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sábado, 21 de agosto de 2010

El otro


La primera vez que me vieron donde no estuve, fue hace años.
–Lindo Machu Picchu, ¿no? –me dijo Miguelito, un amigo de la universidad.
¿Lindo Machu Picchu? Yo había estado visitando a mis padres, lejos del Cusco, como todas las vacaciones. La ciudadela incaica solo la conocía en postales.
–Uno te pasa la voz, y tú ni te das por enterado –continuó mi amigo–. Provecho con tu gringa, brichero.
–Gracias –dije, por presumir: ni en sueños iba a tener una rubia como la que describía Miguelito.
Ni me tomé la molestia de desmentirlo: estaba enamorado de Marisela y ella ni caso me hacía. Que se enterara que yo podía estar con una mujer mejor que ella.
Años más tarde, cuando ya había olvidado lo de Miguelito, fui visto por segunda vez. En esta ocasión, en Máncora.
–Con que ahora veraneas con otra, ¿no? –me dijo Anita, una colega muy amiga de mi mujer–. Guapa la rubia.
Hice un gesto de no saber de qué me hablaba.
–No te hagas el tonto, Agustín. Si Marisela se entera que estás trampeando, lo vas a lamentar mucho.
¡En Máncora y con una rubia! Ni mi mujer iba a creer ese cuento.
–Hay que disfrutar del verano, ¿no? –decidí seguirle la corriente a Anita. Que Marisela se enterara que no era la única mujer en el mundo con la que yo podía estar–. Y si es con una rubia, mucho mejor.
La tercera vez, quedé atónito. Una señora me detuvo en mitad de la calle.
–Gracias por sus enseñanzas, profesor –me dijo, abrazándome y llenándome de besos–. Gracias a usted mi hijo ha ganado una beca para estudiar música en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú.
Esta mujer esta loca, pensé, azorado, perplejo, confundido.
–De nada, señora –atiné a decirle mientras recordaba las veces que había sido visto Miguelito y Anita.
Tres confusiones ya eran demasiado. ¿Tenía yo alguien parecido a mí? ¿Tenía yo un doble?
Lo tenía.
Cuando todavía no me había repuesto del abrazo y de los besos de la señora, un domingo, al volver de la panadería, lo vi: iba por la vereda opuesta, concentrado en su periódico. Fue como verme en un espejo a la distancia: ese era yo.
YO.
Lo seguí hasta verlo entrar a una casa de blancas paredes coronada por un cerco de buganvillas. Allí me quedé, agazapado detrás de un ficus, incrédulo, preguntándome si esa visión había sido real o un producto de mi mente enferma. ¿Iba yo camino a la locura?
Un par de horas después, la puerta se abrió y lo vi salir en compañía de una mujer rubia, joven, atractiva y de dos niñas lindas como querubines. Era la mujer que siempre había soñado tener, eran las hijas que el vientre yermo de Marisela me había negado. Los seguí hasta el cercano parque donde se pusieron a jugar felices, alegres. ¿Alguna vez Marisela volvería a reír así? ¿Alguna vez vería a mis hijas corretear con tanto gusto por el pasto, mecerse felices en el columpio? ¿Alguna vez disfrutaría yo de esa dicha?
Lo dudaba.
Tuve que volver a casa muy a mi pesar. Marisela estaba insoportable, con un humor de perros como siempre. No fue suficiente explicación el que le di (Me encontré con un amigo y estuvimos charlando sin darnos cuenta de la hora. Nunca le había contado lo de las confusiones.). Como casi todos los días desde hace unos meses atrás, peleamos. Si quieres almorzar, cocínate, me espetó. Antes, yo me ponía el mandil y ocupaba su lugar. Esta vez no me importó. Muérete de hambre si quieres, pensé, o búscate otro estúpido que aguante tus berrinches de menopáusica.
Salí a la calle otra vez, volví a merodear la casa de mi doble. Siempre agazapado detrás de los árboles, escuché el sonido de un piano. Ese era Tristesse de Chopin. Me vi a mí mismo tocándolo, siempre había querido ser pianista pero, por circunstancias de la vida, había terminado como profesor de música en un colegio de mala muerte. Imaginé sus manos diestras sobre las teclas del piano, imaginé las sonrisas felices de su mujer y de sus hijas escuchándolo con deleite.
