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miércoles, 30 de septiembre de 2009

No volverán


Aquellos días
en que te tomaba el pelo
y te sonreías
han quedado lejos.
Parecías una niña traviesa,
todo te hacía reír,
creía que éramos almas gemelas
y yo era feliz.
Esos días
no se volverán a repetir.
Tu sonrisa bonita
nunca será para mí.

Antes de tiempo


No sirve soñar antes de tiempo
que los días serán mejores;
todo lo consume el fuego,
se marchitan las flores.
Soñé contigo,
te soñé a mi lado,
para ti fueron mis latidos,
de ti estuve enamorado.
Soñé que acariciaba tus lindas manos,
soñé que te daba un beso cada despertar,
viví unos días ilusionado,
creyendo que tú también me podías amar.
Pero no sirve soñar antes de tiempo,
esos sueños son aire,
las alegrías se vuelven lamentos
cuando para el otro no eres nadie.

Fin de mes

Se acaba setiembre. No sé si termina mal, pero parece que sí. Me pregunto qué hice mal, y no encuentro la respuesta. Y su silencio me hace daño.

La piedra filosofal


Esta novela la robé de la biblioteca de mi ex cole hace varios años pensando algún día lo leerán mis sobrinos. Confieso que tenía un prejuicio por las novelas infantiles, y peor por la saga de Harry Potter. Compré un libro que después regalé a alguien al aburrirme en las primeras páginas pero, por curiosidad empecé a leer "novelas" juveniles para ver qué es lo que leían los alumnos y así llegué a "La piedra filosofal". Leía cada capítulo en el trayecto al trabajo y me fue cautivando y embrujando, envolviendo en la historia y hasta Hermione, que me caía antipática, se robó mi corazón en los últimos capítulos. Es una excelente novela narrada con maestría, con esa maestría que les falta a muchos que escriben novelas juveniles e infantiles y nos dan gato por liebre haciendo cada vez más estúpidos a los pobres escolares. Deberían de leer a la Rowling si quieren escribir obras que valgan la pena. Espero el fin de mes para salir en busca del resto de libros de Harry para estar a la espectitiva de los que pasa en el siguiente capítulo, para ver si es cierto que Snape quiere a Harry a pesar de todo, para ver si Harry y Hermione se hacen enamorados, etc. Es un libro que volveré a leer en cualquier momento.

El perro sulfúrico


Esta novela obtuvo el Premio de Novela de El Comercio. Supuestamente, es una novela de humor, pero, particularmente, no me sacó ninguna carcajada. O quizá soy difícil de reír, pero lo dudo. La verdad, con la trascendencia del premio, y del monto, y de los jurados, uno esperaba una novela como "Soldados de Salamina", "Los detectives salvajes" o "El vuelo de la reina", pero no, es un chasco, es una novela fofa, insulsa, intrascendente, que no aporta nada nuevo a la novelística peruana de los últimos tiempos. Cuesta creer que Pablo de Santis, autor de memorables novelas como "De filosofía y letras" y "El museo del universo", le haya dado su voto a esta novelita, y peor Juan Villoro. Con esto no quiero dudar de su ideonidad pero... Uno esperaba de este concurso novelas como las de Carlos Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, Saramago, pero es mucho pedir. "El perro sulfúrico" es una novela para dormir. La terminé de leer pensando que en cualquier momento Freire daría una vuelta de tuerca y haría más interesante su obra, pero nada. Falta técnica, aventurarse más en su construcción, pero, en fin, cada uno escribe lo que le gusta. El manejo del lenguaje está bien, el trabajo es artístico, pero, uno espera un "Rayuela", un "Ensayo sobre la ceguera" de estos concursos.

martes, 29 de septiembre de 2009

Mujer indiferente

Me miras con ojos cansinos,
me miras como si yo no existiera,
me miras y me siento morir de pena,
yo que por una mirada tuya vivo.

Te digo hola
y me contestas sin emoción alguna,
¿estás molesta por mi culpa?,
¿es culpa mía, acaso, que sigas sola?

Mujer indiferente
que no amas
que nada sientes

que cuando hablas
solo mientes,
¿acaso de la vida esperas nada?

lunes, 28 de septiembre de 2009

Juan Ignacio

Juan Ignacio fue el primer hijo de mis padres. Nació el 20 de febrero de 1961 y murió el 28 de setiembre de ese mismo año víctima de venganzas, brujerías, artes oscuras. Han pasado 48 años desde ese entonces, papá y mamá ya no están, y seguro tampoco esas personas que le hicieron daño a mi padre sin merecerlo. Fue el hijo que mamá lloró hasta el día de su muerte. "Si mi hijo estuviera vivo...", solía decir mamá. Papá decía que era un niño hermoso, que la gente decía "esta criaturita es para el cielo", y no se equivocaron.
Hoy fui a visitar la tumba de mi hermano mayor y llevé un ramo de flores. ¿Quién me llevará una flor cuando esté yo bajo tierra?

domingo, 27 de septiembre de 2009

La despedida

Decirle adiós a los sueños, saber que ya no estará en mi futuro, que no despertaré nunca con ella, que sus lágrimas no mojarán mi cadáver cuando llegue la cita inevitable con el silencio, que nunca acariciaré sus manos, que no me volverá a sonreír, que no me reiré con sus aires de niña tonta a pesar de sus años, que no me burlaré de ella con mis bromas estúpidas. ¿A qué más se renuncia con una despedida? A la vida misma.
__
El Dúo Arguedas interpreta "Desolación", una bella canción de mi tierra.

Domingo

Último domingo de setiembre. Y el tiempo sigue pasando. Los meses pasan de prisa, los chicos crecen, las canas empiezan a pintar de blanco mi barba y mis sienes. El pasado es recuerdo, tiempo lejano, pero ante el silencio crecen las dudas, la curiosidad por conocer ese tiempo en que no estaba en el mundo. Preguntar, ¿pero a quiénes?

sábado, 26 de septiembre de 2009

Animal nocturno 4


-Despierten, bellas durmientes que el desayuno se enfría –dijo el profesor, metiendo la cabeza en la habitación donde dormían las chicas.
-¿Qué hora es, profe? –preguntó Marfe.
-Casi las diez –dijo el profesor.
-Pota, ¿tan tarde? –dijo Cynthia.
-Sí –dijo el profesor-. Así es que salgan de una vez de la cama que el día está bonito.
-Ay, qué flojera –dijo Cynthia.
-No olviden que la pereza es la madre de todos los vicios –dijo el profesor, saliendo de la habitación.
Unos minutos después, las chicas bajaron a la sala. Tenían los cabellos húmedos.
-El agua aquí es bien helada –se quejó Marfe.
-Caramba, yo me levanté a las seis de la mañana.
-¿Tan temprano?
-Claro. Siempre me levanto temprano.
-A mí me gusta dormir –dijo Marfe.
-Y a mí también –dijo Cynthia.
-Así es la juventud –dijo el profesor, mientras servía el desayuno: café con leche y panes con palta.
-La mujer que se case con usted, profe, se sacará la suerte –dijo Cynthia-. Usted cocina, lava, limpia, etc.
-Y es bueno con la lengua –dijo Marfe.
-Guag, no seas cochina –dijo Cynthia-. Estamos desayunando.
-El sexo es parte de la vida –dijo Marfe-. ¿O no, profe?
-Sí, pero tiene su momento, ¿no? Tampoco lo vas a hacer en la mesa.
-¿No dijo que un día se tiró a la Luz en la cocina?
-Ella quería ahí, pues. ¿Qué tal la palta?
-Rico –dijo Cynthia.
-Después se cogen un poco para que se lleven a sus casas.
-Gracias.
-¿Y cuál es el menú de hoy? –preguntó Marfe.
-Lomo saltado –dijo el profesor.
-Pota, qué rico –dijo Cynthia-. Como para chuparse los dedos.
-Tú siempre pensando en chupar –dijo Marfe.
-No seas cochina pues, Marfe.
-¿Es cierto que la última vez que se lo hiciste a Ly te quedó un aliento a perro muerto?
Cynthia se puso colorada.
-Ajá –dijo.
-Seguro no se lavó el pipí.
Risas.
-No se te vaya a caer la lengua.
-Como al profe cuando se lo hizo a la Luz.
-Era media cochinita –dijo el profesor.
-¿Le olía fuerte?
-Ajá. Y era bien ácido.
-Ustedes son unos enfermos –dijo Cynthia-. Todo lo ven sexo.
-Es que es rico pues –dijo Marfe.
-Eres una linfómana –dijo Cynthia.
-Se dice ninfómana –le corrigió el profesor.
-No sé pues –dijo Cynthia.
Después de desayunar, salieron a recorrer el pueblo y a comprar papa, cebolla y tomate. El pueblo era chiquito. Era raro que pasara algún vehículo aparte del que venía de Chosica cada hora.
Comieron en el patio bajo la sombra del palto.
-¿Y qué hará si la monga le dice que no, profe? –preguntó Marfe-. ¿Se suicidará?
El profesor se rió.
-No es la única mujer –dijo.
-Además, es media estúpida –dijo Cynthia-. No vale la pena morir por alguien así.
-Habla la experiencia –dijo Marfe.
Cynthia sonrió de mala gana. Terminaron de almorzar en silencio.
A las tres, después de descansar un poco, emprendieron el camino de regreso.
***
Un hombre vestido de negro. ¿Y si la Chuchona se equivocó y vestía de azul o marrón? Caylloma estaba mal iluminado. De noche todos los gatos son pardos, pensó el teniente Gonzáles. La calle apestaba a orine. Pobres mujeres que tenían que ganarse la vida en medio de la podredumbre. Un hombre vestido de negro. ¿Volvería a atacar en el mismo lugar? Si era un psicópata, no lo haría, no sería tan estúpido para dejarse atrapar fácilmente. Quizá atacaría en la avenida Grau. La primera cuadra estaba llena de putas, o en los alrededores de la plaza Manco Cápac. Mujeres ganándose el pan con el sudor de sus piernas. Una rubia al pomo, una morocha y una media china que parecía ser de la selva. ¿Cómo así se meterían a la putería? ¿Por necesidad? ¿Porque les gustaba la pinga? Un hombre vestido de negro. La Vía Expresa también estaba llena de putas, travestis, maricones. ¿De servicio o en paseo de placer?, le dijo la Rusa, dándole un beso en la mejilla. Dando unas vueltas, dijo el teniente Gonzáles. ¿Ninguna novedad? Ninguna, corazón, dijo la Rusa. ¿Dónde atacará de nuevo? Un hombre vestido de negro.
***
-¿Bailamos?
La chica le dio una rápida ojeada. ¿Le diría no, gracias, no bailo con hombres mayores? Tendría unos dieciocho o diecinueve años, la misma edad de Cynthia y Marfe. Era bonita, tenía los cabellos negros y lacios más debajo de los hombros. Sus ojos eran como los de una gata. Llevaba un ceñido polo blanco que, por la humedad, dejaba traslucir sus senos pequeños de pezones oscuros. La había estado observando desde hace un buen rato: parecía que tenía cita con alguien porque a cada rato sacaba su celular como esperando una llamada o mirando la hora. Solo había rechazado a un chico que tenía pinta de estar drogado. ¿Él sería el siguiente?
-Claro –dijo ella.
Le tomó de la mano, una mano pequeña y húmeda, y la condujo el centro de la pista de baile. Barreto interpretaba los viejos éxitos de Juaneco y su Combo.
-¿Cómo te llamas?
-Geraldine. ¿Y tú?
-Agustín.
-¿Has venido solo, Agustín?
-Sí. ¿Tú?
-Iba a venir mi amiga –dijo Geraldine-. Pero parece que desistió.
Una amiga, ¿sería lesbiana como Marfe? Quizá.
-¿Puedo fumar? –preguntó Geraldine.
-Claro –dijo Agustín.
Geraldine sacó una cajetilla de Hamilton del bolsillo trasero de su jean. Encendió un cigarrillo.
-¿Tú fumas, Agustín?
-Claro –dijo Agustín, aceptando el cigarrillo que le ofreció la chica.
Geraldine se movía bien. Sus senos parecía que querían atravesar la tela con cada movimiento.
Hicieron una pausa para beber un pisco sour. Geraldine fue un par de veces al baño para mojarse los cabellos. Hacía calor dentro de la discoteca a pesar de los grandes ventiladores que pendían del techo.
-¿Qué haces por la vida, Agustín?
-Soy profesor de literatura –dijo él.
-Seguro escribes poemas.
-Ajá.
-Por eso vistes de negro y andas con una barba como de náufrago, ¿no?
-Mmm. ¿Y tú qué haces?
-Estudio inglés en la ICPNA –dijo Geraldine-. Después estudiaré turismo, y ya, me voy al Cusco.
-Interesante –dijo Agustín.
Varias canciones y tragos después, Geraldine dijo que se iba.
-¿Dónde vives?
-Cerca del Óvalo Higuereta.
-Te llevo.
-¿No será mucha molestia?
-No –dijo el profesor-. Además, los taxis no son seguros a esta hora.
Bajaron a la cochera. El vigilante no prestó mayor atención al hombre que conducía el auto negro.
-Qué sed –dijo Geraldine.
-Aquí tengo San Luis –el hombre le ofreció la botella a medio llenar.
Geraldine se bebió todo el contenido. Un rato después, sintió que los párpados le pesaban y que el sueño la invadía. Lo último que vio antes de caer dormida fue la sonrisa del hombre que vestía de negro.
Cuando despertó, estaba en un cuarto que no era el suyo, en una cama que no era la suya. Quiso gritar pero tenía la boca sellada con una de esas mascarillas que se usan para evitar la gripe porcina y asegurada con cinta de embalaje. Estaba atada de manos y pies en la cama como Túpac Amaru. Estaba desnuda. Por el gran espejo que había en el techo vio que tenía la cabeza rapada. Entonces recién recordó a la chica que habían encontrado muerta en el puente Atocongo.
La puerta se abrió. Allí estaba el hombre con quien había bailado en el Reflejos.
-No te pregunto cómo estás porque lo puedo imaginar –dijo el hombre. Había crueldad en su mirada, en sus gestos.
Sus ojos se le llenaron de lágrimas.
-No llores. Pronto terminará tu pesadilla. De ti depende si es un infierno o no –dijo el hombre, sentado a su lado y acariciándole el pubis-. Eso te pasa por puta.
Geraldine quiso zafarse de sus ataduras, pero era imposible.
-Vuelvo en la tarde –dijo el hombre, acariciándole el rostro-. Tengo que ir a ganarme el pan de cada día.
Salió y cerró la puerta con llave.

