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miércoles, 11 de agosto de 2010

Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 2)

Catedral de Ayacucho vista desde la Plaza de Armas
–¿Vamos a dar unas vueltas por ahí, corazón?
–Ay, flaco, sorry, estoy súper cansada y tengo los pies hinchados –se excusa tu mamá. Tiene el control remoto en la mano y va de canal en canal–. Mejor vemos una peli, ¿te parece? La isla siniestra con Leonardo di Caprio está mostro.
–Voy a caminar un poco –le digo, mientras me pongo chompa. Afuera está haciendo friecito–. Regresando te acompaño en otra película, ¿te parece?
–Ya. Xime quiere queso y guagua –dice, tocándose la abultada barriga.
–Dile a esa chiquita que no coma mucho porque va a salir como su primo Chancho –le digo mientras le doy un beso.
–¿Tú quieres que sea como Flaquito, no, papi? –Valeria habla como bebe.
–Ajá, sino no te voy a poder cargar cuando vayamos a Chincho –le acaricio la barriga, le doy un beso–. Vuelvo, amor.
–Te cuidas, flaco.
Es de noche, casi las nueve, las calles están llenas de gente, niños, jóvenes, viejos, parejas que caminan despreocupados. La guerra es algo remoto, los más jóvenes no lo han vivido, lo que actualmente pasa en el VRAE les tiene sin importancia. Hace años que no hay atentados, emboscadas, apagones, perros colgados en los postes, muertos en las calles con sus carteles acusándolos de soplones, traidores o yana humas. Tampoco hay soldados, tanquetas, portatropas a pesar que mañana hay desfile militar aquí. Las noches de toque de queda han quedado en el recuerdo, ahora uno puedo salir de su casa a la hora que le dé la gana y hasta que le dé la gana. Ahora Huamanga no tiene nada que envidiarle a ciudades como Trujillo o Arequipa, o a algún distrito limeño. En cada esquina hay cabinas de internet, los celulares abundan. Hay discotecas por todas partes. He visto a chicas en minifalda, vistiendo a la moda como en Lima. El tráfico, como en cualquier ciudad del Perú, es un caos. Esquivo combis y mototaxis para cruzar las calles y llegar a la Plaza de Armas. Está llena de personas, ambulantes, turistas. Al frente, la Catedral rebosa de feligreses. Doy vueltas hasta que una pareja deja un banco y me siento.
Ya he estado aquí en un par de oportunidades. La primera vez fue el 2000 con mamá y Nacho: la llanta del bus de Expreso Huamanga se pinchó y bajamos a desentumecer las piernas mientras buscaban repuesto. En el 2001 fui a Huanta con tu tía Flora y, de pasada, vine a buscar a mi amiga Janeth. No vayas a hacer pataletas porque era solo una compañera de La Cantuta. El 2006, un año después de la muerte de tu abuela, vine con tu tío John. Desde entonces la ciudad ha cambiado bastante. Pero está mejor que Lima: las calles lucen limpias, hay tachos de metal en cada cuadra, las pistas están en buen estado.
El jirón Asamblea es el jirón de la Unión de Huamanga.
–Compre chaplita, papito –me ofrece una señora que lleva un bebe en una manta colgada en la espalda–. A sol la bolsita nomás.
Le compro dos bolsas. Lo bueno de la chapla es que dura días sin ponerse duro como los otros panes. A mamá le encantaba. Ella también estuvo aquí con Mariana. Vinieron un par de años después de la caída de Abimael, si mal no recuerdo. Por allí hay unas fotos donde está teniendo como fondo la Catedral, el monumento a Sucre, con mama Nena. También en Huanta con su hermana Susana.
De pronto la veo, está sentada en el banco del frente. Lleva la misma pollera de colores de la mañana, la misma blusa rosada. Me mira, la miro. Sus ojos rasgados ahora parecen más grandes. ¿Quién será? Diego dice que ninguna chica le ayudó cuando se cayó. Nacho tampoco vio a nadie. A Valeria ni le pregunté.
