jueves, 30 de abril de 2009
Adiós, abril
martes, 28 de abril de 2009
Un día negro
La rosa negra

–Señor, ¿puede prestarme la escalera?
Miré hacia abajo. La mujer era joven y bonita. Llevaba un vestido negro de modelo antiguo. En las manos tenía un ramo de rosas blancas.
–Un momento y termino –le dije.
Estaba visitando a mi madre. Terminé de ponerle sus flores. Era el atardecer del 31 de octubre. Al día siguiente el cementerio se iba a convertir en una feria. Detesto las aglomeraciones, la música y las muestras de euforia en un lugar que yo considero para el recogimiento y la paz.
–Espero –dijo ella.
Chau, mamá, pasado mañana vengo, cuídame, murmuré.
–La escalera es suya, señorita.
–¿Podría ayudarme a llevarla hasta el nicho de mi difunto? –pidió. Tenía la voz suave como el susurro del viento entre las flores del camposanto.
–Claro. No faltaba más. ¿A qué pabellón?
–Al San Martín de Porres.
Me puse la escalera sobre los hombros y eché a andar tras ella. El pabellón San Martín de Porres estaba en el lado antiguo del camposanto. El ceñido vestido dibujaba su figura estilizada. A su paso dejaba una estela de perfume añejo. ¿Quién se te murió?, solía ser la pregunta con que empezaba yo mis diálogos cuando alguien me interesaba. Había obtenido buenos resultados en un par de ocasiones. Generalmente en los camposantos las personas están con ánimos de contar sus vidas, sus pesares después de haber sufrido una pérdida y necesitan oír unas palabras de consuelo. ¿Quién se te murió, amiga? Esta vez se me hacía difícil emplear mi fórmula. Temía que notara mi apresuramiento. Poco a poco se llega al cielo, Agustín, me dije.
Llegamos al pabellón indicado. Habíamos recorrido medio cementerio. Tenía los hombros adoloridos. Así debió de estar Cristo después de cargar su cruz, pensé.
–Mi finadito está allí –dijo ella, señalando un nicho de la última fila–. ¿Podría ponerle sus flores? Yo no llego.
–Sostenga bien la escalera porque no quiero visitar a San Pedrito antes de tiempo.
–No se preocupe –dijo, con una sonrisa.
Empecé a subir rogando que mi peso no venciera la fuerza de la chica –se la veía tan frágil– y rodara escaleras abajo. ¿Por qué construirán pabellones tan altos? ¿Para que las almas lleguen más rápido al cielo?
Los floreros contenían unas rosas resecas por el tiempo. Por lo visto, al difunto venían a visitarlo una vez al año. El nicho estaba cubierto de polvo y tela de araña. Saqué los floreros. Me dispuse a bajar. Miré hacia abajo: un esqueleto sostenía la escalera. Me miró con sus cuencas vacías. Era una mirada penetrante. Sonrió. Tenía los dientes amarillos, largos. Dioses. Sentí un desvanecimiento. Me sostuve fuerte para no caer. Quise gritar, pero ningún sonido brotó de mi garganta. Me restregué los ojos y volví a mirar: la chica me sonreía mientras sostenía la escalera con ambas manos y un pie. Debe haber sido una mala jugada de mis sentidos, me dije. ¿No había escuchado la semana anterior el aullido de un perro y el arrastrarse de unas cadenas? En los cementerios pasan algunas cosas que escapan a la razón.
–¿Le pasa algo? –preguntó la chica.
¿Contarle lo que acababa de ver para que me tildara de loco?
–No. Nada. No se preocupe.
Volví a subir para limpiar el nicho. El polvo que se levantó casi me asfixia. Creo que lo mejor es que a uno lo incineren y tiren sus cenizas al mar para no causar más molestias a los vivos.
Bajé y volví a subir llevando los floreros que la chica había lavado con las rosas frescas. Sin querer, me pinché un dedo con una espina.
–¡Oh, se ha lastimado! –dijo, tomando mi mano.
Tenía las manos heladas como una lápida. Eran unas manos blancas, casi transparentes, se notaban las venas que la recorrían. Tenía las uñas largas y pintadas de rojo como la sangre que no cesaba de brotar de mi dedo.
Ella sacó de su escote un pañuelito de seda y me envolvió el dedo. El pañuelo blanco se puso rojo al instante. ¿Tanta sangre brotaba de un pinchazo?
Presionó mi dedo un buen rato. Sus manos se mancharon. Al fin cesó la hemorragia. Se las lavó.
Oscurecía. Los últimos deudos abandonaban el camposanto.
–¿Nos vamos, o se queda?
–Nos vamos. Ya llegará el día en que me quede aquí para siempre.
Sonrió.
–¿Un cafecito? –le ofrecí.
–Si no es mucha molestia. Gracias.
Ahora estábamos sentados frente a frente ante dos humeantes tazas de café.
–¿Cómo te llamas? –le pregunté.
–Camila –dijo ella.
–¿A quién vienes a visitar?
–A mi padre. ¿Y usted?
–A mi madre.
Sus ojos brillaron. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
La muerte de un ser querido es el dolor más profundo que un hombre pueda padecer, pensé mientras acariciaba sus heladas manos. Tantas cosas que compartí con mamá. Tantos sueños que se quedaron truncos ante su repentina partida.
Lloró por un buen rato. Llorar es bueno. Llorar libera tu corazón de un gran peso. La vida es así. Todos vamos a morir algún día. A mamá la lloré meses. La lloré todos los días. Fue la mujer más buena que haya conocido. Mi único consuelo es saber que ahora, esté donde esté, está en paz.
Poco a poco se fue calmando.
–¿Vienes mañana a visitar a tu mamá, Agustín?
Le iba a decir que no, ¿no te parece patético que la gente baile, cante, se emborrache perturbando la tranquilidad de los muertos?
–Sí –dije–. Un rato. ¿Tú?
–También –dijo Camila–. A ver si nos encontramos.
–¿A qué hora?
–¿Te parece tempranito? Hay menos gente que en la tarde.
Nos despedimos quedando encontrarnos a las nueve de la mañana.
Al siguiente día la esperé inútilmente durante todo el día soportando el barullo de la gente.
Busqué una escalera. Subí. Los floreros llenos de sangre contenían unas relucientes rosas negras.
Agustín Vidal: 06 junio 1868 – 31 octubre 1945, decía allí. Recuerdo de su hija Camila.
lunes, 27 de abril de 2009
domingo, 26 de abril de 2009
La casa vacía
Bajó del vehículo y cruzó la carretera en dirección al pueblo caminando bajo la copiosa lluvia. Las calles estaban convertidas en un lodazal, el agua se metía por sus zapatos y ni una sola casa con las luces encendidas. Dobló una calle, y otra, y otra. Todo el mundo parecía dormir. No debió de haber viajado tan tarde, debió de haber esperado el día siguiente, pero cómo iba a saber él que iba a llover de esa manera. Esa lluvia era inusual. Por aquí llovía en verano, nunca en julio. Mañana era veintidós de julio. Treinta años atrás, su madre todavía estaba viva. Treinta años atrás, su madre estaba viviendo su última noche de existencia. Al día siguiente moriría, culminaría su paso por la tierra.
Cruzó la plaza y vio una casa con las ventanas iluminadas. Se alegró. Era la única con las luces prendidas en ese pueblo fantasma. A ella se dirigió de prisa sintiendo cómo el frío le calaba los huesos, el alma.
Cruzó un jardín lleno de geranios. ¿Beethoven? Alguien tocaba el piano. En medio del golpeteo de la lluvia y el rumor del río reconoció La patética de Beethoven. Cuántas veces lo había tocado su madre. Se abrió una puerta en su memoria y vio las manos, blancas, bien cuidadas, de largos y finos dedos, de su madre cayendo como esta lluvia sobre las teclas del viejo piano que ahora estaría apolillándose en algún rincón de la antigua casona familiar.
Los Eucaliptos 141, decía la placa sobre la puerta de madera recién barnizada. Los Eucaliptos 141, repitió bajito. Vaya coincidencia: esa era la misma dirección de su casa. En todos los pueblos había una calle llamada Los Eucaliptos, por lo visto.
En lugar de timbre había un reluciente puño de bronce.
Llamó. Nadie.
Insistió. ¿Y si alguien se había quedado dormido escuchando un disco de Beethoven? La lluvia se intensificaba. Llamó otra vez. Dejaron de tocar el piano, o apagaron el tocadiscos. Escuchó unos ligeros pasos acercándose a la puerta.
