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martes, 31 de agosto de 2010

Fin de mes

Se termina agosto, un buen mes en el cual viajé a Huancayo gracias a mi cuento "El otro", que fue finalista en el Premio Felizh de la Feria del Libro de esa ciudad y fue publicada en forma rápida en un volumen junto a los otros ganadores y finalistas.
La imaginación sigue intacta, estoy escribiendo "Animal nocturno" y "Agonía". En la primera avanzo a pasos agigantados. Hoy en la tarde le fui dando a las escenas en la que el protagonista y la chica que ha sacado del internado visitan la tumba del profesor. Así que llegué a mi casa y la escribí aunque me quedé corto porque una cosa es imaginar y otra ponerte a escribirla porque descripciones, diálogos, etc, y la escena que imaginaste se hace grande, pero allí está, al menos hasta mañana la continuación está asegurada. Hoy llegué a la página 141 del primer borrador a mano, cuando la termine, espero que antes de fin de año, la dejaré y empezaré con el segundo borrador a comienzos del otro año. Espero que de aquí a un año ya la esté tipeando. "Agonía" si va a un ritmi más pausado, ahora estoy en el capítulo impar en la que mi padre es la que narra su vida, su agonía, no es fácil escribirlo pero allí vamos.
En otros aspectos vamos más o menos, siempre el trabajo está lleno de gente envidiosa, de gente que ya llegaron a su techo y tienen que sobonear, franelear, arrastrarse, hacer méritos ante sus superiores porque eso es lo único que tienen, más allá no son nada. Y eso es signo de decadencia, yo no lo hago, ni lo haré nunca. Aparte de mi orgullo, sé todo lo que puedo dar, todo lo que espero de mí mismo, y por mí mismo, y no me voy a estar rebajando ante nadie, menos ante personas que profesionalmente han hecho y conseguido menos que yo. En fin, no me hago mala sangre, todo es por algo.
No me quejo del tiempo que pasa porque he hecho todo lo posible por aprovechar hasta el último segundo de cada día. Y espero seguir así.

lunes, 30 de agosto de 2010

Monsieur Wylie... y ocho cuentos en busca de autor


Antología de los cuentos ganadores y finalistas del Premio Felizh 2010 de la Feria del Libro de Huancayo. Para empezar, no soy crítico ni especialista en literatura pero alguna autoridad me da el haber leído una y otra vez los cuentos de Cortázar, Chéjov, Borges, Maupassant, Poe, Onetti, Ribeyro y tantos otros a lo largo de un par de décadas de lectura. Solo dos cuentos me gustan de este volumen, aparte del mío, claro, porque me gusta lo que hago y lo corregí hasta el cansancio, igual me comí un "por" que ni los del jurado ni los editores tomaron en cuenta a la hora de publicar el libro que está lleno de faltas ortográficas, de puntuación, de tildación, peor el volumen "Titulares y suplentes" que ando leyendo ahorita. Los cuentos que me gustan son "Un ángel" y "Prisionero de la sombra". Yo creo que la historia que ganó, y que da título al volumen, da para más, pero le faltó trabajarlo, corregirlo, para que fuera un cuento redondo. Quizá se debió a la falta de espacio, no sé, pero me quedó un gustito a hiel en los labios después de leerlo. Y no me digan porque le ganó a mi cuento y solo estoy entre los finalistas, claro que no, yo estoy satisfecho con el premio que obtuve, que fue mi cuarta victoria literaria en lo que va de este año. Primero fui finalista en el V Premio Nacional Ducado de Loeches (España), después fui ganador del Concurso Sexto Continente de Relatos (España. En cuyo volumen mi cuento es el primero). Tercero obtuve el segundo lugar en el Premio Horacio de novela de este año y me llevé cinco mil soles, y cuarto, este premio en Huancayo, que me permitió conocer esa bella ciudad aunque sea de pasada. Esto es para que la autora del cuento ganador nos dé en el futuro otras obras suyas mucho mejores que su cuento ganador.

El tigre blanco


Primera novela de Alonso Cueto. Un triángulo amoroso, una traición, un suicidio. Kaye, Potts, Juan. Un lenguaje preciso, contundente. Desde allí Cueto ha evolucionado entregándonos otras novelas memorables. Interesante para conocer a uno de los escritores más brillantes post Vargas Llosa a quien siempre leo. En la última feria del libro me compré casi todos sus libros, creo que todos, que los iré leyendo poco a poco. Es uno de mis escritores de cabecera, recomendable para quien quiera aprender a escribir.

Dear John


"Querido John" es una bella película de amor que me conmovió hasta las lágrimas. Wao, debe ser que soy un viejo romántico. Es la historia de John y Savannah, dos chicos que se conocen en la playa. El amor nace entre ellos. Después John tiene que partir a la guerra y se comunican mediante cartas. Otro de los protagonistas es el papá de John, un coleccionista de monedas. Pasa el tiempo, John se involucra más en la guerra, hasta que Savannah termina con él. Un día John regresa a casa, y se encuentra con que Savannah se ha casado con un amigo suyo, que está enfermo de cáncer. Parece que el amor renacerá de nuevo entre los dos, el amor que no ha muerto. Bella película que volveré a ver. Es tan bella que hasta lo miran los protagonistas de "Animal nocturno", la novela que vengo escribiendo.

domingo, 29 de agosto de 2010

El Secreto

Cuatro premios literarios en lo que va del año no es frecuente. ¿Cuál es tu secreto, amigo?, me preguntaba un amigo. ¿Secreto? Ninguno, o escribir nomás, tomar la escritura como un trabajo más, como otro trabajo para complementar el que tengo en la escuela. He aprendido la disciplina laboral, así como al colegio nunca llego tarde y me largo a mi hora, igual hago con la escritura: tengo un horario para la mañana y otro para la noche y otro para los fines de semana. Claro que a veces no lo llevo a cabo porque estoy cansado, entonces me voy a dormir o veo una peli, ahora que arreglé la reproductora de dvd. Y sobre todo pensar en el futuro para no ser un mediocre más. No sé hacer otra cosa, tengo que sacarle el jugo a esta habilidad hasta donde pueda. Si pierdo un concurso, no importa, no me deprimo, no conozco el estrés, esa palabra no me gusta. Un concurso es como un partido de fútbol: si ganas, lo celebras y ya te pones a pensar para el siguiente encuentro, si pierdes, igual. El otro secreto es leer bastante. Claro que tengo mis periodos en que devoro libros como pan, y otras en que se acumulan los libros y pico por aquí y por allá pero, eso sí, todos los días leo y escribo. Y soy yo el que escribe y corrige, nadie me ayuda ni lo necesito ni necesito ideas ajenas para mis textos, con las que tengo en el cerebro tengo para un par de novelas más así que estaré ocupado por los siguientes meses y años. Y pensar en un futuro en el que pueda vivir de escribir, tener mi casita en Huanta, una mujer que me ame y unos hijos maravillosos. ¿Todos pueden escribir? Claro que sí, no se necesita haber estudiado literatura para tener imaginación, para dejarse llevar por la fantasía. Nada más. Ese es el secreto, amigo, y no pedir textos ajenos porque eso es miseria intelectual.

viernes, 27 de agosto de 2010

De todo un poco

Cansado: Esta mañana estaba trapo. Terminé de corregir dos cuentos para armar un libro para un concurso y estaba súper cansado que el resto de la mañana no hice nada, hasta me metí a mi camita y me quedé dormido unos buenos minutos.
Novela: Repartí mi novela "Cadena perpetua", gentileza del editor de Pasacalle, entre mis colegas. Lo que me emocionó fue cuando una auxiliar del turno de la mañana, la que apenas contesta mis saludos, me preguntó si lo estaba vendiendo. No, le dije, es publicidad. ¿Me puede dar uno? Encantado se lo di. Igual a la señora de la puerta que dijo que había visto mi foto en un libro y me dijo y a mí no me ha dado. Igual a otro profesor que me preguntó si estaba vendiendo una revista. Esos gestos me gustan.
Un lonche: Varias colegas, wao, tengo admiradoras entre mis colegas, dijeron para un lonchecito en mi homenaje al final de clases, pero yo, tímido o tonto, me fui volando a la salida. Plop, ahora la otra semana me van a matar. Menos mal que no tengo ni tienen mi correo ni mi número.
Escritura: Estoy avanzando a buen paso "Animal nocturno" y "Agonía", los manuscritos de dos novelas que espero tener listas para fin de año, digo el primer manuscrito. "Animal nocturno" avanza a paso firme, la historia ya la tengo casi concluida en la cabeza, así que lo único que hago es escribirla. En "Agonía" si tengo cierta dificultad porque es la historia de mi padre y ando rebuscando en mis recuerdos y creo que eso me tiene un poco cansado.
Mal profesor: Debo serlo porque me preocupo poco por mis alumnos, jamás cito a los padres de familia, si un alumno cumple, bien, sino, no es mi problema, cada uno se jode solito, no me voy a malograr la salud pensando en personas que no deberían de estar en el colegio. Debe ser que hace mucho me desencanté de la profesión, tengo alumnos que me quieren, que me admiran, pero ya no, algún día tengo que mandar todo esto al diablo.
Sueños: Sueño con tener una casita en mi pueblo, en la parte alta, salir a caminar después de escribir y leer, dar vueltas, regresar y seguir trabajando. Sueño con tener una mujer, una mujer que escriba, que lea, que sueñe lo mismo que yo. ¿Será posible? Quizá lo de la casita se haga realidad, dudo lo de la mujer, hasta ahora no he conocido una mujer que escriba, que sueñe con dedicarse a la escritura, que ame los libros como los amo yo.
Examen del magisterio: Solo un amigo, mejor dicho una amiga, o colega, más bien, logró una nota aprobatoria en el reciente examen del magisterio, los demás, nada, y eso que tienen maestrías, diplomados, están siguiendo una segunda especialización, tienen varios años como profesores contratados. Wao, o no estudian a conciencia, o son más brutos que yo, jejeje. Bueno, cada quien tiene lo que se merece.

jueves, 26 de agosto de 2010

El otro

Vaya, cuando ya creí que mi cuento "El otro" estaba concluído, mis alumnos del 4°G me dijeron que el profesor Lucio me había visto en el Parque de la Exposición con una despampanante rubia. ¿Es mi doble, o mi triple el que vuelve a hacerme estas jugadas? El parque ese ni lo conozco, que yo sepa los últimos días estuve en Huancayo. Debe haber por allí alguien parecido a mí a quien le gusta burlarse de su doble. A veces pienso qué pasaría si nos encontramos cara a cara. Lo que me intriga es que todos los que me han visto nunca me han dicho "pero tenía algo que no tienes tú" o "no nos saludó". Me han visto a mí y yo no era yo. O todos están locos, o yo estoy más rayado que un viejo LP.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Agonía

Empecé el segundo capítulo del primer manuscrito de "Agonía". En estos capítulos impares, será la conciencia de mi padre el protagonista. Sus recuerdos, las cosas que me contó, las cosas que vivimos juntos, la vida compartida durante cuarenta años estarán en estas páginas.
Empiezo a avanzar con paso seguro en la escritura de esta novela que espero culminar en mayo del otro año para mandarla al Horacio 2011. Todo se puede conseguir con trabajo, esfuerzo, dedicación, porque escribir es un trabajo más. A veces me cae algún día, también la posibilidad de viajar, y esas son enormes satisfaciones, también ver publicado un libro tuyo, dárselo a los amigos, y que estos se alegren, y de paso que sepan que no eres un pobre diablo más.
No busco la inmortalidad, pero tampoco espero pasar por la vida sin haber dejado huellas.
A veces me pregunto ¿qué pasaría si tuviera mujer e hijos? Puchas, mi vida sería un infierno, o algo por allí. Seguro que si me ve escribiendo a las once de la noche me llamará para que le haga el amor y... mejor ya no alucino que así estoy bien y debo guardar imaginación también para "Animal nocturno" que casi está llegando a su parte final.

martes, 24 de agosto de 2010

Cadena perpetua


Con esta novela obtuve el Premio Pasacalle 2008 y al fin fue publicada, después de una larga espera. Poco a poco iré publicándola por aquí. Allí está la carátula.

