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miércoles, 24 de marzo de 2010

Animal nocturno


1

-Bueno, chicos, hasta la siguiente clase –dijo el profesor Harol-. Que pasen un buen fin de semana, no cometan excesos, si juegan a la ruleta rusa usen preservativo –risas-. Ah, no se olviden de terminar la lectura de El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Chau.
Salió del salón con Cynthia y Marfe.
-¿Un cafecito, chicas?
-Claro, profe –dijo Marfe, rubia, jean azul, chompa violeta-. Gracias.
-Pota, qué frío –dijo Cynthia, pelo negro, pantalón blanco y chompa rosada-. Tengo las patas congeladas.
-¿Pata o pie? –dijo el profesor.
-Pie –dijo Cynthia.
-Es que Cynthia a veces piensa con los pies –dijo Marfe.
Risas.
Entraron al cafetín de la Facultad. Se sentaron al lado de una amplia ventana desde donde se tenía una visión panorámica del campus universitario. Cruzando la valla, estaba la avenida Venezuela, el anillo vial a medio construir.
El profesor pidió tres capuchinos y tres porciones de queque de chocolate.
-¿Qué celebramos? –preguntó Marfe.
-La llegada de la primavera –dijo Cynthia-. Ojalá que este frío de miércoles se vaya de una vez.
-Eso está más verde que la selección peruana –dijo el profesor-. Mañana hará calor y pasados nos volveremos a congelar.
-Es por el calentamiento global –dijo Marfe-. Dicen que los glaciares se están derritiendo.
-Dentro de algunos años, todo será desierto –dijo el profesor-. El agua dulce escaseará.
-Pota, la gente se va a pelear por una gota de agua –dijo Cynthia.
-El agua o la vida –dijo Marfe.
-La vida –dijo Cynthia.
Risas.
-¿Quién cree que gane mañana, profe, Perú o Uruguay? –preguntó Cynthia.
-Chile –dijo Marfe.
Marfe era chilena.
-Chile está mejor que Perú –dijo el profesor-. Un empate, y en Sudáfrica. Perú, así gane, irá a jugar a Chincha nomás.
-Ay, profe, usted parece chileno –dijo Cynthia.
-No es eso, sino que soy objetivo –dijo el profesor.
-¿Una apuesta? –dijo Cynthia.
-Una vez ya me ganaste –dijo Marfe.
Cynthia se puso colorada. Rió.
-Apostamos quién ganaba, si Kina o Halana dos Santos –dijo.
-Perdí un beso –dijo Marfe.
-¿En los cachetes o en el Bocaccio? –preguntó el profesor Harol.
-¿Qué chiste tiene apostar un beso en las mejillas? –dijo Marfe.
-Ustedes están como Eva y Liliana –dijo el profesor.
Risas.
La mesera les dejó los cafés y el queque.
-¿Se animan o no? –insistió Cynthia-. Apuesto que gana Perú. Juega el loco Vargas –suspiró.
-Suspiras como si el loco fuera tu marido –dijo Marfe.
Más risas.
-Para mí, gana Uruguay –dijo el profesor Harol.
-Primero, qué apostamos –preguntó Marfe.
-Lo que quieras –dijo Cynthia.
-Si gano, pago los cafés de la siguiente clase, y si pierdo…
La mesera había subido el volumen del televisor que colgaba de la pared. El noticiero informaba del hallazgo, esa mañana, del cadáver de una joven mujer en el puente Atocongo. En la pantalla se veía a un grupo de policías subiendo una bolsa negra a una camioneta de la DININCRI. Lo más raro, dijo la periodista, es que la víctima tenía la cabeza rapada. ¿Estamos ante un grupo neonazi o ante un psicópata?, se preguntó. Tandas comerciales.
-¡Pota, qué horrible! –exclamó Cynthia.
-Hace poquito, mataron a un chiquita en Valparaíso –dijo Marfe-. Y la arrojaron al mar.
-Pota, qué feo –dijo Cynthia.
Ninguna de las chicas vio el gesto de satisfacción que se dibujó por un segundo en el rostro barbado del profesor Harol.
-Son cosas que pasan –dijo el profesor, moviendo su café después de echarle media cucharadita de azúcar-. Todos los días se mata, se nace, se muere.
-Yo no mataría ni una mosca –dijo Cynthia.
-Pero te intentaste suicidar –dijo el profesor-. ¿Ves que a veces no puedes controlar tus impulsos autodestructivos y destructivos?
-Pero matar es otra cosa –dijo Cynthia-. Prefiero estar muerta que pasarme la vida en la cárcel.
-Ningún crimen es perfecto –dijo Marfe.
-Ejemplo, Eva y Liliana –dijo Cynthia.
-¿Usted cree, profe, que Eva mandó matar a su propia madre? –preguntó Marfe.
-Quizá en un momento de furia, rabia, ofuscación –dijo el profesor-. No olviden que todos tenemos un Mr. Hyde en lo más profundo de nuestro corazón.
-Para mí que lo hizo instigada por Liliana –dijo Cynthia-. Su carita de monga no me gusta nada.
-Las investigaciones dirán si son culpables o no –dijo el profesor.
-¿Verá mañana el partido, profe? –preguntó Marfe.
-No –dijo el profesor-. Me voy el fin de semana a Tornamesa.
-¿Solo, o con la miss de mate? –preguntó Cynthia.
-No sé nada de ella –dijo el profesor-. Encontré su hi5, le mandé un mensaje, me dijo que me iba a agregar, pero nada.
-Mejor olvídela –dijo Cynthia.
-¿Y no nos invita a Tornamesa? –dijo Marfe-. Nosotras también queremos tomar un poquito de sol, respirar aire puro, bañarnos en el río.
-Si quieren, vamos –dijo el profesor Harol.
-¡¡Yupi!! –dijo Cynthia.
-¿Llevamos nuestros bikinis? –preguntó Marfe.
-Claro, tonta –dijo Cynthia-. ¿O te quieres bañar calata para que al profe le salga un orzuelo del tamaño de una pelota de fútbol?
Risas.
-¿Dónde te recojo? –le preguntó el profesor a Cynthia.
-¿Puede ser en Santa Anita? ¿O quiere ir a Carabayllo?
-Carabayllo es muy lejos. Que sea en Santa Anita.
-Frente a los bancos –dijo Cynthia-. A las nueve de la mañana.
-Perfecto.
-A mí me avisan cuando pasen por Huaycán –dijo Marfe-. No se vayan a ir solos.
El profesor y Cynthia sonrieron.
-Bueno, nos quitamos –dijo Cynthia-. Tenemos clase con la vieja de mate. No nos vaya a poner falta.
-Es bien jodida –dijo Marfe-. Mejor estaba la miss Bere.
-Ya no sigas que el profe va a llorar y no nos va a llevar a Tornamesa –dijo Cynthia-. Nos vemos, profe. Gracias. Cuídese.
-Ustedes también.
-¿Entra en la noche al chat? –preguntó Marfe.
-Un rato –dijo el profesor.
-Entonces allí ultimamos los detalles –dijo Marfe.
-Ya.
Las chicas se despidieron con un beso en la mejilla del profesor y salieron del cafetín. El profesor las imaginó con las cabezas rapadas, dentro de una bolsa negra.
***
-Asfixia –dijo el médico-. Le aplastaron el rostro sobre una superficie blanca, probablemente una almohada, hasta que sus pulmones explotaran.
-Puta, qué bestias –dijo el teniente Gonzáles.
-Ni tanto –dijo el doctor-. Fue una muerte suave comparada con lo que le hicieron al estilista.
-El cabrini debe haber sufrido peor que Cristo –dijo el mayor Huamán.
-Le metieron un polo de su equipo favorito en la nuca, lo ahorcaron, le metieron la cabeza dentro de una bolsa –el teniente Gonzáles se estremeció-. Lo más fácil es meterle un tiro en la nuca, y ya.
-Son asesinos inexpertos –dijo el mayor-. No han ido a una escuela de guerra.
-Ni han estudiado medicina –dijo el doctor.
Rieron con estrépito.
-¿Y por qué chucha le pelarían así la cabeza, como a Gianmarco? –preguntó el teniente.
-No solo la cabeza –dijo el mayor-. Le pasaron la máquina de afeitar hasta en sus partes íntimas.
-¿Y por qué, doc? –preguntó el teniente Gonzáles-. ¿Estaba loco o qué mierda?
-Un loco no hace eso –dijo el médico-. Ni un asesino vulgar. El que lo hizo, lo hizo adrede: para no dejar ninguna huella. Incluso, le cortaron las uñas de manos y pies, por si acaso.
-Puta, no me diga que estamos ante un psicópata –dijo el mayor.
-Yo diría que sí –dijo el médico-. ¿O ustedes creen que un asesino le da un baño a su víctima, la acicala y la viste como la vistió para dejarla tirada debajo de un puente? Actuaron con total sangre fría.
-Yo estaba pensando que el asesino quiso decirnos algo al vestir así a su víctima –dijo el teniente.
-¿Qué pensó usted, Gonzáles? –preguntó el mayor.
-Metafóricamente, quiso decirnos que la mujer era una puta.
-¿A quién se les dice putas? –preguntó el mayor. Él mismo se respondió-. A las infieles, ¿no?
-Quizá el marido descubrió que era un cornudo.
-¿No creen que la muertita era demasiado joven para estar casada? –preguntó el mayor Huamán.
-A esa edad las mujeres están en la universidad.
-Por lo pronto, en mi universidad no se ha reportado ninguna alumna desaparecida –dijo el teniente.
-¿RENIEC ya envió los datos de la víctima? –preguntó el médico.
-Todavía –dijo el mayor.
-Como siempre, esos burócratas hueveando –masculló el médico-. Sin sus datos no vamos a poder hacer nada.
-Deberíamos tener acceso a sus archivos directamente –dijo el mayor.
-La atacaron por sorpresa –dijo el médico-. Por la espalda. Hay hematomas en la nuca y en los muslos.
-¿Se la estaban dando por el chico? –preguntó el mayor Huamán.
