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sábado, 31 de enero de 2009

Se acaba el mes

Se acaba enero. Primer mes de vacaciones, unas vacaciones con sobresaltos. He vuelto a leer después de muchos años "La ciudad y los perros", la primera novela de Vargas Llosa que leí ya en la universidad. Me sigue fascinando como aquel entonces, aunque tengo que volverla a leer con lápiz y papel. Ahora ando con "La muerte de Artemio Cruz". En el intermedio leí algunos cuentos de Hemingway, como "Las nieves del Kilimanjaro", también la vida del autor de "El viejo y el mar", un librito de 1962 que encontré limpiando mi biblioteca.
En cuanto a la escritura, estoy avanzando con tres proyectos: "Tú que miras al mar" para el próximo Premio Horacio, "Luna/Lunar", para un concurso de novela erótica y "El inquilino", una novelita experimental. En "Tú que miras el mar" no hay ni una lisura ni escenas de sexo, sino no voy a ganar ni una mención honrosa en el Horacio; sexo hay, y en abundancia, en "Luna/Lunar". Es mi biografía erótica, jaja, con mucha imaginación, sino, sería aburrida.
No solo leo y escribo, también estoy trabajando en la tierra, arreglando el inmenso jardín de mi padre, que ha estado muy descuidada en los últimos años. Así que ando con las manos llenas de callos y sudando como caballo en este caluroso invierno. La semana pasada casi provoco un incendio cuando quemé la maleza acumulada durante los últimos años. El fuego se propagó hasta el jardín vecino, que es la de un loco que fue dado de baja de la policía porque estuvo en Ayacucho durante la guerra y terminó con los tornillos zafados. Menos mal que no sacó su pistola. Recuerdo que una madrugada salí a cagar, estaba de lo más feliz, cuando se apareció el tipo, en la penumbra vi que me apuntaba, empezó a llamar a mi casa, me había confundido con un ladrón, menos mal que no jaló el gatillo.
Así fue este mes que se va, y también ando llenando mis blogs, y mandando mis textos a los concursos.
Espero seguir igual en febrero, luego marzo y las clases. Febrero es el mes de mamá, habría cumplido 73 años, bueno, algún día también moriré.

Lloran mis ojos al recordarte


Lloran mis ojos al recordarte,
amor, que una tarde me dejaste solo y herido;
amor, que un día te marchaste
condenando al olvido todo lo que vivimos.

Y sigo esperándote,
amor, que dijiste ya vuelvo
y tantas veces se hicieron tarde
y hasta ahora no has vuelto.

Y no hay pañuelo que seque este mar,
compañía para esta soledad,
amor, que nunca volverás.

Lloran mis ojos al recordarte,
amor, que prometiste amarme
y que de tu promesa te olvidaste.

Lloran mis ojos al recordarte,
amor, que hasta ayer sonreías,
amor, que al mirarme
me alegrabas la vida.

Un beso de tus dulces labios,
una caricia de tus blancas manos
era, para mi atormentada existencia, bálsamo.

Amor, hoy solo eres recuerdo,
una lápida blanca con tu nombre,
alguna vez algún sueño,
para volver a ser lo que fuimos entonces.
y su canción

Examen de flauta


Sonó el timbre de la calle. Un sonido breve, firme, ¿de un tiempo o medio tiempo? Eran cinco para las seis en el reloj redondo que colgaba en la pared. Puntual como siempre.
–Debe ser tu profesor.
–El flautista de Hamelín.
En el rostro de mamá se dibujó una tenue sonrisa.
–Ve a abrirle, Marfe.
–Dile que no estoy.
–Segurito que no has estudiado nada por estar chateando.
–La música me llega. ¿No puedo estudiar otra cosa?
El rostro albo de mamá se tornó carmesí.
–¿Te quieres quedar sin internet toda la semana?
–Al menos ahí hay cosas más interesantes que la flauta dulce. Tú deberías de tomar las lecciones en mi lugar. Yo ya estoy harta de estar sople y sople como una idiota.
Mamá echaba candela por los ojos. Se aguantaba las ganas de meterme una cachetada.
Sonó el timbre por segunda vez. Un sonido largo, de cuatro tiempos por lo menos. Una redonda con puntillo.
–Qué jodido es ese profesor. ¿No tendrá nada que hacer en su casa?
–Ve a abrir de una vez, Marfe, o te corto el internet por todo el mes.
–¿Por qué no vas tú, mamá?
–Después vamos a hablar seriamente –mamá tenía una fea mueca en la boca.
Fui a la puerta de mala gana. Ahora me va a jalar las orejas por no haber estudiado. ¿Qué le diré? Tuve exámenes todos los días. Ya estamos terminando el bimestre.
–¡Buenas tardes, profesor Agustín! –se inclinó para recibir mi beso en la mejilla recién afeitada. Olía a colonia. Bien perfumadito para visitar a su amada, ¿no?
–Hola, María Fernanda –él no me dice Marfe–. ¿Cómo estás?
–Bien. ¿Y usted?
–Igual que siempre. ¿Estudiaste?
Las orejas me empezaron a quemar. Rapidito habían pasado los días.
–Un poquito nomás. He tenido un montón de tareas esta semana. Estamos terminando el bimestre.
–Oh.
Allí estaba mamá, con su mejor sonrisa del día. El amor le cambia la cara a uno. Del rostro de ogro de hace un minuto, se había convertido en la bella durmiente.
–¡Hola, Agustín!
–¡Hola, Karem!
¡Hola, Agustín; hola, Karem!, repetí mentalmente, mientras ellos se saludaban con besito en las mejillas, ¿por qué no se besan de una vez en la boca si son novios? ¿Acaso creen que no sé? El flautista de Hamelín no viene por mí, sino por mamá.
–Lo espero en el estudio, profesor.
–Ya; ahorita subo.
Subí las gradas de dos en dos. Me detuve en el descanso. Paré las orejas.
–Bastante frío, ¿no? –escuché que le decía mamá.
–Mmm. ¿Y cómo has estado? –Ahí, pataleando con esa chica. Cada día se vuelve más insoportable.
–Paciencia. Así son los adolescentes. Y peor si es hija única.
–Es que tú no te animas a darle un hermanito…
Dejaron de hablar. ¿Estarían besándose? Bajar y sorprenderlos. Los noviecitos.
Escuché los pasos del profesor y me puse a repasar la partitura de El himno de la alegría.
–A ver, María Fernanda, te escucho –dijo, mirando su reloj. Me esperaban los peores sesenta minutos de la semana. Recé para que la hora se pasara volando.
–No he estudiado nada, profesor –me sinceré, mordiéndome los labios. Quise tragarme la flauta dulce, desaparecer.
–Bueno, bueno, repasaremos –dijo, con una sonrisa condescendiente, tocándome los cabellos–. Mira, María Fernanda, tienes que tocar así.
Lo miré atentamente. Sus dedos, largos, delgados, de uñas recortadas y bien pulidas, parecían estar danzando Cascanueces sobre los agujeros de la flauta dulce. Tenía los ojos semicerrados. Tocaba sin saltarse un compás, marcando los tiempos exactos de las figuras de duración. Yo seguía la melodía en la partitura: sii, do, re, re, do, si. Así jamás voy a poder tocar, pensé. Ni aunque practique todas las horas del día y todos los días de la semana y todas las semanas del mes y todos los meses del año y todos los años de mi vida. Yo no he nacido para ser flautista.
–Así jamás voy a poder tocar, profesor Agustín, ni aunque practique veinte horas al día.
–No es tan difícil, María Fernanda. Todo es cuestión de practicar aunque sea diez minutos diarios. Esta canción se toca casi toda con la mano izquierda. En esta re es la única vez que se utiliza la mano derecha, ¿ves?
–Ay, profe, soy una burra para la música.
–¿Te acuerdas que cuando empezamos no sabías casi nada?
–La partitura era chino para mí.
–¿Ves? Poco a poco vamos a llegar lejos.
–Y algún día voy a tocar en la Orquesta Sinfónica de Boston, ¿no? –y usted, mi mamá y mi futuro hermanito me aplaudirán, ¿no?
–Claro, nada es imposible en la vida.
Reímos.
–A ver, ahora lo hacemos juntos. Dedos de la mano izquierda en los tres primeros hoyos.
Sii, do, re, re, do, si, la. Hasta el estudio llegaba el olor a carne frita. Sol, sol, la, si, sii, laa, sii. Ahora las cebollas y el tomate. Mamá le estaba preparando la cena a su amado. Do, re, re, do, si, la. Su plato favorito. A los hombres se les conquista por el estómago. Sol, sol, la, si, laa, sool. Ahora el coro: laa, si, sol, la, si–do. Un poco más rápido en las corcheas. Repetimos de nuevo: si–do, si, sol, la, si–do, si, la, sol, la, ree. Tapa bien los agujeros para que el sonido salga nítido. Mis dedos no llegan hasta el sexto hueco. Poco a poco lo conseguirás, todo es cuestión de práctica. Al fin el último pentagrama: sii, do, re, re, do, si, la, sol, sol, la, si, laa, sool. Se repite de nuevo. Ahora tú sola. Marca el compás con el pie.
Al fin terminamos la lección. Me dolían los dedos. Solo veía notas musicales delante de mis ojos.
Mamá había preparado saltado. A cenar, músicos. Me senté frente a ellos. El profesor comía con una paciencia de tortuga, una papita, una carnecita, la cebolla a un ladito porque luego me apesta la boca.
–¿Y cómo te va en el colegio, Agustín?
–Ahí, pataleando con los chicos.
–Los adolescentes son bien fregados.
–Mmm.
–Come más, Agustín.
–Ya me llené –dijo el profesor, tocándose el estómago.
–Ve al baño y libérate de ese sobrepeso.
–Ay, mamá, eres una cochina. Me voy a mi cuarto.
–No has comido nada, Marfe.
–Ay, no tengo hambre, mamá. Si me da, bajo después. Me guardas. Buenas noches, profesor.
–Chau, María Fernanda. No te olvides de repasar tus lecciones. Le dices a tu mamá que te ayude.
¿Qué ayuda me va a dar ella si ni sabe cuánto es una negra más una blanca más una redonda entre dos?
Subí de dos en dos las gradas. Me metí en mi cama y me cubrí con las frazadas para no seguir viendo notas musicales por todos lados. Parecían ojillos de roedores atisbándome, vigilándome, persiguiéndome.
siempre con una canción