Premiación y besos

Anoche fue la premiación del concurso de cuentos Premio Felizh 2010. Lo de Felizh es porque significa Feria del Libro Zona Huancayo, no es porque uno es feliz, aunque lo fui, jaja, nadie gana así nomás cuatro concursos literarios en menos de un año, aunque sea una mención de honor.
Viajé hasta Huancayo, el centro del país, un viaje que duró siete horas, el bus estaba más lento que una tortuga. Llegué, busqué un hotel, y fui al lugar de la Feria del Libro. La ceremonia empezó a las nueve. Minutos antes una chica se me acercó y me preguntó ¿me puedo sentar aquí? Claro, le dije, corriéndome un asiento. Empezamos a hablar, y como tenía a la mano "Cadena perpetua", se la regalé. Me dijo que también estaba pensando escribir. Escribe, le dije. Después empezaron a llamar a los ganadores. Hasta que me tocó a mí. Me entregaron mi diploma y un ejemplar del libro. Cuando regresé a mi asiento, la chica me dio un beso. Wao, ese fue un mejor premio que el diploma. En agradecimiento también le di el libro que me habían dado. "Para que te animes a escribir", le dije. Intercambiamos correos, nos despedimos con otro beso, y ya estoy aquí, después de cruzar de nuevo los Andes.
Después haré un comentario del libro "Monsieur Wylie y ocho cuentos en busca de autor" que me lo tuve que comprar, jeje, y que leí durante el trayecto de regreso.

sábado, 21 de agosto de 2010

El otro


La primera vez que me vieron donde no estuve, fue hace años.
–Lindo Machu Picchu, ¿no? –me dijo Miguelito, un amigo de la universidad.
¿Lindo Machu Picchu? Yo había estado visitando a mis padres, lejos del Cusco, como todas las vacaciones. La ciudadela incaica solo la conocía en postales.
–Uno te pasa la voz, y tú ni te das por enterado –continuó mi amigo–. Provecho con tu gringa, brichero.
–Gracias –dije, por presumir: ni en sueños iba a tener una rubia como la que describía Miguelito.
Ni me tomé la molestia de desmentirlo: estaba enamorado de Marisela y ella ni caso me hacía. Que se enterara que yo podía estar con una mujer mejor que ella.
Años más tarde, cuando ya había olvidado lo de Miguelito, fui visto por segunda vez. En esta ocasión, en Máncora.
–Con que ahora veraneas con otra, ¿no? –me dijo Anita, una colega muy amiga de mi mujer–. Guapa la rubia.
Hice un gesto de no saber de qué me hablaba.
–No te hagas el tonto, Agustín. Si Marisela se entera que estás trampeando, lo vas a lamentar mucho.
¡En Máncora y con una rubia! Ni mi mujer iba a creer ese cuento.
–Hay que disfrutar del verano, ¿no? –decidí seguirle la corriente a Anita. Que Marisela se enterara que no era la única mujer en el mundo con la que yo podía estar–. Y si es con una rubia, mucho mejor.
La tercera vez, quedé atónito. Una señora me detuvo en mitad de la calle.
–Gracias por sus enseñanzas, profesor –me dijo, abrazándome y llenándome de besos–. Gracias a usted mi hijo ha ganado una beca para estudiar música en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú.
Esta mujer esta loca, pensé, azorado, perplejo, confundido.
–De nada, señora –atiné a decirle mientras recordaba las veces que había sido visto Miguelito y Anita.
Tres confusiones ya eran demasiado. ¿Tenía yo alguien parecido a mí? ¿Tenía yo un doble?
Lo tenía.
Cuando todavía no me había repuesto del abrazo y de los besos de la señora, un domingo, al volver de la panadería, lo vi: iba por la vereda opuesta, concentrado en su periódico. Fue como verme en un espejo a la distancia: ese era yo.
YO.
Lo seguí hasta verlo entrar a una casa de blancas paredes coronada por un cerco de buganvillas. Allí me quedé, agazapado detrás de un ficus, incrédulo, preguntándome si esa visión había sido real o un producto de mi mente enferma. ¿Iba yo camino a la locura?
Un par de horas después, la puerta se abrió y lo vi salir en compañía de una mujer rubia, joven, atractiva y de dos niñas lindas como querubines. Era la mujer que siempre había soñado tener, eran las hijas que el vientre yermo de Marisela me había negado. Los seguí hasta el cercano parque donde se pusieron a jugar felices, alegres. ¿Alguna vez Marisela volvería a reír así? ¿Alguna vez vería a mis hijas corretear con tanto gusto por el pasto, mecerse felices en el columpio? ¿Alguna vez disfrutaría yo de esa dicha?
Lo dudaba.
Tuve que volver a casa muy a mi pesar. Marisela estaba insoportable, con un humor de perros como siempre. No fue suficiente explicación el que le di (Me encontré con un amigo y estuvimos charlando sin darnos cuenta de la hora. Nunca le había contado lo de las confusiones.). Como casi todos los días desde hace unos meses atrás, peleamos. Si quieres almorzar, cocínate, me espetó. Antes, yo me ponía el mandil y ocupaba su lugar. Esta vez no me importó. Muérete de hambre si quieres, pensé, o búscate otro estúpido que aguante tus berrinches de menopáusica.
Salí a la calle otra vez, volví a merodear la casa de mi doble. Siempre agazapado detrás de los árboles, escuché el sonido de un piano. Ese era Tristesse de Chopin. Me vi a mí mismo tocándolo, siempre había querido ser pianista pero, por circunstancias de la vida, había terminado como profesor de música en un colegio de mala muerte. Imaginé sus manos diestras sobre las teclas del piano, imaginé las sonrisas felices de su mujer y de sus hijas escuchándolo con deleite.
Lo imaginé feliz, dichoso, algo que yo nunca sería.
Regresé a casa cuando ya había oscurecido.
Un día te dejaré, pensaba, mientras escuchaba los ronquidos insoportables de Marisela. Tantos años había llevado esa cruz. Qué fácil sería levantarla en peso, abrir la ventana y hacer que se estrelle en la vereda. Qué fácil sería taparle la cara con la almohada hasta que sus pulmones explotasen como una granada. ¡No, no, otra tenía que ser la solución! La muerte era demasiado regalo para todo lo que había tenido que soportarla.
El que sobraba en esa casa era yo.
Al día siguiente, pretextando una indisposición, falté al colegio.
Me aposté en la calle de mi doble. Desde mi lugar de vigilancia lo vi partir a su trabajo. Enseñaba en el Conservatorio.
Pedí descanso por salud y me convertí en su sombra. Tenía una vida más interesante que la mía.
La idea de sustituirlo se fue apoderando de mi mente. Ocupar su lugar. Ser él. ¿Él no era yo? ¿No lo habían visto en MI lugar? ¿No éramos iguales? Teníamos los mismos gustos, solo que los míos, por esas cosas de la vida, por culpa de Marisela principalmente, sino de quién más, habían quedado postrados, postergados, relegados.
Ser él.
Sustituirlo.
¿Sería posible eso?
Hice la prueba con las niñas. Un día, a la hora del recreo, como vi que algunas veces hacía él, me presenté en el colegio de las criaturas.
–¡Papá, papito! –las niñas se alegraron al verme.
¡Papá, papito! Esas palabras eran música celestial para mis oídos. Me llenaron de besos, de abrazos. No sospecharon nada, ni la profesora. Qué gusto tenerlo de nuevo por acá, señor Gómez. Felicitaciones por tener unas niñas tan inteligentes y encantadoras.
Felicitaciones por tener unas niñas tan inteligentes y encantadoras.
Felicitaciones, señor Gómez.
¿Alguna vez tendría yo unas hijas tan inteligentes y encantadoras?
Otro día –mientras él estaba en el trabajo– fui más atrevido y me presenté en su casa con la excusa de haber olvidado unas partituras. Su mujer me recibió con efusión. Ni cuenta se dio que yo no era él. ¡Oh, mi amor! Me besó de una forma que yo ya había olvidado. Me besó de una forma en que Marisela nunca más me volvería a besar.
Por lo visto, sería fácil ocupar su lugar. ¿Pero qué hacer con él?
¿Qué?
Me rompía la cabeza pensando qué hacer con él.
¿Qué?
Llegué a una conclusión: desaparecerlo de la faz de la tierra. Esa era la única solución posible. No había otra. No podía correr el riesgo de volver otra vez al infierno cuando estar en el paraíso dependía nada más que de mí.
Había visto que los fines de semana, temprano, se iba de pesca a la playa.
Allí lo esperaba yo, agazapado entre las rocas.
Cuando me vio, su sorpresa fue mayúscula, pero no le di tiempo a reaccionar. De un solo golpe lo puse fuera de combate. Enterré su cuerpo en la arena.
Regresé a su casa, que ahora sería mi casa, con dos enormes peces que compré en el muelle.
Nadie se dio cuenta que yo no era él, sino el otro.
Preparé un rico ceviche que disfrutamos en familia. ¡Hace tanto que no era feliz que ya casi lo había olvidado!
La noticia de mi desaparición (del marido de Marisela, quiero decir) ni se supo. No fue un hombre importante.
Hoy vivo feliz. Mi mujer está esperando nuestro primer hijo, o el tercero, porque ahora yo soy él.
Ah, y ahora puedo pasarme horas y horas tocando las mazurcas, los nocturnos, las polonesas, los estudios de Chopin –después de mil ensayos, por supuesto– ante el regocijo de mi mujer y mis hijas.
Ninguna se ha dado cuenta que yo soy el otro.

___
Con este cuento fui finalista en el concurso de la Feria del Libro de Huancayo 2010

jueves, 19 de agosto de 2010

Detesto

Detesto a mis amigas cuando me dicen que están con estrés, cuando me dicen que les va mal, cuando se ofrecen como un pan. Pobres. Yo soy feliz, trabajo mañana, tarde y noche y nunca me quejo. Bueno, el trabajo en mi estudio es con música, con mi cafecito, yo mismo me impongo la tarea del día, si no lo cumplo es igual porque ya hice mi año y puedo esperar con paciencia lo que vendrá. Igual pasa en la noche, aunque últimamente estoy viendo películas porque arreglé el reproductor de pelis y he vuelto a mirar mis películas favoritas. Nunca me quejo porque sé que el futuro será tal como lo sueño.

martes, 17 de agosto de 2010

Concurso de ensayo

Sobre el aporte de José María Arguedas. Fui jurado. Unos trabajos pésimos, mal redactados y, para peor, bajados de internet. Y eso que las profesoras son especialistas en la materia. Yo trato hace un año de escribir un ensayo para participar y no lo hago porque no es tan fácil y la competencia es brava porque el premio equivale al sueldo de seis meses de trabajo y van a venir a sorprenderme. Será para el siguiente año.

domingo, 15 de agosto de 2010

Paul Anka (Diana live version)

Agonía

Estoy escribiendo, paralelo a "Animal nocturno", "Agonía", la historia de mi padre, su vida y muerte, con los recuerdos que él me contaba. Nada de inventos. Lástima que soy malo para los nombres y las fechas y allí estará mi dificultad.
He empezado a recordar, en realidad recuerdo todos los días, y a partir de eso escribo.

Los amigos (entre comillas)

Lo encontré después de medio año. Vengo por unas chelas, dijo, mañana a las seis. Yo sabía que no vendría. Y no me equivoqué. Claro, si me debe un dinerillo.
El otro me escribe pidiéndome un favor. Hay que hacerse el tonto nomás.
El otro (este no es mi amigo, lo conocí por circunstancias de la vida) anda resentido. ¿Y por qué yo sí tengo que aguantarle sus pendejadas?
Uno más: Ya le hice el favor por la ayuda que me dio, pero quiere más, le escribí y no me responde. Que no joda.
Una amiga: La veo después de años, y está cagada. Yo ando feliz de la vida.
Otra, esta es virtual: Le escribí contándole de mi victoria, no me mandó ni una línea de respuesta. Me escribe un mes después. No le he respondido.
Otra: Íbamos a ser socios, dijo te escribiré a mitad de semana, pasaron meses y nada. Me cansé de esperar y me aburrí.
Esa clase de amistades no la necesito.
Ah, si tuviera una pistola...

viernes, 13 de agosto de 2010

Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 4)