-Exacto –dijo el médico-. El desgarro contranatura es reciente.
-Puta, para mí que la mujer se resistió cuando le estaban inaugurando la falsa vía –dijo el teniente-. El marido se empinchó, y la mató.
-¿Ustedes matarían a sus mujeres si no se dejan penetrar por el chiclayo? –preguntó el médico.
-Yo lo intentaría la siguiente vez –dijo el mayor.
-¿Y tú, Gonzáles?
-Gonzáles todavía le es fiel a manuela –dijo el mayor, soltando una sonora carcajada.
El médico también rió.
-¿No hay una cachimba que te atraiga, teniente?
El teniente pensé en la rubia que siempre andaba con el profesor de literatura.
-Siempre hay algo –dijo.
-Hay que leer más a Neruda, a Vallejo –dijo el médico.
El teniente sonrió.
-¿Cuántos años tendría, doc? –preguntó el mayor.
-Veintiuno, veintidós.
-Un escritor colombiano dijo que es un pecado vivir más de veinticinco años –dijo el teniente.
-Y seguro se mató a esa edad –dijo el mayor.
-Exacto –dijo el teniente.
-Los poetas y los escritores son suicidad en potencia –dijo el doctor-. Había una poeta inglesa que metió su cabeza en el horno de gas y se mató.
-Sylvia Plath –dijo el teniente Gonzáles.
-No recuerdo cómo chucha se llamaba, pero solo una loca hace eso, ¿no?: matarse siendo tan joven y bonita.
-Había un médico-poeta, Lucho Hernández, que se arrojó a las líneas del tren allá en Buenos Aires –dijo el teniente-. Solía escribir sus versos en cuadernos escolares y con plumones de colores.
-Puta, ni la ciencia escapa de la locura –dijo el médico-. Espero que usted no termine así, teniente.
-Matándose con la pistola de reglamento –añadió el mayor.
El teniente rió, se inclinó a recoger la bala que se le había caído.
-Cuando vea mi nombre escrito con letras de bronce en la historia de la DININCRI, quizá lo haga.
-Resuelva el caso de las Fefer, y pasará a la historia, teniente –le dijo el médico.
-El caso es sencillo: las cabritas son las asesinas –dijo el mayor.
-Lily le dijo a Eva matemos a tu mamá y nos repartimos tu herencia –dijo el teniente-. Qué simple. ¿Y todo por una chucha?
-¿No hacemos peores cosas por una chucha? –preguntó el médico.
-Tiene razón, doc –dijo el teniente-. Pero mientras no tengamos los datos de la RENIEC, no podremos hacer nada. Y mañana es sábado.
-Y juega Perú –dijo el mayor-. ¿Apostamos unas chelitas?
-Claro. Pero ya se sabe que pierde Perú. Los uruguayos tienen garra y acá se la juegan todo.
-En ese caso, un parcito por cabeza y un cevillano –propuso el médico.
-Es lo justo –dijo el mayor.
-De acuerdo –dijo el teniente-. Ahora me quito, me han dejado una novela media jodida para leer: El doctor Jekyll y Mr. Hyde.
-Carajo, ¿usted está estudiando medicina o literatura, teniente, ah? –le espetó el médico, serio.
-Medicina –dijo el teniente. Y riendo, añadió-. Para mirarles el culo a las muertas.
Risas.
***
-¿Cuánto cobras por tus servicios? –le había preguntado a la chica.
Era alta, delgada, bonita, joven, tenía los cabellos pintados de rojo. Llevaba una blusa blanca, escotada, se podía ver el nacimiento de sus senos redondos, duros, una minifalda roja y unos pantys negros cubriendo sus largas piernas. ¿Qué hacía una chica así en una maloliente calle? Una mariposa en el charco, pensó el hombre.
-Veinticinco soles –dijo la chica, mirando al hombre vestido de negro y con la mitad del rostro cubierto por una chalina-. ¿Vamos?
Hacía frío esa noche de setiembre. Un par de clientes más y se marcharía.
-¿Dónde atiendes?
-Acá en la vuelta, en Emancipación. ¿Vamos?
-¿No atiendes a domicilio? –preguntó el hombre.
-¿Dónde vives? –preguntó la chica, alisándose los cabellos rojos.
-En Magdalena.
-Pero me vas a tener que dar para el taxi –dijo la chica. Se llevaría los veinticinco soles completos, no tendría que dar los cinco soles por la mugrienta cama, quizá hasta se ganaría una taza de café. El hombre tenía traza de ser tranquilo, no era como esos obreros que los viernes y sábados tomaban por asalto Caylloma apestando a alcohol y sudor.
-No te preocupes. Si quieres, te traigo en mi carro.
-Ah, mejor –dijo ella-. ¿Vamos?
-Vamos pues.
Llegaron a la avenida Nicolás de Piérola.
-Espérame aquí cinco minutos –dijo el hombre-. Voy por mi carro.
-Ya.
-¿Cómo te llamas?
-Rossana. ¿Tú?
-Agustín. Me esperas entonces.
-Sí.
Menos de cinco minutos después, Rossana subió al auto de Agustín. Era un auto con las lunas polarizadas. Doblaron hacia la avenida Garcilaso.
-¿Cuántos años tienes, Rossana?
-Veinte –dijo la chica-. ¿Y tú?
-Cuarenta.
El auto avanzaba lentamente por los trabajos en el Paseo de los Héroes Navales. La capital parecía una ciudad bombardeada.
-¿Eres casado?
-Divorciado –dijo el hombre-. ¿Y tú?
-Madre soltera –dijo Rossana.
-¿Cuántos años tiene tu hijita?
-Tres –dijo Rossana.
-Lo tuviste chiquilla.
Ella asintió, se puso colorada.
Agustín abrió la ventanilla, le compró a un ambulante un par de chocolates Cañonazo, le convidó uno a la chica, come, endulza tu vida. Ella le dio las gracias y el le acarició las piernas enfundadas en el panty negro. En la radio Django cantaba, con su voz gruesa y viril, Cuando quieras, donde quieras.
-¿Tú no tienes hijos?
-Una hija –dijo el hombre-. Tiene dieciocho años. Vive con su madre.
-¿Y cómo te llevas con ella?
-No la veo hace cinco años –dijo el hombre-. Está en Chile con su mamá.
-¿Era chilena tu esposa?
-Sí. Una jodida. Tienes unas bonitas piernas.
-Gracias.
-¿No me das una chupadita?
-Claro –dijo Rossana-. Pero te lo voy a ensuciar con chocolate.
-No importa.
Risas.
Rossana se inclinó y se metió el miembro en La boca. Era gruesa y grande.
El auto al fin cruzó el atolladero y salió en el Paseo Colón. Allá estaba el Museo de Arte. Circundó la Plaza Bolognesi y entró la avenida Brasil.
-¿Te saco la leche? –preguntó Rossana, haciendo un alto a su labor.
-Mejor no –dijo Agustín-. No me vaya a estrellar.
Rieron.
Doblaron hacia la Marina y después entraron a Sucre y volvieron a doblar hacia la calle Huamanga. Se abrió un portón a control remoto y entraron.
-Bonita tu casa –dijo la chica, mientras subían por una escalera de caracol hacia el segundo piso.
-¿Dónde vives tú?
-En el Agustino –dijo la chica.
-Agustín – Agustino –dijo el hombre-. Qué casualidad.
La chica sonrió.
-Adelante, princesa –Agustín abrió la puerta de la sala.
-Pasu machu, ¿tantos libros tienes? –preguntó Rossana, viendo una pared cubierta de libros-. ¿Eres escritor?
-Profesor de literatura –dijo el hombre.
-Qué bien –dijo Rossana-. Pareces Vargas Llosa.
Agustín sonrió.
-Ponte cómoda –le señaló un sofá.
-Gracias.
-¿Un vinito?
-Claro –dijo la chica.
Agustín abrió un mueble y Rossana vio varias botellas de vino. Parece que esta era su noche de suerte. No todas las noches una se encontraba con un profesor de literatura en su camino. Quizá podía tenerlo como cliente fijo. Eso hacían sus amigas: se encontraban con un hombre decente y lo convertían en su cliente habitual y salían lo menos posible a la calle. Todo dependía de ella, tenía que esmerarse en atenderlo, aceptar todo lo que le pidiera, bien valía el sacrificio.
-¿Te gusta la música instrumental? –preguntó el hombre.
-Sí –dijo la chica.
Agustín puso un disco en el equipo y una suave melodía subió por los aires como una mariposa.
-Cuando tú no estás –dijo el hombre-. De Manuel Alejandro interpretada por la orquesta del francés Franck Pourcel. La habrás escuchado en la voz de Raphael, ¿no?
-Sí –dijo Rossana.
Brindaron y se besaron. Después Agustín le dijo para ir a su habitación. Allí había una cama de dos plazas, una mesa de noche sobre la cual había un libro delgado. El doctor Jekyll y Mr. Hyde, leyó la chica.
Se desnudaron y el hombre estuvo un buen rato metido entre las piernas de la chica, después la penetró y terminó casi al instante.
Descansaron y Agustín trajo la botella de vino y las copas y continuaron brindando. Rossana pensó que esa noche era su noche de suerte. Con un poquito de suerte más, podría terminar convertida en amante del profesor de literatura y quién sabe si más adelante… Tantas cosas más podían pasar más adelante.
Con una succionada le devolvió la vitalidad al miembro del hombre.
-Me pongo detrás de ti –le dijo él.
-¿Quieres dármela por el chico?
-¿Te gustaría?
-Claro. Pero me va a doler: la tienes grande y gruesa.
-Te lo haré con amor.
-Para no matarme. Eres zapatón.
Rieron con ganas.
El hombre la tenía ensartada por atrás y presionada por los muslos. Rossana estaba de cara sobre la cama, quieta como una muñeca, pensando que las siguientes veces sería menos doloroso, que la siguiente vez podría quedarse un fin de semana con el profesor de literatura, cuando sintió que una garra le presionaba la nuca. ¿Qué te pasa, huevón?, iba a protestar, pero no lo hizo, quizá el profesor gozaba así, pero, a los pocos segundos, la sorpresa inicial se transformó en terror: la garra le había hundido el rostro en la almohada y ya no podía respirar.
