Primavera

Bien, aquí estoy, aún con la resaca de lo bebido y bailado anoche por la fiesta de la primavera. Todo bueno, lástima que descubrí que la mujer que me gustaba no siente nada por mí. Tanta indiferencia era más que evidente. En fin, por algo será, hay que seguir adelante con mis proyectos, con mis sueños, menos mal que faltan tres meses para que se acabe el año y ojalá que el año que viene esté yo trabajando en otro lugar.
Aquí el enlace a "Dos palomitas", bonita canción.

El dueño del secreto


1974: España espera la inminente muerte del dictador Franco. Pero otros planean un golpe de Estado para sacar del poder al octogenario dictador. Ataúlfo Romero es uno de ellos. Le cuenta el secreto a su escribiente y este se lo cuenta a su amigo y paisano a Ramonazo. La conspiración fracasa. Años después, es el escribiente quien narra la historia.
Bella novela de Antonio Muñoz Molina que me cautivó desde la primera página.

Hace nueve años

Hace nueve años, a las cinco de la mañana, mi madre, Nacho y yo emprendimos el camino a Chincho, el pueblo de mis antepasados. Fue una larga travesía a través de las montañas, cruzando abismos. Tenía tanto miedo que a veces quería desistir, inclusó me lastimé un pie y llegué a duras penas. Mamá, a pesar de sus 65 años y sus kilos de más, llegó en buenas condiciones. Hoy son solo recuerdos. Mamá ya no está, Nacho es un joven de trece años, yo ya estoy viejo. Esa fue la única vez que estuve en mi pueblo con mi madre. Volví otras veces, pero ya solo, a recordar.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Dos palomitas

Hermosa canción del dúo Arguedas
http://www.youtube.com/watch?v=12C4bFHZZOk

Animal nocturno 3


-¡¡Pota, ganamos!! –gritó Cynthia-. ¡¡¡Ganamos!!!
Perú había derrotado uno a cero a Uruguay, con gol de Hernán Rengifo. Era una victoria después de un año de continuas derrotas y empates. En la plaza de armas del pueblo la gente seguía celebrando la victoria de la blanquirroja.
La que estaba triste era Marfe: la selección mapocha solo había logrado un empate con la vinotinto, frustrando las celebraciones por la casi segura clasificación a Sudáfrica. Pero igual Chile marchaba segunda, aunque el siguiente encuentro era con Brasil. Perú se las vería con Venezuela y ya todo el mundo auguraba una victoria de los incaicos.
-¡Al mundial! –dijo Cynthia, eufórica.
-¿Al mundial? –preguntó el profesor.
-Claro pues, profe, si hemos ganado.
El profesor se rió.
-Estamos últimos en la tabla de clasificación –dijo y, como para despertarla de su sueño, añadió-: Solo los cuatro primeros clasifican directamente al mundial y el quinto se va a un repechaje.
-Oh, pota, yo pensé que ya estábamos en el mundial.
-Pensaste mal pues.
-¿Y la apuesta, profe? –preguntó Marfe-. Usted dijo que Perú perdía.
-¿Qué apostamos? –dijo el profesor.
-Una caja de chelas –dijo Cynthia.
-Carajo, a ti te gusta chupar.
-Claro pues, profe, como a toda mujer.
Se rieron.
-¿No hay discoteca acá? –preguntó Marfe.
-No –dijo el profesor.
-Pucha, nosotras queríamos ir a bailar.
-Se pelaron pues.
-Pero podemos hacer aquí nuestra fiestita, ¿no? –dijo Cynthia.
-Claro –dijo el profesor-. Música hay, chelas hay, vino hay.
Cayó la noche. El profesor encendió la chimenea. Las noches eran heladas en Tornamesa. Prepararon chorizo para cenar y se sentaron junto al fuego. Por los parlantes brotaba la voz de Blondie cantando La marea está alta.
-¿Usted ha visto un mundial, profe? –preguntó Marfe.
-Dos –dijo el profesor-. Argentina 78 y España 82.
-Pota, nosotras estábamos en las pelotas de nuestros viejos –dijo Cynthia.
Risas.
-¿Y quiénes eran sus ídolos?
-Chumpitas, el Nene Cubillas, el Cholo Sotil, el Panadero Díaz, Oblitas, el Tanque La Rosa, Barbadillo –el profesor alzó su copa de vino-. Esos sí eran ídolo, no los pichiruches de ahora.
-Pota, profe, no hable así que el loco Vargas es lo máximo.
-Y juega en mi equipo –dijo Marfe-. El Fiorentini.
-Pero no ha ido a un mundial –dijo el profesor-. Y tampoco irá.
-Pota, profe, no sea boca salada –dijo Cynthia.
-Es que es la verdad, chicas, para qué las voy a ilusionar.
Marfe prendió la televisión justo en el instante en que pasaban un informe sobre la chica del puente Atocongo. Allí estaba su mamá, clamando justicia entre lágrimas. No pararé hasta ver al asesino de mi hija entre rejas, juró la mujer mientras sus vecinos en coro clamaban pena de muerte para el asesino de Carina. Se llamaba Carina, pensó el profesor. A mí me dijo que se llamaba Rossana. Ni Marfe ni Cynthia notaron la irónica sonrisa que se dibujó en su rostro.
-Cuando lo capturen, seguro le darán cadena perpetua –dijo Marfe.
-Es lo mínimo que se merece, ¿no, profe? –dijo Cynthia.
-Ajá –masculló el profesor, mirándola con odio disimulado. Mañana tu familia también pedirá cadena perpetua para tu asesino, tuvo ganas de decirle, pero no lo hizo.
-¿Por qué se metería a la mala vida siendo tan bonita? –preguntó Marfe después de darle un mordisco a su chorizo.
-Hay tantas razones –dijo el profesor-. Pero ya se sabe que la mala vida siempre termina mal.
-Como Marco Antonio –dijo Marfe.
-Marco Antonio era un estilista respetado –dijo Cynthia-. Era amigo de Gisela y de otras estrellas.
-Pero tenía su Mr. Hyde por dentro –dijo el profesor-. Tan feliz que parecía ser y era un pobre e infeliz cabro que pagaba para que lo hagan feliz un rato.
-Ay, profe, no hable así del finadito –dijo Cynthia.
-Es la verdad.
-Para mí que a Marco Antonio lo mató la banda de matacabros –dijo Marfe.
-Y a Rossana los mataputas –dijo el profesor.
-¿Rossana? –preguntó Cynthia, extrañada-. ¿Quién es Rossana?
-Perdón –dijo el profesor-. Quise decir Carina…
-El profe está pensando en otra jerma –dijo Marfe.
-No nos diga que ya le echó el ojo a otra miss –dijo Cynthia.
-Claro.
-Pota, usted no pierde su tiempo.
-A reina muerta, reina puesta –dijo Marfe. Alzó su copa-. ¡Salud por Chile!
-¡¡Salud!!
-¿Y quién es su nueva víctima, profe?
-La profesora Ana.
-Pota, esa está peor que su ex –dijo Cynthia-. Parece monga.
-No parece –dijo Marfe-. Lo es.
Estallaron las risas.
-Caramba, es buena –dijo el profesor.
-¿Buena en la cama o buena de buena? –preguntó Cynthia.
-Buena, dulce, tierna –dijo el profesor.
-Y apuesto que está pito –dijo Marfe.
Otra vez estallaron las risas. The Beatles interpretaba Yesterday.
-Eso es lo de menos –dijo el profesor.
-Pota, eso sí es amor –dijo Cynthia.
-¿Y cuándo se le manda, profe? –preguntó Marfe.
-Uno de estos días.
-Para estar con una jerma en la primavera.
-Ajá.
-Pota, estoy triste –dijo Cynthia.
-¿Por qué?
-El profe ya no nos invitará café ni nos traerá aquí de paseo.
-Caramba, todavía no pasa nada –dijo el profesor-. ¿Qué tal si me chotea, ah?
-No pierde nada intentándolo –dijo Marfe-. Aunque no los imagino tirando.
-¿Por qué?
-¿Se imaginan tirándose a una mongolita?
Risas.
-Nos miraremos las caras nada más.
-La intimidad es un factor importante en todas las relaciones –dijo Cynthia.
-¿Y entonces qué pasó contigo, ah?
-Se acabó.
-Esa relación estaba construida sobre un castillo de arena –dijo el profesor.
-O sea… -intervino Marfe.
-O sea que si una relación está basada solamente en la atracción de la piel, cuando esta atracción termina, se termina el amor, entre comillas.
-Así como su aventura con la profesora de teatro –dijo Marfe.
-Exactamente igual. Pía decía que yo era el amor de su vida, su media naranja, etc., pero en realidad era solamente deseo.
-¿Y usted la quiso?
-No. Solo le seguí la corriente.
-Qué pendejo –dijo Marfe.
-Caramba, se me presentó esa oportunidad, ¿qué querían que haga si estaba solo?
-Y cansado de rendirle culto a Onán –añadió Marfe.
-Ajá.
Rieron a carcajadas.
-Al menos tiraron rico –dijo Cynthia.
-¿Y qué pose le gustaba a la de teatro? –preguntó Marfe.
-No seas sapa, Marfe.
-Ya pues, profe, cuente. Cómo nosotros le contamos nuestras cosas.
-Esas son cosas íntimas.
-Ya, no se haga el tonto y hable.
-Seguro le gustaba el perrito como a Cynthia, ¿no?
-También.
-¿Y la sopita?
-También.
-Se le habrá cansado la lengua, profe.
-Hacía lo que podía.
-¿Y a ustedes les gusta la comunicación oral?
-Un poco –dijo Cynthia.
-¿Por?
-No sé… me da cosas.
-A mí me encanta –dijo Marfe.
-¿Cuándo fue la primera vez que lo hiciste?
-Casi a los quince –dijo Marfe. Guardó silencio. Bebió su vino. Los Bee Gees cantaban Too much heaven.
-Cuenta.
-Eso es íntimo.
-Ya pues –pidieron el profesor y Cynthia a la vez.
-Usted primero.
-Primero las damas.
-Un día vino a mi casa a quedarse una amiga. En la noche, ya en mi cuarto, empezamos a preguntarnos si nos había venido la regla, si teníamos pelos abajo. Ella me preguntó si sabía que en la cucarachita teníamos una pepita que crecía y se ponía dura cuando nos excitábamos. Me hice la tonta y le dije que no y ella me dijo si quieres te enseño dónde está y yo dije ¿a ver? y ella se quitó la ropa interior, se abrió de piernas y se empezó a tocar.
-Y le viste su pepita.
-Mmm.
-¿Y más pasó?
-Como mi pepita no crecía, Niurka me dijo ¿quieres que te lo haga crecer?
-Pota, ¿y?
-Y me lo empezó a acariciar.
-¡¡Pota!!
-Y te mojaste.
-Ajá. Y a gemir. Niurka se excitó y nos empezamos a besar y luego me lo besó.
-¿Y qué sentiste?
-Algo rico, maravilloso.
-¿Y desde allí te empezaron a gustar las mujeres?
-No –dijo Marfe. Vico C cantaba Me acuerdo. Los leños ardían en la chimenea tiñendo de granate los rostros de nuestros tres amigos-. Tenía doce años, estudiaba en el Liceo Naval de Valparaíso cuando me enamoré de una chiquita de otro salón.
-¿Cómo así?
-Ella siempre jugaba en el jardín con sus amiguitas a las muñecas y yo la contemplaba como una idiota desde el balcón de mi salón.
-¿Estabas enamorada de ella?
-Sí. Yo soñaba despierta con ella, soñaba que jugábamos, que nos besábamos.
-¿No te diste cuenta que eso no era normal?
-Claro que lo pensé. Me preguntaba qué pasaba conmigo, por qué me gustaba una de mi mismo sexo y no un chico como a mis amigas.
-¿Nunca le dijiste nada?
-No. Pensaba decírselo en la secundaria, al siguiente año pero, piña para mí, se fue.
-Oh, pota, qué triste.
-¿Fue el amor de tu vida?
-Sí. Porque después me enamoré de otras chicas, pero ese amor era puro, limpio, soñaba con jugar a las muñecas con ella. Ahora, si me enamoro de una chica, lo primero que pienso es cómo tendrá la cucaracha, si pelada o peluda, si le olerá bien, si le habrán hecho un oral.
-El primer amor es inolvidable –dijo el profesor.
-¿Y cómo fue la primera vez que usted se comunicó oralmente, profe? –preguntó Cynthia.
-Fue una mala experiencia –dijo el profesor. Bebió. Óscar Athié cantaba Fotografía.
-¿Por?
-La cucaracha de mi víctima apestaba a desagüe.
Risas.
-En serio.
-¿Se levantó a una cochina o qué, profe?
-A una chica que conocí en la discoteca. Mis amigos decían la sopita es rica, entonces yo quería experimentar. Fuimos a bailar y conocí a una chica y al final fuimos a tirar y lo primero que hice fue meterme su cucaracha en la boca…
-Y apestaba a mierda.
-Mmm. Olía a sábila y a pis.
-Seguro que vomitó.
-Me aguanté, pero nunca más se lo hice.
-Hasta su siguiente víctima.
-Ajá. De la segunda olía mejor y tenía buen sabor.
-Usted es un sopero, profe.
Las chicas se rieron.
-¿Y tú, Cynthia?
-¿Yo qué?
-¿Qué sentiste la primera vez que te lo hicieron?
-Cosquillas. No me gusta mucho.
-Seguro no te lo saben hacer.
-Será –dijo Cynthia.
-¿Y cómo fue cuando perdiste la virginidad?
-Ay, ya ni me acuerdo –dijo Cynthia-. ¿Vamos a dormir? Me ha dado sueño.
-Todavía es temprano –dijo Marfe.
-Ya es más de la medianoche –dijo el profesor-. Yo también tengo sueño.
-¿No quiere que lo acompañemos, profe?
-Hoy no –dijo el profesor-. Estoy trapo.
-¿Nunca ha hecho una orgía?
-Una vez –dijo el profesor.
-Cuente.
-Mañana –dijo el profesor-. Hora de dormir, chicas.
-Pota, me voy a quedar con la curiosidad.
-Paciencia.
***
-¿Conociste a Estrella?
La chica dejó de luchar por colocarle el preservativo. Le miró el rostro, escrutándolo. Estaba de cuclillas frente a él.
-¿Eres tombo?
-De la DIRINCRI.
-Vaya –dijo la chica-. ¿Y estás de servicio o has venido a tirar?
-Las dos cosas –dijo el teniente Gonzáles-. Estamos preocupados por lo que le pasó a Estrella.
-Por eso Panchito está asustadito –dijo la chica, acariciándole el miembro-. ¿Ya saben quién mató a la Poserita?
-¿La Poserita?
-Así le decíamos a Estrella –dijo la chica.
-¿Por?
-Le gustaban las poses, obvio.
-¿Y a ti cómo te dicen?
-La Rusa.
-¿Por?
-Obvio –dijo la Rusa, colocando el miembro del teniente entre sus grandes senos-. Los rusos son mi especialidad.
Soltó una aguda risita. ¿Estrella también le habría hecho un ruso a su asesino?
-En la DIRINCRI creemos que la Poserita murió a manos de un psicópata.
-Puta, ¿en serio? –la Rusa movía sus pechos de arriba hacia abajo como si se la corriera.
-Sí. Fue un crimen casi perfecto. Un crimen planificado al milímetro.
La Rusa le mojó el miembro con saliva para que la fricción no lo lastimara. El teniente sintió que su miembro empezaba a tomar consistencia. Pensó en las tetas de la Pamela Anderson, de la Luciana Salazar.
-¿Alguna de tus amigas vio con quién se fue la Poserita por última vez?
-Unas dicen que un chato, otras con un hombre vestido de negro.
-¿Vestido de negro?
-Así dice la Chuchona.
El teniente sonrió.
-¿A qué hora fue más o menos?
-Como a las diez, o antes. Después ya no la vimos. Al fin se te paró –la Rusa le colocó el preservativo-. ¿Te la chupo?
-Claro.
Se lo metió en la boca. Lo tenía caliente y húmedo. El teniente pensó en Garganta Profunda. Le acarició los cabellos ondeados. Recordó la cabeza rapada de Estrella.
-¿Alguien le vio el rostro al tipo vestido de negro? ¿Era alto, flaco, feo, guapo?
-La Chuchona dice que era flaco nomás y no tan alto.
-¿Le vio la cara?
-Sí, pero no se acuerda –dijo la Rusa, mientras se quitaba el jean. Tenía un calzón rosado-. Casi nunca nos fijamos con quiénes se van nuestras compañeras.
Tenía la piel blanca. Una sombra oscura en forma de corazón le cubría el pubis. Se echó en la cama con las piernas abiertas. ¿Hacerle un oral? ¿Hace cuánto que no lo hacía? Desde que estuvo con Lucy, pero a Lucy no le gustaba mucho.
-Hazme sentir.
El teniente se puso de rodillas frente a ella. Ella le agarró el miembro y lo guió hacia su interior. Empezó a entrar en ella. Adentro estaba caliente y húmedo. Era una sensación rica, húmeda. Lucy a veces la tenía fría, sus piernas eran frías. A veces pensaba que era frígida, que le abría las piernas porque en fin, no tenía otra opción.
Todavía la ajustaba.
-¿Cuánto tiempo en la chamba?
-Tres años –dijo la Rusa-. Estoy juntando para comprarme una combi y dejar esta vaina. Cansa ser puta.
-¿Se gana bien o no?
-Sí eres bonita, puedes hacer fortuna –dijo la Rusa, moviéndose-. Así como la Poserita. Quería irse a Holanda.
-¿A?
-A putear, ¿a qué más? Una vez un holandés le dijo que en Ámsterdam podía hacer fortuna con su belleza exótica. Estaba juntando para comprarse una flota de motataxis. ¿Es cierto que la mató un psicópata?
-Eso se sospecha. ¿Sabes si salía con alguien?
-Estaba sola –dijo la Rusa. Cerró los ojos-. No quería saber nada de los hombres desde que el papá de su hijita la dejó tirada como a un trapo viejo. Por eso se metió de puta: por despecho.
-Una historia triste. ¿Y tú?
-Soy enfermera técnica, como no encontraba trabajo, una amiga me trajo aquí. Au, eres zapatón.
El teniente sonrió.
-¿Quieres hacerme perrito?
-Claro.
La Rusa tenía un trasero abundante, blanco como una luna. En esa posición podía volarle la nuca sin dificultad alguna y sin hacer mucho ruido con una pistola con silenciador. Un hombre vestido de negro. Mr. Hyde. ¿Salió en busca de una víctima o se le ocurrió matarla en pleno polvo? No, no dejó ni un cabo suelto. Lo planificó todo. No podía fallar. Doctor Jekyll. Quizá un hombre con una inteligencia superior pero poseído por los demonios de algún trauma infantil. Tal vez una mujer jugó con sus sentimientos. ¿Qué haces cuando una mujer te trata como a un perro? O la olvidas, o la matas. Los demonios, los llamaba Vargas Llosa. Si ese crimen no había sido suficiente, era casi seguro que volvería a matar.
-¿Ya?
-Un poquito más. Te daré diez soles más.
-Es lo justo.
La Rusa tenía la cara enterrada en la almohada. Así era fácil agarrarla por la nuca y aplastarle la cara en la almohada hasta que sus pulmones estallaran en menos de un minuto.
Pensó en el trasero de la J.Lo. Un lugar entre las dunas. Una hendidura. Sintió que la cabeza le iba a explotar. Se movió con más rapidez.
-Al fin –dijo la Rusa-. Pensé que nunca ibas a terminar.
Le sacó el preservativo, le hizo un nudo y lo arrojó al tacho. Se puso el calzón y el jean y se peinó los cabellos.
El teniente sacó una tarjeta de su bolsillo y se lo entregó a la Rusa.
-Si averiguas algo, me llamas.
-Ok –dijo la Rusa.
El teniente salió del cuarto y se perdió en la oscuridad de la calle.
***
Esa fue la primera, mamá. Una por cada año de sufrimiento. Doce años sufriste por culpa de ese estúpido que se casó con una puta. Por culpa de esa puta Mariana y Carolina hicieron de tu vida un infierno. El único culpable era John. ¿Quién le mandó casarse con esa perra cuando no tenía ni donde caerse muerto? Claro, la perra esa se buscó un cojudo que la mantuviera. Él trabajando como un burro y ella con las piernas abiertas como una puta. Papá también sufrió hasta el último de sus días. Dieciséis años de pesadilla por culpa de esa puta. Sintió un odio inmenso en el corazón. Estaba frente a la tumba de sus padres con un ramo de rosas en las manos. Las espinas lo lastimaron pero él seguía apretando el ramo de rosas con furia mientras gruesas lágrimas surcaban sus mejillas. Esa perra será la última en morir, pero no morirá fácil, no le permitiré esa dicha, su muerte será un infierno, cada lágrima tuya la pagará caro, y John también, por imbécil, por meterse con una puta.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Día de sol


