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jueves, 9 de septiembre de 2010

Sasachakuy tiempo, Memoria y pervivencia


La guerra interna que vivimos empezó en mayo de 1980. Un mes después, yo cumplí doce años. En 1984 llegó a la casa un hermano menor de mamá, quien luego sería ejecutado por el Partido. Yo tenía entonces dieciséis años. Vi llorar a mi madre, pero todavía entonces lo que sucedía en Ayacucho, centro de la guerra, era algo lejano. Y fue lejano pese a las sucesivas muertes de muchos de mis familiares, incluso el de un sobrino de mi padre que marchó a Ayacucho, cayó herido, escapó de la prisión y luego fue muerto en un enfrentamiento. Antes de partir a la guerra, vino a despedirse de mi padre. Yo era chico, y esa guerra no me importaba. Y no me importó durante mucho tiempo en que, incluso, padecí las consecuencias de esa guerra: apagones, paros armados, detención de vecinos acusados de terrorismo. Recién años después, cuando mi madre murió, sentí interés por esa guerra, por saber por qué se había originado, por conocer un poco más de sus actores. ¿Y qué me quedaba? Leer, nada más, y recobrar lo poco que mi memoria guardaba de lo que contaba mi tío, del dolor que veía en mi madre. Ocho años después del fin de la guerra pude conocer Ayacucho, donde yo había nacido. Y pude conocer la tumba de la guerrillera Edith Lagos, la cárcel donde estuvo recluída.

He leído una buena cantidad de textos que hablan sobre esos hechos, desde ensayos, estudios, hasta novelas.

"Sasachakuy tiempo...", de Mark R. Cox, es una recopilación de ensayos, la mayor parte breves, e introducciones de libros que tratan sobre el tema de la violencia política. En muchos de estos textos se hace un estudio, un análisis de las obras de ciertos autores "burgueses", entre ellos Vargas Llosa, que han ficcionado estos acontecimientos. La verdad, algunos son risibles pues se fijan si los policías usaban metralletas a ametralladoras, si los helicópteros pueden volar para atrás, etc., en otras palabras, un análisis tonto, irrelevante sin rescatar los valiosos aportes de obras como "La hora azul" y "Abril rojo", novelas que han sido galardonados con premios "serios" como el Herralde y el Alfaguara. No creo que a los jurados de estos concursos, también escritores, les importe si la policía nacional se llamaba antes Guardia Civil o los sinchis eran un cuerpo antisubversivo del ejército o si en la sierra la gente hablaba castellano o no. La pregunta es ¿si estos críticos, algunos también escritores, tienen las herramientas y los conocimientos, por qué no se ponen a escribir la Gran Novela sobre la guerra en lugar de estar riéndose, disque esos libros los han hecho matarse de la risa, tontamente?

Por otro lado, del lado de la gente del Partido, también piden que se cuente lo más verídicamente sobre lo que sucedió en la década de los ochenta y se ponen a criticar a esos autores que exageran sobre lo que pasó. Lo que quieren es que maquillen, callen, oculten esas matanzas indiscriminadas de los terrucos que a la larga fue la razón por la que el pueblo les dio la espalda y al final fueran derrotados por el Estado.

Finalmente, cada uno escribirá la historia desde su punto de vista personal, así como sucede con la Guerra Civil Española y otros conflictos que han ensangrentado a la humanidad.

Bien este libro, obsequio del editor de Pasacalle, aunque tiene algunas carencias pues no hay estudios sobre obras como "Rosa Cuchillo" de Óscar Colchado Lucio, una de las mejores novelas que se han escrito sobre el tema, ni sobre "Un lugar llamado Oreja de perro", de Iván Thays que, a mí, particularmente me gustó.

En líneas generales, un buen libro que leí con deleite y que volveré a leer de todas maneras.

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