

Pero el plan falla. Me hundo como un ancla y toco fondo con la cabeza, siento un golpe como si la Mole me hubiese tirado un cocacho. Me acuerdo de la abuelita María dentro de su cajón. Parecía dormida. Hasta tenía una sonrisa en el rostro. No dejes que me muera, abuelita. No he sido feliz. ¿Cómo me voy a morir si no he conocido el amor? Tengo que vivir para estudiar y ser profesional como a ti te hubiese gustado. ¡Abuelita, no me dejes morir!

Siento unas manos buscando de dónde asirme.

Ahora estoy tirada en la orilla de la piscina, reconozco la voz desesperada de la Lechona diciendo ¡socorro, la alumna se muere, déle respiración boca a boca, profesor Palomino!, ¿yo, profesora?, ¡sí, profesor, usted! Usted estuvo en el curso de primeros auxilios, usted es su tutor. ¡Apúrese que la chica se muere!

–Bueno, si no hay más remedio –dice él, como disculpándose.

Entonces siento posarse sobre mis inertes labios esos dulces labios que he rozado dos veces en mis quince tristes años de existencia, me tapa la nariz con los dedos y sopla con todas sus fuerzas en mi boca, siento el aire caliente correr por mis vías respiratorias hasta hinchar mis pulmones, sopla, sopla como el lobo feroz, después hace presión en mi estómago y toda el agua que he tragado sale como el chorro de un géiser.

Rompo a llorar. Ya pasó, me dice él. Apártense, la alumna necesita aire, dice la Lechona.

El profesor me carga y me deposita en una perezosa y me cubre con unas toallas que alguien le ha alcanzado.

Sigo llorando. Ya, ya pasó, me dice él, acariciando mis cabellos. Ya, ya pasó, me los peina con los dedos. Ya, ya pasó, fue un susto nomás. Ya, ya pasó, cálmate.

–¿No sería mejor llevarla al hospital?

–Ya está bien, solo necesita descansar –dice él mientras sus manos no paran de acariciarme el pelo.

Nos quedamos solos cuando todos vuelven a la piscina. No tan solos, también está Angie.

–Te dije que no subieras al trampolín.

Vuelvo a llorar.

–No la regañe, profe, ¿no ve que es peor?

–Disculpa, chiquita, ya pasó.

–Usted parecía Tarzán rescatando a Jane, profe. Se la ha chapado rico solapa nomás. ¡Provecho!

El profesor apenas sonríe.

–Hasta le ha roto la tira del bikini, profe, ¿acaso quería violar a la chola en el agua, ah? –Angie continúa batiéndolo.

–Mejor cállese, alumna, que no estoy de humor para bromitas.

–Disculpe, profe.

Es cierto que se rompió la tira del sostén de mi ropa de baño. ¿Todo el mundo me habrá visto las tetas? Qué palta.

Poco a poco voy recuperando las fuerzas, la lucidez.

–Vamos a caminar un poco, cámbiate –me dice el profesor.

Me pongo mi faldita y mi polito (misma Angie). Recorremos el club, nos hace pasear en bote por la laguna, miramos un buen rato los peces de colores, les damos de comer, nos sentamos a la sombra de una cabaña, tomamos jugo.

–Hacen bonita pareja –nos dice Angie.

Ella jodida como siempre.

Él sonríe nomás.

–Gracias por salvarme la vida, profesor.

–De nada. Otro día no vuelvas a subirte al trampolín.

¿Otro día? No habrá otro día. Este es el último paseo que hago como colegiala, no sé dónde estaré la próxima primavera.

–¿No podríamos volver otro día, profe?

–Solita te apuntas, Angie –le dice a mi amiga. Y a mí–: ¿Te gustaría volver?

Digo sí con un movimiento de cabeza.

–¿Pero me prometes que no te vas a subir al trampolín?

–Nunca más en mi vida vuelvo a subirlo.

–Entonces volveremos cuando gusten.

–Usted es un amor, profe –le dice Angie, estampándole un beso cerquita de la boca. Así se chapa, chola. Cómo se le regala la perra. Yo no me atrevo. Le debo la vida, pero no me atrevo. Quisiera, pero no puedo. Quiero que sepa que lo amo, que estoy enamorada de él, pero al mismo tiempo me da miedo delatarme. Envidio a Angie por darle un beso sin paltearse, sin huir como yo.

El Abuelo terrible viene en busca de su amada. Mirándolo a la luz del sol, se ve que está bien acabado, parece una momia, lo único vivo en él son sus ojos de buitre carroñero. Por lo menos tendrá un siglo, parece Drácula. Yo no lo soportaría un minuto.

Se van. Los envidio.

–Parece que el tío tiene algo con tu amiga.

–No sé –le digo–. Angie no me cuenta esas cosas. ¿Podemos ir a la sombrita? Tengo sueño.

Vamos al lado de los árboles. Tiendo mi toalla sobre el pasto y me echo. Me quedo dormida con él a mi lado velando mi sueño. Camilita duerme tranquilita sabiendo que su príncipe azul está al lado suyo protegiéndola de los orcos y de los ángeles malvados.

