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jueves, 31 de diciembre de 2009

Balance

Ha sido un buen año este 2009 que ya se va, aunque el dolor por la pérdida de papá sigue latente, pero en los otros aspectos sigo gozando de mi "beca" y sacándole el jugo lo más que pueda. Espero hacer realidad todos los proyectos que tengo. Se va el año y con él se van viejas amistades, algunas estafas, algunos malos momentos que me servirán de esperiencia y se viene un nuevo año que espero que sea mi año como ese inolvidable 2007, hasta ahora mi mejor año.

martes, 29 de diciembre de 2009

2009: mi peor año

Desde la ventana del hospital vimos iluminarse el cielo en múltiples colores por las bombardas que anunciaban la llegada del 2009. ¡Feliz año, hijo!, me dijo papá desde su lecho de enfermo. De igual manera, papá, le dije, estrechando su cuerpo, todo hueso y pellejo, entre mis brazos. Llamaron de la casa y puse mi celular en su oído sano para que escuchara los saludos de sus hijas y nietos. ¿Dónde estaremos cuando llegue el 2010?, me pregunté mientras oscuros pensamientos cruzaban mi cerebro. Un par de horas antes, un médico me había dicho que papá tenía un cáncer irreversible, solo queda esperar el final. Pero todavía tenía fe: papá le había pedido a su Dios cuarenta años más de vida para llevar su palabra al mundo entero. Deseé que su Dios existiera, que lo escuchara. Papá regresó a casa la primera semana de febrero. Tenía una sonda para que evacuara la bilis, su vesícula estaba dañada. Se pasaba los días en cama, durmiendo, o aburriéndose por el fortísimo calor del verano. La primera semana de marzo lo internamos de emergencia: la sonda se le había movido. Papá estaba harto del hospital, de las enfermeras, de la comida, de que no lo dejaran ir al baño a darse una ducha, de que no lo dejaran que se lavara los dientes. Dejó de comer. El ocho cumplió ochenta y dos años. Ahora ya puedo morir, me dijo, he vivido bastante, no le temo a la muerte. Se terminaron mis vacaciones y se me hizo difícil visitarlo. El dieciocho mi hermana me llamó para decirme que papá quería verme, que le llevara hoja y papel. Al día siguiente estuve temprano en el hospital. Después de hacer unos garabatos, papá se hundió en un sopor del cual ya no despertó. A las ocho y diez de la noche su corazón dejó de latir. Habían pasado 1338 días desde que mamá había muerto. Pensé ahora los dos están en las estrellas, juntos para toda la eternidad. Otra vez el llanto, las visitas al cementerio, llevar luto durante un año, recordar, añorar cuando el dolor no existía, desear que el año terminara de una vez.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Falta poco

Falta poco para que se termine el año. Ahora que tendré más tiempo espero concretar algunos de los proyectos que tengo en mente, aunque hay muchas cosas que hacer en casa ahora que ya no está papá. Veremos.

La tierra de las papas


"La tierra de las papas" es una novela de Paloma Bordons. María, una niña española, llega a Bolivia acompañando a su padre. Primero siente repulsión por todo lo que la rodea pero poco a poco sus sentimientos van mutando gracias a Casilda, la chica que hace las labores en su casa hasta que tiene que volver a España. Leer "La tierra de las papas" es leer una historia que también podría ocurrir en Perú por los cerros llenos de chozas, los niños hambrientos, las madres adolescentes, el campesinado olvidado, las costumbres ancestrales que aún perviven en el Perú profundo. Excelente novela que lo empecé ayer y terminé hoy mientras hacía mis registros. Libros como este me hacen disfrutar de la vida. Ha sido una buena inversión, y ya la volveré a leer con más calma ahora que se vienen las vacaciones de verano. Dos días más, y vacaciones. Por fin.

La leyenda del rey errante


Esta es una hermosa novela de Laura Gallego García que transcurre en los desiertos de Arabia. Un príncipe desea ser el mejor poeta de su reino y, antes de presentarse a un concurso importante, su padre le sugiere que convoque a un concurso local. Así lo hace y pierde en tres ocasiones y, lleno de envidia, nombra su historiador al poeta que lo ha vencido solo para humillarlo. La vida da un vuelto y pierde su reino y se encuentra con los hijos del antiguo poeta y cada uno le va abriendo los ojos y.... A leerla y espero que les guste como a mí me gustó que me lo terminé de leer en unos cuantos días.

sábado, 26 de diciembre de 2009

La sexta lámpara


También leí "La sexta lámpara" de Pablo de Santis. Interesante novela sobre la arquitectura dividida en cien pequeños capítulos donde se habla del Zigurat, una construcción del tiempo de Babilonia que justo este año estuvimos tratando en historia del arte. Son las andanzas de Balestri desde su llegada a Nueva York procedente de Italia. Balestri está obsesionado en construir un zigurat pero en su camino se encuentra con muchos obstáculos y muere sin haber hecho realidad su obsesión.

Santuario


"Santuario" es una novela de William Faulkner que releí después de unos diez años y me sigue sorprendiendo como entonces. La historia es simple: Temple Drake es una perruncha de 17 años, una pendejita como la llamaríamos ahora, una calientahuevos que cae en manos de Popeye, un sietemesino psicópata que desvirga a Temple con la ayuda de un choclo porque parece que al hombre, que gusta vestir de negro, no le funciona el pipí. Uno de los amigos de Popeye es llevado a juicio por un crimen cometido por aquel, y cuando a Temple le toca testificar, hunde al pobre hombre a quien la chusma quema vivo. Popeye cae tiempo después por un crimen que no ha cometido y es llevado a la horca.

Esta novela fue publicada en 1931 y es un alegato contra el racismo.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Navidad

Pasó la navidad. Hubo algunos "milagros" que no se dieron en su momento y ahora ya es tarde. Solo queda esperar el paso del tiempo, de los años para comprender la magnitud de esta navidad.

lunes, 21 de diciembre de 2009

05

Solo jalé a un alumno de la promoción, uno que se las daba de pintor y que casi se convierte en uno de mis alumnos favoritos pero abusó de la confianza y se dedicó a vagar y le puse la nota mínima y lo mandé a recuperación. Pobre de él.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Nueve meses

Han pasado nueve meses desde la muerte de mi padre.

La leyenda del signo


Así se llama este libro de literatura juvenil que terminé de leer ayer. Aburrido o no sé, no me gustó nada, demasiadas reiteraciones, repeticiones. En fin, no se la daría a leer a mis sobrinos.

Pobres huerfanitos

Hoy llevé a mis sobrinos a almorzar y a comprarles sus presentes por navidad. Después del chifa, nos fuimos al parque de diversiones. Estaban jugando de lo más felices, cuando un tipo me preguntó si esos chicos eran de algún albergue, le dicen tío pero ninguno se le parece. Qué se me van a parecer si todos son de distinto padre, pensé yo. Les dije que sí. Y empezamos a hablar del cariño que deben recibir los chicos, de los desgraciados que son los hombres, etc., etc. Nunca me reí como hoy. Le conté a los chicos y también se rieron de los lindo.

jueves, 17 de diciembre de 2009

José María Arguedas

Documental sobre este gran escritor peruano
http://www.youtube.com/watch?v=144gFKPx0Jc

El entierro

El cortejo fúnebre sale de la casa de los Gastelú Palomino en hombros de don Vásquez, el papá de Coto, el tío Teófilo y don Moya. Doblan tres veces las rodillas para que la difunta se despida de su casa, de los suyos y bajan por la polvorienta calle Libertad de Huampaní Alto. Es domingo veinticuatro de julio. Es la una en punto de la tarde. El sol brilla en lo alto. Ese sol que la mamá ya nunca más volverá a sentir en su piel. Ahora está fría, rígida, está en un cajón color rosa y va en hombros de su hermano y de los vecinos. Es mal agüero que los hijos carguen el cajón de sus padres dijo ¿don Vásquez o don Yupanqui?, cuando sus hijos pretendieron sacarla en hombros de la sala a medio construir de Mariana. A paso lento el cortejo se va alejando de la casa donde doña María Palomino Seras ha vivido los últimos treinta y cuatro años de su existencia. Nunca más volverás a tu casa, mamá, allí quedan tus plantas, tus flores, tu historia, tus sueños, los tuyos. Los perros están en silencio. ¿Presentirán que después de tu muerte nadie les cocinará y tendrán que comer las pocas sobras que queden en los almuerzos, y a veces ni eso? La calle Libertad es en declive. ¡Cuántas veces has subido y bajado por ese mismo camino, mamá! Y ahora lo estás recorriendo por última vez. Las casas empiezan a sucederse. De la nuestra, que está pegada al cerro, continúa la de Carolina, sigue la de Eduardo Bendezú, hijo de la difunta Tolín, a quien un día agarraste a zapatazos cuando le quiso pegar al viejo; allí vivimos nosotros cuando recién llegamos a Huampaní Alto, allá por 1973. Continúa la de la prima Eva, hija de tu hermano Anacleto, asesinado hace veintiún años atrás por Sendero en Jiljarajay. Sigue la casa de Viejo Miguel. El siguiente es el de Victoria, la otra hija del tío Anacleto, y del Cojito, quienes acompañan hoy tus restos. Chojolio, hermano de Eva y Victoria, no ha venido. Con qué cara iba a venir. Milagro que Eva y Victoria nos están acompañando. Por hoy hemos olvidado las rencillas familiares. Yo también me he reconciliado con Mariana, con Carolina y con Jonás. Las tres últimas casas eran antes un solo lote perteneciente a don Francisco Vila y a doña Eusebia Porras, abuelos de Viejo, Pelusa y Lube. A la muerte de los abuelos lo dividieron en tres para cada uno de los nietos. Pelusa se juntó con la prima Eva. A la muerte de Pelusa, Eva se quedó con su terreno y con el de Lube, a quien se lo compró en una ganga y regaló a su hermana Victoria. Don Gastelú dividió su terreno también en tres: un pedazo bien grande para Carolina, otro para Mariana y el resto para sus otros tres hijos. A la mujer de John, mi cuñada Emilia, no le gusta Huampaní Alto. Mucho polvo, muchas piedras, dice. La vieja murió disgustada con ella. Continúa la casa del enigmático profesor Ricra, hijo de la finada mama Bini. Milagro que no está el tío, un experto en discursos funerarios. Maneja su labia. Por último, está la casa de la señora Arcaria, viuda de don Pablo. Ahora las casas de la izquierda de la calle Libertad: frente a la nuestra está la de Zas, hijo de don Navarro, no recuerdo el nombre de su difunta madre; después la de Demecio, cuyo padre falleció hace unos meses atrás; sigue la de la mamá de Demecio, conocida como doña Locomba; después hay una calle ¿el Rosario se llama?, la penúltima casa es la de don Huaqui que vive solo desde que se murió la señora Aurora, su compañera. Por último, está la casa de las Bendezú, hermanas de Eduardo. Casi todas las casas tienen un difunto en su haber, o más, como el de Eva, que perdió a su hermano, a su marido y a su hijita en menos de cinco años, sin contar a su padre, madre y otros hermanos, tampoco a la abuela Eusebia y a don Pancho. Hacemos un alto antes de cruzar la sequia donde solíamos bañarnos casi todas las mañanas Viejo, Pelusa, Lube, John y yo en los ya lejanos veranos de nuestra infancia cuando esa sequia era de límpidas aguas y no el vertedero de aguas sucias que es hoy. Debajo del puente había un pocito de donde solíamos juntar agua limpia para beber cuando recién llegamos al barrio. Hoy la hidroeléctrica nos proporciona el agua que bebemos. Tantas décadas de fundada y Huampaní Alto sigue con las calles sin asfaltar y sin contar con los servicios básicos de agua y desagüe. Nada pudo hacer Mariana cuando estuvo como secretaria general del barrio. Lucho Bueno llegó en plena campaña electoral prometiendo que haría realidad el sueño del agua potable y el desagüe, pero nada, dice que no hay presupuesto. El otro año será. La modernidad se ve en los postes de luz y teléfono. Ahora los postes son de cemento. Antes eran unos palos medio torcidos de eucalipto. Más antes, ni eso, solo las velas y los mecheros de kerosene. La vieja se lleva tantos años de historia, de luchas, de padecimientos. El cortejo es numeroso, pensé que nadie iba a venir a tu despedida, mamá. Miro las fotos que tomó Chanca ese domingo de tu entierro y veo a antiguas amigas tuyas como doña Cristina, la misma que nos tejía chompas cuando éramos niños. Entre los más solícitos está don Vásquez, con el que tantas veces discutiste por los límites de nuestros terrenos. Don Vásquez, el mismo que antes se robaba nuestros patos y conejos aprovechando la oscuridad reinante. El mismo que se hizo un enorme tanque en la punta del cerro y nos negó agua para nuestras plantas. El mismo que casi se mata cuando cortó nuestro enorme eucalipto con su motosierra. El mismo que cortó la enorme rama de molle que cayó sobre el techo de la Casona cuando vivíamos en la Pampa. ¿Por qué no habrá venido doña Juana que también era amiga tuya? Ahora don Vásquez y su mujer viven en Huaycán. Tienen alquilada su enorme casa. Don Lastra lleva uno de los arreglos florales. Que yo sepa, no ha sido tan amigo de la familia. En las fotos también está don Cabrera, el chismoso, el que paraba metido en el comedor popular nomás, el que se opuso cuando Mariana iba a sacar el agua y desagüe con Sedapal. Nos va a costar un ojo de la cara, dijo. También está la señora Hilda, que destaca por su blanca cabellera, su hija Charito y sus nietos. ¿Hace cuántos años que murió don Hilario? En las fotos está una señora de edad que no conozco y que lleva un pequeño arreglo floral. Está el guardia Yalta en casa de quien alguna vez trabajamos con el viejo. Está Coto, el enano que alguna vez estuvo templado de Jota y fue a la Casona con la cabeza rota por Felipe, papá de Dieguito, tu antepenúltimo nieto. Está don Montes, afanoso también, papá del difunto loquito Montes y tío del papá de Dieguito. Está Coqui Chinchay, amigo de mi infancia, cuyo padre murió hace dieciocho años atrás. Yo al menos he tenido a mis padres treinta y siete años. Están la madrina de Carolina y su hija. Están las compañeras de Mariana, los colegas de John, los hermanos de Jonás. No están mis colegas del Independencia. Justo el día en que murió mamá, hace dos días atrás, entramos en vacaciones de medio año. Está don Domingo. Está mucha gente que solo conozco de vista. Continuemos, dice don Vásquez. Fue precisamente don Vásquez quien sugirió llevarte en hombros. Íbamos a meter el cajón en la carroza, pero don Vásquez dijo cómo le vamos a hacer eso a la vecina, a la vecina hay que llevarla en hombros para que se despida de su barrio. Uno, dos, tres, arriba. Reanudamos la marcha, ahora cargan el cajón don Moya, don Vásquez, Jonás y su hermano. Cruzamos el puente de troncos y cemento, pasamos por arriba de la chacra del papá de Pulguita y la Ratablanca. Ese camino no existía en 1984 cuando el tío Anacleto llegó a Huampaní Alto trayendo a sus hijos de Ayacucho. Huían de Sendero Luminoso. Todo el barrio hizo el camino en las jornadas dominicales. Seguimos bajando. Ahora pasamos frente a la chacra de los Angulo. La abuela Angulo también murió hace años. A la izquierda, abajo, está el Centro Vacacional Huampaní. Seguimos bajando. Un domingo, hace tantos domingos ya, cuando aún no había movilidad en el barrio, estábamos subiendo empujando una carretilla con las compras que habíamos hecho en La Parada. Pasó una camioneta llena de maderas. Subía, hasta que empezó a retroceder. Retrocedía, retrocedía. Entramos en pánico. Corrimos. El viejo se quedó quieto con su carretilla. ¿Lo paralizaría la sorpresa? La camioneta pasó a toda máquina por su costado. Ese domingo nos salvamos de una muerte segura. Dios es mi guardián, fue la única explicación del viejo. Ese camino lo levantó el pueblo con enormes rocas para que pudieran subir los carros. Allí está la abandonada casita de adobe de don Ramírez, tío de Viejo, Pelusa y Lube. Hacemos otro alto bajo la sombra de un añoso eucalipto. Chanca toma fotos y más fotos del cortejo fúnebre. Ahora, tiempo después, las miro. Faltan mis compañeros de trabajo. Falta Martha. ¿Debí invitarlos cuando no los invité al ganarme el Horacio el año pasado? Si no hubiera sido por Gladys Luna, ni se habrían enterado. Eso fue casi al mes de la muerte de la vieja. No llamé a Martha. ¿Para qué si estábamos peleados? Martha, mi madre ha fallecido. Martha habría pedido la dirección de la casa, la dirección del cementerio, pero nunca habría aparecido. Era domingo. Era vacaciones de medio año. Habría salido a pasear con Rafael y Chavelita. Cuando murió su papá, diecisiete meses antes de la muerte de la vieja, fui uno de los “privilegiados” a quien Ida llamó. Eso fue cuando éramos amigos. Ya no lo somos. El único amigo a quien llamé fue a Chanca. Ahora voy al lado suyo. Más atrás van mis hermanas. Todos los hijos de doña María Palomino Seras de Gastelú deberíamos estar juntos, pero no, cada uno va por su lado. Allí está Flora con Dieguito, en todas las fotos aparecen detrás del cortejo; más allá Dora con los padres del papá de Nachito; allí está la vieja Roldán o Rondán, la misma que se negó a brindarle ayuda cuando Bibi estaba embarazada dizque porque no tenía plata. Cuántas veces la vieja se humilló pidiéndole ayuda. Dudaban que Nachito fuera su nieto. Hasta que años después le vieron la cara y era el vivo retrato del miserable de su padre. Fue la primera en venir ni bien se enteró, ¿Bibi le avisaría?, que la vieja había muerto. No los boté porque en fin. Tampoco boté a Eva ni a Victoria. Mariana está con sus colegas. Mariana, la misma que le hacía la vida imposible a la vieja metiéndose en la vida de sus hermanos y reclamándole a la pobre vieja como si ésta tuviese la culpa de todo lo que hacían sus hijos. Allí está John, el mismo que hace trece años atrás dijo me caso y se casó con Emilia a pesar que los viejos no estaban de acuerdo con esa boda. Dijo me voy a hacer hombre, y bien que se hizo hombre: toda la vida su mujer lo botaba, toda la vida su suegra lo botaba, toda la vida no tenía plata. Recién este año medio que le estaba yendo bien. Ahora no estará la vieja para insistirle que saque su título, para insistirle que se nombre y no esté trabajando en varios colegios donde apenas gana para sobrevivir, según él. Ahora ya nunca más estará la mamá. Carolina va con su madrina y con la hija de ésta. Carolina, la misma que un día mandó a su marido para que le preguntara al viejo si ella era hija de la vieja. Pobre miserable. La vieja se acordaba siempre de eso. La vieja tenía buena memoria. La he parido y me niega. ¡Ya os tocará, perros, algún día ser llevados en hombros por los vecinos de Huampaní Alto! Reanudamos la marcha. Ahora vas en hombros de Katimba, el que te llevó desmayada en su carro al hospital donde fallecerías, el papá de Coto, don Moya y el hermano de Jonás. Apestegui y sus hermanitos se han quedado en su casa. Los Apestegui han sido, según ellos, los nietos excluidos de la vieja. ¿Excluidos? ¿No era Jonás el que no quería que sus hijos se junten con Nacho y Diego? Por eso no estarán en tu entierro, mamá. El camino al cementerio es el más triste que hay en el mundo. Las personas nos miran pasar, indolentes, indiferentes. No es su dolor. No es su sufrimiento. Pero ya les tocará. Ya nos tocará. Cruzamos el puente Huampaní. Hacemos otro alto frente a los quioscos de don Mauro y la Bruja. Esa es la entrada a nuestro barrio. Cuántas veces habrás cruzado ese puente en los últimos años, mamá, cuando ibas al mercado, cuando ibas a trabajar donde doña Olga, donde doña Julia Abarca, donde la mamá de Paloma, a los Girasoles. El río apenas es un hilo cubierto de musgo y basura. ¡Nosotros hemos cruzado otros ríos allá en Ayacucho cuando fuimos a Chincho, a Jiljarajay y Cangari! Ya nunca más volverás a escuchar el rumor del río Rímac. El cortejo fúnebre reanuda la marcha. Ahora mamá va en hombros de los colegas de John. John lleva una camisa a cuadritos entre azul y morado. Es Testigo de Jehová. ¿Por eso no se habrá puesto luto? El viejo también es Testigo y está todo de negro, hasta su gorra. Yo sí estoy todo de negro. Menos mal que tenía ropa negra. Casi todo mi sueldo se lo empresté a Mariana para que comprara el nicho. Otro poco dio ella. Otro, Carolina. John no dio ni un centavo, menos Flora y Dora. Antes, cuando estaba en la universidad y era poeta, me gustaba vestirme de negro. También me gustaba llevar el cabello largo. Ahora lo llevo corto. Ya tengo algunas canas en las sienes. También en la barba. Hacemos otra parada frente al paradero de las combis que suben a Huampaní Alto. ¡Por lo visto, pesas bastante! Allí tu amiga, no sé su nombre, vende frutas en su triciclo. Anoche estuvo en tu velorio. Ahora está vendiendo sus frutas. Es que no es su dolor. Para ella, la vida sigue su curso. Días después le dirá a Flora que le debías ocho soles por unas frutas que te habías fiado. ¡Cobrarle a los muertos! Lo mismo hizo Carolina: mamá se quedó debiéndome cuarenta soles de un pantalón que le vendí. Tuvimos que pagar tus deudas, vieja linda. En ese mismo lugar, un año y días atrás, nos tomamos unas fotos mientras esperábamos a los Apestegui para ir a recoger mi premio Horacio. Allí estamos en las fotos. Tú estabas feliz, llena de vida, tu hijo estaba haciendo realidad sus sueños, y los tuyos también. ¿La subimos a la carroza? Todavía no. Un poquito más. En la esquina. Ahora vas en hombros de Katimba, don Moya, Jonás y el papá de Coto. Coto se amaneció velando a la vieja. Vamos en bajadita. Pasamos frente a la calle de los Matos. A la izquierda están la línea del tren y la Carretera Central. Seguimos avanzando. Chanca sigue tomando fotos. Llegamos hasta la altura de la casa de los Chinga. Allí te subimos a la carroza. Chanca y yo vamos al costado del chofer. Vamos hasta los Girasoles, hasta allí has llegado alguna vez, muchas veces, cuando ibas a trabajar donde una enana y serrana que se las daba de gran señora nomás porque tenía algo de plata; allí cruzamos la Carretera Central y subimos por el camino que lleva al barrio Huascarán. Llegamos al cementerio Paz y Descanso Eterno de Chaclacayo. Hace años que no venía al cementerio. Un día le agarré pánico a los entierros y no vine ni cuando murieron mis mejores amigos como Pelusa, el loquito Montes, Pocco, Gilberto. Cuando era chiquillo sí venía. Más allá, en lo que ahora es el barrio Huascarán, era el botadero municipal de Chaclacayo. Buscábamos juguetes y otras cosas a la que pudiéramos darle utilidad. En esa época Chaclacayo estaba llena de gringos y uno podía encontrar buenas cosas en el botadero. Ahora las cosas han cambiado. Las demás personas ya han llegado. Volvemos a cargarte en hombros para llevarte al cuartel San Agustín. San Agustín. Dormirás eternamente en un cuartel que lleva el nombre que alguna vez utilizó tu hijo para firmar sus poemas. ¡Miles de muertos nos ven pasar! El cortejo sube y sube entre los cuarteles. ¿Dónde estará la abuela Eusebia, don Pancho, Pelusa, su hijita Milagros, el loquito Montes, Gusanón, Gilberto, Pocco, don Pancho Reyna, doña Aurora, don Hilario, Susy, la hermana de Gilberto? ¡Tantos muertos de Huampaní Alto yacen en este cementerio! Años sin venir a un entierro. Mamá sí asistía a los entierros y a las misas de difuntos. La vieja le tenía miedo a la muerte. Y la estamos llevando a su última morada. ¡Está muerta! Meto mano para que el cajón no se deslice para atrás. Uff, pesas, viejita. Al fin llegamos al cuartel San Agustín. Allí está el andamio y el albañil que sellará el nicho. Tiene listo su badilejo y su arena con cemento. Un señor, vestido de negro, con pinta de loco y una enorme cruz colgada en el cuello, hace las oraciones, pide por el descanso eterno de tu alma, mamá, ¿cómo se llamaba la señora?, María Palomino Seras. Canta el Salve: las lágrimas resbalan por mis mejillas. En las fotos también está Carolina llorando. Llorando. La misma que te negó. ¿Algún familiar que quiera expresarse? Un colega de John toma la palabra. Después, Jonás. Jonás toma la palabra. Jonás, el mismo que con las justas te pasaba. El mismo que granputeaba cuando sus hijos se escapaban para jugar con Nacho y Diego. El mismo que se llevaba a almorzar y pasear al viejo y nunca dijo venga usted también, suegra. El mismo que siempre mandaba un plato de comida al viejo y a ti ni una migaja. Hasta ha llamado a sus hermanos. ¿Acaso te llamaba cuando alguna vez hacía sus reuniones y venían sus hermanos? ¿Se estará acordando que lo agarraste a zapatazos cuando embarazó a Carolina y los hiciste casar a la fuerza? Primera vez en su vida que escuché que te decía mamá. Siempre te decía abuela. Al viejo sí le dice papá. Ahora le toca al viejo. El viejo, el mismo que te obligó a cuidar a la hija de Mariana porque ella estaba peleada con todos en casa y nadie quería cuidarla. O cuidan a la bebe, o se van, amenazó el viejo. El viejo. El mismo que alguna vez te empujó porque cuando se amargaba contigo se le salía el animal que lleva dentro. El viejo que nunca habló con sus hijas para que te dejaran de joder. El viejo que ahora dice son cuarenta y seis años pasados al lado de mi esposa. Habla de Jehová, de la esperanza de una futura vida eterna en el gobierno de los mil años de Jesucristo. ¡Si pudiera creer como él! Tiene setenta y ocho años. Tiene los cabellos blancos. Es pelado. Su calva brilla en las fotos. Derrama lágrimas. Jonás lo sostiene. Ahora le toca a John: adiós, mi gordita linda. Besa tu ataúd. ¿Ahora a quién le dirá mi mujer me ha botado, mamá, mi suegra me ha botado, mamá, tienes un sol para mi pasaje, mamá? No veo a Emilia. ¡Anoche les dije su vida! Ahora me toca a mí: muchas gracias por acompañarnos en nuestro dolor. Y a ti, mamá: nunca te olvidaremos, vivirás en el corazón de todos los que te quisimos, tu esposo, tus hijos, tus nietos. Descansa en paz, mamá. Beso tu ataúd. Ahora pienso que debimos de haber abierto el cajón para verte por última vez y para que todos tus hijos y nietos nos despidiéramos de ti. Ahora pienso que debí decir mamá fue la madre más buena y hacendosa del mundo, todo lo que soy se lo debo a ella. Debí decir a veces los hijos no nos merecemos los padres que tuvimos. Debí decir algún día daremos cuenta, antes de morir también, de todos nuestros actos. Pero ese veinticuatro de julio me faltaron las palabras. Ninguna de tus cuatro hijas dijo nada. ¿Con qué cara? ¿Qué iba a decir Mariana? ¿Que siempre te jodía? ¿Qué Carolina? ¿Que te negó alguna vez? ¿Qué Dora? ¿Que tuvo un hijo y nunca asumió su responsabilidad? ¿Qué Flora? ¿Lo mismo que Dora? ¿Que fueron excelentes hijas? ¿Que le dieron alegrías a su madre? Échales tierra en los ojos cuando me estén llorando, me dijiste alguna vez. No pude hacer eso, mamá, había mucha gente, pero anoche les dije su vida. Don Valerio toma la palabra en nombre de los vecinos. Se explaya. La gente empieza a pitear bajito. Ya quieren irse. Termina su perorata. Ahora a subirte al nicho. También ayudo. Ayudan Jonás y su hermano, ayuda don Montes. Uff, ya estás dentro del nicho. Te miramos por última vez antes que el albañil coloque la lápida para separar tu mundo del nuestro. Chanca va registrando todos esos momentos. En las fotos las personas están mirando hacia lo alto mientras el albañil sella con arena y cemento el nicho. Tu nicho está en la cuarta fila, es el número veintisiete. Escribe con un clavo tu nombre, María Palomino Seras de Gastelú, tu fecha de nacimiento, 28 de febrero de 1936, hace sesenta y nueve años atrás, tu fecha de muerte, 22 de julio del 2005, hace apenas cuarenta y ocho horas atrás, escribe PERPETUO y listo, se acabó. Todo terminó para ti. Eran las tres de la tarde.

