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jueves, 30 de diciembre de 2010

Cadena perpetua (capítulos no publicados)

Uno de los finales de esta novela que con el tiempo modifiqué.
Un año de aislamiento total. ¡Un año solito en esta celda! ¿Qué haré para no volverme loco entre estas cuatro paredes desnudas? Mi hijo ya no estará en casa nunca más. Trescientos sesenta y cinco días sin hablar con nadie, sin mirar a nadie, sin salir de esta jaula. Al viejo no pudieron volverlo loco las brujas. Nunca más subirá a almorzar los martes y viernes a las diez y veinte de la mañana. ¿Por qué se volvería loca Martha? ¿Cuánto será trescientos sesenta y cinco por veinticuatro horas? ¿Me volveré loco yo? Los lunes y jueves a las doce. ¿Por amor al papá de su hija? Nada de libros, ni un periódico viejo, ni una revista vieja. A John también le hicieron brujería. Peor un cuaderno o un lápiz. Por pendejo. Tengo que utilizar mi ingenio para no perder la razón. Siempre he sido malo en números. Los miércoles a las once de la mañana. Ni siquiera una guitarra para distraerme. Se comió a la Jenny Atauje y después la dejó tirando cintura. Ni siquiera un clavo para escribir en la pared. Mejor me hubieran condenado a muerte. Cien días por veinticuatro horas serían dos mil cuatrocientos horas, si no me equivoco. Cadena perpetua es para siempre. Almorzaba para irse a trabajar con el estómago lleno. Es como estar metido vivo en un cajón. Esperar, esperar la muerte. Peor con este frío. ¿Para qué contar el tiempo si nunca voy a salir de aquí? Peor estando lejos de Lima. Sepultado vivo. ¿Quién me visitará si no tengo a nadie aquí? No pierdas las esperanzas, Arol. Me voy a desesperar más. ¿Cómo no las voy a perder si prácticamente estoy sepultado vivo, mamá? Tranquilito veré pasar el tiempo. Mejor me hubieran ejecutado. Ni lo veré porque no tengo ni un pedacito de espejo para verme la cara, para verme las arrugas, las canas que me irán saliendo y apareciendo a medida que pasen los años. Con una inyección letal la muerte debe ser menos dolorosa. Primero te duermen, luego te ponen una inyección para que tu corazón ¿se paralice? y mueres. Si me moría cuando me durmieron para operarme, ni me iba a dar cuenta que me había muerto. La silla eléctrica sí no la soportaría. Así morí yo, sin darme cuenta. Tampoco la horca. Al menos no sufriste, mamá. Los senderistas mataban como perros a sus víctimas. ¿Cómo habrán degollado a la abuela Felícitas? ¿Entre cuántos la matarían? La abuela era delgada como la tía Julia. La agarrarían entre varios y uno le cortaría el cuello y la abuelita se revolcaría en el suelo y patalearía hasta morir desangrándose. ¿Cómo lo habrán matado al tío Anacleto? El tío vino tres veces a Lima. Dicen que lo mataron porque era borracho, porque le pegaba a su mujer, porque cuando tomaba salía cuchillo en mano a hacerles la bronca a sus vecinos. Doña Inés Soto debe saber. Ella estaba en Jiljarajay cuando mataron a mi hermano, a mi mamá. Víctor dice que sacaron al tío Anacleto diciendo que iban a conversar. Mi papá se sentó en una piedra, los terrucos estaban con sus armas, papá estaba sentado, de pronto un tuco levantó su arma y le disparó en la cara. Papá cayó, pero no murió. Se revolcaba. Lo ahorcaron. Pobre tío Anacleto. Pancho dice que buscó a los asesinos de la abuela para matarlos cuando fue soldado. Ahora estamos en una dictadura. ¿Hasta cuándo estaré aquí? Ninguna dictadura es eterna. Fidel Castro está como cuarenta años en el poder. Todos los dictadores han terminado mal. Es la excepción. No todos, allí está Pinochet feliz. Noriega está en los Estados Unidos. Lo han condenado a cuarenta años de prisión, creo, por narco. Nunca saldrá. Pero no está encerrado en un lugar como este. A los Somoza los mataron como perros. Igual a Trujillo. Stroessner vive feliz en Brasil. También los últimos dictadores argentinos. Nunca saldré de aquí. Sí saldrás, hijo, ten fe. Saldrás y nos iremos a Huanta, a Chincho. Eso ya no será posible, mamá. Podrías enseñar en el Gonzáles Vígil. O en Huamanga, en el