Poemas de amor/desamor


TE DEJO IR
Piérdete en la noche oscura,
vive todas las aventuras
que te plazcan,
yo no diré nada.
Abre las piernas
como las perras
y aborta
si no es hora
de que seas madre,
para qué preocuparte.
Vende tu virginidad
al que te da más.
No uses preservativo
aunque sea un suicidio.
Si tu sexo se pudre
ya habrá algo con que se cure.
Si te contagian sida,
a la mierda con la vida.
Si te piden por atrás,
no lo pienses más,
hay gente viciosa
que le gusta esas cosas.
Fuma lo que quieras,
que tus neuronas se mueran,
para qué necesitas ahora pensar,
haz las cosas sin reflexionar.
Ve por el mundo
mi pequeña reina,
huye de tu capullo,
no me tengas pena.
Trágate la vida
como un ahogado,
regala esas caricias
que a mí me has negado.
Si un día te cansas
de andar por el mundo
vuelve, aquí está tu casa,
todo esto es tuyo.
Aquí alguien te aguarda
para adorarte como siempre,
alguien despierta cada mañana
diciéndose hoy vuelve.
***
HOY
Hoy me despertaste con una sonrisa,
me dijiste te quiero,
me regalaste mil caricias
y me diste un tierno beso.
Fui el hombre más feliz del mundo,
te amo, me amas,
mi cielo es de un azul profundo,
te tengo, nada me falta.
Caminamos sobre la arena
espantando a las gaviotas;
el mar turquesa,
nos envolvió en sus olas.
Escribí nuestros nombres,
construí un castillo de arena,
le dije a los pescadores
esta niña es mi reina.
***
AUSENCIA
Ayer te marchaste,
te fuiste de prisa,
en tu cuarto vacío
quedaron regados
tu ropa interior,
tus pantalones,
tus blusas,
tus cuadernos,
tus viejas muñecas.
Nunca volverás,
Tu vida a mi lado terminó.
Recojo tus calcetines sucios,
tus toallas usadas,
esas fotos
de tantas cosas compartidas:
tu primera comunión,
el paseo al Parque de Las Leyendas,
con los abuelos en la Casona,
conmigo en el Mirador de Ayacucho,
en Trujillo cuando me gané mi premio,
tú en el colegio con tus amigas,
tú recibiendo tu diploma
por ser una alumna inteligente.
Ahora otro ocupará mi lugar
en las fotos, en tus sueños.
***
EL PRIMER BESO
Tu rostro albo
estaba colorado
como el ocaso.
Besé tus labios,
sentí el latir de tu corazón,
vi en tus ojos un nuevo fulgor.
Fue el primer beso,
fue el comienzo
de esta historia
que guardaré en la memoria
hasta el último de mis días
mi querida niña.
y una canción para la ocasión
http://www.youtube.com/watch?v=Hdb93i28DEQ









Hospital

La tarde de ayer la pasé en el hospital. Papá sigue enfermo. Está amarillo, parece un patito, dijo una enfermera. Las visitas empiezan a las dos, como estoy de vacaciones, en las mañanas hice las cosas y a la una partí al Seguro. De los seis pacientes que habían en su sala, la mitad había sido dado de alta. No me han dado almuerzo, se quejó papá. La enfermera me dijo que a las cuatro lo iban a llevar al hospital Almenaza para que le saquen unas placas.
Se lo dije a mi papá. ¿Me cambio?, dijo. A las tres y media, le dije. Papá es medio sordo, así que siempre le tengo que hablar en voz alta. Se quejó que en la noche le picó todo el cuerpo y las enfermeras no le hicieron caso. Hace un par de días atrás también se quejó que quiso cepillarse los dientes y las enfermeras no le dejaron ir al baño.
El viejo es limpio hasta la exageración. También se quejó que no lo dejaron bañarse porque sentía demasiado calor. Se lo hice saber a la enfermera. Es que quería bañarse a las cuatro de la mañana, dijo. ¿Y si se pone mal?
A las cuatro apareció un técnico con una silla de ruedas. Allí se subió papá. Después lo subimos a la ambulancia y partimos al hospital Almenara.
Llegamos en menos de media hora. Fue difícil encontrarle una vena. Tuvieron que ponerle la inyección por la vía que ya tenía allí. Esperamos como una hora porque una de las máquinas se había malogrado.
Algún día estaré así, pensé, viendo la resignación en el rostro de mi padre. Del hombre fuerte que era antes, ya no quedaba casi nada. Mientras él se ha ido acabando, los chicos han crecido. Antes él velaba por nosotros, ahora somos nosotros quienes lo cuidamos.
***Mientras escribía, escuchaba estas canciones

Que canta, que baila, ¿que nada?