Un lugar llamado Oreja de Perro


"Un lugar llamado Oreja de Perro" es una hermosa novela de Iván Thays, finalista del Premio Herralde 2008. La compré en el último día de la pasada Feria del Libro Ricardo Palma. Me gustó desde la primera página y al llegar a la última me quedé con las ganas de seguir leyendo. La historia es la de un periodista que ha sido enviado a esta localidad ayacuchana para cubrir la llegada del presidente Toledo. Aquí conoce a Jazmín, una chica embarazada por un soldado. Jazmín tiene una trágica historia. El protagonista ha perdido a su hijo de cuatro años y el recuerdo lo abruma. También se ha separado de su mujer a la que quiere mandar una carta pero no lo hace. ¿Críticas? Ninguna. Solo que fue muy corta, apenas 212 páginas. Ya la volveré a releer.

Dueña de mi corazón

Bella canción de Daniela Romo. Aquí está el enlace.
http://www.youtube.com/watch?v=Tv1RnxVbi_4

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Una semana

Falta una semana y será navidad.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La tamalera

Vende sus tamales en la puerta de la panadería. Lleva a una niña en una manta sobre sus espaldas. Hoy llovía y ella estaba allí, bajo la lluvia con su pequeña en las espaldas. Tendrá 20 años, quizá 21.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Imaginación

Me han preguntado si lo que escribo sucedió, si es real, si tal personaje existe. Y yo digo que no, que todo es producto de mi imaginación. Nada de lo que cuento sucedió.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Feria del libro Ricardo Palma 2

Fui a la Feria del Libro por segunda vez y compré unas cuantas novelas: "Un lugar llamado Oreja de Perro" de Iván Thays, "La tierra de las papas" y "Qué cornucopia" de Paloma Bordons, "La leyenda del signo" de Gladys Segovia Baldwin, "La leyenda del rey errante" de Laura Gallego García y "Veinte mil leguas de viaje submarino" de Julio Verne. Ya tengo para leer todo el verano.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Mitad de semana

Y los días siguen pasando y las vacaciones se acercan a pasos agigantados. Ya quiero descansar, dormir hasta tarde, no sufrir todos los días los problema de tráfico camino al trabajo, no aguantar pulgas ajenas. Una semana más, y chau clases hasta el próximo marzo.

El pequeño vampiro


Novela de Ángela Sommer-Bodenburg que narra el encuentro de Anton con Rudiger, un pequeño vampiro a quien le gusta leer historias de vampiros. Ana, la desdentada, hermana de Rudiger, es una pequeña vampira que toma leche. Se enamora de Anton y a veces sufre por los desplantes que recibe de este. Los padres de Anton quieren conocer a los nuevos amigos de Anton y Anton pasa cientos de peripecias para que sus padres no sospechen que sus amigos son unos vampiros. Interesante novela que te arranca carcajadas a manos llenas.

Este libro llegó a mi ex colegio en un paquete donado por el Ministerio de Educación. En ese entonces yo estaba a cargo de la biblioteca. Como veía que nadie lo leía, me lo traje junto con una buena cantidad de libros que estaban amontonados en mi biblioteca hasta que me puse a leerlos y mi prejuicio sobre la literatura infantil y juvenil quedó de lado y ahora disfruto de estos libros que no solo son para chicos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Cupido es un murciélago


"Cupido es un murciélago" es una excelente novela juvenil de María Fernanda Heredia. Historia llena de humor, amor, decepciones, mentiras, trampas, intrigas que salen de lo común que tratan las historias para chicos que nos hacen leer en los colegios. Los textos de esta escritora ecuatoriana siempre me hacen reír, morirme de la risa. La leí en un solo día. Lenguaje simple pero profundo que te hace pensar en cuán complejo es para un niño llegar a la adolescencia, conocer el amor, enamorarse por primera vez de la persona equivocada.

Finis Mundo


"Finis Mundi" es una excelente novela de Laura Gallego García que lo compré en la Feria del Libro y dije lo voy a leer en el trayecto al trabajo y me cautivó desde la primera página y la noche del sábado y la mañana del domingo la terminé de leer. Es una novela ambientada en la Edad Media, llena de juglares, brujas y guerras. Se acerca el fin del milenio y tres amigos -Michel, Mattius y Lucía- van en busca de tres objetos que pueden impedir la llegada del Anticristo. Llegan a Normandía, de allí navegan a Britania y etc. Una novela publicada por ediciones SM para un público juvenil recomendable para toda edad. Me gustó y la volveré a releer en las vacaciones que se acercan a pasos agigantados.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Delirio


Novela de Laura Respreto que la tenía guardada hace más de cuatro años. Había leído un par de páginas y me aburrió o no sé qué que la dejé hasta que decidí leerla y no me arrepiento. Excelente historia esta de Agustina la clarividente. Recomendable.

Segunda persona


Novela de Selenco Vega Jácome con la cual ganó el premio de la Cámara Peruana del Libro. Interesante historia, aunque creo que Ricardo Gonzáles Vigil le echa muchas flores. Pero al menos no es aburrida y se deja leer con fluidez.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Falta poco

Falta poco para que se acabe el año escolar. Ando cansado, harto, que ya lo único que hago es esperar que finalice el año para dormir a pierna suelta. Un año más que se va. Este año he leído como nunca.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Cucurrucucu paloma

Hermosa versión de este clásico de la música popular mexicana. Bella la intérprete, aunque no dicen su nombre, tiene una voz parecida al de Linda Rostand. Aquí el enlace.

Libro solidario


En esta publicación hay un cuento mío sobre navidad. A ver si lo leen y lo adquieren y así harán felices a muchos niños.
Los siguientes artistas, poetas y escritores también han colaborado con esta campaña:

Ilustraciones: Blanca Bk (portada), Ana Cristina Martín, Agustín Garriga, Mario de la Cruz, Nina R, Fernando Prats, Alexandrina Pinto, Miguel Angel Martínez, Juan Carlos García del Blanco.
Relatos y cuentos: Silvia Ochoa Ayensa, Conchita Ferrando, Mª Dolores, Alonso Manuel Ferrer, Marta Bolet, Antonio Arteaga, Antonio Constán, Nava Lola Montalvo, Federico Fayerman, José Gómez Muñoz, Niobe, Belén Arteaga (11 años), Daniel Hernández, Harol Gastelú Palomino, Celsa Barja, Daniel Hernández Rodríguez, Mario Jesús, Salomón Escobar (9 años), Daniel Hermosel, Natalia Linares, Almudena Romea García (8 años), Diego Castro Sánchez, Mayte Moro Artalejo y José Luis Latorre Rivas, Catalina Gómez Parrado, Emcharos, Carmen Gómez Ojea, Toño Prado, Daniyecla, Silvia Penedo Torres, Carolina Lorenzo (12 años), Benet M. Marcos, Yolanda Díaz de Tuesta.
Poemas: José Manuel López Martín, José Ramón, Marcos Sánchez, Rosario, Bersabé Montes, Paquita Dipego, Mari Carmen Espinosa, Emmanuel Quiñones, Emili Gallego, Sampedro, Fernando Sabido Sánchez.


miércoles, 2 de diciembre de 2009

Diciembre

Ya estamos en diciembre, el último mes del año. Un par de semanas más, y vacaciones.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Fin de mes

Se acaba noviembre. Este mes he escrito poco pero he leído bastante, más que nunca, creo, hasta he desempolvado viejos libros para leerlos, libros que había comprado hace cinco años y esperaban su turno. Mañana empieza el último mes de año y luego vacaciones.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Feria del libro Ricardo Palma

Anoche fui a la Feria del Libro Ricardo Palma a abastecerme para el verano. Compré un par de libros de literatura juvenil -"Cupido era un murciélago" de mi estrella María Fernanda Heredia, "Finis Mundi" de Laura Gallego García, "El ladrón de monosílabos" de Ángel Pérez Martínez-, una novela de Pablo de Santis, "La sexta lámpara", "Segunda persona" de Selenco Vega Jácome, la estoy leyendo y no tiene nada de espectacular, esta novela ganó el premio de la Cámara Peruana del Libro y "Glaomorama" de Bret Easton Ellis, el mismo de "América psicho", un ladrillo de algo más de 500 hojas que me costó diez lucas, un regalo, que espero leer en enero cuando esté de vacaciones.
Vi un poco la presentación de Óscar Colchado Lucio en Ediciones SM, un autor que poco a poco ha ido cimentando una carrera con buenos libros. "Rosa Cuchillo" ha sido publicada por Alfaguara en una nueva edición. Buena por Óscar Colchado Lucio, quien, si mal no recuerdo, fue jurado cuando gané los Juegos Florales de La Cantuta allá por 1997. Espero seguir su ejemplo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Contigo soy feliz


porque este amor no es clandestino,
porque tú piensas en mí
y tu corazón no es compartido.
Contigo soy feliz
a pesar de tus momentos de furia
porque luego regresas arrepentida.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Amaneciendo en ti

entre sábanas blancas
que anuncian la mañana
para ti y para mí
entre cantos de pájaros,
hojas al viento,
gaviotas en el cielo
y relinchos de caballos.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La persecusión


Sus pisadas resonaban en la vereda como los cascos de un caballo furioso. Aceleré sintiendo que el aire me faltaba, que me ahogaba, que el corazón me iba a explotar de un momento a otro como una granada. La calle estaba en penumbra, solitaria, las luces de todas las casas estaban apagadas como si nadie viviera allí, como si ese fuese un pueblo fantasma. Tragué una bocanada de aire. Aceleré. Si la criatura, monstruo, o lo que fuera, me daba alcance, iba a ser mi fin. Doblé una calle, otra calle y otra calle. Perdí uno de mis zapatos pero seguí corriendo, cojeando, sintiendo que mi pie desnudo era desgarrado por las imperfecciones de la vereda. No era un sueño, era una pesadilla. No estaba durmiendo, estaba corriendo tratando de escapar de las fauces de un monstruo. Un monstruo. Si me daba alcance, me mataría. ¿Quién se iba a imaginar que esa mujer era un monstruo? Había llegado unas horas antes a La Realidad y me había alojado en un hotel barato. Había salido a caminar un poco y entonces la había visto: iba sola por la vereda y la seguí. ¿Qué hacía una mujer en una calle solitaria casi a la medianoche? Llevaba un diminuto vestido con la espalda desnuda. Aceleré los pasos para alcanzarla. A un metro de ella, le dije hey, amiga, ¿a dónde vas? Entonces volvió el rostro y lancé un grito de terror: ese no era el rostro de un ser humano. Di la media vuelta y eché a correr. Podía sentir en mi nuca su aliento como una llama de fuego, sus resuellos. ¡Un parque! En los parques siempre había parejas. Ahora sí estaba a salvo. Respiré con alivio, volví el rostro por una fracción de segundo: corría con la lengua afuera, tenía los ojos desorbitados. Me metí entre los matorrales, ¿hay alguien ahí?, pregunté. No había nadie. Nadie vivía en ese pueblo. Sentía las espinas clavarse en mi pie desnudo. Escuchaba sus pisadas destrozando los arbustos caídos, quebrando las ramas. Tragué una bocanada de aire. Más allá había un resplandor azul, unas luces. Estaba a salvo. Aceleré un poco más. Podía sentir su aliento en la nuca. No, no eran las luces de una calle. Era el mar. Esas lucecitas eran las de los barcos que entraban al puerto. A mis pies se habría un abismo. No podía retroceder. Salté antes que una de sus garras me cogiera de la garganta.