La vi llegar desde lo alto del torreón de vigilancia. Destacaba del resto por su porte estilizado. El sol reverberaba en su cabellera dorada.
Fue una de las primeras en salir de los vestidores. Llevaba un bikini celeste. Alrededor de la breve cintura tenía atado un pareo de múltiples colores.
Tendió su toalla sobre la perezosa, embadurnó su lozana piel con crema bronceadora, se puso unos anteojos oscuros y unos audífonos y se echó de cara al sol. Sus pequeños senos parecían querer derribar al rey del verano.
Las chiquillas jugaron a un concurso de belleza.
–Ven, Ilse.
Se llamaba Ilse. Ilse, repetí. Il–se.
No hizo caso del llamado de sus amigas.
Mientras las otras se metían a la piscina o conversaban debajo de las sombrillas, ella parecía estar en otro lugar. ¿Qué pensamientos ocuparían su mente? ¿Qué mundos visitaría con la imaginación?
Era una bella durmiente. Una Julieta. Despertarla con un beso.
Ninguna novedad en la piscina.
Ilse pareció despertar de su sueño solo para darse la vuelta y poder recibir las caricias del sol en esa espalda que parecía ser un desierto divido en dos por un río de celestes aguas. El Nilo cruzando el Sahara.
Hasta que al fin sintió el llamado de la piscina. Se puso en pie, se despojó del pareo, se quitó los lentes y se arrojó al agua.
Cruzó mares, se hundió en busca de perdidos tesoros y emergió a la superficie en busca de aire.
Parecía Venus naciendo.
Volvió a la perezosa.
El sol lamió el rocío de su piel.
Parecía tararear una canción. ¿A quién escucharía? ¿A RBD, a Don Omar, a Belinda?
Sus amigas se habían olvidado de ella. Ella parecía ser el último habitante de un planeta en extinción.
Varios minutos después, volvió a ponerse en pie, se quitó los audífonos y anteojos y caminó hacia el trampolín.
Subió.
Allá en lo alto, parecía una estatua de bronce recién salido de su molde.
Extendió los brazos y se lanzó en picada como una gaviota en pos de un pez.
Hizo unas cuantas piruetas en el aire antes de hundirse limpiamente en el agua.
Buceó, nadó, chapoteó, flotó.
Volvió a salir chorreando agua.
Se echó de nuevo sobre su toalla.
Allí estuvo hasta la hora en que el sol perdió vitalidad. Agarró su toalla, entró a los vestidores, se puso su uniforme y se marchó con sus amigas.

Primavera

Vaya, ya es primavera, ya los días amanecen más temprano, pero igual el frío está ahí, perturbándono la existencia.

martes, 22 de septiembre de 2009

Veinte años

Mañana 23 de setiembre serán veinte años desde la última vez que María y yo nos miramos en nuestras vidas. Hasta ahora me pregunto qué fue de ella, por qué desapareció como si la tierra se lo hubiese tragado. Veinte años desde ese sábado a la 1:07 de la tarde en que nuestros ojos se miraron por última vez. Yo tenía veintiún años y ella veintidós. Ahora tengo el doble de edad y ella sigue siendo una jovencita en mis sueños, en mis sueños me sigue mirando con sus grandes ojos negros, en mis sueños acaricio sus delicadas manos. ¡María!, tantas cosas han cambiado en todo este tiempo, ahora estoy lleno de canas, sin cabello, con la barba blanca, ahora mis padres no están, ahora me gano la vida dando clases, ya no soy ese muchacho de cabello alborotado que gritaba como un loco en las discotecas. Ya aprendí a tocar guitarra, escribo, dibujo, te sueño todavía, todavía tengo esos sueños de entonces. ¿Cómo estarás tú?

Puta linda


Novela de Fernando Ampuero que acabo de releer. Luis Alberto y el "chueco" Tapia son dos jóvenes de los años 90 que sueñan con ser escritores. En busca de temas para sus historias, Luis Alberto conoce a Noemí, una piurana descendiente de italiano que viene a Lima dispuesta a conquistar la capital con la única arma que posee y saber usar: su cuerpo. Noemí le cuenta Luis Alberto su vida, su despertar sexual al lado de su padrastro, su paso por la Nené y posteriormente su ascenso a la esfera del poder donde están Montesinos y la cúpula militar que tuvo en sus manos al Perú en la última década del siglo pasado.

Novela interesante a la cual vuelvo de vez en cuando para evocar la belleza de Noemí.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Indignación

Hay cosas que me indignan como lo que pasó hoy en el colegio: un grupo de chicos llegaron tarde y los auxiliares, uno de ellos es un salvaje, los hicieron ranear, hacer ejercicios como cachacos hasta que uno de ellos se desmayó. Resulta que este chico es un buen alumno, respetuoso, sencillo, estudioso. No vi los hechos, sino los mandaba a la mierda, pero ya me oirán mañana. Este muchacho es uno de mis alumnos favoritos, incluso le presté una guitarra porque quiere ser músico y me dio tanta rabia y sentí tanta impotencia que en el camino estuve llorando porque este chico se parece tanto a mi sobrino, incluso acaba de ganar los juegos florales en cuento en un texto que lo trabajamos juntos. Veremos lo que pasa mañana.

El hombre que fue jueves


Excelente novela de G.K. Chesterton: Syme se logra infiltrar en la dirección de los anarquistas cuyos integrantes toman el nombre de los días de la semana. Él es Jueves. Poco a poco va descubriendo que todos los integrantes pertenecen a la policía al igual que él, incluso Domingo, el presidente. Novela de intriga, suspenso que te cautiva desde la primera hasta la última página.
Estoy leyendo y releyendo mis viejos libros para clasificarlos y, los que valen la pena, conservarlos. Los otros, esos que no logran cautivarme desde la primera línea, las donaré a mi colegio a ver si a alguien le gusta.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Final

Se acabó el fin de semana. Qué rápido se pasó el sábado y el domingo. Mañana a trabajar, aunque será una semana de relajo por la primavera, prácticamente trabajaré un solo día, aunque el martes en la noche estaré hasta bien tarde porque es la fiesta de la primavera y hay que cuidar a los chicos, el jueves -mi día de descanso- es la actuación y el viernes el paseo. Después octubre, noviembre y diciembre y adiós año.