colegio Melitón Carvajal. Janet Magali está en Huamanga. Janet y Ana eran dos amigas que leían mis poemas cuando estaba en La Cantuta. Escribías bonito, Agustín de Luisa. Los fines de semana podríamos ir a Jiljarajay o a Cangari donde tu tía Irma. El viejo quiere ir a Chincho para ver si se le cura ese moquillo que no lo deja respirar bien. Podemos recuperar las chacras para sembrar. Yo le digo Juandi no te mojes mucho pero no me hace caso. Carajo, ¿quién va a regar sino soy yo, ah? Solito tengo que estar sube y baja del cerro. Apestegui es un flojo. Yo llené la ladera de eucaliptos que me traje de la Casona. Le compré un motor al viejo. También sembramos nísperos, maracuyá. Han dado un montón este año. La caña también está saliendo linda. Parece Jiljarajay. ¿Te acuerdas cuando sembramos camotes y salieron unos enormes camotazos? Claro que sí, hijo. Como de cinco kilos. Lindos eran los camotes que mi papá cosechaba en Jiljarajay. Me traje una plantita de la abuela Ayllón y creció como mala hierba. Si vamos a Chincho, el viejo podría meterse en problemas por hablar de la Biblia. Eso es lo malo. Los tucos no creen en eso. ¿Los ronderos serán creyentes? Le ponemos un bozal por si acaso. El viejo es bien terco. Su sueño era ir a predicar frente al palacio de gobierno. Sigue siéndolo. Para leyendo todo el día la Biblia. Tengo que prepararme bien para enfrentarme al demonio. Se lo sabe de memoria. Aquí no tengo ni siquiera una Biblia para distraerme. ¿Cómo haré para matar el tiempo? El tiempo pasa lento si es que no haces nada. ¿Qué se podría hacer aquí para no aburrirse? Piensa. Ni siquiera te dejan para que hagas manualidades como en Lurigancho. A mis alumnos les enseñaba a dibujar, a pintar, a tejer. Es que los tucos ya no tienen recuperación. A hacer tallado en madera. Además, estás condenado a cadena perpetua, ¿para qué quieres aprender manualidades si no te va a servir de nada? Tú eres inteligente, hijo. Algunos eran bien flojos y no hacían nada. Lo jalé al Pedro Capcha que se creía el bacancito del salón. Te sacaste una A en tu clase magistral. También me jalé a la Rosales. Me los jalé por flojos. Les gané a Shirley y a Silvia. Cómo suplicaba su tutor para que le regalaran un punto. El salón de actos estaba lleno cuando di mi clase magistral. No le regalé ni medio punto. Tampoco Maritza. Le gané a July. Fueron el viejo, Mariana, Carolina, Nacho. Diego estaba bebito. También fueron Danielito y Alvarito. A la clase de Silvia apenas fuimos Chanca y yo. Apestegui me acompañó en Pasaschay, ¿o fue Yunsita? Hice un tambor de lata con una placa de rayos equis. Yunsita, yunsita, ¿quién te cortará jajay? Carolina me pintó instrumentos folklóricos. Yo me quedé cocinando en la Casona. ¿Fue escabeche lo que preparaste ese día, mamá? Sí, hijo. Y llegaste tarde al almuerzo que te preparé. Me quedé brindando con los Carlos y Chanca. No me gusta que estés tomando, hijo. Espinoza y el gordo Picón se morían de sueño durante mi exposición. Mejor para mí. En quince minutos terminé mis papelógrafos y volví a pasarlos. La clase magistral tenía que durar cuarenta y cinco minutos. Los tíos ni se dieron cuenta. La gente se vacilaba. Menos mal que no estaba la Orietta. Esa tía sí era bien verde. Ahora me acuerdo que entró el loco Mendoza y me echó flores: el alumno Gastelú Palomino es uno de los mejores en música. Quería que me quede a enseñar en La Cantuta. Me hizo una pregunta. Se la contesté. ¿Eso ayudaría para que me sacaran una A? Bruto no era, entonces. Podría pasarme los días recordando. Recordando todos los buenos momentos que pasé cuando podía disfrutar del sol en total libertad. Tengo tantos recuerdos. Cuando sacaste tu título, hijo. Me acuerdo que cuando fui a registrarlo conocí a Lucía Araceli. Era bonita. Me enamoré de ella. Nos citamos para recoger nuestros títulos el mismo día pero no se apareció. Cuando te nombraste, hijo. Allí también di una clase magistral, pero de diez minutos nomás. Fue más fácil porque ya tenía experiencia como profesor. Mi sueño era que te nombres. Y lo