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sábado, 24 de julio de 2010

El entierro

El cortejo fúnebre parte de la casa de los Gastelú Palomino. Voy en hombros de don Vásquez, don Juan Atanasio, papá de Coto, mi hermano Teófilo y don Moya. Flexionan tres veces las rodillas para que me despida de mi casa y de los míos y bajamos por la empinada y polvorienta calle Libertad de La Realidad. Es la una en punto de la tarde de este domingo veinticuatro de julio. Han pasado cuarenta y cinco horas desde que mi corazón dejó de latir. El sol brilla en lo alto. Ese sol que ya nunca más volveré a sentir en mi piel. Es mal agüero que los hijos carguen el cajón de sus padres, les dijo don Vásquez a mis hijos cuando estos pretendieron sacarme en hombros de la sala donde me velaron. Casi les digo no teman, no les haré daño, no me llevaré a nadie. ¡Mamá, mi mamá!, solloza Mariana. Esto es lo que querías, ¿no?, dan ganas de decirle. No paraste hasta verme muerta. Algún día a ti también te sacarán en hombros para llevarte a tu última morada. Recién allí comprenderás cuán valiosa es la vida. ¡¡Abuela, abuelita!!, chilla Fabiola. Mi niña, mi princesita, no temas, tío Arol velará por ti y yo te cuidaré desde las estrellas. A paso lento el cortejo se va alejando del lugar donde he vivido los últimos treinta y cuatro años de mi existencia. Esta vez la partida es sin retorno. Nunca más volveré a mi casa. Allí quedan mis plantas, las flores que cultivaba, mi historia, mis sueños de un futuro mejor, los míos, mi esposo, mis hijos, mis nietos. Los perros aúllan llorando mi partida. Pobres animalitos. No volveré físicamente, pero mi alma volverá, y aunque nadie me vea, aparte de mis perros, yo siempre estaré en mi casa. El cortejo sigue su marcha. ¡Cuántas veces he recorrido este camino desde que los Gastelú Palomino llegamos a La Realidad allá por 1972! Esta es la última vez que lo hago. Las casas se empiezan a suceder. De la nuestra, que está antes de la de don Vásquez, continúa la de Carolina, mi hija mayor, sigue la de Eduardo Bendezú, hijo de la difunta Tolín, a quien un día agarré a zapatazos cuando le quiso pegar a mi marido; estará contento, igual que su mujer, la loca Edith, de que me haya muerto; allí vivimos cuando recién llegamos al barrio. Era casa del difunto Panay. Ahora nos encontraremos en el más allá, tengo algunos asuntitos que arreglar con ese desgraciado viejo. La siguiente casa es la de mi sobrina Eva, hija de mi hermano Anacleto, asesinado hace veintiún años atrás por Sendero Luminoso en Jiljarajay, y viuda de Pelusa. La desagradecida acompaña mis restos. También estará contenta que me haya muerto. Sigue la casa de Miguel, uno de los mejores amigos de la infancia de mis hijos, y hermano de Pelusa. Su hija mayor, a quien yo llevaba alguna vez al colegio cuando me iba a trabajar, va al lado de mi hija Dora. Sigue la de Victoria, la otra hija de Anacleto, casada con el Cojito, quienes también están presentes. Chojolio, hermano de Eva y Victoria, no ha venido. Con qué cara iba a venir si alguna vez me ha insultado y se ha peleado con mis hijos. Milagro que Eva y Victoria me están acompañando. Estuvieron en mi velorio, volvieron a la casa a la que dejaron de venir un día en que se les subieron los humos. Jamás se acordaron de mí, menos Eva, a quien yo recomendé para que trabajara donde la señora Bacha. Sin ese trabajo, no tendría nada de lo que tiene hoy. Ni la vieja camioneta que le compró a su marido y que ahora se está oxidando en su puerta desde la muerte de aquel. ¿Por qué me guardarían rencor? Eso es lo que no sé. Por hoy han olvidado las desavenencias familiares. Todos se han reconciliado. Carolina y Jonás con Mariana. Los dos primeros con Arol. Mariana y Arol. Mariana y John. La casa parecía un campo de batalla. Aunque la reconciliación entre Arol y Mariana no durará mucho. Pronto mi hijo se marchará para nunca más volver a la casa de su infancia. Las tres últimas casas eran antes un solo lote perteneciente a don Francisco Pancho Vila y a doña Eusebia Porras, abuelos de Viejo, Pelusa y