Tiempo de morir


Es como un fantasma que volviera, desde el fondo del tiempo, a mostrarme a los muertos y a cosas olvidadas, MARIO VARGAS LLOSA, Historia de Mayta
No son los asesinos sino los sobrevivientes los que vuelven al lugar del crimen, PABLO DE SANTIS, Filosofía y Letras


El 18 de julio de 1992, el Grupo Colina, un escuadrón de la muerte creado por los aparatos represivos del Estado, secuestró y asesinó a nueve estudiantes y un profesor de La Cantuta, leyó una y otra vez Agustín. ¿Habían sido nueve u ocho los estudiantes secuestrados y ejecutados por el entonces clandestino brazo armado de la dictadura fujimontesinista? El entonces temible Grupo Colina. Temible Grupo Colina. Sonaba bien eso de temible Grupo Colina. Habría que añadirlo al texto. Oficialmente eran nueve alumnos y un profesor. Oficialmente. Pero él, Agustín, al amparo de la oscuridad y los matorrales, había contado ocho alumnos. ¿Por qué siempre se hablaba de nueve estudiantes? Hizo una bola con la hoja y la arrojó a la papelera. Acertó. Estaba mejorando su puntería.
Reelaboró el texto: El 18 de julio de 1992, el Grupo Colina… Se acordó que tenía que poner temible Grupo Colina. Hizo otra bola de papel y la arrojó a la papelera. Falló.
Tenía una duda: ¿ese 18 de julio cayó sábado o domingo? No lo recordaba. ¿Le estaría fallando la memoria? ¿Dónde había puesto el viejo calendario de 1992? Buscó inútilmente entre la pila de papeles, recortes periodísticos y apuntes que de vez en cuando su nieta trataba de ordenar. ¿Ximenita lo habría botado a la basura al ver a la rubia desnuda que adornaba aquel ajado calendario?
El 18 de julio de 1992, el temible Grupo Colina, un escuadrón de la muerte creado por los aparatos represivos del Estado, al amparo de la oscuridad, secuestró y asesinó a ocho alumnos… ¿Ocho o nueve? ¿No sería mejor ceñirse a la cifra oficial?: Nueve alumnos y un profesor. Nueve alumnos muertos y todos en paz.
Sentía una opresión en las sienes. Se puso en pie y dio vueltas por su flamante estudio. Las paredes estaban atestadas de libros que había ido acumulando a lo largo de toda su vida. Cuántos años de lectura estaban allí sobre los anaqueles. Libros que había adquirido en la desaparecida feria del libro de la avenida Grau cuando aún no había sido invadida por los ladrones y las putas; en Quilca, posteriormente en Amazonas, en El Virrey –a veces se había dado ese lujo–, en la feria del libro de la avenida La Marina, luego en el Jockey Plaza. No era fácil conservar tantos libros: la capa de polvo que los cubría, que un día limpiaba y al siguiente reaparecía, parecía formar parte de ellos. Recordó que a Mily no le gustaba la lectura y siempre se molestaba cuando llegaba con su paquete de libros: hoy tragarás papel, le espetaba. Rossana leía poesía española –sobre todo García Lorca, Bécquer, Hernández–, Ximenita –toda la saga de Crepúsculo– solía llevarse varios libros a la vez que luego devolvía acomodándolos en los mismos lugares de los cuales los había sacado. Cada libro suyo tenía su lugar en la biblioteca.
Se concentró otra vez en su labor: El 18 de julio de 1992, el temible Grupo Colina, un escuadrón de la muerte creado por los aparatos represivos del Estado en colaboración con la CIA norteamericana… ¿Acaso Montesinos no había sido espía de la CIA? ¿No lo expulsaron del ejército por filtrar información a los gringos?
Percibió que la puerta del estudio se abría despacito, que unos pasitos se acercaban de puntillas.
Unas manitas le cubrieron los ojos.
–¿Adivina, abue? –¿Carmencita?
–¡Nooo!
–¿Luisita?
–¡Tampocooo!
–¡Ximenita! –hizo girar la silla, levantó a la niña en el aire, y con ella sobre los hombros, bajó al comedor.
–¿Qué haces todo el día encerrado arriba, papá? –le preguntó Rossana.
–Durmiendo, hija.
Rossana lo miró ¿con ironía, con lástima? ¿Pensaría que jubilarse lo había trastornado?
–¿Sigues escarbando en el pasado, papá?
El viejo no dijo nada, comía en silencio.
–¿Por qué no dejas en paz a los muertos, papá?
No es tu problema, hija, tuvo ganas de decirle, pero no lo hizo.
–Podrías escribir cuentos infantiles, ahora eso vende.
Él no quería vender nada, él quería contar su historia, lo que había vivido.
–¿Me dejas cenar tranquilo?
Rossana no supo qué decir.
–¿Mañana vamos a Huachipa, abue?
Rossana hizo un gesto de contrariedad.
–Por si acaso, vamos a ir al zoológico –dijo el viejo–. Si quieres, vienes con nosotros.
Rossana no dijo nada.
¿Su hija prefería que pase las horas vegetando? ¿Algo le decía él cuando se pasaba horas y horas pegada al televisor? No estaba, tampoco, todo el día metido en su estudio. Durante la semana había pintado la fachada y las rejas de la casa para dejarla presentable con motivo de las cercanas Fiestas Patrias. ¿Rossana también quería que cocine, que le lave los calzones? ¿No hacía la limpieza? ¿No llevaba y traía a Ximenita de la escuela?
Terminaron de cenar en silencio.
Regresó a su estudio. Puso Las cuatro estaciones. La música empezó a brotar casi como un susurro por los parlantes empotrados en las esquinas del estudio.
Retomó su trabajo: El 18 de julio de 1992, el sanguinario Grupo Colina, comandado por Martin Rivas, secuestró y asesinó… Hizo una pausa: ¿no corría el rumor, últimamente, que los estudiantes fueron llevados de La Cantuta hacia las instalaciones del servicio de inteligencia para ser interrogados? Se les pasó la mano a los militares y decidieron ejecutarlos a todos. Después los llevaron a Huachipa para enterrarlos y, cuando aparecieron las primeras denuncias de la prensa, los trasladaron a Cieneguilla previa incineración. Se acordó de las denuncias de COMACA y León Dormido, del fémur que llegó en un sobre a un congresista de la oposición.
Tantas conjeturas, hipótesis, suposiciones dando vueltas en su cabeza. Hizo la enésima bola de papel y la arrojó al tacho, ya repleto. ¿Tantas hojas desperdiciadas tratando de escribir, de ordenar un par de líneas? ¿Y si Rossana tenía razón? ¿No sería más fácil contar su amor casi prohibido por Hilda Angélica en El profesor de música o su aventura con María Pía en La actriz? O quizá sus años en Vallecito en Ella se llamaba Martha, aunque a Martha no le hubiese gustado que ventilen su vida, pero hace años que ella había muerto y nada podría decirle.
Escribir sobre La Cantuta se le estaba complicando, pero algo lo empujaba a seguir adelante.
Un par de horas después, Ximenita entró al estudio a darle el beso de las buenas noches y a rezar con él. La niña le recordó que al día siguiente tenían que ir a Huachipa.
–No te vayas a ir si mí, abue.
–Claro que no, hijita, cómo crees.
–Me despiertas tempranito, abue.
–Ya –dijo, besando las mejillas sonrosadas, angelicales de su nieta.
–Hasta mañana, abue.
El también tenía que ir a dormir. Guardó el CD en su lugar, apagó las luces y salió de su estudio.
Una garúa interminable, terca, persistente, caía sobre La Realidad. Nada como Chosica y su eterno sol, pensó, recordando su paso por La Cantuta.
Apagó las luces de su dormitorio y se acostó.
Tenían que pasar un par de horas antes de que agarrara sueño. Desde sus años en La Cantuta, se había acostumbrado a pensar, a meditar, a planificar sus cosas en la penumbra en que los dejaban los soldados cuando a las nueve de la noche apagaban las luces de la Ciudad Universitaria para dar inicio al toque de queda.
Por lo visto, no iba a ser tan sencillo escribir su Trilogía Guerrillera. Había pensado iniciar su llamado Ciclo Cantuteño con La universidad de los desaparecidos para luego seguir con Edith la guerrillera y culminar con Cadena perpetua, pero hoy se había trabado en las primeras líneas del primer capítulo de La universidad… ¿Dónde estaría el problema? ¿No estaría complicándose tratando de contar la historia desde el punto de vista de los desaparecidos? ¿Sería creíble una historia contada por los muertos? Podría mezclar las voces narrativas de vivos y muertos como en Pedro Páramo, ¿o no?
La Cantuta. Recordó ese lejano 18 de julio de 1992: despertó porque le dolía el estómago, había dobleteado en la cena. Salió con sigilo del dormitorio, los demás dormían profundamente ajenos al drama que se avecinaba. Dejó la puerta entreabierta para no hacer ruido al regresar y fue al descampado a hacer sus necesidades. Estaba cagando, cuando distinguió siluetas en la penumbra. Mierda, los cachacos, pensó, ocultándose detrás de unos matorrales. Venían a hacer una requisa, seguramente, a buscar material subversivo. Se dispuso esperar a que los soldados terminaran su labor y regresaran con el rabo entre las piernas a su base. Se arrepintió de no haber cerrado la puerta. Escuchó voces, gritos de protesta, lisuras. Después vio que sacaban a los alumnos y los hacían tenderse boca abajo en el patio.
Siempre oculto detrás de los matorrales, escuchó y vio que pasaban lista. Uno, dos, tres…, ocho alumnos. Escuchó su nombre al final de la lista y el corazón le empezó a latir con temor. Contuvo la respiración. Presentía que para nada bueno habían venido esa noche los soldados. Otra vez lo llamaron. Nadie respondió. ¿Por qué lo estarían buscando? ¿Por haber escrito Haciendo cola para el almuerzo? ¿Los soldados creerían que ese poema era propaganda subversiva?
Empezaron a iluminar los rostros de los alumnos con sus linternas, buscándolo. Un par de soldados regresaron al dormitorio y al rato salieron con las manos vacías. Los cachacos empezaron a repartir golpes de fusil preguntando por él.
Al rato los soldados se marcharon llevándose a ocho alumnos. A los demás los hicieron regresar al dormitorio. Él ni pensó quedarse en La Cantuta, sabía que lo acusarían de infiltrado, de sapo, ¿alguien le creería si decía que salió a cagar?, ¿justo a esa hora?
Con lo que tenía puesto se marchó para siempre de La Cantuta. Se cambió de nombre, empezó de nuevo la carrera en otra universidad.
Me salvé por un pelo, pensaba ahora, echado en su cama, recordando la suerte de los estudiantes. Los desaparecidos. La universidad de los desaparecidos. La Cantuta 1992.
A nadie, ni siquiera a Mily, que había sido su mujer durante tanto tiempo, le había contado que él también había estado en La Cantuta ese 18 de julio de 1992. Que su nombre, el verdadero, también figuraba entre las víctimas. Hace tantos años ya. ¡Qué rápido había pasado el tiempo!
Le empezó a doler el estómago, ¿sugestionado por ese dolor del pasado?, pero le daba flojera ir al baño. El sueño, al fin, empezó a vencerlo. Mañana le esperaba una larga jornada…, tenía que organizar mejor sus ideas, ¿no sería mejor preparar fichas?... ¿O contar la historia en forma lineal, clásica? Mañana…
Lo despertaron los violentos golpes en la puerta y los ladridos de los perros en el patio. Pensó que era Ximenita. Estiró la mano para prender la luz, pero parece que el foco se había quemado. Pensó que no debía de haber puesto seguro a la puerta, Ximenita se estaría mojando bajo la lluvia.
Iba a ir a abrir la puerta, cuando ésta estalló en pedazos y vio siluetas de porte militar entrando a su dormitorio.
–¡Los soldados! –escuchó que decían alrededor suyo.
¿Los soldados?
–¡Quietos, terrucos de mierda, nadie se mueva o les metemos bala a todos!
¿Qué estaba pasando? ¿Y Ximenita? Le dolía el estómago, ¿Rossana le estaría jugando una broma?
Les ordenaron, a punta de fusil, salir al patio.
Esto es La Cantuta, se dijo, reconociendo el lugar, mirando el cielo chosicano poblado por millones de estrellas, el cerro Talcomachay que se erguía al frente, escuchando el rumor del río Rímac. Reconoció los rostros de sus antiguos compañeros de internado. ¿Qué estaba sucediendo? Al frente estaba el descampado donde solía hacer sus necesidades.
Un enmascarado empezó a pasar lista; otro verificaba la identidad del llamado iluminándole el rostro con una linterna. Tú te quedas, tú regresa al dormitorio.
Al final escuchó su nombre: Agustín. Permaneció en silencio. Lo alumbraron con la linterna. El haz de luz se concentró en su rostro.
No contestó.
–Tú eres Agustín, ¿no? El autor de Haciendo cola para el almuerzo, ¿no?
Iba a decir me llamo Carlos Franco, pero permaneció en silencio.
–¿Por qué chucha no contestas, terruco de mierda? ¿Acaso eres mudo, ah? Ahora vas a aprender a hablar, huevonazo.
Los subieron a un portatropas que partió raudo hacia la Carretera Central. Nos están llevando a Huachipa para matarnos, pensó, tirado boca abajo en el vehículo militar, sintiendo en la espalda el cañón frío de un fusil.
El vehículo militar se detuvo y los hicieron bajar. Reconoció la entrada al campo de tiro. Lo había visto en periódicos y revistas cuando empezaron las excavaciones para ubicar los restos de los cantuteños.
Se negó a caminar y lo agarraron a culatazos. Lo llevaron a empellones hasta el campo de tiro.
–Si colaboras, nada te va a pasar –le dijo un tipo bajo, fornido–. ¿Quién puso el coche-bomba en Tarata, ah?
Silencio.
–Con que este angelito hijo de puta no quiere hablar, ¿no?
Agustín no dijo nada.
–¡Habla, huevón, o te mueres!
–No sé…
–¡Cómo que no sabes, terruco conchadetumadre!
Lo empezaron a golpear. Preguntaban y lo golpeaban, cada vez con mayor ferocidad.
–¿Dónde mierda está tu Presidente Gonzalo, ah?
¿Abimael? ¿Abimael Guzmán no había muerto hace años en la prisión de la Base Naval?
–Murió en la Base Naval hace años.
–¿Murió en la Base Naval hace años? ¿Tú crees que somos huevones? ¿Quieres hacerte el loco con nosotros? –lo golpeaban con brutalidad.
El paisaje empezaba a tomar forma.
–¡Habla de una vez, o te mueres, terruco de mierda, que se me está acabando la paciencia!
Silencio.
Lo siguieron golpeando sin piedad. El enmascarado lo agarró de los cabellos y a la fuerza le metió en la boca el cañón de su pistola.
–¡Habla, o te mueres, terruco de mierda!
Se miraron. Uno tenía los ojos llenos de asombro, de incredulidad; el otro tenía la mirada fría, inexpresiva, cansada como la de una tortuga.
–¿Dónde mierda está Abimael? ¿Quién chucha puso el coche-bomba en Tarata, ah?
Silencio.
–¡Habla de un vez, o te mato, terruco conchadetumadre!
Agustín pensó en Ximenita, en Rossana, en Mily. Se acordó de su madre muerta hace tantos años atrás también en julio.
–¡Habla, mierda! ¿Dónde chucha está Abimael?
–Murió en la Base Naval…
El enmascarado jaló el gatillo.
Amanecía en La Realidad.