Entrada del Cementerio General de Ayacucho y tumba de la guerrillera Edith Lagos


El Cementerio General de Ayacucho está lejos del centro. Como siempre, tus primos aprovechan el pánico para hacer de las suyas: se meten por una calle, salen por otra, vienen, toman un poco de agua, es martes por la tarde pero el sol quema con fuerza, y echan a correr mientras tu mamá y yo vamos a paso de tortuga.
Por estas mismas calles, el diez de setiembre de 1982, después de una misa de cuerpo presente en la Catedral, fueron llevados los restos mortales de Edith Lagos, muerta una semana antes en Umacca, Andahuaylas, en un enfrentamiento con las fuerzas antisubversivas que la perseguían en forma implacable desde su fuga de la cárcel de Ayacucho. Media ciudad acompañó el cortejo fúnebre de la guerrillera, ¿o terrorista?, muerta en la flor de la juventud. ¿Simples curiosos? ¿Simpatizantes? ¿Militantes? En sus inicios Sendero tenía gran arraigo popular, entonces todavía no aplicaba su política de batir el campo y el campesinado, olvidado durante mucho tiempo, vio con esperanza a esa gente que aplicaba justicia popular y prometía la igualdad entre todos.
Compro un ramo de rosas rojas y amarillas.
–Para alguna tumba que no tenga flores.
Hay cientos de tumbas que no tienen flores. Ese es el destino de los muertos, nuestro destino final: el olvido. Durante el entierro te prometen que nunca te olvidarán, que siempre vivirás en el corazón de los que te amaron pero, finalmente, llega el olvido. Es inevitable, es natural. Nadie se pasa la vida llevando a cuestas sus muertos.
Pero hay excepciones. Como en todo.
–La tumba de Edith Lagos.
–Hierba silvestre, te ruego acompañarme en mi camino. / Serás mi amiga cuando crezcas sobre mi tumba. / Allí que la montaña me cobije, / el camino descanse / y en la piedra lápida eterna / todo quedará grabado –lee Diego–. Edith G. Lagos Sáez, Ayacucho, 21 noviembre 1962. Andahuaylas, 3 setiembre 1982.
–¿Quién era Edith G. Lagos Sáez, tío? –pregunta Nacho.
–Una cantautora –dice Diego–. Esa canción la escuchas siempre, ¿no, tía Vale?
–Era una guerrillera –dice Valeria–. También escribía versos.
–¿Como Javier Heraud? –pregunta Nacho.
–Ajá. Ese poema suyo lo musicalizaron y lo canta Martina Portocarrero, la de Flor de retama.
El 2001 vine a conocer el cementerio y de casualidad encontré la tumba de Edith Lagos. Está a la entrada del camposanto, al lado izquierdo. Esa vez había una planta de retama, pero la han cortado o se ha secado. Siempre hay flores frescas en su tumba. Flores rojas y amarillas. ¿Las pondrán sus familiares, sus simpatizantes?
Edith nació un año después que tu tío Juan Ignacio. Si no hubiera muerto, hoy estaría a punto de cumplir cuarenta y ocho años. Quizá estaría presa como tantos otros senderistas. Su temprana muerte, cuando la guerra todavía tenía acogida en el pueblo, la ha salvado de la ignominia en la cual han caído los demás líderes de la banda terrorista. ¿O la muerte atenúa nuestras culpas?
–¿Una fotito, tíos?
–Claro.
–A ver, Xime, sonríe, mira al pajarillo.
Una ancha sonrisa se dibuja en el rostro de Valeria.
Clic.
–A mí también tómenme una foto –pide Nacho, poniendo un pie sobre la lápida–. Para que mis amigas sepan que estuve en el corazón de la guerra y me admiren más.
–Te van a meter a la cárcel por terruco –le advierte Diego.
–Y a ti también, Dieguillo –replica Nacho y le toma una foto de sorpresa.
Diego lo empieza a corretear.
–Ojalá que en la noche los muertos les jalen las patas –les dice Valeria–. ¿No pueden estar quietos ni un segundo, ah?
Ellos ni caso le hacen, se meten entre los pabellones, saltan para esquivar los nichos, tumban un par de floreros. Cuando van a visitar a tus abuelos, junto con el resto de tus primos, que tampoco se quedan atrás, llevan sus skates, sus bicicletas. Ir al cementerio para ellos es ir de paseo.
Después de unas vueltas mirando los mausoleos, los nichos, los ángeles caídos, las vírgenes lloronas, nos ponemos a descansar en un banco.
Entonces la veo, casi al final de un pabellón. Lleva como siempre su pollera de colores y su blusa rosada. Está de espaldas, mirando un nicho.
–Voy a orinar por ahí –le digo a Valeria–. Ya regreso.
Me le acerco sigilosamente pero ella, como si tuviera ojos en la nuca, se aleja.
–Oye, espera.
Vuelve el rostro, me mira con sus ojos imperturbables.
–¿Quién eres? ¿A qué estás jugando?
No me dice nada. Ni se inmuta.
Me le acerco, se aleja.
–¿Qué es lo que buscas de mí?
No me contesta. Está callada como una tumba.
–¿Te puedo ayudar en algo?
Silencio. Me mira con sus ojos claros. Ni parpadea. ¿Dónde he visto esos ojos? Trato de hacer memoria…
La sigo por los pabellones. Voy tras ella como si fuera por un laberinto.
–Dime algo…
–¿Con quién hablas, tío Harold?
Es Diego.
–Tía Vale está preocupada.
¿Y ahora qué le diré a Valeria? Vi a la chica del Mirador y…
–Estaba pensando en voz alta… Recordaba a tus abuelos… Vamos.
Le echo una última mirada a la chica. Regresamos donde tu mamá.
–Estaba buscando dónde orinar –le digo cuando me pregunta dónde me metí.
–¿Y te demoraste más de media hora?
–Estaba viendo las tumbas…
–¿Te pasa algo, Harold?
–No, amor, qué me puede pasar.
Me mira como diciéndome no te creo, flaco.
–En serio, no me pasa nada. Estoy bien. Volvamos al hotel.
Sé que tu mamá no me ha creído. ¿Contarle? Mejor no. Quizá algún día…
***
A fines de febrero de 1985 llegó otra carta de la tía Susana: mamacha ya no hay, decía, tampoco Graciela. Mi mamá casi se vuelve loca de tanto dolor. Las cartas eran escuetas, apenas un par de líneas. El trayecto hacia Ayacucho era cada vez más peligroso, la carretera estaba patrullada por los soldados que se llevaban a los sospechosos de estar con los terroristas, estos detenían los buses y mataban a los sospechosos de estar contra ellos. Una carta podía ser una sentencia de muerte. Las cartas las traían los paisanos de mis padres que aún se atrevían a viajar a la zona de emergencia.
Mamá se atormentaba preguntándose cómo habrían matado a su madre, a su hermano, al opa Juan, a la tía Graciela. Existían varias versiones: que el tío Anacleto, antes de ser ejecutado, logró escapar de sus verdugos, que corrió por la orilla del río hasta Tincuy, allí lo derribaron de un tiro. Que estuvo escondido en el monte y solo se entregó cuando amenazaron con matar a toda su familia. Que lo colgaron de un guarango como solían hacer los senderistas.
Solo Víctor sabía la verdad. Volvió a mitad de año. A su papá lo mataron acusándolo de traidor. Lo buscaron cuando casi ya oscurecía. Queremos hablar con usted, compañero, le dijeron. Lo sacaron al patio de la casa, los demás se quedaron dentro, excepto Víctor, que miraba desde el corral sin ser visto por los terrucos. ¿No sabe que lo que ha hecho es traición?, le espetaron. ¿A qué viaja tanto a Lima? ¿Dónde están sus hijos? Estamos en guerra, necesitamos a todos para lograr la victoria. El tío no supo qué decir. ¿Está usted con el Partido o contra el Partido? Víctor vio que el hombre que estaba al costado de su papá levantó su fusil, intuyó el peligro, pero antes que abriera la boca para advertirle a su padre, sonó un tiro. El tío Anacleto cayó al suelo con la cara destrozada. No lloren, carajo, o a ustedes también los matamos, le advirtieron los terroristas. Entiérrenlo de una vez. Pero el tío todavía estaba vivo, convulsionaba, se retorcía de dolor en el suelo. Mátenlo con bala para que no sufra, les pidieron a los terrucos. Mátenlo ustedes, les dijeron estos, nosotros no gastamos bala en perros traidores. Buscar ayuda a esa hora era imposible, Chincho estaba lejos, Huanta peor, además, esta última ciudad estaba llena de marinos que mataban a cualquier sospechoso de estar con los terrucos. Lo ahorcaron para que no sufriera más. Después cavaron un hueco dentro de una casita abandonada, envolvieron al difunto en un par de frazadas y lo enterraron. Eso fue el veintisiete de octubre, diecinueve días después que el tío se despidió de nosotros asegurándonos que pronto estaría de regreso.
Días después, la tía Graciela, desesperada por la muerte de su marido, preparó mazamorra y se lo dio a sus hijos mezclado con veneno. Los más chiquitos, conocidos como Ingeniero y Belaunde, murieron y fueron enterrados a los costados de su padre.
Antes de navidad, el ejército llegó a Jiljarajay persiguiendo a la columna de terroristas que había incursionado en Marcas. El hombre que acompañaba a los militares señaló a la tía Graciela como uno de los culpables. Se la llevaron detenida a ella y a sus hijas y a los hijos del tío Juan Rejano. Víctor y el tío Juan Rejano, viudo de mi tía Teodora, hermana de mi mamá fallecida meses atrás de causas naturales, fueron a solicitar la libertad de la detenida. A ellos también los detuvieron por estar sin papeles. Víctor tuvo suerte: lo dejaron ir con la condición que trajera los documentos de los detenidos. Lo que hizo fue avisarle a la tía Susana. Cuando esta llegó a Marcas, le dijeron que los detenidos habían sido llevados al cuartel de Acobamba. En Acobamba le dijeron que los detenidos habían sido llevados a Lima. ¿Y los niños? Ellos se quedarán a vivir en el cuartel hasta los dieciocho años, son hijos de terroristas y están adoctrinados, aquí van a aprender a amar a su patria, le dijeron los militares. La tía Susana suplicó, rogó, lloró, qué sabían esas criaturitas de esas cosas de los terrucos, eran mujercitas, ella los criaría como criaba a sus hijos que no se metían en nada. Logró que le entregaran a Victoria, de seis años, y a Blanca de cuatro. Los hijos del tío Juan Rejano se quedaron en el cuartel. Recién a los dieciocho años les permitieron salir. Victoria le contó que a su mamá la habían arrojado a una poza llena de leña con las manos atadas hacia atrás. Allí murió gritando, quemada viva. Como ellas lloraban de hambre, los soldados les dieron carne frita para que comieran. No lo hicieron, algo les decía que esa carne era de seres humanos.
A inicios de febrero de 1985, mientras el papa Juan Pablo II recorría Ayacucho, los terroristas mataron a la abuela Felicitas y a su nieto Juan, un muchacho con retardo mental que salió en su defensa. Los senderistas se iban de Jiljarajay y quisieron llevarse a la abuela como cocinera. Ella se negó a acompañarlos, les reclamó por la muerte de su hijo, los culpó de la muerte de su nuera y de su yerno. Los terrucos la empezaron a golpear. Allí intervino Juan. A él lo mataron de un tiro, a la abuela la mataron a golpes y después le cortaron la cabeza. Esto lo contó la señora Inesita Soto, cuyos hijos integraban esa columna y por eso no le pasó nada. Los terrucos, antes de su retirada, pasaron por las armas a todos aquellos que se negaron a ir con ellos.
Mamá lloraba a mares.
–No llores, mamá –le decía yo, consolándola, llorando con ella–. Cuando entre al ejército voy a matar a todos los terrucos, te lo juro.
Pero ella seguía llorando, y lloraría hasta el mismo día de su muerte recordando a todos sus muertos.
***
–No hay que cerrar los ojos por ningún motivo –dijo el Chullañahui, una mano sosteniendo la cabra por las orejas y la otra la pistola–, o la bala saldrá desviada. El tiro tiene que ser certero, perfecto. Así.
¡¡PUM!!
El tiro nos hizo saltar como si a nuestro lado hubiera estallado un trueno. En el corral, las otras cabras se movieron inquietas como presintiendo su suerte.
La cabra se derrumbó sobre sus patas sin un solo gemido. La bala le había hecho un agujero en medio de la cabeza, chamuscando el pelo a su alrededor, y salido por el lado de la quijada. Primero la sangre salió como de un chisguete y luego perdió fuerza.
–¿Vieron?
Dijimos que sí.
–Así tenemos que aniquilar a los alljos: de un solo golpe porque algunos son fuertes y en su agonía reaccionan dando un último mordisco que puede ser fatal para nosotros. Por eso se da el tiro de gracia al enemigo.
Todos teníamos los ojos puestos en la pobre cabrita. ¿Cuánto duró su muerte, uno, dos segundos? ¿Cuánto dolor habrá sentido?
–¿Quién quiere tener el privilegio de ser el primero?
Nadie dijo yo.
–A ver tú, Piquicha, demuéstranos que eres el mejor de los compañeros.
La siguiente cabra era gorda, parecía preñada. La atamos a la estaca.
–Ponle el cañón en la nuca y dispara sin compasión alguna. Piensa que es un perro guardián del viejo Estado semicolonial y semifeudal al que debes aniquilar.
Piquicha disparó, ¡pum!, yo cerré los ojos, cuando los abrí, la cabra corría ladera abajo como llevada por el viento.
–¡Carajo, eres un cojudo! –el Chullañahui lanzó una maldición–. ¡Atrápenla!
Corrimos tras la cabra. ¡Escápate, escápate, cabrita! La alcanzamos casi al final del huayco. La bala le había entrado por un costado atravesándole el pellejo nomás.
Se resistía a regresar. Nos manchamos las manos, las ropas con sangre.
–¡Mátala con cuchillo, torpe! –le ordenó el Chullañahui a Piquicha entregándole un cuchillo de carnicero–. Las balas no se gastan por gusto. Al inicio de la guerra escasearán. Si no es con un arma, es con otra.
Piquicha apretó los dientes y hundió el cuchillo en la garganta del animal. La movió con rabia, la cabra lo tumbó, se revolcaron en el suelo pero él seguía prendido al cuello del animal. Todos mirábamos en silencio.
Finalmente la cabra se quedó quieta. ¡Cómo había luchado por su vida!
–¿Quién sigue? –preguntó el Chullañahui, medio molesto.
–Yo –dijo Edith.
Tomó la pistola y disparó. Su tiro fue perfecto. La cabra cayó al suelo como una piedra.
El Chullañahui la felicitó.
–¿Quién es el siguiente?
–Yo –dije, para terminar de una vez con esa pesadilla.
Me dio la pistola. Era enorme, pesada. Mi papá se la había vendido por necesidad hace tiempo. No cierres los ojos, pégala en su nuca y dispara. Piensa que es un enemigo del pueblo.
La cabra me miró con sus ojos enormes y tristes. Parecía una criaturita indefensa. Tuve ganas de acariciarle la cabeza pero no lo hice. Eso era doblegarse y nunca debería de hacerlo. Tampoco debería esperar que el enemigo lo hiciera. Puse el cañón en su nuca, ojalá que la bala no rebote en un hueso y me mate, pensé. Ojalá que no sufras, cabrita. Perdóname.
Jalé el gatillo.
¡Pum!
La cabra cayó muerta sin un suspiro.
–¡Bravo, bravo! –exclamó el Chullañahui–. ¡Perfecto! Creo que las mujeres son mejores que los hombres.
Sonreí. Edith y las otras chicas también lo hicieron.
Matamos veinte cabras que al día siguiente Lucas se llevaría al mercado de Huamanga.

jueves, 12 de agosto de 2010

Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 3)

