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viernes, 7 de enero de 2011

La muerte de Juan de Dios Gastelú (primeras páginas, corregidas)

Mi viejo y Nacho, en la Huacachina, febrero del 2007
1



Parece un patito, don Juan de Dios.
La enfermera le pone el termómetro en la axila izquierda.
Los ojos amarillos, la piel amarilla. Una picazón insoportable.
¿Qué tendrá, señorita?
Cirrosis, quizá, por lo amarillo.
¿Cirrosis? El hombre no toma ni agua. Es Testigo de Jehová.
La enfermera sonríe. Le mide la presión. Los análisis nos dirán con certeza qué tiene, me dice. Quizá comió algo que le hizo daño. ¿Sufre del hígado?
Eso es lo más probable. Desde que mamá murió, el viejo come lo que puede, lo que le prepara Mariana, lo que le alcanza Carolina, lo que a veces le da Flora de mala gana. Muchas veces come la comida fría, no sabe prender la cocina a gas, a deshora: Carolina le manda un plato de comida a las cuatro, a esa hora almuerzan los Apestegui, que el viejo se guarda para su cena. ¿Qué le costará calentarle su comida y mandárselo a las seis? Ellos tienen microondas. Cuánta falta le hace la vieja. Cuánta falta nos hace.
No, que yo sepa.
¿Qué será entonces?
El viejo lloriquea. Todo saldrá bien, papá, no te preocupes, le digo, acariciándole la cabeza calva, confía en la ciencia. Confía en tu Dios, sobre todo.
Qué fregada es la edad, qué frágil se vuelve uno con los años. Del hombre fuerte que era, solo queda la sombra, un ser asustado, ¿ante la inminencia de la muerte?, el llanto por cualquier motivo.
Y se aburre. Se acaba enero y el calor es insoportable pese a que su cama está a un paso de la ventana que da a la calle. Extrañará sus películas del Viejo Oeste, seguro, sus películas mexicanas que veíamos los jueves y sábados en las tardes. Extrañará La movida de los sábados. Extrañará a la Jeanette Barboza, su amor platónico. En esta sala no hay ni un televisor viejo. Las horas se le harán interminables.
Está harto de estar conectado al suero sin obtener ningún alivio. Milagro que no se lo ha arrancado.
¿Por qué no me llevan al otro hospital?, me dice.
Se refiere al Jesús Labrador de Lince, donde estuvo en noviembre cuando tuvo un ligero derrame cerebral. Está harto de compartir su habitación con cinco personas, hombres y mujeres. En el Jesús Labrador tenía un solo compañero, tenía la ducha a un paso.
Te tienen que hacer más análisis, le digo, pegando mi boca a su oído izquierdo porque está sin su audífono. Quizá después te lleven al otro hospital.
Don Juan de Dios es especial, me dice la enfermera, nunca está contento con nada.
Él es así, señorita, le digo. Dice que no lo dejan bañarse.
Quiere ducharse a las cuatro de la mañana, ¿y si se enferma más de lo que está?
Se nos va antes de tiempo. ¿No cree que sería lo mejor?
La enfermera sonríe. Qué malo, no hable así, me dice.
Es broma, le digo. ¿Lo puedo ayudar a bañarse antes de irme?
Sí. Le voy a quitar el suero un rato. Su presión está normal, igual su temperatura.
Gracias, señorita.
La enfermera le saca la manguerita del suero, le cubre la vía con espadrapo. Ahora sí puede bañarse todo lo que quiera, don Juan de Dios, le dice, levantando la voz. Ya sabe que papá no escucha muy bien.
Ayudo al viejo a bajar de su cama y vamos a la ducha.
Se quita la bata. Toda su piel está amarilla. Está lleno de marquitas que se ha hecho de tanto rascarse. En el pecho y en los brazos tiene las cicatrices que le dejó la explosión del horno cuando trabajaba en una panadería en Pisco. Su espalda se ha curvado tanto que parece una joroba. Sus nalgas parecen dos pelotas pequeñas. Apenas se le nota el pipilí, oscuro, arrugado, cubierto de vellos grises.
