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viernes, 5 de junio de 2009

El inquilino


Fundar un pueblo, como lo hicieron Faulkner, Onetti, Rulfo, García Márquez, donde transcurra la historia que voy a contar. ¿Qué nombre ponerle? ¿Santa Inés, donde vivió Paola y dormí en una oportunidad? ¿Santa Eulalia, a donde solía llevarnos la profesora Rosa Segura en los ya lejanos días de la primaria?
Una ciudad inventada, de calles limpias, con un enorme parque lleno de ficus donde siempre correteen los niños. Una ciudad sin perros ni gatos.
Pongo a hervir un poco de agua para prepararme un café. Está fría esta mañana de junio. El verano tardó en irse, y ahora los días son nublados y con garúa. Leo Dan canta El radio está tocando tu canción. Las guitarras, los violines y las trompetas vuelan por la habitación como mariposas para terminar estrellándose en la ventana sucia por donde apenas entran jirones de un pálido y desganado sol. ¿Me reasignaré algún día? ¿Dejaré quizá mis huesos en Vallecito? No hay que perder las esperanzas, me digo como consuelo.
Media cucharadita de Nescafé, una de azúcar. “Empezar el día con una taza de café estimula el organismo y despeja la mente”, dice en el envase. Quizá hubiera sido mejor quedarme en mi UGEL, tener un poco de paciencia. ¡Hasta Pedrito se nombró, y todavía en el Edelmira!
Escucho que se abre una puerta, la puerta del patio. Voy a la ventana. Allí está Claudia, cruzando el patio con un balde de agua hervida. ¿Sabrá que la observo?: mueve con gracia el redondo trasero. El gato va tras ella. ¿Habrán dormido juntos? Lleva un pijama rosado con florcitas verdes y celestes. Una toalla en los hombros.
Cierra la puerta. Puedo imaginarme al gato mirándola desnudarse, echarse agua, jabonarse, echarse agua, secarse. El agua de jabón se escurre por debajo de las planchas de triplay. Hay una planta de tomate con algunos frutos ya maduros.
Más allá están los cerros llenos de chozas. Quizá debería de pensar en comprarme un terrenito allí para no pagar alquiler toda la vida. ¿Cuántos años más estaré en Vallecito? Vine por dos años y ya estoy el doble.
La puerta se abre. Claudia tiene la toalla alrededor del cuerpo. Sus hombros parecen dos lunas. Cruza otra vez el patio seguida por el minino.
El café se ha enfriado.
Toc, toc.
–¿Sí? –pregunto. Debería de decir ¿sí, Claudia?
Bajo el volumen de la laptop.
–¿No tendrá un poco de azúcar para que me preste hasta que llegue mi mamá, profesor? –pregunta desde el otro lado de la puerta en uno de cuyos marcos descubro un montoncito de bolitas amarillas que han formado los restos del banquete que se han dado las polillas. Ojalá que la puerta no se caiga antes de diciembre.
Abro la puerta. Claudia lleva un buzo azul y un polito blanco. Tiene los cabellos húmedos. ¿No tendrá frío? Yo estoy con medias y chalina. El gato ronronea junto a una de sus piernas. Meterle una patada, hacerlo volar por los aires.
–Hola.
–Hola, ¿qué tal?
–Bien. ¿Usted?
–Bien también. ¿Cuánto de azúcar necesitas?
–Poquito nomás. Para mi desayuno.
–Espérate un ratito.
¿Cuánto será un poquito? ¿Tres, cuatro cucharadas? ¿Quizá cinco? Con cinco tiene suficiente.
–Mucho frío, ¿no, profesor?
–Ah.
Le entrego el azúcar en una bolsita. Me da las gracias y se va.
Una ciudad imaginaria. Mejor debería de pasar a limpio Ayacucho era un campo de batalla pero me faltan algunos detalles del mirador del cerro Acuchimay y del antiguo CRAS de donde se fugó Edith Lagos. No se fugó, la rescataron a sangre y fuego. Escribe sobre nuestro pueblo, me había pedido mamá días antes de morir. Si no se hubiese muerto, seguiría yendo y viniendo todos los días de Pueblo Seco. Dos horas de ida y dos de vuelta. Odio este frío de Vallecito, esta humedad que se te mete a los pulmones, esta garúa incesante. Mi pueblo tiene que estar en un lugar donde siempre haya sol. Un lugar entre Chosica y Chaclacayo. Un lugar junto al río donde los niños se bañen así como lo hacíamos Viejo, Pelusa, Lube, mi hermano John y yo durante nuestra niñez.
