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miércoles, 4 de marzo de 2009

Tú que miras el mar


MARZO

DOMINGO 4:
Miraba extasiada el mar, ¿embrujada por la agonía del sol en un manto púrpura? En el cielo azul planeaban las gaviotas esperando el momento propicio para lanzarse en picada, como los arpones sobre el lomo de una ballena, y salir con un pez aleteando entre sus picos. A lo lejos pasaba un barco ¿rumbo al Callao, a Guayaquil o al Canal de Panamá? Estaba sentada sobre una toalla verde, con las piernas recogidas. Llevaba ropa de baño color azul y, atado alrededor de su cintura, un pareo amarillo. ¿En quién estaría pensando? ¿Estaría recordando otros veranos, otras playas? ¿De dónde vendría? Nunca la había visto en Pisco. Tenía los cabellos negros, lacios y largos.
Parecía una sirena contemplando el atardecer.
La dibujé en la arena. Le puse cola de pez. De fondo, el Muelle, unas palmeras movidas por la brisa marina. Dibujé el sol herido con una gaviota dentro. Me dibujé en un extremo contemplándola.
Una mujer de la edad de mamá salió del agua. Se le acercó.
-¿No te bañas, Mar… -¿dijo Margó, Margot?
-Dentro de un rato –dijo Mar… ¿gó o got?-. ¿Jugamos tenis?
-Ya pues.
La chica sacó unas raquetas y una pelotita de su mochila y se pusieron a jugar.
Me metí al mar. Nadé, buceé contando los segundos que podía resistir debajo del agua. Mañana empezaban las clases. Este era el último día de las vacaciones de verano, mis últimas vacaciones de verano. Faltaba la de julio y nunca más tendría vacaciones escolares. Esquivé las olas, busqué piedritas, conchitas, las guardé en mis bolsillos como recuerdo de este día del verano. ¿Habrían venido de paseo a Pisco? ¿Habrían venido a visitar a algún familiar? ¿Pero por qué estaban solas? Tendría unos dieciséis o diecisiete años. ¿Estaría todavía en el colegio? Quizá ya habría terminado. Si venían de Lima y mañana empezaban las clases, no estarían acá, ¿no? Tal vez eran de Ica.
La pelotita pasó a un milímetro de mi cabeza como un cometa amarillo.
Las dos se acercaron corriendo a la orilla. La pelotita se alejaba sobre la cresta de una ola como un barquito de papel. Di la media vuelta y nadé tras ella. Mover los brazos como aspas, los pies como aletas, no te vayas, pelotita, ¿a dónde quieres ir?, ¿quieres terminar en el vientre de una ballena?, ¿llegar a una isla? Ya te atrapé… Un olón me la arrebató de la punta de los dedos. Ah, pero no te me escaparás. Ya, déjala, escuché que decían. No te vayas a ahogar. Allí estaba otra vez la pelotita. ¡Te atrapé! ¿Creíste que te me ibas a escapar? Pues te equivocaste.
Nadé de regreso a la playa.
Se la entregué a la chica mientras la señora decía no debiste de arriesgarte tanto.
-Muchas gracias, amigo –me dijo ¿Margot, Margó?
Por un segundo rocé la punta de sus dedos. Temblé.
Tenía los ojos azules, azules como el mar, como el cielo de Pisco en el verano. Los puntitos negros parecían gaviotas volando en sus pupilas.
-De nada –le dije.
Agarré mis cosas y empecé a alejarme de la playa. ¿Quedarme? Me dio un poco de roche. ¿Pero acaso te conocen, Agustín? Me detuve en el Malecón y las observé. ¿Margot, Margó? me miró y, a pesar de la distancia, pude ver sus ojos tan azules, las gaviotas volando en ellas.
Regresé a mi casa.
Mi papá estaba tipeando su programación, mamá me dijo dúchate de una vez para subirle la basta a tu pantalón.
-¿Y cómo te fue en la playa?
-Bien.
-¿Alguna sirena que te haya impresionado con su canto? –preguntó papá.
Me puse colorado. Todavía estaba de día. Quizá ¿Margot, Margó? todavía estaba en la playa. No debí regresarme.
-Muchas –dije, recordando los ojos de la chica, su voz diciéndome gracias.