De la pinta y el porte de Pedro Infante que tenía, según viejas fotografías que conserva Mariana, no queda nada. La piel amarilla, la cabeza calva, la boca desdentada, la espalda encorvada. Un poco más y se parece a Gollum/Smeagol.
Algún día estaré así, pienso. Dentro de cuarenta años. Si llego a vivir los casi ochenta y dos años que ha vivido el viejo.
Abre el grifo y el chorro de agua fría cae sobre su cuerpo. Me pide que le jabone la espalda. Se queda un buen rato bajo el chorro de agua. Parece un niño disfrutando de un buen baño en este verano insoportable.
Lo ayudo a secarse, a cambiarse.
Báñate también, Arolín, me dice.
En la casa, le digo, aunque ganas no me faltan.
Se afeita, se lava los dientes, los pocos dientes que aún le quedan.
Ahora sí te pareces a Pedro Infante.
Sonríe.
Volvemos a la sala. Se para al lado de la ventana, yo me siento en la silla que hay para las visitas. Me saco los zapatos aprovechando que no hay ninguna enfermera a la vista. Los pies me arden, tengo ampollas. ¿Serán mis riñones? También estoy jodido.
¿Cuándo iremos a Chincho?, me pregunta.
En julio, le digo, pensando ¿de dónde sacaré plata?
¿Ya te pagó Vinces?, me pregunta, como leyéndome el pensamiento.
Todavía, le digo. No le he dicho que hace unos meses Vinces me dijo ¿qué tal ese dinero lo invertimos en un negocio en lugar que te lo gastes en cualquier cosa?
Deberías denunciarlo a ese tipo para que no siga estafando a la gente. Parece John.
Eso es lo que voy a hacer, le digo. Si quieres, podemos ir a Pisco cuando te den de alta.
Sonríe. Seguro está recordando lo que nos pasó hace dos años en Palpa cuando fuimos tras las huellas del mítico Prudencio Luján, su bisabuelo o tatarabuelo que llegó de España y se casó con una chinchana.
Mejor vamos a Chincho, me dice. Allá me puedo sanar, el clima es limpio. Y, con la plata que te den, podemos mejorar la casa de mi papá para no estar molestando a la familia, comprar un terrenito en Huanchuy para criar chanchos. Nacho y Diego ya están grandes.
Es buena idea, le digo. Podría reasignarme a Julcamarca. O estudiar primaria para enseñar en Chincho.
Allá seguro consigues esposa.
Claro, le digo, pensando en los escasos habitantes que tiene nuestro pueblo. Para terminar como John.
Reímos.
Podríamos ir a Iribamba a buscar el tesoro del Rey Chiquito. Reclamar el terreno de mi suegra.
Recuerdo el camino sembrado de torreones antiterroristas. Mamá, Nachito y la tía Susana al lado del chofer; el tío Adrián y yo en la tolva. Los ríos de aguas gélidas, las iguanas de filudos lomos. La tumba del tío Anacleto flanqueado por la de sus hijos.
Claro. Hay que ir de todas maneras.
Vibra mi celular. Es Mariana. ¿Cómo está mi papá?, pregunta. Bien, le digo. Mañana tengo que ir al Almenara a sacarle cita en oncología.
Le pasó el teléfono al viejo. Lloriquea. Pregunta por los chicos, por Nela, por Bere. Manda saludos para todos.
Lo ayudo a subir a su cama.
Abre su vieja Biblia de pasta verde que le hemos traído y me habla de Dios. Existe la vida eterna para todos los justos, me dice. Deberías de estudiar la Palabra de Jehová aunque sea cinco minutitos al día, Arolín.
¿Para terminar como John?, me dan ganas de decirle, pero no lo hago recordando nuestras discusiones de antes cuando me espetaba que yo no fuera como mi hermano.