2


-Qué horrible, ¿no, profe? –dijo Cynthia. Estaba hojeando los diarios que informaban sobre la muerte de la chica del puente Atocongo.
-Ajá –dijo el profesor-. Aunque esos periódicos de medio pelo siempre exageran. Esa foto no es de la chica.
En la primera página de El Chino había una mujer ensangrentada.
-¿Cómo sabe usted? –preguntó Cynthia-. ¿Acaso ha visto a la muertita?
El profesor controló su rubor. Sin querer, subió el volumen del equipo donde Yuri cantaba Esperanzas, una de sus canciones más antiguas.
-Vi el noticiero anoche…
Cynthia bostezó.
-¿Con sueño?
-Anoche no pude jatear –dijo la chica, apoyándose en el respaldar del asiento.
-¿Problemas en tu casa?
-Mi hermanita –dijo.
-¿Qué pasa con ella?
-A veces le dejan un montón de tarea y yo pago pato. Y eso me estresa, me angustia.
-Caramba, tampoco te preocupes demasiado por ella. Tú ayúdala en lo que puedas.
-Igual me preocupo.
-Bueno, bueno. Pero ya sabes que las tareas las tiene que hacer su dueña, no tú.
-Ok.
Cynthia cerró los ojos como si durmiera. Qué fácil sería apretarle el cuello. Patalearía menos de un minuto y después se quedaría quietecita como una estatua…
-¡El Valdizán! –exclamó la chica, abriendo los ojos de pronto y señalando hacia su izquierda.
-¿Allí estuviste internada?
-No –dijo la chica-. En el Almenara. En el pabellón de los locos.
Rió.
-Qué será de Pablito, el viejito del martillo –dijo-. Paraba alucinando que tenía un martillo y andaba clavando puertas y ventanas y chancando las mesas y sillas.
-Ya habrá clavado a Cristo.
Cynthia soltó una sonora carcajada. El profesor lo imitó sin mucha convicción.
En Ceres el tráfico era intenso. Los ambulantes se pegaban a las ventanillas de los vehículos ofreciendo desde caramelos hasta polos de la selección peruana con las imágenes del Chorri Palacios, Ñol Solano y el loco Vargas. El profesor compró cuatro chocolates Cañonazo.
-Toma, endulza tu vida –le dijo a Cynthia, ofreciéndole un chocolate.
-Gracias, profe –dijo la chica.
Menos mal que en Huachipa no había atolladero y pasaron sin problema alguno. Cynthia se había quedado dormida. Un mechón de su cabello le cubría medio rostro.
Antes de llegar a Huaycán, llamó a Marfe. Marfe todavía estaba en su cama.
-Tienes cinco minutos para estar en la pista o te dejamos –le dijo el profesor. Disminuyó la velocidad.
A partir de Ñaña ya se dejaba sentir el sol. Cynthia abrió los ojos.
-¿Ya llegamos donde Marfe? –preguntó.
-Dentro de un minuto –dijo el profesor-. Todavía dormía cuando la llamé.
Llegaron a la altura de El Cuadro. Como Marfe no estaba en el paradero, se estacionaron a un lado de la pista. El profesor volvió a llamar a Marfe. Marfe dijo que ya estaba por llegar, que la esperaran un minuto.
-Apúrate que te dejamos.
Cynthia sonrió. Un par de minutos después, se apareció Marfe. Tenía en la espalda una enorme mochila. Apenas si se había mojado la cara y los cabellos. Se saludaron con beso en las mejillas. Se sentó al lado del profesor y Cynthia se pasó al asiento posterior porque quería dormir un rato.
Hablaron de la chica del puente Atocongo. Algunos de los diarios especulaban sobre la aparición de un nuevo psicópata.
-¡Uy, qué miedo! –dijo Marfe, pasándose el cepillo sobre su rubia cabellera-. Imagínense que nos topemos con el psicópata.
-Por eso no hay que salir de paseo con hombres desconocidos –dijo el profesor.
-No nos diga que usted es el psicópata –dijo Marfe.
-Sí, lo soy –dijo el profesor.
-Entonces yo soy la Caperucita Roja –dijo Marfe.
-La Caperucita Rota más bien –dijo Cynthia.
Risas.
-Por si acaso, yo estoy pura, inmaculada, sellada –dijo Marfe.
-Todavía orinas agua bendita –dijo el profesor.
-Ajá.
Rieron con ganas. En el equipo cantaba Sissel.
Cruzaron Chaclacayo, el puente de Los Ángeles, allí estaba el río Rímac convertido en un vertedero. El profesor le dijo a Marfe para que manejara un rato porque también tenía un poco de sueño. El sol se colaba con furia por las ventanillas.
-¿Qué le dijeron a sus padres?
-Que me iba de campamento –dijo Marfe.
-Que me iba a pasar el fin de semana donde una amiga en Chaclacayo –dijo Cynthia.
-Ninguna dijo la verdad.
Volvieron a reír. Cruzaron frente al Parque Central de Chosica. El profesor compró tres helados. El sol ya quemaba sin piedad.
Antes del peaje de Corcona, el profesor volvió a tomar el timón.
-¿Cuánto falta para llegar a su búnker, profe Harol?
-Poquitito –dijo el profesor-. Un par de minutos. Este lugar se llama Cocachacra.
-Bonito lugar –dijo Cynthia-. Se parece a Carabayllo.
-¿Ven ese cerro? –el profesor señaló un cerro a su izquierda-. Siempre la subía con mi sobrino mayor.
-No es tan alto –dijo Marfe.
-Desde acá parece chiquito, pero es un cerrote –dijo el profesor-. Íbamos por un huayco donde hay un rocón. Hasta allí llegábamos.
-A ver si bajamos después –dijo Marfe.
-Claro.
-¡El río! –exclamó Cynthia-. Bajemos un rato.
-Después de dejar las cosas –dijo el profesor-. Ya no falta nada.
Cruzaron un túnel. Un rato después, doblaron hacia la izquierda y empezaron a subir por en medio de las chacras y los tunales.
-Pota, qué bonito –dijo Cynthia-. Algún día tendré un terrenito así.
-No has renunciado a tus sueños de ingresar a la Agraria –le dijo el profesor.
-Recién cuando me muera lo haré –dijo Cynthia.
-Reza para que no te encuentres con el psicópata del puente Atocongo.
Volvieron a reír con ganas.
Entraron a un pueblo de aspecto serrano y calles estrechas. Se detuvieron ante una casa de adobe de dos pisos rodeaba por un muro alto coronado por buganvillas de colores. El profesor bajó para abrir el portón y Marfe estacionó el auto junto a un enorme palto.
-¡Pota, he pisado caca! –Cynthia lanzó una maldición. Acababa de pisar una de las paltas que estaban tiradas en el suelo.
-Dicen que pisar caca trae suerte –dijo el profesor.
-Bonito consuelo –dijo Cynthia mientras se lavaba los pies en el caño.
-Bueno, chicas, hay que bajar las cosas, quitar un poco el polvo, preparar el almuerzo.
-Ay, profe, usted nos ha traído como sus natacholas –dijo Marfe.
Risas.
-Dejas el caño abierto –le dijo el profesor a Cynthia-. Y echan las paltas que estén podridas al jardín para que se guanee la tierra.
-Eso le iba a decir –dijo Cynthia.
Después de limpiar un poco, se pusieron a preparar la parrillada. El profesor prendió un fogón para sancochar papa y choclo, Cynthia preparó ensalada de palta y lechuga y Marfe preparó una sangría con el vino que le había robado a su papá. Se pusieron a comer en la terraza bajo la sombra de la buganvilla. De los parlantes del equipo de sonido brotaban viejas canciones pop de los ochenta.
-Bonito lugar, profe Harol –dijo Marfe.
-Con mis padres y mis sobrinos venía siempre a este lugar –dijo el profesor-. Llegábamos aquí, recorríamos el pueblo y luego bajábamos al río a bañarnos. Mamá soñaba con tener una casita aquí, pues le recordaba a su pueblo. Aunque ella no pudo hacer realidad su sueño, yo se lo he hecho.
-¿Está enterrada aquí?
-Sí. Los dos. Luego vamos a visitarlos. Con mis sobrinos siempre íbamos al cementerio a perseguir lagartijas para dejarlas sin cola.
-Pota, qué malo es usted, profe –dijo Cynthia.
-Así descarga su ira en lugar de matar personas –dijo Marfe.
-¿Así no empiezan los psicópatas? –dijo Cynthia-. Matando animalitos indefensos.
-Caramba, era divertido –dijo el profesor-. ¡Salud, chicas!
Alzaron sus copas y brindaron.
-Pota que está rica la sangría –dijo Cynthia. Se empezó a reír.
-¿Te has vuelto loca, o qué? –le preguntó Marfe.
-Debe ser un chiste privado –dijo el profesor.
-O uno rojo –dijo Marfe.
-Nada de eso –dijo Cynthia-. Me estaba acordando que un día me tomé solita la damajuana de mi viejo.
-¿Por?
-Me dieron ganas de emborracharme.
-Qué loca.
-Es que estaba rico –dijo Cynthia.
-¿Y no te sacaron la mugre por chupar lo que no debes? –le dijo Marfe.
-Menos mal que no –dijo Cynthia.
Se mataron de la risa.
-¿A qué hora bajamos al río, profe? –preguntó Marfe.
-Lavando los servicios. Para dormir la siesta sobre la arena.
-Qué rico –dijo Cynthia-. Apurémonos.
Terminaron de almorzar y lavaron los servicios y se dispusieron a bajar hacia el río. Fueron a ponerse una ropa más cómoda.
-¿Han visto mi ropa de baño? –preguntó Marfe.
-No.
-Creo que lo dejé en mi cama por salir apurada –dijo Marfe.
-Pota, te bañarás calata –le dijo Cynthia-. O en calzón.
-Ay, no seas mala –dijo Marfe-. Al profe le va a salir un orzuelo.
