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domingo, 8 de agosto de 2010

Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 2, frag.1)

Desfile militar en la Plaza de Armas de Ayacucho por el aniversario patrio.
–¿Vamos a dar unas vueltas por ahí, Vale?
–Ay, flaco, sorry, estoy súper cansada y tengo los pies hinchados –se excusa tu mamá. Tiene el control remoto en la mano y va de canal en canal–. Mejor vemos una peli, ¿te parece? Encuentro explosivo con Tom Cruise y la Cameron Díaz está mostro.
–Voy a caminar un poco –le digo, mientras me pongo chompa. Afuera está haciendo friecito–. Regresando te acompaño en otra película, ¿te parece?
–Ya. Xime quiere queso y guagua –dice, tocándose la abultada barriga.
–Dile a esa chiquita que no coma mucho porque va a salir como su primo Chancho –le digo mientras le doy un beso.
–¿Tú quieres que sea como Flaquito, no, papi? –Valeria habla como bebe.
–Ajá, sino no te voy a poder cargar cuando vayamos a Chincho –le acaricio la barriga–. Vuelvo, amor.
–Te cuidas, flaco.
Es de noche, casi las nueve, las calles están llenas de gente, niños, jóvenes, viejos, parejas que caminan despreocupados. La guerra es algo remoto, los más jóvenes no lo han vivido, lo que actualmente pasa en el VRAE les tiene sin importancia. Hace años que no hay atentados, emboscadas, apagones, perros colgados en los postes, muertos en las calles con sus carteles acusándolos de soplones, traidores o yana humas. Tampoco hay soldados, tanquetas, portatropas a pesar que mañana hay desfile militar aquí. Las noches de toque de queda han quedado en el recuerdo, ahora uno puedo salir de su casa a la hora que le dé la gana y hasta que le dé la gana. Ahora Huamanga no tiene nada que envidiarle a ciudades como Trujillo o Arequipa, o a algún distrito limeño. En cada esquina hay cabinas de internet, los celulares abundan. Hay discotecas por todas partes. He visto a chicas en minifalda, vistiendo a la moda como en Lima. El tráfico, como en cualquier ciudad del Perú, es un caos. Esquivo combis y mototaxis para cruzar las calles y llegar a la Plaza de Armas. Está llena de personas, ambulantes, turistas. Al frente, la Catedral rebosa de feligreses. Doy vueltas hasta que una pareja deja un banco y me siento.
Ya he estado aquí en un par de oportunidades. La primera vez fue el 2000 con mamá y Nacho: la llanta del bus de Expreso Huamanga se pinchó y bajamos a desentumecer los pies mientras buscaban repuesto. En el 2001 fui a Huanta con tu tía Flora y, de pasada, vine a buscar a mi amiga Janeth. No vayas a hacer pataletas porque era solo una compañera de La Cantuta. El 2006, un año después de la muerte de tu abuela, vine con tu tío John. Desde entonces la ciudad ha cambiado bastante. Pero está mejor que Lima: las calles lucen limpias. Hay tachos de metal en cada cuadra.
El jirón Asamblea es el jirón de la Unión de Huamanga.
–Compre chaplita, papito –me ofrece una señora que lleva un bebe en una manta colgada en la espalda–. A sol la bolsita nomás.
Le compro dos bolsas. Lo bueno de la chapla es que dura días sin ponerse duro como los otros panes. A mamá le encantaba. Ella también estuvo aquí con Mariana. Vinieron un par de años después de la caída de Abimael. Por allí hay unas fotos donde está teniendo como fondo la Catedral, el monumento a Sucre, con mama Nena.
De pronto la veo, está sentada en el banco del frente. Lleva la misma pollera de colores de la mañana, la misma blusa rosada. Me mira, la miro. Sus ojos rasgados ahora parecen más grandes. ¿Quién será? Diego dice que ninguna chica le ayudó cuando se cayó. Nacho tampoco vio a nadie. A Valeria ni le pregunté.
Se pone de pie y echa a caminar. La sigo. Dejamos la Plaza de Armas.
–Oye, espera, ¿quién eres?
No contesta, sigue caminando. Va a paso ligero. Cuando acelero mis pasos, ella hace lo mismo.
Mi celular vibra. Es un mensaje de texto de tu mamá: No te olvides de la guagua y el queso para Xime. Tkm, flaco.
No le contesto, concentrado en no perder de vista a la chica.
–¡Oye, espera, quiero hablar contigo!
Nada, no me hace caso, sigue caminando; de vez en cuando vuelve el rostro como para asegurarse que la estoy siguiendo.
Ahora vamos por el jirón 9 de Diciembre. Una cuadra, otra cuadra. Nos alejamos del centro.
–¡Espera, por favor!
Llegamos a la plazoleta Bellido. Al frente está el antiguo CRAS de Ayacucho.
Me le acerco y ella da un paso, alejándose.
–¿Quién eres? –le pregunto–. ¿Qué quieres de mí?
No me contesta, solo me mira. El viento nocturno mueve sus cabellos.
Doy otro paso y ella hace lo mismo. ¿Y si corro y la atrapo? Gritaría, vendría la policía, me metería en problemas…
Vibra mi celular. Es otro mensaje de texto de tu mamá: Son las diez, Xime está que se muere por su queso y su chapla. Apúrate, flaco.
–Oye, me tengo que ir. ¿Podemos conversar un ratito?
No dice nada. ¿Será muda?
–Chau. Me voy.
Silencio.
Doy la media vuelta y regreso sobre mis pasos. De vez en cuando vuelvo el rostro y ella sigue allí, inmutable. Debí haber traído el pañuelo que le dio a Diego, decirle ¿esto es tuyo?

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