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jueves, 11 de junio de 2009

Ayacucho era un campo de batalla (corregido)

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El camino que conduce al Mirador del cerro Acuchimay es empinado.
–Descansemos un ratito, corazón –me pide tu mamá. Añade, con una sonrisa–: Ximenita no se vaya a salir.
–Quizá quiera ser acuchimayina.
Risas.
Tus primos Nacho y Diego han llegado arriba, se toman fotos con sus celulares y vuelven a bajar.
–Nachito, tómanos una foto.
–Ya, tía Viviana –dice tu primo–. Póngase de perfil para que salga Ximenita.
–Voy a descuadrar la foto.
–Sí alcanza, tía.
Reímos.
Clic.
–Ahora Ximenita con ustedes.
Nacho y Diego se ponen a los costados de tu madre. Apunto. Entonces descubro, en la pared que tienen a sus espaldas, una vieja pinta senderista debajo de una ligera capa de pintura verde al agua. ¡Viva la lucha armada!, dice en un trazo grueso. Al lado hay una hoz y un martillo.
Le tomo una foto.
–Para Ayacucho era un campo de batalla –digo.
–Vas a terminar convertido en terruco –dice tu mamá.
–Quizá.
–¡¡Tío Agustííínnn!!
–¡¡Tía Viviannnaaa!!
–¡¡Ximenitaaa!!
Tus primos nos llaman desde la cima, agitan los brazos.
–Esperen que ya les alcanzamos.
–Ojalá.
Vemos subir a un grupo de turistas. Son jóvenes, veinte, veintidós años. Entre ellos, ¿sirviéndoles de guía?, hay una chica de rasgos andinos que lleva pollera y una blusa rosada de seda. Al pasar junto a nosotros, nos mira, mira la vieja pinta senderista, me mira. Tiene los ojos oscuros como el carbón. Me parece que la he visto en alguna parte. Se nos adelantan.
–Vamos –me dice tu mamá.
La tomo de la mano y reanudamos la ascensión.
–Ximenita está pateando –tu madre se acaricia la abultada barriga.
–Seguro quiere subir solita al Mirador.
–Cuándo será eso.
–Más pronto de lo que piensas. Parece ayer cuando Nacho y Diego eran chiquitos y mamá los bañaba a los dos en una misma tina.
Te imagino subiendo los escalones de dos en dos, con Bere, con Nela, con tu vestido rosado, bonita. A los abuelos les hubiera gustado conocerte.
Los turistas ya han llegado a la cima. Ahora están filmando el lugar, tomando fotos.
Nacho baja a la carrera.
–Está luca la entrada, tío Agustín.
Saco una moneda de cinco soles y le doy.
–El vuelto para mi gaseosa –dice.
–Pero ayúdame a subir –le pide tu mamá.
Nacho le toma la otra mano. Un paso, otro paso, un breve descanso, y al fin estamos arriba.
–¿Tanto se han demorado? –reclama Diego.
–Es que Ximenita pesa pues, Dieguito.
Nacho compra las entradas y subimos al Mirador. Parece un faro. Desde allí se tiene una amplia visión de la capital ayacuchana: allí está la Plaza de Armas con su monumento ecuestre a Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho. Cruzando la calle, está la Catedral, a su costado, la antigua sede de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga a donde llegó Abimael Guzmán en 1962, el mismo año en que nació Edith Lagos.
Desperdigadas en la ciudad, están las treinta y tres iglesias que han hecho célebre a Ayacucho por su fervor religioso.
Sigo con la vista a lo largo del jirón Bellido hasta toparme con la mole del antiguo CRAS de Ayacucho de donde, en 1982, Edith Lagos fue rescatada a sangre y fuego por las huestes senderistas. Al otro extremo de la ciudad está el Cementerio General donde descansan sus restos.
Allá está el temible cuartel Los Cabitos, centro de detención y desaparición de los sospechosos de ser terroristas.
El sol es intenso en este mes de julio. Hace veintinueve años, cuando empezó la guerra, no existía este Mirador. Esto era un descampado donde todos los fines de semana se llevaba a cabo la feria de Acuchimay.
–¿Bajamos? –dice tu mamá–. Me ha dado sed.
En el restaurante que hay allí, pedimos Inca Kola para nosotros y un surtido de papaya para tu mamá.
Los turistas están un par de mesas más allá. No veo a la chica que venía con ellos. ¿Habrá ido al baño? No, está allí, en el Mirador, observando la ciudad como lo hicimos nosotros minutos antes.
–Así debe haber sido Edith Lagos, como esa chica.
–¿Cuál chica? –pregunta tu mamá.
–Esa que está en el Mirador. Vino con los turistas.
–¿Cuál chica? –repite su pregunta tu mamá, extrañada–. El Mirador está vacío ahoritita.
Pero allí está la chica, mirándome.
–Olvídalo –digo, tu mamá no vaya a pensar que me he vuelto loco de pronto–. ¿Por qué no llaman a la casa?
Nacho hace la llamada. Contesta Bere. Al minuto todo el mundo se pone al teléfono: tus tías Mariana y Carolina, tus primos Smeagol, Chancho y Nela. ¿Van a ir a Huanta? ¿Ya fueron a la Pampa de la Quinua? Vayan a Vilcashuamán. No se olviden de ir a Chincho. Traen queso y cancha. Cuiden a Ximenita.
–¿Volvemos al hotel?
Bajamos por la parte de atrás, por un caminito de tierra afirmada rodeada por gruesos muros de barro donde descubro más pintas dando vivas a la guerra, exigiendo la rebaja del alto costo de vida, sentenciando a muerte a los traidores y soplones. Y siempre con la hoz y el martillo. ¿Cómo así estas pintas han sobrevivido a las inclemencias del paso del tiempo, a la transformación de la ciudad?
–¿Una carrera, Diego?
–Se van a caer –les dice tu mamá.
–En sus marcas, listos, ¡ya!
Salen disparados como balas.
–Me doy un baño y me voy a dormir.
–¿No vas a almorzar?
–Después. Con el jugo me llené.
A unos cien metros de nosotros, Diego tropieza y rueda al suelo. Nacho está más allá.
–Les advertí.
Apuro el paso para auxiliar a Dieguito.
De pronto, veo salir de un callejón a la chica que estuvo con los turistas. Ayuda a Diego a ponerse en pie y le limpia la nariz. Me apresuro. Ella me mira y se vuelve al callejón.
–¡Hey, espera!
Echo a correr tratando de darle alcance, pero no lo consigo, se ha hecho humo.
–¿Qué pasó? ¿A dónde fuiste? –me pregunta tu mamá.
Hago como que no la escucho mientras trato de controlar la sangre que brota de la nariz de tu primo. Este chico, al menor golpe en la nariz, sangra profusamente.
Tiene un pañuelo que no es el suyo. Es un pañuelo viejo, medio amarillento.
–¿Quién te dio este pañuelo?
–Esa chica que me ayudó.