Canciones

La farsante, Juan Gabriel
http://www.youtube.com/watch?v=XrEOcXRbBFA
Con tu amor, Pandora
http://www.youtube.com/watch?v=mDorZ6mzYsk
Quién soy yo sin ella, Luciano y Camargo
http://www.youtube.com/watch?v=ohBgIci8D3Y

martes, 24 de noviembre de 2009

La casa vacía


Agustín lanzó una maldición. Trató una y otra de poner en marcha el vehículo, pero todos sus esfuerzos fueron vanos. Afuera la lluvia arreciaba. ¿Dónde encontraría un mecánico a esa hora? Era casi la medianoche en su reloj. Las casas de La Realidad estaban todas con las luces apagadas. El alumbrado público apenas iluminaba lo indispensable como para saber que ahí, al frente, se levantaba un pueblo. ¿Quedarse a dormir en el vehículo? Podría ser pero, si el cielo seguía vaciándose así, pronto habría otro diluvio universal, y precisamente su auto no era ni de lejos el arca de Noé. A un par de metros de la carretera pasaba el río Rímac arrastrando en su fiero y lodoso caudal piedras, árboles arrancados de raíz y sabe Dios qué cosas más. En cualquier momento podría desbordarse y lo lamentaría. La carretera estaba solitaria, ni un vehículo a la vista, ni siquiera un grifo donde pedir ayuda. Tal vez habría caído un huayco en las alturas interrumpiendo el paso. Cómo saberlo si hasta la radio no funcionaba. Era mejor buscar un lugar donde pasar la noche antes de que las cosas se pusieran color hormiga.
Bajó del vehículo y cruzó la carretera en dirección al pueblo caminando bajo la copiosa lluvia. Las calles estaban convertidas en un lodazal, el agua se metía por sus zapatos y ni una sola casa con las luces encendidas. Dobló una calle, y otra, y otra. Todo el mundo parecía dormir. No debió de haber viajado tan tarde, debió de haber esperado el día siguiente, pero cómo iba a saber él que llovería de esa manera. Era una lluvia inusual. Por aquí llovía en verano, nunca en julio. Mañana era veintidós de julio. Treinta años atrás, su madre todavía estaba viva. Treinta años atrás, su madre estaba viviendo su última noche de existencia. Al día siguiente moriría, culminaría su paso por la tierra.
Cruzó la plaza y vio una casa con las ventanas iluminadas. Se alegró. Era la única con las luces prendidas en ese pueblo fantasma. A ella se dirigió de prisa sintiendo cómo el frío le calaba los huesos, el alma.
Cruzó un jardín lleno de geranios. ¿Beethoven? Alguien tocaba el piano. En medio del golpeteo de la lluvia y el rumor del río reconoció La patética. Cuántas veces lo había tocado su madre. Se abrió una puerta en su memoria y vio las manos, blancas, bien cuidadas, de largos y finos dedos, de su madre cayendo como esta lluvia sobre las teclas del viejo piano que ahora estaría apolillándose en algún rincón de la antigua casona familiar.
Los Eucaliptos 141, decía la placa sobre la puerta de madera recién barnizada. Los Eucaliptos 141, repitió. Vaya coincidencia: esa era la misma dirección de su casa. En todos los pueblos había una calle llamada Los Eucaliptos, por lo visto.
En lugar de timbre había una reluciente aldaba de bronce en forma de puño.
Llamó.
Nadie.
Insistió.
¿Y si alguien se había quedado dormido escuchando un disco de Beethoven? La lluvia se intensificaba. Llamó otra vez. Dejaron de tocar el piano, o apagaron el tocadiscos. Escuchó unos ligeros pasos acercándose a la puerta.
–¿Quién? –preguntó una voz de mujer.
–Mi auto se ha malogrado cerca de aquí. No sé si podría…
La puerta se abrió.
–Buenas noches, señorita, disculpe que la moleste tan tarde, es que mi auto…
–Pase, pase –dijo la joven–. No vaya a pescar una pulmonía con este clima.
–Gracias.
Ella lo condujo a una salita. En la chimenea ardían los leños llenando de calor el ambiente. En un rincón estaba un viejo piano. Parecía el piano al que su madre arrancaba sentidas melodías.
–¿Era La patética lo que tocaba?
La chica dijo que sí.
–Para no aburrirme.
Alimentó el fuego con otro leño.
Era bonita. El fuego le daba unos matices rojos a su albo rostro. Tenía los ojos grandes y oscuros. Su negra cabellera estaba atada formando una trenza.
–Mamá también tocaba el piano –dijo Agustín–. Y tocaba La patética. Al escucharla me acordé de ella. Mañana son treinta años desde que murió.
–Lo siento mucho. ¿Cómo se llamaba?
–María Luisa.
–Qué coincidencia, yo también me llamo igual.
Agustín hizo un gesto de incredulidad.
–En serio –dijo ella–. María Luisa es un nombre común.
María Luisa era joven. A lo mucho tendría unos veinte años. ¿Qué habría estado haciendo su madre a esa edad? El viejo la conoció a los veintitrés, se casaron, lo tuvieron a él.
–¿Un café?
–Si no es mucha molestia. Gracias.
–De nada.
Pareces mi madre, iba a decirle Agustín. Su mamá siempre lo esperaba con un café caliente.
–¿Qué hacía a estas horas en la carretera? –preguntó ella desde la cocina.
–Iba a Chosica. Mañana le vamos a hacer una misa a mamá.
Alguien empezó a toser en un cuarto cercano.
–Es mi abuelita que está con una fuerte gripe –dijo María Luisa, cruzando la salita–. Ya vengo.
Agustín la vio desaparecer en una puerta al fondo del pasillo. Afuera, la lluvia no tenía cuándo acabar. Las amplias ventanas eran golpeadas por las gruesas gotas de lluvia. A lo lejos el río bramaba como un animal furioso. Qué sería de su auto. Tantos sacrificios para comprarlo para que al final se lo lleve el río. Menos mal que no se quedó a dormir allí. Qué suerte había tenido al encontrar esta casa. La única casa en todo el pueblo que parecía estar habitada.
María Luisa cruzó hacia la cocina. Agustín escuchó el ruido de tazas y cubiertos. Se acordó del ruido que hacía su mamá en la cocina de su casa.
–Sírvase –dijo la muchacha, alcanzándole una bandeja donde humeaba una taza de café.
–Muchas gracias.
–De nada.
–Excelente café –dijo Agustín–. Así lo preparaba mamá.
María Luisa sonrió. Tenía una bonita sonrisa. Las lenguas de fuego se reflejaban en su blanca y pareja dentadura.
Desde la otra habitación volvieron a toser.
–Ya regreso.
La lluvia seguía cayendo con furia sobre el pueblo. Agustín miró por la ventana: las calles parecían ríos, el cielo era iluminado por los relámpagos a cada instante. Las casas continuaban con las luces apagadas. Suerte que encontré este refugio, se repitió otra vez, sino, dónde estaría ahora.
–De repente desea descansar –dijo ella al regresar–. Tenemos un cuarto de huéspedes.
–Todavía no –dijo Agustín–. Más bien me gustaría escucharla. Claro, si no es abusar de su hospitalidad.
–Al contrario –María Luisa sonrió, echó otro leño al fuego y se puso al piano. Sus dedos, largos, delicados, casi transparentes, de uñas recortadas y bien pulidas y sin pintar, empezaron a caer sobre el teclado como la lluvia sobre ese extraño pueblo–. Casi nunca tengo oyentes.
–¿Die schöne müllerin?
Ella asintió.
–Schubert.
–Mamá solía tocarlo siempre –dijo Agustín. Cerró los ojos para disfrutar mejor de ese instante tan especial. Vio a su madre tocando el piano en la sala de la casona familiar. Tenía las manos bien bonitas. Casi no recordaba su rostro. Sus manos sí las recordaba con toda claridad como si nunca las hubiera dejado de ver. Y también recordaba las canciones que tocaba. ¡Mamá! Después de tanto tiempo iba a visitar su tumba. Se sintió culpable de tenerla olvidada, de no llevarle ni un ramo de flores en tantos años. Esa pieza era Das wandern, el lied favorito de su madre, y el suyo también. Cuántas veces lo había tocado mamá. Si no hubiese muerto tan temprano, seguramente él también hubiese sido pianista y ahora estaría dando un recital en algún lugar del mundo y no en ese pueblo donde la lluvia no parecía cesar jamás. ¿Tanta agua había en los cielos? Pero bien valía un chapuzón el estar aquí escuchando a María Luisa cuyas bien cuidadas manos seguían danzando sobre el teclado como una ballerina. Se miró las manos. No, esas no podían ser las manos de un pianista. Eran feas; sus dedos eran gruesos, torpes. Sintió vergüenza de sus manos. Ahora la chica tocaba Nouvelles pièces fruides. Satie. Otra vez su madre. Volver a la infancia, estar junto a mamá, escucharla tocar todas las tardes. Tocaba divino. Se arrepintió de no haber seguido sus pasos. Él era un músico frustrado. Claro de Luna. Vuelta Beethoven. Ese era el primer movimiento. Otra vez su madre. Afuera el cielo seguía derramando sus lágrimas sobre La Realidad. Los rugidos de ese animal furioso que era el río cada vez se hacían más fuertes.
Volvieron a toser.
–¡Dioses, ya es tarde! –exclamó la chica como si recién se diese cuenta de la hora que era–. Debes estar muriéndote de sueño.
Agustín asintió aunque no tenía ganas de irse a dormir.
María Luisa fue donde su abuela y regresó al minuto y lo condujo al cuarto de huéspedes.
Mientras el sueño lo vencía, Agustín volvió a escuchar La patética. Beethoven. Su madre, sus manos bonitas y bien cuidadas de largos y frágiles dedos que caían como la lluvia sobre el teclado.

Una semana después, esta vez de día, un hermoso día lleno de sol y sin lluvia, Agustín estaba de vuelta en La Realidad. Buscó Los Eucaliptos 141. Se sorprendió al encontrar una casa antigua en cuya sucia ventana de lunas rotas un cartel deslucido por las inclemencias del tiempo decía SE VENDE. No recordaba haber visto ese aviso. Los geranios a duras penas sobrevivían en ese jardín devorado por la mala hierba. ¿Era la misma casa donde había sido acogido en esa noche de infernal llovizna? Quizá se había equivocado de dirección, pero allí decía, sobre la vetusta puerta de madera, Los Eucaliptos 141. Hizo sonar el herrumbroso puño de bronce.
Nadie.
Insistió.
–Nadie vive en esa casa hace años –le dijo una señora sacando la cabeza desde la casa vecina.
–¿Nadie?
–Así es. Hace años vivía una viejita, viuda ella, que tocaba el piano. Pero se murió y desde entonces nadie vive allí. Decía que tenía un hijo, pero parece que el hijo se murió antes que ella porque nunca vino a visitarla.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Tienes unos ojos bonitos


que me miran con cariño.
ojos grandes, ojos oscuros,
ojos que yo amo,
ojos que sonríen siempre
como un día de setiembre.
Si lloran, me gusta secarlos,
de besos llenarlos.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Un mes más

Un mes más de la muerte de mamá. Un mes más de soledad, de dolor, de ausencia.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Ocho meses

Hace ocho meses murió papá. El dolor de su ausencia sigue latente en mi corazón. Mi único consuelo es saber que ahora ya no sufre más.

martes, 17 de noviembre de 2009

lunes, 16 de noviembre de 2009

Diablo Guardían


Rosalba, o Violetta, como le gusta llamarse, está harta de la hipocrecía de sus padres que se andan alucinando que son gringos. Niña inquieta, descubre el botín que sus padres guardan producto de sus robos en obras de caridad. Con el dinero robado huye a New York donde termina de puta y drogadicta y cae en manos de Nefastófeles, que le saca la eme cada vez que le da la gana. Vuelve a México con las intenciones de redimirse, pero la vida no se lo permite y vuelta se topa con Nefastófeles, convertido en publicista. Al final, para empezar de nuevo, Violetta decidí desaparecer del mapa y planifica su muerte con la ayuda de Pig, que se convertirá en su Diablo Guardián.

Excelente novela de casi 600 páginas que devoré en un par de semanas. La pregunta es ¿qué es lo que hace que una novela tan inmensa me cautive tanto, no me aburra y la historia me quede corta y novelas cortas, de cien hojas y tantos, terminen en el tacho? Debe ser la ironía, el doble sentido, el lenguaje desenfadado despojado de ese aire culto, académico que algunos "escritores" suelen emplear.

Xavier Velasco es el autor de esta buena novela que releí después de seis años y sigue intacta la sorpresa, el interés que causó en mí la primera lectura. Recomendable. Hay una versión gratis en Google.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Viernes 13

