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domingo, 15 de marzo de 2009

El bosque del gato


Desde el Mirador, todo era un manto verde. Árboles, árboles y más árboles. Y flores de buganvillas, flores de diversos colores. Quién iba a adivinar que debajo de esa montaña de buganvillas estaba el Palacio Olvidado. La llovizna había limpiado las hojas dejándolas relucientes.
-Vamos –dijo el Gordo.
Empezamos a descender por la pendiente, pisando con cuidado por los escalones para no resbalar.
Parecía una expedición de Indiana Jones.
El Gordo llevaba sobre los hombros a Bere, yo a Nela.
Un escalón, otro escalón, hasta que al fin estuvimos abajo.
Cruzamos el arroyo y nos internamos en el Bosque del Gato. Árboles, árboles y más árboles. Sauces, eucaliptos, molles y otros árboles cuyos nombres ignorábamos. Ese es un álamo, decía la Bebe. No, es una ponciana, le refutaba Alessandra. Árboles y enredaderas. Árboles, enredaderas y mosquitos que nos atacaban sin piedad. Hasta nosotros llegaba el rumor del cercano río.
Llegamos hasta la mata de chilco. El Gordo la apartó. El último la cierra, dijo. Se puso en cuatro patas y empezó a reptar por el sendero abierto en el monte. Le siguio Alessandra que arrastraba a Nela y la Bebe que jalaba de la mano a Bere. Luego Diego, seguido por el Flaquito y Nacho. Yo cerraba la fila.
Así, yendo a gatas, parecíamos un ciempiés.
-Cuidado con las arañas –dijo el Gordo.
Sobre nuestras cabezas pendían diversas arañas.
Un paso, otro paso y otro paso sobre las humedecidas hojas. Cuando el sendero se inundaba, era imposible avanzar, entonces no había más remedio que regresar.
Maullaron. Recordé al gato que le daba nombre al bosque. La encontramos colgada en un viejo molle. Parecía viva, parecía que solo estaba durmiendo. Buscamos un palo largo y la tanteamos. Ante nuestros ojos, el gato se hizo polvo. ¿Hace cuánto estuvo colgado? ¿Quién lo hizo? Ese bosque está igualito a como lo encontramos cuando llegamos a La Realidad, decía el abuelo. Dicen que el dueño era un ex presidente que había muerto hace más de medio siglo.
El Gordo sacó la tijera de podar que llevaba en la cintura y cortó unas ramas de buganvilla que habían crecido impidiéndonos el paso.
Otro maullido. El bosque estaba habitado por gatos salvajes, aunque nunca habíamos visto uno. El tío Carlos contaba que cuando era niño también venía de excursión por esta zona a jugar al Planeta de los Simios con sus amigos, pero nunca nos comentó nada de una enorme casona oculta entre los árboles. Esas expediciones habían sido por lo menos hace treinta años, cuando ninguno de nosotros existía aún.
Otro paso, y otro paso y otro paso hasta que el Gordo dijo llegamos. ¡Al fin! Ya me dolían las rodillas.
Abrió una pequeña puerta y uno por uno empezamos a entrar en el Palacio Olvidado.

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