Lube. A la muerte de los abuelos lo dividieron en tres para cada uno de los nietos. Pelusa se juntó con mi sobrina Eva. A la muerte de Pelusa, Eva se quedó con su terreno y con el de Lube, un bueno para nada que morirá dentro de año y medio, a quien se lo compró en una ganga y regaló a su hermana Victoria. Don Gastelú dividió su terreno también en tres: un pedazo bien grande para Carolina, porque se casó primera, otro para Mariana y el resto, para sus otros hijos. A la mujer de John, mi nuera Emilia, no le gusta La Realidad. Mucho polvo, muchas piedras, dice. La “señora” no puede vivir en un barrio, ¿no? A mi muerte, estaba disgustada con ella porque mucho lo maltrataba a mi hijo, lo paraba botando de su casa. Yo le dije no te cases con esa mujercita, pero John no me hizo caso. ¿Ahora quién velará por él? Ha llegado el día en que tenga que hacerse hombre, como dijo cuando se casó contra la voluntad de sus padres. Continúa la casa del enigmático profesor Ricra, hijo de la finada mama Bini y piquito de oro. Me hizo llorar en el discurso que pronunció durante el entierro de Pelusa hace seis años atrás. Lástima que no me acompañe hoy. Por último, está la casa de la señora Arcaria, viuda de don Pablo, quien morirá dentro de un año. Ahora las casas de la izquierda de la calle Libertad: frente a la nuestra está la inmensa casa donde vive Zas, hijo de don Navarro. Recuerdo que cuando mis hijos eran chiquillos jugaban allí con Chana y Emperatriz. Después sigue la de Demecio, cuyo padre falleció hace unos meses atrás y a quien su mujer acaba de abandonar; sigue la de su mamá, mi tocaya María, conocida como la Locomba, quien ha salido de su encierro de años para estar en mi velorio; después está la calle el Rosario. En mitad de la cuadra vive Santa, la que hace un par de décadas atrás vino en busca de un “tipo patilludo” con quien se casó y tuvo hijos. Cruzando la calle está la casa de don Huaqui, que vive solo desde que falleció la señora Aurora, su compañera. Por último, está la casa de las Bendezú, hermanas de Eduardo. Los Bendezú son familia de mi marido, pero no los frecuentamos desde el problema que hubo con el viejo Panay. Miguel Bendezú morirá dentro de veintidós meses. Casi todas las casas tienen un difunto en su haber, o más, como el de Eva, que perdió a su hermano, a su marido y a su hijita en menos de cinco años, sin contar a sus padres y demás hermanos, tampoco a la abuela Eusebia y a don Pancho Vila. Esa mujercita sí ha llorado a mares. Hacemos un alto antes de cruzar la sequia donde mis hijos solían bañarse con sus amigos Viejo, Pelusa y Lube en los ya lejanos veranos de su infancia cuando era de límpidas aguas y no el vertedero de aguas sucias que es hoy. Debajo del puente había un pocito de donde solíamos juntar agua limpia para beber cuando recién llegamos al barrio. Más allá mi esposo construyó un pozo. Recuerdo que Emperatriz, “cuñada” de Mariana, solía darles a mis hijos y sus amigos un beso a cambio de un par de baldes de agua. El sobrino de la señora Arcaria solía cagar en nuestro pozo para fregarnos. Entonces mis hijos eran chiquillos y no podían defenderse y mi marido estaba en Huachipa y venía a la casa solo los fines de semana. El tipo era un matón. Ahora está viejo y acabado y mis hijos ya son mayores. Cuando la hidroeléctrica empezó a proporcionarnos agua, los pozos desaparecieron. Emperatriz también se fue. Dicen que es puta. Bonita familia se ha conseguido mi hija. Aunque el agua que nos da la hidroeléctrica tampoco es tan limpia que digamos. Tantísimos años que tiene de fundada La Realidad y sigue con las calles sin asfaltar y sin contar con los servicios básicos de agua y desagüe. Nada pudo hacer Mariana cuando estuvo como secretaria general del barrio. A la gente le gusta que les den todo gratis. Lucho Bueno llegó en plena campaña electoral prometiendo que haría realidad el sueño de agua potable y desagüe que tanto reclamamos, pero una vez que salió elegido alcalde de Chosica, se olvidó de su promesa, dice que no hay presupuesto. El otro año será. Menos mal que tenemos