Frente al antiguo CRAS de Ayacucho convertido ahora en galería artesanal
Tu mamá duerme. Bajo de la cama con cuidado para no despertarla. Me cambio con el mismo sigilo. Antes de salir, la contemplo: tiene el rostro apacible, lleno de manchas producto del embarazo, el cabello revuelto, respira con armonía. Me pregunto si tú también estarás durmiendo, si tendrás los ojitos cerrados. Estampo un ligero beso en su frente, que también es para ti, abre y cierra los párpados por un segundo, y salgo.
Tus primos también duermen en la otra habitación. Han correteado tanto que seguro despertarán tarde.
Es tempranito, un sol acerado brilla en el cielo de Huamanga pero, cuando me pongo a la sombra, tirito de frío.
Voy por el jirón 9 de Diciembre. Busco en cada rostro, sobre todo en los de rasgos andinos, el de la chica que se me presenta como una aparición, como una figura etérea que me mira nomás sin hablarme como si careciera del don de la palabra, que no permite que me le acerque como si al tocarla fuera a desvanecerse en el aire. ¿Quién será? ¿Por qué solo yo la puedo ver y no los demás?
Llego a la plazoleta Bellido, vacía a esta hora. Me siento en un banco y contemplo esa inmensa mole de piedra y cemento que alguna vez fue el CRAS de Ayacucho.
CENTRO DE EDUCACIÓN ARTESANAL – C. A.
GALERÍAS ARTESANALES
“Shosaka Nagase”
dice sobre el portón de madera de dos hojas que parece recién barnizado. Ya he estado dentro de sus instalaciones, ah, pero no creas que preso, no, no, eso no. Tu padre ha pisado solo una vez la cárcel, para visitar a su amigo Pelusa, pero esa es otra historia. Vamos a conocer la cárcel donde estuvo Edith Lagos, me dijo John el 2006. Tomen el micro que pasa por la otra esquina, nos dijo el del hotel cuando le preguntamos cómo hacer para llegar a la cárcel de Ayacucho. Terminamos frente al penal de Yanamilla, en las afueras de la ciudad. Ella se fugó del antiguo CRAS, nos dijo un policía a quien le preguntamos si allí había estado presa Edith Lagos. ¿Y dónde queda esa cárcel? En la ciudad, al final del jirón 9 de Diciembre, pero ahora no hay nada, es un centro artesanal. Volvimos a la ciudad. Tomamos un par de cervezas y nos olvidamos de la cárcel. Al día siguiente partimos a la Pampa de La Quinua, después a Huanta y luego a Cangari. Allí nos despedimos, él regresó a Lima y yo marché a Chincho. Días después regresé a Huamanga y lo primero que hice fue buscar la cárcel. La encontré, era de noche y estaba con el portón cerrado y lo único que hice fue contemplarla desde afuera, como hago ahora. Sigo impresionado por su titánica estructura. No me puedo imaginar a los senderistas atacándola con cargas de dinamita, a los francotiradores apostados en los techos de la iglesia del frente eliminando a sus custodios, a los presos huyendo por el boquete abierto a punta de bombas.
Recién al día siguiente, lunes, crucé el portón y me di con la sorpresa que allí también funcionaba la Ugel de Huamanga. ¿Cuántas veces Janeth habrá venido a buscar una plaza, a dejar sus documentos? Recorrí sus instalaciones. De las celdas no quedaba nada, solo unas marcas en el piso donde alguna vez estuvo el sobrecimiento.
De diciembre de 1980 hasta marzo de 1982 estuvo allí Edith Lagos. Medio año después de su rescate, murió en Andahuaylas. ¿Habrán existido en ese entonces todas las edificaciones que hay alrededor de la antigua cárcel? Podría tocar las puertas y preguntar si alguno fue testigo de esa noche. Pero me he dado cuenta que la gente no quiere hablar de esos años aciagos.
–Impresionante estructura, ¿verdad? –me dice un viejo que acaba de sentarse a mi lado. Tiene un solo ojo bueno. El otro está cruzado por una fea cicatriz.
–Ajá –le digo, mientras me pregunto de dónde salió porque no lo sentí llegar.
–Allí estuvo encerrada Edith Lagos.
–Eso he leído…
–Hay un abismo entre leer la historia y escribirla… –acentúa esta última palabra.
Me mira con su único ojo bueno. Es azul. Apenas si parpadea.
–¡Ah, si hubiera estado la noche del asalto! –dice, con un suspiro.
–¿Cómo fue?
–Espectacular como esa mazmorra –señala la cárcel–. Los policías y los cachacos opusieron feroz resistencia. Esa noche Ayacucho fue un campo de batalla.
–¿Los soldados no estaban en su base esperando una orden de Lima, que nunca llegó, para intervenir?
–Eso dice la historia oficial –dice el tuerto–. Y usted sabe muy bien que las historias oficiales están plagadas de mentiras. Y con mayor razón en este caso.
–Ah, claro –es lo único que se me ocurre decir.
–Entonces pensamos que después de eso el triunfo de la revolución era posible –dice el hombre–. El pueblo apoyaba la lucha armada. ¡Si hubiera visto qué cantidad de gente hubo en el entierro de Edith: miles y miles! Vinieron de todas partes: Lucanas, La Mar, Huanta, Huancavelica, Abancay. De las alturas. Ni en Semana Santa se ha visto algo similar. Los lacayos del gobierno estaban tan asustados que se encerraron en sus cuarteles. La gente entonaba los cánticos guerrilleros, lloraba. Cómo la querían a Edith. Por eso luego entró el ejército: para impedir que todo Ayacucho se levantara en armas.
Guarda silencio. ¿Qué decirle?
–Lo dejo –me dice–. Voy a dar unas vueltas por ahí. Buen día.
Lo veo alejarse con paso cansino.
Recorro el perímetro del antiguo penal. Todo es una mole de piedra. Ese asalto sí fue una hazaña.
Vibra mi celular. Es Valeria. Buenos días, amor, ¿dónde estás? Aquí, dando unas vueltas, ya regreso. ¿Vienes para desayunar, flaco? Sí, sí, ya voy. Un beso. Otro para ti.
Empiezo a hacer el camino de retorno al hotel. Vuelvo el rostro al sentir que me observan. Allí está ella, al lado de la estatua de María Parado de Bellido. ¿Regresar? ¿Para que escape? ¿Preguntarle quién es sin obtener respuesta?
Le digo adiós con la mano. Ella solo me mira, imperturbable. Ni un gesto, nada.
***
Tocaron el portón. Yo estaba leyendo una vieja Caretas que mamá había traído de la señora Olga. Era a fines de marzo de 1984, faltaban pocos días para volver al colegio.
Mamá y papá estaban trabajando. Yo estaba solo con mis hermanitas.
Fui a ver. En la puerta estaba un hombre alto, fornido. Lo acompañaba una chica blancona, de cara redonda y vestida con pollera.
–¡Tío Anacleto!
–¡Arol!
Nos abrazamos. El tío Anacleto era hermano menor de mi mamá. Hace años que no venía. La última vez, en su despedida, fui yo quien lloró más.
Me presentó a Eva, su hija. Tenía mi edad.
Eva se quedó con Dora y Flora mientras el tío y yo bajábamos a la pista con la carretilla. Allí estaba esperando Víctor, mi primo, de veinte años. Era menudo y corpulento. El tío dijo que los había traído porque en la sierra los cumpas estaban reclutando a los jóvenes para que participaran en la guerra. La lucha era más encarnizada desde que el ejército había entrado en la zona de combate.
–¿Acá también hay guerra? –preguntaron–. ¿Hay terrucos?
–No. Aunque de vez en cuando vuelan esas torres –le señalé el cerro– y matan perros, pero nada más.
Esa noche, en la cena, sopa de morón con carne de chivo que nos había mandado la abuela Felicitas, el tío nos contó que los terrucos habían llegado a Jiljarajay huyendo del acoso de los soldados. ¿Cómo está mamacha? Bien. Los cumpas son buenos, son como mis hijos, me atienden bien. Casi todos son universitarios, gente de buena presencia. No te confíes, cuñado, esa gente es traicionera, le dijo papá. No te preocupes, cuñado, más miedo dan los militares. Dile a mamacha que se vaya a Huanta donde Susana, le dijo mamá. No quiere. ¿Quién le va a cuidar sus animales? Además, en Huanta es peor, allí están los marinos, esa gente no cree en nada. Todos los muertos son culpa de ellos, matan a cualquiera diciendo que son terrucos. ¿Los terrucos no matan? No, ellos solo ajustician a los abigeos, a los hacendados explotadores, a las malas autoridades, a los policías abusivos. Los militares son los que matan, desaparecen a la gente. ¿Por qué creen que mataron a los ocho periodistas? Porque iban a denunciar sus crímenes.
El tío se marchó una semana después. Entre su equipaje llevaba grabadoras, relojes, ropas que le habían pedido los senderistas. Víctor y Eva se quedaron en la casa. Se pusieron a trabajar porque así lo había querido su papá. Víctor en la zapatería del tío Jesús Valencia y Eva en casa de la madrina de mi hermana Carolina.
Un día fui con Víctor al Centro. En el Parque Universitario nos compramos casets. Él de los Shapis y del “Rey” Vico y su grupo Karicia y yo de Michael Jackson, que entonces estaba de moda. Estábamos dando vueltas por allí, cuando nos topamos con unos timadores. Parecía tan simple el jueguito ese de adivinar bajo qué vaso se esconde una bolita. Sobrado le gano, me dijo mi primo, que era medio ingenuo. Apostó y perdió hasta los casets. Fuimos a quejarnos a un policía. Aunque sea que me devuelvan mis casits, dijo Víctor ante la sonrisa irónica del uniformado.
Víctor era buena gente. Trece años después, un guachimán lo mataría de un balazo en la sien jugando a la ruleta rusa. Para entonces la guerra ya había terminado. Escapó de la muerte solo para morir en otro lugar.
En julio, el tío Anacleto vino por segunda vez. En esa ocasión trajo a Virgilio, el tercero de sus hijos. Tenía le edad de John. Era un chiquillo vivaracho. Los cumpas lo quieren bastante, dijo el tío. Les he dicho que solo venía a visitar a sus hermanos.
Aquí le celebramos su último cumpleaños, aunque no lo sabíamos. Jonás, el enamorado de Carolina, le trajo torta, pero la fiestita casi termina mal: el tío vio besándose a la parejita y se molestó. ¿En la sierra no se besaría la gente? ¿Los terrucos habrían prohibido los besos en público? Amenazó marcharse llevándose a sus hijos. Mamá tuvo que rogarle que se quedara. Jonás le pidió disculpas.
–¿Hay que fabricar bombas? –me dijo un día Virgilio.
–¿Cómo se hace?
–Fácil: con lata de leche, pilas y clavos. La llenamos de pólvora y le ponemos su mecha, y listo, vuela.
Hicimos unas bombas que no estallaron. Virgilio quiso preparar pólvora, pero fracasó en su intento. A veces, cuando nos cruzábamos con un policía, se quedaba mirándole la pistola. Si los cumpas estuvieran por acá, ya no habría ni un perro vivo, decía. ¿Perro? Allá a los policías y a los cachacos les decimos alljos, o sea perros. ¿Por qué? Los cumpas dicen que son los guardianes de este viejo y podrido Estado. Recién años después comprendería sus palabras.
A fines de setiembre, el tío Anacleto vino por última vez. La situación está cada vez más fregada en la sierra, dijo, los cachacos están matando a todo el mundo. Ya ni Jiljarajay es seguro. Voy a vender mis animales y venirme con el resto de mi familia. Le encargó a papá que le buscara una casa para comprarla.
El ocho de octubre, el tío regresó a Ayacucho. Era feriado, no había clases, y todos fuimos a despedirlo al paradero. Nunca más lo volveríamos a ver. Dieciséis años después estaríamos ante su tumba en un paraje olvidado de Jiljarajay. Como las veces anteriores, también llevaba cosas que le habían encargado los terrucos.
Días después Víctor, acosado por un extraño presentimiento, se fue a Ayacucho.
Pasó octubre, pasó noviembre. El tío había dicho que a más tardar estaría de vuelta a fines de noviembre.
La primera semana de diciembre, llegó una carta de la tía Susana: Anacleto ya no hay, decía la misiva.
***
–Cuando pasen los perros, los barremos a pedradas –dijo el Chullañahui.
–¿Y si nos matan? –preguntó Piquicha.
–No creo que lo hagan. Nuestro ataque será sorpresivo como el de un puma –dijo el Chullañahui–. Cuando se den cuenta, ya estarán muertos.
–¿Tenemos que matarlos, profesor Quispe? –pregunté.
–Necesariamente. O son ellos, o somos nosotros. Estaremos en guerra, y ustedes saben que en una guerra se mata o te matan, no hay otra opción. En una guerra uno se juega la vida.
Ellos o nosotros.
–A ver, Valicha, repite los pasos de la emboscada.
–El primer grupo de combatientes empieza el ataque después de recibir el aviso del vigía, el segundo da los tiros de gracia y se apodera de las armas, el tercero sirve de contención.
–¡Perfecto! –dijo el Chullañahui–. ¿Entendieron todos?
–Arí, profesor Quispe.
–Después de la teoría, viene la práctica. Edith y Valicha dirigen el ataque, Piquicha y su grupo se encargarán de rematar a los caídos y acopiar las armas, Carlota y los suyos estarán en la contención.
Colocamos espantapájaros en el camino. Habíamos tallado armas de madera para los alljos.
Zenón vino corriendo desde su puesto de vigilancia.
–Viene una patrulla de perros –dijo, agitado–. Son diez.
–Prepárense para el ataque –dijo Edith.
El Chullañahui estaba atento como un general. Él no participaba en el ataque, solo observaba. Era el estratega. Había estado en China, con el Puka Inti, recibiendo instrucción en táctica guerrillera. Sabía manejar toda clase de armas, preparar explosivos.
–Allí están esos perros. Dejen que entren a nuestro campo de tiro.
Aunque todo lo imaginábamos, mi corazón latía como loco como si fuera verdad que estábamos a punto de emboscar a unos policías de carne y hueso.
Un pasito más…
Edith gritó:
–¡¡Al ataque!!
Un aluvión de piedras de todos los tamaños, que habíamos juntado previamente, cayó sobre los supuestos policías. Se levantó una polvareda que poco más nos asfixia.
Tiramos hasta la última piedra que habíamos juntado.
El grupo de Piquicha salió de su escondite y se puso a rematar a los caídos y buscar las armas.
Regresaron con solo cuatro.
–¡Mal, muy mal! –el Chullañahui movía la cabeza en señal de desaprobación–. Las armas se decomisan en su totalidad, así estén inservibles, para que los enemigos crean lo contrario. ¿Entendido?
Todos dijimos que sí.
–Si tuviéramos armas de fuego, nuestro ataque sería contundente –dijo Zenón.
–Las tendremos –le dijo el Chullañahui–. Recién estamos en la etapa de acopio de armas. Así, de paso, forjamos el temple de los futuros integrantes del Ejército Guerrillero Popular porque la guerra se hace guerreando. Nadie nace sabiendo luchar. ¿O ustedes creen que Napoleón fue general de la noche a la mañana? Claro que no. Que la victoria nos cueste sudor y lágrimas. El Che Guevara tenía armas y no hizo nada en Bolivia, igual Luis de la Puente Uceda. A veces una piedra es más contundente que una bala. Hagámoslo de nuevo. Tú, Valicha, dirige ahora el segundo grupo.
Limpiamos el camino, recompusimos a los espantapájaros, les pusimos sus armas.
Vino el vigía: se acerca una patrulla de perros, compañeros.
Una lluvia de piedras cayó sobre los supuestos policías. Antes que se disipara la polvareda, atacamos nosotros. Recuperamos ocho armas.
–No está nada mal –nos dijo el Chullañahui–. ¿Ven cómo la experiencia forja al guerrero? El Puka Inti estará contento cuando le presente mi informe.
Sonreímos orgullosos de nosotros mismos.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 2)