-Tamaño de sus pelotas.
Risas.
-Bueno, me baño un rato y luego te presto mi bikini.
-Claro.
Fueron por el camino por donde habían venido.
-Aquí deben dar ricas tunas –dijo Cynthia.
-¿En qué mes salen los frutos? –preguntó Marfe.
-En el verano –dijo Cynthia.
-Hay que venir para esas fechas –dijo Marfe.
-Para que coman tunas hasta el hartazgo –dijo el profesor.
-Pero en el verano lloverá aquí bastante, ¿no, profe? –preguntó Cynthia.
-Sí –dijo el profesor.
-A mí me gusta caminar bajo la lluvia –dijo Marfe.
-Hasta que te atraviese un rayo –dijo Cynthia.
-U otra cosa –dijo el profesor.
Se mataron de la risa. Todo era alegría. Cruzaron un puente de rieles por donde pasaba el tren. Sopló un viento que levantó la falda de Marfe y se le vio el calzón.
-¿Marfe está buena o no está buena, profe?
-No vi nada –dijo el profesor.
-Bien que se ganó.
Llegaron a la pista, fueron por un lado hasta el túnel que lo cruzaron corriendo y gritando como locos.
Llegaron al río que tenía un regular caudal.
-Se parece al río Chillón que cruza por Carabayllo –dijo Cynthia-. Todavía está sin contaminar.
Se quitó el vestido y quedó en ropa de baño: un bóxer crema con flores y un sostén rojo. Se metió al agua y se puso a chapotear.
-¿Verdad que se parece a una sirena, profe? –dijo Marfe.
-O a un pato –dijo el profesor.
-Qué malo –dijo Cynthia. Les echó agua.
Marfe se subió a una piedra, resbaló y cayó al río. Cynthia y el profesor se mataron de la risa.
Marfe se quitó la falda y quedó en calzón. Era uno pequeño por cuyos costados se le escapaban los vellos rubios y rizados.
-Pota, Marfe es la nueva mujer barbuda –dijo Cynthia.
Marfe se puso colorada.
El profesor también se metió al agua y nadaron, bucearon, cruzaron para la otra orilla, volvieron, se echaron en una piedra gigante para que el sol secara sus cuerpos.
Al final de la tarde regresaron al pueblo.
***
Parecía dormida con las mejillas coloradas, los labios rojos y los ojos pintados, pero estaba muerta. El teniente Gonzáles tarareó, o recordó la melodía, Vestida de blanco, esa vieja canción de Palito Ortega que su padre escuchaba cuando tomaba sus cervezas de vez en cuando y se ponía romántico y escuchaba a Leo Dan, Leonardo Favio y otros cantantes de la prehistoria. Tenía las mejillas heladas debajo de la capa de maquillaje, el terror petrificado en su rostro de muñeca. Una muñeca pelona, pensó el teniente, pasándole la mano por la cabeza rapada. Quizá el asesino admiraba a esa cantante calva que un día ¿rompió una foto del Papa o se limpió el trasero? ¿Cómo se llamaba? No recordaba el nombre de la cantante calva. Había sido puta, la habían embarazado a los dieciséis años y no había podido terminar la secundaria. Alguna amiga pendeja la llevaría a bailar a una de esas discotecas de mala muerte y lo demás vendría por añadidura. La carita no le ayudaba para ser decente. Era verdad que todos teníamos un demonio en nuestro interior, o un ángel, como decía el profesor de literatura. El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Tenía que terminar de leer esa novelita. No tenía muchas páginas, pero a veces se le hacía difícil avanzar. Le abrió los párpados: allí estaban sus ojos de miel velados por una película transparente, acuoso. Ellos habían visto a su asesino, el lugar a donde la llevó, las calles por donde fueron. ¿Cómo era el hombre con que te fuiste?, le preguntó en un susurro. Silencio. Si tú fueras ella, ¿con quién te irías? Con un hombre que te ofrece una buena propina por un servicio completo, con un hombre cuyo rostro te inspira confianza. Doctor Jekyll. No confíes de las caras bonitas ni de los que te lisonjean. Mr. Hyde.
-¿Pensativo, Gonzáles?
Era el mayor Huamán. Tenía un café en la mano.
El teniente asintió.
-Bonita, ¿no?
-Mmm.
-Cobraría caro.
-Seguro. Hace tiempo que no voy al chongo.
El mayor se rió con ganas. Tenía una voz estentórea.
-¿Nunca te has levantado una jerma así?
-No, mi mayor. ¿Usted?
-Hace años, cuando en la policía se ganaba bien. Ahora el sueldo no alcanza ni para el té –dijo el mayor-. Los que están bien son los de carreteras.
-¿Es cierto que ahora lo mínimo que coimean es veinte lucas? –preguntó el teniente.
-Ajá –dijo el mayor-. Pero los ferchos tienen plata. Chupan bien, cachan bien. Los cagados somos nosotros.
Se rieron.
-Y los comerciantes –dijo el teniente Gonzáles. Y, señalando el cadáver, añadió-: Sus viejos vendían en la Parada.
-¿Y por qué se metería de puta?
-Según su madre, siempre fue una pata de perro. Desde chibola paraba en la calle nomás. Decía que se iba al colegio, pero se iba a tirar con su gil.
-Hasta que se la llenaron, seguro.
-Ajá. Y el pata se hizo el huevón.
-¿Pero meterse de puta?
-Le gustaría la pinga seguramente.
-Seguro. Con esa carita, podría haber trabajado de modelo.
-Hasta postular al Miss Perú.
Otra vez rieron. El mayor había terminado su café.
-Buen banquete se van a dar los gusanos.
-Mmm –masculló el teniente.
-¿Nunca se ha tirado a una muerta, Gonzáles?
-No, mi mayor. ¿Y usted?
-Tampoco. Pero cuando estuve en la zona de emergencia, vi que los cachaquitos se tiraban a las terruquitas que acababan de matar.
-Esos aguantados se tiran hasta a las llamas, las gallinas. No respetan nada.
Vuelta las risas.
-Bueno, corazón, a chambear –dijo el mayor, acariciando el rostro helado de la chica-. En la noche vengo por un polvito.
Los dos hombres abandonaron el lugar en medio de las risas.
***
Se quedó quieta después de luchar inútilmente por librarse de la garra que aprisionaba su nuca. En esa posición no había podido hacer mucho por defenderse, apenas unos manotazos contra el aire. La volvió de cara al techo cuando la muerte apenas terminaba de tatuar en su rostro el rictus de terror que no pudo borrar a pesar que le cerró la boca y los ojos que había quedado desmesuradamente abiertos. Le estiró los brazos y las largas piernas, después le cortó el pelo con una tijera y enseguida le pasó la máquina eléctrica con el cual se igualaba la barba. Lo mismo hizo con su pubis. Guardó la pelambre en bolsas transparentes sobre las cuales escribió la fecha y hora en que habían ocurrido los hechos. Limpió el cuerpo con una toalla humedecida y sus partes íntimas con un hisopo empapado en alcohol. La vistió con el baby doll y los pantys y le puso los tacos rojos y después envolvió el cuerpo en una sábana y la bajó a la cochera, la guardó en la maletera y condujo hasta el puente Atocongo donde la dejó. Esa noche durmió bien, no tuvo pesadillas, remordimientos, nadie lo sacudió durante su sueño, no le tuvo miedo a la oscuridad. No era malo lo que había hecho. Su madre estaría mirándole feliz desde las estrellas.

3


-¡¡Pota, ganamos!! –gritó Cynthia-. ¡¡¡Ganamos!!!
Perú había derrotado uno a cero a Uruguay, con gol de Hernán Rengifo. Era una victoria después de un año de continuas derrotas y empates. En la plaza de armas del pueblo la gente seguía celebrando la victoria de la blanquirroja.
La que estaba triste era Marfe: la selección mapocha solo había logrado un empate con la vinotinto, frustrando las celebraciones por la casi segura clasificación a Sudáfrica. Pero igual Chile marchaba segunda, aunque el siguiente encuentro era con Brasil. Perú se las vería con Venezuela y ya todo el mundo auguraba una victoria de los incaicos.
-¡Al mundial! –dijo Cynthia, eufórica.
-¿Al mundial? –preguntó el profesor.
-Claro pues, profe, si hemos ganado.
El profesor se rió.
-Estamos últimos en la tabla de clasificación –dijo y, como para despertarla de su sueño, añadió-: Solo los cuatro primeros clasifican directamente al mundial y el quinto se va a un repechaje.
-Oh, pota, yo pensé que ya estábamos en el mundial.
-Pensaste mal pues.
-¿Y la apuesta, profe? –preguntó Marfe-. Usted dijo que Perú perdía.
-¿Qué apostamos? –dijo el profesor.
-Una caja de chelas –dijo Cynthia.
-Carajo, a ti te gusta chupar.
-Claro pues, profe, como a toda mujer.
Se rieron.
-¿No hay discoteca acá? –preguntó Marfe.
-No –dijo el profesor.
-Pucha, nosotras queríamos ir a bailar.
-Se pelaron pues.
-Pero podemos hacer aquí nuestra fiestita, ¿no? –dijo Cynthia.
-Claro –dijo el profesor-. Música hay, chelas hay, vino hay.
Cayó la noche. El profesor encendió la chimenea. Las noches eran heladas en Tornamesa. Prepararon chorizo para cenar y se sentaron junto al fuego. Por los parlantes brotaba la voz de Blondie cantando La marea está alta.
-¿Usted ha visto un mundial, profe? –preguntó Marfe.
-Dos –dijo el profesor-. Argentina 78 y España 82.
-Pota, nosotras estábamos en las pelotas de nuestros viejos –dijo Cynthia.
Risas.
-¿Y quiénes eran sus ídolos?
-Chumpitas, el Nene Cubillas, el Cholo Sotil, el Panadero Díaz, Oblitas, el Tanque La Rosa, Barbadillo –el profesor alzó su copa de vino-. Esos sí eran ídolo, no los pichiruches de ahora.