–¿Quién? –preguntó una voz de mujer.
–Mi auto se ha malogrado cerca de aquí. No sé si podría…
La puerta se abrió.
–Buenas noches, señorita, disculpe que la moleste tan tarde, es que mi auto…
–Pase, pase –dijo la joven–. No vaya a pescar una pulmonía con este clima.
–Gracias.
Ella lo condujo a una salita. En una chimenea ardían los leños llenando de calor el ambiente. En un rincón estaba un viejo piano. Parecía el mismo piano que había pertenecido a su mamá.
–¿Era La patética lo que tocaba?
La chica dijo que sí.
–Para no aburrirme.
Alimentó el fuego con otro leño.
Era bonita. El fuego le daba unos matices rojos a su albo rostro. Tenía los ojos grandes y oscuros. Su negra y ondeada cabellera estaba atada en una larga cola de caballo.
–Mamá también tocaba el piano –dijo Agustín–. Y tocaba La patética. Al escucharla me acordé de ella. Mañana son treinta años desde que murió.
–Lo siento mucho. ¿Cómo se llamaba?
–María Luisa.
–Qué coincidencia, yo también me llamo igual.
Agustín hizo un gesto de incredulidad.
–En serio –dijo ella–. María Luisa es un nombre común.
María Luisa era joven. A lo mucho tendría unos veinte años. ¿Qué habría estado haciendo su mamá a esa edad? El viejo la conoció a los veintitrés, se casaron, lo tuvieron a él.
–¿Una taza de café? Ha quedado un poco de comida. ¿Le sirvo?
–Si no es mucha molestia. Gracias.
–De nada.
Pareces mi mamá, iba a decirle Agustín. Su mamá siempre lo esperaba con la comida caliente.
–¿Qué hacía a estas horas en la carretera? –preguntó ella desde la cocina.
–Iba a Chosica. Mañana le vamos a hacer una misa a mamá. Quería limpiar la casa donde vivió.
Alguien empezó a toser en un cuarto cercano.
–Es mi abuelita que está con una fuerte gripe –dijo María Luisa, cruzando la salita–. Ya vengo.
Agustín la vio desaparecer en una puerta al fondo del pasillo. Afuera, la lluvia no tenía cuándo acabar. Las amplias ventanas eran golpeadas por las gruesas gotas de lluvia. A lo lejos el río bramaba como un animal furioso. Qué sería de su auto. Tantos sacrificios para comprarlo para que al final se lo lleve el río. Menos mal que no se quedó a dormir allí. Qué suerte había tenido al encontrar esta casa. La única casa en todo el pueblo con las luces prendidas. El resto parecía dormir placidamente.
María Luisa cruzó hacia la cocina. Agustín escuchó el ruido de tazas, platos y cubiertos. Se acordó del ruido que hacía su mamá en la cocina de su casa.
–Sírvase –dijo la muchacha, alcanzándole una bandeja donde humeaba una taza de café y un plato con saltado.
–Muchas gracias.
–De nada.
–Está rico –dijo Agustín, probando el saltado–. Parece la sazón de mi mamá.
María Luisa sonrió. Tenía una bonita sonrisa. Las lenguas de fuego se reflejaban en su blanca y pareja dentadura.
Desde la otra habitación volvieron a toser y ella se fue corriendo.
–Ya regreso.
La lluvia seguía cayendo con furia sobre el pueblo. Agustín, después de comer, se asomó a la ventana: las calles parecían ríos, el cielo era iluminado por los relámpagos a cada instante. Las casas continuaban con las luces apagadas. Suerte que encontré este refugio, se repitió otra vez, sino, dónde estaría ahora.
–De repente desea descansar –dijo ella al regresar–. Tenemos un cuarto de huéspedes.
–Todavía no –dijo Agustín–. Más bien me gustaría escucharla. Claro, si no es abusar de su hospitalidad.
–Al contrario –María Luisa sonrió, echó otro leño al fuego, y se puso al piano. Sus dedos, largos, delicados, casi transparentes, de uñas recortadas y bien pulidas y sin pintar, empezaron a caer sobre el teclado como la lluvia sobre ese extraño pueblo–. Casi nunca tengo oyentes.
–¿Die schöne müllerin?
Ella asintió.
–Schubert.
–Mamá solía tocarlo siempre –dijo Agustín. Cerró los ojos para disfrutar mejor de ese instante tan especial. Vio a su madre tocando el piano en la sala de la casona familiar. Tenía las manos bien bonitas. Casi no recordaba su rostro. Sus manos sí las recordaba con toda claridad como si nunca las hubiera dejado de ver. Y también recordaba las canciones que tocaba. ¡Mamá! Después de tanto tiempo iba a visitar su tumba. Se sintió culpable de tenerla olvidada, de no llevarle ni un ramo de flores en tantos años. Esa pieza era Das wandern, el lied favorito de su madre, y el suyo también. Cuántas veces lo había tocado mamá. Si no hubiese muerto tan temprano, seguramente él también hubiese sido pianista y hoy estaría dando un recital en algún lugar del mundo y no estaría en ese pueblo donde la lluvia no tenía cuándo acabar. ¿Tanta agua había en los cielos? Pero bien valía un chapuzón el estar aquí escuchando a María Luisa cuyas bien cuidadas manos seguían danzando sobre el teclado como una ballerina. Se miró las manos. No, esas no podían ser las manos de un pianista. Eran feas, sus dedos eran gruesos, torpes. Sintió vergüenza de sus manos. Ahora la chica tocaba Nouvelles pièces fruides. Satie. Otra vez su madre. Volver a la infancia, estar junto a mamá, escucharla tocar todas las tardes. Tocaba divino. Se arrepintió de no haber seguido sus pasos. Él era un músico frustrado. Claro de Luna. Vuelta Beethoven. Ese era el primer movimiento. Otra vez su madre. Afuera el cielo seguía derramando sus lágrimas sobre La Realidad. Los rugidos de ese animal furioso que era el río cada vez se hacían más fuertes. Qué sería de su pobre auto.
Volvieron a toser.
–¡Dioses, ya es tarde! –exclamó la chica como si recién se diese cuenta de la hora que era–. Debes estar muriéndote de sueño.
Agustín asintió aunque no tenía ganas de irse a dormir.
María Luisa fue donde su abuela y regresó al minuto y lo condujo al cuarto de huéspedes.
Mientras el sueño lo vencía, Agustín volvió a escuchar La patética. Beethoven. Su madre, sus manos bonitas y bien cuidadas de largos y frágiles dedos que caían como la lluvia sobre el teclado. Una chica así era lo que siempre había estado buscando.
Una semana después, esta vez de día, un día hermoso lleno de sol y sin lluvia, Agustín estaba de vuelta en La Realidad. Buscó Los Eucaliptos 141. Se sorprendió al encontrar una casa antigua en cuya sucia ventana de lunas rotas un cartel deslucido por las inclemencias del tiempo decía SE VENDE. No recordaba haber visto ese aviso. Los geranios a duras penas sobrevivían en ese jardín devorado por la mala hierba. ¿Esa era la casa donde había sido acogido en esa noche de infernal llovizna? Quizá se había equivocado de dirección, pero allí decía, sobre la vetusta puerta de madera, Los Eucaliptos 141. Hizo sonar el herrumbroso puño de bronce.
Nadie.
Insistió.
–Nadie vive en esa casa hace años –le dijo una señora sacando la cabeza desde la casa vecina.
–¿Nadie dice?
–Así es. Hace años vivía una viejita, viuda ella, que tocaba el piano. Pero se murió y desde entonces nadie vive allí. Decía que tenía un hijo, pero parece que el hijo se murió antes que ella porque nunca vino a visitarla.
Libros
Hasta el verano que viene de Tormod Haugen, bella historia de la pequeña Britt que quiere ser grande.
El niño que vivía en las estrellas de Jordi Sierra i Fabra, una historia para que los padres, y los que no lo somos, reflexionemos sobre lo que hacemos con los niños.
El pequeño vampiro de Ángela Sommer-Bodenburg, una historia divertida sobre los vampiritos que todos llevamos dentro.
sábado, 25 de abril de 2009
Sueño
viernes, 24 de abril de 2009
A dona aranha
http://www.youtube.com/watch?v=-MnidyLYLH0
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Joana come papa
http://www.youtube.com/watch?v=xz-MTlpEIjA
El amor eres tú