–¿Fumas, Agustín? –Susy te ofreció su cigarrillo después de darle una larga pitada.
Empezaba a llover en La Realidad. Jason daba largos trancos en pos de su víctima. La asustado chica avanzaba por la desierta calle volviendo el rostro a cada instante como presintiendo que algo siniestro la acechaba.
–No, tía, gracias.
No, tía, gracias; mocoso estúpido, bien que quisieras darle una pitada a mi tronchito. Cómo se te hace agua la boca.
–Por mí no te hagas rollos –dijo Susy, aspirando profundamente como para tentarte. Jason movía la cabeza como si fuera un radar. Botó el humo por boca y nariz. ¿Estaría tratando de localizar los asustados latidos de la pobre muchacha escondida detrás de unos contenedores? Las volutas se elevaron hacia el cielo raso perdiéndose en la semipenumbra. Susy insistió–: toma, Agustín, es solo un cigarrito.
–No, tía. Gracias.
No, tía, gracias. Chiquillo idiota.
–Toma, prueba, no seas tonto, sobrinito. Yo no soy como la anticuada de tu madre que te anda prohibiendo todas las cosas buenas que te ofrece la vida.
De reojo viste que cruzó y descruzó las piernas. Las luces de la pantalla se reflejaban en sus blancas y lisas rodillas como en una fuente de agua.
–Aquí tienes la más amplia libertad para hacer todo lo que se te apetezca, sobrinito. Puedes echarte tus tragos si tienes sed, fumar tus tronchitos, tirarte un polvito con tus amiguitas aunque sea en tu imaginación.
Te pusiste colorado. Qué cosas eran esas que decía tía Susy. La lluvia empezó a caer con fuerza, Jason husmeaba el aire tratando de localizar a la asustada muchacha, los perros daban alaridos como si se sintieran amenazados por el psicópata enmascarado. Tu tía se alisó la faldita celeste.
–¿Es cierto que tu pobre madre te encontró autosatisfaciéndote, sobrinito?
De un certero machetazo Jason le cortó limpiamente la cabeza a la pobre chica que ni siquiera llegó a decir esta boca es mía. La pantalla y tu rostro se tiñeron de rojo. Sentiste que te morías de vergüenza.
Agustín tenía los ojos fijos en el televisor.
–Te hice una pregunta, sobrinito –Susy bajó el volumen al mínimo, puso el control sobre sus piernas, ahora se escuchaba la caída de la lluvia en toda su intensidad, el toc toc que producían las gruesas gotas al golpear los ventanales impelidos por el viento nocturno. A ver, quítame el control si puedes, sobrinito, parecía decirte–. Vaya, este chiquillo, aparte de pajerín, es mudito, ¿no?
Querías desaparecer del mapa, querías que la tierra se abriera y te tragara. Cómo te ardía el rostro, sentías que tus orejas se derretían como la cera y Susy estaba allí, mirándote, escudriñándote.
–¿Acaso estás esperando que te torture para que me respondas, ah, sobrinito?
–Tía…
–Recuerda que hemos quedado en que no habrá secretos entre nosotros dos, Agustín, ¿o acaso no confías en mí como yo confío en ti, sobrinito, ah?
–Pero, tía…
–¿Acaso yo no te cuento hasta mis cosas más íntimas, ah? Además, no tiene nada de malo autosatisfacerse de vez en cuando, sobrinito. Aunque no me creas, muchas veces yo también lo hago.
¿Sería cierto lo que Susy decía? ¿También jugaba con el Secreto que tenía allá abajo? Mamá decía que jugar con eso era sucio, pecado, cochino, que Diosito castigaba, que te salían pelos en las manos como si fueras mono, que el único que se sentía feliz con esos juegos prohibidos era el diablo que te esperaba con los brazos abiertos para que te achicharraras en el infierno por lujurioso. Pero qué rico se sentía jugar con eso, era mucho más divertido que estar en internet chateando con los amigos o jugando fútbol. Afuera parecía que se había desatado el diluvio universal, rayos, truenos y relámpagos rompían la calma en La Realidad, los perros gemían lastimeramente como pidiendo que les abrieran las puertas del arca de Noé. En la película también llovía torrencialmente pero Jason cruzaba los charcos y lodazales como si nada con sus botas todo terreno.
–Además, tú estás en una etapa en la cual todas tus hormonas están en plena ebullición, corriendo en fórmula uno, ¿no es así, sobrinito?
Agustín, sin quitar los ojos de la pantalla, hizo un gesto de afirmación.
–Pobre hermana mía. ¿Es cierto que casi le da un infarto?
–Exagera, tía.
Susy te miró las manos, ¿se estaría preguntando con cuál te la estuviste manipulando? ¿Con cuál mano te tocas, Agustín, con la derecha, con la izquierda? ¿O con las dos?
–Qué tonta tu mamá: en lugar de alegrarse porque su hijito ya es todo un hombrecito, ¡y qué hombrecito!, arma un escándalo por gusto. Si tú fueras hijo mío, te habría llevado al Open para que debutes de una buena vez y dejes de estar manchando las sábanas y gastándote las manos, Agustín.
–Tía…
–Si te encontraba fornicando, se moría la pobre.
–Tía…
–Caracho: tía tía. ¿No sabes decir otra cosa, ah? Pareces un disco rayado: tía tía. ¿En quién estabas pensando?
–¿Cuándo, tía?
–Cuando estabas jugando con tu chupetín, pues, sino cuándo. No te hagas el sonso conmigo, sobrinito.
–No me acuerdo, tía.
–Qué malo eres, Agustín. Cualquiera dice en ti, tía Susy, estuve pensando en ti porque tú eres más bonita que la Maju Mantilla y la Marina Mora juntas.
–Ay, tía.
–Ay, tía –remedó Susy, cruzando y descruzando las piernas.
Jason tenía acorralada a su siguiente víctima. La torrencial lluvia seguía cayendo sobre La Realidad. Otro rayo cayó por los cerros. Los perros aullaron asustados, parecían lobos en luna llena.
–¿En quién estuviste pensando, Agustín?
–En nadie, tía.
–¿Nunca piensas en tu tiíta Susy, Agustín? –dijo ella, con la voz lastimera–. Porque tu tiíta Susy siempre piensa en ti, Agustincito.
¿Sería cierto eso? ¿Susy diría Agustín Agustín con esa dulce vocecita mientras jugaba con su cucarachita, mientras le movía la patita hasta hacer que se pusiera dura, rígida, ah? ¿Susy sería capaz?
Jason empezó a blandir su machete en el aire. De pronto, Susy empezó a chillar como si el enmascarado la estuviera amenazando.
–¿Qué pasa, tía? No te asustes por gusto, es solo una película.
–¡Ay, mi pie! ¡Mi piecito!
–¿Has pisado un clavo, tía?
–¡Calambre, sonso! ¡Ay, mi piecito!
–Yo pensé que Jason te había cortado mal la cabeza.
–Ya quisieras, pajerín, para librarte de mí, ¿no? Sóbame el pie, porfa.
Sobarle el pie. Acariciarle el pie, la piel.
Te pusiste de rodillas frente a ella y tomaste entre tus manos ese pie chiquito, ¿calzaría 36? Parecía el piecito de Cenicienta. Era suavecito como la gamuza. Le sobaste el empeine, la planta, no me hagas reír que me voy a hacer pis en mi calzón, sobrinito, los deditos, el dedo gordo, el tobillo. Sentías los movimientos rítmicos, precisos, de esas ¿expertas? manos que te empezaban a llenar de calor. Qué rico era ese calorcito que empezaba a subir por tu sangre poquito a poco como por los escalones de una pirámide azteca.
–Más arribita también, sobrinito, porfa –le pediste sintiendo cómo sus manos empezaban a trepar por tus largas piernas.
Era la primera vez en tus trece años que agarrabas una pierna de mujer, antes solamente en tus fantasías, en tus sueños, en esas noches de insomnio pensando en que te iban a salir pelos en las manos como decía tu mamá y te ibas a ir al infierno a achicharrarte. Susy era velluda como la mona de Tarzán, nunca se depilaba, ¿o le salía tanto pelo por jugar mucho con su cucarachita? En las axilas también tenía un mata de pelos, a ti te gustaba mirárselos e imaginar que allá abajo, en el Territorio Prohibido, también había una selva de pelos cubriendo la entrada al Santuario.
Agustín tenía las manos suavecitas y calientes, los dedos largos y fuertes. Se sentía clarito cómo ese calorcito empezaba a entrar en tu Zona Sagrada. Era un gustito único, rico, desconocido, nuevo, maravilloso, deslumbrante. El calorcito ya estaba dentro de tus entrañas, en tu sangre, en tus fluidos, había atravesado tu piel hasta llegar a tus huesos, a tu alma. Ah, qué rico se sentía. Era mucho mejor que hacerlo solita, que imaginar que tus manos eran unas manos fuertes de hombre.
–Arribita de la rodilla también, Agustincito, por favorcito.
Enrolló su faldita y tus manos empezaron a subir temerosos, dubitativos; los que no tenían temor eran tus ojos que escudriñaban más allá del límite de la faldita tratando de descubrir lo que había entre los pliegues y la penumbra en que te tenía condenado la poca luz que emanaba de la pantalla del televisor. Allí estaría el Bosque No Explorado Aún. Si entrabas allí, era más que seguro que te perderías entre el follaje, la maraña de lianas, de troncos caídos y hojas que estarían pudriéndose formando un pantano que tragaría, devoraría, succionaría todo lo que cayese en él. ¿Allí también llovería como en La Realidad? Seguro que sí.
Susy estaba con los ojos cerrados sintiendo cómo esas manos se desplazaban por su muslo a un par de centímetros del centro de su humanidad, de su universo. Dentro de ella había una caldera hirviendo su sangre, abrasando sus entrañas, quemándole, evaporando sus fluidos.
¿Qué era ese aroma que parecía brotar de la tierra mojada? Era un aroma desconocido para ti, una mezcla dulzona, ácida, salina, como de troncos podridos por el mar, como si un inmenso pez hubiese abierto sus fauces y te arrojase su aliento en el rostro. ¿Sería cierto que Susy también pensaba en ti al tocárselo? Agustín Agustín. Ah, si tuvieses la llave que abría esa Puerta Prohibida…
–La otra pierna también, Agustincito, porfa.
–¿También te ha dado calambre ahí, tía?
–Por si acaso nomás, sobrinito, porque más vale prevenir que lamentar, ¿no crees?
–Tienes razón, tía.
–Y tú tienes unas manos bien suavecitas, sobrinito –te acarició los cabellos.
Qué ganas de agarrarle la cabeza y hundirlo dentro de ti, en tu Pozo Infinito donde hervían tus ansias, tus ganas, tus deseos contenidos, tu curiosidad. Tu Estalactita estaba a punto de derretirse. ¿Así habría estado el Michael Douglas frente a la Sharon Stone en Bajos instintos, ah? Pero parece que la Sharon estaba sin calzón. Cómo no se te ocurrió temprano lo del calambre, lo habrías planificado con más cuidado, pero te estaba saliendo mejor de lo que habías pensado.
¿Tanto le duraba el calambre a tu tía? Las rodillas ya te dolían. Ese aroma tan raro era cada vez más fuerte, sentías que te estabas mareando, emborrachando, hundiendo en un pozo lleno de flores. Susy seguía con los ojos cerrados.
–Un poquitín más arriba, sobrinito, si no es mucho pedir.
Sus manos seguían escalando tus muslos como por una montaña escarpada. Eso es, así, así, sobrinito, ábrete paso por entre el follaje, pídele ayuda a Jason, ese tipo tiene buenos brazos y maneja bien el machete. Así, así, qué rico.
Ese raro aroma estaba en toda la habitación, si no abrían las ventanas, te ibas a ahogar, ¿Susy no lo sentiría? De repente sí, porque parecía que respiraba con dificultad, no se fuera a ahogar también, ¿abro las ventanas, tía? ¿Quieres que entre la lluvia, ah? Así, así, sobrinito. Qué rico se sentía. Tu vientre estaba en el punto más alto de ebullición, en cualquier momento iba a explotar como una bomba atómica. Las manos de Susy se posaron crispadas como garras sobre tu cabeza. Contuviste las ganas de hundir esa cabeza en tus entrañas. Aaaaah, tu vientre explotó expulsando un torrente de miel, de néctar. Las manos de Agustín debían estar pegajosas.
–Aah, listo, sobrinito, qué relajada me siento. Ahora sí estoy como nueva –le acariciaste los cabellos–. Mil gracias, Agustincito, eres un amor.
–De nada, tía.
–¿Nos vamos a dormir, sobrinito? Jason ya aburre.
Apagaron el televisor, aseguraron puertas y ventanas y se dirigieron a sus habitaciones.
–Hasta mañana, sobrinito –Susy se puso de puntillas y estampó un sonoro beso cerquita de tus labios–. Que sueñes con los angelitos, Agustincito.
–Tú también, tía, hasta mañana.
–Y no te la vayas a tocar esta noche pensando en mis patas flacas porque Jason te puede cortar la cabeza –dijo Susy, riendo, antes de cerrar su puerta.
Un buen rato después, tocaron la puerta de tu cuarto.
–¿Duermes, sobrinito? –Susy asomó la cabeza.
Agustín estaba en su cama, hizo un rápido movimiento y sacó su mano de debajo de la colcha. ¿Se lo habría estado manipulando?
–Todavía, tía.
–¿Se puede?
–Claro, tía, pasa, pasa.
Susy cruzó la habitación. Llevaba una bata rosada, transparente, debajo solo un calzoncito cubriendo el Lugar Prohibido.
–Esta lluvia no me deja dormir –dijo, sentándose al filo de la cama. Allí estaban otra vez sus piernas, poderosas, largas, velludas–. Tengo miedo que Jason venga a buscarme.
Te reíste.
–Es solo una película, tía.
–Pero a mí me da miedo –sus senos, esas dos perfectas peras de oscuros pezones, se movían al ritmo de su respiración–. ¿Puedo echarme un ratito aquí hasta que me venga el sueño, sobrinito?
–Claro, tía, échate nomás.
Levantaste la colcha. Agustín estaba en calzoncillos, tenía un bulto debajo de la prenda. Te deslizaste a su lado.
–No estorbo, ¿no?
–Claro que no, tía, cómo crees –sentiste al lado tuyo ese cuerpo tibio lleno de curvas y sinuosidades. Era la primera vez que tenías una mujer echada a tu lado, tan cerquita de ti. El aroma dulzón y marino, tenue esta vez, entró por tus fosas nasales.
–¿Qué lees, ah? –su aliento te quemó el rostro.
–Esta enciclopedia de arte.
–A ver. ¿Se puede mirar?
–Claro que se puede, tía.
Pusiste el grueso libro sobre el vientre de Susy. Sus senos se marcaron, la punta de sus pezones parecían querer atravesar la bata. ¿Los tendría suavecitos como sus piernas? ¿Se pueden tocar, tía?
–Mira cuánto realismo hay en estas esculturas, Agustín. Hasta parece que fueran de carne y hueso.
–Los griegos fueron grandes escultores, tía.
–Eso es lo que estoy viendo. Mira cuánta perfección. Mira su ombliguito, mira su pancita; están mejores que yo, ¿no, sobrinito?
–Tú eres bonita, tía.
–Pero estoy media chorreada, ¿no crees?
–Claro que no, tía, tienes una bonita figura.
–Lo dices nomás por halagarme, Agustín. Mira, toca –agarró tu mano y la puso sobre su vientre, entre su ombligo y su pubis. Allí la piel era suavecita como la seda–. ¿Ves que tengo la panza como una bolsa de agua, ah?
–Está durita, tía –Agustín cogió un pliegue de carne–. Y firme.
–Solo lo dices para no quedar mal conmigo, Agustín. La verdad es que estoy peor que la Alicia Machado.
–¿Quieres que te diga vieja y choclona, tía?
–Ay, sobrinito, tampoco tampoco. Apenas tengo veinte abriles.
–Por eso, tía. Cuando tengas cien años recién te desmondongarás.
–¿Aquí también está durito? –movió tu mano y lo puso al filo de su monte de Venus.
–Claro, tía –un poquito más y le tocabas el calzoncito.
¿Por qué no avanzas un poquito más, sobrinito? No te voy a decir nada, tú continúa nomás, ¿por qué tienes miedo si no es territorio minado?
–Tú si tienes la barriga bien durita, sobrinito –pusiste una mano sobre su ombligo. Agustín también era velludo–. Bien podrías haber sido un dios griego. Baco, Apolo, o Zeus, mínimo.
–Exageras, tía.
–En serio, Agustín. Tú sí eres perfecto, y peludo –enredó su índice en tus vellos.
–Pero no soy un dios griego, tía.
–Para mí lo eres, sobrinito –te acarició la barbilla, su cálido aliento te abrasó el rostro, su voz parecía el ronroneo de una gata en celo, y ese aroma que parecía brotar del fondo de la tierra te invitaba a dormir, a cerrar los ojos, a hundirte en las profundidades del sueño.
Agustín se quedó dormido. Afuera la lluvia había cesado, por fin. Los perros ya no aullaban, estarían en su casita, juntitos, dándose calor, sin temerle a nada, ni a la penumbra, ni a ese silencio que daba miedo. Agustín estaba profundamente dormido. Despierta, Agustín, Jason ha venido a buscarnos. Lo sacudiste y nada, no despertaba, estaba seco como un tronco. No le importaba que Jason viniera por ti, por lo visto. Dormía como un angelito, ajeno a tus súplicas, a tus necesidades, a tus ganas, a tus deseos. Era lindo, tenía un perfil perfecto. Recordaste sus manos, ahora inertes, friccionando, sobando, masajeando tus piernas. Tu Estalactita estaba dura de nuevo. Agustín, vamos, despierta. Nada. Pusiste tu mano derecha sobre su pubis, la izquierda la tenías ocupada en ti. Le empezaste a acariciar el pubis, el hoyito del ombligo. ¿Y si se despertaba? ¿Qué haces, tía Susy? Nada, nada, sobrinito, vi una pulguita y la estaba buscando para matarla, no te asustes por gusto. Eres una viciosa, tía Susy. Eso no se hace, te van a salir vellos en las manos, se te van a morir las neuronas y te vas a volver loca, Diosito te va a castigar y te va a condenar al fuego eterno. Viciosa. Cochina. Sucia. No me digas eso, Agustín. Tuve curiosidad nomás. Es que nunca he visto una, nunca he tenido una en las manos, entre las piernas, tu mamá si es una viciosa. ¿Es cierto que casi se desmaya? ¿De dónde sacaste esa revista de calatas? ¿Por qué nunca piensas en mí, ah? Yo siempre pienso en ti, Agustín. Tiíta Susy siempre piensa en ti, Agustincito. Por eso te traje aquí, para que te distraigas, para que te olvides de todas esas cochinas que salen en las revistas de calatas y solo pienses en mí, en tu tiíta Susy. Separaste tus labios mayores y empezaste a friccionar tu Estalactita mientras tu otra mano reptaba como una serpiente y se metía debajo del calzoncillo y llegaba al Objeto Anhelado. ¡Agustín, despierta! Nada, estaba bien dormido. Se lo tocaste. Primera vez que tocabas uno. Parecía un gusano gigante, todo flácido. Lo cobijaste en la palma de tu mano y lo empezaste a manipular, primero lentamente, luego con mayor rapidez hasta hacer que se pusiera dura. Era grandaza, caliente, nervuda, llena de vellos. Te echaste saliva en las manos y proseguiste tu afán, una mano debajo de ti, la otra en ese objeto que se ponía cada vez más duro y caliente. Extrañaste sus manos acariciándote las piernas, haciéndote imaginar tantas cosas. ¿En serio que nunca piensas en tu tiíta Susy, Agustincito? Cómo tu tiíta Susy siempre piensa en ti. Mira cómo te ayuda, cómo te lo acaricia, cómo te lo besa, cómo se lo mete en la boca y se traga toda tu miel, todo tu néctar.



Viernes 13

Hoy casi meto la pata, bueno, la metí, pero menos mal que me perdonaron.
Me falta poco para terminar "Diablo guardián", la bella novela de Xavier Velasco.
Ahora ando corrigiendo unos poemas y unos cuentitos que publicaremos en el colegio. Veremos en qué termina.

martes, 10 de noviembre de 2009

Amaneciendo en ti


entre sábanas blancas
que anuncian la mañana
para ti y para mí
entre cantos de pájaros,
hojas al viento,
gaviotas en el cielo
y relinchos de caballos.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Debo estar enamorado


para pensar a cada segundo en ti,
para soñar con estar a tu lado
y hacerte feliz.
Debo estar enamorado
para estar así:
con el corazón en la mano
si no estás junto a mí.
Debo estar enamorado
para ya no sufrir
por amores que han pasado
dejando mi corazón a punto de morir.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Andrea Bocelli y Judy Weiss

"Vivo por ella" en la voz de estos dos magníficos cantantes.
Andrea a caballo, Judy con un vestido crema y el cabello oscuro, un pueblo con aires de la Edad Media. La escena final es hermosa.
http://www.youtube.com/watch?v=Tm5XcZVdpTk
Una casona antigua, Judy con un vestido plomo, tiene bonitas piernas, unas estatuas.
http://www.youtube.com/watch?v=qVJF-jQ2GNg
Andrea sin barba, Judy con un conjunto oscuro y una blusa roja, un escenario con humo.
http://www.youtube.com/watch?v=GiGTXItgcLw
Los dos elegantes, Judy con un vestido negro que resalta su belleza y su cara de ángel. Canta como los ángeles. Cantan.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cinco años

Hace cinco años me sacaron un enorme cálculo del riñón derecho. Hace cinco años mis padres estaban vivos. Quizá alguien sabio esperó a que me operaran para que mis padres se pudieran marchar en paz. No sé...

martes, 3 de noviembre de 2009

Canciones

Esta chica canta bonito en el idioma de Pelé, y toca la guitarra también.
http://www.youtube.com/watch?v=KRTyBDdNmvk
Ella también canta, y baila, bonito
http://www.youtube.com/watch?v=8Ooiir-tCcA

lunes, 2 de noviembre de 2009

La credibilidad

Es dificil de conseguir después de hacer estupidez y media, después de dar tu palabra y no cumplir y esperas, ¿ingenuamente? que te crean y lo que has hecho te pasa la factura e inventas pretextos, buscas explicaciones y las tienes a la mano y no te quieres dar cuenta.
Estoy leyendo, releyendo más bien después de seis años, "Diablo guardián" de Xavier Velasco. Una excelente novela que te desnuda hasta los huesos. Recomendable sobre todo para esos pinches que se las quieren dar de vivos. Paciencia que todo cae por su peso.

Desolación

Dúo Romances
http://www.youtube.com/watch?v=0vGgg_BIj8o
Dúo Arguedas
http://www.youtube.com/watch?v=lihXjG8rwCo

sábado, 31 de octubre de 2009

Fin de mes

Y se acabó octubre con sus promesas incumplidas, con nuevos proyectos para el año que viene, que los sueños aún en pie a pesar de las adversidades, con el dolor por los ausentes, con el asco por los falsos amigos. Muchos dicen se acaba el año y no he hecho nada, yo he hecho mucho y me quedo callado.

Ilona llega con la lluvia


Maravillosa novela de Álvaro Mutis con las tribulaciones de Maqroll el Gaviero, esta vez acompañado por la despampanante Ilona. Libro que te cautiva desde la primera línea por su lenguaje poético, por su sensualidad. Siempre es bueno leer a Mutis. Esta es una relectura en realidad, pero cada que vuelvo a las páginas de algunas de las novelas de Mutis, encuentro siempre elementos nuevos.

Joseycha

Es un cantante de mi pueblo. Aquí algunos de sus temas:
http://www.youtube.com/watch?v=O1wzYwkAKqY

http://www.youtube.com/watch?v=xciSCUAlhCg

Cucurrucucu paloma

Tema de Tomás Méndez Sosa en diversas voces:
Ángeles Ochoa
http://www.youtube.com/watch?v=2I3JGCHBr74
Natalia Maribojoc
http://www.youtube.com/watch?v=B9csczcCJ2A
Semiro Rossi
http://www.youtube.com/watch?v=Y9A8eAoHxko
Florencia Tinoco
http://www.youtube.com/watch?v=7-xVaHSd2_g
Perla Batalla
http://www.youtube.com/watch?v=AN8RaAmQvJA

viernes, 30 de octubre de 2009

El seminarista de los ojos negros 2

Otra versión de estos versos
http://www.youtube.com/watch?v=USJ15q31VxE

José María Arguedas


Durante estas dos semanas de ausencia, leí "Yawar fiesta" y "Los ríos profundos" de José María Arguedas. Con la primera me reí, me estremecí, me llené de furor, de indignación. Así vivían, y aún viven en algunos lugares del Perú profundo, nuestros hermanos peruanos. La segunda es media empalogosa, ingenua.
"Yawar fiesta": los indios esperan con ansias la llega del 28 de julio para batirse en duelo con el Misitu, un toro bravo en torno al cual se ha hecho un mito. Pese a la llegada de una directiva prohibiendo las sanguinarias corridas, los indios se las ingenian para burlarla y van en cacería del Misitu.
"Los ríos profundos": Ernesto está interno en Abancay, la opa sirve de consuelo de las ansias carnales de los alumnos en el aparente rígido internado. Ernesto va tras las chicheras que se han sublevado a la autoridad, se enamora de una chica que le recuerda a un viejo amor. Finalmente una peste azota el pueblo y Ernesto parte al Cusco.

El seminarista de los ojos negros

Hermosos versos y bella historia de amor eterno. Con este poema empieza "Primer amor", mi nuevo proyecto: Agustín llega a La Realidad, sus padres se acaban de divorciar, él vivirá con sus abuelos, es el nuevo alumno del colegio, conoce a... y allí me quedo, veremos qué pasa más adelante. Mientras tanto, aquí está el enlace a ese bello poema.

jueves, 29 de octubre de 2009

El doble discurso

Con una mano me golpeo el pecho porque los demás hacen cosas que afectan a los demás y con la otra hago lo mismo pero a una escala menor sin saber que es lo mismo, que lo que hago a cien lo puedo hacer a uno y es reproblable pero como los demás no me ven, lo que piense ese uno no me interesa o no lo quiero ver o tengo la conciencia atrofiada porque siempre he sido así, he actuado con doblez y solo protesto para que los demás digan es un hombre justo. La vida da vueltas, menos mal.

Amigo se escribe con H


Antonia detesta la presencia de H en "su" salón y frente a "su" casa, pero H logra ganarse su amistad a base de terquedad, persistencia. El "odio" inicial de Antonia se transforma en amor y duelo en dolor al saber que H no siente por ella nada más que amistad. Un día H se va a los Estados Unidos y Antonia se queda con los recuerdos bonitos vividos al lado de H.

Hermosa novela infantil de la ecuatoriana María Fernanda Heredia que leí anoche en un par dehoras donde se nos enseña el valor de la amistad desinteresada, sin caretas.

Grandes Miradas


En el reino de la corrupción, pocos son los que sobreviven. Los demás se venden, fingen, se adaptan. Han matado a Guido Pazos y Gabriela, su novia-viuda, busca venganza y bucea en el fango y llega hasta Montesinos, el corrupto mayor, el amo detrás del trono. Javier, el periodista, antiguo rebelde, le da una mano, igual Ángela Maro, hermana del asesino de Guido, y Artemio, quien traicionó a Guido. Al final, casi todos se redimen, Montesinos huye cuando se derrumba el gobierno fujimorista.

Buena novela de Alonso Cueto, uno de los mejores escritores de los últimos tiempos. Esta es una relectura para pisar tierra y conocer la realidad que muchos hemos vivido en la última década del siglo pasado.
Todo bien, aunque creo que Cueto abusa de los asteriscos, no solo en esta novela, sino también en "El vuelo de la ceniza". Esas divisiones no dividen un cambio de la historia, un punto de vista. En fin, solo eso, lo demás está perfecto.

miércoles, 28 de octubre de 2009

El cohetero de San Judas Tadeo

Como todos los años, hoy celebramos a San Judas Tadeo en mi trabajo. Es nuestro patrono. Me pusieron a cargo de los cohetes así que marché adelante de la procesión con mis ayudantes prendiendo los cohetes. Menos mal que todo salió bien y no hubo ningún accidente que lamentar.

lunes, 26 de octubre de 2009

Vuelvo

Después de dos semanas de estar en el aire, regreso casi recuperado pero aún con alguna dificultad. Después de la tormenta viene la calma, y creo que la tormenta ha servido para conocer cuáles son mis sentimientos, solo falta desnudar mi corazón y veremos cómo se presenta el futuro.
He leído varios libros que iré comentando en el transcurso de los días.

jueves, 22 de octubre de 2009

Un mes más

Hoy es un mes más desde la muerte de mamá. Aún duele su ausencia, siempre dolerá, pero hay que continuar hasta el día en que también me toque partir.

lunes, 19 de octubre de 2009

Siete meses

Hace siete meses papá murió. Aún duele su ausencia, los días sin él, ver pasar la vida desde el dolor. Solo queda el consuelo de saber que donde esté, ya no sufre, ya no llora. Solo queda saber que esa cita con el final lo tenemos todos.

viernes, 16 de octubre de 2009

El Mal

Ataca con más furio. El final se acerca inevitablemente.

jueves, 15 de octubre de 2009

A veces

A veces es mejor guardar silencio para no empeorar las cosas. A veces es mejor pasarme las horas mirando el techo para no abrir los ojos a la realidad.

sábado, 10 de octubre de 2009

La visita


Se apareció en la puerta del 5°F. Cabello rojo, carita de traviesa, ojos maquillados. Llevaba una lycra super ajustada, un polito blanco ceñido con un Cifrut estampado como un arco iris sobre las montañas que eran sus senos.
-Estamos promocionando un nuevo sabor de esta bebida –dijo la chica-. Tenemos permiso de la dirección. ¿Se puede?
-Claro –le dije.
Detrás de ella se apareció un chico que llevaba un polo con el mismo estampado y en la mano varias botellas de Cifrut.
-Pasen.
Entraron y los alumnos empezaron a silbar y a decirle piropos subidos de tono a la chica, que, diplomática, se limitaba a sonreír aunque seguro estaría pensando he llegado al infierno, ojalá que salga viva.
-Silencio, alumnos –dije, pero nadie me hizo caso. Solo se callaron cuando entró en escena la subdirectora y el auxiliar. El salón estaba sucio, acababa de terminar el recreo, las carpetas estaban fuera de sus lugares, los chicos sudaban.
La chica tomó la palabra para decir que estaban promocionando un nuevo sabor de Cifrut.
-¿No es Guaraná? –preguntó un alumno.
-No –dijo la chica-. Se parece, pero no es.
Empezó a repartir vasitos descartables con el logotipo de Cifrut mientras su compañero vertía la bebida. Salud, preciosa, murmuraban los alumnos. ¿Cómo te llamas, linda? ¿Cuántos años tienes? ¿Dónde vives?
-¡¡Silencio, alumnos!! –masculló la subdirectora, media avergonzada por la actitud de los alumnos.
Yo solo los miraba amenazándolos con los ojos de ponerles un cero cinco, pero ellos igual seguían susurrando sus piropos subidos de tono, aunque, para ser sinceros, la chica se lo merecía.
-Para usted –dijo, dándome un vasito.
-Gracias.
-De nada –me regaló una sonrisa de dientes blancos y ojos risueños.
-¡Salud, chicos! –dijo ella, levantando su vasito.
-¡¡Salud, mi amor!!
-¿Qué es esto, chicos? –rugió la subdirectora.
La chica solo sonrió. Qué otra cosa le quedaba ante cuarenta pirañas y otros más que miraban desde las ventanas.
-¿Se sirve un poquito más, profesor?
-Claro. Gracias. Hace calor –dije, sin darme cuenta que hacía un frío de los mil demonios. Bueno, cualquiera pierde la cabeza ante semejante beldad. Todos tenemos nuestros cinco minutos de estupidez al día.
Después empezaron las fotos. Los alumnos se disputaban el honor de posar con ella para la eternidad. Yo, yo, yo soy más guapo. Anda, cabezón, vas a malograr la foto.
-¿Una fotito, profesor?
-Claro.
Le pasé una mano por la cintura y temblé al contacto de su piel.
-¡¡Beso, beso, beso!! –pidieron los chicos-. ¡¡Beso, beso, beso!!
La chica me estampó los labios en las mejillas.
-En la boca –rugieron los pirañitas.
-Otro día –dijo la chica.
-¡¡¡Ooohhh!!!
-Silencio, alumnos –volvió a rugir la subdirectora.
La chica nos dio las gracias, repartió un poco más de Cifrut y salió del salón y con ella su amigo, la subdirectora y el auxiliar. Yo me quedé con el sabor del nuevo Cifrut en los labios.

