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domingo, 1 de marzo de 2009

La madre de la lupuna (leyenda selvática)

El campamento guerrillero quedó atrás. Ahora Zenón y Tobías, quien llevaba a Nachito sobre los hombros, se habrían paso entre la enmarañada vegetación. El sol se colaba por entre las copas de los árboles. La marcha era lenta. Zenón seguía pensando que había sido mala idea traer con ellos al uchuicha. El mocoso les complicaría la fuga. ¿Acaso Carla, el mando senderista, dejaría ir a su hijo así nomás? Personalmente se encargaría de darles cacería. ¿Ya se habrían dado cuenta de su fuga? Ojalá que no, que pensaran que habían ido por agua, por fruta. Apúrate, Tobías. Espérame. Hubieran dejado al uchuicha. Por lo visto, pesaba un montón, pues su compañero de fuga iba siempre rezagado. En cualquier momento se cansaría y le pediría ayuda, seguramente. Si no fuera por el uchuicha, podrían ir más de prisa. Tenían que llegar cuanto antes al río. Siguiendo el curso del río hallarían alguna base militar, allí pedirían protección, los terrucos tendrían que olvidarse de ellos. Le pedirían a los soldados que les indicaran como llegar a Huanta. Los terrucos nos han secuestrado, queremos volver a nuestras casas.
Siguieron corriendo, siempre mirando hacia atrás para ver si los estaban persiguiendo, con los oídos atentos a algún ruido extraño. ¿Postergarían los cumpas su partida para recuperar al chiquillo? Si los capturaban, eran hombres muertos. El Partido no perdonaba a los traidores, a los desertores. Mejor darse prisa. Podrían esconderse en el monte, ¿pero qué harían con el uchuicha cuando empezara a reclamar por comida? Los cumpas se darían cuenta y los cazarían como a conejos. No debiste traer al uchuicha. Es mi amiguito. Si lo dejaba, iba a morir.
Quizá debió de haberse fugado solo. Pero daba miedo el monte, tantos animales salvajes, culebras. Tantos árboles, plantas desconocidas. Entre dos era más fácil orientarse. ¿Dónde estaría el río? ¿Y si se habían perdido? ¿Nunca volverían a su pueblo?
–¿Me ayudas, Zenón?
¿No decía que el mocoso iba a ser un estorbo?
–Creo que me he torcido un pie. ¿Podemos descansar un rato?
–Mejor llegando al río –dijo Zenón–. Acá nos pueden alcanzar los cumpas. Vamos.
Se puso al chiquillo sobre los hombros y siguió corriendo seguido de lejos por Tobías. Si en vez de traer al uchuicha se hubieran robado un FAL o unas bombas, los cumpas lo pensarían bien antes de emprender su persecución.
Nachito se quejó de sed.
–Espérate que lleguemos al río, uchuicha, allí hay agua hasta por gusto.
El chiquillo sí que pesaba bastante. Zenón ya se sentía cansado. No debieron de haberlo traído. Cruzando el río cada quien podía irse por su camino. Solo llegaría más fácil a Huanta. Solo podía ocultarse en cualquier lado si se complicaban las cosas. Huanta estaba todavía a varios días de camino. Tenía que llegar al río, después a cualquier pueblo. Podría robar un caballo.
Se cansó. Esperó a Tobías.
–¿Cómo está tu pie?
–Me duele un montón. Necesito descansar.
–Pasando el río nos separamos.
–¿No íbamos a ir juntos hasta Huanta?
–El uchuicha pesa un montón. Los cumpas podrían alcanzarnos.
–No creo que lo hagan.
¿Arriesgarse a que lo cazaran por culpa del chiquillo? Claro que no.
–El río no debe estar lejos –dijo Zenón–. Suficiente puedes llegar. Allí esperas a que te pase el dolor.
–Pero, Zenón…
Zenón no dijo nada más y se marchó a la carrera. Corrió, corrió, abriéndose paso entre el follaje, hiriéndose con las espinas, tropezando con las lianas.
Detuvo su carrera en seco: una mujer rubia, hermosa, joven, estaba sentada en la rama de un enorme árbol. ¿Sería una terruca? Pero no tenía arma.
–¿A dónde vas con tanta prisa, chiquillo? –le preguntó. Tenía una voz hermosa.
–Estoy escapándome de los terrucos.
–¿Y tus amigos?
–Se han quedado atrás.
–¿Se han quedado, o los has dejado?
Mejor seguir corriendo. Esta mujer era una terruca, seguramente. Iba a echarse a correr, pero no pudo levantar los pies. Le habían salido raíces que se hundían en la tierra.
–Yo soy la madre de la lupuna –le dijo la mujer–. Y por ser un mal amigo, te vas a convertir en un árbol que crecerá torcido.
Tobías y Nachito llegaron justo en el instante en que Zenón terminaba de convertirse en un árbol todo chueco.
–No temas, yo te ayudaré –le dijo la mujer rubia–. Suban a lo más alto de la lupuna y escóndanse.
Tobías trepó como pudo a la lupuna jalando a Nachito. Ya se escuchaban los gritos de los terrucos pidiéndoles que se entregaran.
Desde lo alto vieron llegar a los terrucos. Estos se sorprendieron al ver a tan bella mujer en medio del monte.
–¿A dónde van? –les preguntó ella, dejando de cantar.
–¿Quién eres tú?
–Yo soy la madre de la lupuna –les dijo ella.
Los terrucos se empezaron a reír. Le apuntaron con sus armas, pero antes de que empezaran a disparar, la mujer los transformó en árboles.
–Por allá está el río –les dijo la mujer a los fujitivos–. No teman, nada les pasará. Caminen por la orilla hasta que encuentren un pueblo.
Ellos reemprendieron su camino.
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Esta es una versión de esa leyenda hecha por mí, con la cual obtuve una mención de honor en el Premio Horacio 2007 en el área de Mitos y Leyendas

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