Siempre habla de Dios, me dice la paciente del frente, una viejecita con el cabello completamente cano. Así habría tenido su cabello mi mamá si John no le hubiera venido con sus problemas desde que se casó a la loca con Emilia, si Mariana no hubiera convertido en infierno la vida de mi madre por culpa de ese mal matrimonio, pienso. ¿Es evangelista?
Testigo de Jehová, le digo. ¿Usted?
Católica.
Ni le diga a mi papá porque él detesta a los católicos, le digo.
La viejecita sonríe.
Jehová no te exige demasiado.
Ojalá que exista Dios, pienso, para ver a mi mamá, a Juan Ignacio, a Eva Cristina, a mi abuela Felicitas, a todas las personas que amé aunque no conocí. Al tío Anacleto, al tío Lauro. No soy un tipo malo a pesar de no ser creyente, aunque sé que eso no es suficiente para alcanzar el Paraíso. Para alcanzar la vida eterna que pregona papá hay que hacer méritos, sacrificios que por el momento no me siento capaz de hacer.
Otra vez vibra mi celular. Es Carolina. ¿Cómo está mi papá?
Bien, le digo, pensando deberías de venir a cuidarlo siquiera un rato, mandar a Apestegui. Acaba de bañarse, ahora está hablando hasta por los codos de Dios.
Si habla así, es que está bien, me dice Carolina.
Mmm. Te paso con el viejo. Es Carolina.
Menos mal que el viejo no lloriquea esta vez. ¿Cómo están los chicos?
El viejo habla y habla y habla. Ahora sé que saldrá bien librado de este percance. En noviembre estaba peor, creíamos que no se salvaría, que terminaría como mamá, o quedaría hemipléjico. Se recuperó rapidito, hasta su cara que estaba media chueca volvió a la normalidad. Igual el 2006, en que incluso lo operaron. Esa vez sí pasé las de Caín: estaba trabajando y viviendo en Vallecito. Ni bien terminaba mi hora, salía volando para venir a cuidar al viejo que estaba con un humor insoportable. Una vez se arrancó el suero porque no le curaba nada, alegó, les jaló los cabellos a las enfermeras, insultó a todo el mundo. Nos llamaron. Llegué al hospital y lo encontré como Túpac Amaru, atado a su cama, lloriqueando, maldiciendo a las enfermeras, a los médicos. Cuántas noches me quedé acompañándolo, durmiendo en la silla, o a un ladito de él en su cama, muriéndome de sueño al día siguiente. ¿Y el resto de sus hijos? Nada, solo Mariana y yo, dejando a un lado nuestros odios, nuestras disputas, nuestros rencores.
Esa vez le extirparon un tumor maligno de las vías biliares. Pienso: ¿y si el tumor reapareció? Imposible. El doctor me dijo que tenía otro tumorcito que no tocaron, tardará veinte años en crecer, antes se morirá de otra cosa.
Me asomo a la ventana. Son casi las seis pero todavía brilla el sol. Por la calle pasan las chicas vestidas ligeramente exultando vida por todos sus poros, los chicos haciendo malabares en sus skates. Los envidio. A esa edad yo también pensaba que mis padres eran inmortales.
La muerte no existía.
¿Dónde estarán esos veranos en que íbamos a acompañar a papá a Huachipa y nos servía un cerro de comida que arrojábamos en un descuido suyo? ¿Dónde estarán esos veranos en que con Viejo, Pelusa, Lube y John nos bañábamos tempranito en la sequia de La Realidad?
¿Dónde?
Hace dos veranos estuvimos en Chincha, Pisco, Ica, Palpa, disfrutando de las playas chinchanas y pisqueñas, de la Huacachina, comiendo y bebiendo hasta el hartazgo, y todo gracias a un cuento con el cual gané un concurso en Trujillo. Quizá esa vez debí de haberlo llevado a Trujillo para que conociera Chan Chan, Huanchaco, pero recién lo habían operado y todavía estaba convaleciente.