Luna Nueva


Bella sigue enamorada de Edward a pesar que este le ha choteado. Después de un periodo de fuerte depresión, retoma su amistad con Jacob Blake. Poco después, al verse amenazada por Victoria, Jacob le revela su secreto: es un licántropo, enemigo natural de los vampiros, aunque tienen un tratadi de paz con los Cullen. Alice viene a visitar a Bella después de que esta se arrojó de un acantilado para escuchar la voz de su ex y fue salvada por Jacob de una muerte segura. Alice le dice que Edward ha decidido terminar con su existencia al saber que Bella ha "muerto" -las confusiones en este capítulo son la muerte- y viaja a Volterra para que otros vampiros más poderosos que él le den muerte. Alice y Bella le siguen los pasos. Aquí la novela recobra dinamismo después de cien y tantas páginas aburridas y el final avanza como el coche de Edward.
Esta segunda entrega de Stephane Meyer me tuvo en vela anoche. Lo leí en un par de días. Estas son las novelas que me gustan leer, las novelas que hacen que ame la lectura más allá de muchas otras cosas. Puedo pasarme la vida sin sexo, oh, pobre de mí, sin ver el sol, muero en los días sin sol, pero no creo que lo haga sin un libro en las manos, y si es una buena historia, mucho mejor. Solo hay un pero que me saca de mis casillas: el lenguaje es de telenovela venezolana. Pero bien, me gusta la historia. Es como un imán: te atrapa desde la primera línea.