luz y teléfono. Ahora los postes son de cemento. Antes eran unos palos medio torcidos de eucalipto. Más antes, ni eso, solo las velas y los mecheros de kerosene alumbraban nuestras oscuras noches. Me llevo historias de lucha, de padecimientos. El cortejo es numeroso, no pensé que tanta gente iba a venir a despedirme. No era una mujer de muchas amistades, no paraba en las esquinas chismoseando con las vecinas sobre los últimos acontecimientos de La Realidad. Veo a antiguas amigas mías como doña Cristina, la que les tejía chompas a mis hijos cuando eran niños. Allí está, triste, acongojada, doña María Ramos de Falcón, una de mis mejores amigas, acompañada por sus hijas Elena, Laura y Jacky. Don Falcón morirá dentro de algunos meses. También está Katimba, su hijo mayor, en cuyo auto me llevaron al hospital Miguel Grau donde fallecería. También con Elena y Laura jugaban mis hijos cuando eran chiquillos. En ese grupo estaba el finado Loquito Montes. A esa edad los hijos piensan que sus padres somos eternos. A esa edad la muerte no existe. A esa edad los hijos solo se dedican a jugar. Continuemos, vecinos, dice don Vásquez. Es uno de los más solícitos. Cuántas veces he peleado con él. Por los límites de nuestros terrenos, es un hombre ambicioso, por el agua. ¿Se estará acordando cuando levantó un muro dentro de nuestro terreno y se lo tumbé? ¿Cuando hace poco lo mandé a rodar porque quería poner una antena de televisión para sus inquilinos en la punta del cerro y cuyo cable iba a pasar por nuestra casa? Con mi marido le habíamos dicho para que nos permita sacar agua de su tanque porque nuestras plantas se estaban muriendo y no quiso. Para pedir favores sí es bueno. Don Vásquez, el mismo que antes se robaba nuestros patos y conejos aprovechando la oscuridad reinante. El mismo que casi se mata cuando cortó nuestro enorme eucalipto con su motosierra. El mismo que cortó la enorme rama de molle que cayó sobre el techo de la Casona cuando vivíamos en la Pampa. ¿Por qué no habrá venido doña Juana, que también es amiga mía? Ahora don Vásquez y su mujer viven en Huaycán. Tienen alquilada su enorme casa. Don Lastra lleva uno de los arreglos florales. Allí está don Cabrera, el chismoso, el que para metido en el comedor popular nomás, el que se opuso cuando Mariana iba a sacar el agua y desagüe con Sedapal. Nos va a costar un ojo de la cara, dijo, mejor potabilicemos el agua de la hidroeléctrica que es gratis. Y todo el pueblo le hizo caso. El pueblo quiere todo gratis. Por eso están jodidos tantas décadas. También está la señora Hilda, que destaca por su blanca cabellera, con su hija Charito y sus nietos. ¿Hace cuántos años que murió don Hilario? Hay una señora de edad que no conozco y que lleva un pequeño arreglo floral. Parece loca. Está el guardia Yalta en casa de quien alguna vez trabajó mi marido. Está Coto, el enano que alguna vez estuvo enamorado de Flora y fue a la Casona con la cabeza rota por Felipe, papá de Dieguito, mi antepenúltimo nieto. Está don Montes, afanoso también, papá del difunto Loquito Montes y tío del papá de Dieguito. Está Coqui Chinchay, amigo y compañero del colegio de mi hijo Arol desde la infancia, cuyo padre murió hace dieciocho años atrás. También fue compañero de John en La Cantuta. Allí está la señora Tarazona, madrina de Carolina, y su hija Jenny. Están las compañeras de Mariana, los colegas de John, los hermanos de Jonás. ¿Los llamó él o mi hija? Yo no estuve en el entierro de sus padres, nadie me dijo acompáñenos, suegra; vamos, mamá. Pero no importa. No está el chino Méndez que siempre viene a buscar a mi hijo Arol cuando se aburre de mirarle la cara a su mujer y de jugar con sus hijos. No están los colegas de mi hijo Arol. Justo el veintidós entraron a vacaciones de medio año. Yo le decía a mi hijo en las vacaciones voy a dormir hasta las siete de la mañana, voy a descansar, nadie me va a despertar. Estaba cansada, quería descansar. Ya estoy descansando. Está don Domingo, el papá de Pepe. Está mucha gente que solo conozco de vista. No está mi prima Plácida, nadie le