Se pone de pie y echa a caminar. La sigo. Dejamos la Plaza de Armas.
–Oye, espera, ¿quién eres?
No contesta, sigue caminando. Va a paso ligero. Cuando acelero mis pasos, ella hace lo mismo.
Mi celular vibra. Es un mensaje de texto de tu mamá: No te olvides de la guagua y el queso para Xime. Tkm, flaco.
No le contesto, concentrado en no perder de vista a la chica.
–¡Oye, espera, quiero hablar contigo!
Nada, no me hace caso, sigue caminando; de vez en cuando vuelve el rostro como para asegurarse que la estoy siguiendo.
Ahora vamos por el jirón 9 de Diciembre. Una cuadra, otra cuadra. Nos alejamos del centro.
–¡Espera, por favor!
Llegamos a la plazoleta Bellido. Al frente está el antiguo CRAS de Ayacucho.
Me le acerco y ella da un paso, alejándose.
–¿Quién eres? –le pregunto–. ¿Qué quieres de mí?
No me contesta, solo me mira. El viento nocturno mueve sus cabellos.
Doy otro paso y ella hace lo mismo. ¿Y si corro y la atrapo? Gritaría, vendría la policía, me metería en problemas…
Vibra mi celular. Es otro mensaje de texto de tu mamá: Son las diez, Xime está que se muere por su queso y su guagua. Apúrate, flaco.
–Oye, me tengo que ir. ¿Podemos conversar un momento?
No dice nada. ¿Será muda?
–Chau. Me voy.
Silencio.
Doy la media vuelta y regreso sobre mis pasos. De vez en cuando vuelvo el rostro y ella sigue allí, inmutable. Debí haber traído el pañuelo que le dio a Diego, decirle ¿esto es tuyo?
***
–Tu novia dice que le regales agua –dijo mamá. Me reí. Agarré la llave. Antes de salir, me dio una advertencia–: Cuidadito nomás que estén haciendo tonterías en el pozo.
–¿Qué tonterías, mamá?
–Ya, no te hagas el sonso. ¿Crees que no me doy cuenta que a esa le pica todo?
Me volví a reír.
Era tempranito. El sol salía por entre los cerros del frente. Allí estaban las torres derribadas la noche anterior a punto de rodar cerro abajo.
–¿No has visto a mi Bobby? –fue lo primero que me preguntó Emperatriz. Llevaba un vestidito celeste. Se notaba que estaba sin sostén: sus pezones querían atravesar la tela.
–No. Cachorro también ha desaparecido. Mariana está que llora.
–Yo también me he pasado la noche llorando –dijo–. Mira mis ojos.
Había tristeza en sus ojos de gata enmarcados por largas y rizadas pestañas.
–Ojalá que no les hayan dado bocado.
–Ojalá que no, ahí sí que Mariana se muere.
–Y yo también.
–Si tú te mueres, yo también me muero.
Soltó una carcajada.
–Chistoso.
Tenía ganas de decirle anoche no pude dormir bien, me la pasé recordando el beso que me diste, recordando el sabor de tus labios, soñando que me besabas de nuevo. Emperatriz me llevaba un par de años. Ella y Viejo Miguel eran los mayores del grupo. En nuestros juegos, ellos eran el papá y la mamá y los demás éramos sus hijos. Los demás queríamos ocupar el lugar de Viejo. Lo envidiábamos. Ahora yo un poco menos: ya conocía el sabor de los labios de Emperatriz.
–¿Van a bañarse en la sequia? –nos preguntó Pelusa al pasar frente a su casa. Estaba jugando con unos camiones que se había hecho con latas de leche.
–No. Todavía hace frío. Más tarde.
–Ah, ya, me avisan –dijo nuestro amigo, y siguió jugando.
El profesor Ricra estaba regando la calle frente a su casa. Ni nos miró ni nosotros lo saludamos. Era un hombre enigmático. Hijo de satanás, le decía mi papá desde que un domingo tocó su puerta, Biblia en mano, para hablarle de Dios y el profesor le dijo ¿usted ha visto a Dios?, ¿me puede decir cómo es?