Estuve tentado a tirar el pañuelo manchado de sangre, pero no lo hice al descubrir en una de sus esquinas unas iniciales bordadas con hilo rojo: E. L. ¿Edith Lagos?
***
La oscuridad se tragó el bello rostro de Emperatriz, su boca roja, justo cuando me iba a regalar un beso.
Las explosiones empezaron a sucederse uno tras otro.
–¡Arolchaaa! –gritó mi mamá.
–Me voy.
–¿Vuelves? –preguntó Viejo.
–No sé… –los labios de Emperatriz, con un fuerte sabor a lápiz labial, sellaron los míos.
–¡Arooochaaaaa!
Salté la pared de la casa abandonada de don Navarro, crucé la calle de tierra y piedras y entré a mi casa. Juancho y Bibi, mis hermanos menores, lloraban, asustados. Mariana y Flora también estaban con miedo, abrazadas a papá.
Las explosiones habían sido en el cerro del frente.
–Ojalá que Carolina esté bien –dijo mamá.
Carolina, mi hermana mayor, trabajaba en la hidroeléctrica donde sus padrinos.
–No creo que los terrucos se atrevan a atacar la hidroeléctrica –dijo papá–. La planta está llena de repuchos.
–Fíate dos velas y un fósforo –me dijo mi mamá.
En la puerta me encontré con Pelusa. Nos apuramos en ir a la tienda. En el camino, nos cruzamos con personas que iban de prisa, parecía que llevaban escaleras, sacos.
–¿Te besó Emperatriz?
–Casi. ¿Ya se fueron?
–Sí. Tenían miedo.
El Zambito nos atendió por su ventana nomás. Aparte de las velas y el fósforo, nos fiamos un sol de galletas de agua.
–Vayan con cuidado, vecinitos.
–Ya, don Ceferino. Gracias.
Otra cadena de dinamitazos hizo que nos apuráramos. Ojalá que no se cayeran las torres sobre La Realidad y nos achicharraran.
–¿Cachorro no los ha seguido? –preguntó mi hermana Mariana.
–No.
–De miedo se habrá escondido por ahí –dijo papá.
Cachorro era miedoso. Era un pastor alemán que don Caldas le había regalado a mi mamá cuando se llenó de garrapatas. A pesar que mi papá siempre lo bañaba con petróleo, los bichos no lo dejaban.
–¿Lo vamos a buscar? –se ofreció Viejo, que acababa de llegar junto con Lube.
–Primero tomen un poco de sopa caliente –dijo mamá.
Entramos a la cocina iluminada por una vela. Mamá nos sirvió un plato de sopa a cada uno. Papá hizo una oración.
–Está rica la sopa, señora María –dijo Viejo.
–¿Te yapo?
–Claro, señora María.
Sonaron más dinamitazos, pero esta vez lejos, por Chacrasana o Yanacoto.
–¿Es cierto que en la sierra hay guerra, don Juan? –preguntó Lube.
–Sí –dijo papá.
–Cómo estarán mi mamá, Anacleto, Susana –dijo mamá.
–Y mi hermano Lauro.
Todos ellos vivían en Ayacucho.
–Si no se meten en nada, no les pasará nada –dijo papá.
En Chaclacayo, al otro lado del río, empezó un tiroteo.
–Los terrucos están atacando la comisaría, seguro –dijo papá.
–¡Miren, el cerro! –exclamó Mariana.
En el cerro del frente, donde minutos antes habían volado las torres, empezó a arder una antorcha en forma de la hoz y el martillo.
Nos quedamos allí, contemplando cómo la antorcha se hacía cada vez más gigante.
***
–La única manera de acabar con la miseria en la que vivimos es levantándonos en armas –dijo el Chullañahui, con el mismo tono grave que utilizaba para decirnos que estudiáramos para no quedarnos burros como nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos.
Al profesor Quispe le falta un tornillo, decía mi papá, hace años, desde que llegó a Chincho, está con el cuento de la guerra popular. Se cree el Che Guevara. Mi papá era licenciado del ejército, había luchado contra la guerrilla de Luis de la Puente Uceda.
–¿Y qué es levantarse en armas, profesor Quispe? –preguntó Piquicha.
El Chullañahui lo miró con su único ojo, azul, rodeado por una tupida ceja oscura que le hacía parecer un manantial en medio del ichu quemado, parecía que le iba a llamar la atención por faltar demasiado a las reuniones, pero no lo hizo.
–Valicha, explícale al compañero Piquicha lo que significa levantarse en armas.
–Levantarse en armas significa acabar con la clase dominante que tiene sumido al campesinado en la más completa miseria desde los tiempos de la Conquista –empecé, tratando de repetir de memoria las palabras del Chullañahui–. La clase dominante es la que ostenta el poder. Sus representantes más visibles son los hacendados, las autoridades políticas, las fuerzas del orden, la iglesia. A todos estos hay que arrancarlos de raíz y prenderles fuego como a la malahierba para que no sigan creciendo pues, mientras lo hagan, en el Perú habrán explotadores y explotados.
El Chullañahui esbozó una sonrisa de complacencia, él que nunca sonreía así nomás.
–¿Algún otro compañero que quiera añadir algo más?
–Yo, profesor Quispe –Zenón Auris levantó la mano. Tenía las uñas crecidas y sucias–. Levantarse en armas significa exterminar a todos los lacayos del gobierno.
–Y a sus perros guardianes –dijo Dionisio Ninanya.
–También significa –intervino Fidelia Carhuallanqui–, distribuir las tierras de producción en forma equitativa entre todos para que unos no tengan más y otros menos, o nada.
El Chullañahui sonreía, complacido. Hasta su único ojo parecía mirarnos con menos fiereza.
–¿Está clara la explicación de los compañeros, compañero Piquicha?
–Sí, profesor Quispe, pero tengo una duda todavía…
–¿Cuál es? Formúlala.
–¿Con qué nos vamos a levantar en armas si no tenemos armas?
El Chullañahui se puso serio otra vez. Este Piquicha es muy preguntón, pensaría.
Estábamos en Qqasi. Desde allí se veía Huanta, con sus techos de tejas y calaminas que reverberaban con el sol de la tarde, bajo el imponente Razuwillca, cuyo blanco penacho parecía la barba de Dios.
Debajo de nosotros, al final de Pauca, discurría el río Cachi que, desde donde estábamos, parecía el lomo dorado de una gran serpiente. Ese río lo había cruzado mi abuelo Ignacio llevando un fantasma en sus hombros. Sucedió muchos años antes de que yo naciera. Era una madrugada y mi abuelo se dirigía a Huanta. Pasando por mama Bini, los burros se negaron a dar un paso más. El abuelo vio en la orilla a un hombre que iba y venía como tanteando el agua para ver si lo cruzaba o no. ¿Quién sería, algún borrachito? Allinllachu, taita, lo saludó. Allinlla, le contestó el otro con una voz que no era de este mundo. Al abuelo se le escarapeló el cuerpo. Fantasma, pensó. Los fantasmas le tienen terror al agua. ¿Me puede ayudar a cruzar al otro lado?, le pidió el fantasma. El abuelo aceptó. El fantasma, de un brinco, se le subió a los hombros. Parecía hecho de aire pues no pesaba nada. Cómo le castañeaban los dientes cada vez que el abuelo Ignacio trastabillaba en una piedra resbalosa. Pobre fantasma. Era un fantasma bueno, sino, hace rato que hubiera crecido y se lo habría tragado. Hasta que por fin llegaron a la otra orilla. El fantasma saltó a tierra, le dio las gracias y marchó apuradito hacia el cementerio de Cascabel.
