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viernes, 5 de junio de 2009

Ayacucho era un campo de batalla


1
El caminito que conduce al Mirador del cerro Acuchimay es empinado. Un escalón, otro escalón, uff, descansemos un ratito, Harol, que se sale Ximenita.
–Papá, hay que descansar –le digo a tu abuelo.
–¿Qué? –tu abuelo es medio sordo.
–Jimena dice que se sale Ximenita. Descansemos.
El viejo sonríe. Nos sentamos en las gradas. Reparto la gaseosa. Para Jimena, agua mineral nomás.
–Mira, amor.
Es una vieja pinta subversiva debajo de la delgada capa de pintura al agua. Esa la ha preservado del paso inclemente del tiempo. Abajo el nuevo gobierno represivo, Viva la lucha armada, PCP, han trazado con pintura roja. Al lado hay una hoz y un martillo.
Le tomo una foto. Entonces me doy cuenta que una cholita me está mirando con atención. No sé dónde la he visto. Tiene los cabellos negros, largos y lacios. Lleva pollera de múltiples colores y blusa de seda color celeste. En la espalda tiene una manta. Calza ojotas.
Vacilo entre seguir tomando fotos o guardar la cámara. ¿Por qué ese temor, Harol, si ya no estamos en guerra?, me digo, sin mucho convencimiento.
–¡Tíooo, tíaaa, abuelooo! –Nacho baja saltando de dos en dos las gradas.
Llega a donde estamos con la lengua afuera.
–Está luca para subir al Mirador –dice, señalando una especie de faro color blanco–. Dame para comprar las entradas.
Meto la mano al bolsillo, y al sacar las monedas, una de ellas rueda escaleras abajo.
Nacho corre para alcanzarla.
La moneda se detiene al pie de la chica, ella lo recoge y se la entrega a tu primo. Él da la media vuelta y regresa sobre sus pasos.
–Se dice gracias –le digo.
Me mira extrañado.
–¿Vamos? –dice tu mamá.
Reanudamos la ascensión. Un paso, una grada, otro paso, otra grada. Ah, si esta niña caminara, tu mamá se acaricia la barriga, me quitaría un buen peso de encima. Paciencia, mujer. La próxima, Ximenita va a subir solita. Ojalá, amor, ojalá, o tendremos que subir en burro.
Nos besamos. Abro los ojos cuando siento que nos observan: es la cholita de la moneda que tiene los ojos puestos en nosotros.
–¿Pasa algo, amor?
–Nada. Subamos.
Desde el Mirador, se tiene un amplio panorama de la ciudad: allí está la Plaza de Armas con su monumento ecuestre a José Antonio de Sucre, Mariscal de Ayacucho y conductor de la gesta heroica de la Pampa de la Quinua. Cruzando la calle, está la Catedral, una de las treinta y tres iglesias que hay desperdigadas en la ciudad y que han hecho a Ayacucho conocida por su fervor religioso. Al lado está la antigua sede de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga a donde llegara Abimael Guzmán a inicios de los años sesenta del siglo pasado para desempeñarse como profesor. También se distingue la Subprefectura, el Hotel de Turistas. Desde donde estamos, las personas parecen hormigas yendo para aquí y para allá.
–Hermosa vista –dice tu mamá, utilizando una mano como visera: el sol quema inclemente este mediodía de julio–. Quién va a pensar que Ayacucho era un campo de batalla.
Nadie, nadie que recorra sus calles y las encuentre libre de soldados, marinos, sinchis, ronderos, terroristas embozados en ambulantes, barrenderos, despistados campesinos, niños de rostros cuarteados por el frío de las alturas que esconden en las mantas un petardo o una pistola. Nadie que se encuentre en medio de la calle con un cadáver que en el cuello tenga colgado un cartel que diga Así mueren los soplones, Viva el PCP.
La cholita se ha sentado en una capillita que hay al final de las gradas y está chacchando. La veo sacar la coca de una bolsita, separar las hojas, doblarlas y llevárselos a la boca.
–A tu mamá le hubiese gustado estar aquí –dice tu abuelo.
–Mmm –es lo único que digo.
Sí, a tu abuela le hubiera gustado. Le gustaba ir a Huanta, Cangari, Luricocha. Alguna vez estuvo aquí con tu tía Mariana. En agosto de 1980, tus abuelos y tus tías Flora y Dora estuvieron en Huanta y Jiljarajay. La guerra había empezado hacia tres meses atrás con la quema de las ánforas electorales en Chuschi, pero todavía pasaba desapercibida, Belaunde decía que era cosa de Abigeos.
–Tío, un sol para una gaseosa –me pide Diego.
Saco una moneda de cinco soles para que compre una familiar. El calor es insoportable. Parece un día de verano.
Cuenta la leyenda que días antes del inicio de la guerra, Abimael y sus huestes estuvieron en este mismo lugar y prometieron incendiar la pradera. Vaya que casi lo consiguen.
Sigo con la vista la avenida Bellido hasta toparme con el antiguo CRAS de Ayacucho donde estuvo recluida Edith Lagos y de donde fue rescatada a sangre y fuego en marzo de 1982. Al otro extremo de la ciudad está el panteón en donde descansan sus restos.