–¿Cuándo vamos al río los dos solitos a bañarnos, Arol, ah? –me preguntó Emperatriz–. Quiero que me enseñes a nadar.
No alcancé a responderle: Cachorro estaba colgado en el poste de luz frente a la casa de la señora Arcaria. Más allá, estaba Bobby.
Emperatriz casi se desmaya de la impresión. Pensé en Mariana: se iba a morir, Cachorro era como su hijo.
No eran los únicos perros: en todos los postes de la calle Túpac Amaru había colgado uno. Todos tenían un cartel en el pescuezo. El de Cachorro decía “¡Así morirán los perros traidores del pueblo!”; el de Bobby, “¡Deng Xiaoping, hijo de perra!”
Emperatriz se echó a llorar.
–Le voy a decir a mi papá que los baje para enterrarlos –le dije, consolándola.
–Ni lo hagan –nos dijo el profesor Ricra, detrás de nosotros, balde en mano, mirándonos con sus ojos carentes de expresión alguna–. ¿Acaso no saben leer, ah?
***
Relámpago bajaba raudo hacia Huanchuy. Parecía un potrillo lleno de energía. Íbamos contentos, felices. Al opa Inquicha se le escapaba la alegría a borbotones. Manga, manga, repetía, con la saliva cayéndole por la comisura de los labios. Parecía un niño que recién estaba empezando a hablar. Huamanga, opita carago, se dice Huamanga, lo corregíamos, pero él seguía con su manga, manga. Era nieto de mama Felicitas y primo del Piquicha. Dicen que cuando era chiquito se cayó de cabeza de su cama y por eso se volvió opita. El Chullañahui lo quería harto, por eso le dejaba participar en las reuniones. Inquicha va a ser un gran guerrero, decía, ya lo verán, el Atila de los Andes, el terror de los perros del gobierno.
Una curva, otra curva y llegamos al río. Dío, dío; no, opita, se dice río, no dío. Cuánta agua hay aquí, como para hartarse. En Chincho vivíamos de la lluvia nomás. Si no llovía, teníamos que bajar a Jiljarajay para no morirnos porque el agua de Chinchopuquio solo alcanzaba para beber y cocinar. Dicen que peor era en los cerros de Lima.
Relámpago se atracó en mitad del cauce. Bajamos para empujarlo. ¡Fuerza, opita carago! ¡Así, como hombre!
–Ya que estamos medio mojados, aprovechemos para asearnos un poco más –nos dijo el Chullañahui–. Hay que ir limpiecitos a nuestra histórica reunión.
Nos dio un pedazo de jabón para que nos laváramos la cara y los pies. Puma, puma, repetía el opa Inquicha viendo nuestras caras llenas de espuma. Se dice espuma, opita carago, espuma. Puma es el que se come nuestros animalitos en Jiljarajay. Lávate bien los mocos, opita carago, sino el puma te va a comer por lauta.
Reemprendimos la marcha. El camión iba levantando polvareda por el camino de tierra. Todo era chacra, tunales, chocitas de barro con techos de paja, niños pastando cabras, ovejas, jalando burros cargados de leña, hombres con las espaldas dobladas trabajando la tierra. Igualito que en Chincho. Así es en todos los Andes, nos decía el Chullañahui. Así ha sido siempre y así será. De nosotros depende que todo esto cambie.
A partir de Repartición la carretera era asfaltada y Relámpago, a pesar que era ya carcochita, iba a toda velocidad, como si ya deseara llegar a su destino. Lo conducía don Crispín, otro de los dirigentes del Partido en Chincho. El viento jugaba con nuestros cabellos: ¡viento, vientoo, vientoooo!
–Esa es Huamanga, compañeros –gritó el Chullañahui desde la cabina–. La orgullosa y noble Huamanga. Pronto estará en boca de todo el mundo, ya lo verán.