–Armas hay en todas partes –la voz del Chullañahui me trajo de vuelta a Qqasi. Había fuego en su mirada, odio empozado en su voz–. Arma es un palo, una piedra, una soga. Nuestras manos son armas poderosas.
Me miré las manos: eran tan grandes como las de mi padre de tanto trabajar la tierra, cortar la leña, pero tenía suerte: mi primo Antonio tenía seis dedos, igualito que el abuelo Ignacio, a quien llamaban el Soqta, o sea, seis dedos.
–Armas somos nosotros –continuó el Chullañahui. Su voz era una hoguera que crecía y crecía hasta alcanzar las alturas del Razuwillca–. Y nosotros somos cientos, miles, millones. Somos incontables como las estrellas que pueblan el universo.
Las lenguas de fuego cruzaban el río Cachi, arrasaban Huanta, continuaban hacia Huamanga, hacia Cangallo, hacia La Mar.
–Arma es nuestro odio milenario a los mistis, a los hacendados, a los gamonales, al señor gobierno –el fuego cruzó montañas, abismos, lagunas, desiertos y llegó a Lima.
Miré los rostros de mis compañeros: todos miraban arrobados al Chullañahui.
–Nosotros tenemos un arma valiosa, un arma que no lo tienen esos miserables que abusan de nosotros…
El Chullañahui hizo una pausa. Parecíamos figuras pétreas sembradas en medio de la puna.
Continuó:
–Nuestra sangre, nuestra vida. Y nuestra sangre y nuestra vida es mucho más valiosa que la de esos miserables.
Silencio.
Hasta el opa Inquicha, que nunca estaba quieto, miraba fascinado al Chullañahui.
–¿Y cuándo nos levantaremos en armas, profesor Quispe?
–En Huamanga hay un profesor que nos dirá cuándo –la voz del Chullañahui se tornó casi imperceptible, parecía que nos iba a decir un secreto –Se llama Abimael Guzmán. Solo él sabe el día y la hora en que comenzará todo. Pronto lo conocerán. Ahora es hora de volver.
Ya casi oscurecía.
–A ver, Valicha, cántate algo para alegrar el camino.
Respiré hondo y solté mi voz para que volara más allá del Razuwillca: No canta en vano el zorzal / ni el más humilde gorrión. / No canta en vano el que espera ver flores y da la tierra, / ver flores y da la arena. / Que todo canto tiene sentido y sentimiento / para anunciar la mañana / o para perfumar el viento.
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2
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–¿Vamos a dar unas vueltas por ahí? –le digo a tu mamá.
–Ay, estoy súper cansada –me dice–. Mejor voy a ver una peli.
–Regreso entonces.
–Ximenita dice que le traigas queso y chapla –dice, tocándose la abultada barriga.
–Dile a Ximenita que no coma mucho porque va a salir como su primo Chancho –le digo a tu mamá mientras le doy un beso.
–¿Tú quieres que sea como Smeagol, no, papito? –dice tu mamá hablando como bebe.
–Ajá, sino no te voy a poder cargar.
Nos damos un beso.
–Te cuidas.
–Tú también. Ya vuelvo.
Es de noche, casi las nueve, y las calles están llenas de gente, niños, jóvenes, viejos, parejas, que caminan despreocupados. La guerra es algo remoto, los más jóvenes no lo han vivido, lo que actualmente pasa en el VRAE les tiene sin importancia. Hace años que no hay atentados, apagones, perros colgados en los postes, muertos en las calles. Tampoco hay soldados, tanquetas, portatropas. Los días de toque de queda han quedado en el recuerdo, ahora uno puedo salir de su casa a la hora que le dé la gana.
Huamanga no tiene nada que envidiarle a ciudades como Trujillo o Arequipa, o a algún distrito limeño. En cada esquina hay cabinas de internet, las personas andan bien a los celulares.
El tráfico, como en cualquier ciudad del Perú, es un caos.
Llego a la Plaza de Armas que rebosa de personas, de ambulantes, de turistas. Al frente, la Catedral también está llena. Doy vueltas hasta que una pareja deja un banco y me siento comiendo el alfajor que le he comprado a un chiquillo.
Ya he estado en Huamanga en un par de oportunidades. La primera vez fue en el 2001. Fui a Huanta con Flora y un domingo vine a buscar a mi amiga Janeth. No vayas a hacer pataletas porque era solo una amiga de mis años en La Cantuta, además, ya tiene un hijito. Quizá después vayamos a buscarla para que conozca a tu mamá, para que te conozca a ti. La segunda vez fue el 2006, un año después de la muerte de tu abuela María, vine con John. En uno de los viajes con tu abuela, estuvimos un ratito mientras esperábamos que le cambiaran la llanta al bus de Expreso Huamanga. Nacho estuvo con nosotros.
–Compre chaplita, señor –me ofrece una señora que lleva un bebe en una manta colgada en la espalda–. A sol la bolsita nomás.
Le compro dos bolsas.
De pronto la descubro, está sentada en el banco del frente. Lleva la misma pollera de colores de la mañana, la blusa rosada.
Me mira, la miro.
Me pongo en pie con intenciones de acercármele. Ella se pone en pie y echa a caminar.
–Oye, espera, ¿quién eres?
No contesta, sigue caminando.
La sigo.
Mi celular vibra. Es un mensaje de texto de tu mamá: No te olvides de la chapla y el queso para Ximenita.
No te preocupes, le contesto, tratando de no perder de vista a la chica. Cuando acelero mis pasos, ella hace lo mismo.
–¡Oye, espera, solo quiero hablar contigo!
Nada, no me hace caso, solo camina, volviendo de vez en cuando el rostro para asegurarse que la estoy siguiendo.
Ahora vamos por el jirón Bellido. Una cuadra, otra cuadra. Nos alejamos del centro.
–¡Espera, por favor!
Llegamos al antiguo CRAS de Ayacucho. Ella se ha detenido en la plazoleta Bellido. ¿Hasta allí quería que lleguemos?
Me le acerco y ella da un paso alejándose.
–¿Quién eres? –le pregunto.
No me contesta, solo me mira.
Doy un paso y ella da otro paso. ¿Y si corro y la atrapo?
Vibra mi celular. Es otro mensaje de texto de tu mamá: Son las diez, Ximenita está que se muere por su queso y su chapla.
–Oye, me tengo que ir. ¿Podemos conversar un ratito?
No dice nada. ¿Será muda?
–Chau.