¿Edith Lagos también habrá estado en este lugar? ¿Habrá contemplado la capital ayacuchana como lo hacemos nosotros? Veinticinco años después de su muerte, Huamanga no es la misma. Se puede decir que ahora es una ciudad moderna. Hay cabinas de internet en cada esquina, las mototaxis han tomado las calles como plagas, la gente anda bien a los celulares. Claro que también los cerros están llenos de chozas. ¿Abimael la reconocería, él que se preciaba de conocer la ciudad de memoria?
–¿Nos vamos, amor? Me ha dado sueño.
–Vámonos, chicos.
Tus primos echan a correr como atletas.
–Esos muchachos parecen cabras –dice tu abuelo–. No pueden andar como gente.
Bajamos por la parte de atrás del Mirador. Hay un caminito de tierra. En los muros de adobe, aún sobreviven las viejas pintas de la guerra: Abajo el costo de vida, Paro nacional 15 y 16 enero, Viva la lucha armada, PCP. Siempre la hoz y el martillo.
Saco la cámara, cuando escucho un grito: Diego ha tropezado y caído.
Apuramos el paso. La chica de la moneda está allí, de cuclillas, consolando a Diego.
Corro.
Antes de llegar donde están tus primos, se chica se para y se pierde en una callejuela.
–¿Qué pasó?
Diego sangra por la nariz.
–¿Quién era la chica que les ayudo?
–¿Cuál chica, tío?
La de la moneda, voy a decir, pero llegan tu mamá y tu abuelo. Les dije que no corretearan así. Solo es un golpe. Échale agua en la cabeza.
–¿De dónde sacaste este pañuelo?
–Estaba en el Mirador.
Es un pañuelo que alguna vez fue blanco. Tiene bordado las iniciales EGLS en una esquina.
Al fin Diego deja de sangrar.
–Espérenme un minuto. Voy a tomar fotos a las pintas.
En lugar de tirar el pañuelo ensangrentado, lo envuelvo en papel higiénico y me lo guardo. ¿A quién habrá pertenecido? EGLS, repito mientras tomo las fotos.
Regresamos al hotel.
***
La oscuridad se tragó el bello rostro de Emperatriz, su boca de labios rojos recién pintados, sus grandes ojos grises de gata en celo, su naricita respingada, justo cuando la iba a besar.
Las explosiones empezaron a sucederse uno tras otro.
–¡Arolchaaa!
Esa era la voz de mi mamá.
–Me voy.
–¿Vuelves? –preguntó Viejo.
Antes que le contestara, sentí los labios de Emperatriz sobre los míos. Eras suavecitos.
–¡¡Arooochaaaaa!!
Salté la pared de don Navarro, crucé la calle de tierra y cascajo, abrí el portón y entré. Juancho y Bibi lloraban asustados, Mariana y Flora estaban en silencio.
–Fíate dos velas y un fósforo.
–Ya, mamá.
Los perros ladraban. Me apuré, daba miedo la oscuridad.
Unas sombras pasaron de prisa, parecían caballos. ¿Quiénes serían? Parecía que llevaban escaleras, costales.
Don Ceferino me atendió por su ventana nomás. Aparte de las velas y el fósforo, me fié un sol de galleta de agua. Vaya con cuidado, vecinito.
Me apuré en regresar a mi casa.
En el camino me encontré con los tres hermanos. Les convidé galleta.
–¿Ya no van a jugar?
–Las jermas se asustaron y se fueron.
–¿Te la chapaste?
–No –dije.
–¿Cachorro no ha ido con ustedes? –preguntó Mariana.
–No.
–Dónde se habrá metido ese perro.
–¿Lo buscamos? –preguntó Pelusa, que siempre había estado medio enamorado de mi hermana.
–Es peligroso salir en esta oscuridad –dijo mi mamá–. Vengan a tomar sopa caliente.
Mamá prendió una vela. La olla estaba sobre el fogón. Olía rico.
–Dónde se habrá metido Cachorro.
–No hables de ese garrapatozo en la mesa.
–¿Se callan? –dijo mamá.
Don Caldas le había regalado Cachorro a mamá porque se había llenado de garrapatas. Papá lo había bañado con petróleo, pero los bichos seguían ahí, bebiéndose la sangre del pobre animal que cada día estaba más flaco.
Papá cerró los ojos y juntó las manos para agradecer a Jehová por los alimentos. Justo en ese instante otra tanda de explosiones remecieron los cerros que circundaban La Realidad.
Salimos a ver. En el cerro del frente, donde los del Estenós prendían su antorcha en cada aniversario, empezó a dibujarse una hoz y un martillo.
En Chaclacayo, cruzando el río, empezó un tiroteo.
–Ojalá que a Carolina no le pase nada –dijo mi mamá.
Mi hermana Carolina trabajaba en la Central Hidroeléctrica.
–Hay que confiar en Jehová –dijo mi papá–. Si uno está de parte de Él, nadie puede estar contra uno, ni los comunistas.