hice, viejita. Lo hicimos los dos. Me levantaba tempranito para prepararte tu desayuno para que te fueras con el estómago lleno y tuvieras el cerebro despejado y pudieras pensar con más claridad. Tengo tantas cosas que agradecerte, madre. Gracias por haberme traído al mundo. Mi hijo Arol era el mejor de todos mis hijos. Mamá. Tengo tanto que recordar. Cuando viajamos a Chincho. Nachito siempre se acuerda del palazo que le metiste cuando no quiso caminar. ¿No dicen que recordar es volver a vivir? Cuando estuvimos en Cocachacra y la Casona. En Cocachacra caminamos bastante, comimos bastante palta, íbamos todos los días al río. Volver a vivir. Cuando te ganaste el Horacio. Volver a disfrutar de un día de sol chosicano. En el colegio todos me envidiaban. También tengo malos recuerdos. Es que me gané un billetón. Esos malos recuerdos sácalos de tu memoria, hijo. No les invité ni una gota de cerveza. Es que los malos recuerdos son los que siempre te atormentan más. Es más difícil recordar los buenos momentos, dijo un escritor. Es más difícil revivir esas sensaciones que uno sintió cuando fue feliz. Inténtalo, hijo. No voy a poder. Tienes tiempo de sobra para intentarlo. ¿Te acuerdas, mamá, cuando me diste a luz? Claro que sí, hijo. Tu papá me atendió. Yo las hice de partero en el nacimiento de todos mis hijos. ¿Quién te enseñó, papá? Acuérdense que trabajé en el Centro Materno de Moyopampa cuando llegué a Lima. Podías haber sido enfermero. Se ganaba poco. Mi primo Maxi decía que en la FAM pagaban por destajo. Me convenía. Aunque pensándolo bien, trabajar en un hospital te da cierto estatus. Hubiéramos sido hijos de un enfermero y no de un albañil. Carolina, Mariana y Bibi estudiaron enfermería. Aunque la única que ejerce es Mariana. Carolina estudió después educación. ¿Si se complicaba el parto qué hubieras hecho? Jehová me ayudó a que todo saliera bien. A ti también te va a ayudar si te arrepientes y te pones de parte de nuestro Señor. En este lugar no me puedo poner de parte de nadie, papá. ¿De qué sirvió que yo les dijera a los jueces sin rostro que yo no podía ser comunista porque mi padre era Testigo de Jehová, ah? De nada. También les dije que no podía ser comunista porque los senderistas habían exterminado a una buena cantidad de la familia de mi mamá y no les importó. Lo único que les importaba a esos chuchasumadres era declararme culpable y condenarme. Creo que también les pagan a destajo. Me estoy acordando que cuando estaba en primaria jugaba con Coqui Chinchay a Sankukay. ¿Yo era Ayato o Ríu? Nos poníamos nuestras camisas sobre las chompas. Los primos Sierra eran…, ¿cómo se llamaban los enemigos de Ayato y Ríu? No lo recuerdo. Simón era un mono. ¿Quién las hacía de Simón? Tampoco me acuerdo. ¿Mirko? No creo. Mirko era bien tranquilo. En el Túpac Amaru tenía una alumna apellidada Simón. Andrea Simón. Era chanconcita. Hilda era floja. Paulino Huachuvilca también era nuestro enemigo. ¿John ya estaba en el 0502? Me hicieron esperarlo por gusto: creo que le dio piojos y le corté pelado y ya no quiso ir al colegio. El viejo nos cortaba el cabello como a soldados. Después aprendí yo. Yo le cortaba el pelo a Carolina, a todos los Apestegui. Después Jonás empezó a ganar bien y les dejé de cortar los cabellos. La vieja sí juntaba su plata y se iba al salón de belleza. Antes la vieja era lacia. Un día me corté bien bajo y me salió el pelo crespo. La vieja Juana Vásquez me dijo gallo. Creo que fui la primera en Huampaní Alto en llevar el cabello tan corto. Mis hijos salieron crespos. Casi nos trompeamos. Mis hijas sí eran todas trinchudas. Luego nos hicimos amigas. Jota estudió corte de cabello. Por gusto porque nunca ejerció. Siempre ha sido mala gana. Tú sí has tenido habilidad para todo, hijo. Hasta cocinabas. ¿Te acuerdas que cuando trabajabas en Ofasa me encargabas que hiciera la sopa? Cocinabas rico. En el Centro Vacacional Huampaní trabajé como pollero y cevichero. También fui albañil, pintor, electricista, jardinero. De todo. Trabajé en todo para pagarme los pasajes y los libros. Estar