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lunes, 30 de noviembre de 2009

Fin de mes

Se acaba noviembre. Este mes he escrito poco pero he leído bastante, más que nunca, creo, hasta he desempolvado viejos libros para leerlos, libros que había comprado hace cinco años y esperaban su turno. Mañana empieza el último mes de año y luego vacaciones.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Feria del libro Ricardo Palma

Anoche fui a la Feria del Libro Ricardo Palma a abastecerme para el verano. Compré un par de libros de literatura juvenil -"Cupido era un murciélago" de mi estrella María Fernanda Heredia, "Finis Mundi" de Laura Gallego García, "El ladrón de monosílabos" de Ángel Pérez Martínez-, una novela de Pablo de Santis, "La sexta lámpara", "Segunda persona" de Selenco Vega Jácome, la estoy leyendo y no tiene nada de espectacular, esta novela ganó el premio de la Cámara Peruana del Libro y "Glaomorama" de Bret Easton Ellis, el mismo de "América psicho", un ladrillo de algo más de 500 hojas que me costó diez lucas, un regalo, que espero leer en enero cuando esté de vacaciones.
Vi un poco la presentación de Óscar Colchado Lucio en Ediciones SM, un autor que poco a poco ha ido cimentando una carrera con buenos libros. "Rosa Cuchillo" ha sido publicada por Alfaguara en una nueva edición. Buena por Óscar Colchado Lucio, quien, si mal no recuerdo, fue jurado cuando gané los Juegos Florales de La Cantuta allá por 1997. Espero seguir su ejemplo.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Contigo soy feliz


porque este amor no es clandestino,
porque tú piensas en mí
y tu corazón no es compartido.
Contigo soy feliz
a pesar de tus momentos de furia
porque luego regresas arrepentida.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Amaneciendo en ti

entre sábanas blancas
que anuncian la mañana
para ti y para mí
entre cantos de pájaros,
hojas al viento,
gaviotas en el cielo
y relinchos de caballos.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La persecusión


Sus pisadas resonaban en la vereda como los cascos de un caballo furioso. Aceleré sintiendo que el aire me faltaba, que me ahogaba, que el corazón me iba a explotar de un momento a otro como una granada. La calle estaba en penumbra, solitaria, las luces de todas las casas estaban apagadas como si nadie viviera allí, como si ese fuese un pueblo fantasma. Tragué una bocanada de aire. Aceleré. Si la criatura, monstruo, o lo que fuera, me daba alcance, iba a ser mi fin. Doblé una calle, otra calle y otra calle. Perdí uno de mis zapatos pero seguí corriendo, cojeando, sintiendo que mi pie desnudo era desgarrado por las imperfecciones de la vereda. No era un sueño, era una pesadilla. No estaba durmiendo, estaba corriendo tratando de escapar de las fauces de un monstruo. Un monstruo. Si me daba alcance, me mataría. ¿Quién se iba a imaginar que esa mujer era un monstruo? Había llegado unas horas antes a La Realidad y me había alojado en un hotel barato. Había salido a caminar un poco y entonces la había visto: iba sola por la vereda y la seguí. ¿Qué hacía una mujer en una calle solitaria casi a la medianoche? Llevaba un diminuto vestido con la espalda desnuda. Aceleré los pasos para alcanzarla. A un metro de ella, le dije hey, amiga, ¿a dónde vas? Entonces volvió el rostro y lancé un grito de terror: ese no era el rostro de un ser humano. Di la media vuelta y eché a correr. Podía sentir en mi nuca su aliento como una llama de fuego, sus resuellos. ¡Un parque! En los parques siempre había parejas. Ahora sí estaba a salvo. Respiré con alivio, volví el rostro por una fracción de segundo: corría con la lengua afuera, tenía los ojos desorbitados. Me metí entre los matorrales, ¿hay alguien ahí?, pregunté. No había nadie. Nadie vivía en ese pueblo. Sentía las espinas clavarse en mi pie desnudo. Escuchaba sus pisadas destrozando los arbustos caídos, quebrando las ramas. Tragué una bocanada de aire. Más allá había un resplandor azul, unas luces. Estaba a salvo. Aceleré un poco más. Podía sentir su aliento en la nuca. No, no eran las luces de una calle. Era el mar. Esas lucecitas eran las de los barcos que entraban al puerto. A mis pies se habría un abismo. No podía retroceder. Salté antes que una de sus garras me cogiera de la garganta.