Toc, toc.
¿Qué querrá ahora esta chiquilla?
–¿Sí?
Silencio. Seguro se quemó la lengua, o botó el azúcar y ahora viene por más.
No hay nadie en el pasillo. Debo haber imaginado que tocaban la puerta.
Primero debería de escribir a mano, después pasarlo a la computadora corregir allí.
Toc, toc. Llaman otra vez.
–¿Sí?
Silencio. O es un fantasma, o es ese gato del demonio. Un palazo y lo dejaré fuera de combate.
Abro la puerta con la escoba al aire.
–¿Podría ayudarme con mis tareas, profesor? –es Claudia, que mira sorprendida la escoba en alto. Estaba quitando las telarañas, le digo–. Hay unas analogías que no entiendo.
–Pasa.
–¡Una laptop!
La mira al derecho y al revés, teclea, abre carpetas.
–¿Cuánto le costó?
–Un ojo de la cara.
–¿Tiene internet?
–No.
–Qué piña. Le iba a enseñar mi hi5. ¿Por qué no le dice a mi mamá que le ponga internet?
–Más adelante. Aún tengo deudas.
–¿En qué gasta su plata?
–Ayudo en los gastos de mi casa. Luz, agua.
–Pero usted vive aquí.
–Acá gasto más: desayuno, almuerzo, cena, habitación.
Miau. Allí está el gato, caminado con parsimonia.
–¿No tendrá un pedazo de pan seco para Cazador? El pobre anda con hambre, mi mamá no nos dejó nada.
Su mamá. ¿Será cierto lo que los chicos dicen de ella?
Le doy la mitad de un pan que he guardado para mi lonche.
–¿Quieres uno?
–Claro. Gracias.
Abro un pan, le echo una jamonada y se la doy.
Reviso sus ejercicios. El secreto es que la oración tenga lógica, sentido. Vas descartando las alternativas que no tengan sentido, que sean absurdas, y listo. Parece fácil. Es fácil.
Escuchamos que abren el portón de la calle.
–¡Mi vieja! –dice Claudia–. Me quito.
Se va seguida por el gato.
***
La música, que se había elevado como un águila hacia las alturas, descendía ahora como un arpón, certero, preciso, para clavarse en el lomo de Moby Dyck. Agustín se arrellanó en el sofá, cerró los ojos, se dejó llevar por la melodía que otra vez era un mar en calma, una playa de blanca arena, un cielo azul cruzado por una bandada de gaviotas. Una mujer echada sobre una toalla, sus senos apuntando hacia el sol como queriendo derribarla.
Después de la calma, la tormenta: los instrumentos volvieron a atacar con el ímpetu de una caballería.
Toc, toc, llamaron, unos toques suaves en la puerta.
–¿Sí?
–Soy Niurka.
Niurka, la del departamento del frente, la chica recién casada, habían hablado un par de veces, que se había mudado hace poco.
Agustín abrió la puerta. Allí estaba Niurka, joven, hermosa, rubia, los ojos verdes como un prado infinito. Llevaba pijama y sandalias. Dando vueltas alrededor de su pierna izquierda, estaba el gato.
–¿No tendrás un poco de azúcar para que me prestes? –dijo. Su pijama estaba cubierto por filamentos dorados. Pelo de gato. ¿Había dormido con el gato?–. Mi esposo se fue a pasar el fin de semana con su mamá y olvidé hacer las compras. Y con este frío, ni ganas de salir dan.
Sonrió.
–Voy por el azúcar.
–Gracias.
Agustín cruzó la sala hacia la cocina. La música, ahora a bajo volumen, era otra vez suave como un arroyo deslizándose desde las montañas por entre las piedras redondas, pulidas. El parquet reluciente, las paredes pintadas de blanco humo, un cuadro de Llona.
La azucarera reluciente.
Otra vez la sala. El último acorde antes del silencio. Un par de sillones, un sofá, una alfombra persa, un televisor gigante, el equipo de sonido, la pila de discos.
Niurka en la puerta.
–Aquí tienes. ¿Será suficiente?
–Sí. Gracias. Luego te lo devuelvo.
–No te preocupes.
Una sonrisa. Las manos delicadas recibiendo la azucarera, los dedos largos, delgados, delicados, frágiles, las uñas crecidas, cubiertas con una capa de barniz.