Lo imaginé feliz, dichoso, algo que yo nunca sería.
Regresé a casa cuando ya había oscurecido.
Un día te dejaré, pensaba, mientras escuchaba los ronquidos insoportables de Marisela. Tantos años había llevado esa cruz. Qué fácil sería levantarla en peso, abrir la ventana y hacer que se estrelle en la vereda. Qué fácil sería taparle la cara con la almohada hasta que sus pulmones explotasen como una granada. ¡No, no, otra tenía que ser la solución! La muerte era demasiado regalo para todo lo que había tenido que soportarla.
El que sobraba en esa casa era yo.
Al día siguiente, pretextando una indisposición, falté al colegio.
Me aposté en la calle de mi doble. Desde mi lugar de vigilancia lo vi partir a su trabajo. Enseñaba en el Conservatorio.
Pedí descanso por salud y me convertí en su sombra. Tenía una vida más interesante que la mía.
La idea de sustituirlo se fue apoderando de mi mente. Ocupar su lugar. Ser él. ¿Él no era yo? ¿No lo habían visto en MI lugar? ¿No éramos iguales? Teníamos los mismos gustos, solo que los míos, por esas cosas de la vida, por culpa de Marisela principalmente, sino de quién más, habían quedado postrados, postergados, relegados.
Ser él.
Sustituirlo.
¿Sería posible eso?
Hice la prueba con las niñas. Un día, a la hora del recreo, como vi que algunas veces hacía él, me presenté en el colegio de las criaturas.
–¡Papá, papito! –las niñas se alegraron al verme.
¡Papá, papito! Esas palabras eran música celestial para mis oídos. Me llenaron de besos, de abrazos. No sospecharon nada, ni la profesora. Qué gusto tenerlo de nuevo por acá, señor Gómez. Felicitaciones por tener unas niñas tan inteligentes y encantadoras.
Felicitaciones por tener unas niñas tan inteligentes y encantadoras.
Felicitaciones, señor Gómez.
¿Alguna vez tendría yo unas hijas tan inteligentes y encantadoras?
Otro día –mientras él estaba en el trabajo– fui más atrevido y me presenté en su casa con la excusa de haber olvidado unas partituras. Su mujer me recibió con efusión. Ni cuenta se dio que yo no era él. ¡Oh, mi amor! Me besó de una forma que yo ya había olvidado. Me besó de una forma en que Marisela nunca más me volvería a besar.
Por lo visto, sería fácil ocupar su lugar. ¿Pero qué hacer con él?
¿Qué?
Me rompía la cabeza pensando qué hacer con él.
¿Qué?
Llegué a una conclusión: desaparecerlo de la faz de la tierra. Esa era la única solución posible. No había otra. No podía correr el riesgo de volver otra vez al infierno cuando estar en el paraíso dependía nada más que de mí.
Había visto que los fines de semana, temprano, se iba de pesca a la playa.
Allí lo esperaba yo, agazapado entre las rocas.
Cuando me vio, su sorpresa fue mayúscula, pero no le di tiempo a reaccionar. De un solo golpe lo puse fuera de combate. Enterré su cuerpo en la arena.
Regresé a su casa, que ahora sería mi casa, con dos enormes peces que compré en el muelle.
Nadie se dio cuenta que yo no era él, sino el otro.
Preparé un rico ceviche que disfrutamos en familia. ¡Hace tanto que no era feliz que ya casi lo había olvidado!
La noticia de mi desaparición (del marido de Marisela, quiero decir) ni se supo. No fue un hombre importante.
Hoy vivo feliz. Mi mujer está esperando nuestro primer hijo, o el tercero, porque ahora yo soy él.
Ah, y ahora puedo pasarme horas y horas tocando las mazurcas, los nocturnos, las polonesas, los estudios de Chopin –después de mil ensayos, por supuesto– ante el regocijo de mi mujer y mis hijas.
Ninguna se ha dado cuenta que yo soy el otro.

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Con este cuento fui finalista en el concurso de la Feria del Libro de Huancayo 2010

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