http://www.youtube.com/watch?v=0NfDXepqZ4c
jueves, 23 de abril de 2009
Los vampiros de La Realidad

miércoles, 22 de abril de 2009
El sueño

Estábamos desayunando. Ninguno de los dos sospechaba que la muerte estaba acechando nuestro hogar.
La abuela Felícitas había muerto veinte años atrás. A pesar del tiempo pasado, mamá la recordaba y la seguía llorando.
–Estábamos en Chincho. Después fuimos a otros lugares.
Enumeró los nombres de sitios donde pasó su infancia. Eran lugares que yo solo conocía por sus nombres.
–Estaba igualita como la última vez que la vi.
Mamá y la abuela se habían visto por última vez veinticinco años atrás.
Yo no recordaba a la abuela. Tenía tres añitos cuando la familia se vino a la capital. Después, con la guerra interna, fue imposible ir a visitarla. Ni siquiera sabíamos dónde estaba enterrada.
Mamá lloró.
Terminé mi desayuno y me fui a trabajar como siempre.
Después de su muerte, recordé ese sueño de mamá. Seguramente fue su alma quien visitó esos lugares recogiendo sus pasos.
martes, 21 de abril de 2009
Segunda visión

Iba a hacer sus oraciones, cuando de pronto la puerta se abrió.
Allí estaba mamá, gorda como siempre, llena de vida.
Mamá avanzó al lecho que había compartido con papá durante casi medio siglo.
El viejo la miraba, estupefacto.
Mamá se sentó en el borde de la cama y empezó a desnudarse como para ponerse su pijama.
María está muerta, pensó papá, y la Biblia dice que los muertos están descansando. Este debe ser el diablo que ha venido a tentarme.
–¡María, la Biblia dice que los muertos están descansando! –le espetó papá a la aparición–. ¡¡Fuera, satanás!!
Mamá se puso en pie y se marchó.
domingo, 19 de abril de 2009
Un mes sin papá
sábado, 18 de abril de 2009
viernes, 17 de abril de 2009
Primer amor

jueves, 16 de abril de 2009
La mujer vampiro
Sangre
Tina Arena
http://www.youtube.com/watch?v=6ctrU3bKQDQ
Andrea Bocelli

Andrea Bocelli es otro de mis cantantes favoritos. Este 28 de abril cantará aquí en Perú, así que iré a verlo, mientras tanto, a escuchar y verlo en YouTube. Aquí el enlace a una de sus mejores canciones: Vivo por ella. Los duetos de este tema que más me gustan.
Empezamos por Andrea con Judy Weiss, una bella intérprete alemana http://www.youtube.com/watch?v=3IyYqJyc-zk
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Andrea y Judy en otro video del mismo tema
http://www.youtube.com/watch?v=GiGTXItgcLw
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Una bella Judy en otro video del mismo tema con Andrea (creo que estoy enamorado de Judy)
http://www.youtube.com/watch?v=56e6DoffgGE
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Andrea y Hayley Westenra
http://www.youtube.com/watch?v=WdxRmcgsKDQ
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Andrea acompañado por la brasileña Sandy
http://www.youtube.com/watch?v=Qc31uexnjx4
Madrugada
Guillermo Tell

–Que gane el mejor –dije yo.
Nos separamos unos cien metros. Puse la flecha en el arco, tensé la cuerda, apunté y disparé. La flecha surcó los aires, el diablo dio un saltito a su izquierda y la flecha se clavó en el suelo a un par de centímetros de sus pezuñas.
Ahora era su turno. Disparó, observé la trayectoria de la flecha, di un paso al costado y la flecha se clavó en el suelo a unos cuantos centímetros de mis pies. El rostro del diablo se torció en una mueca de frustración.
Apunté cuidadosamente, disparé, la flecha atravesó el aire, el diablo dio un saltito, sus patas se enredaron y tropezó y la flecha se clavó en su cola.
Fui a su encuentro. Lo ayudé a sacarse la flecha del rabo.
–Te felicito, me ganaste –dijo el diablo, extendiéndome la mano. Se la estreché–. Déjame esa flecha de recuerdo. Espero que seamos buenos amigos.
Nos despedimos. Le di la espalda y eché a andar. Oí un zumbido como de abejas. Antes de volver el rostro vi mi flecha asomándose por el centro de mi corazón.
El profesor de música