¿Qué me vas a regalar en Navidad, tío Agustín? –preguntaba a cada rato Ximenita.
–Todavía no lo sé, Ximenita.
–Le he pedido a Papá Noel una muñequita que canta y que baila –dijo la niña, con una luz de esperanza en sus bonitos ojos.
–Pobre Papá Noel, se va a arruinar: esa muñeca debe costar una fortuna.
–No seas exagerado, tío Agustín, esa muñequita no cuesta tanto.
–Eso dile al viejito pascuero.
–Ya pues, tío Agustín, dile a Papá Noel que no sea malito; dile que por gusto no me he portado bien todo el año.
¿Portado bien todo el año? Si tuviera que contar todas las travesuras que hizo Ximenita durante los últimos doce meses, por lo menos necesitaría mil páginas… solo para el primer tomo.
–Eso tienes que decirle tú, Ximenita, no yo.
–Acuérdate que Navidad es perdonar y olvidar todas las travesuritas –decía la niña, llenándome la cara de besos.
–Yo solo sé que me has dado dolores de cabeza hasta por gusto, Ximenita.
–Anda, di que sí, tío Agustín. Cómprame esa muñequita, ¿sí? Porfa.
–Voy a pensarlo, Ximenita. Todavía falta mucho para Navidad.
–Ya pues, tío Agustín, di que sí. Para Navidad esa muñequita ya no habrá. Si me lo compras, te prometo que nunca más me portaré mal.
–¿Prometido?
–Prometido, tío Agustín.
–Bueno, te lo compraré.
–¡Yupi! –exclamó Ximenita, saltando en un pie de contenta–. Eres el tío más bueno y más lindo del mundo.
Mi sobrina y Ximenita II (así bautizó a su muñeca) se convirtieron en uña y mugre: jugaban juntas, veían la televisión juntas, dormían en la misma cama, etc. Parecían siamesas, pues hasta para ir al baño no se separaban:
–Es que Ximenita II también quiere hacer el uno y el dos porque ha comido todo su comidita –decía la niña a favor de su muñeca.
Ximenita II empezó a ser utilizada como chivo expiatorio de las travesuras que perpetraba la Ximenita de carne y hueso: –No seas injusto conmigo, tío Agustín. ¿Por qué me castigas a mí nomás si fue Ximenita II quien se limpió el pompis con tus dibujos?
Hasta me convertí en tío de una muñeca:
–¿Te gustó el cuento de La caperucita roja que nos contó el tío Agustín, Ximenita II?
–Sí, me gustó bastante –decía Ximenita II–. Ahora cuéntanos todas las aventuras de Pinocho, porfa, tío Agustín.
–Por hoy es suficiente, niñas. Ya es hora de dormir.
–¡Queremos más cuentos, queremos más cuentos! –pedían las Ximenitas a coro –. Sino no nos vamos a dormir, tío Agustín.
Las dos me iban a sacar canas de todos los colores.
–Pero es el último, ¿ya, niñas? Me duele la garganta de tanto leer.
Todo marchó sobre ruedas hasta la víspera de la Navidad. Cuando fui a buscar a las niñas para que almorzaran, las encontré chapoteando en la piscina como si fueran las hermanas de Sirenita.
–Es que Ximenita II también sabe nadar –me respondió la niña cuando le pregunté por qué había metido su muñeca al agua.
–Sácala inmediatamente antes de que se malogre.
–Primero juguemos al salvavidas, tío Agustín: tú ahógate y nosotras te salvamos como en Baywacht, ¿sí? Te tomas bastante agua, porfa.
–¡Te he dicho que saques a esa muñeca inmediatamente!
La sacó, pero demasiado tarde. Ximenita II ya no bailaba ni cantaba. Probablemente había “muerto” ahogada al cruzársele los circuitos internos. Le cambiamos las pilas, la exprimimos como a un limón para sacarle hasta la última gota de agua, pero nada, la pobre no daba señales de vida.
–¿Por qué no lo arreglas con tu alicate y con tu desarmador, tío Agustín? –sugirió mi sobrina como último recurso.
–¿Y si lo malogro más? Yo nunca he arreglado muñecas, por si acaso.
–Acuérdate que cada vez que se malogran la tele y la computadora, tú los arreglas con tu alicate y con tu desarmador y vuelven a funcionar mejor que antes.
–Bueno, ya que insistes, qué me queda.
Lo único malo es que se me olvidó pedirle a Ximenita que me firmara un papel eximiéndome de toda responsabilidad si la “operación” fallaba.
Y por supuesto que falló: cuando terminé de suturar a mi paciente, me sobraban piezas y la pobre estaba peor que antes.
Ximenita y yo empezamos a culparnos mutuamente de la muerte de Ximenita II:
–¿Por qué no me dijiste que no podías arreglarlo, tío Agustín?
–Claro que te lo dije, pero tú me insististe. ¿O no te acuerdas?
–No debiste de haberme hecho caso, tío Agustín. ¿Si te digo que te tires al río, tú te tiras?
–¿Y a ti quién diablos te mandó que te metieras al agua con todo y muñeca, ah?
–Tú, tío Agustín. Tú me dijiste, y yo solo te obedecí. ¿No te acuerdas?
–¿Yooo? ¿Estás loca? ¿Cuándo, ah?
Según Ximenita, antes de bañarse me preguntó si Ximenita II también podía hacerlo y yo le dije que sí.
–La verdad es que no me acuerdo, Ximenita.
–Tú me dijiste, tío Agustín. Tú tienes la culpa.
–¿Ah, sí? ¿Y por qué me obedeciste, ah? ¿O sea que si yo te digo que te tires del techo, tú te tiras, ah?
Ximenita no supo qué replicarme.
–Bueno, una muñeca es una muñeca. Así no cante ni baile, igualito puedes seguir jugando con ella. Y pueden bañarse todo el tiempo que quieran.
La niña seguía callada.
–Si quieres, la otra Navidad te compro una muñeca mejor que esa, ¿ya?
Pero Ximenita había congeniado tanto con su tocaya, que al verla así perdió todo el espíritu navideño y se encerró en su cuarto. Desde allí reclamaba que le devolviera sana y salva a Ximenita II:
–Que Agustín (cuando ella se molesta conmigo me llama Agustín a secas) me devuelva sanita a Ximenita II. Él me dijo que lo meta al agua, él lo ha malogrado con su alicate y con su desarmador.
No cesaba de llorar a moco tendido, y viendo que no conseguía nada con sus lágrimas, decidió endurecer su posición:
–Si Agustín no me devuelve sanita a Ximenita II, juro que me voy a tirar de mi ventana para abajo y me voy a morir cuando me chanque mi cabeza en el suelo.
–Déjala que se tire si quiere –dijo Karem Geraldine–. Está haciendo puro teatro para salirse con la suya.
¿Puro teatro? Pensábamos que Ximenita estaba bromeando, pero cuando la vimos parada en el alféizar de su ventana, nos asustamos.
–Ximenita, te prometo que para la próxima Navidad…
–¡No quiero nada para la próxima Navidad, Agustín! ¡Yo solo quiero que me devuelvas a Ximenita II antes de que me tire para abajo y me muera cuando me chanque mi cabeza en el suelo!
–Ximenita, ahora estoy sin un centavo, pero te prometo que…
–Voy a contar hasta diez, Agustín, y si no me devuelves sanita a Ximenita II, me tiro para abajo.
–Ximenita, te prometo que…
–Uno, dos, tres…
–Ximenita, te prometo que…
–Cuatro…, cinco…, seis… –Ximenita sacó un pie fuera de su ventana.
Yo estaba a punto de sufrir un infarto.
–Siete…, siete y cuarto…, siete y medio…, siete y tres cuartos…
–¡Ximenita, por favor! –suplicaba yo, casi de rodillas.
–Ocho…, ocho y cuarto…, ocho y medio…, ocho y tres cuartos…
–¡Ximenita, te prometo que para tu cumpleaños! –me puse de rodillas, no tenía otra opción.
–Nueve…, nueve y cuarto… –Ximenita se balanceaba en el aire–. Nueve y medio…, nueve y tres cuartos y…
–¡Por Dios, Ximenita, no te juegues así!
–Y…, y…
Dios mío, esta niña es capaz de cumplir sus amenazas. ¡Si no la conociera yo!
–Está bien, Ximenita, ganaste.
Ximenita volvió a sonreír.
–¿No dije yo que era puro teatro? –dijo Karem Geraldine.
–¿Ahora sí feliz y contenta? –le pregunté a la niña cuando tenía en sus manos a Ximenita III.
–Sí, tío Agustín. Muchas gracias.
A las doce de la noche, mientras los artefactos pirotécnicos iluminaban el cielo de La Realidad anunciando el nacimiento del niño Jesús, Ximenita me hizo una pregunta:
–¿Qué pasaría, tío Agustín, si a Ximenita III le pongo mil cohetes en su cintura? ¿Crees que llegue a la Luna?
–Supongo que sí.
–¡Entonces cómprame mil cohetes, tío Agustín!
–Ni lo sueñes, Ximenita, porque si esta muñeca se te malogra, no te compro otra así amenaces con tirarte del puente Villena. ¿Entendido?
Ximenita se limitó a sonreír.