El abuelo

Gustaba de contar historias,
era tanto lo que añoraba,
que a veces miraba ensimismado
el horizonte
y sabíamos que estaba recordando
a los que le precedieron:
la abuela, Eva Cristina,
sus padres,
su tío Marianito,
los que un día no volvieron.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Medio año


Hoy es medio año desde que murió mi padre. Medio año sin su presencia cotidiana, sin sus palabras de aliento, sin su apoyo moral. Me quedan sus recuerdos de estos 41 años de mi vida compartidos, las historias que siempre nos contaba, historias que despertaron mi imaginación. Recuerdo que de chico me hacía leer la Biblia. Era Testigo de Jehová. Detestaba que "perdiera" mi tiempo leyendo chistes, pero al final me gané su admiración a pulso, palabra a palabra. No fui su hijo favorito. El favorito era John, el más inteligente de la familia, el que siempre sacaba diplomas en el colegio, pero murió maldiciéndolo porque este hijo fue al final el más sinvergüenza de la familia. Me queda su ejemplo de constante lucha por salir adelante, su respeto a los demás. No fue un borracho, un sinvergüenza que no pagaba sus deudas, un tacaño. Fue todo un señor a quien siempre llevaré en mi corazón. Descansa en paz, papá.

Animal nocturno 2


-Qué horrible, ¿no, profe? –dijo Cynthia. Estaba hojeando los diarios que informaban sobre la muerte de la chica del puente Atocongo.
-Ajá –dijo el profesor-. Aunque esos periódicos de medio pelo siempre exageran. Esa foto no es de la chica.
En la primera página de El Chino había una mujer ensangrentada.
-¿Cómo sabe usted? –preguntó Cynthia-. ¿Acaso ha visto a la muertita?
El profesor controló su rubor. Sin querer, subió el volumen del equipo donde Yuri cantaba Esperanzas, una de sus canciones más antiguas.
-Vi el noticiero anoche…
Cynthia bostezó.
-¿Con sueño?
-Anoche no pude jatear –dijo la chica, apoyándose en el respaldar del asiento.
-¿Problemas en tu casa?
-Mi hermanita –dijo.
-¿Qué pasa con ella?
-A veces le dejan un montón de tarea y yo pago pato. Y eso me estresa, me angustia.
-Caramba, tampoco te preocupes demasiado por ella. Tú ayúdala en lo que puedas.
-Igual me preocupo.
-Bueno, bueno. Pero ya sabes que las tareas las tiene que hacer su dueña, no tú.
-Ok.
Cynthia cerró los ojos como si durmiera. Qué fácil sería apretarle el cuello. Patalearía menos de un minuto y después se quedaría quietecita como una estatua…
-¡El Valdizán! –exclamó la chica, abriendo los ojos de pronto y señalando hacia su izquierda.
-¿Allí estuviste internada?
-No –dijo la chica-. En el Almenara. En el pabellón de los locos.
Rió.
-Qué será de Pablito, el viejito del martillo –dijo-. Paraba alucinando que tenía un martillo y andaba clavando puertas y ventanas y chancando las mesas y sillas.
-Ya habrá clavado a Cristo.
Cynthia soltó una sonora carcajada. El profesor lo imitó sin mucha convicción.
En Ceres el tráfico era intenso. Los ambulantes se pegaban a las ventanillas de los vehículos ofreciendo desde caramelos hasta polos de la selección peruana con las imágenes del Chorri Palacios, Ñol Solano y el loco Vargas. El profesor compró cuatro chocolates Cañonazo.
-Toma, endulza tu vida –le dijo a Cynthia, ofreciéndole un chocolate.
-Gracias, profe –dijo la chica.
Menos mal que en Huachipa no había atolladero y pasaron sin problema alguno. Cynthia se había quedado dormida. Un mechón de su cabello le cubría medio rostro.
Antes de llegar a Huaycán, llamó a Marfe. Marfe todavía estaba en su cama.
-Tienes cinco minutos para estar en la pista o te dejamos –le dijo el profesor. Disminuyó la velocidad.
A partir de Ñaña ya se dejaba sentir el sol. Cynthia abrió los ojos.
-¿Ya llegamos donde Marfe? –preguntó.
-Dentro de un minuto –dijo el profesor-. Todavía dormía cuando la llamé.
Llegaron a la altura de El Cuadro. Como Marfe no estaba en el paradero, se estacionaron a un lado de la pista. El profesor volvió a llamar a Marfe. Marfe dijo que ya estaba por llegar, que la esperaran un minuto.
-Apúrate que te dejamos.
Cynthia sonrió. Un par de minutos después, se apareció Marfe. Tenía en la espalda una enorme mochila. Apenas si se había mojado la cara y los cabellos. Se saludaron con beso en las mejillas. Se sentó al lado del profesor y Cynthia se pasó al asiento posterior porque quería dormir un rato.
Hablaron de la chica del puente Atocongo. Algunos de los diarios especulaban sobre la aparición de un nuevo psicópata.
-¡Uy, qué miedo! –dijo Marfe, pasándose el cepillo sobre su rubia cabellera-. Imagínense que nos topemos con el psicópata.
-Por eso no hay que salir de paseo con hombres desconocidos –dijo el profesor.
-No nos diga que usted es el psicópata –dijo Marfe.
-Sí, lo soy –dijo el profesor.
-Entonces yo soy la Caperucita Roja –dijo Marfe.
-La Caperucita Rota más bien –dijo Cynthia.
Risas.
-Por si acaso, yo estoy pura, inmaculada, sellada –dijo Marfe.
-Todavía orinas agua bendita –dijo el profesor.
-Ajá.
Rieron con ganas. En el equipo cantaba Sissel.
Cruzaron Chaclacayo, el puente de Los Ángeles, allí estaba el río Rímac convertido en un vertedero. El profesor le dijo a Marfe para que manejara un rato porque también tenía un poco de sueño. El sol se colaba con furia por las ventanillas.
-¿Qué le dijeron a sus padres?
-Que me iba de campamento –dijo Marfe.
-Que me iba a pasar el fin de semana donde una amiga en Chaclacayo –dijo Cynthia.
-Ninguna dijo la verdad.
Volvieron a reír. Cruzaron frente al Parque Central de Chosica. El profesor compró tres helados. El sol ya quemaba sin piedad.
Antes del peaje de Corcona, el profesor volvió a tomar el timón.
-¿Cuánto falta para llegar a su búnker, profe Harol?
-Poquitito –dijo el profesor-. Un par de minutos. Este lugar se llama Cocachacra.
-Bonito lugar –dijo Cynthia-. Se parece a Carabayllo.
-¿Ven ese cerro? –el profesor señaló un cerro a su izquierda-. Siempre la subía con mi sobrino mayor.
-No es tan alto –dijo Marfe.
-Desde acá parece chiquito, pero es un cerrote –dijo el profesor-. Íbamos por un huayco donde hay un rocón. Hasta allí llegábamos.
-A ver si bajamos después –dijo Marfe.
-Claro.
-¡El río! –exclamó Cynthia-. Bajemos un rato.
-Después de dejar las cosas –dijo el profesor-. Ya no falta nada.
Cruzaron un túnel. Un rato después, doblaron hacia la izquierda y empezaron a subir por en medio de las chacras y los tunales.
-Pota, qué bonito –dijo Cynthia-. Algún día tendré un terrenito así.
-No has renunciado a tus sueños de ingresar a la Agraria –le dijo el profesor.
-Recién cuando me muera lo haré –dijo Cynthia.
-Reza para que no te encuentres con el psicópata del puente Atocongo.
Volvieron a reír con ganas.
Entraron a un pueblo de aspecto serrano y calles estrechas. Se detuvieron ante una casa de adobe de dos pisos rodeaba por un muro alto coronado por buganvillas de colores. El profesor bajó para abrir el portón y Marfe estacionó el auto junto a un enorme palto.
-¡Pota, he pisado caca! –Cynthia lanzó una maldición. Acababa de pisar una de las paltas que estaban tiradas en el suelo.
-Dicen que pisar caca trae suerte –dijo el profesor.
-Bonito consuelo –dijo Cynthia mientras se lavaba los pies en el caño.
-Bueno, chicas, hay que bajar las cosas, quitar un poco el polvo, preparar el almuerzo.
-Ay, profe, usted nos ha traído como sus natacholas –dijo Marfe.
Risas.
-Dejas el caño abierto –le dijo el profesor a Cynthia-. Y echan las paltas que estén podridas al jardín para que se guanee la tierra.
-Eso le iba a decir –dijo Cynthia.
Después de limpiar un poco, se pusieron a preparar la parrillada. El profesor prendió un fogón para sancochar papa y choclo, Cynthia preparó ensalada de palta y lechuga y Marfe preparó una sangría con el vino que le había robado a su papá. Se pusieron a comer en la terraza bajo la sombra de la buganvilla. De los parlantes del equipo de sonido brotaban viejas canciones pop de los ochenta.
-Bonito lugar, profe Harol –dijo Marfe.
-Con mis padres y mis sobrinos venía siempre a este lugar –dijo el profesor-. Llegábamos aquí, recorríamos el pueblo y luego bajábamos al río a bañarnos. Mamá soñaba con tener una casita aquí, pues le recordaba a su pueblo. Aunque ella no pudo hacer realidad su sueño, yo se lo he hecho.
-¿Está enterrada aquí?
-Sí. Los dos. Luego vamos a visitarlos. Con mis sobrinos siempre íbamos al cementerio a perseguir lagartijas para dejarlas sin cola.
-Pota, qué malo es usted, profe –dijo Cynthia.
-Así descarga su ira en lugar de matar personas –dijo Marfe.
-¿Así no empiezan los psicópatas? –dijo Cynthia-. Matando animalitos indefensos.
-Caramba, era divertido –dijo el profesor-. ¡Salud, chicas!
Alzaron sus copas y brindaron.
-Pota que está rica la sangría –dijo Cynthia. Se empezó a reír.
-¿Te has vuelto loca, o qué? –le preguntó Marfe.
-Debe ser un chiste privado –dijo el profesor.
-O uno rojo –dijo Marfe.
-Nada de eso –dijo Cynthia-. Me estaba acordando que un día me tomé solita la damajuana de mi viejo.
-¿Por?
-Me dieron ganas de emborracharme.
-Qué loca.
-Es que estaba rico –dijo Cynthia.
-¿Y no te sacaron la mugre por chupar lo que no debes? –le dijo Marfe.
-Menos mal que no –dijo Cynthia.
Se mataron de la risa.
-¿A qué hora bajamos al río, profe? –preguntó Marfe.
-Lavando los servicios. Para dormir la siesta sobre la arena.
-Qué rico –dijo Cynthia-. Apurémonos.
Terminaron de almorzar y lavaron los servicios y se dispusieron a bajar hacia el río. Fueron a ponerse una ropa más cómoda.
-¿Han visto mi ropa de baño? –preguntó Marfe.
-No.
-Creo que lo dejé en mi cama por salir apurada –dijo Marfe.
-Pota, te bañarás calata –le dijo Cynthia-. O en calzón.
-Ay, no seas mala –dijo Marfe-. Al profe le va a salir un orzuelo.
-Tamaño de sus pelotas.
Risas.
-Bueno, me baño un rato y luego te presto mi bikini.
-Claro.
Fueron por el camino por donde habían venido.
-Aquí deben dar ricas tunas –dijo Cynthia.
-¿En qué mes salen los frutos? –preguntó Marfe.
-En el verano –dijo Cynthia.
-Hay que venir para esas fechas –dijo Marfe.
-Para que coman tunas hasta el hartazgo –dijo el profesor.
-Pero en el verano lloverá aquí bastante, ¿no, profe? –preguntó Cynthia.
-Sí –dijo el profesor.
-A mí me gusta caminar bajo la lluvia –dijo Marfe.
-Hasta que te atraviese un rayo –dijo Cynthia.
-U otra cosa –dijo el profesor.
Se mataron de la risa. Todo era alegría. Cruzaron un puente de rieles por donde pasaba el tren. Sopló un viento que levantó la falda de Marfe y se le vio el calzón.
-¿Marfe está buena o no está buena, profe?
-No vi nada –dijo el profesor.
-Bien que se ganó.
Llegaron a la pista, fueron por un lado hasta el túnel que lo cruzaron corriendo y gritando como locos.
Llegaron al río que tenía un regular caudal.
-Se parece al río Chillón que cruza por Carabayllo –dijo Cynthia-. Todavía está sin contaminar.
Se quitó el vestido y quedó en ropa de baño: un bóxer crema con flores y un sostén rojo. Se metió al agua y se puso a chapotear.
-¿Verdad que se parece a una sirena, profe? –dijo Marfe.
-O a un pato –dijo el profesor.
-Qué malo –dijo Cynthia. Les echó agua.
Marfe se subió a una piedra, resbaló y cayó al río. Cynthia y el profesor se mataron de la risa.
Marfe se quitó la falda y quedó en calzón. Era uno pequeño por cuyos costados se le escapaban los vellos rubios y rizados.
-Pota, Marfe es la nueva mujer barbuda –dijo Cynthia.
Marfe se puso colorada.
El profesor también se metió al agua y nadaron, bucearon, cruzaron para la otra orilla, volvieron, se echaron en una piedra gigante para que el sol secara sus cuerpos.
Al final de la tarde regresaron al pueblo.
***
Parecía dormida con las mejillas coloradas, los labios rojos y los ojos pintados, pero estaba muerta. El teniente Gonzáles tarareó, o recordó la melodía, Vestida de blanco, esa vieja canción de Palito Ortega que su padre escuchaba cuando tomaba sus cervezas de vez en cuando y se ponía romántico y escuchaba a Leo Dan, Leonardo Favio y otros cantantes de la prehistoria. Tenía las mejillas heladas debajo de la capa de maquillaje, el terror petrificado en su rostro de muñeca. Una muñeca pelona, pensó el teniente, pasándole la mano por la cabeza rapada. Quizá el asesino admiraba a esa cantante calva que un día ¿rompió una foto del Papa o se limpió el trasero? ¿Cómo se llamaba? No recordaba el nombre de la cantante calva. Había sido puta, la habían embarazado a los dieciséis años y no había podido terminar la secundaria. Alguna amiga pendeja la llevaría a bailar a una de esas discotecas de mala muerte y lo demás vendría por añadidura. La carita no le ayudaba para ser decente. Era verdad que todos teníamos un demonio en nuestro interior, o un ángel, como decía el profesor de literatura. El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Tenía que terminar de leer esa novelita. No tenía muchas páginas, pero a veces se le hacía difícil avanzar. Le abrió los párpados: allí estaban sus ojos de miel velados por una película transparente, acuoso. Ellos habían visto a su asesino, el lugar a donde la llevó, las calles por donde fueron. ¿Cómo era el hombre con que te fuiste?, le preguntó en un susurro. Silencio. Si tú fueras ella, ¿con quién te irías? Con un hombre que te ofrece una buena propina por un servicio completo, con un hombre cuyo rostro te inspira confianza. Doctor Jekyll. No confíes de las caras bonitas ni de los que te lisonjean. Mr. Hyde.
-¿Pensativo, Gonzáles?
Era el mayor Huamán. Tenía un café en la mano.
El teniente asintió.
-Bonita, ¿no?
-Mmm.
-Cobraría caro.
-Seguro. Hace tiempo que no voy al chongo.
El mayor se rió con ganas. Tenía una voz estentórea.
-¿Nunca te has levantado una jerma así?
-No, mi mayor. ¿Usted?
-Hace años, cuando en la policía se ganaba bien. Ahora el sueldo no alcanza ni para el té –dijo el mayor-. Los que están bien son los de carreteras.
-¿Es cierto que ahora lo mínimo que coimean es veinte lucas? –preguntó el teniente.
-Ajá –dijo el mayor-. Pero los ferchos tienen plata. Chupan bien, cachan bien. Los cagados somos nosotros.
Se rieron.
-Y los comerciantes –dijo el teniente Gonzáles. Y, señalando el cadáver, añadió-: Sus viejos vendían en la Parada.
-¿Y por qué se metería de puta?
-Según su madre, siempre fue una pata de perro. Desde chibola paraba en la calle nomás. Decía que se iba al colegio, pero se iba a tirar con su gil.
-Hasta que se la llenaron, seguro.
-Ajá. Y el pata se hizo el huevón.
-¿Pero meterse de puta?
-Le gustaría la pinga seguramente.
-Seguro. Con esa carita, podría haber trabajado de modelo.
-Hasta postular al Miss Perú.
Otra vez rieron. El mayor había terminado su café.
-Buen banquete se van a dar los gusanos.
-Mmm –masculló el teniente.
-¿Nunca se ha tirado a una muerta, Gonzáles?
-No, mi mayor. ¿Y usted?
-Tampoco. Pero cuando estuve en la zona de emergencia, vi que los cachaquitos se tiraban a las terruquitas que acababan de matar.
-Esos aguantados se tiran hasta a las llamas, las gallinas. No respetan nada.
Vuelta las risas.
-Bueno, corazón, a chambear –dijo el mayor, acariciando el rostro helado de la chica-. En la noche vengo por un polvito.
Los dos hombres abandonaron el lugar en medio de las risas.
***
Se quedó quieta después de luchar inútilmente por librarse de la garra que aprisionaba su nuca. En esa posición no había podido hacer mucho por defenderse, apenas unos manotazos contra el aire. La volvió de cara al techo cuando la muerte apenas terminaba de tatuar en su rostro el rictus de terror que no pudo borrar a pesar que le cerró la boca y los ojos que había quedado desmesuradamente abiertos. Le estiró los brazos y las largas piernas, después le cortó el pelo con una tijera y enseguida le pasó la máquina eléctrica con el cual se igualaba la barba. Lo mismo hizo con su pubis. Guardó la pelambre en bolsas transparentes sobre las cuales escribió la fecha y hora en que habían ocurrido los hechos. Limpió el cuerpo con una toalla humedecida y sus partes íntimas con un hisopo empapado en alcohol. La vistió con el baby doll y los pantys y le puso los tacos rojos y después envolvió el cuerpo en una sábana y la bajó a la cochera, la guardó en la maletera y condujo hasta el puente Atocongo donde la dejó. Esa noche durmió bien, no tuvo pesadillas, remordimientos, nadie lo sacudió durante su sueño, no le tuvo miedo a la oscuridad. No era malo lo que había hecho. Su madre estaría mirándole feliz desde las estrellas.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Flor de retama