Me metí a la ducha. Podía haberle preguntado ¿cuál es tu correo? ¿Pero de buenas a primeras quién da su correo? ¿Tienes hi5? ¿Y a ti qué te importa? No te conozco. No le doy mi correo a desconocidos. ¿Le dijo Margot o Margó? Margó no es un nombre. ¿Cuántas Margots tienen hi5? Seguro que millones. Me jaboné. Mañana otra vez al colegio. Adiós, vacaciones de verano.
Me sequé y bajé.
Mamá me midió el pantalón. Afuera había oscurecido. La playa ya estaría vacía. La marea borraría nuestras huellas, mi dibujo, deshacería los castillos de arena, taparía los hoyos. Mañana otras huellas ocuparían las nuestras; pasado, otras. Se terminaría el verano, vendrían otros veranos. ¿Margot, Margó se acordaría de aquel verano del 2007 en la playa de Pisco en que un chico atrapó su pelotita de tenis que se escapaba para conocer otros mares? ¿Alguna vez se acordaría de este domingo cuatro de marzo?
Quizá nunca.
-Sirvo la cena en cinco minutos –dijo mamá.
-Voy a darme un duchazo –dijo papá-. Uff, qué calor.
Le pedí que me prestara la computadora.
Entré a hi5. Habían 14453 Margots y 721 Margós. O sea que Margó también era un nombre, un nombre raro, no conocía a ninguna Margó en Pisco.
Cenamos hablando del próximo cumpleaños del abuelo Juan. Cumplía ochenta años el jueves. Ese día vendría con mis primos Nacho y Diego. La abuela María hubiese cumplido setenta y un años el pasado veintiocho de febrero. En julio serían dos años desde que había muerto. Solo una vez la abuela había estado en Pisco.
-¡Se acabaron las vacaciones! –dijo mamá-. En mis tiempos descansábamos enero, febrero y marzo.
-Y también en los míos –dijo papá-. Tan tío no soy.
Reímos con ganas. Seguro Margot o Margó ya había acabado el colegio, sino estaría en su casa alistando su uniforme para regresar mañana al colegio. O tal vez postularía en marzo a la universidad y había venido a relajarse un poco antes de dar el examen de admisión. Ah, si me hubiese quedado, de repente me decía para jugar tenis mientras su mamá nadaba de nuevo. Qué tonto, ¿por qué no me quedé? Tarde para los arrepentimientos. Ahora sí la playa estaría vacía. Pedirle su correo, decirle si quieres te enseño Pisco. ¿Ya han ido a la bahía de Paracas? ¿Han visto la Catedral?
Tocaron el timbre. Era José. Me dijo para salir a dar una vueltas.
-Lleva tu guitarra.
Fuimos a la Plaza de Armas. Habían algunos turistas.
¡Margot, Margó! Mi corazón empezó a latir como loco. Estaba sentada en uno de los bancos.
Pasaría por su lado, le diría hola, ¿te acuerdas de mí?, fui el que rescató tu pelotita.
-¿Vamos para allá?
Le pediría su correo, chatearía con ella.
No, no era ella. Como no veo bien sin lentes, la confundí. Sentí una desazón del tamaño del universo en mi corazón. Menos mal que no me le acerqué y le dije hola, amiga, ¿te acuerdas de mí?
-¿Buscas a alguien? –me preguntó José.
-No. ¿A quién podría buscar?
-¿Vamos a la playa? Acá no se puede cantar, van a pensar que estamos locos.
-Y nos arrojarán monedas.
-Ajá.
Reímos.
La playa estaba en penumbra. Las olas seguían yendo y viniendo desde tiempos inmemoriales y seguirían así por toda la eternidad. La marea todavía no había subido tanto, aún había huellas en la arena.
-Escucha esta canción.
Afiné la guitarra y me puse a cantar: Vuelan al viento las olas, / los álamos dicen adiós / a este verano marchito / que nuestro amor contempló. Hice una pausa. Toqué unos acordes. Margot o Margó todavía tendría la sal del agua en la piel, la piel ardiendo por culpa del sol. Continué: Hoy es la última noche, / mañana tú partirás hacia destinos extraños, / quién sabe si volverás. Nunca más la volvería a ver en mi vida. Un día, cuando tuviese la edad de mi abuelo, volvería a la playa y me acordaría de Margot o Margó. El verano termina ya, / y con él mi amor se va, / adiós, verano, adiós, amor. Nunca más vería sus ojos de mar. La noche despliega su manto, / el pájaro enmudeció, / la fuente paró su canto, / no quiere decir adiós.
