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sábado, 14 de marzo de 2009

La profesora de guitarra

-Soy María Luisa Flores, la profesora de guitarra.
Era joven y bonita. Tenía un rostro de ángel, albo como un copo de algodón. Tenía los cabellos castaños, lacios y largos. Llevaba jean celeste, blusa blanca y sandalias marrones de cuero.
-Bienvenidos a mi curso, chicos y chicas –añadió.
-Gracias, profesora –murmuró todo el salón. Éramos unos treinta alumnos, por lo menos-. Tóquese algo.
Ella sonrió.
-Paciencia –dijo-. Durante estos dos meses aprenderán a acompañar canciones y a tocar melodías.
El salón le volvió a pedir que cantara.
-Bueno, ya que insisten.
La profesora abrió un estuche, negro como un cajón de muerto, y sacó una reluciente guitarra. Esa sí era mejor que la de mi tío Carlos.
-¿Habéis escuchado La playa de La oreja de Van Gogh? –preguntó la profesora imitando un dejo español.
-¡¡Sí!! –dijimos-. ¡¡¡Cántela!!!
La profesora tomó asiento. Hizo la introducción y empezó a cantar: No sé si aún me recuerdas… Yo estaba atento al movimiento de sus manos sobre las cuerdas. Nos conocimos al tiempo… Tenía las manos blancas, los dedos largos, frágiles; llevaba recortadas las uñas de la mano izquierda para que no picotearán el mástil, las de los dedos de la derecha eran algo largas. Tú, el mar y el cielo… La menor, Mi menor, Fa menor sostenida y Re menor. Fácil. Y quien me trajo a ti… Tenía bonita voz. Su voz era como el canto de diversos pájaros. Le ganaba cantando a la Bebe. Te voy a escribir la canción más bonita del mundo… La Bebe cantaba canciones de Jeannette, una cantante española del siglo pasado que cantaba con una vocecita de niña. Yo la acompañaba. Cantábamos cuando íbamos de excursión al Palacio Olvidado. El Palacio Olvidado estaba en medio del Bosque del Gato. Voy a capturar nuestra historia en tan solo un segundo…
-¡¡Otro!! ¡¡¡Otro!!! ¡¡¡¡Otro!!!!
-¿Han escuchado Dulce ironía de Damaris? –preguntó la profesora María Luisa.
Dijimos que no.
-Bueno, ahora la escucharán.
Hizo unos arpegios con La menor, Mi menor y Re mayor. Fácil. No encuentro formas para explicar el dolor que llevo en mi alma… Sus dedos parecían danzar sobre los trastes. Solo será un día más que no podré decir nada… ¿Estaría enamorada? ¿Habría sufrido una decepción? Yo seguía con mis dedos el movimiento de sus dedos. Miénteme y dime que dejarás de ser mi amor ajeno…
La aplaudimos.
-¿Sabes tocar la guitarra? –me dijo-. Vi que me acompañabas en silencio.
Me puse colorado.
-Un poco nomás, profesora –le dije.
-Qué bien –dijo-. Entonces serás mi ayudante.
-¿Le ayudará a llevar su guitarra? –dijo el Gordo.
Risas. La profesora también rió.
-¿Cómo te llamas?
-Agustín, profesora.
-Ya, hablaremos, Agustín.
Nacho me pellizcó. El Gordo me guiñó un ojo.
-Lo primero que haremos, será aprender a afinar nuestra guitarra –dijo la profesora-. La primera cuerda al aire es la nota mi. Escuchen –tocó la primera cuerda al aire-. Ahora todos muevan la primera clavija hasta obtener la nota mi.
El salón se convirtió en un loquerío de sonidos. Por allí se rompieron un par de cuerdas. ¡Pero si era tan fácil afinar una guitarra!
-La segunda cuerda al aire es si.
-¿Qué habrá cocinado la abuela? –preguntó el Gordo.
Él solo pensaba en comer.
-No sé –le dije.
-¿Por qué no vas a ver y nos avisas? –le dijo Nacho.
-Eso –dijo Diego.
-¿Ustedes creen que la profesora me dará permiso?
-La tercera cuerda al aire es sol.