avisó. Recién vendrá la otra semana a lavar mi ropa por mi quinto día. Cuando era chiquilla, iba por los pueblos de la sierra con su papá, mi tío Antonio Palomino, a hacer trueque. Continuemos, dice don Vásquez. Fue precisamente él quien sugirió llevarme en hombros. Iban a llevarme en la carroza, pero don Vásquez dijo cómo le vamos a hacer eso a la vecina, a la vecina hay que llevarla en hombros para que se despida de su barrio. Uno, dos, tres, arriba. Reanudamos la marcha, ahora cargan el cajón don Moya, don Vásquez, Jonás y su hermano. Cruzamos el puente de troncos y cemento, pasamos por arriba de la chacra del papá de Pulguita y la Ratablanca. Ese camino no existía en 1984 cuando mi hermano Anacleto llegó a La Realidad trayendo a sus hijos de Ayacucho. Huían de Sendero Luminoso. Escapaban de la muerte. Todo el barrio hizo el camino en las jornadas dominicales. Si Anacleto volviese, no reconocería nada. Ni nuestra choza existe. Seguimos bajando. Ahora pasamos frente a la chacra de los Angulo. La abuela Angulo también murió hace años. Alguna vez mi marido le hizo un trabajo a su hija. Era una fea con suerte que se casó con un norteamericano. A la izquierda está el Centro Vacacional. Allí trabajaron mis hijos cuando estaban en secundaria como ayudantes de cocina. Fueron cevicheros y polleros. Recuerdo que un día John se cortó el dedo cuando recién estaba aprendiendo a manejar los enormes cuchillos de cocinero. Allí Arol se enamoró de Livia, una chica de rostro pálido y cabellos ondeados. Recuerdo la rechoncha figura de don Puma cruzando el puente. Hace años que no me lo encuentro, parece que también se murió. Seguimos bajando. Un domingo, hace tantos domingos ya, cuando aún no había movilidad en el barrio, estábamos subiendo empujando una carretilla con las compras que habíamos hecho en La Parada. Pasó una camioneta llena de maderas. Subía, subía, hasta que empezó a retroceder. Retrocedía, retrocedía. Entramos en pánico. Corrimos. Mi marido se quedó quieto agarrando su carretilla. ¿Lo paralizaría la sorpresa? La camioneta pasó a toda velocidad por su costado. Jehová es mi guardián, fue lo único que dijo mi marido. Ese domingo nos salvamos de una muerte segura. Soporté esa impresión. La que estuvo varios días media traumada fue Carolina. Ese camino lo levantó el pueblo con enormes rocas para que pudieran subir los carros. Allí está la abandonada casita de adobe de don Ramírez, tío de Viejo, Pelusa y Lube. Hacemos otro alto bajo la sombra de un añoso eucalipto en un recodo del camino. Chanca, compañero de universidad de mi hijo Arol, toma fotos y más fotos del cortejo fúnebre. Mi hijo va junto a su amigo y Fabiola. Cada uno de mis hijos va por su lado. Flora está con Dieguito. Está serena, en ningún momento llorará. Fue ella quien me encontró desmayada. Un mes atrás, cuando me dio el segundo ataque cerebral, estuvimos en Chosica con los chicos. Diez meses atrás fue ella quien me encontró cuando me había dado el primer ataque. ¿Qué hará ahora con su vida y con la de su hijo? No es normal, siempre ha sido un poco retraída. Ahora tendrá que aprender a cocinar, ahora se encargará de los chicos. Más allá va Dora acompañada por los padres del papá de Nachito. Allí está doña Marcelina Roldán o Rondán, la misma que se negó a brindarle ayuda cuando estuvo embarazada dizque porque no tenía la certeza que ese hijo fuera hijo de la joyita de su hijo. Hasta los tres años no le dieron ni un pan seco a la pobre criatura y ni lo conocieron. Mi hijo Arol y yo nos preocupábamos por él. Un día Dora se peleó conmigo, y al no tener a dónde ir, fue a la casa del padre de su hijo. Padre e hijo eran como dos gotas de agua. ¿La Marcelina se acordará de eso? Fue la primera en venir, ¿con qué cara?, ni bien Dora le avisó que había muerto. Dentro de ocho meses nacerá Marianela, la segunda hija de Dora y Petete. O sea que ahora, mientras me llevan a mi última morada, la menor de los Gastelú Palomino tiene un mes de embarazo. No me lo ha dicho como esa vez en que salió embarazada del tuerto guachimán del hospital Grau y me pidió