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lunes, 11 de octubre de 2010

Tercer día


Abrí los ojos: eran las seis de la mañana, el sol se colaba por los resquicios de las cortinas. Me dolían las piernas por haber corrido ayer. ¿Marina ya se habría despertado? Seguro. No vivía tan lejos, pero a mí me parecía que la distancia entre nosotros era como el de entre la Tierra y la Luna. Tampoco exageres, Harold, ¿acaso no son amigos? Eres su único amigo, por el momento, poco a poco conocería a todos los chicos del salón y haría nuevas amistades, quizá se haría amiga íntima de alguna de las chicas, y me dejaría de lado. O se enamoraría de alguno de los chicos y también me dejaría de lado… Mejor no especular.
A las seis y media salté de mi cama, me di una ducha, me cambié y fui por el pan para el desayuno.
–Hola, Harold –escuché una voz conocida a mis espaldas.
–Hola, Marina.
Fue ella la que me dio un beso en la mejilla. Ya estaba con su uniforme. Tenía el cabello aún húmedo, todavía sin la redecilla. Le caía como una cascada de oro hasta un poco más de la mitad de la espalda.
Un día más de conocerla. No era un sueño. Existía. Allí estaban sus ojos color mar.
–¿Y qué tal, mmm?
–Bien –le dije. ¿Contarle que me dormí soñando despierta con ella? Soñando que rescataba de nuevo su pelotita y ella en agradecimiento me daba un beso en los labios–. ¿Y tú?
–Bien también –dijo–. ¿Estás cojeando?
–Es que ayer salí a correr a la playa por primera vez y hoy amanecí con dolor de piernas.
–Es por la falta de costumbre –dijo–. Si yo dejo de jugar tenis un par de semanas, me duelen los brazos cuando juego de nuevo. Ya se te pasará.
–Ojalá, sino no voy a poder salir mañana.
–¿Corres solo?
–Quedé con Agustín, pero no pudo acompañarme. Mañana no lo podré acompañar yo, y recién hemos empezado.
Risas.
–Le vamos a decir a Pamela para que nos acompañe. A ver si te animas más adelante. Nos estamos preparando para la gran maratón por el aniversario del colegio. No queremos hacer el ridículo como el año pasado en que llegamos entre los últimos.
–Sería chévere. Le voy a decir a mi mamá. ¿Cuándo celebran el aniversario del cole?
–En setiembre.
–Sobrado llegamos en forma. ¿Solo hay maratón?
–También fútbol, vóley, natación en la playa, pero la maratón es obligatorio, nadie se salva.
–Wao, voy a tener que prepararme también entonces.
–Claro, sino vas a ser la última.
–Qué roche.
Reímos.
Pidió ocho panes, una mantequilla, un tarro de leche y una cocoa.
Salimos de la panadería.
–Come, Harold –me dijo, ofreciéndome la mitad de un pan que había partido en dos.
–Gracias, Marina.
–De nada –le dio un mordisco a su pan–. ¿Hiciste los ejercicios de mate que nos dejaron?
–Sí, pero no sé si estarán bien.
–En el cole lo comprobamos. Mi mamá verificó los míos y sí, me salieron bien.
–Ustedes hablarán de números nomás, ¿no?
–Mmm. Nos comunicamos mediante fórmulas.
Risas. Los hoyitos en sus mejillas. Siempre estaba de buen humor.
–Tu hijo será Einstein.
–Y el tuyo Beethoven, Bécquer.
Reímos con ganas.
¿Cómo serían nuestros hijos?
–Allí vivo –dijo, señalando una casa de un piso pintada de rosado–. Nos vemos en el cole entonces, Harold.
–¿A qué hora sales de tu casa, Marina?
–Veinticinco para las ocho, ¿por?
–Para esperarte…
Se puso colorada. ¡Qué linda se la veía así, con los cachetes rojos como tomates, como fresas!
–¿Puedo?
–Bueno… –dijo, y sonrió, y con su sonrisa se dibujaron sus hoyitos y volaron gaviotas en sus ojos.
–Te espero entonces, Marina.
–Ya, Harold. Chau.
–Chau.
Regresé contento a mi casa. ¡No me dijo no me esperes cuando le dije te espero! Ese era otro punto a mi favor.
Desayuné con ganas. Caramba, Harold, estás con apetito, me dijo mamá. Deben ser por los ejercicios. Veinticinco para las ocho salí de mi casa. Allí venía Marina, un ángel de azul y blanco.
