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viernes, 13 de agosto de 2010

Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 4)

Entrada del Cementerio General de Ayacucho y tumba de la guerrillera Edith Lagos


El Cementerio General de Ayacucho está lejos del centro. Como siempre, tus primos aprovechan el pánico para hacer de las suyas: se meten por una calle, salen por otra, vienen, toman un poco de agua, es martes por la tarde pero el sol quema con fuerza, y echan a correr mientras tu mamá y yo vamos a paso de tortuga.
Por estas mismas calles, el diez de setiembre de 1982, después de una misa de cuerpo presente en la Catedral, fueron llevados los restos mortales de Edith Lagos, muerta una semana antes en Umacca, Andahuaylas, en un enfrentamiento con las fuerzas antisubversivas que la perseguían en forma implacable desde su fuga de la cárcel de Ayacucho. Media ciudad acompañó el cortejo fúnebre de la guerrillera, ¿o terrorista?, muerta en la flor de la juventud. ¿Simples curiosos? ¿Simpatizantes? ¿Militantes? En sus inicios Sendero tenía gran arraigo popular, entonces todavía no aplicaba su política de batir el campo y el campesinado, olvidado durante mucho tiempo, vio con esperanza a esa gente que aplicaba justicia popular y prometía la igualdad entre todos.
Compro un ramo de rosas rojas y amarillas.
–Para alguna tumba que no tenga flores.
Hay cientos de tumbas que no tienen flores. Ese es el destino de los muertos, nuestro destino final: el olvido. Durante el entierro te prometen que nunca te olvidarán, que siempre vivirás en el corazón de los que te amaron pero, finalmente, llega el olvido. Es inevitable, es natural. Nadie se pasa la vida llevando a cuestas sus muertos.
Pero hay excepciones. Como en todo.
–La tumba de Edith Lagos.
–Hierba silvestre, te ruego acompañarme en mi camino. / Serás mi amiga cuando crezcas sobre mi tumba. / Allí que la montaña me cobije, / el camino descanse / y en la piedra lápida eterna / todo quedará grabado –lee Diego–. Edith G. Lagos Sáez, Ayacucho, 21 noviembre 1962. Andahuaylas, 3 setiembre 1982.
–¿Quién era Edith G. Lagos Sáez, tío? –pregunta Nacho.
–Una cantautora –dice Diego–. Esa canción la escuchas siempre, ¿no, tía Vale?
–Era una guerrillera –dice Valeria–. También escribía versos.
–¿Como Javier Heraud? –pregunta Nacho.
–Ajá. Ese poema suyo lo musicalizaron y lo canta Martina Portocarrero, la de Flor de retama.
El 2001 vine a conocer el cementerio y de casualidad encontré la tumba de Edith Lagos. Está a la entrada del camposanto, al lado izquierdo. Esa vez había una planta de retama, pero la han cortado o se ha secado. Siempre hay flores frescas en su tumba. Flores rojas y amarillas. ¿Las pondrán sus familiares, sus simpatizantes?
Edith nació un año después que tu tío Juan Ignacio. Si no hubiera muerto, hoy estaría a punto de cumplir cuarenta y ocho años. Quizá estaría presa como tantos otros senderistas. Su temprana muerte, cuando la guerra todavía tenía acogida en el pueblo, la ha salvado de la ignominia en la cual han caído los demás líderes de la banda terrorista. ¿O la muerte atenúa nuestras culpas?
–¿Una fotito, tíos?
–Claro.
–A ver, Xime, sonríe, mira al pajarillo.
Una ancha sonrisa se dibuja en el rostro de Valeria.
Clic.
–A mí también tómenme una foto –pide Nacho, poniendo un pie sobre la lápida–. Para que mis amigas sepan que estuve en el corazón de la guerra y me admiren más.
–Te van a meter a la cárcel por terruco –le advierte Diego.
–Y a ti también, Dieguillo –replica Nacho y le toma una foto de sorpresa.
Diego lo empieza a corretear.
–Ojalá que en la noche los muertos les jalen las patas –les dice Valeria–. ¿No pueden estar quietos ni un segundo, ah?