***
–La única manera de acabar de acabar con la miseria en la que vivimos es levantándonos en armas –dijo el Chullañahui, con la misma voz que utilizaba para decirnos que la guerra con Chile la perdimos por culpa de los grandes.
Ese Quispe es un loco, decía mi papá. Desde que llegó a Yahuarpampa está con el cuento de la guerra popular. Mucho leer libros seguramente.
–¿Y qué es levantarse en armas, profesor Quispe? –preguntó Piquicha.
El Chullañahui lo miró con su único ojo. Era celeste, acerado, rodeado por una tupida ceja. Me recordaba a Polifemo. Siempre me prestaba libros el profesor. Tanto leer, tú también vas a terminar hablando de la guerra popular, me llamaba la atención mi papá. Una niña tiene que aprender a cocinar, lavar.
–Valicha, ¿quieres explicarle al compañerito lo que significa levantarse en armas?
–Levantarse en armas significa acabar con la clase dominante que tiene sumida en la ignorancia y la miseria a la gran masa de campesinos desde los tiempos de la Conquista –empecé, con la seguridad de quien ha estado atenta a sus discursos–. La clase dominante es la que siempre ha estado en el poder. Sus representantes más visibles son los hacendados o gamonales, las autoridades políticas, las fuerzas del orden y la iglesia. Hay que arrancarlos de raíz como a la malahierba porque mientras ellos existan, existirán los explotados y los explotadores.
El Chullañahui esbozó una sonrisa, él que nunca sonreía así nomás. Eso significaba que había aprendido bien la lección.
Qué se va a levantar en armas Ayacucho, decía mi papá. El ayacuchano prefiere romperse el lomo en las haciendas antes que empuñar el fusil. Mi papá era licenciado del ejército. El campesino es sumiso. ¿Algún campesino apoyó al Che Guevara en Bolivia? Ninguno.
–¿Algún otro compañero que quiera añadir algo más?
–Yo, profesor Quispe –Zenón levantó la mano–. Levantarse en armas significa exterminar a todos los lacayos del gobierno. Mientras no sean borrados de la faz de la tierra, siempre seremos pobres.
–También significa –intervino Fidelia Ninanya–, distribuir las tierras de producción en forma equitativa entre todos para que no haya tanta desigualdad social. Los hacendados son los que tienen las mejores tierras. Nosotros tenemos que conformarnos con estas tierras que apenas producen para vivir. Y esto no es justo.
El Chullañahui sonreía. Hasta su único ojo parecía mirarnos con más dulzura.
–¿Está clara la explicación de tus compañeros, Piquicha?
–Sí, profesor Quispe, pero tengo una duda todavía.
–¿Cuál es esa duda? Formúlala.
–¿Con qué nos vamos a levantar en armas si no tenemos armas?
El Chullañahui se puso serio otra vez. Este Piquicha es muy preguntón, pensaría.
Estábamos en Qqasi. Desde allí se veía Huanta, con sus techos de tejas rojas y calaminas que reverberaban con el sol de la tarde, debajo del imponente Razuwillca, cuyo blanco picacho parecía la barba de un viejo. Allí el agua es dura y uno se muere de frío, contaba mi abuelo que alguna vez llegó hasta allí.
Debajo de nosotros, al final de Pauca, discurría el río Cachi. Desde donde estábamos, parecía una serpiente de lomo plateado.
Ese río lo había cruzado mi abuelo Ignacio llevando un fantasma sobre sus espaldas muchos años antes que yo naciera. Era una madrugada, mi abuelo se dirigía a Huanta. Pasando frente a mama Bini, los burros se inquietaron. Arre, burros, que se hace tarde, los animó, pero los burros no quisieron avanzar. Vio a un hombre que iba y venía de la orilla como tanteando si cruzar o no. A mi abuelo se le escarapeló el cuerpo. Fantasma, pensó. Dicen que los fantasmas le tienen pánico al agua como el diablo a la cruz. Pero mi abuelo era valiente, si hasta se había enfrentado a una cabeza voladora. Tal vez sería algún borrachito. ¡Andando, burros! Lo saludó. Allinyachu, taita. Allinya, le contestó con una voz que no era de este mundo. ¿Me puede ayudar a cruzar al otro lado, por favor? Mi abuelo estaba medio asustado. Parecía un fantasma bueno, si no, hace rato que se lo hubiese tragado. Suba, le dijo. De un brinco el fantasma trepó sobre sus hombros. Era puro viento, no pesaba nada, ni se sentían sus formas. Se metieron al agua. Pobre fantasma, cómo le castañeaban los dientes cada vez que mi abuelo trastabillaba en alguna piedra resbalosa. ¿Tanto miedo le tendría al agua? Hasta que por fin llegaron a la otra orilla. El fantasma brincó al suelo, le dio las gracias y se marchó apuradito hacia el cementerio de Cascabel.
–Armas hay en todas partes –la voz del Chullañahui me trajo de vuelta a Qqasi. Había fuego en su mirada–. Arma es un palo, una piedra, una soga. Nuestras manos son armas poderosas.