-Pota, profe, no hable así que el loco Vargas es lo máximo.
-Y juega en mi equipo –dijo Marfe-. El Fiorentini.
-Pero no ha ido a un mundial –dijo el profesor-. Y tampoco irá.
-Pota, profe, no sea boca salada –dijo Cynthia.
-Es que es la verdad, chicas, para qué las voy a ilusionar.
Marfe prendió la televisión justo en el instante en que pasaban un informe sobre la chica del puente Atocongo. Allí estaba su mamá, clamando justicia entre lágrimas. No pararé hasta ver al asesino de mi hija entre rejas, juró la mujer mientras sus vecinos en coro clamaban pena de muerte para el asesino de Carina. Se llamaba Carina, pensó el profesor. A mí me dijo que se llamaba Rossana. Ni Marfe ni Cynthia notaron la irónica sonrisa que se dibujó en su rostro.
-Cuando lo capturen, seguro le darán cadena perpetua –dijo Marfe.
-Es lo mínimo que se merece, ¿no, profe? –dijo Cynthia.
-Ajá –masculló el profesor, mirándola con odio disimulado. Mañana tu familia también pedirá cadena perpetua para tu asesino, tuvo ganas de decirle, pero no lo hizo.
-¿Por qué se metería a la mala vida siendo tan bonita? –preguntó Marfe después de darle un mordisco a su chorizo.
-Hay tantas razones –dijo el profesor-. Pero ya se sabe que la mala vida siempre termina mal.
-Como Marco Antonio –dijo Marfe.
-Marco Antonio era un estilista respetado –dijo Cynthia-. Era amigo de Gisela y de otras estrellas.
-Pero tenía su Mr. Hyde por dentro –dijo el profesor-. Tan feliz que parecía ser y era un pobre e infeliz cabro que pagaba para que lo hagan feliz un rato.
-Ay, profe, no hable así del finadito –dijo Cynthia.
-Es la verdad.
-Para mí que a Marco Antonio lo mató la banda de matacabros –dijo Marfe.
-Y a Rossana los mataputas –dijo el profesor.
-¿Rossana? –preguntó Cynthia, extrañada-. ¿Quién es Rossana?
-Perdón –dijo el profesor-. Quise decir Carina…
-El profe está pensando en otra jerma –dijo Marfe.
-No nos diga que ya le echó el ojo a otra miss –dijo Cynthia.
-Claro.
-Pota, usted no pierde su tiempo.
-A reina muerta, reina puesta –dijo Marfe. Alzó su copa-. ¡Salud por Chile!
-¡¡Salud!!
-¿Y quién es su nueva víctima, profe?
-La profesora Ana.
-Pota, esa está peor que su ex –dijo Cynthia-. Parece monga.
-No parece –dijo Marfe-. Lo es.
Estallaron las risas.
-Caramba, es buena –dijo el profesor.
-¿Buena en la cama o buena de buena? –preguntó Cynthia.
-Buena, dulce, tierna –dijo el profesor.
-Y apuesto que está pito –dijo Marfe.
Otra vez estallaron las risas. The Beatles interpretaba Yesterday.
-Eso es lo de menos –dijo el profesor.
-Pota, eso sí es amor –dijo Cynthia.
-¿Y cuándo se le manda, profe? –preguntó Marfe.
-Uno de estos días.
-Para estar con una jerma en la primavera.
-Ajá.
-Pota, estoy triste –dijo Cynthia.
-¿Por qué?
-El profe ya no nos invitará café ni nos traerá aquí de paseo.
-Caramba, todavía no pasa nada –dijo el profesor-. ¿Qué tal si me chotea, ah?
-No pierde nada intentándolo –dijo Marfe-. Aunque no los imagino tirando.
-¿Por qué?
-¿Se imaginan tirándose a una mongolita?
Risas.
-Nos miraremos las caras nada más.
-La intimidad es un factor importante en todas las relaciones –dijo Cynthia.
-¿Y entonces qué pasó contigo, ah?
-Se acabó.
-Esa relación estaba construida sobre un castillo de arena –dijo el profesor.
-O sea… -intervino Marfe.
-O sea que si una relación está basada solamente en la atracción de la piel, cuando esta atracción termina, se termina el amor, entre comillas.
-Así como su aventura con la profesora de teatro –dijo Marfe.
-Exactamente igual. Pía decía que yo era el amor de su vida, su media naranja, etc., pero en realidad era solamente deseo.
-¿Y usted la quiso?
-No. Solo le seguí la corriente.
-Qué pendejo –dijo Marfe.
-Caramba, se me presentó esa oportunidad, ¿qué querían que haga si estaba solo?
-Y cansado de rendirle culto a Onán –añadió Marfe.
-Ajá.
Rieron a carcajadas.
-Al menos tiraron rico –dijo Cynthia.
-¿Y qué pose le gustaba a la de teatro? –preguntó Marfe.
-No seas sapa, Marfe.
-Ya pues, profe, cuente. Cómo nosotros le contamos nuestras cosas.
-Esas son cosas íntimas.
-Ya, no se haga el tonto y hable.
-Seguro le gustaba el perrito como a Cynthia, ¿no?
-También.
-¿Y la sopita?
-También.
-Se le habrá cansado la lengua, profe.
-Hacía lo que podía.
-¿Y a ustedes les gusta la comunicación oral?
-Un poco –dijo Cynthia.
-¿Por?
-No sé… me da cosas.
-A mí me encanta –dijo Marfe.
-¿Cuándo fue la primera vez que lo hiciste?
-Casi a los quince –dijo Marfe. Guardó silencio. Bebió su vino. Los Bee Gees cantaban Too much heaven.
-Cuenta.
-Eso es íntimo.
-Ya pues –pidieron el profesor y Cynthia a la vez.
-Usted primero.
-Primero las damas.
-Un día vino a mi casa a quedarse una amiga. En la noche, ya en mi cuarto, empezamos a preguntarnos si nos había venido la regla, si teníamos pelos abajo. Ella me preguntó si sabía que en la cucarachita teníamos una pepita que crecía y se ponía dura cuando nos excitábamos. Me hice la tonta y le dije que no y ella me dijo si quieres te enseño dónde está y yo dije ¿a ver? y ella se quitó la ropa interior, se abrió de piernas y se empezó a tocar.
-Y le viste su pepita.
-Mmm.
-¿Y más pasó?
-Como mi pepita no crecía, Niurka me dijo ¿quieres que te lo haga crecer?
-Pota, ¿y?
-Y me lo empezó a acariciar.
-¡¡Pota!!
-Y te mojaste.
-Ajá. Y a gemir. Niurka se excitó y nos empezamos a besar y luego me lo besó.
-¿Y qué sentiste?
-Algo rico, maravilloso.
-¿Y desde allí te empezaron a gustar las mujeres?
-No –dijo Marfe. Vico C cantaba Me acuerdo. Los leños ardían en la chimenea tiñendo de granate los rostros de nuestros tres amigos-. Tenía doce años, estudiaba en el Liceo Naval de Valparaíso cuando me enamoré de una chiquita de otro salón.
-¿Cómo así?
-Ella siempre jugaba en el jardín con sus amiguitas a las muñecas y yo la contemplaba como una idiota desde el balcón de mi salón.
-¿Estabas enamorada de ella?
-Sí. Yo soñaba despierta con ella, soñaba que jugábamos, que nos besábamos.
-¿No te diste cuenta que eso no era normal?
-Claro que lo pensé. Me preguntaba qué pasaba conmigo, por qué me gustaba una de mi mismo sexo y no un chico como a mis amigas.
-¿Nunca le dijiste nada?
-No. Pensaba decírselo en la secundaria, al siguiente año pero, piña para mí, se fue.
-Oh, pota, qué triste.
-¿Fue el amor de tu vida?
-Sí. Porque después me enamoré de otras chicas, pero ese amor era puro, limpio, soñaba con jugar a las muñecas con ella. Ahora, si me enamoro de una chica, lo primero que pienso es cómo tendrá la cucaracha, si pelada o peluda, si le olerá bien, si le habrán hecho un oral.
-El primer amor es inolvidable –dijo el profesor.
-¿Y cómo fue la primera vez que usted se comunicó oralmente, profe? –preguntó Cynthia.
-Fue una mala experiencia –dijo el profesor. Bebió. Óscar Athié cantaba Fotografía.
-¿Por?
-La cucaracha de mi víctima apestaba a desagüe.
Risas.
-En serio.
-¿Se levantó a una cochina o qué, profe?
-A una chica que conocí en la discoteca. Mis amigos decían la sopita es rica, entonces yo quería experimentar. Fuimos a bailar y conocí a una chica y al final fuimos a tirar y lo primero que hice fue meterme su cucaracha en la boca…
-Y apestaba a mierda.
-Mmm. Olía a sábila y a pis.
-Seguro que vomitó.
-Me aguanté, pero nunca más se lo hice.
-Hasta su siguiente víctima.
-Ajá. De la segunda olía mejor y tenía buen sabor.
-Usted es un sopero, profe.
Las chicas se rieron.
-¿Y tú, Cynthia?
-¿Yo qué?
-¿Qué sentiste la primera vez que te lo hicieron?
-Cosquillas. No me gusta mucho.
-Seguro no te lo saben hacer.
-Será –dijo Cynthia.
-¿Y cómo fue cuando perdiste la virginidad?
-Ay, ya ni me acuerdo –dijo Cynthia-. ¿Vamos a dormir? Me ha dado sueño.
-Todavía es temprano –dijo Marfe.
-Ya es más de la medianoche –dijo el profesor-. Yo también tengo sueño.
-¿No quiere que lo acompañemos, profe?
-Hoy no –dijo el profesor-. Estoy trapo.
-¿Nunca ha hecho una orgía?
-Una vez –dijo el profesor.
-Cuente.
-Mañana –dijo el profesor-. Hora de dormir, chicas.
-Pota, me voy a quedar con la curiosidad.
-Paciencia.
***
-¿Conociste a Estrella?
La chica dejó de luchar por colocarle el preservativo. Le miró el rostro, escrutándolo. Estaba de cuclillas frente a él.