Animal nocturno


1
-Bueno, chicos, hasta la siguiente clase –dijo el profesor Harol-. Que pasen un buen fin de semana, no cometan excesos, si juegan a la ruleta rusa usen preservativo –risas-. Ah, no se olviden de terminar la lectura de El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Chau.
Salió del salón con Cynthia y Marfe.
-¿Un cafecito, chicas?
-Claro, profe –dijo Marfe, rubia, jean azul, chompa violeta-. Gracias.
-Pota, qué frío –dijo Cynthia, pelo negro, pantalón blanco y chompa rosada-. Tengo las patas congeladas.
-¿Pata o pie? –dijo el profesor.
-Pie –dijo Cynthia.
-Es que Cynthia a veces piensa con los pies –dijo Marfe.
Risas.
Entraron al cafetín de la Facultad. Se sentaron al lado de una amplia ventana desde donde se tenía una visión panorámica del campus universitario. Cruzando la valla, estaba la avenida Venezuela, el anillo vial a medio construir.
El profesor pidió tres capuchinos y tres porciones de queque de chocolate.
-¿Qué celebramos? –preguntó Marfe.
-La llegada de la primavera –dijo Cynthia-. Ojalá que este frío de miércoles se vaya de una vez.
-Eso está más verde que la selección peruana –dijo el profesor-. Mañana hará calor y pasados nos volveremos a congelar.
-Es por el calentamiento global –dijo Marfe-. Dicen que los glaciares se están derritiendo.
-Dentro de algunos años, todo será desierto –dijo el profesor-. El agua dulce escaseará.
-Pota, la gente se va a pelear por una gota de agua –dijo Cynthia.
-El agua o la vida –dijo Marfe.
-La vida –dijo Cynthia.
Risas.
-¿Quién cree que gane mañana, profe, Perú o Uruguay? –preguntó Cynthia.
-Chile –dijo Marfe.
Marfe era chilena.
-Chile está mejor que Perú –dijo el profesor-. Un empate, y en Sudáfrica. Perú, así gane, irá a jugar a Chincha nomás.
-Ay, profe, usted parece chileno –dijo Cynthia.
-No es eso, sino que soy objetivo –dijo el profesor.
-¿Una apuesta? –dijo Cynthia.
-Una vez ya me ganaste –dijo Marfe.
Cynthia se puso colorada. Rió.
-Apostamos quién ganaba, si Kina o Halana dos Santos –dijo.
-Perdí un beso –dijo Marfe.
-¿En los cachetes o en el Bocaccio? –preguntó el profesor Harol.
-¿Qué chiste tiene apostar un beso en las mejillas? –dijo Marfe.
-Ustedes están como Eva y Liliana –dijo el profesor.
Risas.
La mesera les dejó los cafés y el queque.
-¿Se animan o no? –insistió Cynthia-. Apuesto que gana Perú. Juega el loco Vargas –suspiró.
-Suspiras como si el loco fuera tu marido –dijo Marfe.
Más risas.
-Para mí, gana Uruguay –dijo el profesor Harol.
-Primero, qué apostamos –preguntó Marfe.
-Lo que quieras –dijo Cynthia.
-Si gano, pago los cafés de la siguiente clase, y si pierdo…
La mesera había subido el volumen del televisor que colgaba de la pared. El noticiero informaba del hallazgo, esa mañana, del cadáver de una joven mujer en el puente Atocongo. En la pantalla se veía a un grupo de policías subiendo una bolsa negra a una camioneta de la DININCRI. Lo más raro, dijo la periodista, es que la víctima tenía la cabeza rapada. ¿Estamos ante un grupo neonazi o ante un psicópata?, se preguntó. Tandas comerciales.
-¡Pota, qué horrible! –exclamó Cynthia.
-Hace poquito, mataron a un chiquita en Valparaíso –dijo Marfe-. Y la arrojaron al mar.
-Pota, qué feo –dijo Cynthia.
Ninguna de las chicas vio el gesto de satisfacción que se dibujó por un segundo en el rostro barbado del profesor Harol.
-Son cosas que pasan –dijo el profesor, moviendo su café después de echarle media cucharadita de azúcar-. Todos los días se mata, se nace, se muere.
-Yo no mataría ni una mosca –dijo Cynthia.
-Pero te intentaste suicidar –dijo el profesor-. ¿Ves que a veces no puedes controlar tus impulsos autodestructivos y destructivos?
-Pero matar es otra cosa –dijo Cynthia-. Prefiero estar muerta que pasarme la vida en la cárcel.
-Ningún crimen es perfecto –dijo Marfe.
-Ejemplo, Eva y Liliana –dijo Cynthia.
-¿Usted cree, profe, que Eva mandó matar a su propia madre? –preguntó Marfe.
-Quizá en un momento de furia, rabia, ofuscación –dijo el profesor-. No olviden que todos tenemos un Mr. Hyde en lo más profundo de nuestro corazón.
-Para mí que lo hizo instigada por Liliana –dijo Cynthia-. Su carita de monga no me gusta nada.
-Las investigaciones dirán si son culpables o no –dijo el profesor.
-¿Verá mañana el partido, profe? –preguntó Marfe.
-No –dijo el profesor-. Me voy el fin de semana a Tornamesa.
-¿Solo, o con la miss de mate? –preguntó Cynthia.
-No sé nada de ella –dijo el profesor-. Encontré su hi5, le mandé un mensaje, me dijo que me iba a agregar, pero nada.
-Mejor olvídela –dijo Cynthia.
-¿Y no nos invita a Tornamesa? –dijo Marfe-. Nosotras también queremos tomar un poquito de sol, respirar aire puro, bañarnos en el río.
-Si quieren, vamos –dijo el profesor Harol.
-¡¡Yupi!! –dijo Cynthia.
-¿Llevamos nuestros bikinis? –preguntó Marfe.
-Claro, tonta –dijo Cynthia-. ¿O te quieres bañar calata para que al profe le salga un orzuelo del tamaño de una pelota de fútbol?
Risas.
-¿Dónde te recojo? –le preguntó el profesor a Cynthia.
-¿Puede ser en Santa Anita? ¿O quiere ir a Carabayllo?
-Carabayllo es muy lejos. Que sea en Santa Anita.
-Frente a los bancos –dijo Cynthia-. A las nueve de la mañana.
-Perfecto.
-A mí me avisan cuando pasen por Huaycán –dijo Marfe-. No se vayan a ir solos.
El profesor y Cynthia sonrieron.
-Bueno, nos quitamos –dijo Cynthia-. Tenemos clase con la vieja de mate. No nos vaya a poner falta.
-Es bien jodida –dijo Marfe-. Mejor estaba la miss Bere.
-Ya no sigas que el profe va a llorar y no nos va a llevar a Tornamesa –dijo Cynthia-. Nos vemos, profe. Gracias. Cuídese.
-Ustedes también.
-¿Entra en la noche al chat? –preguntó Marfe.
-Un rato –dijo el profesor.
-Entonces allí ultimamos los detalles –dijo Marfe.
-Ya.
Las chicas se despidieron con un beso en la mejilla del profesor y salieron del cafetín. El profesor las imaginó con las cabezas rapadas, dentro de una bolsa negra.
***
-Asfixia –dijo el médico-. Le aplastaron el rostro sobre una superficie blanca, probablemente una almohada, hasta que sus pulmones explotaran.
-Puta, qué bestias –dijo el teniente Gonzáles.
-Ni tanto –dijo el doctor-. Fue una muerte suave comparada con lo que le hicieron al estilista.
-El cabrini debe haber sufrido peor que Cristo –dijo el mayor Huamán.
-Le metieron un polo de su equipo favorito en la nuca, lo ahorcaron, le metieron la cabeza dentro de una bolsa –el teniente Gonzáles se estremeció-. Lo más fácil es meterle un tiro en la nuca, y ya.
-Son asesinos inexpertos –dijo el mayor-. No han ido a una escuela de guerra.
-Ni han estudiado medicina –dijo el doctor.
Rieron con estrépito.
-¿Y por qué chucha le pelarían así la cabeza, como a Gianmarco? –preguntó el teniente.
-No solo la cabeza –dijo el mayor-. Le pasaron la máquina de afeitar hasta en sus partes íntimas.
-¿Y por qué, doc? –preguntó el teniente Gonzáles-. ¿Estaba loco o qué mierda?
-Un loco no hace eso –dijo el médico-. Ni un asesino vulgar. El que lo hizo, lo hizo adrede: para no dejar ninguna huella. Incluso, le cortaron las uñas de manos y pies, por si acaso.
-Puta, no me diga que estamos ante un psicópata –dijo el mayor.
-Yo diría que sí –dijo el médico-. ¿O ustedes creen que un asesino le da un baño a su víctima, la acicala y la viste como la vistió para dejarla tirada debajo de un puente? Actuaron con total sangre fría.
-Yo estaba pensando que el asesino quiso decirnos algo al vestir así a su víctima –dijo el teniente.
-¿Qué pensó usted, Gonzáles? –preguntó el mayor.
-Metafóricamente, quiso decirnos que la mujer era una puta.
-¿A quién se les dice putas? –preguntó el mayor. Él mismo se respondió-. A las infieles, ¿no?
-Quizá el marido descubrió que era un cornudo.
-¿No creen que la muertita era demasiado joven para estar casada? –preguntó el mayor Huamán.
-A esa edad las mujeres están en la universidad.
-Por lo pronto, en mi universidad no se ha reportado ninguna alumna desaparecida –dijo el teniente.
-¿RENIEC ya envió los datos de la víctima? –preguntó el médico.
-Todavía –dijo el mayor.
-Como siempre, esos burócratas hueveando –masculló el médico-. Sin sus datos no vamos a poder hacer nada.
-Deberíamos tener acceso a sus archivos directamente –dijo el mayor.
-La atacaron por sorpresa –dijo el médico-. Por la espalda. Hay hematomas en la nuca y en los muslos.
-¿Se la estaban dando por el chico? –preguntó el mayor Huamán.
-Exacto –dijo el médico-. El desgarro contranatura es reciente.
-Puta, para mí que la mujer se resistió cuando le estaban inaugurando la falsa vía –dijo el teniente-. El marido se empinchó, y la mató.
-¿Ustedes matarían a sus mujeres si no se dejan penetrar por el chiclayo? –preguntó el médico.
-Yo lo intentaría la siguiente vez –dijo el mayor.
-¿Y tú, Gonzáles?
-Gonzáles todavía le es fiel a manuela –dijo el mayor, soltando una sonora carcajada.
El médico también rió.
-¿No hay una cachimba que te atraiga, teniente?
El teniente pensé en la rubia que siempre andaba con el profesor de literatura.
-Siempre hay algo –dijo.
-Hay que leer más a Neruda, a Vallejo –dijo el médico.
El teniente sonrió.
-¿Cuántos años tendría, doc? –preguntó el mayor.
-Veintiuno, veintidós.
-Un escritor colombiano dijo que es un pecado vivir más de veinticinco años –dijo el teniente.
-Y seguro se mató a esa edad –dijo el mayor.
-Exacto –dijo el teniente.
-Los poetas y los escritores son suicidad en potencia –dijo el doctor-. Había una poeta inglesa que metió su cabeza en el horno de gas y se mató.
-Sylvia Plath –dijo el teniente Gonzáles.
-No recuerdo cómo chucha se llamaba, pero solo una loca hace eso, ¿no?: matarse siendo tan joven y bonita.
-Había un médico-poeta, Lucho Hernández, que se arrojó a las líneas del tren allá en Buenos Aires –dijo el teniente-. Solía escribir sus versos en cuadernos escolares y con plumones de colores.
-Puta, ni la ciencia escapa de la locura –dijo el médico-. Espero que usted no termine así, teniente.
-Matándose con la pistola de reglamento –añadió el mayor.
El teniente rió, se inclinó a recoger la bala que se le había caído.
-Cuando vea mi nombre escrito con letras de bronce en la historia de la DININCRI, quizá lo haga.
-Resuelva el caso de las Fefer, y pasará a la historia, teniente –le dijo el médico.
-El caso es sencillo: las cabritas son las asesinas –dijo el mayor.
-Lily le dijo a Eva matemos a tu mamá y nos repartimos tu herencia –dijo el teniente-. Qué simple. ¿Y todo por una chucha?
-¿No hacemos peores cosas por una chucha? –preguntó el médico.
-Tiene razón, doc –dijo el teniente-. Pero mientras no tengamos los datos de la RENIEC, no podremos hacer nada. Y mañana es sábado.
-Y juega Perú –dijo el mayor-. ¿Apostamos unas chelitas?
-Claro. Pero ya se sabe que pierde Perú. Los uruguayos tienen garra y acá se la juegan todo.
-En ese caso, un parcito por cabeza y un cevillano –propuso el médico.
-Es lo justo –dijo el mayor.
-De acuerdo –dijo el teniente-. Ahora me quito, me han dejado una novela media jodida para leer: El doctor Jekyll y Mr. Hyde.
-Carajo, ¿usted está estudiando medicina o literatura, teniente, ah? –le espetó el médico, serio.
-Medicina –dijo el teniente. Y riendo, añadió-. Para mirarles el culo a las muertas.
Risas.
***
-¿Cuánto cobras por tus servicios? –le había preguntado a la chica.
Era alta, delgada, bonita, joven, tenía los cabellos pintados de rojo. Llevaba una blusa blanca, escotada, se podía ver el nacimiento de sus senos redondos, duros, una minifalda roja y unos pantys negros cubriendo sus largas piernas. ¿Qué hacía una chica así en una maloliente calle? Una mariposa en el charco, pensó el hombre.
-Veinticinco soles –dijo la chica, mirando al hombre vestido de negro y con la mitad del rostro cubierto por una chalina-. ¿Vamos?
Hacía frío esa noche de setiembre. Un par de clientes más y se marcharía.
-¿Dónde atiendes?
-Acá en la vuelta, en Emancipación. ¿Vamos?
-¿No atiendes a domicilio? –preguntó el hombre.
-¿Dónde vives? –preguntó la chica, alisándose los cabellos rojos.
-En Magdalena.
-Pero me vas a tener que dar para el taxi –dijo la chica. Se llevaría los veinticinco soles completos, no tendría que dar los cinco soles por la mugrienta cama, quizá hasta se ganaría una taza de café. El hombre tenía traza de ser tranquilo, no era como esos obreros que los viernes y sábados tomaban por asalto Caylloma apestando a alcohol y sudor.
-No te preocupes. Si quieres, te traigo en mi carro.
-Ah, mejor –dijo ella-. ¿Vamos?
-Vamos pues.
Llegaron a la avenida Nicolás de Piérola.
-Espérame aquí cinco minutos –dijo el hombre-. Voy por mi carro.
-Ya.
-¿Cómo te llamas?
-Rossana. ¿Tú?
-Agustín. Me esperas entonces.
-Sí.
Menos de cinco minutos después, Rossana subió al auto de Agustín. Era un auto con las lunas polarizadas. Doblaron hacia la avenida Garcilaso.
-¿Cuántos años tienes, Rossana?
-Veinte –dijo la chica-. ¿Y tú?
-Cuarenta.
El auto avanzaba lentamente por los trabajos en el Paseo de los Héroes Navales. La capital parecía una ciudad bombardeada.
-¿Eres casado?
-Divorciado –dijo el hombre-. ¿Y tú?
-Madre soltera –dijo Rossana.
-¿Cuántos años tiene tu hijita?
-Tres –dijo Rossana.
-Lo tuviste chiquilla.
Ella asintió, se puso colorada.
Agustín abrió la ventanilla, le compró a un ambulante un par de chocolates Cañonazo, le convidó uno a la chica, come, endulza tu vida. Ella le dio las gracias y el le acarició las piernas enfundadas en el panty negro. En la radio Django cantaba, con su voz gruesa y viril, Cuando quieras, donde quieras.
-¿Tú no tienes hijos?
-Una hija –dijo el hombre-. Tiene dieciocho años. Vive con su madre.
-¿Y cómo te llevas con ella?
-No la veo hace cinco años –dijo el hombre-. Está en Chile con su mamá.
-¿Era chilena tu esposa?
-Sí. Una jodida. Tienes unas bonitas piernas.
-Gracias.
-¿No me das una chupadita?
-Claro –dijo Rossana-. Pero te lo voy a ensuciar con chocolate.
-No importa.
Risas.
Rossana se inclinó y se metió el miembro en La boca. Era gruesa y grande.
El auto al fin cruzó el atolladero y salió en el Paseo Colón. Allá estaba el Museo de Arte. Circundó la Plaza Bolognesi y entró la avenida Brasil.
-¿Te saco la leche? –preguntó Rossana, haciendo un alto a su labor.
-Mejor no –dijo Agustín-. No me vaya a estrellar.
Rieron.
Doblaron hacia la Marina y después entraron a Sucre y volvieron a doblar hacia la calle Huamanga. Se abrió un portón a control remoto y entraron.
-Bonita tu casa –dijo la chica, mientras subían por una escalera de caracol hacia el segundo piso.
-¿Dónde vives tú?
-En el Agustino –dijo la chica.
-Agustín – Agustino –dijo el hombre-. Qué casualidad.
La chica sonrió.
-Adelante, princesa –Agustín abrió la puerta de la sala.
-Pasu machu, ¿tantos libros tienes? –preguntó Rossana, viendo una pared cubierta de libros-. ¿Eres escritor?
-Profesor de literatura –dijo el hombre.
-Qué bien –dijo Rossana-. Pareces Vargas Llosa.
Agustín sonrió.
-Ponte cómoda –le señaló un sofá.
-Gracias.
-¿Un vinito?
-Claro –dijo la chica.
Agustín abrió un mueble y Rossana vio varias botellas de vino. Parece que esta era su noche de suerte. No todas las noches una se encontraba con un profesor de literatura en su camino. Quizá podía tenerlo como cliente fijo. Eso hacían sus amigas: se encontraban con un hombre decente y lo convertían en su cliente habitual y salían lo menos posible a la calle. Todo dependía de ella, tenía que esmerarse en atenderlo, aceptar todo lo que le pidiera, bien valía el sacrificio.
-¿Te gusta la música instrumental? –preguntó el hombre.
-Sí –dijo la chica.
Agustín puso un disco en el equipo y una suave melodía subió por los aires como una mariposa.
-Cuando tú no estás –dijo el hombre-. De Manuel Alejandro interpretada por la orquesta del francés Franck Pourcel. La habrás escuchado en la voz de Raphael, ¿no?
-Sí –dijo Rossana.
Brindaron y se besaron. Después Agustín le dijo para ir a su habitación. Allí había una cama de dos plazas, una mesa de noche sobre la cual había un libro delgado. El doctor Jekyll y Mr. Hyde, leyó la chica.
Se desnudaron y el hombre estuvo un buen rato metido entre las piernas de la chica, después la penetró y terminó casi al instante.
Descansaron y Agustín trajo la botella de vino y las copas y continuaron brindando. Rossana pensó que esa noche era su noche de suerte. Con un poquito de suerte más, podría terminar convertida en amante del profesor de literatura y quién sabe si más adelante… Tantas cosas más podían pasar más adelante.
Con una succionada le devolvió la vitalidad al miembro del hombre.
-Me pongo detrás de ti –le dijo él.
-¿Quieres dármela por el chico?
-¿Te gustaría?
-Claro. Pero me va a doler: la tienes grande y gruesa.
-Te lo haré con amor.
-Para no matarme. Eres zapatón.
Rieron con ganas.
El hombre la tenía ensartada por atrás y presionada por los muslos. Rossana estaba de cara sobre la cama, quieta como una muñeca, pensando que las siguientes veces sería menos doloroso, que la siguiente vez podría quedarse un fin de semana con el profesor de literatura, cuando sintió que una garra le presionaba la nuca. ¿Qué te pasa, huevón?, iba a protestar, pero no lo hizo, quizá el profesor gozaba así, pero, a los pocos segundos, la sorpresa inicial se transformó en terror: la garra le había hundido el rostro en la almohada y ya no podía respirar.
2
-Qué horrible, ¿no, profe? –dijo Cynthia. Estaba hojeando los diarios que informaban sobre la muerte de la chica del puente Atocongo.
-Ajá –dijo el profesor-. Aunque esos periódicos de medio pelo siempre exageran. Esa foto no es de la chica.
En la primera página de El Chino había una mujer ensangrentada.
-¿Cómo sabe usted? –preguntó Cynthia-. ¿Acaso ha visto a la muertita?
El profesor controló su rubor. Sin querer, subió el volumen del equipo donde Yuri cantaba Esperanzas, una de sus canciones más antiguas.
-Vi el noticiero anoche…
Cynthia bostezó.
-¿Con sueño?
-Anoche no pude jatear –dijo la chica, apoyándose en el respaldar del asiento.
-¿Problemas en tu casa?
-Mi hermanita –dijo.
-¿Qué pasa con ella?
-A veces le dejan un montón de tarea y yo pago pato. Y eso me estresa, me angustia.
-Caramba, tampoco te preocupes demasiado por ella. Tú ayúdala en lo que puedas.
-Igual me preocupo.
-Bueno, bueno. Pero ya sabes que las tareas las tiene que hacer su dueña, no tú.
-Ok.
Cynthia cerró los ojos como si durmiera. Qué fácil sería apretarle el cuello. Patalearía menos de un minuto y después se quedaría quietecita como una estatua…
-¡El Valdizán! –exclamó la chica, abriendo los ojos de pronto y señalando hacia su izquierda.
-¿Allí estuviste internada?
-No –dijo la chica-. En el Almenara. En el pabellón de los locos.
Rió.
-Qué será de Pablito, el viejito del martillo –dijo-. Paraba alucinando que tenía un martillo y andaba clavando puertas y ventanas y chancando las mesas y sillas.
-Ya habrá clavado a Cristo.
Cynthia soltó una sonora carcajada. El profesor lo imitó sin mucha convicción.
En Ceres el tráfico era intenso. Los ambulantes se pegaban a las ventanillas de los vehículos ofreciendo desde caramelos hasta polos de la selección peruana con las imágenes del Chorri Palacios, Ñol Solano y el loco Vargas. El profesor compró cuatro chocolates Cañonazo.
-Toma, endulza tu vida –le dijo a Cynthia, ofreciéndole un chocolate.
-Gracias, profe –dijo la chica.
Menos mal que en Huachipa no había atolladero y pasaron sin problema alguno. Cynthia se había quedado dormida. Un mechón de su cabello le cubría medio rostro.
Antes de llegar a Huaycán, llamó a Marfe. Marfe todavía estaba en su cama.
-Tienes cinco minutos para estar en la pista o te dejamos –le dijo el profesor. Disminuyó la velocidad.
A partir de Ñaña ya se dejaba sentir el sol. Cynthia abrió los ojos.
-¿Ya llegamos donde Marfe? –preguntó.
-Dentro de un minuto –dijo el profesor-. Todavía dormía cuando la llamé.
Llegaron a la altura de El Cuadro. Como Marfe no estaba en el paradero, se estacionaron a un lado de la pista. El profesor volvió a llamar a Marfe. Marfe dijo que ya estaba por llegar, que la esperaran un minuto.
-Apúrate que te dejamos.
Cynthia sonrió. Un par de minutos después, se apareció Marfe. Tenía en la espalda una enorme mochila. Apenas si se había mojado la cara y los cabellos. Se saludaron con beso en las mejillas. Se sentó al lado del profesor y Cynthia se pasó al asiento posterior porque quería dormir un rato.
Hablaron de la chica del puente Atocongo. Algunos de los diarios especulaban sobre la aparición de un nuevo psicópata.
-¡Uy, qué miedo! –dijo Marfe, pasándose el cepillo sobre su rubia cabellera-. Imagínense que nos topemos con el psicópata.
-Por eso no hay que salir de paseo con hombres desconocidos –dijo el profesor.
-No nos diga que usted es el psicópata –dijo Marfe.
-Sí, lo soy –dijo el profesor.
-Entonces yo soy la Caperucita Roja –dijo Marfe.
-La Caperucita Rota más bien –dijo Cynthia.
Risas.
-Por si acaso, yo estoy pura, inmaculada, sellada –dijo Marfe.
-Todavía orinas agua bendita –dijo el profesor.
-Ajá.
Rieron con ganas. En el equipo cantaba Sissel.
Cruzaron Chaclacayo, el puente de Los Ángeles, allí estaba el río Rímac convertido en un vertedero. El profesor le dijo a Marfe para que manejara un rato porque también tenía un poco de sueño. El sol se colaba con furia por las ventanillas.
-¿Qué le dijeron a sus padres?
-Que me iba de campamento –dijo Marfe.
-Que me iba a pasar el fin de semana donde una amiga en Chaclacayo –dijo Cynthia.
-Ninguna dijo la verdad.
Volvieron a reír. Cruzaron frente al Parque Central de Chosica. El profesor compró tres helados. El sol ya quemaba sin piedad.
Antes del peaje de Corcona, el profesor volvió a tomar el timón.
-¿Cuánto falta para llegar a su búnker, profe Harol?
-Poquitito –dijo el profesor-. Un par de minutos. Este lugar se llama Cocachacra.
-Bonito lugar –dijo Cynthia-. Se parece a Carabayllo.
-¿Ven ese cerro? –el profesor señaló un cerro a su izquierda-. Siempre la subía con mi sobrino mayor.
-No es tan alto –dijo Marfe.
-Desde acá parece chiquito, pero es un cerrote –dijo el profesor-. Íbamos por un huayco donde hay un rocón. Hasta allí llegábamos.
-A ver si bajamos después –dijo Marfe.
-Claro.
-¡El río! –exclamó Cynthia-. Bajemos un rato.
-Después de dejar las cosas –dijo el profesor-. Ya no falta nada.
Cruzaron un túnel. Un rato después, doblaron hacia la izquierda y empezaron a subir por en medio de las chacras y los tunales.
-Pota, qué bonito –dijo Cynthia-. Algún día tendré un terrenito así.
-No has renunciado a tus sueños de ingresar a la Agraria –le dijo el profesor.
-Recién cuando me muera lo haré –dijo Cynthia.
-Reza para que no te encuentres con el psicópata del puente Atocongo.
Volvieron a reír con ganas.
Entraron a un pueblo de aspecto serrano y calles estrechas. Se detuvieron ante una casa de adobe de dos pisos rodeaba por un muro alto coronado por buganvillas de colores. El profesor bajó para abrir el portón y Marfe estacionó el auto junto a un enorme palto.