Doy la media vuelta y regreso sobre mis pasos. De vez en cuando vuelvo el rostro y ella sigue allí, en la plazoleta Bellido. Debí haber traído el pañuelo que le dio a Diego, decirle ¿esto es tuyo? ¿Estas son tus iniciales?
***
–Tu novia dice que le regales agua –dijo mi mamá.
–De Viejo –le dije, agarrando la llave del pozo.
Era tempranito. El sol salía por entre los cerros del frente. Allí estaban las torres derribas la noche anterior. Menos mal que no cayeron sobre nosotros, que los cables no se desprendieron.
–¿No has visto a mi Bobby? –fue lo primero que me preguntó Emperatriz. Estaba en pijama, uno de franela color celeste con florcitas rojas.
–No. Cachorro también ha desaparecido.
–De repente les han dado bocado.
–Ojalá que no porque ahí sí que Mariana se muere.
–Y yo también.
Tenía ganas de decirle anoche no pude dormir bien, me la pasé recordando el beso que me diste, recordando el sabor de tus labios, soñando que me besabas de nuevo. Emperatriz era mi mayor por un par de años.
–¿Van a bañarse en la sequia? –nos preguntó Pelusa cuando pasamos frente a su casa.
–No. Es muy temprano. Más tarde.
–Ah, ya –dijo Pelusa, y siguió jugando con el camión que se había hecho con latas de leche.
El profesor Ricra estaba regando la calle frente a su casa. Ni nos miró ni nosotros lo saludamos. Era un hombre enigmático. Hijo de satanás, le decía mi papá desde que un día, cuando tocó su puerta para hablarle de Dios, el profesor le dijo ¿quién ha visto a Dios?
–¿Cuándo vamos a jugar a los Girasoles?
No alcancé a responderle. Cachorro estaba colgado en el poste de luz frente a la señora Arcaria. Más allá, estaba Bobby.
–Mira, Emperatriz.
Emperatriz casi se desmaya de la impresión.
No eran los únicos perros. En todos los postes de la avenida Túpac Amaru había uno. Todos tenían un cartel en el pescuezo. El de Cachorro decía “¡Así morirán los perros traidores!”, el de Bobby “¡Deng Xiaoping, perro traidor!”
Emperatriz se echó a llorar.
–Le voy a decir a mi papá que los baje para enterrarlos –le dije.
–Ni lo hagan –nos dijo el profesor Ricra, detrás de nosotros, balde en mano–. ¿Acaso no saben leer?
***
Relámpago bajaba raudo hacia Huanchuy. Íbamos contentos, felices. Al opa Inquicha se le escapaba la alegría a borbotones. Manga, manga, repetía. Parecía un niño que recién estaba empezando a hablar. Huamanga, opita, se dice Huamanga. Pero él seguía con su manga, manga. Era nieto de mamá Felicitas y primo del Piquicha. Dicen que cuando era chiquito se cayó de cabeza de su cama y por eso se volvió opita. El Chullañahui lo quería, por eso le dejaba participar en nuestras reuniones. Inquicha va a ser un gran guerrero, decía.
Una curva, otra curva y llegamos al río. El camión se atracó en mitad del cauce. Bajamos para empujarlo.
–Ya que estamos abajo, aprovechemos para asearnos un poco –nos dijo el Chullañahui–. Hay que ir limpiecitos a nuestra reunión.
Nos dio un jabón para que nos laváramos la cara y los pies. Puma, puma, repetía el opa Inquicha viendo nuestras caras llenas de espuma. Lávate bien los mocos, opita.
Reemprendimos la marcha. El camión iba levantando polvareda por el camino de tierra. Todo era chacra, tunales, chocitas de barro con techos de paja, niños pastando chicos, ovejas, jalando burros cargados de leña, hombres con las espaldas trabajando la tierra. Igualito que en Chincho. Así es en todo Ayacucho, Huancavelica, Andahuaylas, nos decía el Chullañahui. Así ha sido siempre y así será. De nosotros depende que todo eso cambie.
A partir de Repartición la carretera era asfaltada y Relámpago, a pesar que era ya carcochita, iba a toda velocidad. Lo conducía el viejo Crispín, quien siempre participaba en nuestras reuniones. El viento jugaba con nuestros cabellos. ¡Viento, viento, vientooo!
–Esa es Huamanga –gritó el Chullañahui desde la cabina.
Era más grande que Huanta, sus casas eran de adobe y ladrillo, con sus paredes pintadas de muchos colores y balcones de madera. Las calles eran asfaltadas. Había iglesias por todas partes. La gente estaba bien vestida, con ropa limpia y zapatos. Los estudiantes llevaban uniforme color plomo.
Cruzamos por un arco y salimos en la Plaza de Armas donde estaba la estatua de un hombre montado en su caballo. Ese era el Libertador Sucre, lo había visto en mi libro de historia. Ballo, ballo, repetía el opita Inquicha.
Descendimos del camión.
–Aquí estudié para profesor –nos dijo el Chullañahui, mientras entrábamos a una casona en cuyo patio de la entrada había una higuera, que, según el Chullañahui, tenía como doscientos años de antigüedad.
Allí nos quedamos a esperarlo mientras él iba a buscar al compañero Gonzalo. Volvió al poco rato con un hombre que vestía como los mistis.
–El compañero Gonzalo o Puka Inti –nos lo presentó–. Estos son los iniciadores de Chullayacu, Chincho y Jiljarajay.
–Bienvenidos, compañeros. ¿Allinllachu, warmas?
–Allinlla, compañero Gonzalo.
–Ella es Valicha, la chica de la que le hablé.
–Ya quiero escuchar esa voz de torcaza –me dijo el Puka Inti, pasándome una mano por las mejillas. La tenía suave como el vestido de seda de la Virgen del Carmen.
Me puse colorada.
–Doctor Guzmán, muy buen día –el viejo Crispín le hizo una reverencia al Puka Inti, le besó las manos–. ¿Cómo ha estado usted, doctorcito?
–Acá, como siempre.
Apareció otro grupo de personas. Los mayores nos presentaron mutuamente. Ella es Valicha, ella es Carlota Tello de Cuticsa, ella es Edith Lagos, también canta como los ángeles. Después las oiremos. Ahora vamos a desayunar.
Lo seguimos por los pasillos, cruzamos patios hasta llegar al comedor. Las mesas y los bancos eran grandes. Hicimos cola. Nos dieron una taza de leche, tres panes y un poco de mermelada y dos bolitas de mantequilla. Me senté al lado de Edith. El pan que tiene raya se llama pan francés, el que no tiene raya es pan tolete. Nosotros no conocíamos esos panes, apenas comíamos chapla que traía mi papá las veces que iba a Huanta.
–Edith conoce Lima –dijo Carlota.
–¿Cómo es Lima?
–Una ciudad inmensa. Las casas son grandes, hay muchos carros. Los que van de aquí se pierden en Lima.
–¿Es cierto que hay un lago inmenso de agua salada?
–No es un lago, es un mar. Es interminable. Los barcos navegan meses para llegar a otros países.