Mi mamá y Nacho en el parque infantil del Morro Tupín, Huanta, en enero del 2000
Canción dedicada al pueblo donde pasé los primeros tres años de mi infancia. Mi padre fue testigo de los hechos que cuenta este tema.
Hermosa voz, pero ignoro el nombre de la intérprete. La guitarra no se queda atrás.

Acabo de encontrar el nombre de la intérprete, se llama Luz Merly, y aquí hace un dúo con el gran Manuelcha Prado.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Jueves

Casi se termina la semana. Hoy es otro día de los Juegos Florales, nuestros alumnos participarán en canto, ojalá que haya alguna victoria, ayer no obtuvimos ninguna, falta prepararnos más. Nuestra única esperanza es en cuento, han intervenido mis manos, la historia es original.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Agapimu

En italiano, en la voz de Mía Martín
http://www.youtube.com/watch?v=jgdxQP6vAM0
En español, en la voz de Ana Belén
http://www.youtube.com/watch?v=WQ69SfBOi0s

El profesor de música


¿Hilda? La rubia no me quitaba los ojos de encima. Imposible. Me salté un par de compases. La rubia sonrió: sí, era ella: esa sonrisa la conocía bien. Traté de concentrarme en la ejecución de Mauka zapato, pero los recuerdos me traicionaban, tomaban por asalto las fortalezas de mi memoria, la partitura me parecía escrita en chino, como decía Hilda cuando era mi alumna, mis dedos golpeaban dubitativamente los trastes de mi vieja guitarra. ¿Hace cuántos años que no la veía? Muchos. El tiempo había pasado veloz y aquella niña estaba ahora transformada en mujer. Hilda. ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? Si la memoria no me fallaba, fue en la clausura de mi último año escolar en el Túpac Amaru. ¡Hace tanto tiempo ya! Aquel día me ignoró olímpicamente. Ni siquiera me dio las gracias por haberla aprobado. Debí de haberle puesto un cero cinco para que me suplicara, para que se arrastrara por un once, para que viniera a buscarme como la López y me dijera que estaba dispuesta a todo, a todo, profesor, con tal de no salir desaprobada porque en mi casa me van a matar. Tarde para lamentarme. Para el pueblo de mis padres, Mi Huancavelica. Ese día llevaba su famoso pantalón verde limón que dejaba adivinar en toda su plenitud su abundante trasero, dueño de mis obsesiones, fantasías y deseos. Diablos, mi verga empezaba a despertar de su prolongado letargo. Las mismas facciones de entonces, pero más maduras, más acentuadas, los labios rojos y carnosos como los de la Angelina Jolie, sus grandes ojos enmarcados por largas pestañas y su rubia cabellera que brillaba como un sol en el verano. Me comí otro par de notas pero nadie se dio cuenta. Aplausos para el maestro Agustín, nuestra primera guitarra. Gracias, gracias. Hilda aplaudía con entusiasmo mientras mis manos ejecutaban las melodías por inercia. Yo estaba de vuelta en las destartaladas aulas del Túpac Amaru. ¿Se acordaría de las veces que se quedaba dormida en mis clases?, ¿que pedía permiso para ir al baño y ya no regresaba? ¿Cuál era su segundo nombre? ¿Ángela?, ¿Angélica?, ¿Angie?, ¿Agnetha?, ¿Angelina? El cerebro me estaba fallando. Toda mi habilidad estaba en mis manos, en esas garras que pulsaban las cuerdas ajenas a mis recuerdos, a mi pasado en el Túpac Amaru. Ahora Carnaval ayacuchano. Así se baila en Huanta, en Paucar del Sara Sara, en Parinacochas y Huamanga. La rubia se puso de pie, ¡Hilda, no te vayas!, y abandonó el auditorio sin decirme ni siquiera un miserable adiós con las manos. ¿Y si no era ella? Hilda debe estar jodida con una recua de hijos colgándole de las marchitas tetas, debe estar gorda como una vaca, debe estar con los dientes destruidos por la caries, debe tener el sexo seco, podrido como el mío. ¿Cómo pude creer que semejante rubia podía ser Hilda? Seguramente fue una visión, una alucinación, una mala jugada de mis ojos, de mis recuerdos, de mis esperanzas. Pero podría jurar que eran exactas como dos gotas de agua. Sería su doble, seguramente. ¿No dicen que todos tenemos un sosias, un clon? ¿No me han visto en Trujillo mientras yo estaba dando un recital al otro lado del mundo? ¿No encontraron en Puerto Viejo a un ahogado que se parecía a mí mientras yo estaba en Acapulco? Ahora un potpurrí latinoamericano. La vidala Lloran las hojas al viento del gran Atahualpa Yupanqui. Pero juraría que era Hilda. Hilda. Era ella. La misma forma de mirar, de sonreír, de alisarse los cabellos, de sentarse. Ahora la galopera Pájaro choguí. Hace tiempo que debí de haberme dado una vueltecita por el Túpac Amaru. ¿Seguirá allí? De repente se marchó al extranjero como tantos peruanos. De Chico Buarque, Fado tropical. Allí estaba de nuevo la rubia, ¿o Hilda? Se sentó en primera fila, me miró, sonrió y leí que sus labios me decían profesor Agustín. Mi cansado y viejo corazón empezó a latir más veloz que mis dedos sobre las cuerdas de mi guitarra. La rubia, ¿Hilda?, cruzó las piernas y por el corte del vestido le miré la blanca, reluciente y lampiña piel. Cómo latía mi pobre corazón. Recé para que no me diera otro infarto como el que me tuvo alejado un año de los escenarios. Después de Alma llanera y Sombras retornamos al Perú. A bailar con el Carnaval arequipeño. Nos despedimos con Ayrampito. ¡Bis bis! Nada de bis bis. Hasta otra oportunidad.
La rubia vino a mi encuentro con una amplia sonrisa y los brazos abiertos.
–¡Profesor Agustín!
–¿Hilda?
–Ella misma, profe –dijo, abrazándome y llenándome de besos. Aspiré su cálido aliento a rosas–. ¡Felicitaciones, querido profesor Agustín, estuvo genial! Usted es el mejor guitarrista peruano de todos los tiempos.
–Gracias, Hilda. Estás irreconocible.
Sonrió. Yo sabía que era ella, mi corazón me lo decía. Estaba frente a Hilda después de tantos años.
Nos trajeron vino y brindamos por nuestro reencuentro.
–Tomas, ¿no?
–Claro, profe, ya no estoy en el cole.
–Eso se nota –le dije, recorriéndola con la mirada. Sonrió–. Cuando te vi, pensé que estaba soñando.
–Estoy aquí en carne y hueso –dijo, pellizcándome suavemente.
–Yo veo más carne que hueso.
Soltó una sonora carcajada, se acomodó la tira del vestido y por un segundo pude vislumbrar la tira de su sostén. Allí estaban sus senos, grandes, redondos, lejanos.
–No me imaginaba que tomabas bien.
–Hay que aprovechar que el vino es gratis –dijo, con una coqueta sonrisa.
Seguimos brindando. A veces nos interrumpían para pedirme un autógrafo. Yo fingía una sonrisa al estampar mi firma en esos discos donde estaba mi cara llena de arrugas que me recordaban los estragos que había hecho el tiempo en mí.
–¡Ya es tardísimo, profe, me tengo que ir! –dijo, a la enésima copa.
–No te preocupes, yo te llevo. ¿Sigues en el Túpac?
Asintió.
–Vámonos, pues.
–Antes voy a ir al baño –dijo, e imitando la vocecita de una niña, preguntó–: ¿Me da permiso para ir a hacer pis, profesor Agustín?
–Vaye nomás, alumna Hilda, pero cuidadito con quedarse jugando en el baño porque a la última hora tenemos práctica instrumental. ¿Trajo su flauta dulce?
–Ay, profe, lo olvidé por salir apurada. ¿Usted no tendrá una que le sobre? –dijo sonriendo y se alejó moviendo ese trasero que sería la envidia de la J.Lo.
Recordé que alguna vez la escuché orinar en el precario baño del Túpac Amaru. Ahora estaría bajándose la ropa interior, estaría sentándose en el water, su enorme y blanco trasero se estremecería al contacto del frío mármol, el líquido ambarino saldría expulsado con fuerza como de una manguera de bombero, terminaría de orinar, se sentaría en el bidet para lavarse la cucarachita ¿peluda o pelada como mi cabeza?, se lo secaría, se subiría el calzón, se lo acomodaría, se lavaría las manos, saldría del baño, volvería a mi lado.
Se había retocado el maquillaje. Sus labios estaban pintados de un rojo intenso. Se había echado rubor en las albas mejillas.
–¿Se lavó bien las manos, alumna Hilda?
–Claro, profe, no me vaya a dar cólera –dijo, enseñándome las blancas manos de largos y delgados dedos que alguna vez se movieron torpes sobre la flauta dulce.
Fuimos en busca de mi carro y enrumbamos hacia la Carretera Central. Puse un disco con los grandes éxitos de Ana Belén. Tiemblas, amor mío, / como una gota de rocío…, empezó a cantar la española con su peculiar voz.
–Nunca pensé que te volvería a ver, Hilda.
–Menos yo, profe. Usted casi nunca para en el Perú.
–Tú sabes que tengo un montón de compromisos artísticos.
–Por eso, cuando anunciaron su recital de gala por sus bodas de oro como guitarrista, me dije tengo que ir a escuchar a mi profesor porque de repente nunca más vuelve por estos lares.
–Gracias. Yo pensé que me habías olvidado.
–Claro que no, profe, yo siempre lo escucho, tengo todos sus discos –dijo, cruzando esas dos moles que eran sus piernas. Se los miré de reojo–. Usted es un genio musical.
–Tampoco exageres, hago lo que puedo con estas pobres garras.
–Yo siempre me acuerdo de sus magistrales clases de flauta dulce, profe –dijo con un dejo de nostalgia en la voz.
–Y yo me acuerdo que siempre te dormías en el salón, o que pedías permiso para ir al baño y ya no regresabas.
El rubor se apoderó de su rostro.
–Ay, profe, disculpe.
–Qué graciosa, pedirme disculpas medio siglo después.
–Más vale tarde que nunca, ¿no?
No le dije nada.
El auto seguía avanzando por la desierta carretera.
–¿Me disculpa o no, profe?
–Claro que sí –le dije, palmeándole la desnuda espalda. Tenía la piel suavecita como el durazno. Mis garras se estremecieron a su contacto. Ana Belén decía Nombras tú ni nombre / como jamás lo dijo un hombre…
–Yo siempre me acuerdo del diecinueve que me puso en el último trimestre, profe.
–¿Diecinueve? ¿Cuál diecinueve si tú con las justas llegabas a once? Parecías la hija de la Chuchi Díaz.
–Ay, profe, tampoco exagere que tan bruta no era. Por algo no me puso casi veinte.
–Ni me acuerdo cuánto te puse. He tenido tantas alumnas…
–Acuérdese de Hilda Angélica.
Ah, su segundo nombre era Angélica.
–Hilda Angélica, la flojita del 5° D, ¿no? Debí de haberte puesto cero cinco, no hacías nada en mi curso.
–Ay, profe, cuidaba a mis hermanitos, no tenía tiempo ni para meterme un segundo la flauta dulce en la boca.
–Aún no es tarde para que lo hagas.
Soltó una sonora carcajada. El carro seguía devorando los kilómetros como un león hambriento.
–Un puntito más y me ponía veinte, profe.
–Veinte puntitos menos, y salías debiendo puntos.
–Qué malo, profe.
–Sí pues, bien malo.
Ella seguía riendo mientras Ana Belén nos decía Eres el viento que no cesa, / eres el peso que no pesa…
–Usted se fue del Túpac y nunca más se acordó de los pobres, profe.
–Más bien tú nunca te acordaste de tu viejo maestro, ingrata.
–No sabía dónde vivía –dijo, mientras Ana Belén cantaba Eres fuego y frío, / ni más ni menos, amor mío…
–¿No les di mi dirección para que me visitaran?
–No, profe. Solo sabíamos que vivía en La Realidad, pero como La Realidad es grande, una vez fui a buscarlo y me perdí…
–Tú todavía ibas a ir. No te creo.
–¿Y por qué si no había quién me lo impida, profe?
Faltaba poco para llegar al Túpac, se bajaría y quizá nunca más la volvería a ver. Me hablas al oído / y todo tiene un nuevo sentido… Decidí arriesgar mi pobre pellejo. ¿Qué perdía a estas alturas de mi vida? Casi nada.
–¿Vamos ahora?...
Me clavó los ojos. ¿Me mandaría al diablo? ¿A estas horas? ¿Para qué quiere que vaya a su casa a estas horas, profesor?
–…así me visitas cuando gustes…
–¿No se molestará su esposa?
–Vivo solo.
–¿No se casó con la profesora Martha?
–No.
–¿Por qué?
–Se me pasó el tiempo esperándote.
Sonrió. Y me siento entera / como una blanca primavera…
–¿Vamos ahora? –insistí.
–¿No se molestará su esposa?
–Te dije que vivo solo.
–Cierto. Se le pasaron los años esperándome. Qué bruta soy.
–Por eso te puse diecinueve en música. ¿Vamos?
–Vamos pues, profe, ya que insiste.
Pisé el acelerador antes de que cambiara de parecer. En menos de un cuarto de hora llegamos a nuestro destino.
–Bienvenida a mi cubil, Hilda Angélica.
–Pasu machu, ¿tantos discos tiene? –dijo, mirando las paredes llenas de discos–. Ni Julio Iglesias.
–Soy músico, ¿no?
–Eso es lo que estoy viendo.
–¿Un vinito para brindar por tu presencia en mi refugio?