La rubia vino a mi encuentro con una amplia sonrisa y los brazos abiertos.
–¡Profesor Agustín!
–¿Hilda?
–Ella misma, profe –dijo, abrazándome y llenándome de besos. Aspiré su cálido aliento a rosas–. ¡Felicitaciones, querido profesor Agustín, estuvo genial! Usted es el mejor guitarrista peruano de todos los tiempos.
–Gracias, Hilda. Estás irreconocible.
Sonrió. Yo sabía que era ella, mi corazón me lo decía. Estaba frente a Hilda después de tantos años.
Nos trajeron vino y brindamos por nuestro reencuentro.
–Tomas, ¿no?
–Claro, profe, ya no estoy en el cole.
–Eso se nota –le dije, recorriéndola con la mirada. Sonrió–. Cuando te vi, pensé que estaba soñando.
–Estoy aquí en carne y hueso –dijo, pellizcándome suavemente.
–Yo veo más carne que hueso.
Soltó una sonora carcajada, se acomodó la tira del vestido y por un segundo pude vislumbrar la tira de su sostén. Allí estaban sus senos, grandes, redondos, lejanos.
–No me imaginaba que tomabas bien.
–Hay que aprovechar que el vino es gratis –dijo, con una coqueta sonrisa.
Seguimos brindando. A veces nos interrumpían para pedirme un autógrafo. Yo fingía una sonrisa al estampar mi firma en esos discos donde estaba mi cara llena de arrugas que me recordaban los estragos que había hecho el tiempo en mí.
–¡Ya es tardísimo, profe, me tengo que ir! –dijo, a la enésima copa.
–No te preocupes, yo te llevo. ¿Sigues en el Túpac?
Asintió.
–Vámonos, pues.
–Antes voy a ir al baño –dijo, e imitando la vocecita de una niña, preguntó–: ¿Me da permiso para ir a hacer pis, profesor Agustín?
–Vaye nomás, alumna Hilda, pero cuidadito con quedarse jugando en el baño porque a la última hora tenemos práctica instrumental. ¿Trajo su flauta dulce?
–Ay, profe, lo olvidé por salir apurada. ¿Usted no tendrá una que le sobre? –dijo sonriendo y se alejó moviendo ese trasero que sería la envidia de la J.Lo.
Recordé que alguna vez la escuché orinar en el precario baño del Túpac Amaru. Ahora estaría bajándose la ropa interior, estaría sentándose en el water, su enorme y blanco trasero se estremecería al contacto del frío mármol, el líquido ambarino saldría expulsado con fuerza como de una manguera de bombero, terminaría de orinar, se sentaría en el bidet para lavarse la cucarachita ¿peluda o pelada como mi cabeza?, se lo secaría, se subiría el calzón, se lo acomodaría, se lavaría las manos, saldría del baño, volvería a mi lado.
Se había retocado el maquillaje. Sus labios estaban pintados de un rojo intenso. Se había echado rubor en las albas mejillas.
–¿Se lavó bien las manos, alumna Hilda?
–Claro, profe, no me vaya a dar cólera –dijo, enseñándome las blancas manos de largos y delgados dedos que alguna vez se movieron torpes sobre la flauta dulce.
Fuimos en busca de mi carro y enrumbamos hacia la Carretera Central. Puse un disco con los grandes éxitos de Ana Belén. Tiemblas, amor mío, / como una gota de rocío…, empezó a cantar la española con su peculiar voz.
–Nunca pensé que te volvería a ver, Hilda.
–Menos yo, profe. Usted casi nunca para en el Perú.
–Tú sabes que tengo un montón de compromisos artísticos.
–Por eso, cuando anunciaron su recital de gala por sus bodas de oro como guitarrista, me dije tengo que ir a escuchar a mi profesor porque de repente nunca más vuelve por estos lares.
–Gracias. Yo pensé que me habías olvidado.
–Claro que no, profe, yo siempre lo escucho, tengo todos sus discos –dijo, cruzando esas dos moles que eran sus piernas. Se los miré de reojo–. Usted es un genio musical.
–Tampoco exageres, hago lo que puedo con estas pobres garras.
–Yo siempre me acuerdo de sus magistrales clases de flauta dulce, profe –dijo con un dejo de nostalgia en la voz.
–Y yo me acuerdo que siempre te dormías en el salón, o que pedías permiso para ir al baño y ya no regresabas.
El rubor se apoderó de su rostro.
–Ay, profe, disculpe.
–Qué graciosa, pedirme disculpas medio siglo después.
–Más vale tarde que nunca, ¿no?
No le dije nada.
El auto seguía avanzando por la desierta carretera.
–¿Me disculpa o no, profe?
–Claro que sí –le dije, palmeándole la desnuda espalda. Tenía la piel suavecita como el durazno. Mis garras se estremecieron a su contacto. Ana Belén decía Nombras tú ni nombre / como jamás lo dijo un hombre…
–Yo siempre me acuerdo del diecinueve que me puso en el último trimestre, profe.
–¿Diecinueve? ¿Cuál diecinueve si tú con las justas llegabas a once? Parecías la hija de la Chuchi Díaz.
–Ay, profe, tampoco exagere que tan bruta no era. Por algo no me puso casi veinte.
–Ni me acuerdo cuánto te puse. He tenido tantas alumnas…
–Acuérdese de Hilda Angélica.
Ah, su segundo nombre era Angélica.
–Hilda Angélica, la flojita del 5° D, ¿no? Debí de haberte puesto cero cinco, no hacías nada en mi curso.
–Ay, profe, cuidaba a mis hermanitos, no tenía tiempo ni para meterme un segundo la flauta dulce en la boca.
–Aún no es tarde para que lo hagas.
Soltó una sonora carcajada. El carro seguía devorando los kilómetros como un león hambriento.
–Un puntito más y me ponía veinte, profe.
–Veinte puntitos menos, y salías debiendo puntos.
–Qué malo, profe.
–Sí pues, bien malo.
Ella seguía riendo mientras Ana Belén nos decía Eres el viento que no cesa, / eres el peso que no pesa…
–Usted se fue del Túpac y nunca más se acordó de los pobres, profe.
–Más bien tú nunca te acordaste de tu viejo maestro, ingrata.
–No sabía dónde vivía –dijo, mientras Ana Belén cantaba Eres fuego y frío, / ni más ni menos, amor mío…
–¿No les di mi dirección para que me visitaran?
–No, profe. Solo sabíamos que vivía en La Realidad, pero como La Realidad es grande, una vez fui a buscarlo y me perdí…
–Tú todavía ibas a ir. No te creo.
–¿Y por qué si no había quién me lo impida, profe?
Faltaba poco para llegar al Túpac, se bajaría y quizá nunca más la volvería a ver. Me hablas al oído / y todo tiene un nuevo sentido… Decidí arriesgar mi pobre pellejo. ¿Qué perdía a estas alturas de mi vida? Casi nada.
–¿Vamos ahora?...
Me clavó los ojos. ¿Me mandaría al diablo? ¿A estas horas? ¿Para qué quiere que vaya a su casa a estas horas, profesor?
–…así me visitas cuando gustes…
–¿No se molestará su esposa?
–Vivo solo.
–¿No se casó con la profesora Martha?
–No.
–¿Por qué?
–Se me pasó el tiempo esperándote.
Sonrió. Y me siento entera / como una blanca primavera…
–¿Vamos ahora? –insistí.
–¿No se molestará su esposa?
–Te dije que vivo solo.
–Cierto. Se le pasaron los años esperándome. Qué bruta soy.
–Por eso te puse diecinueve en música. ¿Vamos?
–Vamos pues, profe, ya que insiste.
Pisé el acelerador antes de que cambiara de parecer. En menos de un cuarto de hora llegamos a nuestro destino.
–Bienvenida a mi cubil, Hilda Angélica.
–Pasu machu, ¿tantos discos tiene? –dijo, mirando las paredes llenas de discos–. Ni Julio Iglesias.
–Soy músico, ¿no?
–Eso es lo que estoy viendo.
–¿Un vinito para brindar por tu presencia en mi refugio? –Claro, profe, tengo sed. Acá hace mucho calor.
Empezamos a brindar mientras Ana Belén nos decía Dices que me quieres / como una fuerza que me hiere… Ni en mis más remotos sueños creí que alguna vez Hilda iba a estar en mi casa.
–Nunca pensé que ibas a estar en mi humilde refugio, Hilda.
–¿Y por qué, profe, ah?
–Eras inalcanzable, una estrella lejana. Uno haciendo méritos, y tú, nada.
–No habrá hecho los suficientes, profe.
–Te puse un diecinueve.
–Yo quería veinte. Pero gracias de todas maneras.
–Creo que debí de haberte jalado.
–¿Y por qué no lo hizo, ah?
–No sé…, creo que eras mi alumna favorita…
Nos miramos.
–Y usted era mi profe favorito –dijo, y acercándose me besó. Y me siento entera / como una blanca primavera…, cantaba Ana Belén mientras nuestras lenguas se entrelazaban y nuestras manos exploraban por los recovecos de nuestros cuerpos. Eres el mar cuando se enfada, / eres noche iluminada… Nos besamos todo. Entras en mi cuerpo / como la lluvia entra en mi huerto…
miércoles, 15 de abril de 2009
Melocotones helados