-¿Cuándo grabamos un disco?
-Algún día. Ya tengo el título: Tú que miras el mar.
-Buen título para un disco de canciones de amor.
-Mmm.
¿Mi dibujo? Allí estaba mi sirena. Alguien le había puesto un corazón alrededor de ella. No solo un corazón, también habían puesto un nombre. Margaux, leí. Era un nombre francés, ¿cómo se pronunciaba? ¿Margú o Margó? Mi corazón latía como un mar furioso. Debajo escribí Te amo.
Cantamos canciones de amor que hablaban del mar: Puerto Montt, Fuiste mía un verano, La playa.
Regresamos.















LUNES 5:

Sonó el despertador y abrí los ojos y los volví a cerrar: el sol golpeaba con furia. Eran diez para las seis de la mañana. Ya había clareado. Me lavé la cara, me puse mi buzo y zapatillas y partí al Malecón. Margaux, ¿dónde estaría? ¿En Ica, en Lima, en otra parte?
José y Pamela me estaban esperando. Hola, Agustín, hola, Pamela, hola, José.
-¿Listo para volver al cole? –preguntó Pamela.
-Casi. ¿Tú?
-Ya quisiera que estemos en diciembre.
El viento sopló desde el Muelle y nos trajo un fuerte olor a pescado fresco. Escuchamos las voces de los pescadores, de los comerciantes, las voces agudas de las mujeres nombrando a las diversas clases de peces que sus maridos habían capturado durante toda la noche.
-Quince minutos de ida y quince de vuelta –dijo José, mirando su reloj-. Son las seis y tres.
Empezamos a trotar en dirección a la playa. La marea la había dejado limpia de huellas, de castillos pero, ¿milagro?, allí estaba mi dibujo, el corazón, Margaux, Te amo. Ni Pamela ni José se fijaron. ¿Dónde estarás? Las gaviotas y pelícanos huían a nuestro paso. Yo escribí anoche te amo en la arena y ni el mar furioso pudo borrarlo. Nunca te olvidaré. Estás muy pensativo, Agustín, dijo Pamela. Se acabaron nuestras últimas vacaciones, le dije. Faltan aún las de julio. Esas duraban apenas dos semanas. Nacho y Diego también se estarían alistando para volver al colegio. También mi prima Bere. Nela era muy chiquita, pero de repente la tía Dora la mandaba al jardín. Faltaban tres días para que el abuelo cumpliera ochenta años. La abuela apenas vivió sesenta y nueve años. ¿Karina y Janeth se habrán quedado en el cole? No sé, dije, no las he visto para nada. Si repito, me cambio de cole, dijo José. Qué roche. El que no estudia que no espere milagros, ¿no? Cruzamos frente al Muelle. Tiempo. Regresamos. Margaux, ¿por qué no puso su apellido, su correo? ¿Para qué? Nos metimos al mar. Ya estaba en quinto año. No, todavía no, todavía faltaba más de una hora para volver al colegio. Si pudiera retroceder el tiempo. ¿Para qué? ¿Para nadar de nuevo detrás de la pelotita? ¿Cuántos años tendría? ¿Cuándo sería su cumpleaños? Margaux, Margó. ¿Qué música escucharía? ¿Tendría enamorado? Cuánto ignoramos de las personas a las que solo conocemos de vista.
Salimos chorreando agua. Un baño matinal en el mar era excelente para quitarte la pereza.
-¿Dónde estaremos el cinco de marzo del 2008? –preguntó Pamela.
-Cómo saberlo –dijo José-. Quizá Agustín y yo estemos cantando en el Madison Square Garden de New York.
-¿No necesitan una corista?
-Cantas horrible –le dijo José.
-Tonto –Pamela le echó agua.
José echó a correr.
¿Dónde estaría yo, dónde Margó?
-¿Te quedas, Agustín? –me gritaron.
Me apuré. En el Malecón nos separamos. Nos vemos en el cole, chicos.