-¿Eres tombo?
-De la DIRINCRI.
-Vaya –dijo la chica-. ¿Y estás de servicio o has venido a tirar?
-Las dos cosas –dijo el teniente Gonzáles-. Estamos preocupados por lo que le pasó a Estrella.
-Por eso Panchito está asustadito –dijo la chica, acariciándole el miembro-. ¿Ya saben quién mató a la Poserita?
-¿La Poserita?
-Así le decíamos a Estrella –dijo la chica.
-¿Por?
-Le gustaban las poses, obvio.
-¿Y a ti cómo te dicen?
-La Rusa.
-¿Por?
-Obvio –dijo la Rusa, colocando el miembro del teniente entre sus grandes senos-. Los rusos son mi especialidad.
Soltó una aguda risita. ¿Estrella también le habría hecho un ruso a su asesino?
-En la DIRINCRI creemos que la Poserita murió a manos de un psicópata.
-Puta, ¿en serio? –la Rusa movía sus pechos de arriba hacia abajo como si se la corriera.
-Sí. Fue un crimen casi perfecto. Un crimen planificado al milímetro.
La Rusa le mojó el miembro con saliva para que la fricción no lo lastimara. El teniente sintió que su miembro empezaba a tomar consistencia. Pensó en las tetas de la Pamela Anderson, de la Luciana Salazar.
-¿Alguna de tus amigas vio con quién se fue la Poserita por última vez?
-Unas dicen que un chato, otras con un hombre vestido de negro.
-¿Vestido de negro?
-Así dice la Chuchona.
El teniente sonrió.
-¿A qué hora fue más o menos?
-Como a las diez, o antes. Después ya no la vimos. Al fin se te paró –la Rusa le colocó el preservativo-. ¿Te la chupo?
-Claro.
Se lo metió en la boca. Lo tenía caliente y húmedo. El teniente pensó en Garganta Profunda. Le acarició los cabellos ondeados. Recordó la cabeza rapada de Estrella.
-¿Alguien le vio el rostro al tipo vestido de negro? ¿Era alto, flaco, feo, guapo?
-La Chuchona dice que era flaco nomás y no tan alto.
-¿Le vio la cara?
-Sí, pero no se acuerda –dijo la Rusa, mientras se quitaba el jean. Tenía un calzón rosado-. Casi nunca nos fijamos con quiénes se van nuestras compañeras.
Tenía la piel blanca. Una sombra oscura en forma de corazón le cubría el pubis. Se echó en la cama con las piernas abiertas. ¿Hacerle un oral? ¿Hace cuánto que no lo hacía? Desde que estuvo con Lucy, pero a Lucy no le gustaba mucho.
-Hazme sentir.
El teniente se puso de rodillas frente a ella. Ella le agarró el miembro y lo guió hacia su interior. Empezó a entrar en ella. Adentro estaba caliente y húmedo. Era una sensación rica, húmeda. Lucy a veces la tenía fría, sus piernas eran frías. A veces pensaba que era frígida, que le abría las piernas porque en fin, no tenía otra opción.
Todavía la ajustaba.
-¿Cuánto tiempo en la chamba?
-Tres años –dijo la Rusa-. Estoy juntando para comprarme una combi y dejar esta vaina. Cansa ser puta.
-¿Se gana bien o no?
-Sí eres bonita, puedes hacer fortuna –dijo la Rusa, moviéndose-. Así como la Poserita. Quería irse a Holanda.
-¿A?
-A putear, ¿a qué más? Una vez un holandés le dijo que en Ámsterdam podía hacer fortuna con su belleza exótica. Estaba juntando para comprarse una flota de motataxis. ¿Es cierto que la mató un psicópata?
-Eso se sospecha. ¿Sabes si salía con alguien?
-Estaba sola –dijo la Rusa. Cerró los ojos-. No quería saber nada de los hombres desde que el papá de su hijita la dejó tirada como a un trapo viejo. Por eso se metió de puta: por despecho.
-Una historia triste. ¿Y tú?
-Soy enfermera técnica, como no encontraba trabajo, una amiga me trajo aquí. Au, eres zapatón.
El teniente sonrió.
-¿Quieres hacerme perrito?
-Claro.
La Rusa tenía un trasero abundante, blanco como una luna. En esa posición podía volarle la nuca sin dificultad alguna y sin hacer mucho ruido con una pistola con silenciador. Un hombre vestido de negro. Mr. Hyde. ¿Salió en busca de una víctima o se le ocurrió matarla en pleno polvo? No, no dejó ni un cabo suelto. Lo planificó todo. No podía fallar. Doctor Jekyll. Quizá un hombre con una inteligencia superior pero poseído por los demonios de algún trauma infantil. Tal vez una mujer jugó con sus sentimientos. ¿Qué haces cuando una mujer te trata como a un perro? O la olvidas, o la matas. Los demonios, los llamaba Vargas Llosa. Si ese crimen no había sido suficiente, era casi seguro que volvería a matar.
-¿Ya?
-Un poquito más. Te daré diez soles más.
-Es lo justo.
La Rusa tenía la cara enterrada en la almohada. Así era fácil agarrarla por la nuca y aplastarle la cara en la almohada hasta que sus pulmones estallaran en menos de un minuto.
Pensó en el trasero de la J.Lo. Un lugar entre las dunas. Una hendidura. Sintió que la cabeza le iba a explotar. Se movió con más rapidez.
-Al fin –dijo la Rusa-. Pensé que nunca ibas a terminar.
Le sacó el preservativo, le hizo un nudo y lo arrojó al tacho. Se puso el calzón y el jean y se peinó los cabellos.
El teniente sacó una tarjeta de su bolsillo y se lo entregó a la Rusa.
-Si averiguas algo, me llamas.
-Ok –dijo la Rusa.
El teniente salió del cuarto y se perdió en la oscuridad de la calle.
***
Esa fue la primera, mamá. Una por cada año de sufrimiento. Doce años sufriste por culpa de ese estúpido que se casó con una puta. Por culpa de esa puta Mariana y Carolina hicieron de tu vida un infierno. El único culpable era John. ¿Quién le mandó casarse con esa perra cuando no tenía ni donde caerse muerto? Claro, la perra esa se buscó un cojudo que la mantuviera. Él trabajando como un burro y ella con las piernas abiertas como una puta. Papá también sufrió hasta el último de sus días. Dieciséis años de pesadilla por culpa de esa puta. Sintió un odio inmenso en el corazón. Estaba frente a la tumba de sus padres con un ramo de rosas en las manos. Las espinas lo lastimaron pero él seguía apretando el ramo de rosas con furia mientras gruesas lágrimas surcaban sus mejillas. Esa perra será la última en morir, pero no morirá fácil, no le permitiré esa dicha, su muerte será un infierno, cada lágrima tuya la pagará caro, y John también, por imbécil, por meterse con una puta.
















4


-Despierten, bellas durmientes que el desayuno se enfría –dijo el profesor, metiendo la cabeza en la habitación donde dormían las chicas.
-¿Qué hora es, profe? –preguntó Marfe.
-Casi las diez –dijo el profesor.
-Pota, ¿tan tarde? –dijo Cynthia.
-Sí –dijo el profesor-. Así es que salgan de una vez de la cama que el día está bonito.
-Ay, qué flojera –dijo Cynthia.
-No olviden que la pereza es la madre de todos los vicios –dijo el profesor, saliendo de la habitación.
Unos minutos después, las chicas bajaron a la sala. Tenían los cabellos húmedos.
-El agua aquí es bien helada –se quejó Marfe.
-Caramba, yo me levanté a las seis de la mañana.
-¿Tan temprano?
-Claro. Siempre me levanto temprano.
-A mí me gusta dormir –dijo Marfe.
-Y a mí también –dijo Cynthia.
-Así es la juventud –dijo el profesor, mientras servía el desayuno: café con leche y panes con palta.
-La mujer que se case con usted, profe, se sacará la suerte –dijo Cynthia-. Usted cocina, lava, limpia, etc.
-Y es bueno con la lengua –dijo Marfe.
-Guag, no seas cochina –dijo Cynthia-. Estamos desayunando.
-El sexo es parte de la vida –dijo Marfe-. ¿O no, profe?
-Sí, pero tiene su momento, ¿no? Tampoco lo vas a hacer en la mesa.
-¿No dijo que un día se tiró a la Luz en la cocina?
-Ella quería ahí, pues. ¿Qué tal la palta?
-Rico –dijo Cynthia.
-Después se cogen un poco para que se lleven a sus casas.
-Gracias.
-¿Y cuál es el menú de hoy? –preguntó Marfe.
-Lomo saltado –dijo el profesor.
-Pota, qué rico –dijo Cynthia-. Como para chuparse los dedos.
-Tú siempre pensando en chupar –dijo Marfe.
-No seas cochina pues, Marfe.
-¿Es cierto que la última vez que se lo hiciste a Ly te quedó un aliento a perro muerto?
Cynthia se puso colorada.
-Ajá –dijo.
-Seguro no se lavó el pipí.
Risas.
-No se te vaya a caer la lengua.
-Como al profe cuando se lo hizo a la Luz.
-Era media cochinita –dijo el profesor.
-¿Le olía fuerte?
-Ajá. Y era bien ácido.
-Ustedes son unos enfermos –dijo Cynthia-. Todo lo ven sexo.
-Es que es rico pues –dijo Marfe.
-Eres una linfómana –dijo Cynthia.
-Se dice ninfómana –le corrigió el profesor.
-No sé pues –dijo Cynthia.
Después de desayunar, salieron a recorrer el pueblo y a comprar papa, cebolla y tomate. El pueblo era chiquito. Era raro que pasara algún vehículo aparte del que venía de Chosica cada hora.
Comieron en el patio bajo la sombra del palto.
-¿Y qué hará si la monga le dice que no, profe? –preguntó Marfe-. ¿Se suicidará?
El profesor se rió.
-No es la única mujer –dijo.
-Además, es media estúpida –dijo Cynthia-. No vale la pena morir por alguien así.
-Habla la experiencia –dijo Marfe.