en la universidad no era fácil. Solo diez terminamos la carrera: Shirley, Silvia, los Carlos, Monchy, Paola, Marlene, Pedro y yo. Solo las dos primeras terminaron invictas. Yo me quedé un ciclo más. Casi todos los que nos quedamos en artes nos nombramos. Los que se cambiaron de especialidad solitos se fregaron. Empezamos cuarenta y cinco en artes. Quince en música, quince en artes plásticas y quince en teatro. La mayoría se fue a lengua, entre ellos mis amigos Chanca y el Gato. Chatín se fue a Bellas Artes. Algunas murieron, como Miriam y Delia. A propósito, Miriam se llamó la primera chica de la que me enamoré. Miriam Blanco. ¿No fue la Verónica Ramos Sifuentes? De ella estuvo templado Juancho. Miriam estaba en el salón de la Verónica. A ver, hijo, cuéntame. Yo estaba en sexto de primaria, tenía trece años, era medio sonso, lo único que hacía era mirar desde el segundo piso cómo Miriam jugaba con sus amiguitas en esas dos enormes mesas que servían como estrados. Miriam tendría once o doce añitos. Era delgadita, de cabellos negros y lacios. Estudiaba en el sexto A; yo, en el B. Nunca nos hablamos. Solo la miraba. Pensé que la secundaria lo iba a hacer en el Estenós, pero no. A qué colegio se iría. Nunca más la he vuelto a ver desde diciembre de 1981, hace once años ya. Me acuerdo de la fiesta de promoción, lo hicimos en el colegio mismo. Fui con mi mamá. La madrina era una rubia artificial, pero bien blancona que nos regaló una crucecita de plomo. Bailé una vez con ella, yo bailaba y la olía, olía rico. Te amargaste y te fuiste a mitad de la ceremonia, Arol. Fue uno de mis arranques de cólera, igual que en la graduación de Diego cuando terminó el jardín. En primaria disfruté bastante. La profesora Rosa Segura siempre nos llevaba a pasear a Santa Eulalia, nos bañábamos en el río. Tenía una hijita que siempre se bañaba en calzón. Cuando la profesora faltaba, su otra hija venía a darnos clase. Su hija se ponía una blusa transparente y se le notaba su sostén blanco. ¿Con ella te tiraste tus primeros pajazos? En primaria todavía no me pajeaba. Del loquito Montes aprendí a corrérmela. El loco era un tarado y un vicioso que se paraba jalando la tripa en cualquier sitio, delante de todo el mundo. También trabajamos en su casa levantando más alto su pared. El loco tenía su cuarto empapelado de calatas. En PM, un diario chiquito, salían chicas en bikini, con ellas me la corría. Creo que esa sección se llamaba Limeñas al spiedo. Emperatriz, la hermana de Chana, nos dio nuestro primer beso en la boca. Nosotros teníamos un pozo. Ella venía siempre a pedirnos que le regalemos agua. ¿Y nos das un beso? Un beso por un balde de agua limpia. Besaba bien. Dicen que se convirtió en puta. Con ella y su hermana Flor jugábamos al papá y a la mamá. Chana estuvo media templada de John, solo para él se apartaba el calzón y le enseñaba su concha peluda. Esa sí era una puta y borracha. Viejo, Pelusa y Lube fueron mis mejores amigos de la infancia. A dónde no hemos ido con ellos a vagar. Mi primera jermita fue Soledad, cuya hermana mayor, ¿Machi?, era la hembra de Viejo Miguel. Eso habrá sido allá por 1984, pues Chojolio ya estaba en la casa. Sería en 1985. A Chojolio lo trajeron en julio de 1984. En una yunsa nos la llevamos a un sitio oscuro y me la chapé, creo que también mis amigos se la chaparon. Me dio miedo ese primer beso. El primer polvo que me tiré fue con una puta, pero no sentí nada, y eso que también se la di por el poto. La única puta que me atendió bien fue Rossana, ¿me tuvo lástima porque le conté que estaba enamorado de Hilda? Era media gordita, blanquita, se había afeitado la chuchita, tenía un bikini celeste. La única que me la chupó bien fue la Nena Caballero, una profesora de religión. La que me enseñó a fornicar fue una loca y borracha que conocí en la puerta del colegio Guamán Poma de Chosica cuando una vez fui a hacer mis prácticas. Yo esperaba, el profesor no venía, pasó una borracha y me preguntó si tenía unos céntimos para un chupete. Le dije que no. Se fue alejando. Vi