A las cinco de la tarde emprendemos el regreso. El profesor me acompaña hasta mi casa. Nos despedimos con un beso en las mejillas. Me hubiera gustado decirle cierre los ojos y besarle los labios y decirle gracias por salvarme la vida.

SÁBADO 24:

–Te llama tu amado –me dice Mariana.

¿El profesor? Milagro. El lunes la Lechona va a venir hecha una Barbie.

–Hola, Camila, ¿cómo estás?

–Aquí, profesor, un poco asustada todavía.

–Ya pasó. No pienses más en eso.

¿Cómo no voy a pensar en eso si le debo la vida? ¿Si a pesar de no saber nadar usted se arrojó a la piscina para salvarme?

–Bueno, el lunes hablamos. Te cuidas. Un beso.

–Igual usted. Hasta luego. Gracias por llamar.

El teléfono vuelve a sonar. Es papá. Nos está invitando a almorzar.

Llegamos a la dirección que nos ha dado. Es una casa bonita, de dos pisos y pintada de blanco. Nos abren Julio César y Leslie.

–Papá y mamá se han ido al mercado –nos dicen–. Vengan a conocer nuestros cuartos.

Primero entramos al cuarto de Leslie. Está pintado de rosado. Sus estantes están llenos de peluches y muñecas. Abre los cajones de su cómoda. Allí están sus calzoncitos y sus medias, sus faldas y sus blusas. Tiene ocho años y es una niña flaca y alta. Julio César tiene diez.

–¿Qué quieres que te regale para tu bebito? –le pregunta a Mariana.

–No sé –dice ella–. Lo que quieras.

–¿Voy a poder ir a visitarte cuando nazca tu bebito?

–Claro que sí.

–¿Y si tu mamá no me deja?

–Vengo yo.

Es una niña tierna esta Leslie.

Vamos al cuarto de Julio César. Está lleno de soldados y dinosaurios.

–Yo voy a ser soldado como papá –dice.

–¿Y tú qué vas a ser cuando seas grande, Leslie?

–Modelo.

Voy a tener un hermano soldado y una hermana modelo. Qué bonito.

–¿Tienes novio? –me pregunta Leslie.

–Está con su profesor de comunicación –le dice la gorda.

Me pongo colorada.

–Está hablando porque tiene hambre –digo, mirando con odio a Mariana. A veces cae chinchosa–. ¿No tienes un pan para darle?

Suena el claxon. Son los papás, dice Julio César. Vamos a ayudarles con las bolsas. Hola, hijas; hola, chicas; hola, papá; hola, Rocío.

–¿Y cómo está ese bebe?

–Bien, gracias. Manda saludos para todo el mundo.

Risas.

–¿Cuándo tienes tú un bebito, mamá? –le pregunta Leslie a su madre.

–Ay, Leslie, la fábrica ya se cerró.

Leslie pone su carita de pena.

–No te pongas así que tu hermana siempre va a traer a su bebito para que lo cuides, ¿no, Mariana?

–Sí –dice Mariana–. Siempre.

–¿Y tú por qué andas toda raspada, Camila?

–Me caí jugando fútbol femenino en mi cole.

–Es la reina de la primavera de su salón –Mariana me hace publicidad.

–Te felicito. Eres una chica inteligente y bella. Tu papá me ha contado que escribes poemas.

Pero al hombre que amo no le importa eso, me dan ganas de decirle.

–Tendrás un montón de pretendientes.

Me pongo colorada.

Mariana me mira. Si dices que estoy enamorada del profesor de comunicación, te mato, le digo con los ojos.

–Primero son mis estudios.

–Ah, claro, ya tendrás tiempo para enamorarte. ¿Vamos a desayunar?

–Ya tomamos temprano –digo.

–Pueden repetir, no hay ningún problema. Los tamales están apetecibles.

–Se nota –dice Mariana.

–A ti te gusta todo lo que se come –le digo.

Se pone colorada.

El desayuno está rico.

–¿Ya has pensado qué nombre le pondrás a tu hijito, Mary? –pregunta Rocío.

–Papi, ¿qué te pasa? –pregunta Leslie.

Papá tiene la mirada concentrada en el jardín.

–¿Qué pasa, Carlos?

–Los terrucos vienen por allá –señala el jardín.

–¿Tomaste tus pastillas?

–¡Cuerpo a tierra, muchachos! –papá tumba a Mariana, que jala el mantel. Los chicos gritan como locos–. Vamos por las armas.

Empieza a rampar hacia su cuarto. Mariana se queja de dolor agarrándose la barriga. Mi bebito se sale, mi bebito se sale. Ve tras tu papá, Camila, sus pastillas están en el velador. Papá, espera. ¡Suéltame, mierda, vienen los terrucos! Me mete un codazo en las tetas. Eso sí dolió.

–¡Los terrucos, los terrucos! –grita papá, ahora pistola en mano–. ¿Dónde le han herido? –pregunta al ver a Mariana en el suelo–. ¡Terrucos conchadesusmadres!