Catedral de Ayacucho vista desde la Plaza de Armas
–¿Vamos a dar unas vueltas por ahí, corazón?
–Ay, flaco, sorry, estoy súper cansada y tengo los pies hinchados –se excusa tu mamá. Tiene el control remoto en la mano y va de canal en canal–. Mejor vemos una peli, ¿te parece? La isla siniestra con Leonardo di Caprio está mostro.
–Voy a caminar un poco –le digo, mientras me pongo chompa. Afuera está haciendo friecito–. Regresando te acompaño en otra película, ¿te parece?
–Ya. Xime quiere queso y guagua –dice, tocándose la abultada barriga.
–Dile a esa chiquita que no coma mucho porque va a salir como su primo Chancho –le digo mientras le doy un beso.
–¿Tú quieres que sea como Flaquito, no, papi? –Valeria habla como bebe.
–Ajá, sino no te voy a poder cargar cuando vayamos a Chincho –le acaricio la barriga, le doy un beso–. Vuelvo, amor.
–Te cuidas, flaco.
Es de noche, casi las nueve, las calles están llenas de gente, niños, jóvenes, viejos, parejas que caminan despreocupados. La guerra es algo remoto, los más jóvenes no lo han vivido, lo que actualmente pasa en el VRAE les tiene sin importancia. Hace años que no hay atentados, emboscadas, apagones, perros colgados en los postes, muertos en las calles con sus carteles acusándolos de soplones, traidores o yana humas. Tampoco hay soldados, tanquetas, portatropas a pesar que mañana hay desfile militar aquí. Las noches de toque de queda han quedado en el recuerdo, ahora uno puedo salir de su casa a la hora que le dé la gana y hasta que le dé la gana. Ahora Huamanga no tiene nada que envidiarle a ciudades como Trujillo o Arequipa, o a algún distrito limeño. En cada esquina hay cabinas de internet, los celulares abundan. Hay discotecas por todas partes. He visto a chicas en minifalda, vistiendo a la moda como en Lima. El tráfico, como en cualquier ciudad del Perú, es un caos. Esquivo combis y mototaxis para cruzar las calles y llegar a la Plaza de Armas. Está llena de personas, ambulantes, turistas. Al frente, la Catedral rebosa de feligreses. Doy vueltas hasta que una pareja deja un banco y me siento.
Ya he estado aquí en un par de oportunidades. La primera vez fue el 2000 con mamá y Nacho: la llanta del bus de Expreso Huamanga se pinchó y bajamos a desentumecer las piernas mientras buscaban repuesto. En el 2001 fui a Huanta con tu tía Flora y, de pasada, vine a buscar a mi amiga Janeth. No vayas a hacer pataletas porque era solo una compañera de La Cantuta. El 2006, un año después de la muerte de tu abuela, vine con tu tío John. Desde entonces la ciudad ha cambiado bastante. Pero está mejor que Lima: las calles lucen limpias, hay tachos de metal en cada cuadra, las pistas están en buen estado.
El jirón Asamblea es el jirón de la Unión de Huamanga.
–Compre chaplita, papito –me ofrece una señora que lleva un bebe en una manta colgada en la espalda–. A sol la bolsita nomás.
Le compro dos bolsas. Lo bueno de la chapla es que dura días sin ponerse duro como los otros panes. A mamá le encantaba. Ella también estuvo aquí con Mariana. Vinieron un par de años después de la caída de Abimael, si mal no recuerdo. Por allí hay unas fotos donde está teniendo como fondo la Catedral, el monumento a Sucre, con mama Nena. También en Huanta con su hermana Susana.
De pronto la veo, está sentada en el banco del frente. Lleva la misma pollera de colores de la mañana, la misma blusa rosada. Me mira, la miro. Sus ojos rasgados ahora parecen más grandes. ¿Quién será? Diego dice que ninguna chica le ayudó cuando se cayó. Nacho tampoco vio a nadie. A Valeria ni le pregunté.
Se pone de pie y echa a caminar. La sigo. Dejamos la Plaza de Armas.
–Oye, espera, ¿quién eres?
No contesta, sigue caminando. Va a paso ligero. Cuando acelero mis pasos, ella hace lo mismo.
Mi celular vibra. Es un mensaje de texto de tu mamá: No te olvides de la guagua y el queso para Xime. Tkm, flaco.
No le contesto, concentrado en no perder de vista a la chica.
–¡Oye, espera, quiero hablar contigo!
Nada, no me hace caso, sigue caminando; de vez en cuando vuelve el rostro como para asegurarse que la estoy siguiendo.
Ahora vamos por el jirón 9 de Diciembre. Una cuadra, otra cuadra. Nos alejamos del centro.
–¡Espera, por favor!
Llegamos a la plazoleta Bellido. Al frente está el antiguo CRAS de Ayacucho.
Me le acerco y ella da un paso, alejándose.
–¿Quién eres? –le pregunto–. ¿Qué quieres de mí?
No me contesta, solo me mira. El viento nocturno mueve sus cabellos.
Doy otro paso y ella hace lo mismo. ¿Y si corro y la atrapo? Gritaría, vendría la policía, me metería en problemas…
Vibra mi celular. Es otro mensaje de texto de tu mamá: Son las diez, Xime está que se muere por su queso y su guagua. Apúrate, flaco.
–Oye, me tengo que ir. ¿Podemos conversar un momento?
No dice nada. ¿Será muda?
–Chau. Me voy.
Silencio.
Doy la media vuelta y regreso sobre mis pasos. De vez en cuando vuelvo el rostro y ella sigue allí, inmutable. Debí haber traído el pañuelo que le dio a Diego, decirle ¿esto es tuyo?
***
–Tu novia dice que le regales agua –dijo mamá. Me reí. Agarré la llave. Antes de salir, me dio una advertencia–: Cuidadito nomás que estén haciendo tonterías en el pozo.
–¿Qué tonterías, mamá?
–Ya, no te hagas el sonso. ¿Crees que no me doy cuenta que a esa le pica todo?
Me volví a reír.
Era tempranito. El sol salía por entre los cerros del frente. Allí estaban las torres derribadas la noche anterior a punto de rodar cerro abajo.
–¿No has visto a mi Bobby? –fue lo primero que me preguntó Emperatriz. Llevaba un vestidito celeste. Se notaba que estaba sin sostén: sus pezones querían atravesar la tela.
–No. Cachorro también ha desaparecido. Mariana está que llora.
–Yo también me he pasado la noche llorando –dijo–. Mira mis ojos.
Había tristeza en sus ojos de gata enmarcados por largas y rizadas pestañas.
–Ojalá que no les hayan dado bocado.
–Ojalá que no, ahí sí que Mariana se muere.
–Y yo también.
–Si tú te mueres, yo también me muero.
Soltó una carcajada.
–Chistoso.
Tenía ganas de decirle anoche no pude dormir bien, me la pasé recordando el beso que me diste, recordando el sabor de tus labios, soñando que me besabas de nuevo. Emperatriz me llevaba un par de años. Ella y Viejo Miguel eran los mayores del grupo. En nuestros juegos, ellos eran el papá y la mamá y los demás éramos sus hijos. Los demás queríamos ocupar el lugar de Viejo. Lo envidiábamos. Ahora yo un poco menos: ya conocía el sabor de los labios de Emperatriz.
–¿Van a bañarse en la sequia? –nos preguntó Pelusa al pasar frente a su casa. Estaba jugando con unos camiones que se había hecho con latas de leche.
–No. Todavía hace frío. Más tarde.
–Ah, ya, me avisan –dijo nuestro amigo, y siguió jugando.
El profesor Ricra estaba regando la calle frente a su casa. Ni nos miró ni nosotros lo saludamos. Era un hombre enigmático. Hijo de satanás, le decía mi papá desde que un domingo tocó su puerta, Biblia en mano, para hablarle de Dios y el profesor le dijo ¿usted ha visto a Dios?, ¿me puede decir cómo es?
–¿Cuándo vamos al río los dos solitos a bañarnos, Arol, ah? –me preguntó Emperatriz–. Quiero que me enseñes a nadar.
No alcancé a responderle: Cachorro estaba colgado en el poste de luz frente a la casa de la señora Arcaria. Más allá, estaba Bobby.
Emperatriz casi se desmaya de la impresión. Pensé en Mariana: se iba a morir, Cachorro era como su hijo.
No eran los únicos perros: en todos los postes de la calle Túpac Amaru había colgado uno. Todos tenían un cartel en el pescuezo. El de Cachorro decía “¡Así morirán los perros traidores del pueblo!”; el de Bobby, “¡Deng Xiaoping, hijo de perra!”
Emperatriz se echó a llorar.
–Le voy a decir a mi papá que los baje para enterrarlos –le dije, consolándola.
–Ni lo hagan –nos dijo el profesor Ricra, detrás de nosotros, balde en mano, mirándonos con sus ojos carentes de expresión alguna–. ¿Acaso no saben leer, ah?
***
Relámpago bajaba raudo hacia Huanchuy. Parecía un potrillo lleno de energía. Íbamos contentos, felices. Al opa Inquicha se le escapaba la alegría a borbotones. Manga, manga, repetía, con la saliva cayéndole por la comisura de los labios. Parecía un niño que recién estaba empezando a hablar. Huamanga, opita carago, se dice Huamanga, lo corregíamos, pero él seguía con su manga, manga. Era nieto de mama Felicitas y primo del Piquicha. Dicen que cuando era chiquito se cayó de cabeza de su cama y por eso se volvió opita. El Chullañahui lo quería harto, por eso le dejaba participar en las reuniones. Inquicha va a ser un gran guerrero, decía, ya lo verán, el Atila de los Andes, el terror de los perros del gobierno.
Una curva, otra curva y llegamos al río. Dío, dío; no, opita, se dice río, no dío. Cuánta agua hay aquí, como para hartarse. En Chincho vivíamos de la lluvia nomás. Si no llovía, teníamos que bajar a Jiljarajay para no morirnos porque el agua de Chinchopuquio solo alcanzaba para beber y cocinar. Dicen que peor era en los cerros de Lima.
Relámpago se atracó en mitad del cauce. Bajamos para empujarlo. ¡Fuerza, opita carago! ¡Así, como hombre!
–Ya que estamos medio mojados, aprovechemos para asearnos un poco más –nos dijo el Chullañahui–. Hay que ir limpiecitos a nuestra histórica reunión.
Nos dio un pedazo de jabón para que nos laváramos la cara y los pies. Puma, puma, repetía el opa Inquicha viendo nuestras caras llenas de espuma. Se dice espuma, opita carago, espuma. Puma es el que se come nuestros animalitos en Jiljarajay. Lávate bien los mocos, opita carago, sino el puma te va a comer por lauta.
Reemprendimos la marcha. El camión iba levantando polvareda por el camino de tierra. Todo era chacra, tunales, chocitas de barro con techos de paja, niños pastando cabras, ovejas, jalando burros cargados de leña, hombres con las espaldas dobladas trabajando la tierra. Igualito que en Chincho. Así es en todos los Andes, nos decía el Chullañahui. Así ha sido siempre y así será. De nosotros depende que todo esto cambie.
A partir de Repartición la carretera era asfaltada y Relámpago, a pesar que era ya carcochita, iba a toda velocidad, como si ya deseara llegar a su destino. Lo conducía don Crispín, otro de los dirigentes del Partido en Chincho. El viento jugaba con nuestros cabellos: ¡viento, vientoo, vientoooo!
–Esa es Huamanga, compañeros –gritó el Chullañahui desde la cabina–. La orgullosa y noble Huamanga. Pronto estará en boca de todo el mundo, ya lo verán.
Era más grande que Huanta, sus casas eran de adobe y ladrillo, con sus paredes pintadas de muchos colores y balcones de madera. Las calles, algunas estrechas, estaban asfaltadas o empedradas. Había iglesias por todas partes. Dicen que durante la Colonia fue una ciudad muy importante; por aquí pasaban los que iban al Cusco, a Charcas y a La Plata. Se llamaba San Juan de la Victoria de Huamanga.