Me miré las manos: eran enormes, fuertes como las de un hombre por trabajar la tierra, cortar la leña. Tenía suerte: mi primo Antonio tenía seis dedos en cada mano, igual que mi abuelo, a quien le decía Soqta.
–Armas somos nosotros –continuó el Chullañahui. Su voz era una hoguera que crecía y crecía–. Y nosotros somos cientos, miles, millones. Somos incontables como las estrellas que pueblan el universo.
Las lenguas de fuego cruzaron el río Cachi, arrasaron Huanta, el Razuwillca, marcharon a Huamanga.
–Arma es nuestro odio milenario a los mistis, a los hacendados, a los gamonales, al gobierno –el fuego había llegado a Lima.
Miré los rostros de mis compañeros: todos miraban arrobados al Chullañahui. Este parecía haber crecido hasta alcanzar la altura de Polifemo.
–Tenemos un arma valiosa, un arma que no lo tienen esos miserables que abusan de nosotros desde tiempos milenarios –los cielos se abrieron y empezó a llover fuego–: Nuestra vida, nuestra sangre. Y nuestra vida y nuestra sangre es más valiosa que la de ellos.
Calló. Parecíamos figuras pétreas dejados en la inmensidad de la puna. Nuestras vidas cruzarían abismos, saltarían barrancos, se enfrentarían a fieras, la ofreceríamos en aras de la libertad, del amor, del pan.
Nuestras vidas. Mi vida.
Hasta el opa Inquicha escuchaba con fascinación lo que decía el Chullañahui, él que nunca paraba quieto como si le salieran lombrices por el poto.
–Y cuándo nos levantaremos en armas, profesor Quispe? –rompió el embrujo César Huayllani.
–En Ayacucho hay un profesor que nos dirá cuándo –la voz del Chullañahui se tornó imperceptible como si murmurara un secreto –Se llama Abimael Guzmán. Solo él sabe el día y la hora en que comenzará todo. Pronto lo conocerán.
Repartió coca.
–Volvamos –dijo.
La noche estaba a punto de tocar nuestras puertas.
–A ver, Valicha, canta algo.
Respiré hondo y solté mi voz como para que me oyeran más allá del Razuwillca: No canta en vano el zorzal / ni el más humilde gorrión. / No canta en vano el zorzal / ni el más humilde gorrión. / No canta en vano el que espera ver flores y da la tierra, / ver flores y da la arena. / No canta en vano el que espera ver flores y da la tierra, / ver flores y da la arena. / Que todo canto tiene sentido y sentimiento, / que todo canto tiene sentido y sentimiento / para anunciar la mañana / o para perfumar el viento / o para perfumar el viento. / Para anunciar la mañana / o para perfumar el viento / o para perfumar el viento…

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2
Estoy frente al antiguo CRAS de Ayacucho: una fortaleza de cemento y piedra. No puedo estremecerme ante su visión. Allí estuvo encerrada Edith Lagos entre fines de 1980 hasta aquella noche del 2 de marzo de 1982 en que las huestes senderistas la liberaron a sangre y fuego.
–Tome la combi que pasa en la esquina –me dijeron en el hotel cuando pregunté cómo llegar al penal.
Eso hice.
El vehículo, después de recorrer la ciudad, salió de ella, pasó frente al cementerio, cruzó una barriada y se internó en el campo.
–¿Viene de Lima? –me preguntó una señora.
Le dije que sí.
–¿A quién viene a visitar?
¿A quién iba a visitar? A Edith Lagos. Tengo curiosidad por conocer el lugar donde estuvo detenida Edith Lagos.
–A un tío –dije, pensando en mi tío Lauro, hermano de tu abuelo–. Desapareció hace tiempo. Dicen que lo han visto en la cárcel.
–Pero hoy no podrás entrar –intervino la chica que iba sentada a mi lado–. Hoy es día de visita femenina.
Con razón el vehículo estaba ocupado solo por mujeres.
–Los hombres entran solo los domingos.
–Iré por si acaso. ¿Y ustedes a quiénes visitan?
–A mi esposo –dijo la señora.
–A mi hermano mayor –dijo la chica.
–¿Y de qué están detenidos?
Ambas guardaron silencio. La respuesta era obvia.
Entre la polvareda que levantaban los vehículos, distinguí una construcción de ladrillo pintada de anaranjado y coronada por una alambrada de púa. No se parecía en nada a la cárcel que yo había visto en una revista antigua.
–¿De allí escapó Edith Lagos? –pregunté.
–No –dijo la chica. Parecía profesora de inicial: llevaba un vestido beige –Este penal es nuevo. Ella se fugó de la antigua cárcel.
–¿Y dónde está la antigua cárcel?
–En la ciudad. Frente a la plazuela Bellido. Pero allí ya no hay presos. Ahora es una galería artesanal y sede de la UGEL.
La fila de mujeres que esperaban entrar a la cárcel de Yanamilla era larga. Había alboroto porque el día anterior dos presos, aprovechando el descuido de sus celadores, dejaron las escobas con las que estaban barriendo el patio de afuera y se dieron a la fuga.
CENTRO DE EDUCACIÓN OCUPACIONAL – C.A.