–¿Has olvidado algo? –me preguntó mamá desde la ventana.
¿Y ahora qué le digo?
–Estoy esperando a una amiga…
–¿Amiga? ¿Quién es?
–Marina.
–¿Marina? ¿La conozco? –preguntó mamá, intrigada. Ella conocía a todos los del salón.
–Es nueva. Su mamá trabaja en tu cole.
–¿En mi cole?
–Sí. Es nueva. Enseña matemática –le dije–. Creo que Villanueva es su apellido materno –me hice el sonso.
–Ah, ya –dijo–. Debe ser la hija de Verónica Villanueva. Ella es la única nueva.
Mamá desapareció cuando Marina estuvo a un paso de la casa, pero se notaba que estaba mirando por entre las cortinas. ¿Estaría celosa?
Nos dijimos hola de nuevo.
–¿Vamos? –dijo Marina con una sonrisa.
Echamos a andar rumbo al cole.
–Mira, pasé a limpio los ejercicios de mate –dijo, enseñándome un cuaderno amarillo pulcramente forrado. Detrás le había puesto un paisaje marino que había sacado de un almanaque.
–Está bonito tu cuaderno –le dije–. ¿Ya compraste tus útiles?
–Me traje una docena de cuadernos de Lima de todos los colores –dijo–. Los compré con la propina que me dio mi mamá por las fiestas de fin de año. Como ella es contratada, a veces demoran en pagarle. Imagínate comprar mis útiles en julio, mientras tanto, tendría que escribir en hojas de periódico, o en la arena.
Rió. Me gustaba verla sonreír, escucharla reír. Me gusta verte sonreír siempre, oír tu risa como el rumor del mar en el atardecer.
–Es difícil la situación de los profesores contratados.
–Mmm. Así estuvo un tío mío. Tuvo que irse a otra Ugel para nombrarse.
–De repente mi mamá se nombra por acá.
–¿Te gustaría?
–Sí. Es bonito estar cerca del mar…
¿Del mar o de mí? Se concentró en mis ejercicios mientras yo miraba su cuaderno. Los números estaban dibujados como si los hubiera hecho la mano de un artista.
–Se ve que te encantan los números.
–Es fácil –dijo–. Todo es cuestión de práctica.
–Me tienes que ayudar para no desaprobar.
–De todas maneras. No me gustaría que repitas.
–Ni a mí tampoco.
–¿Con quién voy a bailar en la fiesta de promo si no conozco a nadie del salón?
Rió. Todo en ella era risa. Parece que no conocía la tristeza.
–Yo creo que a mí me gusta el mar porque mi papá era marino, ¿no crees, Harold?
–Claro. Eso se lleva en los genes. Por ejemplo, mi bisabuelo era músico, y yo soy el único de la familia que toca un instrumento musical.
–Si tú me enseñas a tocar la guitarra, yo voy a ser la primera de mi familia que sepa tocar un instrumento –rió–. Y de aquí a cien años mis nietos serás guitarristas.
Reímos con ganas. Qué lindo sería estar juntos, reírnos de cualquier cosa.
Llegamos al colegio y subimos a nuestro salón. Acodados en el balcón, contemplando el mar, Marina me fue explicando los ejercicios mientras las gaviotas planeaban en el cielo color sus ojos. Marina, Mar. Hasta nombre de mar tenía.
–¿Entendiste, Harold?
–Sí –le dije. En realidad, no había entendido casi nada, me había pasado el rato contemplando sus manos tan bonitas, mirando con disimulo su perfil, aspirando su aliento.
–¿Ves que no es tan difícil?
–Tú lo haces fácil, Marina.
Se puso colorada.
–Creo que voy a ser profesora de matemática –dijo, riendo–. Y tú serás mi primer alumno.
–Encantado, miss Marina del Mar.
Risas.
–Suena bonito eso de miss Marina del Mar, ¿no?
–Mmm. Tienes una bonita combinación de nombres.
Sonrió.
En el Muelle, las embarcaciones seguían llegando con sus productos. El viento sopló en nuestra dirección trayéndonos el aroma salino de la playa.
Estuvimos allí hasta que llegó el profesor de matemática. Durante las clases, Marina estuvo como pez en el agua, incluso le corrigió un par de ejercicios al profesor. Esta chica me va a superar, dijo el profesor Fernández. Yo siempre andaba en la luna de Paita pero, con las explicaciones de Marina, ya estaba viendo las cosas más claras.
La siguiente hora nos tocó con la profesora Lina.