La gente iba bien vestida, con ropa limpia y zapatos. Los estudiantes llevaban uniforme color plomo, no eran como nosotros que íbamos a estudiar con nuestras ropitas llenas de remiendos y ojotas. ¿Por qué tiene que ser así, ah, si todos somos peruanos?, nos decía el Chullañahui.
Cruzamos bajo un arco y salimos en la Plaza de Armas donde estaba la estatua de un hombre montado en su caballo. Ese era el Libertador Sucre, lo había visto en mi libro de historia. Ballo, pisa, carago, achachau, repetía el opa Inquicha, asustado por el enorme y negro caballo de bronce. Se dice caballo, opita carago, caballo.
Descendimos del camión.
–Aquí estudié mi carrera para ser maestro –nos dijo el Chullañahui, mientras entrábamos a una casona en cuyo patio de la entrada había una higuera que, según él, había sido sembrada por el mismo libertador Bolívar.
Allí nos quedamos a esperarlo mientras él iba en busca del Puka Inti. Tenía ganas de conocer a ese hombre del cual el Chullañahui se expresaba con devoción.
Volvió al poco rato con un hombre de andar pausado que vestía como los mistis.
–Estos son los iniciadores de Chullayacu, Chincho y Jiljarajay, doctor Guzmán.
–Allinllachu, compañeritos. ¿Imainataq kachkankichik?
–Rimakuykullayki, compañero Puka Inti. Allinllam kachkaniku.
–Allimpi hamunkichik, pasaykamuy.
–Esta es Valicha, la chica de la que le hablé, doctor Guzmán.
–Ya quiero escuchar esa voz de torcaza –me dijo el Puka Inti, pasándome una mano por las mejillas. La tenía suave como el vestido de seda de la Virgen del Carmen.
Me puse colorada.
–¡Doctor Guzmán, muy buen día! –el viejo Crispín le hizo una reverencia al Puka Inti, le besó las manos como los campesinos besaban las manos de las hacendadas–. ¿Imainataq karqanki, wiracocha?
–Allinllam, allinllam, sapapunchaw hina. ¿Y usted?
–Bien, doctorcito. Esperando con impaciencia nuestra cita con la historia.
–Paciencia, paciencia, ya llegará, para qué desesperar.
Apareció otro grupo de personas. Los mayores nos presentaron mutuamente. Ella es Valicha, ella es Carlota Tello Cuti, ella es Edith Lagos, también canta como los ángeles. Después las oiremos. Ahora pasemos a desayunar.
Lo seguimos por los pasillos, cruzamos patios hasta llegar al comedor. Las mesas y los bancos eran grandes. Nos dieron una taza de leche, tres panes con mermelada y mantequilla a cada uno. Me senté al lado de Edith. ¿Qué pan es este? El que tiene raya se llama pan francés, dijo, el que no tiene raya es pan tolete. Nosotros no conocíamos esos panes, apenas comíamos chapla que traía mi papá las veces que iba a Huanta. Nuestro desayuno era un plato de sopa, cancha, mote y puspo.
–Edith conoce Lima –dijo Carlota.
–¿Y cómo es? –le pregunté.
La gente que iba a la capital contaba maravillas al regresar: que las casas eran tan altas que casi llegaban al cielo, que había carros como hormigas, que había un enorme lago de agua salada llamado mar.
Yo tenía una tía en Lima, pero no la conocía.
–No me gusta nada –dijo Edith–. Las calles son sucias, está llena de rateros y mendigos.
–¿Y has ido a ese inmenso lago llamado mar?
–Sí, pero tampoco me gustó. Prefiero bañarme en el río.
–¿Y qué hacías en Lima?
–Estudiaba Derecho. Pero lo dejé, la única manera de defender al pueblo es con los fusiles. Las leyes solo son para los mistis.
El opa Inquicha estaba feliz con la mermelada. Tenía toda la cara embadurnada como si estuviera en carnaval. Más lada, pedía, lada, lada. Se dice mermelada, opita carago, no lada. Edith le invitó su pan. Yo quería llevarme un poco para que mi mamá, mi papá y mi hermanito también probaran, pero me daba vergüenza guardarme un pan.
Salimos del comedor y dimos vueltas por la casona. Tuve ganas de orinar.
–Vamos al baño –dijo Edith.
Yo pensé, avergonzada, que íbamos a orinar en el jardín nomás, delante de la gente, pero no, entramos a un cuarto enchapado con mayólica blanca.
–Allí se orina –me dijo Edith, señalando un water donde había agua limpia que, pensé, era para tomar. Edith se rió cuando le dije eso. Parecía un puquial, pues–. Hoy orinarás como los mistis, Valicha.
Los mistis no se parecían en nada a nosotros. Sus traseros son delicados, dijo Edith. Ellos no se bajan los calzones como nosotros en cualquier lado. En Chincho hacíamos nuestras necesidades en el huayco nomás y nos limpiábamos con una piedrita o con coronta. Los mistis hasta tenían papeles especiales para limpiarse.
–Al lado de ellos, nosotros somos animalitos salvajes todavía.
Solo con la guerra todos seremos iguales, decía el Chullañahui.
Fuimos al auditorio. Estaba llena de personas, estudiantes, campesinos, profesores.
En una mesa, al frente, estaba el Puka Inti flanqueado por los integrantes de su Comité Central.
Partido Comunista del Perú – Por el Sendero Luminoso de José Carlos Mariátegui decía en un paño rojo colgado detrás de ellos. Al costado de la inscripción había una hoz y un martillo.
Ese era el símbolo de la guerra.
También estaban las fotografías de cuatro hombres: uno viejo y barbado, otro calvo, otro un gordito con los ojos rasgados y otro un indio.
–Y ese es José Carlos Mariátegui, nuestro guía –dijo Edith, señalando al indio después de decirme los nombres de esos hombres–. Era una persona sumamente inteligente, y eso que nunca fue a la universidad.
–Estamos aquí reunidos para escuchar las sabias palabras del camarada Abimael Guzmán, secretario general del Partido Comunista del Perú, a quien tenemos el honor de recibir con un fuerte voto de aplausos –anunció el Chullañahui después de darnos la bienvenida.
El Puka Inti se puso de pie. Recorrió el auditorio con los ojos. Tenía una mirada penetrante.
El silencio era total.
–El Perú es un país dependiente, semicolonial y semifeudal –empezó con su discurso–. Como tal, el campesinado constituye el sector más atrasado, oprimido y explotado, y en el campo se encuentra el nudo principal de las contradicciones de toda la sociedad. Por eso la revolución peruana deberá ser democrática y nacional, antiimperialista y antifeudal –hizo una pausa para beber un poco de agua–. Su base social será la alianza obrera y campesina, pero de ellos el campesinado es la fuerza motriz principal mientras el proletariado insurge y se desarrolla como clase dirigente –hizo otra pausa para beber–. La principal y única forma de lucha revolucionaria, para tomar el poder y construir el Estado de Nueva Democracia, es la lucha armada, la guerra popular, pues las clases dominantes no soltarán fácilmente el poder y cuentan con una fuerza armada que se ha convertido en el Perú en un ejército de ocupación –hizo otra pausa–. La guerra popular tiene como escenario el campo y avanza hacia las ciudades. ¡La guerra popular es una guerra campesina o no es nada! –dijo con énfasis. Aplaudimos por un par de minutos–. El Partido se forja y se desarrolla en el curso de la lucha armada y, como organización política, busca, en esta lucha, convertirse en un verdadero ejército popular.
Un hombre, que estaba sentado al lado nuestro, se puso de pie.
–Hace veinte años que están con el mismo cuento de la guerra popular –dijo, casi gritó. Me acordé de mi papá–. Si tanto hablan y hablan de la guerra popular, háganla de una vez sin tanto cacareo.
Salió.
Silencio.
–¡Algunos qué poca fe tienen, qué poca claridad, qué poca esperanza! –se dejó oír de nuevo la voz del Puka Inti–. Desarraiguemos las hierbas venenosas, eso es veneno puro, cáncer a los huesos, nos corroería, no lo podemos permitir, es putrición y siniestra pus, no lo podemos permitir, menos ahora. Desterremos esas siniestras víboras, no podemos permitir ni cobardía ni traición, son áspides. Comencemos a quemar, a desarraigar esa pus, ese veneno, quemarlo es urgente. Existe, y eso no es bueno, es dañino, es una muerte lenta que nos podría consumir. Los que están en esa situación son los primeros que tenemos que marcar a fuego, desarraigar, reventar los chupos, de otra manera la ponzoña será general. Venenos, purulencias, hay que destruirlas.
Aplauso prolongado.
–¡Viva el Partido Comunista del Perú, compañeros!
–¡¡Viva!!
–¡¡Viva la guerra popular, compañeros!!
–¡¡¡Viva!!!
–Para terminar, pido a toda la militancia la entrega total de su vida al Partido.
Otra tanda de aplausos. Besos y abrazos entre la concurrencia.
–Ahora, compañeros, las compañeras Edith Lagos y Valicha nos van a deleitar con ese don maravilloso que les ha dado la naturaleza: su voz –anunció el Chullañahui.
Edith fue la primera en cantar: Hierba silvestre, / aroma puro, / te ruego acompañarme por mi camino, / serás mi bálsamo y mi tragedia, / serás mi aroma, / serás mi gloria…
Cómo la aplaudieron. Se ve que la querían.
Ahora me tocaba a mí: He recorrido mi patria entera / de pueblo en pueeeblo, / de barrio en barrioooo, / y en cada pueblo palomas cantabaan / llorando triiistes sus sueños truncados, / quejándoseee de tanta miseriaaa…
También me aplaudieron. El Puka Inti me dio un beso en la frente. Tu voz cantará las victorias de la guerra, Valicha, me dijo. Me puse colorada.
Volvimos al comedor para almorzar. Nos sirvieron pescado frito con ensalada. En Chincho casi nunca comíamos pescado.
En la tarde, mientras se reunían los dirigentes principales del Partido, recorrimos la ciudad con Edith, Carlota y el opa Inquicha.
–Dentro de poco, todo esto arderá –dijo Edith, abriendo los brazos como para abarcar toda la ciudad–. Si en la Pampa de La Quinua se selló el destino de América, en las pampas de Ayacucho se escribirá la nueva historia del Perú.
–Y nosotros la escribiremos –dijo Carlota–. ¿No es ese un gran privilegio?
–Lo es.
Entramos a la Catedral. Brillaba en oro. A su lado, la iglesia de Chincho no era nada. El Inquicha miraba temeroso al Cristo crucificado, coronado de espinas y clavado en manos y pies. Achachau, carago, Dios muerto. Esa es una imagen nomás, opita carago, no tengas miedo, nada te puede hacer.
Edith nos llevó a su casa. Era un caserón como la de los mistis. Tenía un cuarto para ella sola. Tenía una cómoda llena de ropa, unos estantes con libros. Nos enseñó los cuadernos donde escribía sus poemas que musicalizaba y cantaba.
–Algún día, cuando la victoria sea nuestra, escribiré la historia de la guerra –dijo–. Y le pondré de título Ayacucho era un campo de batalla. ¿Qué les parece?
–Es un buen título –le dije–. Me gusta.
–A mí también –dijo Carlota.
–¿Y a ti, opita carago, también te gusta?
–Lada, lada –dijo el opa.