Ellos ni caso le hacen, se meten entre los pabellones, saltan para esquivar los nichos, tumban un par de floreros. Cuando van a visitar a tus abuelos, junto con el resto de tus primos, que tampoco se quedan atrás, llevan sus skates, sus bicicletas. Ir al cementerio para ellos es ir de paseo.
Después de unas vueltas mirando los mausoleos, los nichos, los ángeles caídos, las vírgenes lloronas, nos ponemos a descansar en un banco.
Entonces la veo, casi al final de un pabellón. Lleva como siempre su pollera de colores y su blusa rosada. Está de espaldas, mirando un nicho.
–Voy a orinar por ahí –le digo a Valeria–. Ya regreso.
Me le acerco sigilosamente pero ella, como si tuviera ojos en la nuca, se aleja.
–Oye, espera.
Vuelve el rostro, me mira con sus ojos imperturbables.
–¿Quién eres? ¿A qué estás jugando?
No me dice nada. Ni se inmuta.
Me le acerco, se aleja.
–¿Qué es lo que buscas de mí?
No me contesta. Está callada como una tumba.
–¿Te puedo ayudar en algo?
Silencio. Me mira con sus ojos claros. Ni parpadea. ¿Dónde he visto esos ojos? Trato de hacer memoria…
La sigo por los pabellones. Voy tras ella como si fuera por un laberinto.
–Dime algo…
–¿Con quién hablas, tío Harold?
Es Diego.
–Tía Vale está preocupada.
¿Y ahora qué le diré a Valeria? Vi a la chica del Mirador y…
–Estaba pensando en voz alta… Recordaba a tus abuelos… Vamos.
Le echo una última mirada a la chica. Regresamos donde tu mamá.
–Estaba buscando dónde orinar –le digo cuando me pregunta dónde me metí.
–¿Y te demoraste más de media hora?
–Estaba viendo las tumbas…
–¿Te pasa algo, Harold?
–No, amor, qué me puede pasar.
Me mira como diciéndome no te creo, flaco.
–En serio, no me pasa nada. Estoy bien. Volvamos al hotel.
Sé que tu mamá no me ha creído. ¿Contarle? Mejor no. Quizá algún día…
***
A fines de febrero de 1985 llegó otra carta de la tía Susana: mamacha ya no hay, decía, tampoco Graciela. Mi mamá casi se vuelve loca de tanto dolor. Las cartas eran escuetas, apenas un par de líneas. El trayecto hacia Ayacucho era cada vez más peligroso, la carretera estaba patrullada por los soldados que se llevaban a los sospechosos de estar con los terroristas, estos detenían los buses y mataban a los sospechosos de estar contra ellos. Una carta podía ser una sentencia de muerte. Las cartas las traían los paisanos de mis padres que aún se atrevían a viajar a la zona de emergencia.
Mamá se atormentaba preguntándose cómo habrían matado a su madre, a su hermano, al opa Juan, a la tía Graciela. Existían varias versiones: que el tío Anacleto, antes de ser ejecutado, logró escapar de sus verdugos, que corrió por la orilla del río hasta Tincuy, allí lo derribaron de un tiro. Que estuvo escondido en el monte y solo se entregó cuando amenazaron con matar a toda su familia. Que lo colgaron de un guarango como solían hacer los senderistas.