-Dile profesora, quiero ir a ver qué ha preparado mi abuela porque me ha dado un hambre feroz –le dijo Nacho.
Nos reímos.
-¿Terminaron de afinar sus guitarras? –nos preguntó la profesora.
-Sí, profesora –le dijo Nacho.
-¿A ver?
Nacho rasgueó las cuerdas al aire.
-Bien –dijo la profesora.
Siguió dando vueltas ayudando a los demás a afinar sus guitarras.
-Ahora aprenderemos los acordes de La playa –dijo la profesora.
Nos entregó una copia.
Otra vez el salón se convirtió en un nido de cuervos. ¡Qué feo era escuchar tantas guitarras desafinadas! Por allí volaron un par de uñas y se rompieron otro par de cuerdas. Mis primos y yo éramos los que tocábamos más o menos. En realidad, ellos menos y yo más. Pero me había costado mis ampollas y callos en los dedos. Y tantos dolores de cabeza de la abuela María.
La profesora iba de silla en silla corrigiendo la posición de los dedos, indicando la forma en que debíamos de rasguear las cuerdas, comprobando la afinación.
-¿Te salió La playa, Agustín? –me preguntó la profesora.
Le dije que sí. Ella pidió silencio.
-¿A ver, tócala? –me pidió.
Lo toqué.
-¿Me podrías acompañar? –preguntó.
Me puse colorado. Le dije que sí.
Pidió silencio. Y allí, parada a mi lado, volvió a cantar La playa, esta vez acompañada por mí. Era como si escuchara a un ángel. Su voz era un arroyo de cristalinas aguas bajando desde las montañas, era un ruiseños cantando en mi ventana. ¡Ah, si yo tuviera veinte años!
Nos aplaudieron cuando terminamos de cantar. ¡¡Otra, otra, otra!!
-La siguiente clase –dijo la profesora María Luisa-. Y espero que no solo Agustín me acompañe, sino todos ustedes.
Fue a su escritorio, buscó entre sus papeles y regresó con una hoja.
-Esta es Vivo por ella –me dijo, entregándome la copia-. ¿Podrás sacarla para el miércoles?
Vi los acordes y le dije que sí.
Terminaron las clases y fuimos a buscar a mi hermana Alessandra y a la Bebe al salón de canto.
-¿Y qué tal las clases de guitarra, chicos?
-A que no saben, chicas –dijo el Gordo.
-¿Qué cosa?
-Parece que la profesora de guitarra se ha enamorado de Agustín.
-Mentiroso.
-En serio –dijo Nacho-. Cantaron juntos La playa.
-¿Es cierto eso, Diego? –le preguntaron las dos a Diego.
-Es cierto –dijo Diego.
Si lo decía Diego, es que era cierto. Diego nunca decía una mentira. No era como nosotros que, desde que encontramos el Palacio Olvidado, solíamos exagerar las cosas.
-Allá viene la profesora –dijo Nacho.
Allí venía la profesora, en dirección al cafetín como nosotros.
-¡¡No me agarren que a esa le arranco los ojos como a Edipo!! –dijo la Bebe.
-Duelo de pesos plumas –dijo Nacho.
Nos matamos de la risa.
Nos sentamos en una mesa y pedimos una Pepsi gigante y el paquete más grande de galletas saladitas que vendían allí.
La profesora pasó por nuestro lado, nos miró y me sonrió. La Bebe me dio un pellizcón que casi salto hasta el techo. La profesora se sentó solita en un rincón, escuché que pedía una agua mineral. ¿Y si me le acercaba para preguntarle cómo debía de rasguear Vivo por ella? No me atreví a hacerlo.
Empezó a lloviznar. La profesora agarró una servilleta y se puso a escribir algo sobre ella y yo me acordé de esa canción de Leo Dan que dice El radio está tocando tu canción, y yo estoy solo en la mesa de un café, por la ventana afuera estoy viendo llover pensando en ti, mi amor. En una servilleta dibujé, mientras la lluvia no ha dejado de caer…
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Y el video de la Oreja de Van Gogh, La playa

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