Los diablos

–Lluvia fea, Alicha.
–Ahoritita pasa y nos vamos, opita, no te preocupes.
Al opa su abuelita también lo castigaba, pero parecía no sentir dolor porque se reía como un loco cuando mama Felícitas lo correteaba a palazos. Al menos le había ganado casi todos sus daños. Cuando su mamá lo estuviera castigando, pensaría en eso.
Ojalá que la lluvia pasara pronto. Ojalá que sus animales no se perdieran.
–Candela, Alicha.
–No friegues, qué candela vamos a prender si todo está mojado.
–Candela –el opa insistía. Había susto en sus ojos. Era medio raro el opa–. Supay, Alicha, mira.
En el descampado que había frente a los matorrales estaban dos seres extraños. ¿Diablos? Parecían hombres chivos, con pezuñas y cuernos. Sus cuerpos estaban cubiertos por un pelambre rojizo que parecía fuego. Esos eran diablos.
Ahora sí nos fregamos, pensó Alejandro, haciéndole una seña a su compañero para que permaneciera quieto y callado.
Más demonios empezaron a llegar. Algunos tenían forma de animales, otros parecían personas. Hasta mujeres había, unas bonitas, otras con cachos y colas y con caras de sapo.
El opa Inquicha temblaba de miedo. Alejandro estaba igual.
El último en llegar fue el jefe. Era hermoso, alto, rubio. Si no fuera por los dos cuernos que sobresalían en su mollera, se diría que era un ángel.
Empezó la reunión de los diablos. Cada uno iba informando sobre las maldades que había hecho desde su última cita.
El opa Inquicha estornudó. Los diablos se sobresaltaron.
–Huele a carne de gente –dijo uno de los diablos. Tenía una nariz inmensa.
Ahora nos van a comer, pensó Alejandro. Empezó a prometer que se iba a portar bien, que le iba a devolver todos sus daños al opa.
–Vayan a buscarlos –ordenó el jefe.
Justo en ese instante un potente rayo cayó en medio del descampado y los diablos se hicieron humo como por arte de magia.
martes, 14 de abril de 2009
Primera visión

Pasaron otros minutos más. El viejo se empezó a preocupar.
Fue a ver. De mamá, ni la sombra.
De repente he visto visiones, pensó el viejo.
Entró a la casa. Mamá estaba en la cocina charlando con Mariana.
–¿A dónde te metiste, María?
Mamá lo miró extrañada, quizá pensando que el viejo estaba loco.
–Te acabo de ver en el jardín.
–¿En el jardín?
–Sí, allí.
–Debe haber sido mi alma –dijo la vieja–. Ya debo estar andando.
Días después mamá moriría.
lunes, 13 de abril de 2009
Busco