Solo Víctor sabía la verdad. Volvió a mitad de año. A su papá lo mataron acusándolo de traidor. Lo buscaron cuando casi ya oscurecía. Queremos hablar con usted, compañero, le dijeron. Lo sacaron al patio de la casa, los demás se quedaron dentro, excepto Víctor, que miraba desde el corral sin ser visto por los terrucos. ¿No sabe que lo que ha hecho es traición?, le espetaron. ¿A qué viaja tanto a Lima? ¿Dónde están sus hijos? Estamos en guerra, necesitamos a todos para lograr la victoria. El tío no supo qué decir. ¿Está usted con el Partido o contra el Partido? Víctor vio que el hombre que estaba al costado de su papá levantó su fusil, intuyó el peligro, pero antes que abriera la boca para advertirle a su padre, sonó un tiro. El tío Anacleto cayó al suelo con la cara destrozada. No lloren, carajo, o a ustedes también los matamos, le advirtieron los terroristas. Entiérrenlo de una vez. Pero el tío todavía estaba vivo, convulsionaba, se retorcía de dolor en el suelo. Mátenlo con bala para que no sufra, les pidieron a los terrucos. Mátenlo ustedes, les dijeron estos, nosotros no gastamos bala en perros traidores. Buscar ayuda a esa hora era imposible, Chincho estaba lejos, Huanta peor, además, esta última ciudad estaba llena de marinos que mataban a cualquier sospechoso de estar con los terrucos. Lo ahorcaron para que no sufriera más. Después cavaron un hueco dentro de una casita abandonada, envolvieron al difunto en un par de frazadas y lo enterraron. Eso fue el veintisiete de octubre, diecinueve días después que el tío se despidió de nosotros asegurándonos que pronto estaría de regreso.
Días después, la tía Graciela, desesperada por la muerte de su marido, preparó mazamorra y se lo dio a sus hijos mezclado con veneno. Los más chiquitos, conocidos como Ingeniero y Belaunde, murieron y fueron enterrados a los costados de su padre.
Antes de navidad, el ejército llegó a Jiljarajay persiguiendo a la columna de terroristas que había incursionado en Marcas. El hombre que acompañaba a los militares señaló a la tía Graciela como uno de los culpables. Se la llevaron detenida a ella y a sus hijas y a los hijos del tío Juan Rejano. Víctor y el tío Juan Rejano, viudo de mi tía Teodora, hermana de mi mamá fallecida meses atrás de causas naturales, fueron a solicitar la libertad de la detenida. A ellos también los detuvieron por estar sin papeles. Víctor tuvo suerte: lo dejaron ir con la condición que trajera los documentos de los detenidos. Lo que hizo fue avisarle a la tía Susana. Cuando esta llegó a Marcas, le dijeron que los detenidos habían sido llevados al cuartel de Acobamba. En Acobamba le dijeron que los detenidos habían sido llevados a Lima. ¿Y los niños? Ellos se quedarán a vivir en el cuartel hasta los dieciocho años, son hijos de terroristas y están adoctrinados, aquí van a aprender a amar a su patria, le dijeron los militares. La tía Susana suplicó, rogó, lloró, qué sabían esas criaturitas de esas cosas de los terrucos, eran mujercitas, ella los criaría como criaba a sus hijos que no se metían en nada. Logró que le entregaran a Victoria, de seis años, y a Blanca de cuatro. Los hijos del tío Juan Rejano se quedaron en el cuartel. Recién a los dieciocho años les permitieron salir. Victoria le contó que a su mamá la habían arrojado a una poza llena de leña con las manos atadas hacia atrás. Allí murió gritando, quemada viva. Como ellas lloraban de hambre, los soldados les dieron carne frita para que comieran. No lo hicieron, algo les decía que esa carne era de seres humanos.
A inicios de febrero de 1985, mientras el papa Juan Pablo II recorría Ayacucho, los terroristas mataron a la abuela Felicitas y a su nieto Juan, un muchacho con retardo mental que salió en su defensa. Los senderistas se iban de Jiljarajay y quisieron llevarse a la abuela como cocinera. Ella se negó a acompañarlos, les reclamó por la muerte de su hijo, los culpó de la muerte de su nuera y de su yerno. Los terrucos la empezaron a golpear. Allí intervino Juan. A él lo mataron de un tiro, a la abuela la mataron a golpes y después le cortaron la cabeza. Esto lo contó la señora Inesita Soto, cuyos hijos integraban esa columna y por eso no le pasó nada. Los terrucos, antes de su retirada, pasaron por las armas a todos aquellos que se negaron a ir con ellos.
Mamá lloraba a mares.
–No llores, mamá –le decía yo, consolándola, llorando con ella–. Cuando entre al ejército voy a matar a todos los terrucos, te lo juro.