Llegué a casa. Mamá me dijo báñate de una vez para que tomes tu desayuno, ya van a ser las siete.
Me duché, me afeité, me vestí. Con el pelo corto y con el uniforme parecía un cadete de las fuerzas armadas.
-¡Qué guapo estás, Agustín! –me piropeó mamá.
-Mi hijo ha salido a mí –dijo papá.
-A mí –dijo mamá-. Por algo no fui Miss Universo, ¿no?
-Miss Pisco, dirás –dijo papá.
Reímos con ganas. RPP informaba que más de seis millones de alumnos volvían a las aulas. ¿Entre ellos estaría Margaux? ¿Cómo se pronunciaba Margaux?
-¿Qué quieren que les prepare de almuerzo? –preguntó mamá.
-Escoge, Agustín –dijo papá-. Ya que por fin llegaste a quinto año.
-Ají de gallina –dije, recordando a mi abuela María: ella me preparaba un rico ají de gallina en las fechas especiales.
-Bueno, trataré de que me salga igual a como lo preparaba tu abuela –dijo mamá-. Aunque lo dudo, tu abuela tenía su secreto.
-Igual cocinas rico, mamá, y me gusta tu sazón.
-Doy fe de ello –dijo papá.
-Apúrense que ya van a ser las siete y media.
Terminamos de tomar el desayuno. Papá partió a su colegio y yo al mío. Mamá trabajaba en la tarde. Ambos trabajaban en el mismo colegio.
Fui por las mismas calles por donde había ido los últimos cinco años de mi vida. El sol ya estaba en lo alto, empezaba a quemar con furia. ¿Dónde estaría Margaux? ¿Aquí mismo? De repente habían venido a descansar un par de días. Eso significaría que volvería a ir a la playa. Saliendo del colegio me iría a la playa. ¿Y si iba temprano? Pero ayer fue en la tarde. Quizá llegaron a las diez, a las once, mientras buscaban un hotel pasó una hora, almorzaron, pasearon un poco y recién fueron a la playa. ¿Faltar? ¿Hacer guardia en la playa? ¿Y si no venía? Me iba a achicharrar por gusto.
Un mar de alumnos vestidos de blanco y azul se dirigían al colegio Abraham Valdelomar, cuyo nombre refulgía sobre el portón. Algunos llevaban sus mochilas, otros un solo cuaderno.
En la entrada, una estatua recién pulida, como una moneda acabada de acuñar, del autor de Tristitia nos daba la bienvenida. A sus pies había un gallo, ese era el Carmelo, protagonista de uno de los más hermosos cuentos que jamás había leído.
-¡Apúrense, apúrense! –nos instaban los auxiliares-. ¡Al patio principal que ya va a empezar la formación!
-¡Agustín! –me pasó la voz mi amigo Hernando.
-Hola, Hernando, ¿qué tal vacaciones?
-Bien, ¿y tú?
-También bien.
Allí estaban mis compañeros del año pasado: Rubén, Bryan, Jefersson, Toño, Jonathan, Miriam, Pamela, Cinthya, Carmen, Marcela. Nos saludamos, hola, hola, ¿qué tal vacaciones? ¿Viajaron? Uy, cómo has crecio. Y tú, nada, ni un milímetro. Ya te estirarás.
El auxiliar Pablo tomó el micro y nos pidió que nos formáramos de acuerdo a nuestra estatura. Tú más atrás porque estás muy alto, tú adelante, oye, pero yo le gano por un poquito, fíjate.
Una tarde en la playa, una pelotita que pasa a un milímetro de tu cabeza, una chica de ojos azules que te dice gracias, amigo, un nombre en la arena, un corazón, un Te amo que borraría las olas. ¿Dónde estarás, Margaux, Margó?
-¿El 5° A? –preguntó una voz que había escuchado no sé dónde.
-Sí –esa era la voz de Cinthya, primerita en la fila.
¿Margaux? ¿Estaba viendo visiones? ¿Me estaba volviendo loco?
-Gracias. Entonces acá me quedo.
-¿Eres nueva?
-Sí –dijo Margaux.
Mi corazón palpitaba a mil. Un paso, otro paso, Margaux avanzaba buscando dónde ponerse. Toc, toc, toctoctoc. ¿Era ella? Estaba con el uniforme del colegio, nuevo, impecable, tenía los cabellos recogidos en una redecilla, anudados con la cinta azul que se ponen las chicas.