Cynthia sonrió de mala gana. Terminaron de almorzar en silencio.
A las tres, después de descansar un poco, emprendieron el camino de regreso.
***
Un hombre vestido de negro. ¿Y si la Chuchona se equivocó y vestía de azul o marrón? Caylloma estaba mal iluminado. De noche todos los gatos son pardos, pensó el teniente Gonzáles. La calle apestaba a orine. Pobres mujeres que tenían que ganarse la vida en medio de la podredumbre. Un hombre vestido de negro. ¿Volvería a atacar en el mismo lugar? Si era un psicópata, no lo haría, no sería tan estúpido para dejarse atrapar fácilmente. Quizá atacaría en la avenida Grau. La primera cuadra estaba llena de putas, o en los alrededores de la plaza Manco Cápac. Mujeres ganándose el pan con el sudor de sus piernas. Una rubia al pomo, una morocha y una media china que parecía ser de la selva. ¿Cómo así se meterían a la putería? ¿Por necesidad? ¿Porque les gustaba la pinga? Un hombre vestido de negro. La Vía Expresa también estaba llena de putas, travestis, maricones. ¿De servicio o en paseo de placer?, le dijo la Rusa, dándole un beso en la mejilla. Dando unas vueltas, dijo el teniente Gonzáles. ¿Ninguna novedad? Ninguna, corazón, dijo la Rusa. ¿Dónde atacará de nuevo? Un hombre vestido de negro.
***
-¿Bailamos?
La chica le dio una rápida ojeada. ¿Le diría no, gracias, no bailo con hombres mayores? Tendría unos dieciocho o diecinueve años, la misma edad de Cynthia y Marfe. Era bonita, tenía los cabellos negros y lacios más debajo de los hombros. Sus ojos eran como los de una gata. Llevaba un ceñido polo blanco que, por la humedad, dejaba traslucir sus senos pequeños de pezones oscuros. La había estado observando desde hace un buen rato: parecía que tenía cita con alguien porque a cada rato sacaba su celular como esperando una llamada o mirando la hora. Solo había rechazado a un chico que tenía pinta de estar drogado. ¿Él sería el siguiente?
-Claro –dijo ella.
Le tomó de la mano, una mano pequeña y húmeda, y la condujo el centro de la pista de baile. Barreto interpretaba los viejos éxitos de Juaneco y su Combo.
-¿Cómo te llamas?
-Geraldine. ¿Y tú?
-Agustín.
-¿Has venido solo, Agustín?
-Sí. ¿Tú?
-Iba a venir mi amiga –dijo Geraldine-. Pero parece que desistió.
Una amiga, ¿sería lesbiana como Marfe? Quizá.
-¿Puedo fumar? –preguntó Geraldine.
-Claro –dijo Agustín.
Geraldine sacó una cajetilla de Hamilton del bolsillo trasero de su jean. Encendió un cigarrillo.
-¿Tú fumas, Agustín?
-Claro –dijo Agustín, aceptando el cigarrillo que le ofreció la chica.
Geraldine se movía bien. Sus senos parecía que querían atravesar la tela con cada movimiento.
Hicieron una pausa para beber un pisco sour. Geraldine fue un par de veces al baño para mojarse los cabellos. Hacía calor dentro de la discoteca a pesar de los grandes ventiladores que pendían del techo.
-¿Qué haces por la vida, Agustín?
-Soy profesor de literatura –dijo él.
-Seguro escribes poemas.
-Ajá.
-Por eso vistes de negro y andas con una barba como de náufrago, ¿no?
-Mmm. ¿Y tú qué haces?
-Estudio inglés en la ICPNA –dijo Geraldine-. Después estudiaré turismo, y ya, me voy al Cusco.
-Interesante –dijo Agustín.
Varias canciones y tragos después, Geraldine dijo que se iba.
-¿Dónde vives?
-Cerca del Óvalo Higuereta.
-Te llevo.
-¿No será mucha molestia?
-No –dijo el profesor-. Además, los taxis no son seguros a esta hora.
Bajaron a la cochera. El vigilante no prestó mayor atención al hombre que conducía el auto negro.
-Qué sed –dijo Geraldine.
-Aquí tengo San Luis –el hombre le ofreció la botella a medio llenar.
Geraldine se bebió todo el contenido. Un rato después, sintió que los párpados le pesaban y que el sueño la invadía. Lo último que vio antes de caer dormida fue la sonrisa del hombre que vestía de negro.
Cuando despertó, estaba en un cuarto que no era el suyo, en una cama que no era la suya. Quiso gritar pero tenía la boca sellada con una de esas mascarillas que se usan para evitar la gripe porcina y asegurada con cinta de embalaje. Estaba atada de manos y pies en la cama como Túpac Amaru. Estaba desnuda. Por el gran espejo que había en el techo vio que tenía la cabeza rapada. Entonces recién recordó a la chica que habían encontrado muerta en el puente Atocongo.
La puerta se abrió. Allí estaba el hombre con quien había bailado en el Reflejos.
-No te pregunto cómo estás porque lo puedo imaginar –dijo el hombre. Había crueldad en su mirada, en sus gestos.
Sus ojos se le llenaron de lágrimas.
-No llores. Pronto terminará tu pesadilla. De ti depende si es un infierno o no –dijo el hombre, sentado a su lado y acariciándole el pubis-. Eso te pasa por puta.
Geraldine quiso zafarse de sus ataduras, pero era imposible.
-Vuelvo en la tarde –dijo el hombre, acariciándole el rostro-. Tengo que ir a ganarme el pan de cada día.
Salió y cerró la puerta con llave.


5


El profesor habló largo y tendido sobre El doctor Jekyll y Mr. Hyde. Explicaba circulando entre las carpetas, mirando a los ojos a los alumnos, haciendo preguntas, dando respuestas, leyendo fragmentos de la novela de Stevenson.
-¿Y esa dualidad se da en la vida real, profesor, o solo en la ficción? –preguntó el alumno Gonzáles, uno de los mayores del salón. Tenía el cabello casi al rapé, decían que era policía. Eran pocas las veces que intervenía.
-También en la vida real –dijo el profesor-. Casi todos llevamos un monstruo dentro de nosotros. Allá están Abimael, Montecinos, Pinochet, hasta el Che Guevara que, cuando triunfó la revolución cubana, dirigió personalmente el fusilamiento de los opositores del nuevo régimen.
-Y en su opinión, ¿cuál cree que sería el perfil del monstruo del puente Atocongo, profesor?
El profesor palideció por una fracción de segundo.
-¿Cómo podría saberlo yo? –preguntó-. Yo solo leo novelas, no soy policía.
-Debe ser un psicópata –dijo una alumna que se sentaba en la última carpeta.
-O un novio celoso –dijo un chico.
-¿Se acuerdan de la chica de la maleta? –preguntó alguien.
Hace un par de años atrás, un norteamericano asesinó a su esposa peruana, a quien había conocido por el chat, la metió en una maleta y la hundió en el mar.
-O Eva y Liliana –dijo alguien, queriendo hacerse el gracioso.
-O la mafia –dijo una alumna de lentes.
La hora se terminó y el profesor se despidió hasta la siguiente clase.
Salió con Cynthia del salón.
-¿Ya sabe lo que le pasó a Marfe, profe?
-No. ¿Qué le pasó?
-Se resbaló en la ducha y se fracturó un brazo.
-Diablos, pobrecita. Habrá que visitarla.
-Eso mismo estaba pensando –dijo Cynthia-. ¿Nos encontramos a la salida?
-Claro.
Cynthia volvió al salón y el profesor entró a la cafetería.
-¿Ya sabe la ultimita, profe? –le preguntó la mesera.
-No. ¿Qué pasó?
-Anoche una chica desapareció en una discoteca. Se cree que el monstruo del puente Atocongo la ha secuestrado. La policía la busca por aire y tierra.
-Quizá la han secuestrado –dijo el profesor.
Se sentó en el lugar de siempre. La mañana estaba gris. De vez en cuando un avión surcaba el cielo a baja altura. El aeropuerto estaba a pocos minutos de la Universidad.
Dos chicas entraron y pidieron helados. Una de ellas llevaba un pantalón marrón de tela y se notaba el relieve de su ropa interior. Era bonita. ¿También saldría a bailar? ¿Alguien de la discoteca lo reconocería? Quizá. Aunque en una discoteca casi todo el mundo pasaba desapercibido, a menos que protagonizara un escándalo. ¿Y ese policía preguntón? Debió decirle ¿y quién crees tú que mató a esa zorra? ¿Por qué se preocupaban tanto por una puta habiendo tantos niños hambrientos, tanta gente indigente en las calles?
Miró su reloj: tenía dos horas más de clase. Partió hacia el salón que le tocaba.
Cynthia lo fue a buscar al final de la hora. Después de almorzar, partieron a Chaclacayo.
-¿Y cómo va ese corazón, Cynthia?
-Pota, estoy cada vez más jodida.
-¿Por?
-¿Se acuerda de Ly?
-Sí.
-Ayer tuvimos intimidad…
-¿No que ya no eran nada?
-Lo sé, pero pasó.
-Un polvo no es nada –dijo el profesor.
-Pero me siento mal –dijo Cynthia-. Ly no me ama. Terminamos y se quita. No era como Erick, que después de hacerlo me abrazaba, me cantaba, me acariciaba los cabellos.
-El amor después del amor.
-Ajá. Ahora me siento utilizada. Es como si fuera un hueco. Y lo peor es que…
Guardó silencio. El auto entró a la autopista Ramiro Prialé.
-¿Qué?
-Le hice un oral.
-Caramba, provecho.
Cynthia se puso colorada.
-Ni lo disfruté –dijo-. Es más, casi vomito: me dejó un aliento a mierda.
-¿No se lavó la trompeta?
-Mmm. Apestaba peor que el de la Miluzka.
Rieron.
-¿Qué hago con Ly, profe?
-Eso depende de ti, Cynthia. Yo te puedo decir que le dejes, pero tú eres la que debe tomar una decisión sensata, bien pensada, para que después no te arrepientas.