–Claro, profe, tengo sed. Acá hace mucho calor.
Empezamos a brindar mientras Ana Belén nos decía Dices que me quieres / como una fuerza que me hiere… Ni en mis más remotos sueños creí que alguna vez Hilda iba a estar en mi casa.
–Nunca pensé que ibas a estar en mi humilde refugio, Hilda.
–¿Y por qué, profe, ah?
–Eras inalcanzable, una estrella lejana. Uno haciendo méritos, y tú, nada.
–No habrá hecho los suficientes, profe.
–Te puse un diecinueve.
–Yo quería veinte. Pero gracias de todas maneras.
–Creo que debí de haberte jalado.
–¿Y por qué no lo hizo, ah?
–No sé…, creo que eras mi alumna favorita…
Nos miramos.
–Y usted era mi profe favorito –dijo, y acercándose me besó. Y me siento entera / como una blanca primavera…, cantaba Ana Belén mientras nuestras lenguas se entrelazaban y nuestras manos exploraban por los recovecos de nuestros cuerpos. Eres el mar cuando se enfada, / eres noche iluminada… Nos besamos todo. Entras en mi cuerpo / como la lluvia entra en mi huerto…

Reunión de diablos


Hoy en los Juegos Florales, en el área de danza, el noventa por ciento bailaron la diablada. Parece que el hecho que Evo Morales haya reclamado como suyo el traje de este baile ha calado hondo en los peruanos y todo el mundo quiere bailar la danza en cuestión. Diablos por aquí, diablos por allá, parecía la conferencia anual de los diablos.

Los nísperos

Los nísperos que sembró mi padre han vuelto a florecer. Él ya no estará ni estará nunca más bajo su sombra tomando el sol que se colaba por entre el follaje de los eucaliptos. Los frutos este año están ácidos, amargos, ¿llorarán la ausencia de la mano que siempre las regaba?

Agapimu

Una bella canción en la voz de Ana Belén. La he utilizado en un cuentito erótico que luego la colgaré.
http://www.youtube.com/watch?v=UjbiGNFt81w
Ahora sí a trabajar.

El Mal

Ataca en el momento menos pensado a mi pobre cuerpo. El lunes fue un dolor de espalda como si hubiese dormido sobre el cemento. Hoy el estómago está duro como una piedra. Mi cuerpo es un barquito de papel en manos de ese inmenso océano que es el Mal.

Juegos florales

Hoy se inauran los Juegos Florales Escolares 2009. Así que yo, como "presidente" de la comisión -según Susanita- estaré a la cabeza, con mi "secretaria" de la delegación. Ojalá que nos vaya bien. Dentro de unos minutos tomo mi desayuno y me marcho.

Clima loco

El domingo hizo un calor de los mil demonios y andé con el torso desnudo y hasta ahora me arde la piel. El lunes bajó la temperatura y ayer el día estuvo frío. Hoy también ha amanecido friolento. Ahora medio que me quiere dar gripe. Acá siempre hace solcito, pero bajo a mi trabajo, deben de haber unos diez kilómetros de distancia, y el clima sufre un cambio abrupto. Yo que amo el sol ando congelándome.

Literatura erótica

El año pasado un cuentito mío ("El escote") obtuvo un premio en un concurso de literatura erótica de Perú.21, animado por eso, y por las lecturas de "Cien cepilladas antes de dormir", "Las edades de Lulú" y "Más sexo y menos Nueva York", y con la ayuda de la historia de la bella Marfe, se me ocurrió -se nos- y aquí está el primer borrador de la primera parte. Falta trabajarla más. Veremos qué sale más adelante.

martes, 15 de septiembre de 2009

15

Pota, ya estamos 15 de setiembre, diría mi alumna Cynthia. Medio mes, y hay promesas que no se cumplen, pero también las ganas de continuar lo planificado para hacerle tragar un día sus palabras a quien se los debe tragar.

Ausencia

José Gómez Romero, Dyango, nos interpreta esta viejísima canción de su primer disco para escucharla con una copa de vino y al calor de los leños de la chimenea recordando a un viejo amor de cuya ausencia se cumplirán 20 años este 23
http://www.youtube.com/watch?v=PdAVqxJ6iYA

Dueña de mi corazón

Los primeros diez segundos de la melodía de esta canción me conmueven el alma. Un bello tema en la voz de la inolvidable Daniela Romo
http://www.youtube.com/watch?v=cqpt83em6OY

lunes, 14 de septiembre de 2009

El día se acaba

Y ando molido: temprano fui al colegio para la gran final de canto y cuento en los Juegos Florales y de regreso el tráfico es un infierno. Pero avancé una página de "Animal nocturno", mañana me pongo al día con "El castillo olvidado" que lo he olvidado durante una semana.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Domingo

Como todos los domingos desde hace cuatro años, excepto por fuerza mayor, voy a primera hora a visitar a mis padres. Allí está papá que nunca quería morir, que le pidió a su Dios 40 años más de vida para llevar su palabra por el mundo, pero su Dios no lo escuchó. Allí está mamá que nunca se perdía un entierro así fuera de su enemigo. Hoy me preguntó qué pensarían de la muerte, de la vida eterna. Nunca más volveremos a compartir nada. Un día yo también moriré. Al menos ellos tuvieron la esperanza de la vida eterna, yo no tengo nada, aunque a veces dudo, pero solo por un momento.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Esperanzas

Esta canción la cantaba Yuri hace años, cuando estaba enamorado de ella, hoy encontré una versión en la voz de los Pecos que también está bonita. Aquí el enlace:
Y acá está Yuri