que tenía buen trasero. Le di alcance y le dije que sí tenía plata, pero en mi casa, si quieres, vamos. Aceptó. Fuimos a la 141. Apestaba a alcohol, se había pasado toda la noche bailando y chupando. Nos metimos a la ducha, después, a fornicar. No sabes cachar, me dijo. Tania también les decía a sus amantes que no sabían cachar. Enséñame, le pedí. Me enseñó. Hasta me pidió que se la meta por atrás. Ay, hijo, qué barbaridades estás diciendo. Tápate las orejas, mamá. Karem Geraldine fue otro de mis amores. Pude haber sido feliz con ella. Era altaza, descendiente de alemanes. Vivía al frente de la suegra de la china. Un día se le voló los fusibles y la abuela me mandó a ayudarla. La llave cuchilla estaba en un cuartito. Se puso detrás de mí para alumbrarme con una vela y me puso las tetas en la espalda. Se sobó las tetas en mi espalda. Me preguntó por qué tenía el cabello largo. Le dije que estaba en la universidad. ¿Qué estudias? Música. ¿Sabes tocar la flauta dulce? Sí, señora. ¿Le puedes dar clases a mi hijito? Sí, señora. Tenía que cachulear en lo que sea para pagarme los estudios. Iba un par de veces a la semana a su casa. Me empezó a contar su vida. Se estaba divorciando. Tenía una hijita de un añito, María Fernanda. Una vez se sacó la teta para darle de lactar. Era una teta grande, blanca, rebosante de vida, de pezón oscuro y grandazo. Esa noche me la corrí en su nombre. Nada de eso me habías contado, hijo. Tú eras medio celosa, vieja, por eso no te contaba mis cosas amorosas. ¿No me hiciste escenas de celos con la tetona Delia? Esa chica era malograda. Estuvo con Chojolio, es vago y fumón que un día estuvo en Lurigancho porque sembraba marihuana con Chanchocrudo. Un día Karem Geraldine me invitó a tomar lonche. Se hizo costumbre. Hasta que un día me invitó a cenar. No quise aceptar. Era su cumpleaños. No me vas a dejar sola en mi cumpleaños, me dijo. Había preparado asado. Sacó un vino chileno, Concha y Toro. Empezamos a brindar. Sus hijos ya se habían ido a dormir. Volvió a contarme por enésima vez su trágica historia de amor. Lloriqueó. Yo la consolaba. Jaló su silla y se sentó al lado mío. Hasta que me agarró la pinga. La tienes grande, me dijo. ¿Te la puedo chupar? Si gustas. Karem Geraldine tenía un bonito cuerpo. Era agarrada. También sabía cachar. Hicimos de todo. Le gustaba demasiado el sexo. Me dijo para irnos a Alemania, pero yo pensé en mi mamá. Si me hubiera ido con ella, no habría terminado aquí. Te hubieras ido lejos, hijo. Mamá, ibas a llorar como esa vez en que Mariana también se fue a Alemania por un mes. Hasta tú lloraste. Yo pensé que Mariana era buena, pero me equivoqué. De todas mis hijas, era la más jodida. Ayudaba a la casa con la bolsa de víveres que le daban en su trabajo, pero eso no le daba derecho a tratarme como cualquier cosa. Al viejo lo carajeaba. Tú apañabas a tus hijas menores, mamá, las alcahueteabas. No digas eso, Mariana. Claro que sí. Tus hijas no trabajaban, una sí tenía que trabajar desde chica. Todos hemos trabajado. A mí me mandaste a trabajar desde chica, mamá. Lo hice porque te quería. Tú no padeciste la falta de pan, de luz, Carolina. Tu sueldo era para ti, jamás me diste un centavo. Encima, te casaste joven, igual que John. Lo que ganaba tu papá no era suficiente. ¿Tantos hijos tuviste, mamá? Nueve. Seis vivos. Es que antes no teníamos televisión. Mamá era una buena madre. ¿Te acuerdas de esa vez que le dimos refugio a la Edith no sé qué diablos que llegó a ser la mujer de Eduardo Bendezú? La que acusó a John de violación. A ella se la había montado un gringo. Tuvo una gringuita, Mónica, medio virolita, la dejaba en la casa cuando se iba a trabajar. En la casa comían. Un día la estábamos paseando en la carretilla y se cayó y se raspó las piernas cerca de la cucarachita y vino la loca Edith y de frente dijo que habíamos querido violar a la virolita. A John le echó la culpa. Hasta la comisaría fuimos a parar. John lloraba pensando que lo iban a meter a la cárcel. La llevaron al médico legista y la cieguita estaba intacta. No sirve