Era más grande que Huanta, sus casas eran de adobe y ladrillo, con sus paredes pintadas de muchos colores y balcones de madera. Las calles, algunas estrechas, estaban asfaltadas o empedradas. Había iglesias por todas partes. Dicen que durante la Colonia fue una ciudad muy importante; por aquí pasaban los que iban al Cusco, a Charcas y a La Plata. Se llamaba San Juan de la Victoria de Huamanga.
La gente iba bien vestida, con ropa limpia y zapatos. Los estudiantes llevaban uniforme color plomo, no eran como nosotros que íbamos a estudiar con nuestras ropitas llenas de remiendos y ojotas. ¿Por qué tiene que ser así, ah, si todos somos peruanos?, nos decía el Chullañahui.
Cruzamos bajo un arco y salimos en la Plaza de Armas donde estaba la estatua de un hombre montado en su caballo. Ese era el Libertador Sucre, lo había visto en mi libro de historia. Ballo, pisa, carago, achachau, repetía el opa Inquicha, asustado por el enorme y negro caballo de bronce. Se dice caballo, opita carago, caballo.
Descendimos del camión.
–Aquí estudié mi carrera para ser maestro –nos dijo el Chullañahui, mientras entrábamos a una casona en cuyo patio de la entrada había una higuera que, según él, había sido sembrada por el mismo libertador Bolívar.
Allí nos quedamos a esperarlo mientras él iba en busca del Puka Inti. Tenía ganas de conocer a ese hombre del cual el Chullañahui se expresaba con devoción.
Volvió al poco rato con un hombre de andar pausado que vestía como los mistis.
–Estos son los iniciadores de Chullayacu, Chincho y Jiljarajay, doctor Guzmán.
–Allinllachu, compañeritos. ¿Imainataq kachkankichik?
–Rimakuykullayki, compañero Puka Inti. Allinllam kachkaniku.
–Allimpi hamunkichik, pasaykamuy.
–Esta es Valicha, la chica de la que le hablé, doctor Guzmán.
–Ya quiero escuchar esa voz de torcaza –me dijo el Puka Inti, pasándome una mano por las mejillas. La tenía suave como el vestido de seda de la Virgen del Carmen.
Me puse colorada.
–¡Doctor Guzmán, muy buen día! –el viejo Crispín le hizo una reverencia al Puka Inti, le besó las manos como los campesinos besaban las manos de las hacendadas–. ¿Imainataq karqanki, wiracocha?
–Allinllam, allinllam, sapapunchaw hina. ¿Y usted?
–Bien, doctorcito. Esperando con impaciencia nuestra cita con la historia.
–Paciencia, paciencia, ya llegará, para qué desesperar.
Apareció otro grupo de personas. Los mayores nos presentaron mutuamente. Ella es Valicha, ella es Carlota Tello Cuti, ella es Edith Lagos, también canta como los ángeles. Después las oiremos. Ahora pasemos a desayunar.
Lo seguimos por los pasillos, cruzamos patios hasta llegar al comedor. Las mesas y los bancos eran grandes. Nos dieron una taza de leche, tres panes con mermelada y mantequilla a cada uno. Me senté al lado de Edith. ¿Qué pan es este? El que tiene raya se llama pan francés, dijo, el que no tiene raya es pan tolete. Nosotros no conocíamos esos panes, apenas comíamos chapla que traía mi papá las veces que iba a Huanta. Nuestro desayuno era un plato de sopa, cancha, mote y puspo.
–Edith conoce Lima –dijo Carlota.
–¿Y cómo es? –le pregunté.
La gente que iba a la capital contaba maravillas al regresar: que las casas eran tan altas que casi llegaban al cielo, que había carros como hormigas, que había un enorme lago de agua salada llamado mar.
Yo tenía una tía en Lima, pero no la conocía.
–No me gusta nada –dijo Edith–. Las calles son sucias, está llena de rateros y mendigos.
–¿Y has ido a ese inmenso lago llamado mar?
–Sí, pero tampoco me gustó. Prefiero bañarme en el río.