ayuda para abortar porque no podía mantener a dos hijos. Al pobre tuerto lo sangró bien y después lo dejó botado. Era un buen muchacho, lástima que mi hija no se lo mereciera. Por culpa de ellos me dio el primer ataque. El tuerto vino a reclamarme porque mi hija lo había mandado el diablo y del disgusto me enfermé. Dora es una mala mujer. Hace un par de años nos peleamos y me marcó el rostro. Lo denuncié a la fiscalía. Ni siquiera atendía a su hijo. Todo tenía que hacerlo yo. Dentro de dos semanas renunciará a su trabajo y se pondrá a cuidar a Berenice. Ni siquiera tiene un poco de dignidad. Mariana le decía que era una puta, y así termina de su sirvienta. Mariana está acompañada por sus colegas del hospital. No está su “suegra”, la llamada pequeña Lulú. El viernes en la noche la bruja estuvo en la casa consolando a su “nuera”. Son tal para cual. Hace años, don Leoncio dejó en el desamparo a su anciana madre por ir tras la enana. Julián, que ahora está trabajando en Palma de Mallorca, anda en amores con Mariana. Los dos le han hecho creer a la pequeña Lulú que Berenice es su nieta. Bueno, cada uno tiene lo que se merece. Aunque Mariana es mi hija, debo decir que es una mala mujer. Me hacía la vida imposible metiéndose en la vida de sus hermanos y reclamándome como si yo tuviese la culpa de todo lo que ellos hacían. ¿Creería que la bolsa de víveres que le daban en el hospital, y que era su único aporte a la economía familiar, le daba el derecho a husmear en la vida de sus hermanos? Esa es Mariana, la misma que meses después denunciará a su hermano Arol por maltrato psicológico. ¿Y lo que ella me hacía a mí qué era? ¿Caricias psicológicas? Mi hijo le dijo ¡asesina, tú mataste a mi madre, algún día vas a reventar peor que ella! ¡Asesina, asesina! Cuántas veces me dijo rómpele la cabeza, mamá, bótala, estás en tu casa, y no le hice caso. Ahora me arrepiento. Me faltó un poco más de carácter. Allí está John, el mismo que hace trece años atrás dijo me caso y se casó con Emilia a pesar que no estuvimos de acuerdo con esa boda. ¿Con qué iba a mantener a una mujer si apenas estaba en mitad de la carrera? Dijo me voy a hacer hombre, y bien que se hizo hombre: toda la vida su mujer lo botaba, toda la vida su suegra lo botaba, toda la vida no tenía plata ni para un pan. Y yo llorando por mi pobre hijo, sufriendo por él. Se hubiera muerto cuando le hicieron brujería. A comienzos de año me peleé por última vez con mi nuera. Como todos los veranos desde que se casó, y al término del año escolar, mi hijo andaba con los bolsillos vacíos. Vino a pedirme un préstamo, pero yo también andaba sin un centavo. Entonces acudió donde su hermano Arol. Este le dijo su vida: tú eres un idiota por mantener a una floja. ¿Para eso te casaste? ¿Para trabajar como un esclavo? Si la plata no te alcanza, dile a tu mujer que se ponga a trabajar aunque sea de puta. John fue y le contó a su mujer. Esta le dio su golpe, le arañó los brazos. La perra floja se molestó. ¿Pero por qué si es la verdad? Fui a reclamarle. Me recibió de mala gana. Si sigues maltratando a mi hijo, nunca más volveré a pisar tu casa, le dije, y cumplí. ¿A quién acudirá ahora John cuando le falte un pan para sus hijos? Ojalá que ahora sí se haga hombre. Ahora ya no estaré para insistirle hasta el cansancio que saque su título y se nombre. Hasta se molestaba cuando le decía saca tu título, hijo; nómbrate, hijo; mira a tu hermano: gana su plata tranquilamente, cada fin de mes depositan su sueldo en el banco; tiene vacaciones pagadas; no tiene que estar pensando en cualquier momento me pueden botar, ¿dónde trabajaré el otro año? Pero a él parecía no importarle. Salió a su papá. Pero al menos su padre me tenía a mí y nunca estuvimos pidiendo prestado. Le tocó una mala mujer. Anoche hice asustar a Emilia: se acostaron en mi cama. Ellos son Testigos de Jehová. Rezaron, y se metieron a la cama de una difunta. Me di el gusto de jalarle las mechas a esa mujercita. Se lo merece. Carolina va con su madrina y con la hija de esta. Carolina, la misma que un día mandó a