***Este cuento obtuvo en 1995 el segundo lugar en los Juegos Florales de La Cantuta
Para leerla acompañándose del siguiente villancico

Viaje al corazón de la guerra


Llegamos a la capital ayacuchana (para los primeros españoles Villa de San Juan de La Victoria y Muy Noble y Muy Leal Ciudad. Después de la batalla de Chupas -19 de setiembre de 1542- San Juan de la Victoria) a las seis de la mañana después de un agotador viaje de casi diez horas por la Vía de Los Libertadores bajo un intenso aguacero bíblico. Menos mal que nadie nos detuvo en el camino. Cuentan que en los lejanos tiempos de la guerra los “cumpas” detenían los vehículos para pedir colaboración o para buscar entre los pasajeros algún indeseable a su causa para ajusticiarlo. Es un hermoso y límpido amanecer el que nos recibe. Caminamos por las calles ayacuchanas mezclándonos con personas que van de prisa, con personas que nos ofrecen queso fresco, pan chapla y humitas. Lo primero que hacemos es buscar un alojamiento para dormir y recuperarnos del trajín del viaje. Después de un buen baño, salimos a recorrer la capital ayacuchana. Quien ve la ciudad libre de soldados e infantes de marina no se puede imaginar que aquí hubo una guerra, una cruenta guerra que marcó un antes y un después en la historia de Ayacucho. El desayuno es un humeante plato de mote pelado que nos deja con los estómagos llenos. Nuestro primer destino es la Plaza de Armas. Allí está el monumento ecuestre a José Antonio de Sucre, vencedor de la Batalla de Ayacucho que selló la independencia de América. Allí están las vetustas casonas coloniales, la sede original de la Universidad San Cristóbal de Huamanga que cobijó en la década de los sesenta a Abimael Guzmán. Tenemos a la vista la Catedral de Ayacucho, una de las treinta y tres iglesias que existen desperdigadas en la ciudad. Es casi el mediodía. Después del almuerzo, patasca con cabeza de carnero, subimos al Mirador del cerro Acuchimay. Llegar a la cima no es nada fácil. Es empinado el camino. Parece que estuviéramos subiendo una pirámide azteca, y la comparación no es gratuita. En las paredes, mirando bien, todavía quedan pintas de la época de la guerra bajo ligeras y superpuestas capas de pintura al agua. Ya estamos arriba. Desde allí tenemos una visión privilegiada de la ciudad. Cuentan las leyendas que días antes del inicio de la guerra, 17 de mayo de 1980, Abimael y sus lugartenientes estuvieron en este mismo lugar donde juraron incendiar la pradera. Y vaya que lo consiguieron: miles de muertos y desaparecidos, medio millón de desplazados, cientos de viudas y huérfanos. Un poco más, y borran a Ayacucho del mapa. La ciudad que conoció Abimael cuando llegó a Ayacucho para trabajar como profesor ya no es la misma, ha cambiado, ahora no tiene nada que envidiarle a algún distrito limeño: cabinas de internet por todos lados, todo el mundo con celulares, luz eléctrica en todos los barrios periféricos, empleados públicos y privados bien a los uniformes como en cualquier dependencia de Lima. Estoy seguro que hoy el discurso de Abimael caería en saco roto. No sucedió así en los largos años, las dictaduras de Velasco y Morales Bermúdez, en que el oscuro profesor de filosofía estuvo preparando el terreno para rebelarse contra el Estado. Antes Ayacucho era un pueblito más de esos que abundan perdidos en los Andes. Existían las grandes haciendas, pero la población de a pie vivía todavía en la Edad Media. Fue fácil convencer a campesinos, estudiantes, hombres y mujeres, que la revolución revertiría esa situación. Pero no fue así. Hace calor. Tomamos una gaseosa helada en el restaurante que hay allí. Le preguntamos al mozo si su familia sufrió los efectos de la guerra. Nos mira extrañado. ¿Cuál guerra? Debe tener unos veinte años. La juventud trata de ignorar que aquí hubo una guerra. Casi nadie quiere hablar de esos aciagos años. Pagamos y nos marchamos. Bajamos a la ciudad por el lado opuesto por donde hemos subido. El camino es más tranquilo. En algunas callejuelas las antiguas pintas son más visibles como si las inclemencias del tiempo no hubieran hecho mella en ellas. Nuestro siguiente destino es la cárcel de Ayacucho, de donde Edith Lagos escapó bajo el intenso fuego de la fusilería de los guerrilleros que vinieron a rescatar a los suyos. Tomen el micro que pasa en esa esquina, nos dijeron. Después de salir de la ciudad, llegamos a la cárcel de Yanamilla. Las autoridades nos informan que esa cárcel es nueva, que la que albergó a Edith Lagos está en la misma ciudad, en la calle María Parado de Bellido. ¿Ven cómo los ayacuchanos hasta han olvidado que tuvieron una cárcel en el corazón de la ciudad? Volvemos a Huamanga. Llegamos allí. Es una fortaleza de piedra y cemento. Ahora la han convertido en centro artesanal. En la entrada está la marca de aquel letal ataque senderista: las piedras y la argamasa tienen un tono diferente. Me imagino a los guerrilleros disparando desde la placita del frente, y quién sabe si subidos en la iglesia que está cruzando la calle. Entramos. Estamos respirando el mismo aire que respiró Edith Lagos. Estamos viendo los mismos muros de piedra que miraron sus ojos. Siento su presencia. Recuerdo su rostro de rasgos indígenas. Allí estuvo durante más de un año, desde diciembre de 1980 hasta marzo de 1982, en que fugó espectacularmente para convertirse luego en mito. A pesar que participó activamente en la guerra por un corto tiempo, es una de las heroínas, quizá la única, ni Carla, ni Norah, ni Elena lo serán, populares de la revolución. Tal vez su leyenda se deba a su temprana muerte: no tenía ni veinte años –nació el 21 de noviembre de 1962 y falleció el 3 de setiembre de 1982– cuando murió en Umacca, Andahuaylas, en un enfrentamiento con la Guardia Republicana. Su entierro fue multitudinario. La historia de la guerra –y nadie lo ha desmentido– calcula en diez mil los asistentes a las exequias de la joven guerrillera, algunos dirán que eso es una exageración, pero lo cierto es que toda la ciudad de Huamanga se volcó a las calles ese 10 de setiembre de 1982 en que Edith Lagos fue enterrada. Allí está su lápida en el Cementerio General de Ayacucho que visitamos luego. En la piedra –que sobrevivió a varios atentados de los paramilitares del primer régimen aprista– está escrita Hierba silvestre, poema compuesto por ella misma y convertida posteriormente en himno de las huestes rebeldes. ¿Por qué tanta gente acompañó los restos de Edith Lagos? ¿Por qué hasta ahora tiene flores, siempre rojas, frescas todos los días? Porque por aquel entonces el discurso rebelde había calado en la población. Nadie era ajeno a la guerra: todos tenían un hermano, un pariente, un amigo o un conocido involucrado en el conflicto. ¿Cómo ser indiferentes entonces? Además, todavía Sendero no había aplicado su política de arrasar poblaciones enteras y exterminar indiscriminadamente a los campesinos. Esto cambia cuando el ejército es encargado de combatir a los rebeldes. Ambos bandos golpearon a la población que entonces se vio en medio de un intenso fuego cruzado. De los dos, el que empleó la mayor crueldad fueron los senderistas. Entonces la población le da la espalda. Se forman las rondas campesinas, los comités de autodefensa. El ejército, que ya no veía con ojos enemigos al campesinado, los apoya con armas y tácticas antiguerrilleras. Sendero es derrotado en el campo y se traslada a la ciudad. Pusieron en zozobra a la capital con sus atentados diarios, pero el 12 de setiembre de 1992, diez años después de la muerte y del multitudinario entierro de Edith Lagos, Sendero es descabezado. Era el comienzo del fin de la guerra. Este se produjo un año después con el llamado del encarcelado presidente Gonzalo a un acuerdo de paz. Todo lo que se ha visto posteriormente han sido montajes de los gobiernos de turno para asustar a la población. En la noche continúa nuestro recorrido. Entramos a la Iglesia de La Merced. Está llena, igual la Plaza de Armas. ¿Hace cuánto que no hay un apagón? Uff, hace mucho, nos dice un anciano que se ha sentado al lado nuestro en uno de los bancos. ¿Usted vivió la guerra? Todos lo vivimos, todos los ayacuchanos lo apoyamos en un principio, nos dice. ¿No se acuerda que hasta el actual presidente alabó la mística de los cumpas? Cierto. ¿Por si acaso no estuvo en el entierro de Edith Lagos? Lo estuve. Y también estuve en la fuga del Cras de Huamanga, nos dice. Yo conocí a Edith Lagos, la compañera Lidia. Era una chica inteligente, sensible. Sus padres eran prósperos negociantes, hasta estudió en una universidad particular de Lima, no tenía por qué haber estado en la guerra, menos ofrendado su vida, pero amaba al pueblo, le dolía la miseria en la que vivían, y viven aún, la mayoría de ayacuchanos, por eso regresó para dar su valiosa vida a la causa. ¿Podemos hablar más ella?, le digo. ¿Por qué ese interés sobre Edith Lagos? Estoy escribiendo un libro sobre los años de la guerra. ¿Cómo se llama? Ayacucho era un campo de batalla. Claro. Nos da una dirección en Huamanguilla. Si se animan, van. Siempre estoy allí. Claro que fuimos, pero ese diálogo es otra historia. Tres días después partimos a Huanta, la Fiel e Invicta Villa de Huanta de los hispanos. Huanta sí conozco bien. Allí pasé los primeros años de mi niñez. Un par de veces estuve con mi madre ya de mayor. Ahora vuelvo otra vez sin ella. Huanta fue una de las ciudades más golpeadas por las fuerzas en conflicto. Punto obligado de nuestro recorrido es la Plaza de Armas y la calle Cinco Esquinas, conocidas por ser mencionadas en Flor de retama, canción que muchos identifican como himno de los rojos. Lo cierto es que esa canción habla de la protesta de los huantinos, durante la dictadura militar, por la gratuidad de la enseñanza escolar. De Huanta partieron a Uchuraccay, en 1984, los ocho periodistas que posteriormente serías asesinados por los campesinos al confundirlos con senderistas. El estadio de Huanta es célebre porque allí desapareció el periodista Jaime Sulca. A la salida de la ciudad está Ayahuarcuna, lugar en que, durante la guerra, los senderistas dejaban a los muertos para que estos fueran pasto de los perros y cerdos. Apenas hemos recorrido dos ciudades y ya nos sentimos agotados. Pienso que el trabajo de Abimael fue de hormiga. Ayacucho es inmenso, en esos tiempos, sin la movilidad que existe ahora, debió haber sido una tarea de titanes llevar a tantos pueblitos sus incendiarias ideas. ¿Qué lo impulsó? ¿La miseria que veía a cada paso que daba? ¿El abuso de los hacendados, de los mistis, de las autoridades? ¿La tiniebla y el medievalismo en que se vivía en ese entonces, y en que se vive todavía hoy en las afueras de las principales ciudades? Quizá nunca lo sepamos. Mientras tanto, seguiremos con los ojos cerrados diciéndonos que la guerra terminó, seguiremos viendo con indiferencia a esos peruanos a quienes la Batalla de Ayacucho sirvió de poco. Quizá los liberaron del Imperio Español, pero el imperio de la miseria, de la ignorancia, de la desnutrición, siguen todavía allí.