–¿Y qué hacías en Lima?
–Estudiaba Derecho. Pero lo dejé, la única manera de defender al pueblo es con los fusiles. Las leyes solo son para los mistis.
El opa Inquicha estaba feliz con la mermelada. Tenía toda la cara embadurnada como si estuviera en carnaval. Más lada, pedía, lada, lada. Se dice mermelada, opita carago, no lada. Edith le invitó su pan. Yo quería llevarme un poco para que mi mamá, mi papá y mi hermanito también probaran, pero me daba vergüenza guardarme un pan.
Salimos del comedor y dimos vueltas por la casona. Tuve ganas de orinar.
–Vamos al baño –dijo Edith.
Yo pensé, avergonzada, que íbamos a orinar en el jardín nomás, delante de la gente, pero no, entramos a un cuarto enchapado con mayólica blanca.
–Allí se orina –me dijo Edith, señalando un water donde había agua limpia que, pensé, era para tomar. Edith se rió cuando le dije eso. Parecía un puquial, pues–. Hoy orinarás como los mistis, Valicha.
Los mistis no se parecían en nada a nosotros. Sus traseros son delicados, dijo Edith. Ellos no se bajan los calzones como nosotros en cualquier lado. En Chincho hacíamos nuestras necesidades en el huayco nomás y nos limpiábamos con una piedrita o con coronta. Los mistis hasta tenían papeles especiales para limpiarse.
–Al lado de ellos, nosotros somos animalitos salvajes todavía.
Solo con la guerra todos seremos iguales, decía el Chullañahui.
Fuimos al auditorio. Estaba llena de personas, estudiantes, campesinos, profesores.
En una mesa, al frente, estaba el Puka Inti flanqueado por los integrantes de su Comité Central.
Partido Comunista del Perú – Por el Sendero Luminoso de José Carlos Mariátegui decía en un paño rojo colgado detrás de ellos. Al costado de la inscripción había una hoz y un martillo.
Ese era el símbolo de la guerra.
También estaban las fotografías de cuatro hombres: uno viejo y barbado, otro calvo, otro un gordito con los ojos rasgados y otro un indio.
–Y ese es José Carlos Mariátegui, nuestro guía –dijo Edith, señalando al indio después de decirme los nombres de esos hombres–. Era una persona sumamente inteligente, y eso que nunca fue a la universidad.
–Estamos aquí reunidos para escuchar las sabias palabras del camarada Abimael Guzmán, secretario general del Partido Comunista del Perú, a quien tenemos el honor de recibir con un fuerte voto de aplausos –anunció el Chullañahui después de darnos la bienvenida.
El Puka Inti se puso de pie. Recorrió el auditorio con los ojos. Tenía una mirada penetrante.
El silencio era total.
–El Perú es un país dependiente, semicolonial y semifeudal –empezó con su discurso–. Como tal, el campesinado constituye el sector más atrasado, oprimido y explotado, y en el campo se encuentra el nudo principal de las contradicciones de toda la sociedad. Por eso la revolución peruana deberá ser democrática y nacional, antiimperialista y antifeudal –hizo una pausa para beber un poco de agua–. Su base social será la alianza obrera y campesina, pero de ellos el campesinado es la fuerza motriz principal mientras el proletariado insurge y se desarrolla como clase dirigente –hizo otra pausa para beber–. La principal y única forma de lucha revolucionaria, para tomar el poder y construir el Estado de Nueva Democracia, es la lucha armada, la guerra popular, pues las clases dominantes no soltarán fácilmente el poder y cuentan con una fuerza armada que se ha convertido en el Perú en un ejército de ocupación –hizo otra pausa–. La guerra popular tiene como escenario el campo y avanza hacia las ciudades. ¡La guerra popular es una guerra campesina o no es nada! –dijo con énfasis. Aplaudimos por un par de minutos–. El Partido se forja y se desarrolla en el curso de la lucha armada y, como organización política, busca, en esta lucha, convertirse en un verdadero ejército popular.