GALERIAS ARTESANALES
“Shosaru Nagase”
dice sobre un reluciente portón recién barnizado. Hay una bandera en lo alto. Como aún no es hora que la abran, decido dar una vuelta. El antiguo penal ocupa toda la manzana. Piedra y cemento, paredes altas. Dicen que los senderistas utilizaron escaleras de soga para saltar al otro lado. ¿Esas quiñaduras en las rocas habrán sido hechas por la fusilería senderista?
Esa sólida construcción no fue impedimento para que Edith Lagos y otros 78 subversivos fugaran, además de una buena cantidad de presos comunes. Apenas la defendían siete guardias republicanos, encima mal armados. Dos cayeron en acción, el resto, se escondió. Era imposible resistir tantos dinamitazos.
Vuelvo a la plazuela Bellido. Hay una estatua de la heroína, unos cuantos árboles y, no podía faltar, una iglesia cuya sombra se proyecta en la pared del antiguo CRAS. ¿La utilizaron los francotiradores senderistas? Quién sabe. Todo era posible en esos tiempos, hasta ocupar una ciudad y paralizar a sus defensores con el miedo, pánico, terror en la más completa oscuridad.
–¿Le lustro los zapatos, señor? –me dice un chiquillo de mejillas cuarteadas–. Es un solcito nomás.
Me siento en un banco.
–¿Cómo te llamas?
–Brayan, señor.
–¿Cuántos años tienes, Brayan?
–Doce, señor.
Tiene doce años y tiene el tamaño de Diego que tiene nueve años.
Al fin el portón se abre. Veo entrar a chicas con uniforme azul. Deben de ser empleadas de la UGEL Ayacucho.
–¿Dónde vives, Brayan?
–En Huamanguilla, señor.
–¿En qué año estás?
–En cuarto grado, señor.
Está subiendo las gradas. Es la chica del Mirador: la misma pollera, la misma blusa, la manta de colores vivos cruzada en la espalda.
–Le falta el otro zapato, señor.
Saco una moneda y se la arrojo. Brayan la chapa al vuelo. Creo que son cinco soles.
Cruzo el umbral de lo que fue el antiguo CRAS de Ayacucho.
En la entrada, hay oficinas a cada lado. Asomo la cabeza.
–¿Sí? –dice la secretaria de la oficina del lado derecho–. ¿Necesita algo?
Aparte de ella, no hay nadie más.
–No, nada. Gracias.
En la oficina de la izquierda solo hay un tipo de terno gris.
Cruzo el patio. Donde estuvieron las antiguas celdas, ahora hay unas chozas con techo de paja como en la selva. ¿En qué sitio habrá estado la celda de Edith Lagos?
Al fondo, en el lado izquierdo, están las oficinas de la UGEL Ayacucho. Hay un par de profesoras que se fijan en los avisos que hay en los pizarrones. No veo por ningún lado a la chica del Mirador. ¿Dónde se habrá metido?
Meto las narices en la oficina.
Nada.
¿Estaré viendo fantasmas? ¿Y el pañuelo?
Estoy cruzando de nuevo el patio, cuando la veo salir apurada.
–Oye, espera –acelero el paso.
Salgo. No la veo por ningún lado. ¿A dónde se pudo haber metido?
Regreso mirando las calles, los rostros de las personas. Tu mamá debe estar preocupada.
***
–Te llama tu novia –dijo mi mamá.
Eran las seis de la mañana. El sol salía por entre los cerros.
En la cima se podían ver las torres derribadas la noche anterior.
–Regálame un balde de agua –dijo Emperatriz. Estaba con los ojos soñolientos y los cabellos, quemados por el agua oxigenada, revueltos –No dormí nada del miedo. ¿Tú?
Tampoco, por pensar en el beso que me diste.
–Un poco nomás.
–¿No has visto a mi Bobby? Anoche desapareció.
–Cachorro también desapareció.
–Qué raro.
Echamos a andar calle abajo.
–¿Están yendo a bañarse? –preguntó Pelusa.
–Por agua –dijo Emperatriz.
–Espérenme.
Salió con su balde.
El profesor Ricra barría la tierra de su vereda.
–¿Vienes al bosque a jugar, Emperatriz?
–Ay, no sé –dijo ella, acomodándose el pelo–. Tengo que ir al mercado a ayudarle a mi mamá.
Frente a la casa de la señora Arcaria, nos quedamos de una pieza: Bobby pendía de un poste de luz. En el pescuezo tenía un cartel que decía “Deng Xioping, perro revisionista”.
Emperatriz rompió a llorar.
Unos postes más allá, Cachorro también estaba colgado.
Mariana se iba a morir de la pena.
“Así morirán los perros traidores”, decía su cartel. “¡Viva la guerra popular!”
Sus garrapatas caían a tierra como abandonando un barco que se hundía.
–¿Quién habrá sido el malo que le hizo eso?
–Los terrucos –dijo Pelusa–. En Ayacucho están en guerra.
Mi abuelita Felícitas vivía en Ayacucho. También mi tío Anacleto. Y mi tío Lauro. Hace años que mi tío Anacleto había venido por última vez. Trajo carne de chivo y queso seco. Se había llevado la escopeta de mi papá para matar un puma que se estaba comiendo sus animales.