que a partir de ahora son distintos nuestros caminos,
que lo que hubo entre los dos ya no importa,
que yo para ti ya soy historia.
Hoy que tus pasos perdidos te llevan por otros rumbos,
hoy que has olvidado todo lo que vivimos juntos,
hoy siento que te amo mucho más que antes,
que para vivir me eres indispensable.
Busco en los rincones de mi soledad
los rescoldos de tu amor que el viento no ha podido apagar,
las migas que las hormigas no se han podido llevar.
Busco oírte decir que nunca me olvidarás,
quiero creerlo, aunque no sea verdad,
aun sabiendo que me mientes una vez más.
domingo, 12 de abril de 2009
sábado, 11 de abril de 2009
Un corazón herido
Demis Roussos
Adiós, amor, adiós
http://www.youtube.com/watch?v=7nZKMm-nOsc
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Morir al lado de mi amor
http://www.youtube.com/watch?v=UO2vBVRB_Qo
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Canción de boda
http://www.youtube.com/watch?v=xPFRZqY859M
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Una paloma blanca
http://www.youtube.com/watch?v=XHE1DvsM0ek
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Longtemps je t'aimerai
http://www.youtube.com/watch?v=XzNrh34Bxfc
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I will love you forever
http://www.youtube.com/watch?v=qsp6K2BsihI
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Die bouzouki
http://www.youtube.com/watch?v=dvTagVrIRJE
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Perdóname
http://www.youtube.com/watch?v=lyPEmhn90lQ
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Schönes mändchen aus Arcadia
http://www.youtube.com/watch?v=RtjTQ0ZGCcc
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Quand je t'aime
http://www.youtube.com/watch?v=LCbvF55VMmY
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Rain and tears (live in Bratislava)
http://www.youtube.com/watch?v=wsWny6nOqqE
Cosas que suceden
Corín Tellado
Viernes 13
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Empezaba a llover en La Realidad. Jason daba largos trancos en pos de su víctima. La asustado chica avanzaba por la desierta calle volviendo el rostro a cada instante como presintiendo que algo siniestro la acechaba.
–No, tía, gracias.
No, tía, gracias; mocoso estúpido, bien que quisieras darle una pitada a mi tronchito. Cómo se te hace agua la boca.
–Por mí no te hagas rollos –dijo Susy, aspirando profundamente como para tentarte. Jason movía la cabeza como si fuera un radar. Botó el humo por boca y nariz. ¿Estaría tratando de localizar los asustados latidos de la pobre muchacha escondida detrás de unos contenedores? Las volutas se elevaron hacia el cielo raso perdiéndose en la semipenumbra. Susy insistió–: toma, Agustín, es solo un cigarrito.
–No, tía. Gracias.
No, tía, gracias. Chiquillo idiota.
–Toma, prueba, no seas tonto, sobrinito. Yo no soy como la anticuada de tu madre que te anda prohibiendo todas las cosas buenas que te ofrece la vida.
De reojo viste que cruzó y descruzó las piernas. Las luces de la pantalla se reflejaban en sus blancas y lisas rodillas como en una fuente de agua.
–Aquí tienes la más amplia libertad para hacer todo lo que se te apetezca, sobrinito. Puedes echarte tus tragos si tienes sed, fumar tus tronchitos, tirarte un polvito con tus amiguitas aunque sea en tu imaginación.
Te pusiste colorado. Qué cosas eran esas que decía tía Susy. La lluvia empezó a caer con fuerza, Jason husmeaba el aire tratando de localizar a la asustada muchacha, los perros daban alaridos como si se sintieran amenazados por el psicópata enmascarado. Tu tía se alisó la faldita celeste.
–¿Es cierto que tu pobre madre te encontró autosatisfaciéndote, sobrinito?
De un certero machetazo Jason le cortó limpiamente la cabeza a la pobre chica que ni siquiera llegó a decir esta boca es mía. La pantalla y tu rostro se tiñeron de rojo. Sentiste que te morías de vergüenza.
Agustín tenía los ojos fijos en el televisor.
–Te hice una pregunta, sobrinito –Susy bajó el volumen al mínimo, puso el control sobre sus piernas, ahora se escuchaba la caída de la lluvia en toda su intensidad, el toc toc que producían las gruesas gotas al golpear los ventanales impelidos por el viento nocturno. A ver, quítame el control si puedes, sobrinito, parecía decirte–. Vaya, este chiquillo, aparte de pajerín, es mudito, ¿no?
Querías desaparecer del mapa, querías que la tierra se abriera y te tragara. Cómo te ardía el rostro, sentías que tus orejas se derretían como la cera y Susy estaba allí, mirándote, escudriñándote.
–¿Acaso estás esperando que te torture para que me respondas, ah, sobrinito?
–Tía…
–Recuerda que hemos quedado en que no habrá secretos entre nosotros dos, Agustín, ¿o acaso no confías en mí como yo confío en ti, sobrinito, ah?
–Pero, tía…
–¿Acaso yo no te cuento hasta mis cosas más íntimas, ah? Además, no tiene nada de malo autosatisfacerse de vez en cuando, sobrinito. Aunque no me creas, muchas veces yo también lo hago.
¿Sería cierto lo que Susy decía? ¿También jugaba con el Secreto que tenía allá abajo? Mamá decía que jugar con eso era sucio, pecado, cochino, que Diosito castigaba, que te salían pelos en las manos como si fueras mono, que el único que se sentía feliz con esos juegos prohibidos era el diablo que te esperaba con los brazos abiertos para que te achicharraras en el infierno por lujurioso. Pero qué rico se sentía jugar con eso, era mucho más divertido que estar en internet chateando con los amigos o jugando fútbol. Afuera parecía que se había desatado el diluvio universal, rayos, truenos y relámpagos rompían la calma en La Realidad, los perros gemían lastimeramente como pidiendo que les abrieran las puertas del arca de Noé. En la película también llovía torrencialmente pero Jason cruzaba los charcos y lodazales como si nada con sus botas todo terreno.
–Además, tú estás en una etapa en la cual todas tus hormonas están en plena ebullición, corriendo en fórmula uno, ¿no es así, sobrinito?
Agustín, sin quitar los ojos de la pantalla, hizo un gesto de afirmación.
–Pobre hermana mía. ¿Es cierto que casi le da un infarto?
–Exagera, tía.
Susy te miró las manos, ¿se estaría preguntando con cuál te la estuviste manipulando? ¿Con cuál mano te tocas, Agustín, con la derecha, con la izquierda? ¿O con las dos?
–Qué tonta tu mamá: en lugar de alegrarse porque su hijito ya es todo un hombrecito, ¡y qué hombrecito!, arma un escándalo por gusto. Si tú fueras hijo mío, te habría llevado al Open para que debutes de una buena vez y dejes de estar manchando las sábanas y gastándote las manos, Agustín.
–Tía…
–Si te encontraba fornicando, se moría la pobre.
–Tía…
–Caracho: tía tía. ¿No sabes decir otra cosa, ah? Pareces un disco rayado: tía tía. ¿En quién estabas pensando?
–¿Cuándo, tía?
–Cuando estabas jugando con tu chupetín, pues, sino cuándo. No te hagas el sonso conmigo, sobrinito.
–No me acuerdo, tía.
–Qué malo eres, Agustín. Cualquiera dice en ti, tía Susy, estuve pensando en ti porque tú eres más bonita que la Maju Mantilla y la Marina Mora juntas.
–Ay, tía.
–Ay, tía –remedó Susy, cruzando y descruzando las piernas.