-¡Pota, he pisado caca! –Cynthia lanzó una maldición. Acababa de pisar una de las paltas que estaban tiradas en el suelo.
-Dicen que pisar caca trae suerte –dijo el profesor.
-Bonito consuelo –dijo Cynthia mientras se lavaba los pies en el caño.
-Bueno, chicas, hay que bajar las cosas, quitar un poco el polvo, preparar el almuerzo.
-Ay, profe, usted nos ha traído como sus natacholas –dijo Marfe.
Risas.
-Dejas el caño abierto –le dijo el profesor a Cynthia-. Y echan las paltas que estén podridas al jardín para que se guanee la tierra.
-Eso le iba a decir –dijo Cynthia.
Después de limpiar un poco, se pusieron a preparar la parrillada. El profesor prendió un fogón para sancochar papa y choclo, Cynthia preparó ensalada de palta y lechuga y Marfe preparó una sangría con el vino que le había robado a su papá. Se pusieron a comer en la terraza bajo la sombra de la buganvilla. De los parlantes del equipo de sonido brotaban viejas canciones pop de los ochenta.
-Bonito lugar, profe Harol –dijo Marfe.
-Con mis padres y mis sobrinos venía siempre a este lugar –dijo el profesor-. Llegábamos aquí, recorríamos el pueblo y luego bajábamos al río a bañarnos. Mamá soñaba con tener una casita aquí, pues le recordaba a su pueblo. Aunque ella no pudo hacer realidad su sueño, yo se lo he hecho.
-¿Está enterrada aquí?
-Sí. Los dos. Luego vamos a visitarlos. Con mis sobrinos siempre íbamos al cementerio a perseguir lagartijas para dejarlas sin cola.
-Pota, qué malo es usted, profe –dijo Cynthia.
-Así descarga su ira en lugar de matar personas –dijo Marfe.
-¿Así no empiezan los psicópatas? –dijo Cynthia-. Matando animalitos indefensos.
-Caramba, era divertido –dijo el profesor-. ¡Salud, chicas!
Alzaron sus copas y brindaron.
-Pota que está rica la sangría –dijo Cynthia. Se empezó a reír.
-¿Te has vuelto loca, o qué? –le preguntó Marfe.
-Debe ser un chiste privado –dijo el profesor.
-O uno rojo –dijo Marfe.
-Nada de eso –dijo Cynthia-. Me estaba acordando que un día me tomé solita la damajuana de mi viejo.
-¿Por?
-Me dieron ganas de emborracharme.
-Qué loca.
-Es que estaba rico –dijo Cynthia.
-¿Y no te sacaron la mugre por chupar lo que no debes? –le dijo Marfe.
-Menos mal que no –dijo Cynthia.
Se mataron de la risa.
-¿A qué hora bajamos al río, profe? –preguntó Marfe.
-Lavando los servicios. Para dormir la siesta sobre la arena.
-Qué rico –dijo Cynthia-. Apurémonos.
Terminaron de almorzar y lavaron los servicios y se dispusieron a bajar hacia el río. Fueron a ponerse una ropa más cómoda.
-¿Han visto mi ropa de baño? –preguntó Marfe.
-No.
-Creo que lo dejé en mi cama por salir apurada –dijo Marfe.
-Pota, te bañarás calata –le dijo Cynthia-. O en calzón.
-Ay, no seas mala –dijo Marfe-. Al profe le va a salir un orzuelo.
-Tamaño de sus pelotas.
Risas.
-Bueno, me baño un rato y luego te presto mi bikini.
-Claro.
Fueron por el camino por donde habían venido.
-Aquí deben dar ricas tunas –dijo Cynthia.
-¿En qué mes salen los frutos? –preguntó Marfe.
-En el verano –dijo Cynthia.
-Hay que venir para esas fechas –dijo Marfe.
-Para que coman tunas hasta el hartazgo –dijo el profesor.
-Pero en el verano lloverá aquí bastante, ¿no, profe? –preguntó Cynthia.
-Sí –dijo el profesor.
-A mí me gusta caminar bajo la lluvia –dijo Marfe.
-Hasta que te atraviese un rayo –dijo Cynthia.
-U otra cosa –dijo el profesor.
Se mataron de la risa. Todo era alegría. Cruzaron un puente de rieles por donde pasaba el tren. Sopló un viento que levantó la falda de Marfe y se le vio el calzón.
-¿Marfe está buena o no está buena, profe?
-No vi nada –dijo el profesor.
-Bien que se ganó.
Llegaron a la pista, fueron por un lado hasta el túnel que lo cruzaron corriendo y gritando como locos.
Llegaron al río que tenía un regular caudal.
-Se parece al río Chillón que cruza por Carabayllo –dijo Cynthia-. Todavía está sin contaminar.
Se quitó el vestido y quedó en ropa de baño: un bóxer crema con flores y un sostén rojo. Se metió al agua y se puso a chapotear.
-¿Verdad que se parece a una sirena, profe? –dijo Marfe.
-O a un pato –dijo el profesor.
-Qué malo –dijo Cynthia. Les echó agua.
Marfe se subió a una piedra, resbaló y cayó al río. Cynthia y el profesor se mataron de la risa.
Marfe se quitó la falda y quedó en calzón. Era uno pequeño por cuyos costados se le escapaban los vellos rubios y rizados.
-Pota, Marfe es la nueva mujer barbuda –dijo Cynthia.
Marfe se puso colorada.
El profesor también se metió al agua y nadaron, bucearon, cruzaron para la otra orilla, volvieron, se echaron en una piedra gigante para que el sol secara sus cuerpos.
Al final de la tarde regresaron al pueblo.
***
Parecía dormida con las mejillas coloradas, los labios rojos y los ojos pintados, pero estaba muerta. El teniente Gonzáles tarareó, o recordó la melodía, Vestida de blanco, esa vieja canción de Palito Ortega que su padre escuchaba cuando tomaba sus cervezas de vez en cuando y se ponía romántico y escuchaba a Leo Dan, Leonardo Favio y otros cantantes de la prehistoria. Tenía las mejillas heladas debajo de la capa de maquillaje, el terror petrificado en su rostro de muñeca. Una muñeca pelona, pensó el teniente, pasándole la mano por la cabeza rapada. Quizá el asesino admiraba a esa cantante calva que un día ¿rompió una foto del Papa o se limpió el trasero? ¿Cómo se llamaba? No recordaba el nombre de la cantante calva. Había sido puta, la habían embarazado a los dieciséis años y no había podido terminar la secundaria. Alguna amiga pendeja la llevaría a bailar a una de esas discotecas de mala muerte y lo demás vendría por añadidura. La carita no le ayudaba para ser decente. Era verdad que todos teníamos un demonio en nuestro interior, o un ángel, como decía el profesor de literatura. El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Tenía que terminar de leer esa novelita. No tenía muchas páginas, pero a veces se le hacía difícil avanzar. Le abrió los párpados: allí estaban sus ojos de miel velados por una película transparente, acuoso. Ellos habían visto a su asesino, el lugar a donde la llevó, las calles por donde fueron. ¿Cómo era el hombre con que te fuiste?, le preguntó en un susurro. Silencio. Si tú fueras ella, ¿con quién te irías? Con un hombre que te ofrece una buena propina por un servicio completo, con un hombre cuyo rostro te inspira confianza. Doctor Jekyll. No confíes de las caras bonitas ni de los que te lisonjean. Mr. Hyde.
-¿Pensativo, Gonzáles?
Era el mayor Huamán. Tenía un café en la mano.
El teniente asintió.
-Bonita, ¿no?
-Mmm.
-Cobraría caro.
-Seguro. Hace tiempo que no voy al chongo.
El mayor se rió con ganas. Tenía una voz estentórea.
-¿Nunca te has levantado una jerma así?
-No, mi mayor. ¿Usted?
-Hace años, cuando en la policía se ganaba bien. Ahora el sueldo no alcanza ni para el té –dijo el mayor-. Los que están bien son los de carreteras.
-¿Es cierto que ahora lo mínimo que coimean es veinte lucas? –preguntó el teniente.
-Ajá –dijo el mayor-. Pero los ferchos tienen plata. Chupan bien, cachan bien. Los cagados somos nosotros.
Se rieron.
-Y los comerciantes –dijo el teniente Gonzáles. Y, señalando el cadáver, añadió-: Sus viejos vendían en la Parada.
-¿Y por qué se metería de puta?
-Según su madre, siempre fue una pata de perro. Desde chibola paraba en la calle nomás. Decía que se iba al colegio, pero se iba a tirar con su gil.
-Hasta que se la llenaron, seguro.
-Ajá. Y el pata se hizo el huevón.
-¿Pero meterse de puta?
-Le gustaría la pinga seguramente.
-Seguro. Con esa carita, podría haber trabajado de modelo.
-Hasta postular al Miss Perú.
Otra vez rieron. El mayor había terminado su café.
-Buen banquete se van a dar los gusanos.
-Mmm –masculló el teniente.
-¿Nunca se ha tirado a una muerta, Gonzáles?
-No, mi mayor. ¿Y usted?
-Tampoco. Pero cuando estuve en la zona de emergencia, vi que los cachaquitos se tiraban a las terruquitas que acababan de matar.
-Esos aguantados se tiran hasta a las llamas, las gallinas. No respetan nada.
Vuelta las risas.
-Bueno, corazón, a chambear –dijo el mayor, acariciando el rostro helado de la chica-. En la noche vengo por un polvito.
Los dos hombres abandonaron el lugar en medio de las risas.
***
Se quedó quieta después de luchar inútilmente por librarse de la garra que aprisionaba su nuca. En esa posición no había podido hacer mucho por defenderse, apenas unos manotazos contra el aire. La volvió de cara al techo cuando la muerte apenas terminaba de tatuar en su rostro el rictus de terror que no pudo borrar a pesar que le cerró la boca y los ojos que había quedado desmesuradamente abiertos. Le estiró los brazos y las largas piernas, después le cortó el pelo con una tijera y enseguida le pasó la máquina eléctrica con el cual se igualaba la barba. Lo mismo hizo con su pubis. Guardó la pelambre en bolsas transparentes sobre las cuales escribió la fecha y hora en que habían ocurrido los hechos. Limpió el cuerpo con una toalla humedecida y sus partes íntimas con un hisopo empapado en alcohol. La vistió con el baby doll y los pantys y le puso los tacos rojos y después envolvió el cuerpo en una sábana y la bajó a la cochera, la guardó en la maletera y condujo hasta el puente Atocongo donde la dejó. Esa noche durmió bien, no tuvo pesadillas, remordimientos, nadie lo sacudió durante su sueño, no le tuvo miedo a la oscuridad. No era malo lo que había hecho. Su madre estaría mirándole feliz desde las estrellas.
3
-¡¡Pota, ganamos!! –gritó Cynthia-. ¡¡¡Ganamos!!!
Perú había derrotado uno a cero a Uruguay, con gol de Hernán Rengifo. Era una victoria después de un año de continuas derrotas y empates. En la plaza de armas del pueblo la gente seguía celebrando la victoria de la blanquirroja.
La que estaba triste era Marfe: la selección mapocha solo había logrado un empate con la vinotinto, frustrando las celebraciones por la casi segura clasificación a Sudáfrica. Pero igual Chile marchaba segunda, aunque el siguiente encuentro era con Brasil. Perú se las vería con Venezuela y ya todo el mundo auguraba una victoria de los incaicos.
-¡Al mundial! –dijo Cynthia, eufórica.
-¿Al mundial? –preguntó el profesor.
-Claro pues, profe, si hemos ganado.
El profesor se rió.
-Estamos últimos en la tabla de clasificación –dijo y, como para despertarla de su sueño, añadió-: Solo los cuatro primeros clasifican directamente al mundial y el quinto se va a un repechaje.
-Oh, pota, yo pensé que ya estábamos en el mundial.
-Pensaste mal pues.
-¿Y la apuesta, profe? –preguntó Marfe-. Usted dijo que Perú perdía.
-¿Qué apostamos? –dijo el profesor.
-Una caja de chelas –dijo Cynthia.
-Carajo, a ti te gusta chupar.
-Claro pues, profe, como a toda mujer.
Se rieron.
-¿No hay discoteca acá? –preguntó Marfe.
-No –dijo el profesor.
-Pucha, nosotras queríamos ir a bailar.
-Se pelaron pues.
-Pero podemos hacer aquí nuestra fiestita, ¿no? –dijo Cynthia.
-Claro –dijo el profesor-. Música hay, chelas hay, vino hay.
Cayó la noche. El profesor encendió la chimenea. Las noches eran heladas en Tornamesa. Prepararon chorizo para cenar y se sentaron junto al fuego. Por los parlantes brotaba la voz de Blondie cantando La marea está alta.
-¿Usted ha visto un mundial, profe? –preguntó Marfe.
-Dos –dijo el profesor-. Argentina 78 y España 82.
-Pota, nosotras estábamos en las pelotas de nuestros viejos –dijo Cynthia.
Risas.
-¿Y quiénes eran sus ídolos?
-Chumpitas, el Nene Cubillas, el Cholo Sotil, el Panadero Díaz, Oblitas, el Tanque La Rosa, Barbadillo –el profesor alzó su copa de vino-. Esos sí eran ídolo, no los pichiruches de ahora.
-Pota, profe, no hable así que el loco Vargas es lo máximo.
-Y juega en mi equipo –dijo Marfe-. El Fiorentini.
-Pero no ha ido a un mundial –dijo el profesor-. Y tampoco irá.
-Pota, profe, no sea boca salada –dijo Cynthia.
-Es que es la verdad, chicas, para qué las voy a ilusionar.
Marfe prendió la televisión justo en el instante en que pasaban un informe sobre la chica del puente Atocongo. Allí estaba su mamá, clamando justicia entre lágrimas. No pararé hasta ver al asesino de mi hija entre rejas, juró la mujer mientras sus vecinos en coro clamaban pena de muerte para el asesino de Carina. Se llamaba Carina, pensó el profesor. A mí me dijo que se llamaba Rossana. Ni Marfe ni Cynthia notaron la irónica sonrisa que se dibujó en su rostro.
-Cuando lo capturen, seguro le darán cadena perpetua –dijo Marfe.
-Es lo mínimo que se merece, ¿no, profe? –dijo Cynthia.
-Ajá –masculló el profesor, mirándola con odio disimulado. Mañana tu familia también pedirá cadena perpetua para tu asesino, tuvo ganas de decirle, pero no lo hizo.
-¿Por qué se metería a la mala vida siendo tan bonita? –preguntó Marfe después de darle un mordisco a su chorizo.
-Hay tantas razones –dijo el profesor-. Pero ya se sabe que la mala vida siempre termina mal.
-Como Marco Antonio –dijo Marfe.
-Marco Antonio era un estilista respetado –dijo Cynthia-. Era amigo de Gisela y de otras estrellas.
-Pero tenía su Mr. Hyde por dentro –dijo el profesor-. Tan feliz que parecía ser y era un pobre e infeliz cabro que pagaba para que lo hagan feliz un rato.
-Ay, profe, no hable así del finadito –dijo Cynthia.
-Es la verdad.
-Para mí que a Marco Antonio lo mató la banda de matacabros –dijo Marfe.
-Y a Rossana los mataputas –dijo el profesor.
-¿Rossana? –preguntó Cynthia, extrañada-. ¿Quién es Rossana?
-Perdón –dijo el profesor-. Quise decir Carina…
-El profe está pensando en otra jerma –dijo Marfe.
-No nos diga que ya le echó el ojo a otra miss –dijo Cynthia.
-Claro.
-Pota, usted no pierde su tiempo.
-A reina muerta, reina puesta –dijo Marfe. Alzó su copa-. ¡Salud por Chile!
-¡¡Salud!!
-¿Y quién es su nueva víctima, profe?
-La profesora Ana.
-Pota, esa está peor que su ex –dijo Cynthia-. Parece monga.
-No parece –dijo Marfe-. Lo es.
Estallaron las risas.
-Caramba, es buena –dijo el profesor.
-¿Buena en la cama o buena de buena? –preguntó Cynthia.
-Buena, dulce, tierna –dijo el profesor.
-Y apuesto que está pito –dijo Marfe.
Otra vez estallaron las risas. The Beatles interpretaba Yesterday.
-Eso es lo de menos –dijo el profesor.
-Pota, eso sí es amor –dijo Cynthia.
-¿Y cuándo se le manda, profe? –preguntó Marfe.
-Uno de estos días.
-Para estar con una jerma en la primavera.
-Ajá.
-Pota, estoy triste –dijo Cynthia.
-¿Por qué?
-El profe ya no nos invitará café ni nos traerá aquí de paseo.
-Caramba, todavía no pasa nada –dijo el profesor-. ¿Qué tal si me chotea, ah?
-No pierde nada intentándolo –dijo Marfe-. Aunque no los imagino tirando.
-¿Por qué?
-¿Se imaginan tirándose a una mongolita?
Risas.
-Nos miraremos las caras nada más.
-La intimidad es un factor importante en todas las relaciones –dijo Cynthia.
-¿Y entonces qué pasó contigo, ah?
-Se acabó.
-Esa relación estaba construida sobre un castillo de arena –dijo el profesor.
-O sea… -intervino Marfe.
-O sea que si una relación está basada solamente en la atracción de la piel, cuando esta atracción termina, se termina el amor, entre comillas.
-Así como su aventura con la profesora de teatro –dijo Marfe.
-Exactamente igual. Pía decía que yo era el amor de su vida, su media naranja, etc., pero en realidad era solamente deseo.
-¿Y usted la quiso?
-No. Solo le seguí la corriente.
-Qué pendejo –dijo Marfe.
-Caramba, se me presentó esa oportunidad, ¿qué querían que haga si estaba solo?
-Y cansado de rendirle culto a Onán –añadió Marfe.
-Ajá.
Rieron a carcajadas.
-Al menos tiraron rico –dijo Cynthia.
-¿Y qué pose le gustaba a la de teatro? –preguntó Marfe.
-No seas sapa, Marfe.
-Ya pues, profe, cuente. Cómo nosotros le contamos nuestras cosas.
-Esas son cosas íntimas.
-Ya, no se haga el tonto y hable.
-Seguro le gustaba el perrito como a Cynthia, ¿no?
-También.
-¿Y la sopita?
-También.
-Se le habrá cansado la lengua, profe.
-Hacía lo que podía.
-¿Y a ustedes les gusta la comunicación oral?
-Un poco –dijo Cynthia.
-¿Por?
-No sé… me da cosas.
-A mí me encanta –dijo Marfe.
-¿Cuándo fue la primera vez que lo hiciste?
-Casi a los quince –dijo Marfe. Guardó silencio. Bebió su vino. Los Bee Gees cantaban Too much heaven.
-Cuenta.
-Eso es íntimo.
-Ya pues –pidieron el profesor y Cynthia a la vez.
-Usted primero.
-Primero las damas.
-Un día vino a mi casa a quedarse una amiga. En la noche, ya en mi cuarto, empezamos a preguntarnos si nos había venido la regla, si teníamos pelos abajo. Ella me preguntó si sabía que en la cucarachita teníamos una pepita que crecía y se ponía dura cuando nos excitábamos. Me hice la tonta y le dije que no y ella me dijo si quieres te enseño dónde está y yo dije ¿a ver? y ella se quitó la ropa interior, se abrió de piernas y se empezó a tocar.
-Y le viste su pepita.
-Mmm.
-¿Y más pasó?
-Como mi pepita no crecía, Niurka me dijo ¿quieres que te lo haga crecer?
-Pota, ¿y?
-Y me lo empezó a acariciar.
-¡¡Pota!!
-Y te mojaste.
-Ajá. Y a gemir. Niurka se excitó y nos empezamos a besar y luego me lo besó.
-¿Y qué sentiste?
-Algo rico, maravilloso.
-¿Y desde allí te empezaron a gustar las mujeres?
-No –dijo Marfe. Vico C cantaba Me acuerdo. Los leños ardían en la chimenea tiñendo de granate los rostros de nuestros tres amigos-. Tenía doce años, estudiaba en el Liceo Naval de Valparaíso cuando me enamoré de una chiquita de otro salón.
-¿Cómo así?
-Ella siempre jugaba en el jardín con sus amiguitas a las muñecas y yo la contemplaba como una idiota desde el balcón de mi salón.
-¿Estabas enamorada de ella?
-Sí. Yo soñaba despierta con ella, soñaba que jugábamos, que nos besábamos.
-¿No te diste cuenta que eso no era normal?
-Claro que lo pensé. Me preguntaba qué pasaba conmigo, por qué me gustaba una de mi mismo sexo y no un chico como a mis amigas.
-¿Nunca le dijiste nada?
-No. Pensaba decírselo en la secundaria, al siguiente año pero, piña para mí, se fue.
-Oh, pota, qué triste.
-¿Fue el amor de tu vida?
-Sí. Porque después me enamoré de otras chicas, pero ese amor era puro, limpio, soñaba con jugar a las muñecas con ella. Ahora, si me enamoro de una chica, lo primero que pienso es cómo tendrá la cucaracha, si pelada o peluda, si le olerá bien, si le habrán hecho un oral.
-El primer amor es inolvidable –dijo el profesor.
-¿Y cómo fue la primera vez que usted se comunicó oralmente, profe? –preguntó Cynthia.
-Fue una mala experiencia –dijo el profesor. Bebió. Óscar Athié cantaba Fotografía.
-¿Por?
-La cucaracha de mi víctima apestaba a desagüe.
Risas.
-En serio.
-¿Se levantó a una cochina o qué, profe?
-A una chica que conocí en la discoteca. Mis amigos decían la sopita es rica, entonces yo quería experimentar. Fuimos a bailar y conocí a una chica y al final fuimos a tirar y lo primero que hice fue meterme su cucaracha en la boca…
-Y apestaba a mierda.
-Mmm. Olía a sábila y a pis.
-Seguro que vomitó.
-Me aguanté, pero nunca más se lo hice.
-Hasta su siguiente víctima.
-Ajá. De la segunda olía mejor y tenía buen sabor.
-Usted es un sopero, profe.
Las chicas se rieron.
-¿Y tú, Cynthia?
-¿Yo qué?
-¿Qué sentiste la primera vez que te lo hicieron?
-Cosquillas. No me gusta mucho.
-Seguro no te lo saben hacer.
-Será –dijo Cynthia.
-¿Y cómo fue cuando perdiste la virginidad?
-Ay, ya ni me acuerdo –dijo Cynthia-. ¿Vamos a dormir? Me ha dado sueño.
-Todavía es temprano –dijo Marfe.
-Ya es más de la medianoche –dijo el profesor-. Yo también tengo sueño.
-¿No quiere que lo acompañemos, profe?
-Hoy no –dijo el profesor-. Estoy trapo.
-¿Nunca ha hecho una orgía?
-Una vez –dijo el profesor.
-Cuente.
-Mañana –dijo el profesor-. Hora de dormir, chicas.
-Pota, me voy a quedar con la curiosidad.
-Paciencia.
***
-¿Conociste a Estrella?
La chica dejó de luchar por colocarle el preservativo. Le miró el rostro, escrutándolo. Estaba de cuclillas frente a él.
-¿Eres tombo?
-De la DIRINCRI.
-Vaya –dijo la chica-. ¿Y estás de servicio o has venido a tirar?
-Las dos cosas –dijo el teniente Gonzáles-. Estamos preocupados por lo que le pasó a Estrella.
-Por eso Panchito está asustadito –dijo la chica, acariciándole el miembro-. ¿Ya saben quién mató a la Poserita?
-¿La Poserita?
-Así le decíamos a Estrella –dijo la chica.
-¿Por?
-Le gustaban las poses, obvio.
-¿Y a ti cómo te dicen?
-La Rusa.
-¿Por?
-Obvio –dijo la Rusa, colocando el miembro del teniente entre sus grandes senos-. Los rusos son mi especialidad.
Soltó una aguda risita. ¿Estrella también le habría hecho un ruso a su asesino?
-En la DIRINCRI creemos que la Poserita murió a manos de un psicópata.
-Puta, ¿en serio? –la Rusa movía sus pechos de arriba hacia abajo como si se la corriera.
-Sí. Fue un crimen casi perfecto. Un crimen planificado al milímetro.
La Rusa le mojó el miembro con saliva para que la fricción no lo lastimara. El teniente sintió que su miembro empezaba a tomar consistencia. Pensó en las tetas de la Pamela Anderson, de la Luciana Salazar.
-¿Alguna de tus amigas vio con quién se fue la Poserita por última vez?
-Unas dicen que un chato, otras con un hombre vestido de negro.
-¿Vestido de negro?
-Así dice la Chuchona.
El teniente sonrió.
-¿A qué hora fue más o menos?
-Como a las diez, o antes. Después ya no la vimos. Al fin se te paró –la Rusa le colocó el preservativo-. ¿Te la chupo?
-Claro.
Se lo metió en la boca. Lo tenía caliente y húmedo. El teniente pensó en Garganta Profunda. Le acarició los cabellos ondeados. Recordó la cabeza rapada de Estrella.
-¿Alguien le vio el rostro al tipo vestido de negro? ¿Era alto, flaco, feo, guapo?
-La Chuchona dice que era flaco nomás y no tan alto.
-¿Le vio la cara?
-Sí, pero no se acuerda –dijo la Rusa, mientras se quitaba el jean. Tenía un calzón rosado-. Casi nunca nos fijamos con quiénes se van nuestras compañeras.
Tenía la piel blanca. Una sombra oscura en forma de corazón le cubría el pubis. Se echó en la cama con las piernas abiertas. ¿Hacerle un oral? ¿Hace cuánto que no lo hacía? Desde que estuvo con Lucy, pero a Lucy no le gustaba mucho.
-Hazme sentir.
El teniente se puso de rodillas frente a ella. Ella le agarró el miembro y lo guió hacia su interior. Empezó a entrar en ella. Adentro estaba caliente y húmedo. Era una sensación rica, húmeda. Lucy a veces la tenía fría, sus piernas eran frías. A veces pensaba que era frígida, que le abría las piernas porque en fin, no tenía otra opción.
Todavía la ajustaba.
-¿Cuánto tiempo en la chamba?
-Tres años –dijo la Rusa-. Estoy juntando para comprarme una combi y dejar esta vaina. Cansa ser puta.
-¿Se gana bien o no?
-Sí eres bonita, puedes hacer fortuna –dijo la Rusa, moviéndose-. Así como la Poserita. Quería irse a Holanda.
-¿A?
-A putear, ¿a qué más? Una vez un holandés le dijo que en Ámsterdam podía hacer fortuna con su belleza exótica. Estaba juntando para comprarse una flota de motataxis. ¿Es cierto que la mató un psicópata?