Canciones

La farsante, Juan Gabriel
http://www.youtube.com/watch?v=XrEOcXRbBFA
Con tu amor, Pandora
http://www.youtube.com/watch?v=mDorZ6mzYsk
Quién soy yo sin ella, Luciano y Camargo
http://www.youtube.com/watch?v=ohBgIci8D3Y

martes, 24 de noviembre de 2009

La casa vacía


Agustín lanzó una maldición. Trató una y otra de poner en marcha el vehículo, pero todos sus esfuerzos fueron vanos. Afuera la lluvia arreciaba. ¿Dónde encontraría un mecánico a esa hora? Era casi la medianoche en su reloj. Las casas de La Realidad estaban todas con las luces apagadas. El alumbrado público apenas iluminaba lo indispensable como para saber que ahí, al frente, se levantaba un pueblo. ¿Quedarse a dormir en el vehículo? Podría ser pero, si el cielo seguía vaciándose así, pronto habría otro diluvio universal, y precisamente su auto no era ni de lejos el arca de Noé. A un par de metros de la carretera pasaba el río Rímac arrastrando en su fiero y lodoso caudal piedras, árboles arrancados de raíz y sabe Dios qué cosas más. En cualquier momento podría desbordarse y lo lamentaría. La carretera estaba solitaria, ni un vehículo a la vista, ni siquiera un grifo donde pedir ayuda. Tal vez habría caído un huayco en las alturas interrumpiendo el paso. Cómo saberlo si hasta la radio no funcionaba. Era mejor buscar un lugar donde pasar la noche antes de que las cosas se pusieran color hormiga.
Bajó del vehículo y cruzó la carretera en dirección al pueblo caminando bajo la copiosa lluvia. Las calles estaban convertidas en un lodazal, el agua se metía por sus zapatos y ni una sola casa con las luces encendidas. Dobló una calle, y otra, y otra. Todo el mundo parecía dormir. No debió de haber viajado tan tarde, debió de haber esperado el día siguiente, pero cómo iba a saber él que llovería de esa manera. Era una lluvia inusual. Por aquí llovía en verano, nunca en julio. Mañana era veintidós de julio. Treinta años atrás, su madre todavía estaba viva. Treinta años atrás, su madre estaba viviendo su última noche de existencia. Al día siguiente moriría, culminaría su paso por la tierra.
Cruzó la plaza y vio una casa con las ventanas iluminadas. Se alegró. Era la única con las luces prendidas en ese pueblo fantasma. A ella se dirigió de prisa sintiendo cómo el frío le calaba los huesos, el alma.
Cruzó un jardín lleno de geranios. ¿Beethoven? Alguien tocaba el piano. En medio del golpeteo de la lluvia y el rumor del río reconoció La patética. Cuántas veces lo había tocado su madre. Se abrió una puerta en su memoria y vio las manos, blancas, bien cuidadas, de largos y finos dedos, de su madre cayendo como esta lluvia sobre las teclas del viejo piano que ahora estaría apolillándose en algún rincón de la antigua casona familiar.
Los Eucaliptos 141, decía la placa sobre la puerta de madera recién barnizada. Los Eucaliptos 141, repitió. Vaya coincidencia: esa era la misma dirección de su casa. En todos los pueblos había una calle llamada Los Eucaliptos, por lo visto.
En lugar de timbre había una reluciente aldaba de bronce en forma de puño.
Llamó.
Nadie.
Insistió.
¿Y si alguien se había quedado dormido escuchando un disco de Beethoven? La lluvia se intensificaba. Llamó otra vez. Dejaron de tocar el piano, o apagaron el tocadiscos. Escuchó unos ligeros pasos acercándose a la puerta.
–¿Quién? –preguntó una voz de mujer.
–Mi auto se ha malogrado cerca de aquí. No sé si podría…
La puerta se abrió.
–Buenas noches, señorita, disculpe que la moleste tan tarde, es que mi auto…
–Pase, pase –dijo la joven–. No vaya a pescar una pulmonía con este clima.
–Gracias.
Ella lo condujo a una salita. En la chimenea ardían los leños llenando de calor el ambiente. En un rincón estaba un viejo piano. Parecía el piano al que su madre arrancaba sentidas melodías.
–¿Era La patética lo que tocaba?
La chica dijo que sí.
–Para no aburrirme.
Alimentó el fuego con otro leño.
Era bonita. El fuego le daba unos matices rojos a su albo rostro. Tenía los ojos grandes y oscuros. Su negra cabellera estaba atada formando una trenza.
–Mamá también tocaba el piano –dijo Agustín–. Y tocaba La patética. Al escucharla me acordé de ella. Mañana son treinta años desde que murió.
–Lo siento mucho. ¿Cómo se llamaba?
–María Luisa.
–Qué coincidencia, yo también me llamo igual.
Agustín hizo un gesto de incredulidad.
–En serio –dijo ella–. María Luisa es un nombre común.