Jason tenía acorralada a su siguiente víctima. La torrencial lluvia seguía cayendo sobre La Realidad. Otro rayo cayó por los cerros. Los perros aullaron asustados, parecían lobos en luna llena.
–¿En quién estuviste pensando, Agustín?
–En nadie, tía.
–¿Nunca piensas en tu tiíta Susy, Agustín? –dijo ella, con la voz lastimera–. Porque tu tiíta Susy siempre piensa en ti, Agustincito.
¿Sería cierto eso? ¿Susy diría Agustín Agustín con esa dulce vocecita mientras jugaba con su cucarachita, mientras le movía la patita hasta hacer que se pusiera dura, rígida, ah? ¿Susy sería capaz?
Jason empezó a blandir su machete en el aire. De pronto, Susy empezó a chillar como si el enmascarado la estuviera amenazando.
–¿Qué pasa, tía? No te asustes por gusto, es solo una película.
–¡Ay, mi pie! ¡Mi piecito!
–¿Has pisado un clavo, tía?
–¡Calambre, sonso! ¡Ay, mi piecito!
–Yo pensé que Jason te había cortado mal la cabeza.
–Ya quisieras, pajerín, para librarte de mí, ¿no? Sóbame el pie, porfa.
Sobarle el pie. Acariciarle el pie, la piel.
Te pusiste de rodillas frente a ella y tomaste entre tus manos ese pie chiquito, ¿calzaría 36? Parecía el piecito de Cenicienta. Era suavecito como la gamuza. Le sobaste el empeine, la planta, no me hagas reír que me voy a hacer pis en mi calzón, sobrinito, los deditos, el dedo gordo, el tobillo. Sentías los movimientos rítmicos, precisos, de esas ¿expertas? manos que te empezaban a llenar de calor. Qué rico era ese calorcito que empezaba a subir por tu sangre poquito a poco como por los escalones de una pirámide azteca.
–Más arribita también, sobrinito, porfa –le pediste sintiendo cómo sus manos empezaban a trepar por tus largas piernas.
Era la primera vez en tus trece años que agarrabas una pierna de mujer, antes solamente en tus fantasías, en tus sueños, en esas noches de insomnio pensando en que te iban a salir pelos en las manos como decía tu mamá y te ibas a ir al infierno a achicharrarte. Susy era velluda como la mona de Tarzán, nunca se depilaba, ¿o le salía tanto pelo por jugar mucho con su cucarachita? En las axilas también tenía un mata de pelos, a ti te gustaba mirárselos e imaginar que allá abajo, en el Territorio Prohibido, también había una selva de pelos cubriendo la entrada al Santuario.
Agustín tenía las manos suavecitas y calientes, los dedos largos y fuertes. Se sentía clarito cómo ese calorcito empezaba a entrar en tu Zona Sagrada. Era un gustito único, rico, desconocido, nuevo, maravilloso, deslumbrante. El calorcito ya estaba dentro de tus entrañas, en tu sangre, en tus fluidos, había atravesado tu piel hasta llegar a tus huesos, a tu alma. Ah, qué rico se sentía. Era mucho mejor que hacerlo solita, que imaginar que tus manos eran unas manos fuertes de hombre.
–Arribita de la rodilla también, Agustincito, por favorcito.
Enrolló su faldita y tus manos empezaron a subir temerosos, dubitativos; los que no tenían temor eran tus ojos que escudriñaban más allá del límite de la faldita tratando de descubrir lo que había entre los pliegues y la penumbra en que te tenía condenado la poca luz que emanaba de la pantalla del televisor. Allí estaría el Bosque No Explorado Aún. Si entrabas allí, era más que seguro que te perderías entre el follaje, la maraña de lianas, de troncos caídos y hojas que estarían pudriéndose formando un pantano que tragaría, devoraría, succionaría todo lo que cayese en él. ¿Allí también llovería como en La Realidad? Seguro que sí.
Susy estaba con los ojos cerrados sintiendo cómo esas manos se desplazaban por su muslo a un par de centímetros del centro de su humanidad, de su universo. Dentro de ella había una caldera hirviendo su sangre, abrasando sus entrañas, quemándole, evaporando sus fluidos.
¿Qué era ese aroma que parecía brotar de la tierra mojada? Era un aroma desconocido para ti, una mezcla dulzona, ácida, salina, como de troncos podridos por el mar, como si un inmenso pez hubiese abierto sus fauces y te arrojase su aliento en el rostro. ¿Sería cierto que Susy también pensaba en ti al tocárselo? Agustín Agustín. Ah, si tuvieses la llave que abría esa Puerta Prohibida…
–La otra pierna también, Agustincito, porfa.
–¿También te ha dado calambre ahí, tía?
–Por si acaso nomás, sobrinito, porque más vale prevenir que lamentar, ¿no crees?
–Tienes razón, tía.
–Y tú tienes unas manos bien suavecitas, sobrinito –te acarició los cabellos.
Qué ganas de agarrarle la cabeza y hundirlo dentro de ti, en tu Pozo Infinito donde hervían tus ansias, tus ganas, tus deseos contenidos, tu curiosidad. Tu Estalactita estaba a punto de derretirse. ¿Así habría estado el Michael Douglas frente a la Sharon Stone en Bajos instintos, ah? Pero parece que la Sharon estaba sin calzón. Cómo no se te ocurrió temprano lo del calambre, lo habrías planificado con más cuidado, pero te estaba saliendo mejor de lo que habías pensado.
¿Tanto le duraba el calambre a tu tía? Las rodillas ya te dolían. Ese aroma tan raro era cada vez más fuerte, sentías que te estabas mareando, emborrachando, hundiendo en un pozo lleno de flores. Susy seguía con los ojos cerrados.
–Un poquitín más arriba, sobrinito, si no es mucho pedir.
Sus manos seguían escalando tus muslos como por una montaña escarpada. Eso es, así, así, sobrinito, ábrete paso por entre el follaje, pídele ayuda a Jason, ese tipo tiene buenos brazos y maneja bien el machete. Así, así, qué rico.
Ese raro aroma estaba en toda la habitación, si no abrían las ventanas, te ibas a ahogar, ¿Susy no lo sentiría? De repente sí, porque parecía que respiraba con dificultad, no se fuera a ahogar también, ¿abro las ventanas, tía? ¿Quieres que entre la lluvia, ah? Así, así, sobrinito. Qué rico se sentía. Tu vientre estaba en el punto más alto de ebullición, en cualquier momento iba a explotar como una bomba atómica. Las manos de Susy se posaron crispadas como garras sobre tu cabeza. Contuviste las ganas de hundir esa cabeza en tus entrañas. Aaaaah, tu vientre explotó expulsando un torrente de miel, de néctar. Las manos de Agustín debían estar pegajosas.
–Aah, listo, sobrinito, qué relajada me siento. Ahora sí estoy como nueva –le acariciaste los cabellos–. Mil gracias, Agustincito, eres un amor.
–De nada, tía.
–¿Nos vamos a dormir, sobrinito? Jason ya aburre.
Apagaron el televisor, aseguraron puertas y ventanas y se dirigieron a sus habitaciones.
–Hasta mañana, sobrinito –Susy se puso de puntillas y estampó un sonoro beso cerquita de tus labios–. Que sueñes con los angelitos, Agustincito.
–Tú también, tía, hasta mañana.
–Y no te la vayas a tocar esta noche pensando en mis patas flacas porque Jason te puede cortar la cabeza –dijo Susy, riendo, antes de cerrar su puerta.
Un buen rato después, tocaron la puerta de tu cuarto.
–¿Duermes, sobrinito? –Susy asomó la cabeza.
Agustín estaba en su cama, hizo un rápido movimiento y sacó su mano de debajo de la colcha. ¿Se lo habría estado manipulando?
–Todavía, tía.
–¿Se puede?
–Claro, tía, pasa, pasa.
Susy cruzó la habitación. Llevaba una bata rosada, transparente, debajo solo un calzoncito cubriendo el Lugar Prohibido.