Ayacucho, 2008

Literatura erótica

Todos aquellos que quieran leer mis historias eróticas, pueden ingresar al blog que he creado especialmente para eso

http://elsexonuestrodecadadia.blogspot.com/

allí están mis cuentitos subidos de tono.

Amaneciendo en ti


DEBO ESTAR ENAMORADO
para pensar a cada segundo en ti,
para soñar con estar a tu lado
y hacerte feliz.
Debo estar enamorado
para estar así:
con el corazón en la mano
si no estás junto a mí.
Debo estar enamorado
para ya no sufrir
por amores que han pasado
dejando mi corazón a punto de morir.

TIENES UNOS OJOS BONITOS
que me miran con cariño.
ojos grandes, ojos claros,
ojos que yo amo.
ojos que sonríen siempre
como un día de setiembre.
Si lloran, me gusta secarlos,
de besos llenarlos.

HOY ES UN DÍA DE SOL
porque encontré el amor
en tus manos pequeñas
que como el río se llevan
las penas al mar
de donde nadie las sacará más.

AMANECIENDO EN TI
entre sábanas blancas
que anuncian la mañana
para ti y para mí
entre cantos de pájaros,
hojas al viento,
gaviotas en el cielo
y relinchos de caballos.

CONTIGO SOY FELIZ
porque este amor no es clandestino,
porque tú piensas en mí
y tu corazón no es compartido.

MI NIÑA YA ES MUJER
ya sabe de caricias sobre su piel,
ya sabe que esa lluvia
que la inunda
está buscando tierra generosa
donde sembrar sus rosas.


marzo 2008


Otra canción de Ubiergo que me gusta




Carta a una madre ausente


A María Palomino Ceras de Gastelú
28 febrero 1936 – 22 julio 2005

Madre: Hace un año partiste en un viaje sin retorno hacia las estrellas. La flor volvió a ser semilla y regresaste al abrigo de la tierra. Fue un viernes veintidós de julio a las cuatro de la tarde. Funesto día. Funesta hora. Cuatro de la tarde. A esa hora se cerraron tus ojos para siempre, a esa hora se calló tu voz para siempre. ¡Un año ya de dolor, de lágrimas, de recuerdos, de nostalgias, de esperanzas frustradas, de eternos días grises! El camino al cementerio es el camino más triste que existe en la vida. Ayer sonreías y ahora ya no estás. Ahora estás ahí, en una tumba, una lápida separa nuestros mundos. Estuviste a mi lado treinta y siete años, un mes y dieciséis días. Y ahora ya no estás aquí. Es triste volver a casa y no encontrarte. Ya no me esperas con la cena caliente. Ya no me preparas el almuerzo para irme al trabajo con el estómago lleno. La casa está vacía, pero en cada rincón hay un recuerdo tuyo. Ahí está tu jardín con las flores y plantas que cultivabas. Ahora las aves, que ayer cantaban alegres, cantan tristes melodías a tu ausencia, viejita linda. Yo también estoy triste. El sol, ese sol eterno de nuestro lugar, no ha vuelto a salir en mi corazón. Te lloré ciento veintiocho días seguidos. Te lloro todavía. A veces siento que mi vida me pesa, pero debo continuar. Mis días son grises. Envidio a Nacho y Diego, los nietos que quisiste como a tus hijos, por jugar alegres. Están grandes. Diego ya sabe leer y escribir. Es un niño inteligente. Nacho está más preocupado por los juegos, por Gokú. ¿Te acuerdas que los sacaste del hospital cuando eran chiquitos? Juntos los preservamos del odio ajeno, de la indiferencia. Por eso te odiaban Mariana y Carolina y los Apesteguis. Yo sigo preocupándome por ellos como tú hubieras querido. Dónde estarás, madre. Yo estoy aquí, con un inmenso dolor en el corazón, con lágrimas en los ojos desde hace un año atrás. Para mí ya no hay primaveras ni veranos. Un eterno invierno es mi existencia. Solo me queda el consuelo de saber que pronto nos encontraremos y estaremos allá, en ese lugar donde la primavera es eterna, donde no existen el odio, la maldad, la indiferencia, donde ya no llorarás, ni yo tampoco.

Tu hijo Harol

***Escrita en julio del 2006

El tiempo en las bastillas

"El tiempo en las bastillas" es una canción de Fernando Ubiergo que me encanta. Justo me estaba preguntando qué título ponerle a mi blog y la escuché.
Aquí les entrego unos enlaces a Youtube.


Espero que les guste como a mí, aunque no he encontrado la versión del disco.

viernes, 30 de enero de 2009

Amor de verano (primer capítulo)