Me devuelve el celular.
Le doy su cena y voy a la casa, le digo a mi hermana.
Que coma toda su comida.
Ya. Chau.
Papá me pasa su Biblia. Lee un poco, me dice. Voy a descansar un rato.
Cierra los ojos y empieza a roncar casi en seguida. Hojeo un rato esa Biblia vieja de pasta verde que debe ser la misma con la cual nos repasaba lectura a John y a mí cuando íbamos a acompañarlo a Huachipa. Si mal no recuerdo, la leí hasta Salmos. Cuando papá se bautizó, fui yo el único que lo acompañó a Campoy. Antes íbamos toda la familia al Salón del Reino, incluso mamá, a quien le caían antipáticos los Testigos de Jehová. Hasta que Carolina y Mariana crecieron y se sublevaron. Mariana se volvió católica. John y yo pagamos pato: los sábados que papá no podía ir a las reuniones nos mandaba a los dos. Y no podíamos hacerle el avión porque teníamos que recogerle La Atalaya y Despertad. ¿Cuántos años teníamos, diez, doce? Quizá menos. Eso fue antes de 1980, cuando trabajaba en Huachipa. Pero un día John y yo también crecimos y papá empezó a ir solito a las reuniones. Eso debe de haberle dolido también: que de todos sus hijos solo uno siguiera sus pasos.
Yo dejé de creer en Dios. Una noche me dije ¿qué pasaría si no rezo antes de acostarme? Ya no iba a las reuniones, pero siempre rezaba como me había enseñado mi papá.
No pasó nada. Y no volví a rezar nunca más, ni en las peores circunstancias. No es verdad que en la universidad me volví ateo. ¡Cuántas veces discutí con el viejo por eso!
El que volvió al redil fue John. En 1990 empezó a tener ataques de ansiedad, pesadillas. Tenía veinte años, estaba en la universidad, fue el primero de la familia en ingresar a la universidad, era un chico guapo, inteligente, siempre fue el más inteligente de la familia, incluso más que Mariana, el único que sacaba diplomas en el colegio. Le gustaba bailar, divertirse. Le gustaba en exceso las mujeres. Esa sería su perdición.
Yo trabajaba en Multitemp, le daba para sus gastos. Me decía Chino, cuando termine la carrera y trabaje, estudiarás tú, te ayudaré.
Bien que terminó la carrera, bien que me ayudó. Ahora que lo pienso, nunca le he pedido ni un sol.
Un sábado en la noche se sintió mal. Yo estaba escuchando música con mi amigo Viejo Alberto. Me siento mal, Chino, me dijo. Tómate un café y vete a dormir, le dije, pero, como seguía insistiendo en que se sentía mal, le avisamos a Mariana y lo llevamos al hospital.
Tenía un ataque de ansiedad. El doctor le preguntó si era adicto. John no fumaba ni cigarros. Tampoco tomaba. Ni yo. Eso lo aprendimos del viejo: nunca lo he visto borracho en mi vida. Le recetaron un calmante. Si se repetían los ataques, que se tomara la mitad de la pastilla.
Se repitieron, y con mayor ferocidad y a cualquier hora, tanto que ya no quiso ir a clases y en las noches dormía en la cama de los viejos porque los malos sueños convirtieron sus noches en tormentos.
Y los médicos no le encontraban nada.
Quizá le han hecho daño, dijo el viejo. Sabía de lo que hablaba: en su vida tenía un largo historial de daños, maldiciones, misas negras que le habían hecho brujas y brujos con las intenciones de matarlo, arruinarlo. El daño existe, Arolín, aunque tú no lo creas.
Le di la plata y él mismo lo llevó donde esos brujos que hay a una lado de la Carretera Central en San Andrés, Vitarte. Que me perdone Jehová, dijo, pero es la vida de mi hijo.