–El 30 de agosto tendremos confirmación –dijo–. ¿A quiénes les falta confirmarse, bautizarse o dar la primera comunión?
Medio salón levantó la mano.
–¿Y no habrá matrimonio religioso, profe? –preguntó Toño.
–También –dijo la profesora–. ¿Por?
–Es que se quiere casar con Claudia –dijo alguien.
–Es una buena idea –dijo la profesora–. Hacen falta vendedores de caramelos y cantantes en las combis.
Risas. El único que no se rió fue Toño. Hasta Claudia se mató de la risa.
–El matrimonio es cosa seria –dijo le profesora, dejando la broma–. Por ejemplo, a Harold y Marina les pregunto si se casarían en agosto.
Silencio. El rubor se apoderó de nuestros rostros. Una chica contemplando el mar. Yo dibujándola. Un pelotita rozando mi cabeza. Un corazón alrededor de mi dibujo. Otro corazón alrededor del tuyo. Tienes una bonita combinación de nombres. Dime que nunca te casarás conmigo… ¿La profesora creería que éramos enamorados porque nos llevábamos bien?
–Bueno, bueno, chicos, ustedes puede que se casen, pero sé que lo harán cuando sean profesionales, ¿verdad? –insistió la profesora.
¿Qué decirle para no delatarnos? ¿Cómo me voy a casar con Marina si cuando terminen las clases se irá a Chosica? ¿Casarme con Harold…? ¡Ni loca!
Estábamos entre la espada y la pared.
Justo en ese instante la tierra empezó a temblar o, mejor dicho, las paredes y los vidrios empezaron a vibrar. ¡Temblor! Marina me abrazó, asustada, llorosa. Calma, no es nada. Aquí siempre pasa temblor. Este duró apenas un par de segundos, fue más ruido que otra cosa, pero algunos chicos aprovecharon el pánico para salir en estampida. Cuando sonó la sirena, el temblor ya había pasado. Bajamos al patio por si acaso.
–¡Qué susto! –dijo Marina, como disculpándose por haberme abrazado.
–Tendrás que acostumbrarte. Aquí la tierra tiembla a menudo.
–Soy miedosa –dijo ella, y yo tuve ganas de abrazarla otra vez, acariciarle los cabellos y decirle ya pasará, no tengas miedo, yo te protegeré.
–Yo creo que ustedes sí se casarán –dijo la profesora Lina cuando regresamos al salón–. Allí estuvo la señal divina.
Nos reímos a pesar del roche inicial.
–La profesora Lina se pasó –dijo Pamela, durante el recreo.
Estábamos los cuatro en el quiosco. Presenté a Marina a Agustín y Pamela, mis mejores amigos del salón. Les cayó simpática.
Marina se puso colorada.
–Tiene sentido del humor –dije.
–Y justo pasó el temblor…
–Ayer salí a correr temprano –dije, antes de que a alguno se le ocurriera decir ay, qué lindo se les veía abrazaditos, temblando de miedo… ¿son enamorados?
–¿Y qué tal?
–Bien, aunque ahora ando con dolor de piernas. A ver si se animan y me acompañan para estar con físico para la maratón del aniversario. ¿Se acuerdan que hicimos el ridículo el año pasado?
–Claro que sí –dijo Agustín–. ¿Se animan, chicas?
–Ya –dijo Pamela–. Podemos salir lunes, miércoles y viernes.
–Le tengo que preguntar a mi mamá –dijo Marina–. Si me da permiso, los acompaño.
–Anímate –le dijo Pamela–. Correr por las mañanas en la playa es chévere.
–Veré qué dice mi mamá.
–Bueno.
¿Me estaría choteando o tendría vergüenza de decir ya de una vez?
–¿Y van a salir a cantar por el día de la madre, chicos? –preguntó Pamela.
–Uff, falta bastante todavía para mayo.
–Para ir ensayando, pues.
–En abril empezamos. ¿Nos acompañarás, Marina?
–Yo solo canto en la ducha –dijo Marina.
–Tampoco vamos a dar un concierto.
–Ah, bueno. ¿Y el fin de semana saldrán a vender a la playa?
–Claro. Hay que aprovechar que hay sol. Los cuatro podemos formar grupo.
–Ya.
–Vendamos gelatina –dijo Pamela–. Es fácil de preparar y se gasta menos.
–Cada uno podría preparar veinte vasitos de gelatina de diferente sabor –dijo Agustín –. Yo tengo en mi casa un par de cajas de chupete.
