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martes, 3 de enero de 2012

Un beso de invierno

El de pelo largo soy yo.





En mayo, o junio de 1992, no recuerdo el mes exacto, de 1992, hace casi veinte años ya, tuve la oportunidad de conocer Marcahuasi, una montaña habitada por diversas figuras de piedra que, según unos, fueron esculpidas por la naturaleza y, según otros, es obra de los extraterrestres. Fui invitado por mi amigo Jorge Chinchay, compañero de promoción de mi hermano. Este, por motivos que serían materia de un análisis más amplio, se vio obligado a dejar la universidad. Partimos del parque Echenique de Chosica. No recuerdo cuántas horas duró el trayecto hasta San Pedro de Casta, el pueblo situado al pie de la montaña donde está Marcahuasi. Lo que sí recuerdo son los abismos infinitos a un lado de la carretera y el hilo de agua al fondo de ellas y los gritos de pánico de las chicas, y míos también. Soy un maricón: siempre le he tenido terror, pánico, miedo a las alturas, a los abismos, miedo que hasta ahora no supero pese a que años después crucé otros precipicios. Y también recuerdo el frío polar de esas dos noches que pasamos, una en el pueblo y otra en la montaña, frío que te penetraba hasta los tuétanos. Al día siguiente, después de un plato caliente de sopa, empezamos la ascensión. Alquilamos un burro para llevar las cosas. Tampoco recuerdo si el ascenso duró ocho horas, como en la novela, o la mitad. Lo que sí recuerdo es que algunas chicas, entre ellas Giovanna, se vieron afectadas por el soroche. Hasta que al fin llegamos a la cima. Ocupamos la cabaña que perteneció a Daniel Ruzo, un hombre que dedicó buena parte de su vida a estudiar Marcahuasi. Esa tarde y la mañana siguiente, antes de descender, nos dedicamos a recorrer la meseta, a admirar las enormes figuras pétreas, a tomarnos fotos que aún hoy conservo. En la noche, antes de dormir, nos dedicamos a mirar el cielo, un cielo poblado por millones de estrellas al alcance de las manos. No he vuelto a contemplar un cielo así, ni tampoco he tenido la oportunidad de volver a Marcahuasi.
Pero al leer Un beso de invierno, de José de Piérola, he vuelto a recorrer con la imaginación el caminito que lleva hacia Marcahuasi, me he vuelto a bañar en el ojo de agua helada que hay a mitad de trayecto, he vuelto a la cabaña de piedra que levantó Daniel Ruzo, he vuelto a recorrer la explanada, llamado también anfiteatro, he vuelto a extasiarme con la visión de esas gigantescas esculturas de granito, he vuelto a sentir el vértigo que experimenté hace casi veinte años cuando me acerqué a tientas al filo del abismo interminable que hay al final de la explanada.
Esta novela es, junto a un puñado de libros de mi biblioteca –como Pudor, El baile de la Victoria, Cien cepilladas antes de dormir, Soy un escritor frustrado, Quién mató a Palomino Molero, El viento de la Luna, En ausencia de Blanca, Plenilunio, y un par más- un libro al que siempre vuelvo, el que tengo que leer de todas maneras dos o tres veces al año, y no es que me falten libros, al contrario, me sobran, tengo libros que esperan hace un montón de años su turno para ser leídos, por el puro placer de leer, porque la magia, el encanto de esa primera lectura permanece inalterable, o incluso ha aumentado como el buen vino, y no es porque tenga alguna estructura novedosa, como las de Vargas Llosa, o una temática extravagante. Nada de eso.
La historia es sencilla: un grupo de amigos y amigas deciden ir de excursión a Marcahuasi un fin de semana. A la mañana siguiente, uno de ellos, Catulo, amanece con un tiro en la nuca. Mientras cuatro descienden con el muerto, María y el narrador –de quien no se menciona el nombre- se quedan en la montaña cuidando las cosas hasta que venga el arriero.
Todo marcha bien hasta que María encuentra una bala en su taza de café. El narrador, miedoso como yo, decide descender al pueblo, hasta que una bala, caída a un paso de él, le hace desistir de su propósito.
El asesino, de quien tampoco conoceremos su nombre, es un soldado que ha perdido la razón durante la guerra interna que asoló nuestro país y vive refugiado en la montaña creyendo que en cualquier momento los vanguardistas, léase senderistas, vendrán por él. Y eso es lo que ha pensado cuando vio venir al narrador y sus amigos. Y por eso ha decidido exterminarlos.
Captura a María y al narrador con relativa facilidad y los lleva a su cueva. Cuando está a punto de tirarse a María, esta le da un cabezazo y logra ponerlo momentáneamente fuera de combate, lo cual aprovecha el narrador para darle su merecido. Pero el asesino es un hueso duro de roer y, cuando reacciona, María lo mata de dos tiros de fusil.
En los capítulos pares de la novela el narrador nos cuenta la vida de Catulo, y la suya también. Catulo estuvo a punto de ser sacerdote, dejó el seminario cuando su amigo Domingo lo involucró en unos asuntos nada espirituales. Por su parte, el narrador ha estudiado educación, se supone que en La Cantuta, al igual que yo, aunque no menciona nuestra universidad por su nombre pero es fácil adivinarlo porque es testigo de la noche aciaga en que desaparecieron los nueve alumnos y el profesor, y también da cuenta de la muerte de María Elena Moyano, aunque tampoco la menciona por su nombre.
Con esta novela José de Piérola obtuvo el Premio del Banco Central de Reserva del Perú en el 2000, iniciando una fulgurante carrera literaria.
Sé que hace unos años José de Piérola revisó esta novela, la corrigió e incluso le cambió el nombre y le aumentó las páginas. No he leído esta nueva versión, quizá algún día lo haga, mientras tanto, volveré a ella todas las veces que quiera leer una novela perfecta, todas las veces que quiera disfrutar de un buen libro y, al hacerlo, volveré a sentir ese pavor, ese terror, ese miedo que sentí cuando me asomé a tientas al abismo que hay al final del anfiteatro.

Enero del 2012, Ayacucho

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