El opa Inquicha estaba feliz con la mermelada. Tenía la cara embadurnada. Más, pedía. Edith le invitó su porción.
Como faltaba todavía para que empiece la reunión, dimos vueltas por la casona.
–Vamos a hacer pis, Valicha.
Pensé, avergonzada, que íbamos a orinar en el jardín, pero no, entramos a un cuarto enchapado con mayólica blanca.
–Allí se orina –me dijo, señalando un water donde había agua limpia que, pensé, era para tomar. Edith se rió cuando le dije eso. Parecía un puquial pues.
Fuimos al auditorio. Estaba llena de personas, estudiantes, campesinos, profesores, mistis.
En una mesa, al frente, estaba el Puka Inti flanqueado por los integrantes de su Comité Central.
Partido Comunista del Perú – Por el Sendero Luminoso de José Carlos Mariátegui decía en un paño rojo colgado detrás de ellos. Al costado de la inscripción había una hoz y el martillo.
–Ya sabes que es el símbolo de la guerra, ¿no? –me susurró Edith.
Asentí con un movimiento de cabeza.
También estaban las fotografías de cuatro hombres: uno viejo y barbado, otro calvo, otro un gordito con los ojos rasgados y otro un indio.
–Ese es José Carlos Mariátegui, nuestro guía –dijo Edith–. Era un hombre sumamente inteligente, y eso que nunca fue a la universidad.
El Chullañahui nos dio la bienvenida.
–Estamos aquí reunidos para escuchar las sabias palabras del compañero Gonzalo, secretario general del Partido Comunista del Perú, a quien tenemos el honor de recibir con un fuerte voto de aplausos.
El Puka Inti se puso en pie.
Más aplausos.
Recorrió el auditorio con su mirada penetrante.
Silencio.
–El Perú es un país dependiente, semicolonial y semifeudal –empezó el Puka Inti con su discurso–. Como tal, el campesinado constituye el sector más atrasado, oprimido y explotado, y en el campo se encuentra el nudo principal de las contradicciones de toda la sociedad. Por eso la revolución peruana deberá ser democrática y nacional, antiimperialista y antifeudal –hizo una pausa para beber un poco de agua–. Su base social será la alianza obrera y campesina, pero de ellos el campesinado es la fuerza motriz principal mientras el proletariado insurge y se desarrolla como clase dirigente –hizo otra pausa para beber–. La principal y única forma de lucha revolucionaria, para tomar el poder y construir el Estado de Nueva Democracia, es la lucha armada, la guerra popular, pues las clases dominantes no soltarán fácilmente el poder y cuentan con una fuerza armada que se ha convertido en el Perú en un ejército de ocupación –hizo otra pausa–. La guerra popular tiene como escenario el campo y avanza hacia las ciudades. ¡La guerra popular es una guerra campesina o no es nada! –dijo con énfasis. Aplaudimos por un par de minutos–. El Partido se forja y se desarrolla en el curso de la lucha armada y, como organización política, busca, en esta lucha, convertirse en un verdadero ejército popular.
Un hombre, que estaba sentado al lado nuestro, se puso en pie.
–Hace veinte años que están con el mismo cuento de la guerra popular –dijo, casi gritó. Me acordé de mi papá–. Si tanto hablan de la guerra popular, háganlo de una vez sin tanto cacareo.
Salió.
Silencio.
–Algunos qué poca fe tienen, qué poca claridad, qué poca esperanza –se dejó oír de nuevo la voz del Puka Inti–. Desarraigamos las hierbas venenosas, eso es veneno puro, cáncer a los huesos, nos corroería, no lo podemos permitir, es putrición y siniestra pus, no lo podemos permitir, menos ahora. Desterremos esas siniestras víboras, no podemos permitir ni cobardía ni traición, son áspides. Comencemos a quemar, a desarraigar esa pus, ese veneno, quemarlo es urgente –aplaudimos–. Existe y eso no es bueno, es dañino, es una muerte lenta que nos podrá consumir. Los que están en esa situación son los primeros que tienen que marcar a fuego, desarraigar, reventar los chupos. De otra manera la ponzoña será general. Venenos, purulencias, hay que destruirlas.
Aplauso prolongado.
–¡Viva el Partido Comunista del Perú, compañeros!
–¡¡Viva!!
–¡¡Viva la guerra popular, compañeros!!
–¡¡¡Viva!!!
–Para terminar, pido a toda la militancia la entrega total de su vida al Partido.
Otra tanda de aplausos. Besos y abrazos entre el Puka Inti y los miembros del Comité Central.
–Ahora, compañeros, las compañeras Edith Lagos y Valicha nos van a deleitar con ese don maravilloso que les ha dado la naturaleza: su voz –anunció el Chullañahui.
Edith fue la primera en cantar: Hierba silvestre, / aroma puro, / te ruego acompañarme por mi camino, / serás mi bálsamo y mi tragedia, / serás mi aroma, / serás mi gloria…
Cómo la aplaudieron. Se ve que la querían.
Ahora me tocaba a mí: He recorrido mi patria entera / de pueblo en pueblo, / de barrio en barrio, / y en cada pueblo palomas cantaban / llorando tristes sus sueños truncados, / quejándose de tanta miseria…
También me aplaudieron.
Llegó la hora del almuerzo.
En la tarde, hubo reunión de los dirigentes principales del Partido. Con Edith, Carlota y el resto recorrimos la ciudad.
–Dentro de poco, todo esto arderá –dijo Edith.
Y no se equivocaba.
Casi anocheciendo emprendimos el regreso. Edith me regaló Aves sin nido y Los perros hambrientos.
–Esa es nuestra historia –me dijo.
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3
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Tu mamá duerme. Bajo de la cama tratando de no despertarla. Me cambio con el mismo sigilo. Antes de salir, la contemplo: tiene el rostro apacible, lleno de pecas, el cabello revuelto, respira con armonía. Me pregunto si tú también estarás durmiendo, si tendrás los ojitos cerrados, si ya tienes pestañas, cabello. Estampo un ligero beso en la frente de tu mamá, que también es para ti, abre los párpados por un segundo y los vuelve a cerrar.
Tus primos también duermen en la otra habitación.
Salgo del hotel.
Es tempranito, un sol acerado brilla en el cielo de Huamanga, pero no es lo suficientemente fuerte como para no hacerme tiritar. Soy un hombre friolento.
Voy por el jirón Bellido. Busco en cada rostro, sobre todo en los de rasgos andinos, el de la chica que se me presenta como una aparición, como una figura etérea que me mira nomás sin hablarme como si careciera del don de la palabra, que no permite que me le acerque como si al tocarla fuera a desvanecerse en el aire.
Llego a la plazoleta Bellido, vacía a esa hora. Me siento en un banco y contemplo esa inmensa mole de piedra y cemento que alguna vez fue el CRAS de Ayacucho.
CENTRO DE EDUCACIÓN ARTESANAL – C. A.
