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martes, 31 de enero de 2012

Fin de mes

Se acaba enero, el primer mes del año, mi primer mes de vacaciones. Un mes más y de vuelta a la chamba. Será empezar de nuevo ahora que me he cambiado de centro de labores.

Robándole tiempo a mis quehaceres domésticos (limpiar mi cuarto que estaba, y todavía está, hecho una miseria, cocinar para los chicos, limpiar lo que quedaba del almacén del viejo), he corregido/reescrito 108 páginas de El cazador nocturno, una novela que empecé a fines del 2009 y que dejé en varias oportunidades para escribir otras cosas. Recién a fines del año pasado la retomé y terminé el segundo manuscrito, si el primero tenía 117 hojas, el segundo tiene 236 y espero que el tercero tenga unas 300 hojas. En el cuarto manuscrito puliré todas las imperfecciones, quitaré el ripio y la dejaré lista para mandarla a un concurso. Pero no me apresuro, es una novela que escribo con mucha paciencia porque la prisa es la madre de las cosas mediocres. Si Jonathan Franzen terminó en nueve años Libertad, bien puedo invertir cinco añitos en mi novelita para tener más posibilidades de ganar un concurso.

Hablando de concursos, hace poco me dijeron hambriento cazador de concursos literarios. Uy, si me lo hubiera dicho Mario Vargas Llosa o Antonio Muñoz Molina o Roberto Bolaño les habría dado la razón, pero como lo dijo un pobre diablo que no ha ganado ni los juegos florales de su cole, no le hago caso porque participar en un concurso literario no tiene nada de malo. Lo malo son los arreglos bajo la mesa, pero hasta ahora nadie me ha dicho te damos tanto y para nosotros es tanto, lo tomas o lo dejas. Esas diatribas, esas acusaciones generalmente provienen de los perdedores, como ocurre en toda competencia. Como no ganan, prefieren echarle barro y que se jodan los ganadores. Así no es pues, hay que saber perder, hay que saber reconocer que no se tiene talento.

Los concursos me han permitido publicar un libro de cuentos, una novela, integrar tres antologías de cuentos, tener una novela en prensa –los de la Derrama se demoran una eternidad en publicar, pero al menos tengo la seguridad que lo harán, que no me estafarán-, y todo sin gastar ni un solo sol.

Los concursos me han permitido viajar, tomarme mis chelas y tragar hasta reventar, ser padrino de una promoción (con viaje al Cusco incluido), hacerles un bonito nicho a mis padres (mis herman@s no pusieron un solo sol), y otras cosas que con el sueldo de profesor no habría podido hacer, y todo por escribir. Quizá nunca sea como los escritores que admiro, quizá nunca tenga un verbo florido, pero eso me importa un comino. No me mato escribiendo, escribo cuando puedo y si puedo. Quizá un día deje de hacerlo y me dedique a pintar y a tocar mi guitarra (soy pintor y músico frustrado) y no pasará nada. Mientras tanto, sigamos escribiendo y participando en los concursos que mis sobrinos son los que más se alegran cuando gano uno.

Ando con la salud resquebrajada, esperando con paciencia que en el Seguro me manden al especialista desde hace meses. ¿Este es el Perú que avanza? Por eso me río cada vez que escucho decir que vamos rumbo al primer mundo y ponte tu polito marca Perú y saca pecho. Hay que estar enfermo para ver que el Perú es un país de mierda y no la maravilla que nos lo pintan y me cago en el tacutacu de Gastón.

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