–¿Me cuelgo para bajarlos? –ofreció Pelusa.
Los postes eran unos palos de eucalipto. Pelusa era alto, cuerpón.
–Mejor traemos mi escalera.
–¿No saben leer? –nos dijo el profesor Ricra, tenía un balde–. No hay que tocarlos.
Fuimos a mi casa y le contamos a mi papá.
–Es mi perro –dijo mi papá, mientras Mariana lloraba–. Y con mi perro yo hago lo que me da la gana.
Fuimos todos llevando la escalera.
Los descolgamos. Mi papá tiró los carteles a la sequia. Desde su puerta, el profesor miraba nomás. No se hablaba con mi papá. Hace años, mi papá fue a tocarle su puerta para hablarle de Dios. ¿Quién ha visto a Dios?, le dijo el profesor, cerrándole la puerta en las narices.
Mariana y Emperatriz lloraron mientras enterrábamos a Cachorro y Bobby en la ladera.
***
El camión que nos llevaba a Huamanga bajaba raudo por Huanchuy. Íbamos alegres, cantando nuestros huaynitos. Hasta el opa Inquicha cantaba feliz.
–Vamos a conocer Huamanga, opita.
–Manga, manga –repetía.
El Chullañahui iba en la cabina con don Crispín Santos, dueño del camión.
Una curva, otra curva, allí estaba el Yawarmayo.
El camión se atracó en medio del río.
Bajamos. El agua estaba helada. Empujen fuerte, muchachos. ¡Un, dos, tres, ya! Nada. ¡Más fuerte, caramba! Parece que no han comido, compañeros.
Después de varios intentos, el camión al fin se movió. Nos lavamos las caras y reanudamos la marcha.
Todo era chacras, tunales, chocitas, pastores con sus cabras y ovejas. Los campesinos somos más que los mistis, decía el Chullañahui, y tenía razón: ni un solo misti vimos en el trayecto.
En Repartición empezaba el camino asfaltado.
Una hora después, entramos a Huamanga. Esa era la capital de Ayacucho. Las casas eran de adobe, pintadas de diversos colores. Tenían los techos de tejas como las de Huanta. Las calles eran asfaltadas. Estaba llena de gente.
Nos detuvimos frente a la Plaza de Armas donde había una estatua de un hombre sobre su caballo.
–Ese es Sucre –dijo el Chullañahui, señalándolo–. Supuestamente nos dio la libertad, pero nada más falso que eso. Nosotros mismos vamos a luchar por nuestra libertad.
Cruzamos la calle.
En la puerta de lo que el Chullañahui dijo que era la Universidad San Cristóbal de Huamanga, había un hombre maduro, con el cabello ondeado y medio cano. No era tan alto. Tenía papada.
–¡Doctor Guzmán!
El Chullañahui y Pascual lo abrazaron, le besaron las manos como se lo besaban al padre Serpa cada vez que llegaba al pueblo. Ese era el profesor Abimael Guzmán entonces. El Chullañahui siempre hablaba con reverencia de él.
–Ellos son los compañeritos de Yawarpampa –nos presentó.
Abimael Guzmán nos agarró las manos, bienvenidos a Huamanga, compañeros, este es el opa Inquicha, así como lo ve, es un hombre de armas tomar. A mí me revolvió el cabello. Ella es Valicha, canta como los ángeles.
–Después te quiero oír. Ahora vamos a desayunar.
Lo seguimos hasta un amplio comedor lleno de personas. Hicimos cola. Nos dieron una charola con una taza de leche, tres panes y bolitas de mantequilla y un poco de mermelada. En Yawarpampa no había mantequilla ni mermelada, ni ese pan con una raya al medio que se llamaba pan francés.
Una chica se sentó a mi lado con su charola. Tenía el cabello bien negro, lacio y largo.
–Hola –me dijo. Tenía la mirada profunda –Soy Edith, ¿y tú?
–Valicha.
–¿Como la canción? –dijo, y empezó a cantar bajito, con voz aguda: Valicha lisa pasñacha…
–Sí –dije, poniéndome colorada.
–¿De dónde vienes, Valicha?
–De Yawarpampa. ¿Y tú?
–Vivo aquí nomás, en Huamanga. Después te llevo a mi casa, si quieres.
–Vamos, pues.
Terminando el desayuno, nos llevaron a una sala amplia. Me senté con Edith.
Al frente había una gran mesa cubierta por un paño rojo. Detrás, colgado en la pared, otro paño del mismo color con unas letras doradas que decían PCP – Por el Luminoso Sendero de Mariátegui. Al costado, una hoz y un martillo.
–¿Has leído a Javier Heraud? –me preguntó Edith.
–No mucho.
–Tiene un poema hermoso que se llama El río: Llegará la hora en que tendré que desembocar en los océanos, / que mezclar mis aguas limpias con sus aguas turbias, / que tendré que silenciar mi canto luminoso, / que tendré que acallar mis gritos furiosos al alba de todos los días, / que clarear mis ojos con el mar –recitó, con voz grave–. Heraud fue guerrillero. Murió joven nomás.