Un hombre, que estaba sentado al lado nuestro, se puso de pie.
–Hace veinte años que están con el mismo cuento de la guerra popular –dijo, casi gritó. Me acordé de mi papá–. Si tanto hablan y hablan de la guerra popular, háganla de una vez sin tanto cacareo.
Salió.
Silencio.
–¡Algunos qué poca fe tienen, qué poca claridad, qué poca esperanza! –se dejó oír de nuevo la voz del Puka Inti–. Desarraiguemos las hierbas venenosas, eso es veneno puro, cáncer a los huesos, nos corroería, no lo podemos permitir, es putrición y siniestra pus, no lo podemos permitir, menos ahora. Desterremos esas siniestras víboras, no podemos permitir ni cobardía ni traición, son áspides. Comencemos a quemar, a desarraigar esa pus, ese veneno, quemarlo es urgente. Existe, y eso no es bueno, es dañino, es una muerte lenta que nos podría consumir. Los que están en esa situación son los primeros que tenemos que marcar a fuego, desarraigar, reventar los chupos, de otra manera la ponzoña será general. Venenos, purulencias, hay que destruirlas.
Aplauso prolongado.
–¡Viva el Partido Comunista del Perú, compañeros!
–¡¡Viva!!
–¡¡Viva la guerra popular, compañeros!!
–¡¡¡Viva!!!
–Para terminar, pido a toda la militancia la entrega total de su vida al Partido.
Otra tanda de aplausos. Besos y abrazos entre la concurrencia.
–Ahora, compañeros, las compañeras Edith Lagos y Valicha nos van a deleitar con ese don maravilloso que les ha dado la naturaleza: su voz –anunció el Chullañahui.
Edith fue la primera en cantar: Hierba silvestre, / aroma puro, / te ruego acompañarme por mi camino, / serás mi bálsamo y mi tragedia, / serás mi aroma, / serás mi gloria…
Cómo la aplaudieron. Se ve que la querían.
Ahora me tocaba a mí: He recorrido mi patria entera / de pueblo en pueeeblo, / de barrio en barrioooo, / y en cada pueblo palomas cantabaan / llorando triiistes sus sueños truncados, / quejándoseee de tanta miseriaaa…
También me aplaudieron. El Puka Inti me dio un beso en la frente. Tu voz cantará las victorias de la guerra, Valicha, me dijo. Me puse colorada.
Volvimos al comedor para almorzar. Nos sirvieron pescado frito con ensalada. En Chincho casi nunca comíamos pescado.
En la tarde, mientras se reunían los dirigentes principales del Partido, recorrimos la ciudad con Edith, Carlota y el opa Inquicha.
–Dentro de poco, todo esto arderá –dijo Edith, abriendo los brazos como para abarcar toda la ciudad–. Si en la Pampa de La Quinua se selló el destino de América, en las pampas de Ayacucho se escribirá la nueva historia del Perú.
–Y nosotros la escribiremos –dijo Carlota–. ¿No es ese un gran privilegio?
–Lo es.
Entramos a la Catedral. Brillaba en oro. A su lado, la iglesia de Chincho no era nada. El Inquicha miraba temeroso al Cristo crucificado, coronado de espinas y clavado en manos y pies. Achachau, carago, Dios muerto. Esa es una imagen nomás, opita carago, no tengas miedo, nada te puede hacer.
Edith nos llevó a su casa. Era un caserón como la de los mistis. Tenía un cuarto para ella sola. Tenía una cómoda llena de ropa, unos estantes con libros. Nos enseñó los cuadernos donde escribía sus poemas que musicalizaba y cantaba.
–Algún día, cuando la victoria sea nuestra, escribiré la historia de la guerra –dijo–. Y le pondré de título Ayacucho era un campo de batalla. ¿Qué les parece?
–Es un buen título –le dije–. Me gusta.
–A mí también –dijo Carlota.
–¿Y a ti, opita carago, también te gusta?
–Lada, lada –dijo el opa.

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