Jonás para que le preguntara a mi marido si yo era su madre. Pobre miserable. Es una resentida. ¿No habrá sido feliz donde los Tarazona? Yo siempre me acordaba de eso y lloraba. Siempre he tenido buena memoria para las ofensas que me hacían. La he parido y me niega. Mi hijo Arol me decía mándala a la mierda, mamá: ¿dices que no soy tu madre? Pues no lo soy. ¿Sabes qué?: a ti te recogimos de un basural, ¿no me das las gracias por haberte salvado de que te comieran las ratas y las cucarachas, desagradecida? ¿De dónde mierda crees que has salido, ah? ¡Has salido de esta concha, desgraciada! ¡Ya les tocará algún día ser llevados en hombros por los vecinos de La Realidad, si es que no los arrojan a la fosa común! Ahora está llorando. Sus hijos se han quedado en su casa. Los Apestegui han sido, según ellos, mis nietos excluidos. ¿Excluidos? ¿No era Jonás quien no permitía que sus hijos se juntaran con Nacho y Diego? ¿No era Carolina quien decía que Nacho era un negro, un indio, un chuncho? ¿Que Fabiola era una bastarda? Ni a mi entierro han dejado venir a sus hijos. El que más me lloró al saber que había muerto fue Alfarito. De todos los Apestegui, se nota que ha sido el que más me ha querido. Carolina, Mariana y Dora son las que más lloran. Yo le decía a mi hijo Arol que cuando me estuvieran llorando les echara tierra en los ojos a esas desgraciadas. Mi hijo no lo hace hasta ahora nomás por no hacerlas quedar mal, pero anoche les dijo su vida. Reanudamos la marcha. Ahora voy en hombros de Katimba, el papá de Coto, don Moya y el hermano de Jonás. El camino al cementerio es el camino más triste que hay en el mundo. Las personas nos miran pasar, indolentes, indiferentes. No es su dolor. No es su sufrimiento. Pero ya les tocará como me ha tocado a mí. Yo le tenía miedo a la muerte, pensaba que jamás me iba a morir, pero estoy muerta. Cruzamos el puente Huampaní. Cuántas veces he cruzado en las últimas décadas ese puente de metal pintado de rojo. Para ir a trabajar donde doña Olga, ¿sabrá que me he muerto?, donde doña Julia Abarca, donde una retaca de los Girasoles, donde la mamá de Paloma, para ir al mercado, para volver a mi casa. Me lo conozco de memoria. Allí, en las veredas desniveladas, mi esposo se cayó un par de veces cuando aún no lo operaban de los ojos. Hacemos otro alto frente a los quioscos de don Mauro y la Bruja. Su hija Lily, que ahora está en los Estados Unidos, era amiga de Carolina. Era una chica de la calle. El río apenas es un hilo cubierto de musgo y basura. ¡Nosotros hemos cruzado otros ríos allá en Ayacucho cuando fuimos a Chincho, a Jiljarajay y Cangari! Adiós, río Rímac. Ya nunca más volveré a escuchar el ruido atronador de tus aguas en el verano. El cortejo fúnebre reanuda la marcha. Ahora voy en hombros de los colegas de John. John lleva una camisa a cuadritos entre azul y morado. ¿Su religión no le permitirá llevar luto? Mi marido también es Testigo de Jehová y está todo de negro, igual Arol, Mariana y Carolina. Cuando mi hijo estaba en la universidad, y era poeta, solía vestirse siempre de negro y llevar el pelo largo. Ahora lo lleva corto como la de un soldado. Hacemos otra parada frente al paradero de los vehículos que suben hacia La Realidad. En ese mismo lugar, hace un año y un par de semanas atrás, nos tomamos unas fotos mientras esperábamos a los Apestegui para ir a la sede central de la Derrama Magisterial a recoger el Premio Horacio que se había ganado mi hijo Arol. Es un recuerdo que nunca olvidaré porque fue uno de los días más felices de mi existencia. Allí, en el paradero, tengo una amiga que vende frutas. Siempre me daba fiado. Me fui debiéndole. La otra semana le dirá a mi hija que le debía ocho soles. ¡Cobrarle a los muertos! Dónde se ha visto eso. Lo mismo hará Carolina: le dirá a Flora mamá se quedó debiéndome cuarenta soles de un pantalón que le vendí. Los negociantes nunca pierden. Con razón Jesús los expulsó del templo. ¿Ya subimos a la vecina a la carroza? Un poco más allá. ¡Un, dos, arriba! Ahora estoy sobre los hombros de Katimba, don Moya, don Atanasio