–Hola, chicos, ¿qué tal? Soy Luisa Flores, la profesora de guitarra.
Tenía una bonita sonrisa de labios sin pintar. Su voz era el canto de un pajarillo. Tendría veinte años, o un poquito más.
–Bien, miss –dijimos todos.
–Está buena –susurró Viejo a mi izquierda.
Miss Flores llevaba un jean celeste, ajustado, un polito anaranjado, un carmín del mismo color sujetando su rubia y ondeada cabellera. Lástima que no tenga mucha teta, murmuró mi amigo. Era alta y esbelta. Tenía un rostro lozano, albo, unos ojos grises como de gata. Tenía las cejas sin depilar.
–Conmigo van aprender a tocar la guitarra y cantar –dijo la miss.
–Y a cachar –susurró Viejo.
Con tu mamá aprenderemos eso, tuve ganas de decirle. Me dieron ganas de meterle una patada en los huevos.
–Primero conoceremos nuestra guitarra, chicos –ella sacó de su estuche una reluciente guitarra. Era mejor que la mía. La mía me había costado las propinas de un año.
–Aquí está la abuelita de esa guitarra –dijo la Bebe. Su guitarra era vieja, llena de calcomanías.
Hasta ahí todo bien. Yo ya sabía lo que era el mástil, las clavijas, los trastes. Sabía qué era la caja de resonancia. Sabía poner las cuerdas. Sabía afinar.
–¿Sabrá lo que es esto? –Viejo se toco los huevos.
–¿Te callas, mierda? No me dejas escuchar.
–¿Por qué te asas si no es tu jerma?
–Ahora una canción –miss Flores tomó asiento, puso la guitarra entre sus piernas y empezó a tocar y cantar La playa: No sé si ya me recuerdas / nos conocimos al tiempo / tú, el mar y el cielo / quien me trajo a ti...
–Se nota que está sufriendo –dijo la Bebe.
–Quiere pinga –dijo Viejo.
–Pinga quiere tu mamá, huevón.
–Cállate, conchatumadre.
–Déjense de huevadas –dijo la Bebe.
La miss terminó la canción y la aplaudimos.
–Nunca vamos a aprender a tocar así –dijo una chica de la primera fila.
–Todo es cuestión de práctica –dijo miss Flores–. Tenemos dos meses por delante. Ahora un poco de teoría para que aprendan a leer música.
Dejó su guitarra apoyada en la pared, agarró el plumón y empezó a dibujar en la pizarra acrílica líneas, bolitas, puntos. La primera línea se llama mi, el primer espacio fa. La segunda línea es sol. La negra vale un tiempo, la blanca dos, la redonda cuatro.
–¿Y usted?
–¿Te callas, mierda?
–Es que aburre. Debería de tocar de una vez.
–Atentos, chicos, porque después van a estar perdidos en el espacio.
Risas.
–Ahora vamos a aprender a afinar nuestra guitarra. Escuchen: la primera cuerda al aire es mi. Muevan la clavija hasta que suene igual que la mía.
Sonaron infinidad de cuerdas. Algunas parecían el graznido de cuervos. Menos mal que yo sabía afinar. Afiné la guitarra de la Bebe. Ella era dura de oído, igual que la Chata.
–Ahora vamos a aprender acordes. Un consejo: hay que cortarse las uñas de la mano izquierda para no picar los trastes y presionar las cuerdas bien –nos enseñó su mano izquierda: estaban bien recortadas–. Las uñas de la derecha sí tienen que estar un poco largas.
Empezamos a hacer acordes. Fácil. La que pataleaba era la Bebe. En el grupo, ella tocaba la pandereta. Pon este dedo aquí, este acá. Duelen los dedos. Yo recordaba las ampollas y los callos que me salieron cuando empecé a tocar. Tocaba a escondidas al principio. A mi papá no le gustaba que agarraran su guitarra.
Las dos horas de clase pasaron rapidito.
–Para mañana practican estos tres acordes para hacer canciones –dijo miss Flores.
–¿Por qué no practicamos poses, mejor?
Con Viejo no se podía. Su obsesión era el sexo. Entraba a internet solo a ver porno.
Abandonamos el salón en estampida. En el patio nos reunimos con Chato, la Chata y mi hermana Mariana, que se fue volando porque tenía clase de flauta dulce. La hermana de Viejo estaba en cerámica al frío. Recorrimos los pasillos del Centro Cultural. En el salón de flauta, estaba miss Flores.
–Qué bien toca la flauta –dijo Viejo. Me pude imaginar lo que estaba pensando.
–Si sigues así, nunca vas a aprender a tocar la guitarra.
–Con tocarle las tetas, me conformo.
–No seas cochino, hay mujeres –dijo la Bebe.
–¿Mujeres? ¿Dónde? Yo solo veo un palo con pelos y una pulga amaestrada.
–Huevón.
–Me ha la visto.
–No veo huevadas.
Fuimos al quiosco y compramos una Inca Kola helada entre todos. El calor nos sancochaba el cerebro. Después, en el jardín, les repetí las lecciones. Mejor nos hubiéramos apuntado en cerámica al frío, o en pintura, como el Chato.
A la una se nos reunieron los demás. Primera clase y Mariana ya sabía un par de canciones con la flauta dulce. Claro que El reloj y Pimpón son para mongos. Los chatos habían hecho unos gatitos de cerámica.
Mamá nos mandó a practicar al techo porque la abuela estaba con dolor de cabeza.
A los tres nos fuimos al río. Mi hermana llevó su flauta. El río estaba cargado. La Bebe se bañó en ropa interior. De las tres chicas, era la más desarrollada, tenía buenas tetas y buen culo. Ella se afeitaba abajo. A la Chata y a mi hermana se les escapaban los pendejos por los costados de los calzones.
–¿Se la has dado por el culo? –preguntó Viejo.
–Lo único que hacemos es meternos al colchón en tu cara. Me contó que el otro día se la quisiste empujar todo. Así no vale.
–Carajo, tengo que aprovechar, ¿no? Ya que tú no haces nada.
–Si vamos a hablar de jermas, mejor está la tía de guitarra –dijo Chato.
Me reí.
–¿Ustedes creen que nos va a dar bola? No sean huevones.
–¿Un pajazo en su nombre?
–Guarda leche para la noche porque esta vez se la doy con todo a tu hermana, Viejo.
–Ahí sí te la meto por el tubo por pendejo.
–Tú sí cuidas a tu hermanita, cabrón.
–Sin saber que a ella ya le pica la chuchita. El otro día me la quiso chupar.
–No hables huevadas, Chato, o te ahogo.
–¿Están rajando de nosotras, creo? –preguntó la Bebe, sentándose al lado nuestro. Debajo del calzón tenía una hendidura.
–Mira cómo estoy por ti, Bebita –le dijo Viejo, sopesándose los huevos.
–Fuera, cochino.
–Rica el agua –dijo la Chata.
Era chiquita, pero bien formada. Tenía mejores tetas que la Bebe, hay que reconocerlo. Era bien peluda.
–¿Por qué no hacen un concurso de pajas, chicos? –propuso ella.
–¿Por qué no se meten la flauta de Mariana, ah?
–Muy chica para mí –dijo la Bebe.
–No se metan con mi flauta porque es personal –dijo mi hermana.
–¿Es para ti nomás?
Mi hermana se puso colorada. Me miró como diciéndome por qué no le sacas la mierda a ese baboso.
–Mejor guardamos energías para la noche. Vamos a nadar un poco más.
En la noche, después de cenar, nos encontramos en la Casona. Viejo llevó trago, Chato, unos cigarrillos que le había robado a su papá.
No había fluido, nos alumbrábamos con la luz de la calle que se colaba por las ventanas rotas.
Empezamos a jugar a la botella borracha.
–Tín y la Bebe al colchón –mandó Viejo.
–¿No puedes mandarme con tu hermana?
–¿Al colchón o al sótano?
En el sótano penaban.
–Vamos, amor –la Bebe me jaló de la mano.
Lo que más roche daba del colchón era quitarse la ropa delante de todo el mundo. Siempre que íbamos a la Casona, yo me ponía mi mejor calzoncillo.