–Bacán entonces.
–Van con sus minis, chicas –dijo Agustín.
–Chistoso –le dijo Pamela.
–Para vender más, pues.
–Algún día –dijo Pamela.
–La esperanza es lo último que se pierde –dijo Agustín.
–Así dicen.
Dividimos los gastos en cuatro.
Volvimos al salón. Nos tocó familia y civismo. Más exposiciones, más lecturas, más investigaciones.
–¿Me da permiso para ir al baño, profe? –preguntó Toño.
–Se supone que después del recreo no hay permiso para ir a los servicios, ¿no? –le dijo la profesora Elisa.
–Es que no salí, profe.
–Bueno, que sea la primera y última vez.
Toño salió del salón todo campante.
–Pensé que había repetido –dijo la profesora.
–Los milagros existen –dijo alguien.
–Eso es lo que estoy viendo –dijo la profesora.
Se le notaba medio contrariada. Es que Toño era uno de los alumnos más inquietos del salón. Nos pidió un cuaderno forrado de azul y el resto del tiempo estuvimos haciendo un repaso de lo estudiado el año anterior.
Al final de la clase salimos los cuatro. Agustín y Pamela nos acompañaron una cuadra y después se despidieron.
–O sea que van a salir a cantar por el día de la madre –dijo Marina.
–¿Nos acompañarás?
–Yo, como cantante, soy buena tenista. Si canto, va a pasar temblor de nuevo…
Se puso colorada, ¿se estaría acordando que me abrazó cuando pasó el temblor en el cole?
Silencio.
–Y nos quedamos sin público.
Reímos con ganas.
–Ayer le conté a mi mamá que estamos en el mismo salón. ¿Te acuerdas del chico de la playa? Estudiamos juntos.
–¿Y qué te dijo?
–Qué bueno que sean compañeros. Se nota que es un buen chico…
–Gracias.
Me sonreí para mí mismo. Una tarde en la playa…
Se le notaba contenta. Yo también me sentía contento en su compañía. Casitas de adobe, puertas y ventanas de madera, techos de calamina, veredas con huecos nos veían pasar.
–Y también le dije que tu mamá enseña en su cole.
–Ojalá que se hagan amigas.
–Ojalá, porque mi mamá es bien chévere.
–Sí, se nota.
El mundo del tamaño de una pelotita de tenis. ¿Por qué tanta coincidencia?
–¿De qué sabor vas a preparar tu gelatina, Marina?
–No sé… Mi mamá me va a ayudar. Una vez yo hice y me salió aguado.
–Te equivocaste de fórmula.
–Ajá.
Risas.
Llegamos a la puerta de mi casa.
–Bueno, Harold, hasta mañana, que tengas buen día –me dio un beso en la mejilla.
–Tú también, Marina.
No me atreví a decirle ¿te acompaño?
Hice mis tareas pensando en ella. Vivía tan cerquita y no podía ir a buscarla. ¿Con qué pretexto?: ¿puedes ayudarme a resolver estos problemas de matemática? Pero si están súper fáciles, Harold. Es que no le entiendo al profe Fernández. Creo que yo voy a ser tu profesora particular. Qué más quisiera yo.
–Cuéntame de tu nueva amiguita –me pidió mamá.
–Se llama Marina, vive a tres cuadras de aquí, su mamá trabaja en tu cole.
–Verónica Villanueva, la de matemática –dijo ella–. Son igualitas, si no fuera porque una tiene el cabello rubio y la otra negro, se diría que son gemelas.
–¿Nos estuviste espiando por la ventana?
–Tengo derecho a saber con quién se junta mi hijo, ¿no?
–Claro. Marina es una chica inteligente.
–Qué bueno. ¿Se sientan juntos?
–Sí.
–No vayas a terminar enamorándote de ella.
Me puse colorado.
–Claro que de una chica inteligente sí vale la pena enamorarse –dijo.
Ya estaba enamorado de Marina. Recordé cuando me abrazó, recordé sus ojos asustados. Qué linda era.
–Seguro.
–¿Salió rubia a su papá?
–Supongo, porque era español.
–¿Era?
–Sí. Desapareció en el mar. Era marino.
–Con razón tiene los ojos tristes.
–¿Ojos tristes? ¿Qué ojos tristes si siempre para riendo?
–Ah, bueno, habré visto mal –dijo mamá –Detrás de la cortina no se ve bien, pues.
Nos reímos, aunque yo me quedé pensando en lo que había dicho mamá sobre los ojos de Marina.

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