GALERÍAS ARTESANALES
“Shosara Nagase”
dice sobre el portón de madera de dos hojas que parece recién barnizada. Ya he estado dentro de sus instalaciones, ah, pero no creas que preso, no, no, eso no. Tu padre ha pisado solo una vez la cárcel, para visitar a un amigo, Pelusa. El 2006 estuve aquí con tu tío John. Vamos a conocer la cárcel de Ayacucho, me dijo, quizá un día te animes a escribir la historia de Edith Lagos y su espectacular fuga. Tomen el micro que pasa por la otra esquina, nos dijo el del hotel cuando le preguntamos cómo hacer para llegar a la cárcel de Ayacucho. Terminamos frente al penal de Yanamilla, en las afueras de la ciudad. Edith Lagos se fugó del antiguo CRAS de Ayacucho, nos dijo un policía a quien le preguntamos si allí había estado presa Edith Lagos. ¿Y dónde queda esa cárcel? En la ciudad, en el jirón Bellido, pero ahora no hay nada, es un centro artesanal. Volvimos a la ciudad. No sé por qué razones tu tío dejó de interesarse del tema. En la noche busqué la cárcel sin resultado alguno. Al día siguiente partimos a la Pampa de la Quinua, después a Huanta y luego a Cangari. Allí nos despedimos, él partió de regreso a Lima y yo marché a Chincho. El domingo estuve de vuelta en Huamanga y lo primero que hice fue buscar la cárcel. La encontré, era de noche y estaba con el portón cerrado, como hoy, y lo único que hice fue contemplarla desde afuera, lo mismo que ahora. Sigo impresionado por su titánica estructura. Me puedo imaginar a las huestes guerrilleras atacándola con cargas de dinamita, a los francotiradores apostados en los techos de la iglesia del frente eliminando a los republicanos que la custodiaban, a los presos huyendo por el boquete hecho a punta de bombas.
Recién al día siguiente, lunes, crucé el portón y me di con la sorpresa que allí también funcionaba la UGEL de Huamanga. ¿Cuántas veces Janeth habrá venido a buscar una plaza, a dejar sus documentos? Recorrí sus instalaciones. De las celdas no quedaba nada, solo unas marcas en el piso donde alguna vez estuvo el sobrecimiento.
De diciembre de 1980 hasta marzo de 1982 estuvo allí Edith Lagos. Medio año después de su rescate, murió en Andahuaylas. ¿Habrán existido en ese entonces todas las edificaciones que hay alrededor de la antigua cárcel? Si preguntara, seguro muchos me dirían sí, escuché el tiroteo, las bombas. O quizá digan no sé nada.
¿Por acá cerca vivirá la chica que se me aparece? ¿Y si es un producto de mi imaginación? No creo que me esté volviendo loco.
Vibra mi celular. Es tu madre. Buen día, corazón, ¿dónde estás? Aquí, dando unas vueltas, ya regreso. Ven para salir a desayunar.
Empiezo a hacer el camino de retorno al hotel. Vuelvo el rostro cuando siento que me observan a mis espaldas. Allí está ella, parada al lado de la estatua de María Parado de Bellido. ¿Regresar? ¿Para que escape? ¿Preguntarle quién eres sin obtener respuesta?
Le digo adiós con la mano. Ella solo me mira.
***
Tocaron el portón. Yo estaba leyendo una vieja Caretas que mi mamá había traído de la señora Olga. Ya había terminado de cocinar. Era finales de marzo, faltaban pocos días para volver al colegio.
Fui a ver. En la puerta estaba un hombre alto, fornido. Lo acompañaba una chica blancona, de cara redonda y vestida con pollera.
–¡Tío Anacleto!
–¡Arol!
Nos abrazamos. El tío Anacleto era hermano menor de mi mamá, el tercero. Hace años que no venía. La última vez, en su despedida, fui yo quien lloró más. Esa vez se llevó la escopeta de mi papá para matar un puma que estaba diezmando sus animales en Jiljarajay. Siempre traía carne seca de chivo, quesos duros, cancha tostada con pachas.
Mamá y papá estaban trabajando.
–Tu prima Eva.
Eva tenía mi edad. Se quedó con Dora y Flora mientras el tío y yo bajábamos a la pista con la carretilla. Allí estaba mi primo Víctor, que tenía unos veinte años. Era menudo y corpulento.
–Los he traído porque allá hay guerra –dijo el tío Anacleto–. Los cumpas están reclutando a los jóvenes para que participen en la lucha.
Víctor y Eva apenas si sabían leer y escribir. Como mi mamá, mezclaban el castellano y el quechua cuando hablaban.
–¿Acá también hay guerra?
–No. Aunque de vez en cuando vuelan una torre de energía, pero nada más.
Esa noche, en la cena, el tío nos contó que los terrucos habían llegado a Jiljarajay huyendo del acoso de los soldados. ¿Cómo está mamacha? Bien, dijo el tío. Los cumpas son buenos, son como mis hijos, me atienden bien. Casi todos son universitarios, gente de buena presencia. No te confíes, cuñado, esa gente es traicionera, le dijo papá al tío. No te preocupes, cuñado. Dile a mamacha que se vaya a Huanta. No quiere. ¿Quién le va a cuidar sus animales? Además, en Huanta está peor, allí están los marinos, esa gente no cree en nada. Todos los muertos son culpa de ellos, matan a cualquiera diciendo que son terrucos. ¿Los terrucos no matan? No, ellos solo ajustician a los abigeos, a los hacendados, a las malas autoridades.
El tío se marchó una semana después. Entre su equipaje llevó grabadoras, relojes, ropas que le habían encargado los senderistas. Víctor y Eva se quedaron en la casa. Se pusieron a trabajar porque así lo había querido su papá. Víctor en la zapatería del tío Jesús Valencia y Eva en una casa.
Un día fui con Víctor al Centro. En el Parque Universitario nos compramos casets. Él de los Shapis y Vico, yo de Michael Jackson. Estábamos dando vueltas por allí, cuando nos topamos con unos timadores. Víctor apostó y perdió hasta los casets. Fuimos a quejarnos a un policía. Aunque sea que me devuelvan mis casits, dijo Víctor ante la sonrisa irónica del uniformado.
Víctor era buena gente.
En julio, el tío Anacleto vino por segunda vez. En esta ocasión trajo a Virgilio, el tercero de sus hijos. Tenía le edad de mi hermano John. Era un chiquillo vivaracho. Los cumpas lo quieren bastante, dijo el tío. Les he dicho que solo venía a visitar a sus hermanos.
Aquí le celebramos su último cumpleaños. Jonás, el enamorado de mi hermana Carolina, le trajo su torta, pero la fiestita casi termina mal: el tío vio besándose a los enamorados y se molestó. Amenazó marcharse. Mamá tuvo que rogarle que se quedara.
–¿Hay que fabricar bombas? –nos dijo un día Virgilio.
–¿Cómo se hace eso?
–Fácil: con latas de leche, pilas y clavos.
Hicimos unas bombas que no estallaron. Virgilio quiso preparar pólvora, pero fracasó en su intento. A veces, cuando nos cruzábamos con la policía, siempre se quedaba mirándoles las pistolas. Si los cumpas estuvieran por acá, ya no habría ni un policía vivo, decía.