Dos chicos y una chica le han hecho daño, les dijo el brujo. Las chicas porque John se burló de ellas. El chico por envidia. Han enterrado su foto en un cementerio.
Recuerdo que un día fui al viejo cementerio de La Realidad y me puse a buscar entre las tumbas la foto de mi hermano. No la encontré.
Yo le costeé el tratamiento. Incluso pensé en pedir un préstamo para voltearle el daño que le habían hecho. Pero lo que pedía el brujo por ese trabajito era una cifra exorbitante. El país estaba en crisis, pedir un préstamo era ponerse la soga al cuello.
A mí ni me pidan plata porque no tengo, dijo Mariana. Se morirá pues, por pendejo.
¿Allí empezó a odiarlo?
Un domingo don Manchego tocó la puerta de la casa. Era hermano espiritual del viejo y nos conocía desde niños.
El que necesita en estos momentos a Jehová es John, le dije a don Manchego. Le conté la historia de mi hermano.
Ese mismo día John empezó a estudiar la Biblia con don Manchego. Volvió al redil. Y cambió radicalmente: vendió sus casacas y sus jeans, se deshizo de sus casets de rock metálico. Dejó de asistir definitivamente a clases Y se fue de casa porque en La Realidad estaban sus enemigos. Ese fue un golpe terrible para la vieja, que lo adoraba, igual el viejo. Creo que allí mamá empezó a morir un poco. Y peor todavía cuando John vino con la noticia, tres años después, que se iba a casar con una hermana espiritual.
Si papá se entusiasmó con ese matrimonio, dos hermanos espirituales casados significaban un matrimonio perfecto, dijo, mamá no. Emilia también había salido de su casa porque sus padres se oponían a sus creencias religiosas. Su sexto sentido le decía que esa mujer le iba a hacer sufrir a su hijo. Y el tiempo le daría la razón.
No se preocupe, señora, los hijos vendrán después, le aseguró Emilia. Primero vamos a hacer nuestra casita, comprar nuestras cositas, y John tiene que terminar sus estudios.
Bien que John terminó sus estudios, bien que los hijos vinieron después.
Esa pendeja se buscó un cojudo que la mantuviera, decía después papá.
Quizá si ese domingo no le hubiera dicho a don Manchego que mi hermano necesitaba a Jehová más que yo nunca hubiera conocido a Emilia y mi madre estaría ahora viva.
Mejor se hubiera muerto cuando estaba enfermo, decía mamá cuando John venía a contarle entre lágrimas el infierno en que se había convertido su vida al lado de Emilia.
Traen la cena. Papá apenas come. No tengo apetito, me dice. Me como su caldito y su flan, me despido de él y me marcho a la casa.



2



Tenía la barba blanquita como el algodón, larga, bien larga como si no se lo hubiese cortado nunca. Se parecía al Dios que había pintado en la iglesia de Chincho. ¿Cuántos años tiene, señor?, le pregunté. Ciento veinte años, me dijo. Hasta esa edad vivirás, Juan de Dios, me dijo mi mamá cuando le conté mi sueño. ¿Cuántos años tenía yo cuando tuve ese sueño? ¿Cuatro, cinco? Estaría como Nela, o Bere. Faltaba poco para la cosecha, la barba de los choclos estaban ya medio secos. Han pasado más de setenta años desde ese sueño. He vivido más que mis padres. Mamá murió en 1954, era joven todavía, parece que le hicieron daño. Papá en 1960, a los cincuenta y nueve años. Nació en 1901. Hoy tendría 108 años. No enterré a ninguno de mis padres. Estaría como Diego cuando salí de Chincho después de hacerlo orinar a uno de los García y solo volvería por cortas temporadas, pero cuánto hice por mi pueblo desde el “Centro