El gato dio un paso, ¿vio un ratón?, otro paso y cruzó el umbral de la puerta.
–¡Fernanda!
Era gata.
Fernanda se detuvo, volvió sobre sus pasos.
–Pensé que era gato.
Niurka sonrió, el gato, o la gata, en los brazos. Tenía una sonrisa de niña tonta. Agustín no se la podía imaginar desnuda, haciendo el amor.
–Nos vemos.
–Chau.
Agustín apagó el equipo de sonido, se puso una chalina en el cuello y salió.
Las veredas estaban mojadas por la llovizna de la víspera. Agustín iba esquivando los charcos como cuando era niño e iba al colegio cuidando de no estropear sus relucientes zapatos.
Compró los diarios, pan, yogur, queso.
Antes de regresar, dio una vuelta por el cercano parque. Un par de viejos y una chica trotaban, una mujer paseaba un diminuto perro bien abrigado. El jardinero de la municipalidad trataba de componer el estropicio causado por los muchachos la noche anterior. Flores pisoteadas, botellas rotas, colillas de cigarros. El hombre hizo una mueca de asco al encontrar un preservativo entre las flores aplastadas.
–La juventud está cada vez más perdida –masculló.
Agustín le dio la bolsa con lo que había comprado. Escuchó un gracias mientras se alejaba.
Volvió al edificio.
Las noticias parecían repetirse todos los días: choque de buses, bellas chicas detenidas en el Jorge Chávez al pretender abandonar el país con los estómagos atiborrados de droga, crímenes pasionales, incestos.
Toc, toc.
Despertó. Se había quedado dormido. Los diarios estaban esparcidos por el suelo.
–¿Quién?
Silencio.
Abrió la puerta: el pasillo lucía solitarios, los demás departamentos estaban con las puertas cerradas.
Debió ser mi imaginación, pensó, cerrando la puerta.
Fue la a la ventana: el horizonte estaba envuelto en una pesada capa de niebla. Solo se oía el rumor del mar, el golpe de las olas en los peñascos.
Pensó en Niurka, en su pijama lleno de pelusilla. Sus sábanas estarían igual, las colchas, el piso. Suerte la de la gata.
Buscó el disco de Haydn, lo puso en el equipo.
Toc, toc. Esta vez sus oídos no le mentían: toc, toc.
–¿Sí?
–Soy yo, Niurka –su voz era como un haz cruzando la tiniebla.
Niurka, le devolvería el azúcar, le daría las gracias, cerraría su puerta y la vida continuaría como siempre, alguna vez se encontrarían en el ascensor, en las reuniones de inquilinos para hablar sobre seguridad.
No abrir la puerta, prolongar la esperanza.
Llevaba un vestidito celeste que le daba un aura virginal, unos aires de hada. Fernanda estaba enredada en su tobillo izquierdo.
Le extendió la azucarera. Le dio las gracias.
–De nada –por un segundo sus dedos se tocaron.
Agustín tembló ante ese contacto.
–Quería invitarte a almorzar…
¿No era una mujer casada?
–Mi marido recién regresa el lunes –dijo, como si le adivinara el pensamiento.
Y tenemos todo el fin de semana para nosotros.
–Hoy cumplo años…
Agustín la miró, incrédulo.
–Si quieres, traigo mi DNI.
–No es necesario. ¡Feliz cumpleaños! –le dio un beso en las mejillas. Aspiró el aroma de su piel–. Claro que te acepto la invitación.
Niurka sonrió.
–Ven que el saltado ya está casi listo –dijo.
–Un segundito, voy a apagar el equipo.
–Entras nomás.
–Ya. Gracias.
¿Qué regalo llevarle? ¿Un disco? ¿Escucharía a Mozart? Un vino.
Estaba a punto de salir del departamento, cuando vio venir a Xiomy.
–¿Tendrá tiempo, profe?
–Voy a salir.
A veces solía darle clases.
–Vuelves después.
–¿A qué hora?
–Cuatro, cuatro y media, cinco.
–Bueno, regreso a esa hora –dijo la chiquilla.
Xiomy se fijó en la puerta abierta del frente, le miró. Él no dijo nada. Espero a que ella desapareciera de su vista para entrar el departamento del frente. Cerró la puerta con suavidad.
–¿Se puede?
–Pasa nomás –le dijo Niurka desde la cocina.
