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martes, 27 de septiembre de 2011

Cadena perpetua (La decisión)

El autor ante la tumba de la guerrillera Edith Lagos en el Cementerio General de Ayacucho.

Una tarde de otoño. Ella viene con paso apurado. El viento forma en la vereda figuras con las flores secas de las buganvillas, juega con su cabello negro, lacio y largo. Perdona, tenía que ayudarle a mi tía, dice, con voz de niña. Te da un beso. Acaricia tu mejilla lastimada. Mira lo que te traje: Antología de poetas líricos castellanos. Es un grueso volumen, de pasta dura color vino tinto. Escucha: De sangre en sangre vengo / como el mar de ola en ola, / de color de amapola el alma tengo, / de amapola sin suerte es mi destino, / y llego de amapola en amapola / a dar en la cornada de mi sino. Hace una pausa. Miguel Hernández, dice. Cayó una pincelada / de ensangrentado pie sobre mi vida, / cayó un planeta de azafrán en celo, / cayó una nube roja enfurecida, / cayó un mar malherida, / cayó un cielo, dice, con temblorosa voz. La abrazas. Tengo que volver a Ayacucho, dice. ¿Y tus clases? No importa. Pronto empezará la guerra, dice. Tiemblas, siempre ha hablado de la guerra, de una guerra que remecerá los Andes. ¿Vendrás conmigo?, pregunta. Silencio. Vine con un dolor de cuchillada, / me esperaba un cuchillo a mi venida, / me dieron de mamar leche de tuera, / zumo de espada loca y homicida, / y al sol el ojo abrí por vez primera / y lo que vi primero era una herida / y una desgracia era. ¿Vendrás?, insiste. ¿A qué?, preguntas. A luchar conmigo, dice, por el amor, por el pan, por la libertad. Tienes diecisiete años, le dices, ni sabes disparar un fusil. ¿Y eso qué importa? Aprenderé en el fragor de la batalla. Lucho contra la sangre, / me debato contra tanto zarpazo y tanta vena, / y cada cuerpo que tropiezo y trato / es otro borbotón de sangre, / de cadena. ¿Qué tiene que ver esa guerra con nosotros? ¿No ves que somos indios, campesinos? Nosotros tenemos que hacerla. ¿Vendrás conmigo? El viento sigue jugando con sus cabellos. Te mira esperanzada. Hay fuego en sus ojos de manantial. No. No puedo. No insistiré, dice. Adiós. Mañana en la batalla pensaré en ti. En su alcoba poblada de vacío, / donde sólo concurren las visitas, / el picotazo y el color de un cuervo, / un manojo de cartas y pasiones escritas, / un puñado de sangre y una muerte conservo. Tiempo después estarás ante su tumba. En su lápida hay unos versos que ella escribió. Su voz de aires andinos te llegará con el viento entre las retamas y alisos: Crece la sangre, / agranda la expansión de sus frondas en mi pecho, / que álamo desbordante se desmanda / y en varios torvos ríos cae deshecho. La llorarás. Su voz te dirá mientras vivas y tengas sueños, viviré, no llores.

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