dar la mano a gente desconocida. Igual me quiso hacer la loca Martha: me acusó de acoso sexual para deshacerse de mí e irse con el calzón en la mano tras Rafael. Esa mujercita era madre soltera, hijo. Siempre te he dicho que a tu papá no le gusta que estés con una mujer que tiene pasado. Tarde comprendí que el viejo tenía razón. Lo mismo te pasó con July. No hablemos de esas, mamá. Le diste para que sacara su título, para que se comprara su colchón porque no tenía dónde dormir y ni siquiera te invitó a la ceremonia de graduación. Era una pobre diabla. Una vez dijiste que iba a venir a la Casona a ayudarte a escribir tu monografía y no lo hizo. Esa mujercita no valía la pena, hijo. Lo sé, mamá, lo sé, y les hice pagar con creces lo que me hicieron. A Martha no le firmé su pedido para oponernos a la excedencia y a fin de año la sacaron del colegio, a July la desprecié años después de lo que me hizo. Me nombré antes que ella. Ella ni se nombró, creo. Dios la castigó por haber jugado contigo. Igual que a Martha. ¿Te acuerdas de la Santa que vino al cerro en busca del tipo patilludo que no era otro que Bernardo? Viejo y yo la llevamos donde Bernardo. Ya es abuela. ¿En serio? Sí. Su hija mayor ya le dio un nieto. Ni yo. Mi hijo se va a casar cuando yo me muera. Mi hijo es bien bueno. Contigo nomás, mamá, contigo y los chicos y el viejo. Después con nadie más. A Carolina le dolía que tuvieras preferencia por Diego y Nacho. Yo no era la beneficencia pública para preocuparme por todos, mamá. ¿Acaso yo le dije a John que se llenara de hijos? ¿Es cierto que yo era tu hijo favorito, mamá? Claro, hijo. Un día escuché que le decías a Dora mi hijo Arol me ha costado, mi hijo Arol vale oro, mi hijo Arol es el único que no me saca en cara lo que hace por mí. Mi Arol. Mi hijo tan inteligente que un año antes de mi muerte se ganó el Horacio. Mamá, tampoco exageres. No exagero, hijo. Hace mucho frío acá, mami. ¿Por qué no haces ejercicios como antes cuando te ibas a correr desde Huampaní hasta el Bosque? Es una buena idea para mantener el físico. Podrías caminar, caminar, caminar. Uno, dos, tres. Esa vez saqué buen físico y les gané a muchos de mi salón en la maratón por el aniversario del Estenós. Un año antes había llegado con la lengua fuera. En quinto estuve como cañón. Eras fuerte. Por eso no te enfermaste de los pulmones en Multitemp. Mi hijo va a sobrevivir a este aislamiento. Como Papilón. Papilón también estuvo condenado a cadena perpetua en la Isla del Diablo. Papilón conocía el mar. Tantas veces falló en sus fugas. La última vez armó una balsa con un costal lleno de cocos y se hizo a la mar y alcanzó la libertad. Tú también saldrás libre algún día, hijo. Cadena perpetua es para siempre, mamá. Claro que no, hijo. ¿O te has resignado a morir en esta gélida prisión? Desde aquí vamos a luchar por tu libertad. Veinticinco, veintiséis, veintisiete…, cansan las piernas. ¿Te acuerdas que caminamos casi todo el día para llegar a Chincho? Esa sí fue una hazaña, mamá. Claro que me acuerdo, siempre me acuerdo. Tú también caminaste bastante, mamá. Siempre he caminado, desde que era niña cuando iba con mi tío Antonio a hacer trueque por los pueblitos. Mi viejita era bien chambeadora. Algún día estaremos toda la familia junta de nuevo. Y seremos felices. Toda la vida hemos andado como gitanos. Por culpa de tu papá. Era un yanjapurik. De Vitarte nos fuimos a la sierra. Volvimos. Él estuvo en Huachipa, de allí se salió. ¿Por qué no compró un terrenito en Huachipa? La plata no alcanzaba y Cerro Camote era peor que Huampaní Alto. Su hermana Griselda le quiso regalar un lote pero él no aceptó. Después estuvimos un tiempo en Ñaña donde los Pajares. Allí había bastante níspero y habas. Tenían un hijito bien sapo que paraba mirando cuando cogíamos los nísperos. Mmm. No había luz. Había muchos zancudos. Después estuvimos en Chaclacayo. Allí sí era cerca de la casa. Después en Cocachacra donde los Fernández. Había bastante palta. Siempre nos traíamos costales de paltas. Nos bañábamos en el río. Yo iba con