Pero ella seguía llorando, y lloraría hasta el mismo día de su muerte recordando a todos sus muertos.
***
–No hay que cerrar los ojos por ningún motivo –dijo el Chullañahui, una mano sosteniendo la cabra por las orejas y la otra la pistola–, o la bala saldrá desviada. El tiro tiene que ser certero, perfecto. Así.
¡¡PUM!!
El tiro nos hizo saltar como si a nuestro lado hubiera estallado un trueno. En el corral, las otras cabras se movieron inquietas como presintiendo su suerte.
La cabra se derrumbó sobre sus patas sin un solo gemido. La bala le había hecho un agujero en medio de la cabeza, chamuscando el pelo a su alrededor, y salido por el lado de la quijada. Primero la sangre salió como de un chisguete y luego perdió fuerza.
–¿Vieron?
Dijimos que sí.
–Así tenemos que aniquilar a los alljos: de un solo golpe porque algunos son fuertes y en su agonía reaccionan dando un último mordisco que puede ser fatal para nosotros. Por eso se da el tiro de gracia al enemigo.
Todos teníamos los ojos puestos en la pobre cabrita. ¿Cuánto duró su muerte, uno, dos segundos? ¿Cuánto dolor habrá sentido?
–¿Quién quiere tener el privilegio de ser el primero?
Nadie dijo yo.
–A ver tú, Piquicha, demuéstranos que eres el mejor de los compañeros.
La siguiente cabra era gorda, parecía preñada. La atamos a la estaca.
–Ponle el cañón en la nuca y dispara sin compasión alguna. Piensa que es un perro guardián del viejo Estado semicolonial y semifeudal al que debes aniquilar.
Piquicha disparó, ¡pum!, yo cerré los ojos, cuando los abrí, la cabra corría ladera abajo como llevada por el viento.
–¡Carajo, eres un cojudo! –el Chullañahui lanzó una maldición–. ¡Atrápenla!
Corrimos tras la cabra. ¡Escápate, escápate, cabrita! La alcanzamos casi al final del huayco. La bala le había entrado por un costado atravesándole el pellejo nomás.
Se resistía a regresar. Nos manchamos las manos, las ropas con sangre.
–¡Mátala con cuchillo, torpe! –le ordenó el Chullañahui a Piquicha entregándole un cuchillo de carnicero–. Las balas no se gastan por gusto. Al inicio de la guerra escasearán. Si no es con un arma, es con otra.
Piquicha apretó los dientes y hundió el cuchillo en la garganta del animal. La movió con rabia, la cabra lo tumbó, se revolcaron en el suelo pero él seguía prendido al cuello del animal. Todos mirábamos en silencio.
Finalmente la cabra se quedó quieta. ¡Cómo había luchado por su vida!
–¿Quién sigue? –preguntó el Chullañahui, medio molesto.
–Yo –dijo Edith.
Tomó la pistola y disparó. Su tiro fue perfecto. La cabra cayó al suelo como una piedra.
El Chullañahui la felicitó.
–¿Quién es el siguiente?
–Yo –dije, para terminar de una vez con esa pesadilla.
Me dio la pistola. Era enorme, pesada. Mi papá se la había vendido por necesidad hace tiempo. No cierres los ojos, pégala en su nuca y dispara. Piensa que es un enemigo del pueblo.
La cabra me miró con sus ojos enormes y tristes. Parecía una criaturita indefensa. Tuve ganas de acariciarle la cabeza pero no lo hice. Eso era doblegarse y nunca debería de hacerlo. Tampoco debería esperar que el enemigo lo hiciera. Puse el cañón en su nuca, ojalá que la bala no rebote en un hueso y me mate, pensé. Ojalá que no sufras, cabrita. Perdóname.
Jalé el gatillo.
¡Pum!
La cabra cayó muerta sin un suspiro.
–¡Bravo, bravo! –exclamó el Chullañahui–. ¡Perfecto! Creo que las mujeres son mejores que los hombres.
Sonreí. Edith y las otras chicas también lo hicieron.
Matamos veinte cabras que al día siguiente Lucas se llevaría al mercado de Huamanga.

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