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lunes, 30 de marzo de 2015

Cumpleaños de Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa cumple setenta y nueve años. Y sigue en pie como el peñón de Gibraltar.  Sigue escribiendo todos los días con esa disciplina militar que se impuso para llegar a ser un escritor de verdad, no uno más de esos que abundan ahora. Sus opiniones, sus textos, su presencia les sigue dando urticaria a todos esos badulaques que solo tienen la boca para decir estupideces y comer. Hace tiempo los imbéciles pidieron que mejor se dedicara a cuidar a sus nietos porque ya estaba chocheando, pero Mario les ha demostrado que cada día escribe mejor, incluso hace meses subió al escenario para hacer realidad el viejo sueño que de ser actor tenía.
A Mario lo empecé a leer en el último año del colegio. Mi profesora de castellano había decidido marcharse del Perú y generosamente me regaló una buena parte de su biblioteca. Te va a servir de mucho a ti que te gusta escribir, me dijo. Lee sobre todo a Vargas Llosa, el resto no vale la pena. Yo entonces escribía mis versos para conquistar chicas y cuentos fantásticos.
Entre los libros de Vargas Llosa que recibí estaban “La ciudad y los perros”, “La casa verde”, “Conversación en La Catedral”, “La guerra del fin del mundo”, “Historia de Mayta”. También sus obras teatrales “La señorita de Tacna” y “Kathye y el hipopótamo”. Los leí con fruición, pero confieso que terminé más perdido que el minotauro en su laberinto. ¿Para ser escritor tendría que escribir así todo chueco, torcido, hacer un laberinto con la estructura? A la mierda con la escritura.
Pero en ese entonces no soñaba con escribir. Mis sueños eran ser músico, guitarrista, compositor. Quería musicalizar mis versos y echarme al mundo guitarra al hombro como Serrat, Pablo Milanes, Luis Eduardo Aute. También quería ser pintor para pintar desnudas a mis primas y vecinas.
Una cosa es querer y otra poder. Eran los años de la guerra de Sendero y había que defender a la patria contra los afanes totalitaristas de los rojos prochinos. Y me alisté en el Ejército. Combatí, maté, fui herido. Pero sobreviví. Después estuve al otro lado de la trinchera cuando me desencante del Estado. Vino el año de aislamiento total en Yanamayo, el indulto, el exilio en Suecia y Brasil, un matrimonio fallido, la muerte de mis padres. Yo creo que los libros de Vargas Llosa me han salvado de la locura, del suicidio, de la inmolación pues siempre me he dado un tiempito para leerlos.

Y su ejemplo de lo que debe hacer alguien que quiere ser un escritor de verdad. ¡Feliz cumpleaños, maestro!

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