Animal nocturno


1

-Bueno, chicos, hasta la siguiente clase –dijo el profesor Harol-. Que pasen un buen fin de semana, no cometan excesos, si juegan a la ruleta rusa usen preservativo –risas-. Ah, no se olviden de terminar la lectura de El Jekyll y Mr. Hyde. Chau.
Salió del salón con Cynthia y Marfe.
-¿Un cafecito, chicas?
-Claro, profe –dijo Marfe, rubia, jean azul, chompa violeta-. Gracias.
-Pota, qué frío –dijo Cynthia, pelo negro, pantalón blanco y chompa rosada-. Tengo las patas congeladas.
-¿Pata o pie? –dijo el profesor.
-Pie –dijo Cynthia.
-Es que Cynthia a veces piensa con los pies –dijo Marfe.
Risas.
Entraron al cafetín de la Facultad. Se sentaron al lado de una amplia ventana desde donde se tenía una visión panorámica del campus universitario. Cruzando la valla, estaba la avenida Venezuela, el anillo vial a medio construir.
El profesor pidió tres capuchinos y tres porciones de queque de chocolate.
-¿Qué celebramos? –preguntó Marfe.
-La llegada de la primavera –dijo Cynthia-. Ojalá que este frío de miércoles se vaya de una vez.
-Eso está más verde que la selección peruana –dijo el profesor-. Mañana hará calor y pasados nos volveremos a congelar.
-Es por el calentamiento global –dijo Marfe-. Dicen que los glaciares se están derritiendo.
-Dentro de algunos años, todo será desierto –dijo el profesor-. El agua dulce escaseará.
-Pota, la gente se va a pelear por una gota de agua –dijo Cynthia.
-El agua o la vida –dijo Marfe.
-La vida –dijo Cynthia.
Risas.
-¿Quién cree que gane mañana, profe, Perú o Uruguay? –preguntó Cynthia.
-Chile –dijo Marfe.
Marfe era chilena.
-Chile está mejor que Perú –dijo el profesor-. Un empate, y en Sudáfrica. Perú, así gane, irá a jugar a Chincha nomás.
-Ay, profe, usted parece chileno –dijo Cynthia.
-No es eso, sino que soy objetivo –dijo el profesor.
-¿Una apuesta? –dijo Cynthia.
-Una vez ya me ganaste –dijo Marfe.
Cynthia se puso colorada. Rió.
-Apostamos quién ganaba, si Kina o Halana dos Santos –dijo.
-Perdí un beso –dijo Marfe.
-¿En los cachetes o en el Bocaccio? –preguntó el profesor Harol.
-¿Qué chiste tiene apostar un beso en las mejillas? –dijo Marfe.
-Ustedes están como Eva y Liliana –dijo el profesor.
Risas.
La mesera les dejó los cafés y el queque.
-¿Se animan o no? –insistió Cynthia-. Apuesto que gana Perú. Juega el loco Vargas –suspiró.
-Suspiras como si el loco fuera tu marido –dijo Marfe.
Más risas.
-Para mí, gana Uruguay –dijo el profesor Harol.
-Primero, qué apostamos –preguntó Marfe.
-Lo que quieras –dijo Cynthia.
-Si gano, pago los cafés de la siguiente clase, y si pierdo…
La mesera había subido el volumen del televisor que colgaba de la pared. El noticiero informaba del hallazgo, esa mañana, del cadáver de una joven mujer en el puente Atocongo. En la pantalla se veía a un grupo de policías subiendo una bolsa negra a una camioneta de la DININCRI. Lo más raro, dijo la periodista, es que la víctima tenía la cabeza rapada. ¿Estamos ante un grupo neonazi o ante un psicópata?, se preguntó. Tandas comerciales.
-¡Pota, qué horrible! –exclamó Cynthia.
-Hace poquito, mataron a un chiquita en Valparaíso –dijo Marfe-. Y la arrojaron al mar.
-Pota, qué feo –dijo Cynthia.
Ninguna de las chicas vio el gesto de satisfacción que se dibujó por un segundo en el rostro barbado del profesor Harol.
-Son cosas que pasan –dijo el profesor, moviendo su café después de echarle media cucharadita de azúcar-. Todos los días se mata, se nace, se muere.
-Yo no mataría ni una mosca –dijo Cynthia.
-Pero te intentaste suicidar –dijo el profesor-. ¿Ves que a veces no puedes controlar tus impulsos autodestructivos y destructivos?
-Pero matar es otra cosa –dijo Cynthia-. Prefiero estar muerta que pasarme la vida en la cárcel.
-Ningún crimen es perfecto –dijo Marfe.
-Ejemplo, Eva y Liliana –dijo Cynthia.
-¿Usted cree, profe, que Eva mandó matar a su propia madre? –preguntó Marfe.
-Quizá en un momento de furia, rabia, ofuscación –dijo el profesor-. No olviden que todos tenemos un Mr. Hyde en lo más profundo de nuestro corazón.
-Para mí que lo hizo instigada por Liliana –dijo Cynthia-. Su carita de monga no me gusta nada.
-Las investigaciones dirán si son culpables o no –dijo el profesor.
-¿Verá mañana el partido, profe? –preguntó Marfe.
-No –dijo el profesor-. Me voy el fin de semana a Tornamesa.
-¿Solo, o con la miss de mate? –preguntó Cynthia.
-No sé nada de ella –dijo el profesor-. Encontré su hi5, le mandé un mensaje, me dijo que me iba a agregar, pero nada.
-Mejor olvídela –dijo Cynthia.
-¿Y no nos invita a Tornamesa? –dijo Marfe-. Nosotras también queremos tomar un poquito de sol, respirar aire puro, bañarnos en el río.
-Si quieren, vamos –dijo el profesor Harol.
-¡¡Yupi!! –dijo Cynthia.
-¿Llevamos nuestros bikinis? –preguntó Marfe.
-Claro, tonta –dijo Cynthia-. ¿O te quieres bañar calata para que al profe le salga un orzuelo del tamaño de una pelota de fútbol?
Risas.
-¿Dónde te recojo? –le preguntó el profesor a Cynthia.
-¿Puede ser en Santa Anita? ¿O quiere ir a Carabayllo?
-Carabayllo es muy lejos. Que sea en Santa Anita.
-Frente a los bancos –dijo Cynthia-. A las nueve de la mañana.
-Perfecto.
-A mí me avisan cuando pasen por Huaycán –dijo Marfe-. No se vayan a ir solos.
El profesor y Cynthia sonrieron.
-Bueno, nos quitamos –dijo Cynthia-. Tenemos clase con la vieja de mate. No nos vaya a poner falta.
-Es bien jodida –dijo Marfe-. Mejor estaba la miss Bere.
-Ya no sigas que el profe va a llorar y no nos va a llevar a Tornamesa –dijo Cynthia-. Nos vemos, profe. Gracias. Cuídese.
-Ustedes también.
-¿Entra en la noche al chat? –preguntó Marfe.
-Un rato –dijo el profesor.
-Entonces allí ultimamos los detalles –dijo Marfe.
-Ya.
Las chicas se despidieron con un beso en la mejilla del profesor y salieron del cafetín. El profesor las imaginó con las cabezas rapadas, dentro de una bolsa negra.
***
-Asfixia –dijo el médico-. Le aplastaron el rostro sobre una superficie blanca, probablemente una almohada, hasta que sus pulmones explotaran.
-Puta, qué bestias –dijo el teniente Gonzáles.
-Ni tanto –dijo el doctor-. Fue una muerte suave comparada con lo que le hicieron al estilista.
-El cabrini debe haber sufrido peor que Cristo –dijo el mayor Huamán.
-Le metieron un polo de su equipo favorito en la nuca, lo ahorcaron, le metieron la cabeza dentro de una bolsa –el teniente Gonzáles se estremeció-. Lo más fácil es meterle un tiro en la nuca, y ya.
-Son asesinos inexpertos –dijo el mayor-. No han ido a una escuela de guerra.
-Ni han estudiado medicina –dijo el doctor.
Rieron con estrépito.
-¿Y por qué chucha le pelarían así la cabeza, como a Gianmarco? –preguntó el teniente.
-No solo la cabeza –dijo el mayor-. Le pasaron la máquina de afeitar hasta en sus partes íntimas.
-¿Y por qué, doc? –preguntó el teniente Gonzáles-. ¿Estaba loco o qué mierda?
-Un loco no hace eso –dijo el médico-. Ni un asesino vulgar. El que lo hizo, lo hizo adrede: para no dejar ninguna huella. Incluso, le cortaron las uñas de manos y pies, por si acaso.
-Puta, no me diga que estamos ante un psicópata –dijo el mayor.
-Yo diría que sí –dijo el médico-. ¿O ustedes creen que un asesino le da un baño a su víctima, la acicala y la viste como la vistió para dejarla tirada debajo de un puente? Actuaron con total sangre fría.
-Yo estaba pensando que el asesino quiso decirnos algo al vestir así a su víctima –dijo el teniente.
-¿Qué pensó usted, Gonzáles? –preguntó el mayor.
-Metafóricamente, quiso decirnos que la mujer era una puta.
-¿A quién se les dice putas? –preguntó el mayor. Él mismo se respondió-. A las infieles, ¿no?
-Quizá el marido descubrió que era un cornudo.
-¿No creen que la muertita era demasiado joven para estar casada? –preguntó el mayor Huamán.
-A esa edad las mujeres están en la universidad.
-Por lo pronto, en mi universidad no se ha reportado ninguna alumna desaparecida –dijo el teniente.
-¿RENIEC ya envió los datos de la víctima? –preguntó el médico.
-Todavía –dijo el mayor.
-Como siempre, esos burócratas hueveando –masculló el médico-. Sin sus datos no vamos a poder hacer nada.
-Deberíamos tener acceso a sus archivos directamente –dijo el mayor.
-La atacaron por sorpresa –dijo el médico-. Por la espalda. Hay hematomas en la nuca y en los muslos.
-¿Se la estaban dando por el chico? –preguntó el mayor Huamán.
-Exacto –dijo el médico-. El desgarro contranatura es reciente.
-Puta, para mí que la mujer se resistió cuando le estaban inaugurando la falsa vía –dijo el teniente-. El marido se empinchó, y la mató.
-¿Ustedes matarían a sus mujeres si no se dejan penetrar por el chiclayo? –preguntó el médico.
-Yo lo intentaría la siguiente vez –dijo el mayor.
-¿Y tú, Gonzáles?
-Gonzáles todavía le es fiel a manuela –dijo el mayor, soltando una sonora carcajada.
El médico también rió.
-¿No hay una cachimba que te atraiga, teniente?
El teniente pensé en la rubia que siempre andaba con el profesor de literatura.
-Siempre hay algo –dijo.
-Hay que leer más a Neruda, a Vallejo –dijo el médico.
El teniente sonrió.
-¿Cuántos años tendría, doc? –preguntó el mayor.
-Veintiuno, veintidós.
-Un escritor colombiano dijo que es un pecado vivir más de veinticinco años –dijo el teniente.
-Y seguro se mató a esa edad –dijo el mayor.
-Exacto –dijo el teniente.
-Los poetas y los escritores son suicidad en potencia –dijo el doctor-. Había una poeta inglesa que metió su cabeza en el horno de gas y se mató.
-Sylvia Plath –dijo el teniente Gonzáles.
-No recuerdo cómo chucha se llamaba, pero solo una loca hace eso, ¿no?: matarse siendo tan joven y bonita.
-Había un médico-poeta, Lucho Hernández, que se arrojó a las líneas del tren allá en Buenos Aires –dijo el teniente-. Solía escribir sus versos en cuadernos escolares y con plumones de colores.
-Puta, ni la ciencia escapa de la locura –dijo el médico-. Espero que usted no termine así, teniente.
-Matándose con la pistola de reglamento –añadió el mayor.
El teniente rió, se inclinó a recoger la bala que se le había caído.
-Cuando vea mi nombre escrito con letras de bronce en la historia de la DININCRI, quizá lo haga.
-Resuelva el caso de las Fefer, y pasará a la historia, teniente –le dijo el médico.
-El caso es sencillo: las cabritas son las asesinas –dijo el mayor.
-Lily le dijo a Eva matemos a tu mamá y nos repartimos tu herencia –dijo el teniente-. Qué simple. ¿Y todo por una chucha?
-¿No hacemos peores cosas por una chucha? –preguntó el médico.
-Tiene razón, doc –dijo el teniente-. Pero mientras no tengamos los datos de la RENIEC, no podremos hacer nada. Y mañana es sábado.
-Y juega Perú –dijo el mayor-. ¿Apostamos unas chelitas?
-Claro. Pero ya se sabe que pierde Perú. Los uruguayos tienen garra y acá se la juegan todo.
-En ese caso, un parcito por cabeza y un cevillano –propuso el médico.
-Es lo justo –dijo el mayor.
-De acuerdo –dijo el teniente-. Ahora me quito, me han dejado una novela media jodida para leer: El doctor Jekyll y Mr. Hyde.
-Carajo, ¿usted está estudiando medicina o literatura, teniente, ah? –le espetó el médico, serio.
-Medicina –dijo el teniente. Y riendo, añadió-. Para mirarles el culo a las muertas.
Risas.
***
-¿Cuánto cobras por tus servicios? –le había preguntado a la chica.
Era alta, delgada, bonita, joven, tenía los cabellos pintados de rojo. Llevaba una blusa blanca, escotada, se podía ver el nacimiento de sus senos redondos, duros, una minifalda roja y unos pantys negros cubriendo sus largas piernas. ¿Qué hacía una chica así en una maloliente calle? Una mariposa en el charco, pensó el hombre.
-Veinticinco soles –dijo la chica, mirando al hombre vestido de negro y con la mitad del rostro cubierto por una chalina-. ¿Vamos?
Hacía frío esa noche de setiembre. Un par de clientes más y se marcharía.
-¿Dónde atiendes?
-Acá en la vuelta, en Emancipación. ¿Vamos?
-¿No atiendes a domicilio? –preguntó el hombre.
-¿Dónde vives? –preguntó la chica, alisándose los cabellos rojos.
-En Magdalena.
-Pero me vas a tener que dar para el taxi –dijo la chica. Se llevaría los veinticinco soles completos, no tendría que dar los cinco soles por la mugrienta cama, quizá hasta se ganaría una taza de café. El hombre tenía traza de ser tranquilo, no era como esos obreros que los viernes y sábados tomaban por asalto Caylloma apestando a alcohol y sudor.
-No te preocupes. Si quieres, te traigo en mi carro.
-Ah, mejor –dijo ella-. ¿Vamos?
-Vamos pues.
Llegaron a la avenida Nicolás de Piérola.
-Espérame aquí cinco minutos –dijo el hombre-. Voy por mi carro.
-Ya.
-¿Cómo te llamas?
-Rossana. ¿Tú?
-Agustín. Me esperas entonces.
-Sí.
Menos de cinco minutos después, Rossana subió al auto de Agustín. Era un auto con las lunas polarizadas. Doblaron hacia la avenida Garcilaso.
-¿Cuántos años tienes, Rossana?
-Veinte –dijo la chica-. ¿Y tú?
-Cuarenta.
El auto avanzaba lentamente por los trabajos en el Paseo de los Héroes Navales. La capital parecía una ciudad bombardeada.
-¿Eres casado?
-Divorciado –dijo el hombre-. ¿Y tú?
-Madre soltera –dijo Rossana.
-¿Cuántos años tiene tu hijita?
-Tres –dijo Rossana.
-Lo tuviste chiquilla.
Ella asintió, se puso colorada.
Agustín abrió la ventanilla, le compró a un ambulante un par de chocolates Cañonazo, le convidó uno a la chica, come, endulza tu vida. Ella le dio las gracias y el le acarició las piernas enfundadas en el panty negro. En la radio Django cantaba, con su voz gruesa y viril, Cuando quieras, donde quieras.
-¿Tú no tienes hijos?
-Una hija –dijo el hombre-. Tiene dieciocho años. Vive con su madre.
-¿Y cómo te llevas con ella?
-No la veo hace cinco años –dijo el hombre-. Está en Chile con su mamá.
-¿Era chilena tu esposa?
-Sí. Una jodida. Tienes unas bonitas piernas.
-Gracias.
-¿No me das una chupadita?
-Claro –dijo Rossana-. Pero te lo voy a ensuciar con chocolate.
-No importa.
Risas.
Rossana se inclinó y se metió el miembro en La boca. Era gruesa y grande.
El auto al fin cruzó el atolladero y salió en el Paseo Colón. Allá estaba el Museo de Arte. Circundó la Plaza Bolognesi y entró la avenida Brasil.
-¿Te saco la leche? –preguntó Rossana, haciendo un alto a su labor.
-Mejor no –dijo Agustín-. No me vaya a estrellar.
Rieron.
Doblaron hacia la Marina y después entraron a Sucre y volvieron a doblar hacia la calle Huamanga. Se abrió un portón a control remoto y entraron.
-Bonita tu casa –dijo la chica, mientras subían por una escalera de caracol hacia el segundo piso.
-¿Dónde vives tú?
-En el Agustino –dijo la chica.
-Agustín – Agustino –dijo el hombre-. Qué casualidad.
La chica sonrió.
-Adelante, princesa –Agustín abrió la puerta de la sala.
-Pasu machu, ¿tantos libros tienes? –preguntó Rossana, viendo una pared cubierta de libros-. ¿Eres escritor?
-Profesor de literatura –dijo el hombre.
-Qué bien –dijo Rossana-. Pareces Vargas Llosa.
Agustín sonrió.
-Ponte cómoda –le señaló un sofá.
-Gracias.
-¿Un vinito?
-Claro –dijo la chica.
Agustín abrió un mueble y Rossana vio varias botellas de vino. Parece que esta era su noche de suerte. No todas las noches una se encontraba con un profesor de literatura en su camino. Quizá podía tenerlo como cliente fijo. Eso hacían sus amigas: se encontraban con un hombre decente y lo convertían en su cliente habitual y salían lo menos posible a la calle. Todo dependía de ella, tenía que esmerarse en atenderlo, aceptar todo lo que le pidiera, bien valía el sacrificio.
-¿Te gusta la música instrumental? –preguntó el hombre.
-Sí –dijo la chica.
Agustín puso un disco en el equipo y una suave melodía subió por los aires como una mariposa.
-Cuando tú no estás –dijo el hombre-. De Manuel Alejandro interpretada por la orquesta del francés Franck Pourcel. La habrás escuchado en la voz de Raphael, ¿no?
-Sí –dijo Rossana.
Brindaron y se besaron. Después Agustín le dijo para ir a su habitación. Allí había una cama de dos plazas, una mesa de noche sobre la cual había un libro delgado. El doctor Jekyll y Mr. Hyde, leyó la chica.
Se desnudaron y el hombre estuvo un buen rato metido entre las piernas de la chica, después la penetró y terminó casi al instante.
Descansaron y Agustín trajo la botella de vino y las copas y continuaron brindando. Rossana pensó que esa noche era su noche de suerte. Con un poquito de suerte más, podría terminar convertida en amante del profesor de literatura y quién sabe si más adelante… Tantas cosas más podían pasar más adelante.
Con una succionada le devolvió la vitalidad al miembro del hombre.
-Me pongo detrás de ti –le dijo él.
-¿Quieres dármela por el chico?
-¿Te gustaría?
-Claro. Pero me va a doler: la tienes grande y gruesa.
-Te lo haré con amor.
-Para no matarme. Eres zapatón.
Rieron con ganas.
El hombre la tenía ensartada por atrás y presionada por los muslos. Rossana estaba de cara sobre la cama, quieta como una muñeca, pensando que las siguientes veces sería menos doloroso, que la siguiente vez podría quedarse un fin de semana con el profesor de literatura, cuando sintió que una garra le presionaba la nuca. ¿Qué te pasa, huevón?, iba a protestar, pero no lo hizo, quizá el profesor gozaba así, pero, a los pocos segundos, la sorpresa inicial se transformó en terror: la garra le había hundido el rostro en la almohada y ya no podía respirar.
(CONTINUA)
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Estoy intentando escribir una novelita policial, veremos qué sale. Ese es el esbozo del primer capítulo. Hay que leer a Simenon, a la Cristhie, pero, bueno, intentémoslo robándole un poco de tiempo a "El castillo olvidado". El título no es muy original, si encuentro otro mejor, lo cambiaré y ojalá que las ganas de hacerlo sigan como hasta ahora.