–Hermoso poema.
–Yo también escribo –dijo ella –Luego te enseño mis poemas.
–Ya.
Abimael Guzmán y un grupo de personas entraron a la sala. Había un par de mujeres. Esa es su esposa, susurró Edith, la más bonita. Hicimos silencio.
–El Perú es un país dependiente, semicolonial y semifeudal. Como tal, el campesinado constituye el sector más atrasado, oprimido y explotado, y en el campo se encuentra el nudo principal de las contradicciones de toda la sociedad –empezó Abimael con su discurso –La revolución peruana deberá ser democrática y nacional, antiimperialista y antifeudal. Su base social será la alianza obrera y campesina, pero de ellas, el campesinado es la fuerza motriz principal mientras el proletariado insurge y se desarrolla como clase dirigente –hizo una pausa para secar el sudor que perlaba su frente. Continuó–: La principal y única forma de lucha revolucionaria, para tomar el poder y construir el Estado de Nueva Democracia, es la lucha armada, la guerra popular, pues las clases dominantes no soltarán fácilmente el poder y cuentan con una fuerza armada que se ha convertido en el Perú en un ejército de ocupación. La guerra popular tiene como escenario el campo y avanza hacia las ciudades. ¡La guerra popular es una guerra campesina o no es nada! –dijo con énfasis. Todos escuchábamos en el más completo silencio –El Partido se forja y se desarrolla en el curso de la lucha armada y, como organización política, busca, en esta lucha, convertirse en verdadero ejército popular. ¡Viva el Partido Comunista del Perú!
–¡¡Viva!!
–¡¡Viva la lucha armada!!
–¡¡¡Viva!!!
Aplaudimos.
–¿Estos locos siguen hablando de guerra popular? –dijo un hombre, poniéndose de pie–. Si tanto hablan de lucha armada, ¿por qué no se van de una vez al monte y la inician y se dejan de puro blablablá?
Otra vez silencio. El hombre salió.
–Pronto se tragará sus palabras –dijo Abimael–. Ahora, para terminar, quiero que escuchemos a las compañeritas Edith y Valicha.
Edith empezó a cantar: Hierba silvestre, aroma puro, / hierba silvestre, aroma puro, / te ruego acompañarme por mi camino, / te ruego acompañarme por mi camino. / Serás mi bálsamo y mi tragedia. / Serás mi bálsamo y mi tragedia. / Serás mi aroma, / serás mi gloria. / Serás mi aroma, / serás mi gloria…
Cómo la aplaudieron.
–Ahora tengo el honor de presentarles a Valicha –el Chullañahui tomó la palabra–. Hija de campesinos como nosotros, ha abrazado la causa con esa fuerza telúrica que nos da el ande.
Me puse colorada.
Así canté yo: He recorrido mi patria entera, / de pueblo en pueblo, / de barrio en barrio, / y en cada pueblo palomas cantaban / llorando tristes sus sueños truncados, / quejándose de tanta miseria…
También me aplaudieron.
Edith me prestó varios libros. Tenía una casa grande, un cuarto para ella solita.
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3
–Es mentira que la mataron porque quiso para un carro para aprender a manejar –dice una voz de mujer detrás de mí.
Vuelvo el rostro. Lleva luto. Es menuda. Tiene los cabellos largos, negros y lacios. Su rostro es ovalado, de rasgos andinos.
–Ella vendió caro su vida. Se enfrentó a varias patrullas de sinchis que la perseguían desde que la liberaron espectacularmente del CRAS de Ayacucho –dice la mujer. Debe tener unos cuarenta y cinco años–. Era una guerrillera. ¿Crees que era tan estúpida para ponerse en mitad de la carretera a parar vehículos? Sabía que la perseguían, que su vida tenía un precio.
Estamos frente a la tumba de Edith Lagos. Está en la entradita nomás, a la izquierda, en el suelo, me dijo la señora a la que le compré un ramo de rosas rojas, cuando le pregunté si sabía dónde estaba la tumba de Edith Lagos. ¿Las flores son para ella? Preguntaba nomás.
Allí estaba Edith Lagos, cubierta por una placa de mármol donde está escrito Hierba silvestre, poema suyo.
–Era mejor decir que se dejó matar como un corderito a que se defendió como una leona, ¿no? –hay dureza en sus palabras–. ¿Sabes cuántos sinchis cayeron antes que ella?
Levanto los hombros.
–Siete.
Hay una planta de retama en la cabecera de la tumba.
–Se necesitaron muchos hombres para matar el mito. El pueblo la quería. Todo Ayacucho se volcó a las calles el día de su entierro. Parecía que estábamos en Semana Santa. Eso vio el gobierno y decidieron mandar a los cachacos para sofocar la revolución.
–¿Conociste a Edith Lagos desde niña?
–Sí. Hasta estudiamos juntas. Era una chica inteligente, ¿por qué crees que Abimael la eligió para dirigir los primeros pelotones guerrilleros? ¿Por qué crees que la rescataron a sangre y fuego?
Levanto los hombros.