-Es que me siento sola. Imagínese: tres años con Erick.
-Como dice la canción de Mecano: me cuesta tanto olvidarte, olvidar quince mil encantos.
-Exacto.
-Tú necesitas sentirte amada, mimada, querida. Necesitas que te hagan cuchicuchi.
-Ah.
-Paciencia y ya llegará el hombre que te quiera, que te mime, que te adore, que te valore.
-¿Pero cuándo, profe?
-Paciencia, muchacha. Yo debería estar más preocupado que tú.
-¿Cómo le va con la miss Ana?
-Hasta las patas. En la mañana quise invitarle un café y no aceptó.
-Pota, para mí que lo quiere solo como amigo.
-Eso mismo estaba pensando. Pero también me pregunto que, si solo quiere amistad, ¿por qué diablos me mira a veces con unos ojitos de carnero degollado?
-Quizá esté indecisa.
-A veces me dan ganas de escribirle un correo y decirle “Ana, te amo”. El otro día le mandé Dos palomitas y no me ha contestado nada.
-Mejor mándele I love her de los Beatles. Verá que es más efectivo.
-¿Y si me manda al diablo?
-Al menos se quedará con la satisfacción de haberlo intentado.
-Bonito consuelo que me das.
-Pota, usted está más cagado que yo.
Rieron con ganas.
Entraron a Carapongo. Allí, las chacras empezaban poco a poco a ser ocupadas por las viviendas. Dentro de unos años era casi seguro que ya no habría ningún sembrío. Todo sería cemento y ladrillo.
-¿Por qué no me querrá Ly?
-¿Le contaste que te comunicabas oralmente con Erick?
-¡Pota, ni loca! ¿Para que piense lo peor de mí?
-Es mejor no contarlo.
Cruzaron el puente de Ñaña y entraron a la Carretera Central. Un par de minutos después, ingresaron a El Cuadro. Dijeron vamos donde los Fiorentini Pratt. Llamaron a Marfe para decirle que ya estaban llegando. Subieron por una cuesta.
Allí estaba Marfe, apoyada en el cerco de madera. Un hombre estaba con las rodillas hincadas en la tierra.
-Hola, Marfe. ¿Qué pasó?
-Hola, profe. Hola, Cynthia. Mi papá.
El que parecía ser jardinero, era Giulio Fiorentini, el papá de Marfe. Era hijo de italianos, su padre había sido piloto de la fuerza aérea italiana durante la segunda guerra mundial. Tenía las manos sucias de tierra.
Una niña y un niño, ambos rubios, jugaban en el columpio. Eran los hermanitos de Marfe.
Los Fiorentini se comunicaban entre sí en italiano.
-¿Y cómo así te sacaste la mugre, Marfe?
-Levanté una pata para secármelo, y perdí el equilibrio. Para no descerebrarme, me apoyó en mi brazo y crac.
-¿Dolió?
-Como mierda –dijo Marfe.
-Menos mal que yo nunca me he roto nada –dijo Cynthia.
-Solo el pito –dijo Marfe.
-Ajá –dijo Cynthia, poniéndose colorada-. Ni con el brazo roto cambias.
-Esta chica ya no tiene remedio –dijo el profesor.
Estaban en la terraza, bajo las sombras de las palmeras. A unos pasos había una piscina vacía. El profesor escribía un poema en el yeso de Marfe.
-¿Y qué hicieron hoy en clase?
-Nada –dijo Cynthia-. Nos la pasamos hablando del monstruo del puente Atocongo.
-Anoche desapareció otra chica –dijo Marfe.
-¿Y si se fugó con su enamorado?
-Podría ser –dijo Cynthia.
-Ahorita estarán tirando felices en algún hostal de provincia mientras todo el mundo anda preocupada por ella.
-Eso es lo más seguro –dijo Marfe-. ¿Y cómo le va con miss Ana, profe?
-Hasta las patas –dijo el profesor.
-Hoy quiso invitarle un café y la tía no le aceptó –dijo Cynthia.
-¿Esa fea se hace la estrecha? –dijo Marfe, con ironía.
-No es fea.
-Pero tiene cara de estúpida, ¿o no, profe?
-A mí lo que me importa es su corazón, sus sentimientos.
-Algún día le dará bola.
-Las esperanzas son lo último que se pierde, ¿no?
-Mmm.
Un moderno automóvil se detuvo frente a la casa. Los niños corrieron gritando mamá, mamá. Era la mamá de Marfe. Vestía con elegancia. No era tan agraciada, pero al lado de su marido, que llevaba un jean que alguna vez fue azul, parecía una princesa.
-Mamá, mi profe, Cynthia.
-Un gusto –dijo la mamá de Marfe. Tenía el dejo de chilena bien acentuado.
Hablaron un poco.
-Voy a darme un baño que vengo súper cansada –dijo la mujer-. Pasan dentro de un rato para tomar lonche.
-Gracias, señora.
Algo le dijo la mujer a su marido en italiano mientras se alejaba.
-Traduce –le pidió Cynthia a Marfe.
-La princesa y el mendigo –dijo Marfe.
-¿Así le dijo a tu viejo?
-Ajá.
-Pota, parece que tu vieja no lo quisiera a su marido.
-Así son ellos –dijo Marfe.
Un rato después, una chica con un uniforme azul les dijo que pasaran a tomar el lonche.
Se sentaron todos a la mesa. Hablaron de la gripe porcina, de la crisis económica, de la caída del helicóptero en el VRAE y, por supuesto, del monstruo del puente Atocongo.
-¿Qué tendrá esa bestia en la cabeza? –preguntó la mamá de Marfe.
-De repente es un ex combatiente de la guerra interna –dijo el papá de Marfe-. Hay soldados que quedaron traumados y a veces actúan así.
-Ese es un asesino que mata a sangre fría –dijo la mamá de Marfe.
-Es Freddy Kruger –dijo el hermanito de Marfe.
-No estarán viendo tonterías con los chicos, ¿no? –preguntó la mamá de Marfe.
-A Carolina le gusta Freddy –dijo el niño, señalando a su hermanita.
La niña se puso colorada. Tendría unos diez años.
-Antes nos asustábamos con Drácula –dijo el papá de Marfe-. Ahora los monstruos tienen que ser horripilantes para causar miedo.
-Así debe ser el monstruo del puente Atocongo –dijo la mamá de Marfe.
-En clase del profe estamos leyendo El doctor Jekyll y Mr. Hyde –dijo Cynthia.
-Es un buen libro –dijo el papá de Marfe-. Todos tenemos una bestia en lo más hondo de nuestro ser.
-Puede que el monstruo del puente Atocongo tenga la apariencia de un ángel.
-Por eso las mujeres caen rapidito en sus redes.
Ninguno notó la irónica sonrisa del profesor.
-No hay que salir sola –dijo la mamá de Marfe.
-En la casa tampoco se está seguro –dijo el papá de Marfe-. Un poco más, y Marfe se desnuca.
-Y seguro le iban a echar la culpa al monstruo del puente Atocongo, ¿no? –dijo el profesor.
-Eso era lo más seguro –dijo Marfe.
Risas.
Se despidieron al final de la tarde.
***
-Nada, no se ve con quién salió la chica –dijo el mayor Huamán-. A ella apenas se la reconoce entre el gentío.
-Hay que buscar a un hombre vestido de negro –dijo el teniente Gonzáles.
-Tu hombre de negro no es ningún cojudo –dijo el mayor-. Sabía que había cámaras y se escabulló.
-Nadie recuerda a la chica, nadie vio con quién salió, su celular no funciona. Es como si la tierra se lo hubiera tragado.
-Hay policías cuidando todos los puentes de Lima –dijo el mayor Huamán.
-¿Y usted cree que el hombre va a ser tan estúpido de dejar a su víctima debajo de un puente como la primera vez?
-Puede que cometa un error, Gonzáles. Ningún crimen es perfecto.
-Esta vez estamos ante un hombre que actúa con pasmosa sangre fría, mi mayor.
-¿Qué hacer entonces, Gonzáles?
-Esperar. Tener la remota esperanza que la chica se fugó con su enamoradito.
-Hasta encontrar su cadáver.
-Eso.
Los dos hombres se miraron.
***
-¿Por qué me haces esto? –preguntó la chica-. ¿Qué te he hecho yo a ti?
El hombre le había quitado la cinta que le cubría la boca. Le había dicho ni grites porque te mato. Le había desatado un pie y un brazo.
-¿Por qué? –el hombre la miró con desprecio-. Todas las mujeres son iguales.
-Yo no tengo la culpa que una mujer te haya hecho daño –dijo la chica.
-A mí no –dijo el hombre-. Mi hermano se casó con una puta y mi pobre madre vivió un infierno por culpa de esa mujer.
-Pero no todas somos iguales –dijo la chica-. ¿No crees que el único culpable de eso haya sido tu hermano por no fijarse con quién se metió?
El hombre no dijo nada.
-¿Nunca has conocido a una mujer buena que…?
-¡Cállate, puta! –gritó el hombre. Le puso una mano en la garganta y empezó a apretar-. ¡Puta, puta!
El rostro de la chica se puso morado. El hombre la soltó.
-¡Por favor, no me mates! –suplicó la chica-. Un día te descubrirán y tu madre sufrirá más.
-Ella está muerta –dijo el hombre-. Y yo tengo que vengarla.
-Déjame ayudarte –dijo la chica.
-¿Ayudarme? –el hombre rió con ironía.
-Debes ir a un especialista. Puedes rehacer tu vida. Hazlo por la memoria de tu madre…
El hombre soltó una carcajada.
-¿Crees que soy estúpido? Lo primero que harás, si te dejo ir, será avisarle a la policía.
-Te juro que no lo haré.
Silencio.
-Te juro por mi madre, que es lo más sagrado para mí, como sé que tu madre lo es para ti, que no lo haré. Solo quiero ayudarte…
-No necesito la ayuda de nadie. Menos de una puta como tú.
-Por favor…
Dos poderosas garras le apretaron la garganta hasta hacer que sus ojos saltaran de sus órbitas.

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