y Jonás. Reanudamos la marcha y doblamos hacia la derecha para ir en forma paralela a la Carretera Central. Cruzándolo está el Banco de la Nación donde mi marido cobra su pensión. ¿Ahora quién lo acompañará? Pobre Juandi, se queda solo después de haber estado juntos durante cuarenta y seis años. Pasamos frente a la calle de esos conchudos de los Matos. Más allá hay una iglesia Pentecostal. En ese lugar trabajaron mi marido y mis hijos hace años atrás abriendo zanja. Los cargadores sudan la gota gorda. ¡Por lo visto, peso bastante! Con razón a duras penas pudieron sacarme de la casa para subirme al auto de Katimba. Avanzamos, avanzamos hasta llegar a la altura de la casa de los Chinga. Jaime Chinga estudió la primaria con mi hijo Arol en el colegio fiscal que está el frente, cruzando la pista. Era un abusivo. Allí está su madre, asomada a la ventana. Es un cadáver viviente. Dicen que tiene sida. Era una mujer de la mala vida. ¿Estará pensando un día no muy lejano también me tocará ir a mí en hombros de mis vecinos? No se equivoca. Ahora sí a la carroza. Mi hijo Arol, su amigo Chanca y Fabiola van al lado del chofer. El camposanto ya no está lejos. La carroza va hasta la altura de la entrada de los Girasoles, allí dobla hacia la izquierda, cruza la pista y empieza a subir por el camino afirmado que lleva hacia el cementerio municipal Paz y Descanso Eterno de Chaclacayo. No es el único camino que lleva al camposanto. Yo me los conozco todos. Cuántas veces he venido acompañando a los difuntos de La Realidad. Ahora me están acompañando a mí. Llegamos a la puerta del cementerio donde las personas ya me están esperando. Vuelta me cargan en hombros. Katimba, el hermano de Jonás, don Montes y don Vásquez me llevan esta vez. Pasamos por en medio de los cuarteles. Cientos de muertos nos ven pasar. Ríos de lágrimas nos ven pasar. Cientos de historias de dolor nos ven pasar. Allí está el nicho de don Hilario; allí, en la primera fila de un cuartel, está la tumba de Pelusa. Cuando lo estaban enterrando, su madre, la mujer que lo parió y luego dejó botado como a un perro, se aferró a su cajón. ¡Pelusa, no me dejes!, gritaba la desgraciada. Entiérrenlo con el difunto, dijo alguien. Aquí estoy, Pelusa, ya charlaremos después. Subimos, subimos. Muchos ayudan para que mi cajón no se deslice de los hombros de los cargadores. Hasta el enano Coto mete mano. El pobre se amaneció velándome en compañía de Dora. Es un buen muchacho, lástima que mi hija Flora metiese la pata con Felipe. Me acuerdo que una vez me mandó una torta por mi cumpleaños. Tantos méritos hechos por gusto. Pero quién conoce el corazón humano. Allí está el nicho de don Severino Orellana, el que tuvo la primera tienda en La Realidad y nos daba fiado. Más allá, en las faldas del cerro, están enterrados Héctor Pocco, que murió de un infarto al corazón; Gilberto Ávalos, que tomó lejía porque se enamoró de una mujer mayor y sus padres se oponían a ese romance; la hermana de este, a quien hicieron daño. Por allí también está Gusanón, a quien mataron el año pasado enterrándole un verduguillo en el vientre, al lado de su tío Sandro, muerto en tiempos de la guerra. Más allá están la señora Eusebia Porras y don Pancho Vila. También están don Lizarbe y Milagritos, la hijita de Pelusa y Eva que se ahogó a los tres añitos. El cortejo sigue avanzando. Subimos por una empinada vereda, doblamos a la izquierda, y llegamos al cuartel San Agustín donde descansaré eternamente. San Agustín. Dormiré para siempre en un cuartel que lleva el nombre que alguna vez utilizó mi hijo para firmar sus poemas. Allí ya está el sepulturero, montado sobre el andamio. Tiene listo su badilejo y su arena con cemento. Él será quien meses después colocará la placa de mármol que mi hijo Arol mandará a hacer para mí. Un señor, vestido de negro, con pinta de loco y una enorme cruz colgada en el cuello, hace las oraciones, pide por el descanso eterno de mi alma, ¿cómo se llamaba la difunta? Elevemos una oración por el descanso eterno de quien en vida fue doña María Palomino Ceras de