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lunes, 25 de octubre de 2010

Una declaración de amor


Clases de arte en la playa. Frente a su caballete, la profesora nos explica los pasos para hacer un paisaje marino con carboncillo. Sombra aquí, sombra allá, repetía ahora como el vaivén de las olas. Sombra aquí, sombra allá. Marina estaba sentada a mi lado, sobre la arena. Habíamos vuelto a la playa en que nos conocimos. Diez días ya de conocernos.
–Bueno, chicos y chicas, ahora les toca dibujar a ustedes.
–Soy pésima dibujando –me dijo Marina.
–Primero traza una línea horizontal con suavidad.
–Más fácil es dibujar en la arena, creo, con el dedo…
Nunca le había contado que fui yo quien hizo ese dibujo aquella tarde en que nos conocimos y a la cual ella había encerrado en un corazón y puesto su nombre. Pero supongo que lo sabía, ¿no?, o lo intuía. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido.
–Mmm. Sobre todo corazones…
Se puso colorada. ¿Tanto te ruborizas?, quería preguntarle siempre y nunca lo hacía.
–Voy a mojarme los pies –me dijo–. Cuida mis cosas, Harold.
Se acercó a la orilla, se sacó los zapatos y las medias y estuvo allí mojándose los pies mientras yo la dibujaba en su cuaderno de dibujo. Una chica mojándose los pies en el mar, sus zapatos de colegio, brillantes como un espejo, reflejando el sol, sus rubios cabellos revueltos por la brisa marina. Ir, abrazarla, decirle te amo, Marina, Mar. Un chico dibujándola. El Muelle, unas palmeras, unos botes, el cielo poblado de gaviotas…
–Oh, Harold, qué bien dibujas –me dijo, al regresar–. ¿Esa soy yo?
–No sé… quizá…
–Soy yo, ¿no?
–Ajá –esta vez el que se puso rojo como un tomate fui yo.
–Me tienes que enseñar a dibujar, Harold –me dijo–. Sino no te enseño los secretos de la matemática.
Risas.
Se sentó a mi lado.
–Primera lección: tienes que agarrar el lápiz así…
Agarré su mano, pequeña, suave, la sentí temblar.
–Sombreas así… –mi corazón latía tictactactictoctoc como un reloj loco por la emoción–. ¿Entendió, alumna Marina del Mar Arroyo?
–Sí, profesor Harold… –¿esa mirada no es el de una chica enamorada? Las gaviotas en tus ojos color cielo de Pisco, color mar, yo en tus ojos, yo en tu corazón, yo en tus pensamientos, Marina, Mar.
–Hasta la siguiente clase, aprendices de Picasso –nos dijo la profesora–. Terminan su paisaje en sus casas y me lo presentan la siguiente clase.
Acompañé a Marina a su casa y nos despedimos.
A las tres, tocaron la puerta de mi casa.
–Es tu amiguita –me dijo mamá, torciendo la boca.
–Celosa –le dije.
–¿Me puedes acompañar a la playa, Harold? –me pidió Marina–. Se me ha perdido una cadenita.
Le pedí permiso a mamá, voy a acompañar a Marina a la playa. Aprovecha para declararte. Ya quieres ser suegra, ¿no? Oh, sí, hijito, mucho.
Llevé mi guitarra.
Echamos a andar en dirección a la playa. Era una cadenita que me regaló alguien muy especial por mis quince años, me dijo. ¿Un enamorado tuyo? Sonrió. Fuese bueno, pero no, ya te dije que nunca he tenido enamorado. ¿Entonces quién fue? Mi abuelita. Por eso tiene mucho valor para mí. Ojalá que nadie se lo haya encontrado. Lo tenía en el bolsillo de mi falda, no sé cómo se me cayó. Ya verás que lo encontrarás. Ojalá.
Llegamos a la playa. Fuimos al lugar donde estuvimos sentados. Lo empezamos a buscar. Mira bien, por allí debe estar. Quizá se hundió en la arena. Hincamos las rodillas y empezamos a remover la arena. Nada de la cadenita.
–Quizá se te cayó cuando fuiste a mojarte los pies.
Nada de la cadenita a orillas de la playa.
–Seguro se te cayó al agua.
–Mi mamá se va a molestar.
–Bucea y búscala, Sirenita.
–Tonto –me dijo, y me echó agua.
También la mojé.
Nos pusimos a jugar echándonos agua como si fuera carnaval.
–¡¡Ay, mi pie!! –gritó de pronto.
Se apoyó en mí y fuimos a sentarnos en la arena. Una espinita había atravesado su sandalia.
–¿Me la sacas, Harold, por favor?
Tomé en mis manos su pie izquierdo. Era pequeño, blanco y suave como un durazno. Tenía las uñas cortadas y pulidas.
–¡¡Con cuidado!!
–¡Miedosa!
–¡Tonto!
–Parece el pie de Cenicienta.
–Gracioso –dijo, y me revolvió los cabellos.
Dijo ¡ay! cuando le arranqué la espinita. Despacio, ¿acaso me quieres dejar coja?
Reímos.
Me senté a su lado.
–Cántame una canción, Harold.
Afiné mi guitarra.
–Hace mucho no sentíaaa, / lo que siento en este díaaa. / No puedo explicarme nada, / solo tengo tu miradaaa / aquí clavada entre mis ojos –empecé a cantar Canción de amor de Gianmarco–. Solo tengo un raro antojooo, / de extrañarte cada díaaa, / y ser parte de tus díaaas. / Yo no puedo hablarte nadaaa, / lo único que hago es mirarteee, / una que otra carcajadaaa. / No controlo mis palabraaas, / y cuando voy a buscarteee, / mis latidos se aceleraaan, / amor con la luna llenaaaa, solo quiero regalarteeee… –hice una pausa antes de cantar el coro. Mis ojos se reflejaban en sus ojos color cielo. ¿Esa mirada no era de enamorada?–. Una canción de amoooor, / de la penumbra siento que nace una luuuuz, / siento tus manos y presiento que eres tú que estás muy cercaaa, / no puedo creer que tu amor abrió mi puertaaaa…
–¿Quién abrió tu puerta, Harold, mmm?
–Tú, Marina, Mar.
Nos miramos. El mar en tus ojos; el cielo, poblado de gaviotas, en tus ojos; las olas que iban y venían…
Acerqué mi rostro al suyo, Marina, te quiero, nuestras narices chocaron, yo también, Harold, nuestros corazones latieron como mares furiosos toctoctoctoc, nuestros labios se rozaron por una fracción de segundo.
–Tienes que pedirme que sea tu enamorada para que me beses –me dijo, seria.
–Marina, ¿quieres ser mi enamorada?

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