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viernes, 11 de noviembre de 2011

La llorona


Don Harold aguzó los oídos: sí, alguien estaba llorando. El llanto salía del 5º C, el salón de miss Martha. Era un llanto lastimero, como el llanto de una criatura, de una pobre criaturita. Miss Martha ha dejado a una alumnita con llave, pensó, mientras iba hacia el último salón del pabellón. El llanto se intensificó. Pobre niña, estaría asustada de estar solita.

–Ya voy, niña, no te asustes –dijo el guardián, yendo lo más rápido posible que le permitía su baldado pie izquierdo.

¿Cómo pudo miss Martha olvidar a una alumna dentro del salón? Seguramente por salir apurada. Quizá tendría una cita. Dicen que estaba saliendo con el profesor Rafael. El lunes la directora la iba a mandar de frente a la Ugel. Era bien fregada la vieja Yolanda.

Otra vez el llanto.

–Ya voy, niña, no te asustes, ahorita te abro –dijo, buscando la llave del 5º C en el manojo de llaves que llevaba consigo–. Espera un segundito.

¿Dónde diablos estaba esa bendita llave? La niña estaría muriéndose de miedo. Qué tonta miss Martha, olvidar a una alumna dentro del salón. El lunes las madres de familia la iban a linchar. Eran bien jodidas las tías del Josefa. ¿Qué alumna sería? Las más traviesas del 5º C eran Fabiola y Mily, el famoso dúo terremoto.

Volvieron a llorar.

–Ya voy, niña –repitió don Harold, mientras luchaba con la cerradura. Justo ahora la puerta no se abría. En qué momento tenía que malograrse la chapa. Puerta de mierda, maldijo. Se acordó que los fluorescentes de ese salón se habían quemado hace tiempo y hasta ahora no los habían cambiado. La pobre niña estaría temblando de miedo en la oscuridad.

¿Y si era una niña malcriada? Por gusto tampoco se castigaba a las alumnas. Fabiola era demasiado traviesa, por ejemplo, y Mily, peor. Y ni hablar de las otras: Angie se paraba escapando, Evelyn llegaba siempre tarde, Jessica le robaba los panes a las otras niñas. No sé cómo las soportaba la pobre miss Martha sin volverse loca de remate. Quién podía aguantar a esos demonios. Pequeñas brujas. Cómo se burlaban de él, de su pobre pie izquierdo. Don Harold, usted es el próximo campeón de los cien metros planos, le decían. Usted es como el dólar, don Harold: sube y baja. Ah, y también como el barril del petróleo. Y él callado nomás, aguantándose las ganas de meterles su cocacho a esas traviesas.

El llanto se intensificó.

–Ya voy, niña, no te asustes. Un momentito.

La directora iba a explotar de cólera. Era bien fregada Chinchón de elefante. Podía jurar que iba a poner a la pobre miss Martha a disposición de la Ugel, o esperar a fin de año para declararla excedente. Pitufa era capaz de cualquier cosa con tal de quedar bien con las madres de familia. ¿Temía que la sacaran igual que a miss Caycho? A la pobre ex directora la habían botado peor que a un perro, y eso que fue ella quien gestionó el aula de innovación pedagógica, el comedor para las pobres niñas desnutridas, la construcción del laboratorio y la biblioteca en el pampón adyacente. Pobre miss Martha, ni se imaginaba lo que le esperaba el lunes. Chaturri era peor que un perro con rabia cuando se enojaba.

Otra vez el llanto.

–Ya voy, niña, espera un momento.

Pobre criatura. Se habría quedado dormidita y cuando despertó en un lugar extraño y oscuro como la boca de un lobo cómo se habrá asustado. De noche el Josefa parecía un cementerio, el castillo de Drácula. Eran las alumnas quienes le daban vida con sus gritos y juegos. Aunque algunas ya se pasaban demasiado de la raya. A las malcriadas habría que mandarlas urgente al psicólogo para que se corrigieran antes de que contaminaran a las otras. O expulsarlas. Qué no haría él si asumiera la dirección aunque sea por un solo día.

Al fin la puerta se abrió.

El llanto cesó.

–No te asustes, niña, soy don Harold –dijo, hablándole a la oscuridad y al silencio–. Ven para llevarte a tu casa.

Nadie le respondió. Ese silencio daba miedo. Hasta él, que se jactaba de no tenerle miedo a nada, estaba un poco asustado. La niña estaría peor. Dio un par de pasos en la oscuridad, lanzó una maldición al chocar con una carpeta.

–¿Fabiola?

Silencio.

–¿Evelyn?

Silencio.

–¿Mily?

Silencio.

–¿Angie?

Silencio.

–No te asustes, niña. Don Harold será medio cojito, pero no come. ¿Cómo te llamas, ah?

Silencio.

–Ven, niña, vamos a tu casa. Tus padres deben estar preocupados. Ya es tarde.

Silencio.

–Niña, soy don Harold, el guardián del colegio. ¿No me reconoces?

Nadie le respondió.

Escuchó un ruido por el escritorio de la profesora. ¿Y si era miss Martha? Se acordó que la profesora lloraba bastante cuando estuvo mal de la cabeza por haber sido abandonada por el padre de su hijita Chavela. Hasta estuvo internada un mes en el pabellón psiquiátrico del Rebagliati cuando le dio depresión. De repente había sufrido una recaída. Quizá se quedó a corregir exámenes y el cansancio la venció y se quedó dormida y doña Cristina le echó llave sin darse cuenta. Despertó en la oscuridad, y vuelta su locura.

–Miss Martha, soy don Harold.

Nada.

–Soy el guardián del colegio, miss Martha.

Avanzó en la oscuridad hasta la esquina donde estaba el escritorio de la profesora y no encontró a nadie.