Se puso detrás de Carmen, a un alumno de mí. El mismo perfil, las mismas manos.
El auxiliar ordenó distancia. Entonces quedamos en la misma fila. Volteó hacia su derecha. Me miró. ¡Era ella! Allí estaban sus ojos azul cielo. Hizo un gesto de sorpresa.
-Hola –dijo-. ¿Te acuerdas de mí? Nos conocimos en la playa.
-Sí –le dije-. Tú eres la chica de la pelotita.
Sonrió.
-Vaya, vamos a estar en el mismo salón –dijo-. No te había reconocido sin lentes.
-Mmm –murmuré.
Sí que el mundo era pequeño. Si hubiera adivinado que íbamos a estar en el mismo salón, me habría ahorrado tantos pensamientos, ¿no?
El auxiliar ordenó silenico.
-Después hablamos –susurró Margaux-. ¿Cómo te llamas?
-Agustín. ¿Tú?
-Margó, pero se escribe Margaux.
-¿Margaux?
-Sí, después te cuento.
-Ya.
Era para no creerlo. ¿Tanta coincidencia podía existir? ¿O existía telepatía entre nosotros? Te llamé y por eso viniste. Escribí Te amo en la arena y viniste para corresponderme. Una tarde en la playa, una chica jugando tenis, una pelotita que se le escapa, un chico que la rescata. Dos que se encuentran en el colegio.
Por lo visto, existían las casualidades.
El profesor y los profesores subieron al tabladillo. La profesora Lina, de Religión, tomó la palabra y dirigió la primera oración del año para agradecer al Señor por habernos traído de vuelta al colegio con salud. Rezamos el Padrenuestro. Margaux hizo la señal de la cruz, inclinó el rostro y rezó. Agucé los oídos para escuchar su voz. Parecía un sueño, pero era verdad, allí estaba ella, me había dicho hola, me había dicho después hablamos, después te cuento. Rezamos el Salve, y lo cantamos también: Salve salve cantaba María, que más pura que tú solo Dios… Margó, pero se escribe Margaux, cantaba como los ángeles. ¿Y si yo estaba en el cielo?, ¿si ayer me había muerto mientras rescataba su pelotita? ¿Pero cómo voy a estar muerto si allí estaban todos mis compañeros, mis profesores, el director, los auxiliares? Amén, dijo la profesora y todos lo repetimos.
El auxiliar Pablo tomó de nuevo el micrófono. Ahora las sagradas notas de nuestro Himno Nacional, dijo. Saludo al frente, ¡saludo! Margó cantaba con ánimo, no como algunos de mis compañeros que lo hacían como si no hubiesen tomado desayuno. ¿De qué colegio vendría? ¿Qué habría pasado si ayer no hubiese ido a la playa? ¿Si ayer no hubiese nadado en pos de su pelotita? Hoy ni me habría mirado. Solo a mí me dijo hola. Margaux, o sea que ella escribió su nombre debajo de mi dibujo, o sea que ella hizo ese corazón, ¿por qué? Si supiera que volví a la playa en la noche. ¡Margaux! Una tarde en la playa, una chica jugando tenis con su mamá, una pelotita que vuela a la velocidad de la luz y pasa por mi cabeza. ¡Viva el Perú! ¡¡Viva!! ¡Firmes, descanso, atención!
El director tomó la palabra. Nos dio la bienvenida. Dio la bienvenida a los alumnos de primero y también a los alumnos nuevos que se unían a la gran familia valdelomarina. Margaux sonrió. Me gustaba pronunciarlo tal como se escribía: Margaux. Su frente brillaba. El sol reverberaba en sus oscuros cabellos. El director habló de la educación en valores, todos teníamos que vivir en valores para ser mejores personas, para hacer de nuestro querido Perú un país grande, digno heredero de sus hijos no solo ilustres, sino de todos aquellos hombres y mujeres humildes que habían abierto carreteras, trabajado en las chacras, de aquellos hombres que todos los días se internan en el mar, en las minas. Que todo no quede en el papel, en la teoría, ¿de qué nos sirve saber el concepto de honestos si no somos honestos?, ¿de qué sirve que sepamos el concepto de responsabilidad si no somos responsables? También hay que cuidar la naturaleza. Qué suerte la de nosotros el de vivir cerca del mar, ¿no?, ¿pero qué pasaría si no pudiéramos poner ni un pie en sus aguas? Pensemos en eso, reflexionemos, jóvenes alumnos y alumnas. Margaux volvió el rostro, me miró y sonrió. ¡Qué hermosos eran sus ojos! Eran dos mares, dos lagos, dos cielos. Algún día tenía que escribir una canción a sus ojos mismo La malagueña. Nos habíamos conocido en la playa, en el mar.