Sale al jardín. ¿Ahora qué hacemos? Hay que llamar a la policía antes que nos mate. Se escuchan varias detonaciones. Los chicos gritan. Ya nos quedamos huérfanos, pienso, mientras Mariana sigue diciendo se sale mi bebito.

Se escucha la sirena de la policía. ¡Mierda, vienen los cabitos a apoyarnos!, grita papá. ¡A mi hija la han herido los terrucos, muchachos!

Dos bomberos entran a la casa.

–Se le está saliendo su bebito a mi hermana –dice Leslie, llorando.

–Calma, calma. Quieta, ¿cómo te llamas?

–Mariana…

–A ver, quietecita, Mariana. ¿Cuántos meses de embarazo tienes? –pregunta el bombero, tocándole la barriga.

–Casi seis.

Soy enfermera de la sanidad, dice Rocío. ¿Está haciendo trabajo de parto?, le pregunta el bombero. No. Son sus nervios nomás. Solo se ha quemado un poco los muslos.

–Me duele todo –dice Mariana.

–Ahorita te ponemos una inyección para el dolor.

–¿La trasladamos al hospital?

–Sí, por si acaso.

Viene otro bombero trayendo una camilla.

En el jardín los serenos calman a papá. Hay varios vecinos. Dios, qué espectáculo.

Suben a Mariana al carro de los bomberos.

–Cuidas a los chicos. Volvemos en seguido. Preparas algo para comer.

–Ya. No te preocupes, todos saldrá bien –le digo a Mariana.

Me quedo sola con Leslie y Julio César. Limpiamos todo el desastre que ha causado papá.

Un par de horas después, regresan todos. Mariana camina como pato por las quemaduras. Si mamá se entera, nos va a matar. A papá ya se le pasó su locura. Mariana y él se van a descansar, Rocío y yo nos ponemos a cocinar.

–Así estaba tu papá cuando lo conocí –dice ella.

–Me estaba acordando que cuando mamá se separó de él, siempre iba a la casa con su pistola y amenazaba con matarla.

–Hace años que no sufría una recaída.

–¿Es peligroso eso?

–No, si toma sus pastillas.

–No debería de tener esa pistola, podía habernos matado.

–Eso es lo que le digo, pero sin su pistola se siente desnudo.

Almorzamos en silencio. A las cuatro, Mariana y yo regresamos a casa en taxi.

–No le digas nada a mamá.

LUNES 26:

Empieza la última semana de clases de setiembre. Como todos los lunes, formamos. Cubran, firmes, descanso, atención. El Padrecito nos hace rezar. Chatín toma la posta. Después de una semana de relax y de un buen paseo a Chosica, espero que vuelvan a los estudios con más ganas, queridos alumnos. ¿Por qué no de una vez nos vamos de vacaciones? Cansa estudiar. Menciona a la chica que casi se ahoga y me palteo. Pasamos a los salones. Primera hora nos toca comunicación. El profesor nos pide que escribamos una composición titulada Así fue la primavera en mi colegio. ¿Qué puedo contar que él no conozca? Inventen, imaginen, vuelen, mientan, chamullen, nos dice. Escribir una historia donde un profesor es feliz con su alumna. Escribirle una carta de amor. Contar de una chica que fue salvada de las garras de la muerte por el hombre que ama.

–¿Cómo va esa composición?

–No me sale nada, profesor –le enseño la hoja en blanco.

–Esto está grave. ¿Pasa algo?

–Mi papá el otro día casi se vuelve loco.

–¿Qué pasó?

Le cuento lo que pasó el sábado.

–¿No está en tratamiento?

–Sí, toma pastillas. Ese día se olvidó.

–Por la emoción de verlas seguramente.

–Así parece. Me sacaré cero –vuelta le enseño mi hoja en blanco.

–Ganaste el concurso de poesía. Ya tienes un veinte.

–Gracias. ¿Puedo ir al baño?

–Rapidito nomás.

Me cruzo con el Abuelo terrible. Buenas piernas, me dice. Calle, viejo depravado. Hago pis y vuelvo al toque antes que entre la tía de sociales y me ponga tardanza.

En el recreo estamos en la sala de profesores. Como siempre, él compra una gaseosa y un paquete de galletas que compartimos.

–¿Y qué tal las composiciones, profesor?

–Hasta el queque, les falta imaginación a tus compañeros.

–Tampoco espere que todos seamos Vargas Llosa, profesor.

–¿Y por qué no? Lo que pasa es que los alumnos no leen nada.

Entran las profesoras Anita y Ruth. Nos miran feo. ¿Acaso estamos haciendo algo malo?

–¿Y cómo estás, Vidal? –me pregunta miss Anita.

–Bien, miss.

–Nos diste un buen susto –dice miss Ruth.

–Si no es por tu tutor, te morías.

Yo me pongo colorada.

–¿Es cierto que se casa, profesor? –le pregunta miss Anita.

–Claro, profesora.

–Las chicas no lo van a dejar –dice miss Ruth.

Yo estoy más colorada que un cangrejo.

¿Lo harán a propósito? Menos mal que se termina el recreo y cada quien vuelve a lo suyo.



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