La Bebe se quitó la faldita y el polito. Quedó en ropa interior. Ahora tenía un calzón negro. Me imaginé que ella era miss Flores. Traté de pensar en otra cosa para que no se me parara. Me palteaba que mi hermana me viera con la pinga al palo delante de todo el mundo.
Se quitó el sostén. Allí estaban sus tetas, medianas, puntiagudas. Se me estaba empezando a parar. Pensé en el perro muerto lleno de gusanos que habíamos visto en el río.
–¡El calzón!, ¡el calzón! –pidieron los demás.
–Quítate el calzoncillo, Tín.
Busqué el rincón donde la luz de la calle no llegaba. Me lo quité.
Risas.
–Con eso no vas a sentir nada, Bebe.
–Es un manicito.
–Tu hermano es un impedido físico, Mariana.
–Cuando se pare, te vas a asustar, Viejo.
–¡El calzón!, ¡el calzón!
–Paciencia, huevones. Música, maestro.
Mi hermana tocó El reloj. Tic tac, la Bebe movía las caderas, tic tac, tic tac, se quedó quietecita y se quitó el calzoncito. Los chicos le estarían viendo el culo.
Se sentó sobre mi pinga, aplastándola.
–Ay –dijo–, qué grande la tienes.
–Mentirosa.
–En serio, parece una anaconda. ¿No quieres probar tú, Viejo?
Viejo no dijo nada.
–¡Las tetas!, ¡las tetas!
Hice lo que me pedían. Los pezones de la Bebe se endurecieron en mi boca. Mi sexo también se puso dura. La abracé por la cintura. Me imaginé que era miss Flores a la que estaba abrazando, chupando las tetas.
Ella se echó, levantó las piernas y las puso sobre mis hombros. Sobé mi sexo en el suyo. El cuarto olía a sexo.
–¡Cache!, ¡cache!
Seguí sobándome hasta que terminé sobre su pubis pelado.
Casi a medianoche regresamos a nuestras casas.
Todos estaban durmiendo. Fuimos a la cocina, de puntillas, cogimos un par de manzanas y nos metimos a nuestro cuarto.
–No me gustó lo que hiciste con la Bebe –me reclamó Mariana. Estaba seria.
–Solo era un juego.
–Pero no lo vuelvas a hacer.
–¿Y qué hago si me mandan?
–No sé…
Me besó. Su boca olía a manzana. Me eché sobre ella. Le besé la cara, el frágil cuello, las orejas. Bajé hacia su pecho, le quité los botones de la blusa, le solté el sostén y le besé las tetas. Tenía los pezones duros. Seguí besándola, bajando por su piel. Me detuve en su ombligo. Metí y saqué mi lengua. Seguí bajando. Ella gemía, me acariciaba los cabellos. Le bajé el buzo, el calzoncito. Allí estaban sus vellos, oscuros, rizados. El olor de su sexo penetró por mis fosas nasales, llenó mis pulmones. Era un olor que yo ya conocía. Aparté la mata de pelos y hundí mi rostro en esa hendidura roja, reluciente, de labios oscuros. Se lo besé, chupé, succioné. Ella gemía. Yo me imaginaba que era a miss Flores a quien le estaba haciendo eso, que era miss Flores la que gemía, la que se abría de piernas para dejarme entrar en ella.
***
Fui uno de los primeros en llegar a la clase de guitarra. Allí ya estaba miss Flores.
–Holas, Agustín, ¿no? –me dijo con una sonrisa de dientes blancos y parejos, haciendo una pausa a lo que estaba tocando.
–Sí. Buenos días, miss.
Estaba bonita. Era bonita. Tenía los cabellos todavía húmedos, lisos. Llevaba un body blanco de lycra, adentro un sostén negro. Tenía jean negro y zapatillas.
–Eres uno de los pocos que ya saben tocar. ¿Dónde aprendiste?
–En mi casa. Con la guitarra de mi papá. Me compré un manual y practiqué acordes, canciones.
–Qué bien. Te felicito, Agustín. ¿Qué canciones te gustan?
–Las baladas.
–Vaya, a mí también. Entonces nos llevaremos bien –sonrió–. ¿Mariana es tu hermana?
–Sí.
–Lo supuse. Ustedes tienen oído para la música.
Me puse colorado.
–¿Por qué no te matriculaste en el curso de avanzados?
–Para aprender la teoría.
–¿Lees música?
–Un poquito, miss.
El salón se fue llenando poco a poco.
–Después conversamos.
Nos dio copias de canciones según nuestros gustos musicales. A mí me tocó Fuiste mía en verano. Fácil: mi mayor, la menor y re menos. A la Bebe le tocó Por qué de Floricienta. A Viejo Yesterday.
–Creo que estoy embarazada –me soltó la Bebe en lo mejor del ensayo.
La miré: era horrible con toda esa tonelada de maquillaje en la cara, con las pestañas postizas, con los labios pintados de rojo oscuro. Parecía una payaso en decadencia.
–¿Qué?
–No me ha venido mi regla. Hoy me tocaba.
Yo no sabía si la regla venía con el nuevo día.
–No te la metí.
–Pero te vaciaste cerquita de mi chucha. Algún espermatozoide se habrá metido.
Estaba seria. Ese rostro parecía una pared pintada por un borracho.
–¿Cómo se llamará nuestro bebé?
–Después hablamos. Déjame practicar.
Miss Flores pasaba viendo si nos salían los acordes, corrigiendo las posiciones de los dedos, pidiendo a algunos que se cortaran las uñas de la mano izquierda.
Ser papá. La Bebe estaba embarazada. La Bebe estaba loca, más loca que su mamá.
–¿Puedes salir adelante a tocar, Agustín?
Salí, toqué y canté: …cada chica que pase / con un libro en la mano, / me traerá tu nombre como en aquel verano…
–Aplausos para Agustín.
Yo estaba colorado.
Al terminar la clase, miss Flores me dio otras canciones.
–Para que practiques –me dijo.
–Gracias, miss.
–De nada.
–Sospechoso que la miss ande detrás de ti –dijo Viejo.
–No jodas, Viejo.
–¿Por qué estás asado, Tín?
–La Bebe está en bola.
Viejo se mató de la risa.
–¿Te dijo que estaba embarazada?
–Mmm.
–¿Te la has tirado?
–En el colchón nomás.
–¿Alguna vez se la has metido hasta el fondo?
–No.
–Si no se la has metido, ¿cómo va a estar en bola? Lo que pasa que esa tarada cree que es la virgen María.
–Shit. Ahí viene.
–Tú síguele la corriente nomás para ver hasta dónde llega.
–Hola, chicos.
–Hola, Bebe.
–¿Y los demás?
–En clase.
–¿Sabes que voy a ser mamá, Viejo?
–Vaya, recién entero. ¿Y quién es el papá?
–Ahí lo tienes –la Bebe me señaló.
–Felicitaciones, Agustín –dijo Viejo, abrazándome–. Ya era hora de que sentaras cabeza, muchacho.
Tuve ganas de matarlo.
–¿Y cuándo es la boda, ah?
–¿Cuándo nos casamos, amor?
–Nunca.
–¿Qué? ¿Quieres que se me salga el bebito acaso?
–Es una broma, amor.
–Más te vale –dijo la Bebe.
Viejo se aguantaba las ganas de matarse de la risa.
Fuimos a sentarnos al pasto. La Bebe se sentó frente a mí, con las piernas abiertas. Mis ojos siguieron el recorrido de sus muslos, se perdieron dentro de su faldita. Allí estaba su calzón, blanco, con unas manchitas rojas. Estaba abultado.
–¿Vamos al río en la tarde?
–No –dijo la Bebe–. Tengo que acompañar a mi mamá al Jockey.
–¿En la noche vas a la Casona?
–Sí. De todas maneras.
Regresamos a nuestras casas en grupo.
En casa, mamá estaba molesta. Había discutido con papá. Parece que el viejo estaba trampeando con una de su trabajo.
No fuimos al río. Nos bañamos en la casa nomás. El resto de la tarde, la pasamos ensayando en el gallinero. Mariana ya sabía tres canciones.
En la noche fuimos a la Casona. Cuando pasamos por la casa de la Bebe, su hermanita nos dijo que todavía no regresaba.
Todos andábamos aburridos. Estuvimos un rato allí, y luego nos regresamos.