A fines de setiembre, el tío Anacleto vino por última vez, pero claro que no lo sabíamos. La situación está jodida en la sierra, dijo, los cachacos están matando a todo el mundo. Voy a vender mis animales y venirme con el resto de mi familia. Buscaron una casa para comprarse.
El ocho de octubre, el tío Anacleto regresó a Ayacucho. Era feriado y todos fuimos a despedirlo al paradero. Nunca más lo volveríamos a ver. Dieciséis años después, estaría en Jiljarajay con mamá, la tía Susana y otros ante su tumba.
–Papá, me traes bicicleta –le encargó Virgilio.
Días después, Víctor también se fue a Ayacucho. Empeñó su tocadiscos a la tía Plácida para su pasaje.
Pasó octubre, pasó noviembre.
El tío había dicho que a más tardar estaría de vuelta a fines de noviembre.
La primera semana de diciembre, llegó una carta de la tía Susana: Anacleto ha fallecido, decía la misiva.
***
–Cuando pasen los policías, les arrojamos las piedras –dijo el Chullañahui.
–¿Y si nos matan? –preguntó Piquicha.
–No creo que lo hagan. Nuestro ataque será sorpresivo como el de un puma –dijo el Chullañahui–. Cuando se den cuenta, ya estarán muertos.
–¿Tenemos que matarlos, profesor? –pregunté.
–Necesariamente. O son ellos, o somos nosotros. Estaremos en guerra, y ustedes saben que en una guerra se mata o te matan, no hay otra opción.
Ellos o nosotros.
–A ver, Valicha, repite los pasos de la emboscada.
–El primer grupo de combatientes empieza el ataque después de recibir el aviso del vigía, el segundo da los tiros de gracia y se apodera de las armas, el tercero sirve de contención.
–¡Perfecto! –dijo el Chullañahui–. ¿Entendieron todos?
–Arí, profesor Quispe.
–Después de la teoría, la práctica. Edith y Valicha dirigen el ataque, Piquicha se encargará de rematar a los caídos, Carlota estará en la contención.
Colocamos ramas en el camino. Unos tronquitos eran las armas.
Zenón vino corriendo desde su puesto de vigilancia.
–Vienen diez policías –dijo, agitado.
–Prepárense, dijo Edith.
El Chullañahui estaba atento como un general.
–Allí están esos perros. Dejen que entren a nuestro campo de tiro.
–¡¡Al ataque!!
Un aluvión de piedras de todos los tamaños cayó sobre los supuestos policías. Se levantó una polvareda que poco más nos asfixia.
El grupo de Piquicha salió de su escondite y se puso a rematar a los caídos y buscar las armas.
Regresaron con cuatro.
–¡Mal, muy mal! –el Chullañahui movía la cabeza en señal de desaprobación –Las armas se decomisan en su totalidad, así estén inservibles, para que los enemigos crean lo contrario. ¿Entendido?
Todos dijimos que sí.
–Si tuviéramos armas de fuego, nuestro ataque sería contundente –dijo Antonio.
–Las tendremos –le dijo el Chullañahui–. Recién estamos en la etapa de acopio de armas. Así, de paso, forjamos el temple de los futuros integrantes del Ejército Guerrillero Popular. Que la victoria nos cueste sudor y lágrimas. El Che Guevara tenía armas y no hizo nada en Bolivia, igual Luis de la Puente Uceda. A veces una piedra es más contundente que una bala. Hagámoslo de nuevo. Tú, Valicha, dirige ahora el segundo grupo.
Limpiamos el camino, pusimos otras ramas, otros tronquitos.
Vino el vigía, todos corrimos a ocupar nuestros puestos.
Una lluvia de piedras cayó sobre el camino. Antes que se disipara la polvareda, atacamos nosotros. Recuperamos ocho armas.
–No está nada mal –nos dijo el Chullañahui–. ¿Ven cómo la experiencia forja al maestro? El Puka Inti estará contento cuando le presente mi informe.
Sonreímos orgullosos de nosotros mismos.
Nos pusimos a descansar.
–¿Leíste los libros que te presté? –me preguntó Edith.
–Sí. Los perros hambrientos me hizo llorar.
–A mí también –dijo ella, mirándome con sus ojos bonitos, claros. Tenía la piel lozana, sin chapas como nosotros–. Cuando te vi la primera vez, me imaginé que eras la Antuca.
Me puse colorada.
–¿Cómo están las lindas warmachas? –se nos acercó el Chullañahui.
–Bien, profesor Quispe, bien. Estamos hablando de Los perros hambrientos.
–Excelente obra –dijo el Chullañahui–. Pero la ficción queda corta ante la cruda realidad. En la realidad hay más miseria, más explotación, más crueldad. Los representantes del viejo Estado son más abusivos en la realidad. Nosotros somos como los Celedonios, ellos son los Culebrones, pero antes que nos sorprendan, nosotros tenemos que sorprenderlos.
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4
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El Cementerio General de Ayacucho está lejos del centro. Como siempre, tus primos aprovechan el pánico para hacer de las suyas: se meten por una calle, salen por otra, vienen, toman un poco de agua, es domingo por la tarde pero el sol quema con fuerza, y echan a correr mientras tu mamá y yo vamos a paso de tortuga.
Por estas mismas calles, el diez de setiembre de 1982, fueron llevados los restos mortales de Edith Lagos, muerta una semana antes en Umacca, Andahuaylas, en un enfrentamiento con las fuerzas antisubversivas que la perseguían desde su fuga de la cárcel de Ayacucho. Media ciudad acompañó el cortejo fúnebre de la guerrillera muerta en la flor de la juventud. ¿Simples curiosos? ¿Simpatizantes? ¿Militantes?
Compro un ramo de rosas rojas y amarillas.
–No seas loco, Agustín –protesta tu mamá–. Te van a detener.
Está como tu tío John: en nuestro viaje del 2006 también visitamos la tumba de Edith Lagos, le pedí que me tomara una foto al lado de la lápida y no lo hizo. Se asustó.
Hierba silvestre, te ruego acompañarme en mi camino. / Serás mi amiga cuando crezcas sobre mi tumba. / Allí que la montaña me cobije, / el camino descanse / y en la piedra lápida eterna / todo quedará grabado, está escrito sobre la tumba de Edith Lagos. Es un poema suyo, popularizado por Martina Portocarrero. El 2001, cuando descubrí por casualidad esta tumba, al lado había una flor de retama que ahora han cortado, o se ha secado, no sé. Siempre tiene flores frescas.
Mientras nosotros contemplamos en silencio la tumba de Edith Lagos, tus primos corretean entre los pabellones, mausoleos, nichos.
–Ojalá que en la noche los muertos les jalen las patas –les dice tu mamá–. ¿No pueden estar quietos ni un segundo, chicos?
Ellos ni caso le hacen. Cuando van a visitar a tus abuelos, llevan sus skates. Ir al cementerio es ir de paseo.