Representativo Chincho”. ¿Y quién se acuerda? Nadie, pero no me interesa. Papá murió dos veces. La primera vez casi muero también. Padre ha muerto, viajar urgente, decía el telegrama que me mandaron a la FAM. Agarré mis cosas y viajé a Huanta. Bajando del ómnibus nomás emprendí el camino a Chincho. Cruzando el río Cachi hice un alto donde mama Bini para tomar algo. Solo tenía agua. Bebí y seguí mi camino. Por Qqasi me empecé a sentir mal, la cabeza parecía que me iba a estallar, las piernas se me doblaban. Ya estaba oscureciendo. Aquí moriré, pensé, no podré llegar al entierro de mi padre. Me senté, vencido ya, esperando la muerte, pero justo se aparecieron dos paisanos. ¡Juan de Dios, a los años!, me dijeron… ¿quiénes eran?, ¿por qué he olvidado sus nombres? ¿Cómo murió mi papá? ¿Quién te ha dicho que tu padre está muerto? me han mandado un telegrama diciendo que ha muerto. Te estarían haciendo broma, taita Ignacio está más vivo que tú. Era cierto: mi papá estaba vivo. Te mandamos ese telegrama para que te acordaras de tu padre, ingrato. Eso fue en 1957 o 1958, un par de años antes de que muriera de verdad. Con qué cara iba a pedir permiso de nuevo. Además, María estaba embarazada. Mi viejo no llegó a conocer a Juan Ignacio, quien nació el veinte de febrero de 1961. Papá murió en agosto, si no me equivoco. Juan Ignacio murió el veintiocho de setiembre, apenas vivió siete meses, una semana y un día. Su abuelo se lo ha llevado, decía la gente. Mentira, murió porque le chocó el daño que me hizo mi tía María Villanueva, esa bruja de mierda que ahora debe estar achicharrándose en el infierno. Ella y su hija y su nieta. Su nieta todavía debe estar viva, ¿cómo se llamaba mi sobrina?, ¿tenía quince, dieciséis años cuando le dimos alojamiento? Allí está la enfermera con sus pastillas y agujas. Buenas tardes, don Juan de Dios, ¿cómo se siente, un poco mejorcito ya? ¿Para qué me pone suero si no me cura nada, señorita, si me sigue picando el cuerpo igual y peor todavía? Para que se hidrate, don Juan de Dios. Tómese esta pastillita para su presión y déme su brazo que tengo que sacarle una gotita de sangre para unos análisis que tenemos que hacerle. ¡Ay, carajo, con cuidado! ¿Por qué es tan bruta, ah? Sorry, don Juan del Diablo, está tan viejito que sus venas están más duras que una manguera vieja. ¿Qué dice, señorita? Hable más fuerte que no escucho bien. Que me disculpe, no volverá a suceder. Ojalá, ¿o quiere que me queje a mis hijos? Su hija la gordita es bien jodida, ¿no?, por cualquier cosa reclama. ¿Qué dice, señorita? Que lo noto más saludable que nunca. ¿Cómo quiere que me sienta si me pica todo el cuerpo? ¿Cuántos hijos tiene usted, don Juan de Dios? Seis, señorita. Vaya, usted le ha hecho trabajar bastante a su señora, don Juan de Dios. Jajajá. ¿Ve que nos comprendemos mejor si usted está de buen humor, don Juan de Dios? Hasta nombre de picarón tiene. ¿Usted es soltera, señorita? Sí, ¿por qué?, ¿acaso se quiere casar conmigo? Tengo un hijo soltero. ¿Cuál de ellos, el crespo o el que tiene barba? El que tiene barba. Es profesor, trabaja acá cerca, y también escribe libros. ¿Tendrá su enamorada, no? No, es soltero. Ay, don Juan de Dios, ¡si yo no conociera a los hombres! Mejor me caso con usted. Pendeja, ¿quiere quedarse con mi pensión? Listo, don Juan del Diablo, un permisito que voy a llevar esta muestra al laboratorio. Ya vuelvo.

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