jueves, 29 de enero de 2009

Mi padre

Mi padre tiene casi 82 años. Desde el viernes pasado está internado en el hospital de Vitarte. No se sabe qué tiene, se sospecha que el tumor del que fue operado hace dos años ha reaparecido. Es un hombre fuerte a pesar que los últimos años ha estado varias veces en el hospital. Hace menos de medio año sufrió un infarto cerebral del cual se recuperó rapidamente. Él siempre ha dicho que vivirá 120 años. Ojalá. Es un hombre que cree en Dios. Hace tres años y medio enviudó de la compañera con la cual compartió 46 años de su existencia. Fue un golpe terrible para él.
Yo recuerdo las historias que nos contaba hasta el cansancio: jarjachos, fantasmas, almas en pena, condenados, muertos que regresan desde el más allá poblaron nuestras noches oscuras cuando éramos niños.
Quiero seguir escuchando esas historias por muchos años más.

La chica del cine


A Scarlett Johansson

–¡Qué piña, llegué tarde! –se lamentó la chica–. ¿A qué hora ingresaron?
–Hace unos diez minutos –dije.
–¿Tan temprano? –miró su reloj.
–Dicen que hubo cola desde antes de las seis, y como había bastante gente, los hicieron pasar de una vez.
–Ayer en la conferencia éramos apenas unos cuantos gatos –dijo la chica.
–Si es para ver una película, todo el mundo viene –intervino una rubia al pomo–. Y peor si es gratis.
–Debí imaginármelo –dijo la chica.
–¿Y qué tal estuvo la conferencia?
–Bacán. El director se mandó con todo. Dijo que nadie quiso filmar esa película porque la novela era una mierda. Así dijo: una mierda –recalcó la chica, como justificando esa “mala” palabra en su boquita de caramelo–. ¿Alguien la leyó?
La rubia al pomo y yo dijimos que no al mismo tiempo.
–Es la historia de una mujer que por amor cae en lo más bajo, según el director –dijo la chica–. ¿Por qué no vinieron a la conferencia?
–Los lunes trabajo hasta tarde –dije.
La rubia al pomo dijo que pensaba venir, pero a último momento se desanimó, “además, prefiero ver la película antes que escuchar explicaciones”.
–Hace unos cuantos años estuve en este mismo lugar cuando el autor vino a presentar esa novela –dijo la chica–. ¿Estuvieron ustedes?
Dije que sí. La rubia, no.
–¿De qué habló el autor? –preguntó–. ¿Qué dijo sobre su novela?
–Lo único que recuerdo es que recomendó leer a Celine.
–Parece que Celine era su ídolo. Era medio mal hablado el tipo.
–¿Sí?
–Ah. Dijo que se hacía pajas antes de escribir.
La rubia se puso colorada.
–¿Han leído sus novelas? –preguntó.
–Fragmentos –dijo la chica–. Es finalista del Nadal.
–Leí una novela suya sobre un escritor que está pasando por una etapa de esterilidad creativa. Tiene una alumna que ha escrito una buena novela. El tipo termina secuestrándola y matándola para apropiarse de su obra.
–Suena interesante. ¿Lo tienes en tu biblioteca?
–Sí.
–¿Me la podrías prestar?
–Claro que sí.
–Te doy mi número para que me llames.
Apareció el guachimán. Le rogamos que nos dejara pasar para ver la película. El hombre dijo que en la sala de proyección no cabía ni un alma más.
–Aunque sea en un rinconcito –suplicó la chica–. Por favor.
–Hay cincuenta personas de pie –dijo el guachimán.
–¿Y echados?
–Supongo que unos cuantos.
Risas.
–Por favor, no sea malito, déjenos pasar –insistió la chica.
–Por mí los dejaría, ¿pero qué tal si pasa un temblor?
–Morimos viendo una buena película.
Más risas.
–De repente el otro martes lo pasan de nuevo.
–¿Cree?
–Supongo que sí. Como ha habido tanta gente que se ha quedado fuera, es posible que la proyecten de nuevo. Dense una vuelta por si acaso, pero temprano, ya han visto lo que ha pasado hoy.
–Los martes salgo a esta hora –dijo la chica.
–Yo vengo temprano y te guardo cola –le dije.
–Gracias, amigo.
–De qué.
La rubia al pomo se despidió de nosotros “hasta el próximo martes bien tempranito”.
–¿A dónde vas?
–Al Paseo Colón. ¿Tú?
–También. ¿Vamos?
Echamos a andar rumbo al Paseo Colón. Nos presentamos. La chica se llamaba Marisol.
–¿A qué hora llegaste tú, Agustín?
–Antes de las seis. Justo acababan de pasar. Un manchón se retiró antes de que tú llegaras.
–Hoy la gente se pasó de recontra puntual.
–Ah. El otro martes vengo a las cinco de la mañana.
Marisol sonrió.
–¡Qué piña soy!
–Ya no te estés lamentando por gusto. Una semanita pasa volando.
–¿Y si no la vuelven a programar?
–¿No dicen que lo mejor es leer la novela?
–Lo sé –dijo Marisol–. Pero quería ver la película. Como no he podido leer el libro.
–Una novela es más completa que una película. Para filmarla, solo toman la historia en líneas generales. Hasta quitan personajes, historias secundarias.
–Ah, porque vi No se lo digas a nadie y apenas si se parecía a la novela.
–Se ve medio raro cuando las películas no se parecen a los libros, ¿no?
–Mmm. Vi Ciudad de M y leí Al final de la calle y, francamente que entendí más la película que la novela.
–Supongo que para filmarla el director y el guionista organizaron la historia, porque algunas novelas tienen una estructura media compleja.
–Debe ser. ¿Viste Pantaleón y las visitadoras?
–Sí, y leí la novela.
–A La Brasileña la convirtieron en La Colombiana para darle el papel a la Angie Cepeda.
–Que por cierto lo hizo bien.
–Mmm. Jamás me imaginé al Sinchi con la cara de Aristóteles Picho.
–Actúa bacán. Aún me acuerdo de su diente de oro.
–¿Viste Tinta roja?
–Sí, pero hasta ahora no me animo a leer el libro.
–Estás igual que yo.
Sonreímos. Pasamos frente a una cafetería, la invité y entramos.
–¿Viste Salvando al soldado Ryan?
–No. ¿Qué tal estuvo?
–No la vi, pero leí la novela. El final te hace llorar.
–¿Sí? ¿Y por qué no la viste?
–La pasaron antes de que leyera el libro, y como no me gustan las películas de combate… Si hubiera sabido, la habría visto.
–A ver si me prestas ese libro.
–Ya. El martes te lo traigo.
–Gracias. Voy a tratar de venir temprano.
–¿Te gusta el cine?
–Me gusta ver las novelas convertidas en películas; los personajes de ficción convertidos en seres de carne y hueso como nosotros.
–Aunque a veces uno se lleva decepciones.
–Mmm. Como en La casa de los espíritus. La leí, después la vi en la televisión y te digo que no me gustó nadita.
–A veces uno espera que las películas sean mejores que los libros.
–Ah. Como en El señor de los anillos. ¿La viste?
–Solo El retorno del rey, pero todavía no he leído el libro.
–Yo sí lo leí.
–¿Lo tienes?
–Sí. Allí sí la película le hace justicia a la novela con creces.
–A ver si me la prestas.
–Ya. Pero son tres tomos.
–Me las traes nomás que yo devoro libros como galletas.
Risas.
–¿Has visto las películas sobre Harry Potter?
–No. Leí un poquito una de sus aventuras y no me gustó. Eso es para los más chiquitos, creo.
–Tú necesitas cosas más fuertes. ¿Has visto o leído Las edades de Lulú?
–La leí. Esa ya es media porno. ¿La viste?
–No. Solo leí el libro. Bacán, ¿no?
–Mmm. Ya la veré algún día.
–¿Y qué películas basadas en libros no has visto, Agustín?
–Un montón: Papillón, El beso de la mujer araña, Por quién doblan las campanas, De amor y de sombra, Kramer versus Kramer, etc.
–He visto que Papillón lo venden en DVD pirata.
–¿Sí? Ya me la compraré. Esa novela ha sido el libro que más veces he leído en mi vida.
–No me digas, Agustín.
–Sí te digo, Marisol.
–¿Y de qué trata?
–Es la historia de un preso francés condenado injustamente a cadena perpetua y recluido en la Isla del Diablo, un presidio que quedaba en la Guyana Francesa. Y no es ficción, Henri Charriere, el nombre verdadero de Papillón, escribió su historia.
–Me la prestas.
–El martes te la traigo.
Pedimos otro café.
–¿Viste Ilona llega con la lluvia?
–No. Leí el libro. También es media erótica, ¿no?
–Mmm. Lo malo es que las buenas películas casi no la pasan en circuito comercial.
–Al igual que Coronación.
–Eso es lo malo.
–¿Viste El coronel no tiene quien le escriba?
–No. Pero sí leí la novelita. ¿Y tú?
–Tampoco la vi; no duró mucho en cartelera.
–Una vez dieron La mujer del puerto, basada en un cuento de Maupassant.
–¿Y la viste?
–No.
–¿Por qué?
–La daban en un solo cine. Yo decía voy a ir a verla, voy a ir a verla, pero no iba, hasta que la sacaron de cartelera. También era media porno, creo.
–Debe haber en DVD.
–Ya la encontraré.
–¿Viste o leíste American psycho?
–La vi hace años, pero recién la semana pasada terminé de leer la novela. ¿Tú?
–También la vi y la leí. La novela es media aburrida, ¿no?
–Mmm. Me tuve que saltar las últimas páginas para terminarla. La película estuvo más interesante. Aunque demasiada sangre para mis gustos.
Terminamos nuestros cafés y reanudamos nuestra marcha al Paseo Colón.
–¿Viste La ciudad y los perros?
–Un poquito, en la televisión. También es media aburrida.
–Ah. ¿Y La fiesta del Chivo?
–Esa sí estuvo interesante. También el libro.
–Dicen que están filmando Mariposa negra, basada en Grandes miradas de Cueto.
–Habrá que ir a verla cuando la estrenen.
–De todas maneras.
Llegamos al Paseo Colón.
–Entonces hasta el martes, Marisol.
–No te olvides de traerme los libros que te he pedido, Agustín.
–Ya. No te preocupes.
–Me guardas cola.
–De todas maneras.
–¿Y si no la pasan de nuevo?
–Te invito al cine. Los martes son el día del espectador, entran dos por uno.
–Entramos casi gratis.
Reímos.
Apareció una combi y Marisol subió después de darme un beso en las mejillas.
–Chau, Agustín.
–Chau, Marisol. Hasta el martes.








Hoy

Hoy he creado este blog para dar a conocer mis creaciones. Habrán cuentos, capítulos de las novelas aún inéditas que he escrito, poemas, fragmentos de mis diarios, mis pensamientos, etc.