Apestegui, subíamos a los cerros. Yo llevaba a pasear a Dora hasta San Bartolomé. Los ejercicios son buenos cuando una está embarazada. Allá también había bastante zancudo y llovía como en la sierra. No aguantamos mucho. Por último estuvimos en la Casona. Cómo jodían los Gil. Esos miserables. Se fijaban si la luz estaba prendida, si sonaba el motor de agua. De simples chupeteros llegaron a ser concesionarios del club. Ese club era medio pelado. Íbamos al río, nos sentábamos en el pasto. La casa era inmensa. ¿No había fantasmas? No, hijo. Tu padre engordó. Él trapeaba siempre. Si no fuera por Mariana que venía siempre a joder, hubiéramos sido felices. Allí Dieguito y Nachito dieron sus primeros pasos. A Dieguito lo metí en una bolsa de mercado para que la chancha Gil no se diera cuenta que estábamos trayendo a otro bebito y le contara a los Pardo. Esos miserables. ¿Te acuerdas cuando vinieron los judíos y armaron su campamento detrás de la Casona? Claro que sí. Siempre me regalaban comida, panes. La chancha Gil hizo un chongo cuando guardaste las cosas de los judíos en la Casona. Le voy a decir a los Pardo, amenazó. Mariana también se amargó. Nos robamos un machete, un pico, guantes, lapiceros. Traían sus cosas en camiones. Me acuerdo que el bosque quedó regado de toallas higiénicas. Allí estuvimos tres años. Allí armé mi estudio cuando sustenté mi monografía. Eras inteligente, hijo. Te nombraste. Le eché ganas a los estudios. Me iba a la Biblioteca Nacional bien tempranito. Almorzaba en la calle. Menos mal que mis cachuelos me permitían darme esos lujos. Hasta los dedos me dolían de tanto escribir. Y los ojos de tanto leer. Allí me compré lentes. Mi hijo pensaba en sus estudios. Primero eran sus estudios. Mi hijo se va a casar cuando yo me muera. Ni creas, mamá. También tenía mis aventuras. Tienes que conocer a mis hijas. Algún día te voy a contar lo de Karem Geraldine, lo de Mily, de Isabella. Una se llamará María Fernanda y la otra María Luisa. ¿Isabella no era esa chica con la que te encontrabas en el camino cuando ibas donde la china Techy? ¿Cómo sabes, mamá, Apestegui te contó? Yo sé todo de ti, hijo. Te he llevado nueve meses en mi vientre. Te conozco muy bien, hijo. Aquí hace frío, mamá. Quisiera ser chiquitito para estar dentro de ti cobijado en ese líquido calientito de tu útero, mamá. Yo te abrigaré, hijo, no te preocupes. Quisiera estar en la casa escribiendo mis poemas, tocando mi guitarra, escuchando mis discos y casets, esos discos que compraba en La Colmena, esos discos que le compraba a don Pablo cuando iba al Almenara. Mis discos de baladas, de música instrumental, de rancheras. Leonardo Favio, Raphael, Juan Gabriel, Julio Iglesias. Tantos cantantes más. ¿Te acuerdas que el día en que me morí estuviste escuchando La llorona un par de veces? La llorona en la voz de Raphael. No sé qué tienen las flores del camposanto, llorona, / que cuando las mece el viento parece que están llorando. En mi viejo tocadisto que armé y desarmé tantas veces. Dos besos guardo en el alma, llorona, / el último de mi madre y el primero que te di, llorona. Aquí están tus discos, tus libros, esperando tu regreso. A propósito, ¿cuántos libros le robaste a doña Rosita Ayllón? Eran libros que estaban guardado en su depósito, mamá. Al menos yo les di utilidad. A la abuela Gulloti también le robaste libros. Mmm. Ni cuenta se dio. Metía los libros en la bolsa de basura y los sacaba junto con la maleza, después iba por ellos. Inteligente mi hijo. Igual hacía el viejo con los pollos cuando trabajaba en la granja de los Cárdenas. De él aprendí esa táctica, supongo. Inconscientemente. ¿Te acuerdas de esa vez en que se desbordó la sequia inundando la granja en los Girasoles? Jota y la abuela Eusebia se trajeron un costal de pollos. Comimos pollo ahogado. Hasta Jonás comió, claro que sin saberlo, porque cuando recién llegó a nuestros cerro era medio eticoso. Todos los del barrio fueron por sus pollos. Huampaní Alto olía a pollo frito. La abuela Eusebia cuidaba a Jota y Bibi cuando yo me iba a