–Esta lluvia no me deja dormir –dijo, sentándose al filo de la cama. Allí estaban otra vez sus piernas, poderosas, largas, velludas–. Tengo miedo que Jason venga a buscarme.
Te reíste.
–Es solo una película, tía.
–Pero a mí me da miedo –sus senos, esas dos perfectas peras de oscuros pezones, se movían al ritmo de su respiración–. ¿Puedo echarme un ratito aquí hasta que me venga el sueño, sobrinito?
–Claro, tía, échate nomás.
Levantaste la colcha. Agustín estaba en calzoncillos, tenía un bulto debajo de la prenda. Te deslizaste a su lado.
–No estorbo, ¿no?
–Claro que no, tía, cómo crees –sentiste al lado tuyo ese cuerpo tibio lleno de curvas y sinuosidades. Era la primera vez que tenías una mujer echada a tu lado, tan cerquita de ti. El aroma dulzón y marino, tenue esta vez, entró por tus fosas nasales.
–¿Qué lees, ah? –su aliento te quemó el rostro.
–Esta enciclopedia de arte.
–A ver. ¿Se puede mirar?
–Claro que se puede, tía.
Pusiste el grueso libro sobre el vientre de Susy. Sus senos se marcaron, la punta de sus pezones parecían querer atravesar la bata. ¿Los tendría suavecitos como sus piernas? ¿Se pueden tocar, tía?
–Mira cuánto realismo hay en estas esculturas, Agustín. Hasta parece que fueran de carne y hueso.
–Los griegos fueron grandes escultores, tía.
–Eso es lo que estoy viendo. Mira cuánta perfección. Mira su ombliguito, mira su pancita; están mejores que yo, ¿no, sobrinito?
–Tú eres bonita, tía.
–Pero estoy media chorreada, ¿no crees?
–Claro que no, tía, tienes una bonita figura.
–Lo dices nomás por halagarme, Agustín. Mira, toca –agarró tu mano y la puso sobre su vientre, entre su ombligo y su pubis. Allí la piel era suavecita como la seda–. ¿Ves que tengo la panza como una bolsa de agua, ah?
–Está durita, tía –Agustín cogió un pliegue de carne–. Y firme.
–Solo lo dices para no quedar mal conmigo, Agustín. La verdad es que estoy peor que la Alicia Machado.
–¿Quieres que te diga vieja y choclona, tía?
–Ay, sobrinito, tampoco tampoco. Apenas tengo veinte abriles.
–Por eso, tía. Cuando tengas cien años recién te desmondongarás.
–¿Aquí también está durito? –movió tu mano y lo puso al filo de su monte de Venus.
–Claro, tía –un poquito más y le tocabas el calzoncito.
¿Por qué no avanzas un poquito más, sobrinito? No te voy a decir nada, tú continúa nomás, ¿por qué tienes miedo si no es territorio minado?
–Tú si tienes la barriga bien durita, sobrinito –pusiste una mano sobre su ombligo. Agustín también era velludo–. Bien podrías haber sido un dios griego. Baco, Apolo, o Zeus, mínimo.
–Exageras, tía.
–En serio, Agustín. Tú sí eres perfecto, y peludo –enredó su índice en tus vellos.
–Pero no soy un dios griego, tía.
–Para mí lo eres, sobrinito –te acarició la barbilla, su cálido aliento te abrasó el rostro, su voz parecía el ronroneo de una gata en celo, y ese aroma que parecía brotar del fondo de la tierra te invitaba a dormir, a cerrar los ojos, a hundirte en las profundidades del sueño.
Agustín se quedó dormido. Afuera la lluvia había cesado, por fin. Los perros ya no aullaban, estarían en su casita, juntitos, dándose calor, sin temerle a nada, ni a la penumbra, ni a ese silencio que daba miedo. Agustín estaba profundamente dormido. Despierta, Agustín, Jason ha venido a buscarnos. Lo sacudiste y nada, no despertaba, estaba seco como un tronco. No le importaba que Jason viniera por ti, por lo visto. Dormía como un angelito, ajeno a tus súplicas, a tus necesidades, a tus ganas, a tus deseos. Era lindo, tenía un perfil perfecto. Recordaste sus manos, ahora inertes, friccionando, sobando, masajeando tus piernas. Tu Estalactita estaba dura de nuevo. Agustín, vamos, despierta. Nada. Pusiste tu mano derecha sobre su pubis, la izquierda la tenías ocupada en ti. Le empezaste a acariciar el pubis, el hoyito del ombligo. ¿Y si se despertaba? ¿Qué haces, tía Susy? Nada, nada, sobrinito, vi una pulguita y la estaba buscando para matarla, no te asustes por gusto. Eres una viciosa, tía Susy. Eso no se hace, te van a salir vellos en las manos, se te van a morir las neuronas y te vas a volver loca, Diosito te va a castigar y te va a condenar al fuego eterno. Viciosa. Cochina. Sucia. No me digas eso, Agustín. Tuve curiosidad nomás. Es que nunca he visto una, nunca he tenido una en las manos, entre las piernas, tu mamá si es una viciosa. ¿Es cierto que casi se desmaya? ¿De dónde sacaste esa revista de calatas? ¿Por qué nunca piensas en mí, ah? Yo siempre pienso en ti, Agustín. Tiíta Susy siempre piensa en ti, Agustincito. Por eso te traje aquí, para que te distraigas, para que te olvides de todas esas cochinas que salen en las revistas de calatas y solo pienses en mí, en tu tiíta Susy. Separaste tus labios mayores y empezaste a friccionar tu Estalactita mientras tu otra mano reptaba como una serpiente y se metía debajo del calzoncillo y llegaba al Objeto Anhelado. ¡Agustín, despierta! Nada, estaba bien dormido. Se lo tocaste. Primera vez que tocabas uno. Parecía un gusano gigante, todo flácido. Lo cobijaste en la palma de tu mano y lo empezaste a manipular, primero lentamente, luego con mayor rapidez hasta hacer que se pusiera dura. Era grandaza, caliente, nervuda, llena de vellos. Te echaste saliva en las manos y proseguiste tu afán, una mano debajo de ti, la otra en ese objeto que se ponía cada vez más duro y caliente. Extrañaste sus manos acariciándote las piernas, haciéndote imaginar tantas cosas. ¿En serio que nunca piensas en tu tiíta Susy, Agustincito? Cómo tu tiíta Susy siempre piensa en ti. Mira cómo te ayuda, cómo te lo acaricia, cómo te lo besa, cómo se lo mete en la boca y se traga toda tu miel, todo tu néctar.
viernes, 10 de abril de 2009
Pretendes
Pretendes mostrarte feliz / cuando yo sé que andas malherida, / que aunque intentes sonreír, / es una mueca tu sonrisa. / Les dices a todos / que ya me olvidaste; / solo yo sé que te entregas a otros / justamente para olvidarme, / porque cuando la noche llega / te sientes vacía y sola / y el teléfono ni siquiera suena / y se te hacen eternas las horas / en esta inútil espera / y entonces me maldices y lloras.
El corazón que ya no palpita
jueves, 9 de abril de 2009
Las manos

Y yo te seguiré queriendo (otra versión)

Lluvia
miércoles, 8 de abril de 2009
Lo sigues queriendo
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A pesar de todo lo que te ha hecho, / siempre lo recuerdas / y lo sigues queriendo / y aún lo esperas. / Sueñas con encontrarlo en tu camino / y que te pida perdón / y reviva todo ese cariño / que quedó en espera desde su adiós. / Aún sueñas con su regreso, / con el calor de sus besos, / sabiendo que todo es por gusto, / que tus sueños nunca serán realidad, / que te ha olvidado, que no volverá, / que para él jamás estuviste en su mundo.
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Si no te hubieras ido en la voz de Marisela
Dónde estará mi primavera

No hay nada que hacer, esta día estoy romántico. Aquí una joya en la voz de Miriam Hernández: Dónde estará mi primavera
http://www.youtube.com/watch?v=BHtuQFya6RI
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La versión original en la voz del gran Marco Antonio Solís
Cuando te olvide