María Luisa era joven. A lo mucho tendría unos veinte años. ¿Qué habría estado haciendo su madre a esa edad? El viejo la conoció a los veintitrés, se casaron, lo tuvieron a él.
–¿Un café?
–Si no es mucha molestia. Gracias.
–De nada.
Pareces mi madre, iba a decirle Agustín. Su mamá siempre lo esperaba con un café caliente.
–¿Qué hacía a estas horas en la carretera? –preguntó ella desde la cocina.
–Iba a Chosica. Mañana le vamos a hacer una misa a mamá.
Alguien empezó a toser en un cuarto cercano.
–Es mi abuelita que está con una fuerte gripe –dijo María Luisa, cruzando la salita–. Ya vengo.
Agustín la vio desaparecer en una puerta al fondo del pasillo. Afuera, la lluvia no tenía cuándo acabar. Las amplias ventanas eran golpeadas por las gruesas gotas de lluvia. A lo lejos el río bramaba como un animal furioso. Qué sería de su auto. Tantos sacrificios para comprarlo para que al final se lo lleve el río. Menos mal que no se quedó a dormir allí. Qué suerte había tenido al encontrar esta casa. La única casa en todo el pueblo que parecía estar habitada.
María Luisa cruzó hacia la cocina. Agustín escuchó el ruido de tazas y cubiertos. Se acordó del ruido que hacía su mamá en la cocina de su casa.
–Sírvase –dijo la muchacha, alcanzándole una bandeja donde humeaba una taza de café.
–Muchas gracias.
–De nada.
–Excelente café –dijo Agustín–. Así lo preparaba mamá.
María Luisa sonrió. Tenía una bonita sonrisa. Las lenguas de fuego se reflejaban en su blanca y pareja dentadura.
Desde la otra habitación volvieron a toser.
–Ya regreso.
La lluvia seguía cayendo con furia sobre el pueblo. Agustín miró por la ventana: las calles parecían ríos, el cielo era iluminado por los relámpagos a cada instante. Las casas continuaban con las luces apagadas. Suerte que encontré este refugio, se repitió otra vez, sino, dónde estaría ahora.
–De repente desea descansar –dijo ella al regresar–. Tenemos un cuarto de huéspedes.
–Todavía no –dijo Agustín–. Más bien me gustaría escucharla. Claro, si no es abusar de su hospitalidad.
–Al contrario –María Luisa sonrió, echó otro leño al fuego y se puso al piano. Sus dedos, largos, delicados, casi transparentes, de uñas recortadas y bien pulidas y sin pintar, empezaron a caer sobre el teclado como la lluvia sobre ese extraño pueblo–. Casi nunca tengo oyentes.
–¿Die schöne müllerin?
Ella asintió.
–Schubert.
–Mamá solía tocarlo siempre –dijo Agustín. Cerró los ojos para disfrutar mejor de ese instante tan especial. Vio a su madre tocando el piano en la sala de la casona familiar. Tenía las manos bien bonitas. Casi no recordaba su rostro. Sus manos sí las recordaba con toda claridad como si nunca las hubiera dejado de ver. Y también recordaba las canciones que tocaba. ¡Mamá! Después de tanto tiempo iba a visitar su tumba. Se sintió culpable de tenerla olvidada, de no llevarle ni un ramo de flores en tantos años. Esa pieza era Das wandern, el lied favorito de su madre, y el suyo también. Cuántas veces lo había tocado mamá. Si no hubiese muerto tan temprano, seguramente él también hubiese sido pianista y ahora estaría dando un recital en algún lugar del mundo y no en ese pueblo donde la lluvia no parecía cesar jamás. ¿Tanta agua había en los cielos? Pero bien valía un chapuzón el estar aquí escuchando a María Luisa cuyas bien cuidadas manos seguían danzando sobre el teclado como una ballerina. Se miró las manos. No, esas no podían ser las manos de un pianista. Eran feas; sus dedos eran gruesos, torpes. Sintió vergüenza de sus manos. Ahora la chica tocaba Nouvelles pièces fruides. Satie. Otra vez su madre. Volver a la infancia, estar junto a mamá, escucharla tocar todas las tardes. Tocaba divino. Se arrepintió de no haber seguido sus pasos. Él era un músico frustrado. Claro de Luna. Vuelta Beethoven. Ese era el primer movimiento. Otra vez su madre. Afuera el cielo seguía derramando sus lágrimas sobre La Realidad. Los rugidos de ese animal furioso que era el río cada vez se hacían más fuertes.
Volvieron a toser.
–¡Dioses, ya es tarde! –exclamó la chica como si recién se diese cuenta de la hora que era–. Debes estar muriéndote de sueño.
Agustín asintió aunque no tenía ganas de irse a dormir.
María Luisa fue donde su abuela y regresó al minuto y lo condujo al cuarto de huéspedes.
Mientras el sueño lo vencía, Agustín volvió a escuchar La patética. Beethoven. Su madre, sus manos bonitas y bien cuidadas de largos y frágiles dedos que caían como la lluvia sobre el teclado.