–Tómame una foto mientras hago que estoy rezando.
–Que lo encuentre la policía nomás.
–Caramba, no te asustes por gusto.
A regañadientes tu mamá me toma un par de fotos. No acepta tomarme una foto con el puño en alto.
–Eso ni loca, Agustín.
No le insisto.
Después de unas vueltas mirando los mausoleos, los ángeles tallados, las vírgenes lloronas, nos ponemos a descansar en un banco.
Entonces la veo, casi al final de un pabellón. Lleva como siempre su pollera de colores y su blusa rosada.
–Voy a orinar –le digo a tu mamá.
Me le acerco sigilosamente, pero ella, como si tuviera ojos en la nuca, se aleja.
–Oye, espera.
Vuelve el rostro, me mira.
–¿Quién eres? ¿A qué estás jugando?
No me dice nada.
Me le acerco, se aleja.
–¿Qué es lo que buscas de mí?
No me contesta nada. Está callada como una tumba.
–¿Te puedo ayudar en algo?
–¿Con quién hablas, tío Agustín?
Es Diego.
No le digo nada.
–Mi tía Viviana está preocupada –me dice.
¿Y ahora qué le diré a tu mamá? Vi a la chica del Mirador y…
Le echo una última mirada a la chica y regresamos donde tu mamá.
–Estaba buscando dónde orinar –le digo cuando me pregunta dónde me metí.
–¿Y te demoraste más de media hora?
–Estaba viendo las tumbas…
–¿Te pasa algo?
–No, amor, qué me puede pasar. Volvamos al hotel.
***
A fines de febrero llegó otra carta de la tía Susana: mamacha ha muerto, también Graciela. Mi mamá casi se vuelve loca de tanto dolor. Las cartas eran escuetas, apenas un par de líneas. El trayecto hacia Ayacucho era cada vez más peligroso, la carretera estaba patrullada por los soldados que se llevaban a los sospechosos de estar con los terroristas, los senderistas también paraban los buses y mataban a los sospechosos de estar contra ellos. Una carta podría ser una sentencia de muerte.
Mamá se atormentaba preguntándose cómo habían matado a su mamá, a su hermano. Existían varias versiones: que el tío Anacleto, antes de ser ejecutado, logró escapar de sus verdugos, que corrió por toda la playa hasta Tincuy, allí lo derribaron de un tiro. Que estuvo escondido en el monte y solo se entregó cuando los senderistas amenazaron con matar a toda su familia. Sobre la abuela Felicitas decían que la había degollado y botado al río.
Solo Víctor sabía la verdad.
Recién los primeros días de abril volvió Víctor. A su papá lo mataron acusándolo de traidor por haber llevado a sus hijos a Lima sin el permiso del Partido. Lo buscaron cuando casi ya oscurecía. Queremos hablar con usted, compañero. Lo sacaron al patio de la casa, los demás se quedaron dentro, excepto Víctor, que miraba desde el corral sin ser visto por los terrucos. ¿No sabe que lo que ha hecho es traición? Usted dijo que iban y venían y hasta ahora no han vuelto. Estamos en guerra, necesitamos a todos para lograr la victoria. El tío no supo qué decir. Víctor vio que el hombre que estaba parado al costado de su papá levantó su fusil, intuyó el peligro, pero antes que abriera la boca para advertirle a su padre, sonó un tiro. El tío Anacleto cayó al suelo con la cara destrozada. No lloren, carajo, o a ustedes también los matamos, le advirtieron los terroristas. Entiérrenlo de una vez. Pero el tío todavía estaba vivo, convulsionaba, se retorcía de dolor en el suelo. Mátenlo para que no sufra, les pidieron a los terrucos. Mátenlo ustedes, les dijeron estos, nosotros no gastamos bala en traidores. Buscar ayuda a esa hora era imposible, Chincho estaba lejos, Huanta peor, además, esta última ciudad estaba llena de marinos que mataban a cualquier sospechoso de estar con los terrucos. Lo ahorcaron para que no sufriera más. Esa misma noche cavaron un hueco dentro de una casita abandonada, envolvieron al difunto en un par de frazadas y lo enterraron. Eso fue el veintisiete de octubre, diecinueve días después que despedimos al tío.
Unos días después, la tía Graciela, desesperada por la muerte de su marido, preparó mazamorra y se lo dio a sus hijos mezclado con veneno. Los más chiquitos, conocidos como Ingeniero y Belaunde murieron y fueron enterrados a los costados de su padre.
Antes de Navidad, el ejército llegó a Jiljarajay persiguiendo a la columna de terroristas que habían incursionado en Marcas. El hombre que acompañaba a los militares señaló a la tía Graciela como uno de los culpables. Se la llevaron detenida a ella y a sus hijas y a los hijos del tío Juan Rejano. Víctor y el tío Juan Rejano, viudo de mi tía Teodora, hermana de mi mamá fallecida meses atrás de causas naturales, fueron a solicitar la libertad de la detenida. A ellos también los detuvieron por estar sin papeles. Víctor tuvo suerte: lo dejaron ir con la condición que trajera los documentos de los detenidos. Lo que hizo fue avisarle a la tía Susana. Cuando esta llegó a Marcas, le dijeron que los detenidos habían sido llevados al cuartel de Acobamba. Fue a Acobamba. Allí le dijeron que los detenidos habían sido llevados a Lima. ¿Y los niños? Ellos se quedan a vivir en el cuartel hasta los dieciocho años, son hijos de terroristas y están adoctrinados, en el cuartel van a aprender a amar a su patria. La tía Susana suplicó, rogó, lloró, qué sabían esas criaturitas de esas cosas de los terrucos. Logró que le entregaran a Victoria, de seis años, y Blanca de cuatro. Los hijos del tío Juan Rejano se quedaron en el cuartel. Victoria le contó que a su mamá la habían arrojado a un pozo lleno de leña con las manos atadas hacia atrás. Allí murió gritando, quemada viva. Como ellas lloraban de hambre, los soldados les dieron carne frita para que comieran. No lo hicieron, algo les decía que esa carne era el de su madre.
En la quincena de febrero, mientras el papa Juan Pablo II recorría Ayacucho, los terroristas mataron a la abuela Felicitas y a su nieto Julián, un muchacho con retardo mental que salió en defensa de su abuela. Los senderistas se iban de Jiljarajay y quisieron llevarse a la abuela como cocinera. Ella se negó a acompañarlos, les reclamó por la muerte de su hijo, los culpó de la muerte de su nuera y de su yerno. Los terrucos la empezaron a golpear. Allí intervino Julián. A él lo mataron de un tiro, a la abuela la mataron a golpes y después la degollaron. Esto lo contó la señora Inés Soto, cuyos hijos integraban esa columna de senderistas y por eso no le pasó nada. A Julián lo metieron dentro de un horno y a la abuela la enterraron en la orilla del río.
Mamá lloraba a mares.
–No llores, mamá –le dije, consolándola–. Cuando entre al ejército voy a matar a todos los terrucos, te lo juro.
CONTINUA

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