trabajar. Le daba su propina. Poca gente hubo en el entierro de la abuela. Justo se murió para navidad. Jonás la vio morir. Igual que a ti, mamá. En tu entierro sí hubo bastante gente. Más hubo en el de Pelusa. Tú no fuiste, hijo. Me daban fobia los entierros, el cementerio. Ahora vas casi todos los días a visitarme. Eres mi madre. Me conozco de memoria el camino hacia el cementerio Paz y Descanso Eterno de Chaclacayo. Siempre pasas por la casa de la señora Olga. Sí. Voy Álamos arriba, en los Eucaliptos doblo a la derecha y paso por la 141, allí está la planta de uña de gato a un lado de la puerta, cojo sus florcitas y los llevo para ti, madre. Me hubiera gustado vivir en una casa así. A mí también. Algún día será. Allí trabajaste como doce años. Lo malo que la vieja Olga no te pagó tu seguro y no pudiste tener una pensión. También estaban con las justas. Tenían un montón de hijos. Vendieron esa casa y se fueron a vivir cerca del hospital donde trabajaba Mariana. Una vez fui a visitarlos. Los chicos ya estaban grandes. Nati estaba estudiando medicina, Franco y Giancarlo estaban en los Estados Unidos. Moña ya era una señorita. Giuliana trabajaba en un súper mercado. Yo los crié desde chicos. Creo que ya era hora que me muriera. Mi primer nieto tenía casi veinte años. Todavía estabas joven, mamá. La vida no la tenemos comprada, hijo. Yo sí le tengo miedo a la muerte, mamá. Yo también le tenía miedo. ¿Por eso te moriste casi sin darte cuenta? Mmm. Una muerte así quiero yo. Quedarme dormido para siempre. No despertar jamás. Dormirme como cuando me durmieron para operarme del riñón. Tú todavía eres joven, hijo, no hables de la muerte. Prácticamente estoy sepultado en vida, mamá. Mientras haya vida, hay esperanzas, hijo. Ninguna dictadura es eterna. El Chino no es inmortal. Los japoneses son longevos, mamá. Ya verás que algún día saldrás y pisarás las calles de Huampaní Alto nuevamente. Entonces nos iremos a Huanta, tomaremos nuestra chicha de siete semillas en Cinco esquinas, iremos a Jiljarajay, a Chincho, pero a Chincho vamos por Huanchuy, mamá, ni loco vuelvo a ir por Runañan. Como tú digas, hijo. La plata no alcanzaba. ¿Te acuerdas de esa vez que el viejo decidió hacerse labrador de ladrillos porque no conseguía trabajo como albañil y se fueron a Huachipa? Cómo no me voy a acordar. Eso fue en agosto de 1985, en las vacaciones de medio año. Antes de sentarme con Paulina. Llevamos todas nuestras cosas. No teníamos dónde dormir. Había un campo. Había una casa antigua, desocupada, sin techo, demasiado grande para techarla. Con adobes nos pusimos a armar nuestra chocita. Estábamos en ese afán hasta que de pronto la pared se derrumbó. Casi nos aplasta. Aplastó la cocina. Tuvimos que cocinar con leña. Yo preparaba el desayuno, el almuerzo. Ya estaba oscureciendo. ¿Íbamos a dormir en la intemperie? Más allá había un tanque de agua, vacío. Allí, dentro del tanque, armamos nuestras camas. Era más seguro. Papá fracasó como labrador de ladrillos. Era jodido ese trabajo. Allí empezaron mis males con las fosas nasales. Tenía que estar sumergido en el barro desde las cuatro de la mañana. Ahora sí puedo descansar. Tengo mi jubilación. Gano poco, pero me alcanza para sobrevivir. Me alcanza para mantenernos mi mujer y yo. Alcanza para darles su propina a mis nietos Nacho y Diego. También para ayudar a mi hijo John. Yo le decía no te cases tan joven, pero no me hizo caso. No tiene un trabajo estable. Su mujer y su suegra lo paran botando. También me alcanza para pagarle el abogado a mi hijo Harold, acusado injustamente de terrorista. Mi hijo no es terrorista, claro que no. Es un muchacho tranquilo. Es un buen hijo que trabajaba para ayudar a sus padres. Sé que saldrá libre. Las autoridades se darán cuenta que está acusado injustamente y lo liberarán. Noventa, noventa y uno, noventa y dos. Ahora sí he entrado en calor. Duérmete mi niño, duérmete ya. Yo velaré tu sueño, hijo. No temas, nada te sucederá. Mamá siempre estará a tu lado, Arol. Mi Arol.

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