Una semana después, esta vez de día, un hermoso día lleno de sol y sin lluvia, Agustín estaba de vuelta en La Realidad. Buscó Los Eucaliptos 141. Se sorprendió al encontrar una casa antigua en cuya sucia ventana de lunas rotas un cartel deslucido por las inclemencias del tiempo decía SE VENDE. No recordaba haber visto ese aviso. Los geranios a duras penas sobrevivían en ese jardín devorado por la mala hierba. ¿Era la misma casa donde había sido acogido en esa noche de infernal llovizna? Quizá se había equivocado de dirección, pero allí decía, sobre la vetusta puerta de madera, Los Eucaliptos 141. Hizo sonar el herrumbroso puño de bronce.
Nadie.
Insistió.
–Nadie vive en esa casa hace años –le dijo una señora sacando la cabeza desde la casa vecina.
–¿Nadie?
–Así es. Hace años vivía una viejita, viuda ella, que tocaba el piano. Pero se murió y desde entonces nadie vive allí. Decía que tenía un hijo, pero parece que el hijo se murió antes que ella porque nunca vino a visitarla.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Tienes unos ojos bonitos


que me miran con cariño.
ojos grandes, ojos oscuros,
ojos que yo amo,
ojos que sonríen siempre
como un día de setiembre.
Si lloran, me gusta secarlos,
de besos llenarlos.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Un mes más

Un mes más de la muerte de mamá. Un mes más de soledad, de dolor, de ausencia.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Ocho meses

Hace ocho meses murió papá. El dolor de su ausencia sigue latente en mi corazón. Mi único consuelo es saber que ahora ya no sufre más.

martes, 17 de noviembre de 2009

lunes, 16 de noviembre de 2009

Diablo Guardían


Rosalba, o Violetta, como le gusta llamarse, está harta de la hipocrecía de sus padres que se andan alucinando que son gringos. Niña inquieta, descubre el botín que sus padres guardan producto de sus robos en obras de caridad. Con el dinero robado huye a New York donde termina de puta y drogadicta y cae en manos de Nefastófeles, que le saca la eme cada vez que le da la gana. Vuelve a México con las intenciones de redimirse, pero la vida no se lo permite y vuelta se topa con Nefastófeles, convertido en publicista. Al final, para empezar de nuevo, Violetta decidí desaparecer del mapa y planifica su muerte con la ayuda de Pig, que se convertirá en su Diablo Guardián.

Excelente novela de casi 600 páginas que devoré en un par de semanas. La pregunta es ¿qué es lo que hace que una novela tan inmensa me cautive tanto, no me aburra y la historia me quede corta y novelas cortas, de cien hojas y tantos, terminen en el tacho? Debe ser la ironía, el doble sentido, el lenguaje desenfadado despojado de ese aire culto, académico que algunos "escritores" suelen emplear.