Gastelú. Todos rezan, menos mi hijo Arol. Él no es creyente. Amén. Cantan el Salve y las lágrimas resbalan por las lastimadas mejillas de mi hijo. Pobrecito, me da pena verlo llorar así. Se queda solo. ¿Ahora quién le cocinará, quién le lavará sus ropas para que se vaya tranquilo a trabajar? Tendrá que aprender a hacer sus cosas. ¿Algún familiar que quiera expresarse? John toma la palabra. ¿Qué dirá ahora? ¿Que fue el orgullo de sus padres? ¿Cuántos momentos de felicidad me dio después de casarse? ¿Se acordaba de mis cumpleaños; venía a visitarme en el día de la madre? ¿O su religión no se lo permitía? ¿Emilia fue una buena nuera? Adiós, mi gordita linda, es lo único que dice besando mi ataúd. Ahora ya no me dirá mi mujer me ha botado, mamá; mi suegra me ha botado, mamá; ¿tienes un sol, mamá? Termina y Jonás toma la palabra. Jonás, el mismo que con las justas me pasaba. El mismo que granputeaba cuando sus hijos se escapaban para jugar con Nacho y Diego. El mismo que se llevaba a almorzar y pasear a mi marido y nunca dijo venga usted también, suegra. El mismo que siempre mandaba un plato de comida a mi marido y a mí ni una migaja. Hasta ha llamado a sus hermanos. ¿Acaso me llamaba cuando alguna vez hacía sus reuniones y venían sus hermanos? ¿Se estará acordando que lo agarré a zapatazos cuando embarazó a Carolina y los hice casar a la fuerza? Primera vez en veinte años que escucho que me dice mamá, ¿para que los vecinos digan que fue un buen yerno? Era bueno, Carolina le envenenó el cerebro. Cuando llegó a la casa hasta lavaba mi ropa. Cuando Arol estuvo enfermo lo llevó donde su hermano para ver si lo operaba. Ayudó a Dora y a Flora cuando dieron luz. Siempre me decía abuela. A mi marido sí le dice papá. Ahora le toca hablar a mi marido. Mi marido, el mismo que me obligó a cuidar a la hija de Mariana porque ella estaba peleada con todos en casa y nadie la pasaba. O cuidan a la bebe, o se van, amenazó. Mi marido. El mismo que alguna vez me empujó porque cuando se amargaba conmigo se le salía el animal que lleva dentro. Hasta amenazaba con matarme. El mismo que nunca habló con sus hijas para que me dejaran de molestar. El mismo que ahora dice son cuarenta y seis años pasados al lado de mi esposa en las buenas y en las malas. Habla de Jehová, de la esperanza de una futura vida eterna en el gobierno de los mil años de Jesucristo. Tiene setenta y ocho años. Tiene los cabellos blancos. Su calva es iluminada por los rayos del sol. Derrama lágrimas. Jonás lo sostiene. Ahora habla mi hijo Arol: madre, ten la seguridad que antes de morir, todos rendiremos cuenta de lo que hicimos contigo. Adiós, y gracias por todo. Besa mi ataúd, llora. Ahora la que toma la palabra es Fabiola: abuela María, nunca te olvidaremos, vivirás en el corazón de todos los que te quisimos, tus nietos, tu esposo, tus hijos. Descansa en paz, abuelita. Menos mal que está serena. Cuando supo que había muerto, salió corriendo de la casa, llorando a mares. Besa mi ataúd. Adiós, abuelita. Adiós, niña linda. Ninguna de mis cuatro hijas se atreve a tomar la palabra. ¿Con qué cara? ¿Qué va a decir Mariana? ¿Que siempre me jodía la vida? ¿Qué Carolina? ¿Que me negó alguna vez? ¿Qué Dora y Flora? ¿Que tuvieron sus hijos y nunca asumieron sus responsabilidades? ¿Dirán que fueron excelentes hijas? ¿Que le dieron alegrías a su madre? Don Valerio toma la palabra en nombre de los vecinos. Se explaya. La gente empieza a reclamar bajito. Ya quieren irse. Termina su perorata. Ahora empiezan a subirme al nicho. Ayudan Jonás y su hermano, ayuda don Montes. Con cuidado. Uff, ya estoy dentro del nicho. Me miran por última vez antes que el albañil coloque la lápida para separar mi mundo del mundo de los vivos. Para separar la luz de la oscuridad. Mi nicho está en la cuarta fila, es el número veintisiete. Escribe con un clavo mi nombre, mi fecha de nacimiento, mi fecha de deceso, escribe PERPETUO y listo, se acabó. Todo terminó para mí. Son las tres de la tarde. Cuarenta y siete horas después de mi muerte.

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