Un chico de primero se desmayó. Los auxiliares y un par de profesores corrieron en su auxilio. Se desató el bullicio.
-Hace mucho calor acá, ¿no? –me dijo Margaux.
-Mmm. Tú no eres de acá, ¿no?
-No. Vengo de Lima.
-¿De tan lejos?
-Sí, por motivos de trabajo de mi mamá –sacó una botella de agua y bebió, luego me lo ofreció-. ¿Quieres? Es limonada.
-Gracias –le dije.
Tomé la botella y bebí un sorbo. ¿Si no hubiese atrapado su pelotita, me habría convidado?
-Gracias. Está rico.
-De nada –dijo-. Lo preparé yo.
Sonrió. Le iba a decir tienes buenas manos para preparar refrescos, pero no lo hice.
Se reanudó la formación. El director presentó a cada uno de nuestros profesores. Cuando presentaron al profesor Palomino, le dije a Margaux él es nuestro tutor. Qué bien, dijo ella.
Después de eso, terminó la formación, pero aún nos quedamos en el patio para que los auxiliares nos indicaran nuestras secciones, aunque ya sabíamos que a los de quinto nos tocaba en el tercer piso del pabellón nuevo.
-Qué calor –dijo Margaux, sacó un pañuelo blanco, pulcro, doblado, y se limpió la frente, las mejillas, el mentón, la naricita.
-Ah. Ya te acostumbrarás.
-Ojalá.
Nuestro auxiliar era Enrique. Nos dijo que al 5° A le tocaba el último salón del tercer piso. Suban en perfecto orden, nos dijo. Al primer escandaloso, lo mando de regreso a su casa, ¿ok?
Cruzamos el patio, los salones antiguos.
-¿De qué colegio vienes? –le pregunté a Margaux. Ella caminaba a mi lado.
-Del Josefa Carrillo –dijo.
-¿Y dónde queda?
-En Chosica –dijo. Subíamos las escaleras lentamente-. ¿Conoces?
-Más o menos –le dije-. Mis abuelos viven en La Realidad.
-Eso está cerca de mi casa –dijo-. A veinte minutos.
Los techos de las casas vecinas empezaban a aparecer a medida que subíamos los peldaños. La voy a ver durante diez meses, pensaba, hasta diciembre. Iremos al paseo de promoción, a la fiesta de promo.
-¡Mira, el mar! –exclamó Margaux.
Estábamos en el pasadizo de los quintos.
Allí estaba en mar, desde tiempos inmemoriales, el mar que había admirado Abraham Valdelomar, el mar por el cual había llegado el general José de San Martín. Un mar esmeralda en las mañanas, oscuro en las tardes. Un mar en cuyo cielo volaban cientos de gaviotas.
-Somos privilegiados con esta vista –añadió.
-¿Te gusta el mar?
-Sí –dijo-. Siempre he querido vivir cerca del mar.
-Tus sueños se han hecho realidad –le dije.
Margaux rió con ganas.
Llegamos al 5° A. Entramos. El salón estaba pintado de celeste, las carpetas de color marrón. Todo estaba impecable. Había una pizarra acrílica nueva. Habían escrito con plumón Bienvenidos al año escolar 2007, alumnos del 5° A.
-¿Dónde nos sentamos, Agustín? –me preguntó Margaux.
¡Me estaba pidiendo que escogiera el lugar donde nos sentaríamos los siguientes meses! ¿Nos sentamos en la última carpeta para plajear y hacer chacota?
-¿Nos sentamos en la primera carpeta, cerca del escritorio de los profesores?
-Claro –dijo Margaux-. Para escuchar mejor las clases.
Eso significaba que era una chica inteligente.

CONTINÚA

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