–Porque era un cuadro importante. Por eso también la mataron los sinchis. Estoy segura que si Edith no habría muerto, se habría ganado la guerra. Ella siempre se opuso al exterminio indiscriminado de las masas. Allí Abimael se equivocó.
–Tiene razón.
–¿Y cuál es el motivo de tu visita a la tumba de Edith?
Entonces la veo. Es la chica del Mirador, del antiguo CRAS. Voy tras ella. La persigo por entre los pabellones. Hey, espera. Nada, no me hace caso. Un pabellón, otro pabellón. La pierdo.
Vuelvo a la tumba de Edith Lagos. La otra mujer ya no está.
***
Tocaron el portón. Fue a ver. Había un hombre alto con una cholita que llevaba pollera.
–Soy tu tío Anacleto –dijo–. Ella es tu prima Eva.
Era mediados de marzo. Estábamos de vacaciones escolares.
Los hice pasar.
–¿Tu mamá?
–Está trabajando, tío.
Mi papá estaba en la segunda zona con John. Yo lo ayudaba en la tarde. En las mañanas cocinaba y cuidaba a Flora y Dora.
–Tu primo Víctor está en la pista cuidando las cosas –dijo–. ¿No tienes carretilla?
Eva se quedó con mis hermanas y nosotros fuimos a la pista.
–He traído a mis hijos mayores porque en la sierra estamos en guerra –dijo–. Los terrucos están reclutando a los jóvenes para llevarlos a combatir.
Víctor era un poquito más alto que yo, medio gordito. Chapurreaba el español. El tío había traído un par de costales con maíz y alverjas.
Esa noche, durante la cena, el tío contó que la situación era cada vez más difícil.
–Los morocos están matando a todo el mundo acusándolos de terrucos. Y los cumpas están llevándose a la fuerza a los jóvenes. Por eso he traído a mis hijos.
Contó que los senderistas estaban en Jiljarajay. Mamá se preocupó por la abuela.
–No te preocupes por gusto, hermana. Los cumpas me quieren como a un padre.
–No te confíes mucho, cuñado –le dijo mi papá–. Esa gente es traidora, no creen ni en Dios.
–Ellos están luchando contra la injusticia, contra los mistis. Cuando tomen el poder, ya no habrá pobres ni ricos, todos seremos hermanos.
–¿Eso dicen?
–Sí, cuñado.
–¿Y todas esas muertes y destrucciones que están haciendo?
–Son los costos de la guerra, cuñado.
Mi mamá le preguntó si era terrorista. Su hermano dijo que no.
El tío Anacleto estuvo dos semanas en casa. Volvió a Jiljarajay llevando pantalones, camisas, zapatillas, relojes y grabadoras para los terrucos.
Volvió en julio. Esta vez trayendo a su hijo Virgilio, de catorce años.
–Los compañeros lo estiman bastante –dijo–. Es bien vivo. Se molestaron cuando les dije que lo llevaba a Lima.
Aquí le celebramos su cumpleaños. Era su último cumpleaños. Se molestó porque vio que mi hermana mayor y su enamorado se besaban delante de todos. Amenazó con irse, mamá le tuvo que rogar que no lo hiciera.
Dos semanas después se marchó.
Volvió en octubre. Con mi papá buscaron una casa porque pensaba venirse con todo. En la sierra la lucha era intensa. Era 1984, año en que la mortandad en el conflicto alcanzó uno de sus picos más altos. Quedó en que le compraría su casa a don Atauje, a tres mil soles.
El ocho de octubre, feriado, lo vimos partir. Dijo que iba a vender sus animales y venirse con el resto de su familia: su mujer y cuatro hijitos.
–Lleva a mamacha a Huanta donde Susana –le encargó mi mamá.
Dijo ya.
Volvería a fin de mes.
Una semana después de su partida, mi primo Víctor empeñó su tocadiscos y marchó a Jiljarajay. Tenía un mal presentimiento. Dijo que volvería con su papá, su mamá y sus hermanitos.
Pasó octubre. Ninguna noticia del tío.
La quincena de noviembre, nos llegó una carta de la tía Susana: Anacleto ha muerto.
El tío era alto, musculoso. Era menor que mi mamá. Tendría unos cuarenta y cinco años.
Los detalles de su muerte lo supimos por Víctor meses después: al tío lo mataron por traidor, por llevar a sus hijos a Lima.
Tempranito tocaron la puerta de su casa.
–Vamos a hablar, compañero –le dijeron.
Eran los mismos hombres a quienes les había traído ropas, cosas de Lima.
Estaban armados.
Uno de ellos se quedó cuidando la puerta para que nadie saliera.
Unos metros más allá, el tío se sentó sobre una piedra.
Uno de los terroristas le descerrajó un tiro sin mediar palabra alguna. La bala le entró y salió por el rostro. Víctor, su mamá, sus hermanitos salieron corriendo. Mi tío estaba en el suelo, revolcándose.
–Métanle otra bala –pidió mi tía Graciela.
–No gastamos balas en traidores –le dijeron–. Ahórquenlo para que no sufra. Cuidadito con estar llorando.
Lo enterraron dentro de una casa.





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