domingo, 8 de agosto de 2010

Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 2, frag.1)

Desfile militar en la Plaza de Armas de Ayacucho por el aniversario patrio.
–¿Vamos a dar unas vueltas por ahí, Vale?
–Ay, flaco, sorry, estoy súper cansada y tengo los pies hinchados –se excusa tu mamá. Tiene el control remoto en la mano y va de canal en canal–. Mejor vemos una peli, ¿te parece? Encuentro explosivo con Tom Cruise y la Cameron Díaz está mostro.
–Voy a caminar un poco –le digo, mientras me pongo chompa. Afuera está haciendo friecito–. Regresando te acompaño en otra película, ¿te parece?
–Ya. Xime quiere queso y guagua –dice, tocándose la abultada barriga.
–Dile a esa chiquita que no coma mucho porque va a salir como su primo Chancho –le digo mientras le doy un beso.
–¿Tú quieres que sea como Flaquito, no, papi? –Valeria habla como bebe.
–Ajá, sino no te voy a poder cargar cuando vayamos a Chincho –le acaricio la barriga–. Vuelvo, amor.
–Te cuidas, flaco.
Es de noche, casi las nueve, las calles están llenas de gente, niños, jóvenes, viejos, parejas que caminan despreocupados. La guerra es algo remoto, los más jóvenes no lo han vivido, lo que actualmente pasa en el VRAE les tiene sin importancia. Hace años que no hay atentados, emboscadas, apagones, perros colgados en los postes, muertos en las calles con sus carteles acusándolos de soplones, traidores o yana humas. Tampoco hay soldados, tanquetas, portatropas a pesar que mañana hay desfile militar aquí. Las noches de toque de queda han quedado en el recuerdo, ahora uno puedo salir de su casa a la hora que le dé la gana y hasta que le dé la gana. Ahora Huamanga no tiene nada que envidiarle a ciudades como Trujillo o Arequipa, o a algún distrito limeño. En cada esquina hay cabinas de internet, los celulares abundan. Hay discotecas por todas partes. He visto a chicas en minifalda, vistiendo a la moda como en Lima. El tráfico, como en cualquier ciudad del Perú, es un caos. Esquivo combis y mototaxis para cruzar las calles y llegar a la Plaza de Armas. Está llena de personas, ambulantes, turistas. Al frente, la Catedral rebosa de feligreses. Doy vueltas hasta que una pareja deja un banco y me siento.
Ya he estado aquí en un par de oportunidades. La primera vez fue el 2000 con mamá y Nacho: la llanta del bus de Expreso Huamanga se pinchó y bajamos a desentumecer los pies mientras buscaban repuesto. En el 2001 fui a Huanta con tu tía Flora y, de pasada, vine a buscar a mi amiga Janeth. No vayas a hacer pataletas porque era solo una compañera de La Cantuta. El 2006, un año después de la muerte de tu abuela, vine con tu tío John. Desde entonces la ciudad ha cambiado bastante. Pero está mejor que Lima: las calles lucen limpias. Hay tachos de metal en cada cuadra.
El jirón Asamblea es el jirón de la Unión de Huamanga.
–Compre chaplita, papito –me ofrece una señora que lleva un bebe en una manta colgada en la espalda–. A sol la bolsita nomás.
Le compro dos bolsas. Lo bueno de la chapla es que dura días sin ponerse duro como los otros panes. A mamá le encantaba. Ella también estuvo aquí con Mariana. Vinieron un par de años después de la caída de Abimael. Por allí hay unas fotos donde está teniendo como fondo la Catedral, el monumento a Sucre, con mama Nena.
De pronto la veo, está sentada en el banco del frente. Lleva la misma pollera de colores de la mañana, la misma blusa rosada. Me mira, la miro. Sus ojos rasgados ahora parecen más grandes. ¿Quién será? Diego dice que ninguna chica le ayudó cuando se cayó. Nacho tampoco vio a nadie. A Valeria ni le pregunté.
Se pone de pie y echa a caminar. La sigo. Dejamos la Plaza de Armas.
–Oye, espera, ¿quién eres?
No contesta, sigue caminando. Va a paso ligero. Cuando acelero mis pasos, ella hace lo mismo.
Mi celular vibra. Es un mensaje de texto de tu mamá: No te olvides de la guagua y el queso para Xime. Tkm, flaco.
No le contesto, concentrado en no perder de vista a la chica.
–¡Oye, espera, quiero hablar contigo!
Nada, no me hace caso, sigue caminando; de vez en cuando vuelve el rostro como para asegurarse que la estoy siguiendo.
Ahora vamos por el jirón 9 de Diciembre. Una cuadra, otra cuadra. Nos alejamos del centro.
–¡Espera, por favor!
Llegamos a la plazoleta Bellido. Al frente está el antiguo CRAS de Ayacucho.
Me le acerco y ella da un paso, alejándose.
–¿Quién eres? –le pregunto–. ¿Qué quieres de mí?
No me contesta, solo me mira. El viento nocturno mueve sus cabellos.
Doy otro paso y ella hace lo mismo. ¿Y si corro y la atrapo? Gritaría, vendría la policía, me metería en problemas…
Vibra mi celular. Es otro mensaje de texto de tu mamá: Son las diez, Xime está que se muere por su queso y su chapla. Apúrate, flaco.
–Oye, me tengo que ir. ¿Podemos conversar un ratito?
No dice nada. ¿Será muda?
–Chau. Me voy.
Silencio.
Doy la media vuelta y regreso sobre mis pasos. De vez en cuando vuelvo el rostro y ella sigue allí, inmutable. Debí haber traído el pañuelo que le dio a Diego, decirle ¿esto es tuyo?

sábado, 7 de agosto de 2010

Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 1, frags. 2 y 3)

Antiguo camino de Carmen Alto. En Qqasi con mi sobrina Vicky. Vista panorámica de Ayacucho desde el Mirador del Cerro Acuchimay.





La oscuridad se tragó el bello rostro de Emperatriz, sus ojos grises de gata, su boca roja, justo cuando me iba a regalar un beso. Mi primer beso en la boca.
Las explosiones empezaron a sucederse uno tras otro como un rosario.
–¡Arolchaaa! –esa era mi mamá.
–Me voy.
–¿Vuelves? –me preguntó Viejo.
–No sé… –los labios de Emperatriz, con un fuerte sabor a lápiz labial, sellaron los míos.
¡Mi primer beso!
–¡Arooolchaaaaa!
Salté la pared de la casa abandonada de don Navarro, crucé la calle de tierra y piedras y entré a mi casa. Juancho y Bibi, mis hermanos menores, lloraban, asustados. Mariana y Flora también estaban con miedo, abrazadas a papá. Todos estaban debajo del enorme molle que teníamos en el patio.
–Ojalá que Carolina esté bien –dijo mamá.
Carolina, mi hermana mayor, trabajaba en la hidroeléctrica donde sus padrinos.
–No creo que los terrucos se atrevan a atacar la central –dijo papá–. Está llena de repuchos.
–Quién sabe, esa gente es capaz de todo –dijo mamá. Y a mí–: Fíate dos velas y un fósforo.
En la puerta me encontré con Pelusa. Nos apuramos en ir a la tienda. En el camino nos cruzamos con sombras que iban de prisa. Parecía que llevaban escaleras, sacos. Los perros ladraban como si vieran fantasmas.
–¿Te besó Emperatriz?
–Casi… ¿Ya se fueron?
–Sí. La llamó la Pequeña Lulú.
Así le decíamos a la mamá de nuestra amiga porque era del tamaño de un duende.
El Zambito nos atendió por su ventana nomás. Aparte de las velas y el fósforo, nos fiamos un sol de galleta de agua para nosotros.
–Vayan con cuidado, vecinitos.
–Ya, don Ceferino. Gracias.
Otra sarta de dinamitazos. Los cerros se iluminaron con una luz azul acerada. Los perros aullaban como locos. Ojalá que no se cayeran las torres sobre La Realidad y nos achicharraran.
–¿Cachorro no los ha seguido? –nos preguntó Mariana, preocupada.
–No. Ni le hemos visto.
–De miedo se habrá escondido por ahí –dijo papá.
Cachorro era miedoso. Era un pastor alemán que don Caldas le había regalado a mamá. Se había llenado de garrapatas. A pesar que papá siempre lo bañaba con petróleo y Mariana lo limpiaba a diario, los bichos no lo dejaban.
–¿Quieres que lo vayamos a buscar, Mariana? –se ofreció Viejo, que acababa de llegar junto con Lube.
–Primero tomen un poco de sopa caliente –dijo mamá.
–Gracias, señora María.
Entramos a la cocina iluminada por una vela. Mamá nos sirvió un plato de sopa a cada uno. Papá hizo una oración. Él era Testigo de Jehová.
–Está rica la sopa, señora María –dijo Viejo.
–¿Te yapo?
–Claro, señora María. Gracias.
Sonaron más dinamitazos, pero esta vez lejos, por Chacrasana o Yanacoto.
–¿Es cierto que en la sierra hay guerra, don Juan? –preguntó Lube.
–Sí –dijo papá–. Los comunistas quieren tomar el poder para esclavizarnos.
–Cómo estarán mamacha, Anacleto, Susana, Teófilo –dijo mamá, preocupada.
Todos ellos vivían en Ayacucho. Yo solo conocía al tío Anacleto. Antes venía seguido y traía queso salado y duro y cancha blanquita que me gustaba bastante.
–Ojalá que no se metan en nada –dijo papá–. Esa gente es peligrosa.
–Pero el tío tiene tu escopeta, papá –dijo Mariana–. Sobrado puede defenderse.
La última vez que el tío Anacleto vino a visitarnos, se llevó la escopeta de papá para matar a un puma que estaba diezmando sus animales en Jiljarajay. A veces, cuando papá no estaba, nosotros jugábamos a la guerrita con esa escopeta, que era grande y pesada. Ojalá que un día el tío la devolviera.
–¿Qué va a poder defenderse con una escopeta contra esa gente fanática?
En Chaclacayo, al otro lado del río, empezó un tiroteo.
–Parece que los terrucos están atacando la comisaría –dijo papá.
–¡Miren, el cerro! –exclamó Mariana.
En el cerro del frente, donde minutos antes había sonado los dinamitazos, empezó a arder una antorcha en forma de la hoz y el martillo.
–Ese es el símbolo de los demonios –dijo papá.
Nos quedamos allí, contemplando cómo la antorcha se hacía cada vez más y más gigante.
***
–La única manera de acabar con la miseria en la que vivimos es levantándonos en armas –dijo el Chullañahui, con un tono grave en la voz.
Al profesor Quispe le falta un tornillo, decía mi papá, hace años, desde que llegó a Chincho, está con el cuento de la guerra popular. Se cree el Che Guevara. Mi papá era licenciado del ejército, había luchado contra la guerrilla de Luis de la Puente Uceda.
–¿Y qué es levantarse en armas, profesor Quispe? –preguntó Piquicha.
El Chullañahui lo miró con su único ojo, azul, rodeado por una tupida ceja oscura que le hacía parecer un manantial en medio del ichu quemado, parecía que le iba a llamar la atención por faltar demasiado a las reuniones, pero no lo hizo.
–Valicha, explícale al compañero Piquicha lo que significa levantarse en armas.
–Levantarse en armas significa acabar con la clase dominante que tiene sumido al campesinado en la más completa miseria desde los tiempos de la Conquista –empecé, tratando de repetir de memoria las palabras del Chullañahui–. La clase dominante es la que ostenta el poder. Sus representantes más visibles son los hacendados, las autoridades políticas, las fuerzas del orden, la iglesia. A todos esos hay que arrancarlos de raíz y prenderles fuego como a la malahierba para que no sigan creciendo pues, mientras lo hagan, en el Perú habrán explotadores y explotados.
El Chullañahui esbozó una sonrisa de complacencia, él que nunca sonreía así nomás.
–¿Algún otro compañero que quiera añadir algo más?
–Yo, profesor Quispe –Zenón levantó la mano. Tenía las uñas crecidas y sucias–. Levantarse en armas significa exterminar a todos los lacayos del gobierno.
–Y a sus perros guardianes –dijo Dionisio Ninanya.
–También significa –intervino Ernestina Paucarasto– distribuir las tierras de producción en forma equitativa entre todos para que unos no tengan más y otros menos, o nada.
–Eso solo será posible en la República de la Nueva Democracia –añadí.
–La que se instalará después de la victoria de la guerra popular –dijo Indalecio.
El Chullañahui sonreía, complacido. Hasta su único ojo parecía mirarnos con menos fiereza.
–¿Está clara la explicación de los compañeros, compañero Piquicha?
–Sí, profesor Quispe, pero tengo una duda todavía…
–¿Cuál es? Formúlala.
–¿Con qué nos vamos a levantar en armas si no tenemos armas?
El Chullañahui se puso serio otra vez. Este Piquicha es muy preguntón, pensaría.
Estábamos en Qqasi. Desde allí se veía Huanta, con sus techos de tejas y calaminas que reverberaban con el sol de la tarde, bajo el imponente Razuwillca, cuyo blanco penacho parecía la barba de Dios.
Debajo de nosotros, al final de Pauca, discurría el río Cachi que, desde donde estábamos, parecía el lomo dorado de una gran serpiente. Ese río lo había cruzado mi abuelo Ignacio llevando un fantasma en sus hombros. Sucedió muchos años antes que yo naciera. Era una madrugada y mi abuelo se dirigía a Huanta. Pasando por mama Bini, los burros se negaron a dar un paso más. El abuelo vio en la orilla a un hombre que iba y venía como tanteando el agua para ver si lo cruzaba o no. ¿Quién sería, algún borrachito? Allinllachu, taita, lo saludó. Allinlla, le contestó el otro con una voz que no era de este mundo. Al abuelo se le escarapeló el cuerpo. Fantasma, pensó. Los fantasmas le tienen terror al agua. ¿Me puede ayudar a cruzar al otro lado?, le pidió el fantasma. El abuelo aceptó. El fantasma, de un brinco, se le subió a los hombros. Parecía hecho de aire pues no pesaba nada. Pero cómo le castañeteaban los dientes cada vez que el abuelo Ignacio trastabillaba en una piedra resbalosa. Pobre fantasma. Era un fantasma bueno, sino, hace rato que hubiera crecido y se lo habría tragado. Hasta que por fin llegaron a la otra orilla. El fantasma saltó a tierra, le dio las gracias y marchó apuradito hacia el cementerio de Cascabel. El abuelo Ignacio era valiente, si hasta había atrapado a una uma, la cabeza voladora de una bruja.
–Armas hay en todas partes –la voz del Chullañahui me trajo de vuelta a Qqasi. Había fuego en su mirada–. Arma es un palo, una piedra, una soga. Nuestras manos son armas muy poderosas –extendió las manos: parecían garras, estaban crispadas.
Me miré las mías: eran tan grandes como las de mi padre de tanto trabajar la tierra, cortar la leña.
–¡Armas somos nosotros! –continuó el Chullañahui. Su voz era una hoguera que crecía y crecía hasta alcanzar las alturas del Razuwillca–. ¡Y nosotros somos cientos, miles, millones. Somos incontables como las estrellas que pueblan el universo!
Las lenguas de fuego cruzaban el río Cachi, arrasaban Huanta, continuaban hacia Huamanga, seguían a Cangallo, a La Mar, a Víctor Fajardo, a Paucar del Sara Sara.
–Arma es nuestro odio milenario a los mistis, a los hacendados, a los gamonales, al señor gobierno –el fuego cruzó montañas, abismos, lagunas, desiertos y llegó a Lima, la capital.
Miré los rostros de mis compañeros: todos miraban arrobados al Chullañahui.
–Nosotros tenemos un arma valiosa, un arma que no lo tienen esos miserables… –El Chullañahui hizo una pausa. Parecíamos figuras pétreas sembradas en medio de la puna. Continuó–: Tenemos nuestra sangre, tenemos nuestra vida. Y nuestra sangre y nuestras vidas son mucho más valiosas que las de esos perros miserables.
Silencio. Se podía escuchar el ulular del viento al pasar por entre las ramas de los viejos quenuales que crecían en la cima de la montaña.
Hasta el opa Inquicha, que nunca estaba quieto, escuchaba y miraba fascinado al Chullañahui.
–¿Y cuándo nos levantaremos en armas, compañero Quispe?
–En Huamanga hay un profesor que nos dirá cuándo –la voz del Chullañahui se tornó casi imperceptible, parecía que nos iba a revelar un secreto–. Se llama Abimael Guzmán o Puka Inti. Solo él sabe el día y la hora en que comenzará todo. Pronto lo conocerán.
Ya casi oscurecía.
–Es hora de volver –dijo el Chullañahui–. A ver, Valicha, que tu voz nos alegre el regreso.
Respiré hondo y solté mi voz para que también volara más allá del Razuwillca: No canta en vano el zorzaaaal / ni el más humilde gorrióóóón. / No canta en vano el que espera ver flores y da la tierra, / ver flores y da la arenaaa. / Que todo canto tiene sentido y sentimientooo / para anunciar la mañana / o para perfumar el vientooo…

viernes, 6 de agosto de 2010

Fotos del viaje a Ayacucho

Tres fotos de mi viaje a Ayacucho: En la Plaza de Armas y en la Pampa de la Quinua. Como la cámara es nueva, no programamos la fecha y salió con la del 2004.






Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 1, frag.1)

Empieza la historia: Entrada al Mirador del cerro Acuchimay
Llegar al Mirador del cerro Acuchimay no es fácil: el camino es empinado. Un paso, un escalón, otro paso, otro escalón, hasta tocar el cielo con las manos. Imagínate subiendo Machu Picchu a pie. Y eso que no estamos yendo por el jirón Llucha Llucha.
–Un descansito, flaco –me pide tu mamá. Tiene la frente perlada por gotitas de sudor. Añade, tocándose la abultada barriga–: Ximenita no se vaya a salir.
–Quizá quiera ser acuchimayina.
Risas.
Nacho y Diego han llegado a la cima, agitan las manos, ¡tío Haroooollld, tía Valeeee, Ximeniitaaa!, se toman fotos con sus celulares, y vuelven a bajar por otra calle. ¿Verdad que los envidias?: suben, bajan, suben, bajan sin cansarse nunca. ¿Cuándo estarás así tú?
–¿Nos toman una fotito, chicos, porfis?
–Claro, tía –dice Nacho–. Póngase de perfil para que también salga Ximenita.
–¿Así?
–Ajá, pero hunda un poco más la barriga para que Xime salga completa, tía Vale.
–¿Así?
–Ajá. Perfecto, tía. Parece la Larissa Riquelme de Ayacucho.
–Tampoco exageres, Nachito –Valeria sonríe–. Me conformo con ser la novia de Harold.
Risas.
Clic.
–Ahora Ximenita con ustedes, chicos. Tómanos una foto, flaco, porfis.
Nacho y Diego se colocan a los costados de tu madre, que se levanta el polo mostrando su abultada barriga. Alrededor del ombligo tiene tatuado una rosa. Apunto: miren al pajarito. Oh, qué chiquitito. Uy, tío, no me dejo, eso es bronca. Ya, ya, Nacho, no seas candelero. Risas. Clic. Una fotito a mí solo, para colgarlo en mi Hi5, tío Harold, para que mis nuevas amigas del Estenós me crean cuando les diga que estuve en Ayacucho durante las vacaciones. Ponte en ese lado. ¿Así? Sí. A ver, sonríe. Apunto de nuevo. Entonces descubro, en la pared que Nacho tiene a su espalda, una vieja pinta senderista debajo de una ligera capa de pintura verde al agua: ¡Viva la guerra de guerrillas! Un trazo grueso en rojo. Al lado hay una hoz y un martillo. Le tomo una foto. Para mi colección sobre la guerra, digo. ¿Es verdad que aquí hubo guerra, tío Harold?, pregunta Diego. Sí. Una guerra que empezó hace treinta años, cuando ni tú ni Nacho ni Diego ni tu mamá existían. Cuando tus abuelos, Juan y María, estaban vivos. Cuando tu bisabuela, Felicitas Ceras, vivía. Cuando tu tío abuelo Anacleto Palomino vivía. Igual tu tío abuelo Lauro Gastelú Luján. Cuando yo tenía doce años.
Diego también pide una foto para mostrarla a sus amigos del 0502 y a su profesor Efraín.
–Listo, chicos.
–¿Una carrera hasta la punta, Diego? Tú eres Usain Bolt y yo David Oliver.
–¿Por qué no al revés, ah?
–Ya, no importa, igualito te voy a ganar, Dieguillo.
–Vamos a ver pues.
–Un beso de Xime para el ganador.
Tus primos empiezan a subir de dos en dos los escalones de Tres Cruces.
–¡¡Tío Haroooolld!! ¡¡Tía Valeeeee!! ¡¡Ximeeeee!! –ya están arriba.
Agitan los brazos, filman videos con sus celulares que colgarán en You Tube para que lo vean sus amigos.
–Esperen que ya les alcanzamos, chicos –dice Valeria.
–Mañana.
–Tonto.
Vemos subir a un grupo de turistas. Son jóvenes, veinte, veintidós años. Parlotean en un idioma que no logro identificar, ¿será griego, alemán, ruso? Parece hebreo, dice tu mamá. Las pieles lozanas, las risas estentóreas. Entre ellos, ¿sirviéndoles de guía?, hay una chica de rasgos andinos que lleva pollera de colores y una blusa rosada de seda. Calza ojotas. Al pasar por nuestro lado, nos mira, observa la vieja pinta senderista, me escruta. Me turbo. Tiene los ojos medio achinados y claros. El rostro redondo, las mejillas maltratadas por el frío despiadado de las alturas. Así era Eva cuando llegó a la casa huyendo de la guerra. El cabello negro y lacio le llega casi hasta la cintura.
Los turistas se nos adelantan. Suben a grandes trancos. Deben ser holandeses, ese se parece a Wesley Sneijder. Y ese a Joran van der Sloot, ¿ves?
–¿Vamos? –me dice tu mamá, después de beber un poco de agua Cielo.
Le tomo la mano y reanudamos la ascensión. Un paso, un escalón, otro paso, otro escalón. Querer llegar al cielo con una embarazada no es tarea fácil.
–Ximenita está pateando –Valeria se acaricia la barriga.
–Seguro quiere subir solita al Mirador.
–Cuándo será eso.
–Más pronto de lo que te imaginas.
Parece ayer cuando Nacho era chiquito y tu abuela y yo lo llevamos cargado a Chincho en una odisea que duró casi un día entero. Pero ya han pasado diez años.
–Los chicos crecen de prisa.
Te imagino subiendo los escalones de dos en dos con Bere y Nela, con tu vestido rosado, bonita, juguetona, coqueta. A tus abuelos les hubiera gustado conocerte. Te habrían adorado.
–Y nosotros nos vamos haciendo viejos, lentos.
Los turistas han llegado a la cima. Ahora están filmando y tomando fotos. Los subirán a sus Hi5, a sus Facebook. Alguno quizá cuente su travesía por tierras ayacuchanas en su blog. ¿Hablará de la guerra? ¿Sabrán que aquí hubo guerra?
Nacho baja saltando los escalones.
–Está china la entrada, tío –dice, tragando una bocanada de aire.
Saco una moneda de cinco soles y se la doy.
–El vuelto para chatear con mi jerma, ¿ya?
–Sinónimo de enamorada: jerma –dice Valeria–. Te van a jalar cuando postules a la San Cristóbal de Huamanga, Sergio Ignacio Joaquín.
–Yo voy a ser Rambo para matar terrucos en el VRAE, tía Vale –dice Nacho, sacando punche–. Y llámeme Nacho, como todo el mundo.
–Sorry, Nacho.
Se va saltando los escalones de dos en dos, de tres en tres.
Reanudamos la ascensión. Un paso, un escalón, otro paso, otro escalón, un breve descanso, tomamos agua, reanudamos la marcha, y al fin estamos arriba, cerquita del cielo.
–Uff, poco más y no llegamos.
Nacho compra las entradas y subimos al Mirador desde donde se tiene un amplio panorama de la capital ayacuchana: allí está la Plaza de Armas con su monumento ecuestre a Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho, conductor de la batalla que selló la independencia de América, te enseñarán cuando vayas al colegio. Cruzando la calle está la Catedral, a su costado, la antigua sede de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga a donde llegó Abimael Guzmán en 1962, el mismo año en que nació Edith Lagos, quien luego ofrendaría su vida, una vida breve pero intensa, siguiendo las prédicas del profesor arequipeño. Un año después del nacimiento de tu tío Juan Ignacio. Esto te lo cuento yo, Ximenita, porque quizá nunca lo leas en los textos escolares pues hay gente que prefiere olvidar, ignorar.
Desperdigadas a lo ancho y largo de la ciudad, están las treinta y tres iglesias que han hecho célebre a Ayacucho por su fervor religioso.
Sigo con la vista a lo largo del jirón 9 de Diciembre hasta toparme con la mole del antiguo CRAS de donde, el 3 de marzo de 1982, Edith Lagos fue rescatada a sangre y fuego por las huestes senderistas. Al otro extremo de la ciudad está el Cementerio General donde descansan sus restos.
Allí está el temible cuartel Los Cabitos, centro de detención, tortura y desaparición de los sospechosos de ser terroristas durante la guerra.
Hace treinta años no existía este Mirador. Esto era un descampado donde todos los fines de semana se llevaba a cabo la feria del Señor de Acuchimay.
Hace treinta años tus abuelos y tus tías Flora y Dora estuvieron de pasada por aquí. Ahora tus abuelos están muertos y tus tías no recuerdan ese viaje.
El calor es fortísimo. El sol es un disco dorado que quema sin piedad este día de julio. Bajamos y entramos a uno de los restaurantes que hay allí. Después de mojarnos las caras y hacer pis pedimos agua Cielo, Inca Kola y galleta para todos.
Los turistas están a un par de mesas de nosotros, ríen a grandes carcajadas. No veo a la chica que venía con ellos. ¿Habrá ido al baño? No, está allí, en el Mirador, observando la ciudad como lo hicimos nosotros minutos antes.
–Así será Ximenita cuando tenga diecinueve, veinte años –digo, señalándola.
–¿Como quién?
–Como esa chica.
–¿Cuál chica? –pregunta tu mamá.
–Esa que está en el Mirador…
–Allí no hay nadie, flaco –dice Valeria, extrañada–. No seas chistoso.
¿Cómo que no hay nadie?, tengo ganas de decirle, pero no lo hago, no vaya a pensar que me he vuelto loco como Lauro, como mi bisabuelo Marianito.
–Llaman de la casa –dice Nacho.
Es Bere. Llama a su mamá con un chillido. Al minuto todo el mundo se pone al teléfono: tus tías, tus primos. ¿Van a ir a Huanta? Claro que sí. Saludan a la tía Susana, a Rosita, a Mayumi, a Blanca, al tío Adrián. Ya. ¿Ya fueron a la Pampa de La Quinua? Mañana vamos. Si pueden, vayan a Vilcashuamán, allá hay restos arqueológicos. Trataremos. No se olviden de ir a Chincho. Diego conversa con su madre. Saludan a Néstor, a Kathy, a Karim. Traen queso y cancha. Tía Vale, tía Carolina quiere hablar con usted. Sí, sí, me estoy cuidando, no te preocupes, Caro. Gracias. Diles a los chicos que no se olviden de regar las plantas del abuelo. Chau. Bye. Después llamamos.
–¿Regresamos?
–Sí, tío, a esta hora mi jerma está en línea –dice Nacho–. Quiero chatear con ella.
Bajamos por el lado de Carmen Alto, por un caminito de tierra afirmada rodeada por gruesos muros de barro donde descubro más pintas dando vivas a la guerra popular, exigiendo la rebaja del alto costo de vida, sentenciando a muerte a los traidores y soplones. Y siempre con la hoz y el martillo. Son viejas pintas. ¿Cómo así han sobrevivido a las inclemencias del paso del tiempo, a la transformación de la ciudad?
–¿Una carrera, Diego? –propone Nacho. Ahora estamos en el jirón Huancayo.
–Ya pues, yo soy Asafa Powell.
–Y yo Dayron Robles.
–Se van a caer –les advierte tu mamá.
–Nosotros somos campeones corriendo, tía Vale, no se preocupe. ¿Una luca para el que gane?
–¿Qué dices, flaco?
–Ya pues.
Tus primos salen disparados como balas.
–Qué calor –se queja Valeria, limpiándose la frente–. Me doy un baño y me echo a dormir. Hoy me has hecho caminar como a recluta.
–Pensé que no ibas a llegar.
–Tampoco soy coja, flaco, no me subestimes.
Nos damos un beso.
A unos cien metros de nosotros, Diego tropieza y rueda al suelo.
–¡Les advertí a esos chicos!
Apuro el paso para auxiliar a tu primo.
De pronto, veo salir de un callejón a la chica que estuvo con los turistas. Ayuda a Diego a ponerse de pie y le limpia la nariz. Me apresuro. Ella me mira y se vuelve al callejón.
–¡Hey, espera!
Echo a correr tratando de darle alcance, pero no lo consigo, se ha perdido en el laberinto de callejones.
–¿Qué pasó, flaco? ¿A dónde fuiste? –me pregunta Valeria.
Hago como que no la escucho mientras trato de controlar la sangre que brota de la nariz de tu primo. Este chico, al menor golpe en las fosas nasales, sangra profusamente. Tiene un pañuelo que no es el suyo. Es un pañuelo viejo, medio amarillento. Tu mamá le moja los cabellos, le lava la cara con el agua de su botella, menos mal que solo fue un golpecito, ese Diego es macho como su tío y no llora.
Un rato después, cuando la sangre ha cesado de brotar, reanudamos la marcha en silencio.
¿Quién era esa chica?