Escuchó unos pasos que se alejaban de prisa por el corredor. Diablos, la niña, ¿o miss Martha?, se le había escabullido. Salió del salón, vio una sombra doblando hacia la salida del pabellón.

–¡Hey, niña, espera!

Salió al patio principal. Oteó cada rincón del colegio devorado por la penumbra. No había nadie. ¿Se habría escondido detrás del quiosco? Llamó sin obtener respuesta. Estaría asustada la pobrecita. Empezó a buscarla. Nada. No había nadie. ¿Dónde más podrían esconderse? ¡Fabiola, Evelyn, miss Martha, Angie, Mily! Nada. ¿Acaso le tendrían miedo? Nadie le tenía miedo a él, al contrario, se paraban burlando de su defecto. ¡Para llevarte a tu casa, niña! Nada. Nadie. De repente habían subido al segundo piso o escondido en los jardines. El Josefa era inmenso.

¿Y si mejor avisaba a la directora?: miss Martha ha dejado encerrada a una de sus alumnitas, señora directora. ¿Y recién a estas horas me avisa, don Harold? Es que recién me he dado cuenta cuando se ha puesto a llorar, señora directora. Pero si era una alumna, ¿por qué no habían venido sus padres a buscarla? Eso era lo primero que hacían los padres de familia cuando sus hijas no regresaban a casa a la hora acostumbrada. Seguro que era miss Martha. Tal vez se había tomado un diazepam para calmar sus nervios y se pasó de dosis y se quedó dormida. Pobre miss Martha, quién aguantaba a sus alumnas sin volverse loca.

Escuchó otra vez el llanto. Un llanto sordo, contenido. Aguzó los oídos. Ahora lloraban en el baño de profesoras. Sí, de allí salían los gemidos, no tenía duda alguna. Seguro que era miss Martha. Se quedó corrigiendo los exámenes bimestrales, el cansancio la venció, se quedó dormida, despertó en la oscuridad, se asustó y vuelta su ataque de nervios, su depresión, su locura. Hace tiempo le había aconsejado que se tomara unas buenas vacaciones, que no trabajara tanto, que viajara, que se fuera al Cusco, a Trujillo, aunque sea a Chincha, que pidiera a las mamás que contrataran a una auxiliar para que la apoyara, sino, iba a terminar encerrada en el Valdizán. Seguro que era ella, por eso ninguna madre de familia había venido a buscar a su hija. En casa de la profesora estarían pensando que había ido con sus colegas a alguna reunión y ya llegaría en cualquier momento. Era fin de mes. Los profesores siempre salían a divertirse cuando cobraban.

–Ya voy, miss Martha.

Se dirigió al baño de profesoras. Uff, cansaba caminar. ¿No sería mejor dar aviso a la directora de una vez? Podría meterse en problemas. De repente miss Martha lo acusaba de algo en su locura como hizo con el profesor de arte, o alguna madre podría reclamar si veía salir del colegio a la miss a esas horas de la noche. Con que don Harold tenía su encanto, ¿no? Bien guardadito se tenía lo de la miss, don Harold. Pero mejor no, Pequeña Lulú era bien fregada, ahora que estaba a cargo de la dirección se le habían subido los humos a la cabeza. Mejor que miss Martha se fuera a su casa calladita nomás para que la vieja no la pusiera a disposición de la Ugel.

–Miss Martha, soy don Harold –llamó desde la puerta de los servicios.

Nadie le contestó.

–Para acompañarla a su casa, miss Martha. Su familia debe estar preocupada por usted. Ya es bien tarde.

Escuchó que orinaban.

–Miss Martha, no estoy jugando. Se va a meter en problemas con la directora. Usted sabe cómo es Pitufa.

Nada.

–¿Acaso quiere usted que la pongan a disposición de la Ugel, ah?

Nada.

–Voy a entrar, miss Martha, así es que súbase el calzón.

Menos mal que allí sí había luz. Buscó en los compartimientos pero no encontró a nadie. Mierda, la profesora se estaba pasando de la raya, estaba bien que uno sea cojito, pero nadie tenía derecho a burlarse de su prójimo. En una taza había restos de sangre. Agg, encima de loca, la profesora era una cochina. Jaló la cadena y salió de los servicios justo en el instante en que el colegio se sumía en la más completa oscuridad. Diablos, habían volado los plomos.

Ahora no se veía nada, todo estaba cubierto por un manto negro. Esa oscuridad sí le hacía temblar de miedo, rechinar los dientes, sudar frío. Lo mejor sería avisarle a la directora antes de meterse en serios problemas. Creo que miss Martha se ha quedado dormida en el colegio, señora directora. Parece que de nuevo le ha dado su locura porque está llorando como una criatura.

Todavía escuchó el llanto cuando estaba por el portón de salida, pero no le hizo caso.

Estaba llegando a la curva, cuando vio aparecer a un grupo de personas. Eran los profesores. Seguro que se habían ido a bailar y tomar ellos solitos nomás marginando a la pobre miss Martha. Con razón estaba un poco mal de la cabeza. Ella también tenía derecho a divertirse, ¿no? ¿Por qué eran tan malvados con su colega, ah? El mundo daba vueltas…

Cuando estuvo a un par de metros del grupo, reconoció a la profesora del 5º C. Miss Martha parecía mareada y reía feliz.

–¿A dónde va el futuro campeón de los cien metros planos a estas horas? –le dijeron a modo de saludo.

Dijo que a la farmacia porque le dolía un poco el estómago.

–Lo que a usted le hace falta es un diazepam de un millón para que duerma como un angelito, campeón.

Don Harold se limitó a sonreír y continuó su camino arrastrando su baldado pie izquierdo. Hasta sus oídos le llegó la risita burlona de miss Martha.

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