-Eso se sospecha. ¿Sabes si salía con alguien?
-Estaba sola –dijo la Rusa. Cerró los ojos-. No quería saber nada de los hombres desde que el papá de su hijita la dejó tirada como a un trapo viejo. Por eso se metió de puta: por despecho.
-Una historia triste. ¿Y tú?
-Soy enfermera técnica, como no encontraba trabajo, una amiga me trajo aquí. Au, eres zapatón.
El teniente sonrió.
-¿Quieres hacerme perrito?
-Claro.
La Rusa tenía un trasero abundante, blanco como una luna. En esa posición podía volarle la nuca sin dificultad alguna y sin hacer mucho ruido con una pistola con silenciador. Un hombre vestido de negro. Mr. Hyde. ¿Salió en busca de una víctima o se le ocurrió matarla en pleno polvo? No, no dejó ni un cabo suelto. Lo planificó todo. No podía fallar. Doctor Jekyll. Quizá un hombre con una inteligencia superior pero poseído por los demonios de algún trauma infantil. Tal vez una mujer jugó con sus sentimientos. ¿Qué haces cuando una mujer te trata como a un perro? O la olvidas, o la matas. Los demonios, los llamaba Vargas Llosa. Si ese crimen no había sido suficiente, era casi seguro que volvería a matar.
-¿Ya?
-Un poquito más. Te daré diez soles más.
-Es lo justo.
La Rusa tenía la cara enterrada en la almohada. Así era fácil agarrarla por la nuca y aplastarle la cara en la almohada hasta que sus pulmones estallaran en menos de un minuto.
Pensó en el trasero de la J.Lo. Un lugar entre las dunas. Una hendidura. Sintió que la cabeza le iba a explotar. Se movió con más rapidez.
-Al fin –dijo la Rusa-. Pensé que nunca ibas a terminar.
Le sacó el preservativo, le hizo un nudo y lo arrojó al tacho. Se puso el calzón y el jean y se peinó los cabellos.
El teniente sacó una tarjeta de su bolsillo y se lo entregó a la Rusa.
-Si averiguas algo, me llamas.
-Ok –dijo la Rusa.
El teniente salió del cuarto y se perdió en la oscuridad de la calle.
***
Esa fue la primera, mamá. Una por cada año de sufrimiento. Doce años sufriste por culpa de ese estúpido que se casó con una puta. Por culpa de esa puta Mariana y Carolina hicieron de tu vida un infierno. El único culpable era John. ¿Quién le mandó casarse con esa perra cuando no tenía ni donde caerse muerto? Claro, la perra esa se buscó un cojudo que la mantuviera. Él trabajando como un burro y ella con las piernas abiertas como una puta. Papá también sufrió hasta el último de sus días. Dieciséis años de pesadilla por culpa de esa puta. Sintió un odio inmenso en el corazón. Estaba frente a la tumba de sus padres con un ramo de rosas en las manos. Las espinas lo lastimaron pero él seguía apretando el ramo de rosas con furia mientras gruesas lágrimas surcaban sus mejillas. Esa perra será la última en morir, pero no morirá fácil, no le permitiré esa dicha, su muerte será un infierno, cada lágrima tuya la pagará caro, y John también, por imbécil, por meterse con una puta.
4
-Despierten, bellas durmientes que el desayuno se enfría –dijo el profesor, metiendo la cabeza en la habitación donde dormían las chicas.
-¿Qué hora es, profe? –preguntó Marfe.
-Casi las diez –dijo el profesor.
-Pota, ¿tan tarde? –dijo Cynthia.
-Sí –dijo el profesor-. Así es que salgan de una vez de la cama que el día está bonito.
-Ay, qué flojera –dijo Cynthia.
-No olviden que la pereza es la madre de todos los vicios –dijo el profesor, saliendo de la habitación.
Unos minutos después, las chicas bajaron a la sala. Tenían los cabellos húmedos.
-El agua aquí es bien helada –se quejó Marfe.
-Caramba, yo me levanté a las seis de la mañana.
-¿Tan temprano?
-Claro. Siempre me levanto temprano.
-A mí me gusta dormir –dijo Marfe.
-Y a mí también –dijo Cynthia.
-Así es la juventud –dijo el profesor, mientras servía el desayuno: café con leche y panes con palta.
-La mujer que se case con usted, profe, se sacará la suerte –dijo Cynthia-. Usted cocina, lava, limpia, etc.
-Y es bueno con la lengua –dijo Marfe.
-Guag, no seas cochina –dijo Cynthia-. Estamos desayunando.
-El sexo es parte de la vida –dijo Marfe-. ¿O no, profe?
-Sí, pero tiene su momento, ¿no? Tampoco lo vas a hacer en la mesa.
-¿No dijo que un día se tiró a la Luz en la cocina?
-Ella quería ahí, pues. ¿Qué tal la palta?
-Rico –dijo Cynthia.
-Después se cogen un poco para que se lleven a sus casas.
-Gracias.
-¿Y cuál es el menú de hoy? –preguntó Marfe.
-Lomo saltado –dijo el profesor.
-Pota, qué rico –dijo Cynthia-. Como para chuparse los dedos.
-Tú siempre pensando en chupar –dijo Marfe.
-No seas cochina pues, Marfe.
-¿Es cierto que la última vez que se lo hiciste a Ly te quedó un aliento a perro muerto?
Cynthia se puso colorada.
-Ajá –dijo.
-Seguro no se lavó el pipí.
Risas.
-No se te vaya a caer la lengua.
-Como al profe cuando se lo hizo a la Luz.
-Era media cochinita –dijo el profesor.
-¿Le olía fuerte?
-Ajá. Y era bien ácido.
-Ustedes son unos enfermos –dijo Cynthia-. Todo lo ven sexo.
-Es que es rico pues –dijo Marfe.
-Eres una linfómana –dijo Cynthia.
-Se dice ninfómana –le corrigió el profesor.
-No sé pues –dijo Cynthia.
Después de desayunar, salieron a recorrer el pueblo y a comprar papa, cebolla y tomate. El pueblo era chiquito. Era raro que pasara algún vehículo aparte del que venía de Chosica cada hora.
Comieron en el patio bajo la sombra del palto.
-¿Y qué hará si la monga le dice que no, profe? –preguntó Marfe-. ¿Se suicidará?
El profesor se rió.
-No es la única mujer –dijo.
-Además, es media estúpida –dijo Cynthia-. No vale la pena morir por alguien así.
-Habla la experiencia –dijo Marfe.
Cynthia sonrió de mala gana. Terminaron de almorzar en silencio.
A las tres, después de descansar un poco, emprendieron el camino de regreso.
***
Un hombre vestido de negro. ¿Y si la Chuchona se equivocó y vestía de azul o marrón? Caylloma estaba mal iluminado. De noche todos los gatos son pardos, pensó el teniente Gonzáles. La calle apestaba a orine. Pobres mujeres que tenían que ganarse la vida en medio de la podredumbre. Un hombre vestido de negro. ¿Volvería a atacar en el mismo lugar? Si era un psicópata, no lo haría, no sería tan estúpido para dejarse atrapar fácilmente. Quizá atacaría en la avenida Grau. La primera cuadra estaba llena de putas, o en los alrededores de la plaza Manco Cápac. Mujeres ganándose el pan con el sudor de sus piernas. Una rubia al pomo, una morocha y una media china que parecía ser de la selva. ¿Cómo así se meterían a la putería? ¿Por necesidad? ¿Porque les gustaba la pinga? Un hombre vestido de negro. La Vía Expresa también estaba llena de putas, travestis, maricones. ¿De servicio o en paseo de placer?, le dijo la Rusa, dándole un beso en la mejilla. Dando unas vueltas, dijo el teniente Gonzáles. ¿Ninguna novedad? Ninguna, corazón, dijo la Rusa. ¿Dónde atacará de nuevo? Un hombre vestido de negro.
***
-¿Bailamos?
La chica le dio una rápida ojeada. ¿Le diría no, gracias, no bailo con hombres mayores? Tendría unos dieciocho o diecinueve años, la misma edad de Cynthia y Marfe. Era bonita, tenía los cabellos negros y lacios más debajo de los hombros. Sus ojos eran como los de una gata. Llevaba un ceñido polo blanco que, por la humedad, dejaba traslucir sus senos pequeños de pezones oscuros. La había estado observando desde hace un buen rato: parecía que tenía cita con alguien porque a cada rato sacaba su celular como esperando una llamada o mirando la hora. Solo había rechazado a un chico que tenía pinta de estar drogado. ¿Él sería el siguiente?
-Claro –dijo ella.
Le tomó de la mano, una mano pequeña y húmeda, y la condujo el centro de la pista de baile. Barreto interpretaba los viejos éxitos de Juaneco y su Combo.
-¿Cómo te llamas?
-Geraldine. ¿Y tú?
-Agustín.
-¿Has venido solo, Agustín?
-Sí. ¿Tú?
-Iba a venir mi amiga –dijo Geraldine-. Pero parece que desistió.
Una amiga, ¿sería lesbiana como Marfe? Quizá.
-¿Puedo fumar? –preguntó Geraldine.
-Claro –dijo Agustín.
Geraldine sacó una cajetilla de Hamilton del bolsillo trasero de su jean. Encendió un cigarrillo.
-¿Tú fumas, Agustín?
-Claro –dijo Agustín, aceptando el cigarrillo que le ofreció la chica.
Geraldine se movía bien. Sus senos parecía que querían atravesar la tela con cada movimiento.
Hicieron una pausa para beber un pisco sour. Geraldine fue un par de veces al baño para mojarse los cabellos. Hacía calor dentro de la discoteca a pesar de los grandes ventiladores que pendían del techo.
-¿Qué haces por la vida, Agustín?
-Soy profesor de literatura –dijo él.
-Seguro escribes poemas.
-Ajá.
-Por eso vistes de negro y andas con una barba como de náufrago, ¿no?
-Mmm. ¿Y tú qué haces?
-Estudio inglés en la ICPNA –dijo Geraldine-. Después estudiaré turismo, y ya, me voy al Cusco.
-Interesante –dijo Agustín.
Varias canciones y tragos después, Geraldine dijo que se iba.
-¿Dónde vives?
-Cerca del Óvalo Higuereta.
-Te llevo.
-¿No será mucha molestia?
-No –dijo el profesor-. Además, los taxis no son seguros a esta hora.
Bajaron a la cochera. El vigilante no prestó mayor atención al hombre que conducía el auto negro.
-Qué sed –dijo Geraldine.
-Aquí tengo San Luis –el hombre le ofreció la botella a medio llenar.
Geraldine se bebió todo el contenido. Un rato después, sintió que los párpados le pesaban y que el sueño la invadía. Lo último que vio antes de caer dormida fue la sonrisa del hombre que vestía de negro.
Cuando despertó, estaba en un cuarto que no era el suyo, en una cama que no era la suya. Quiso gritar pero tenía la boca sellada con una de esas mascarillas que se usan para evitar la gripe porcina y asegurada con cinta de embalaje. Estaba atada de manos y pies en la cama como Túpac Amaru. Estaba desnuda. Por el gran espejo que había en el techo vio que tenía la cabeza rapada. Entonces recién recordó a la chica que habían encontrado muerta en el puente Atocongo.
La puerta se abrió. Allí estaba el hombre con quien había bailado en el Reflejos.
-No te pregunto cómo estás porque lo puedo imaginar –dijo el hombre. Había crueldad en su mirada, en sus gestos.
Sus ojos se le llenaron de lágrimas.
-No llores. Pronto terminará tu pesadilla. De ti depende si es un infierno o no –dijo el hombre, sentado a su lado y acariciándole el pubis-. Eso te pasa por puta.
Geraldine quiso zafarse de sus ataduras, pero era imposible.
-Vuelvo en la tarde –dijo el hombre, acariciándole el rostro-. Tengo que ir a ganarme el pan de cada día.
Salió y cerró la puerta con llave.
5
El profesor habló largo y tendido sobre El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Explicaba circulando entre las carpetas, mirando a los ojos a los alumnos, haciendo preguntas, dando respuestas, leyendo fragmentos de la novela de Stevenson.
-¿Y esa dualidad se da en la vida real, profesor, o solo en la ficción? –preguntó el alumno Gonzáles, uno de los mayores del salón. Tenía el cabello casi al rapé, decían que era policía. Eran pocas las veces que intervenía.
-También en la vida real –dijo el profesor-. Casi todos llevamos un monstruo dentro de nosotros. Allá están Abimael, Montecinos, Pinochet, hasta el Che Guevara que, cuando triunfó la revolución cubana, dirigió personalmente el fusilamiento de los opositores del nuevo régimen.
-Y en su opinión, ¿cuál cree que sería el perfil del monstruo del puente Atocongo, profesor?
El profesor palideció por una fracción de segundo.
-¿Cómo podría saberlo yo? –preguntó-. Yo solo leo novelas, no soy policía.
-Debe ser un psicópata –dijo una alumna que se sentaba en la última carpeta.
-O un novio celoso –dijo un chico.
-¿Se acuerdan de la chica de la maleta? –preguntó alguien.
Hace un par de años atrás, un norteamericano asesinó a su esposa peruana, a quien había conocido por el chat, la metió en una maleta y la hundió en el mar.
-O Eva y Liliana –dijo alguien, queriendo hacerse el gracioso.
-O la mafia –dijo una alumna de lentes.
La hora se terminó y el profesor se despidió hasta la siguiente clase.
Salió con Cynthia del salón.
-¿Ya sabe lo que le pasó a Marfe, profe?
-No. ¿Qué le pasó?
-Se resbaló en la ducha y se fracturó un brazo.
-Diablos, pobrecita. Habrá que visitarla.
-Eso mismo estaba pensando –dijo Cynthia-. ¿Nos encontramos a la salida?
-Claro.
Cynthia volvió al salón y el profesor entró a la cafetería.
-¿Ya sabe la ultimita, profe? –le preguntó la mesera.
-No. ¿Qué pasó?
-Anoche una chica desapareció en una discoteca. Se cree que el monstruo del puente Atocongo la ha secuestrado. La policía la busca por aire y tierra.
-Quizá la han secuestrado –dijo el profesor.
Se sentó en el lugar de siempre. La mañana estaba gris. De vez en cuando un avión surcaba el cielo a baja altura. El aeropuerto estaba a pocos minutos de la Universidad.
Dos chicas entraron y pidieron helados. Una de ellas llevaba un pantalón marrón de tela y se notaba el relieve de su ropa interior. Era bonita. ¿También saldría a bailar? ¿Alguien de la discoteca lo reconocería? Quizá. Aunque en una discoteca casi todo el mundo pasaba desapercibido, a menos que protagonizara un escándalo. ¿Y ese policía preguntón? Debió decirle ¿y quién crees tú que mató a esa zorra? ¿Por qué se preocupaban tanto por una puta habiendo tantos niños hambrientos, tanta gente indigente en las calles?
Miró su reloj: tenía dos horas más de clase. Partió hacia el salón que le tocaba.
Cynthia lo fue a buscar al final de la hora. Después de almorzar, partieron a Chaclacayo.
-¿Y cómo va ese corazón, Cynthia?
-Pota, estoy cada vez más jodida.
-¿Por?
-¿Se acuerda de Ly?
-Sí.
-Ayer tuvimos intimidad…
-¿No que ya no eran nada?
-Lo sé, pero pasó.
-Un polvo no es nada –dijo el profesor.
-Pero me siento mal –dijo Cynthia-. Ly no me ama. Terminamos y se quita. No era como Erick, que después de hacerlo me abrazaba, me cantaba, me acariciaba los cabellos.
-El amor después del amor.
-Ajá. Ahora me siento utilizada. Es como si fuera un hueco. Y lo peor es que…
Guardó silencio. El auto entró a la autopista Ramiro Prialé.
-¿Qué?
-Le hice un oral.
-Caramba, provecho.
Cynthia se puso colorada.
-Ni lo disfruté –dijo-. Es más, casi vomito: me dejó un aliento a mierda.
-¿No se lavó la trompeta?
-Mmm. Apestaba peor que el de la Miluzka.
Rieron.
-¿Qué hago con Ly, profe?
-Eso depende de ti, Cynthia. Yo te puedo decir que le dejes, pero tú eres la que debe tomar una decisión sensata, bien pensada, para que después no te arrepientas.
-Es que me siento sola. Imagínese: tres años con Erick.
-Como dice la canción de Mecano: me cuesta tanto olvidarte, olvidar quince mil encantos.
-Exacto.
-Tú necesitas sentirte amada, mimada, querida. Necesitas que te hagan cuchicuchi.
-Ah.
-Paciencia y ya llegará el hombre que te quiera, que te mime, que te adore, que te valore.
-¿Pero cuándo, profe?
-Paciencia, muchacha. Yo debería estar más preocupado que tú.
-¿Cómo le va con la miss Ana?
-Hasta las patas. En la mañana quise invitarle un café y no aceptó.
-Pota, para mí que lo quiere solo como amigo.
-Eso mismo estaba pensando. Pero también me pregunto que, si solo quiere amistad, ¿por qué diablos me mira a veces con unos ojitos de carnero degollado?
-Quizá esté indecisa.
-A veces me dan ganas de escribirle un correo y decirle “Ana, te amo”. El otro día le mandé Dos palomitas y no me ha contestado nada.
-Mejor mándele I love her de los Beatles. Verá que es más efectivo.
-¿Y si me manda al diablo?
-Al menos se quedará con la satisfacción de haberlo intentado.
-Bonito consuelo que me das.
-Pota, usted está más cagado que yo.
Rieron con ganas.
Entraron a Carapongo. Allí, las chacras empezaban poco a poco a ser ocupadas por las viviendas. Dentro de unos años era casi seguro que ya no habría ningún sembrío. Todo sería cemento y ladrillo.
-¿Por qué no me querrá Ly?
-¿Le contaste que te comunicabas oralmente con Erick?
-¡Pota, ni loca! ¿Para que piense lo peor de mí?
-Es mejor no contarlo.
Cruzaron el puente de Ñaña y entraron a la Carretera Central. Un par de minutos después, ingresaron a El Cuadro. Dijeron vamos donde los Fiorentini Pratt. Llamaron a Marfe para decirle que ya estaban llegando. Subieron por una cuesta.
Allí estaba Marfe, apoyada en el cerco de madera. Un hombre estaba con las rodillas hincadas en la tierra.
-Hola, Marfe. ¿Qué pasó?
-Hola, profe. Hola, Cynthia. Mi papá.
El que parecía ser jardinero, era Giulio Fiorentini, el papá de Marfe. Era hijo de italianos, su padre había sido piloto de la fuerza aérea italiana durante la segunda guerra mundial. Tenía las manos sucias de tierra.
Una niña y un niño, ambos rubios, jugaban en el columpio. Eran los hermanitos de Marfe.
Los Fiorentini se comunicaban entre sí en italiano.
-¿Y cómo así te sacaste la mugre, Marfe?
-Levanté una pata para secármelo, y perdí el equilibrio. Para no descerebrarme, me apoyó en mi brazo y crac.
-¿Dolió?
-Como mierda –dijo Marfe.
-Menos mal que yo nunca me he roto nada –dijo Cynthia.
-Solo el pito –dijo Marfe.
-Ajá –dijo Cynthia, poniéndose colorada-. Ni con el brazo roto cambias.
-Esta chica ya no tiene remedio –dijo el profesor.
Estaban en la terraza, bajo las sombras de las palmeras. A unos pasos había una piscina vacía. El profesor escribía un poema en el yeso de Marfe.
-¿Y qué hicieron hoy en clase?
-Nada –dijo Cynthia-. Nos la pasamos hablando del monstruo del puente Atocongo.
-Anoche desapareció otra chica –dijo Marfe.
-¿Y si se fugó con su enamorado?
-Podría ser –dijo Cynthia.
-Ahorita estarán tirando felices en algún hostal de provincia mientras todo el mundo anda preocupada por ella.
-Eso es lo más seguro –dijo Marfe-. ¿Y cómo le va con miss Ana, profe?
-Hasta las patas –dijo el profesor.
-Hoy quiso invitarle un café y la tía no le aceptó –dijo Cynthia.
-¿Esa fea se hace la estrecha? –dijo Marfe, con ironía.
-No es fea.
-Pero tiene cara de estúpida, ¿o no, profe?
-A mí lo que me importa es su corazón, sus sentimientos.
-Algún día le dará bola.
-Las esperanzas son lo último que se pierde, ¿no?
-Mmm.
Un moderno automóvil se detuvo frente a la casa. Los niños corrieron gritando mamá, mamá. Era la mamá de Marfe. Vestía con elegancia. No era tan agraciada, pero al lado de su marido, que llevaba un jean que alguna vez fue azul, parecía una princesa.
-Mamá, mi profe, Cynthia.
-Un gusto –dijo la mamá de Marfe. Tenía el dejo de chilena bien acentuado.
Hablaron un poco.
-Voy a darme un baño que vengo súper cansada –dijo la mujer-. Pasan dentro de un rato para tomar lonche.
-Gracias, señora.
Algo le dijo la mujer a su marido en italiano mientras se alejaba.
-Traduce –le pidió Cynthia a Marfe.
-La princesa y el mendigo –dijo Marfe.
-¿Así le dijo a tu viejo?
-Ajá.
-Pota, parece que tu vieja no lo quisiera a su marido.
-Así son ellos –dijo Marfe.
Un rato después, una chica con un uniforme azul les dijo que pasaran a tomar el lonche.
Se sentaron todos a la mesa. Hablaron de la gripe porcina, de la crisis económica, de la caída del helicóptero en el VRAE y, por supuesto, del monstruo del puente Atocongo.
-¿Qué tendrá esa bestia en la cabeza? –preguntó la mamá de Marfe.
-De repente es un ex combatiente de la guerra interna –dijo el papá de Marfe-. Hay soldados que quedaron traumados y a veces actúan así.
-Ese es un asesino que mata a sangre fría –dijo la mamá de Marfe.
-Es Freddy Kruger –dijo el hermanito de Marfe.
-No estarán viendo tonterías con los chicos, ¿no? –preguntó la mamá de Marfe.
-A Carolina le gusta Freddy –dijo el niño, señalando a su hermanita.
La niña se puso colorada. Tendría unos diez años.
-Antes nos asustábamos con Drácula –dijo el papá de Marfe-. Ahora los monstruos tienen que ser horripilantes para causar miedo.
-Así debe ser el monstruo del puente Atocongo –dijo la mamá de Marfe.
-En clase del profe estamos leyendo El doctor Jekyll y Mr. Hyde –dijo Cynthia.
-Es un buen libro –dijo el papá de Marfe-. Todos tenemos una bestia en lo más hondo de nuestro ser.
-Puede que el monstruo del puente Atocongo tenga la apariencia de un ángel.
-Por eso las mujeres caen rapidito en sus redes.
Ninguno notó la irónica sonrisa del profesor.
-No hay que salir sola –dijo la mamá de Marfe.
-En la casa tampoco se está seguro –dijo el papá de Marfe-. Un poco más, y Marfe se desnuca.
-Y seguro le iban a echar la culpa al monstruo del puente Atocongo, ¿no? –dijo el profesor.
-Eso era lo más seguro –dijo Marfe.
Risas.
Se despidieron al final de la tarde.
***
-Nada, no se ve con quién salió la chica –dijo el mayor Huamán-. A ella apenas se la reconoce entre el gentío.
-Hay que buscar a un hombre vestido de negro –dijo el teniente Gonzáles.
-Tu hombre de negro no es ningún cojudo –dijo el mayor-. Sabía que había cámaras y se escabulló.
-Nadie recuerda a la chica, nadie vio con quién salió, su celular no funciona. Es como si la tierra se lo hubiera tragado.
-Hay policías cuidando todos los puentes de Lima –dijo el mayor Huamán.
-¿Y usted cree que el hombre va a ser tan estúpido de dejar a su víctima debajo de un puente como la primera vez?
-Puede que cometa un error, Gonzáles. Ningún crimen es perfecto.
-Esta vez estamos ante un hombre que actúa con pasmosa sangre fría, mi mayor.
-¿Qué hacer entonces, Gonzáles?
-Esperar. Tener la remota esperanza que la chica se fugó con su enamoradito.
-Hasta encontrar su cadáver.
-Eso.
Los dos hombres se miraron.
***
-¿Por qué me haces esto? –preguntó la chica-. ¿Qué te he hecho yo a ti?
El hombre le había quitado la cinta que le cubría la boca. Le había dicho ni grites porque te mato. Le había desatado un pie y un brazo.
-¿Por qué? –el hombre la miró con desprecio-. Todas las mujeres son iguales.
-Yo no tengo la culpa que una mujer te haya hecho daño –dijo la chica.
-A mí no –dijo el hombre-. Mi hermano se casó con una puta y mi pobre madre vivió un infierno por culpa de esa mujer.
-Pero no todas somos iguales –dijo la chica-. ¿No crees que el único culpable de eso haya sido tu hermano por no fijarse con quién se metió?
El hombre no dijo nada.
-¿Nunca has conocido a una mujer buena que…?
-¡Cállate, puta! –gritó el hombre. Le puso una mano en la garganta y empezó a apretar-. ¡Puta, puta!
El rostro de la chica se puso morado. El hombre la soltó.
-¡Por favor, no me mates! –suplicó la chica-. Un día te descubrirán y tu madre sufrirá más.
-Ella está muerta –dijo el hombre-. Y yo tengo que vengarla.
-Déjame ayudarte –dijo la chica.
-¿Ayudarme? –el hombre rió con ironía.
-Debes ir a un especialista. Puedes rehacer tu vida. Hazlo por la memoria de tu madre…
El hombre soltó una carcajada.
-¿Crees que soy estúpido? Lo primero que harás, si te dejo ir, será avisarle a la policía.
-Te juro que no lo haré.
Silencio.
-Te juro por mi madre, que es lo más sagrado para mí, como sé que tu madre lo es para ti, que no lo haré. Solo quiero ayudarte…
-No necesito la ayuda de nadie. Menos de una puta como tú.
-Por favor…
Dos poderosas garras le apretaron la garganta hasta hacer que sus ojos saltaran de sus órbitas.