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jueves, 16 de abril de 2009

Guillermo Tell

–Vamos a ver quién gana –dijo el diablo, acariciando la punta, filuda, brillante, de su flecha.
–Que gane el mejor –dije yo.
Nos separamos unos cien metros. Puse la flecha en el arco, tensé la cuerda, apunté y disparé. La flecha surcó los aires, el diablo dio un saltito a su izquierda y la flecha se clavó en el suelo a un par de centímetros de sus pezuñas.
Ahora era su turno. Disparó, observé la trayectoria de la flecha, di un paso al costado y la flecha se clavó en el suelo a unos cuantos centímetros de mis pies. El rostro del diablo se torció en una mueca de frustración.
Apunté cuidadosamente, disparé, la flecha atravesó el aire, el diablo dio un saltito, sus patas se enredaron y tropezó y la flecha se clavó en su cola.
Fui a su encuentro. Lo ayudé a sacarse la flecha del rabo.
–Te felicito, me ganaste –dijo el diablo, extendiéndome la mano. Se la estreché–. Déjame esa flecha de recuerdo. Espero que seamos buenos amigos.
Nos despedimos. Le di la espalda y eché a andar. Oí un zumbido como de abejas. Antes de volver el rostro vi mi flecha asomándose por el centro de mi corazón.
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Papá siempre contaba este sueño que tuvo. Yo la reelaboré.

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