Era un departamento similar al suyo, pero con un toque femenino, coqueto: floreros con rosas, peluches en un estante, una pared llena de fotografías: Niurka y su marido cuando eran enamorados, los dos sonriendo, el día de su boda con un vestido blanco de larga cola, en ropa de baño en el Caribe.
–¿Con quién hablabas?
–Con Xiomy. A veces le doy clases.
–Ah, ya –dijo Niurka.
Salió de la cocina llevando los platos.
–Te traje esto.
–Gracias. Siéntate.
–Gracias.
Se sentaron frente a frente. Agustín descorchó la botella y sirvió el vino. Brindaron: por tu cumpleaños, por tu presencia aquí.
–Excelente vino –dijo Niurka.
–Excelente lomo saltado –dijo Agustín–. Tienes buena sazón.
–Gracias por tu cumplido –dijo la joven mujer. Añadió, con un dejo de tristeza en la voz–: Ojalá mi marido dijera así.
–¿Qué tal la vida matrimonial? –preguntó Agustín, mientras ensartada una papa con el tenedor.
–Yo esperaba otra cosa –dijo Niurka–. Imagínate, es mi primer cumpleaños como casada y mi marido prefirió ir a visitar a su mamita.
–¿No te llevas bien con tu suegra?
–Está media loca. Ella cree que le he robado a su hijito.
–Así pasa a veces.
–Bueno, pero no hablemos de cosas que no valen la pena –dijo Niurka–. ¿Qué hay de ti?
–Digamos que todavía no he hallado al amor de mi vida –dijo Agustín.
–Caramba, un hombre joven, guapo, inteligente. Tus alumnas estarás loquitas por ti.
–Sería bueno –dijo Agustín–, pero no, ellas prefieren chicos de su edad con quienes salir a bailar, a tomar.
–No me digas que ya te sientes viejo y aburrido.
–Claro que no.
Volvieron a brindar.
–¿Qué haces en la noche? –preguntó Niurka.
–Nada. ¿Por?
–Si te invito a bailar, ¿aceptas?
–Creo que no tengo otra salida, ¿no? –dijo Agustín–. Es tu cumpleaños y hay que complacerte en todo, ¿no?
–Ajá –dijo Niurka, con una amplia sonrisa dibujada en su rostro.

***

–Qué frío de mierda, ¿no? –dijo Abel.
Estábamos en la biblioteca del colegio. Era el recreo, y como todos los recreos desde que llegué al 7080, tenía a mi cargo el control de los libros. Menos mal que Jacky y Lidia me apoyaban voluntariamente.
–Mmm. No sé cuándo me reasignaré.
–Mejor búscate una hembrita.
–Mi imagen ya está quemada aquí.
–La Masías está buena.
–¿No está con Benites?
–Pero ese tío nunca le va a ofrecer matrimonio.
–¿Casarme con la chola para que la loca se ría? No, amigo, paso.
–Cuando ella se case con Rafael, todo el mundo se va a reír.
–Cosa de ellos, ¿no? Al menos ya sé qué clase de gente es. ¿Qué dice la Carmencita?
–Con las justas me saluda la cara de flecha esa. ¿Sabes que me devolvió el broche que le regalé?
–No. ¿Cierto?
–Cierto, amigo. Me dijo ese día se lo iba a devolver, pero no quería hacerle pasar vergüenza delante de todos los colegas.
Me mato de la risa. Pobre Abel. Así estuve yo el anteaño pasado por Martha.
–Mejor lo hubiese tirado a la basura, ¿no?
–Eso lo hizo a propósito para hacerme sentir mal.
–Así son las mujeres cuando no te quieren. ¿Martha no me acusó de acoso sexual?
–Esa estaba loca.
Termina el recreo y cerramos la biblioteca y marcho al quinto año con Lidia y Jacky. Apenas unos cuantos alumnos se pusieron en pie.
–¿Leyeron el cuento que les dejé?
–Está difícil –dicen unos.
–No se entiende –dicen otros.
–Bueno, vamos a leer todos –digo –Saquen sus copias. ¿Empiezas, Jacky?
–Claro, profesor.
Jacky se pone en pie y empieza a leer Casa tomada. Ha crecido bastante, ya no es aquel palito de escoba de rostro pálido que andaba enamorada del hijo de la directora Alicia y me pedía consejos para conquistar a su adorado tormento.
–Lidia.
Lidia toma la posta, después Christian, luego Quino. El cuento da la vuelta por todo el salón. Para no complicar más las cosas, escribo un par de preguntas en la pizarra.
Salgo al balcón.

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