Xavier Velasco es el autor de esta buena novela que releí después de seis años y sigue intacta la sorpresa, el interés que causó en mí la primera lectura. Recomendable. Hay una versión gratis en Google.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Viernes 13

–¿Fumas, Agustín? –Susy te ofreció su cigarrillo después de darle una larga pitada.
Empezaba a llover en La Realidad. Jason daba largos trancos en pos de su víctima. La asustado chica avanzaba por la desierta calle volviendo el rostro a cada instante como presintiendo que algo siniestro la acechaba.
–No, tía, gracias.
No, tía, gracias; mocoso estúpido, bien que quisieras darle una pitada a mi tronchito. Cómo se te hace agua la boca.
–Por mí no te hagas rollos –dijo Susy, aspirando profundamente como para tentarte. Jason movía la cabeza como si fuera un radar. Botó el humo por boca y nariz. ¿Estaría tratando de localizar los asustados latidos de la pobre muchacha escondida detrás de unos contenedores? Las volutas se elevaron hacia el cielo raso perdiéndose en la semipenumbra. Susy insistió–: toma, Agustín, es solo un cigarrito.
–No, tía. Gracias.
No, tía, gracias. Chiquillo idiota.
–Toma, prueba, no seas tonto, sobrinito. Yo no soy como la anticuada de tu madre que te anda prohibiendo todas las cosas buenas que te ofrece la vida.
De reojo viste que cruzó y descruzó las piernas. Las luces de la pantalla se reflejaban en sus blancas y lisas rodillas como en una fuente de agua.
–Aquí tienes la más amplia libertad para hacer todo lo que se te apetezca, sobrinito. Puedes echarte tus tragos si tienes sed, fumar tus tronchitos, tirarte un polvito con tus amiguitas aunque sea en tu imaginación.
Te pusiste colorado. Qué cosas eran esas que decía tía Susy. La lluvia empezó a caer con fuerza, Jason husmeaba el aire tratando de localizar a la asustada muchacha, los perros daban alaridos como si se sintieran amenazados por el psicópata enmascarado. Tu tía se alisó la faldita celeste.
–¿Es cierto que tu pobre madre te encontró autosatisfaciéndote, sobrinito?
De un certero machetazo Jason le cortó limpiamente la cabeza a la pobre chica que ni siquiera llegó a decir esta boca es mía. La pantalla y tu rostro se tiñeron de rojo. Sentiste que te morías de vergüenza.
Agustín tenía los ojos fijos en el televisor.
–Te hice una pregunta, sobrinito –Susy bajó el volumen al mínimo, puso el control sobre sus piernas, ahora se escuchaba la caída de la lluvia en toda su intensidad, el toc toc que producían las gruesas gotas al golpear los ventanales impelidos por el viento nocturno. A ver, quítame el control si puedes, sobrinito, parecía decirte–. Vaya, este chiquillo, aparte de pajerín, es mudito, ¿no?
Querías desaparecer del mapa, querías que la tierra se abriera y te tragara. Cómo te ardía el rostro, sentías que tus orejas se derretían como la cera y Susy estaba allí, mirándote, escudriñándote.
–¿Acaso estás esperando que te torture para que me respondas, ah, sobrinito?
–Tía…
–Recuerda que hemos quedado en que no habrá secretos entre nosotros dos, Agustín, ¿o acaso no confías en mí como yo confío en ti, sobrinito, ah?
–Pero, tía…
–¿Acaso yo no te cuento hasta mis cosas más íntimas, ah? Además, no tiene nada de malo autosatisfacerse de vez en cuando, sobrinito. Aunque no me creas, muchas veces yo también lo hago.
¿Sería cierto lo que Susy decía? ¿También jugaba con el Secreto que tenía allá abajo? Mamá decía que jugar con eso era sucio, pecado, cochino, que Diosito castigaba, que te salían pelos en las manos como si fueras mono, que el único que se sentía feliz con esos juegos prohibidos era el diablo que te esperaba con los brazos abiertos para que te achicharraras en el infierno por lujurioso. Pero qué rico se sentía jugar con eso, era mucho más divertido que estar en internet chateando con los amigos o jugando fútbol. Afuera parecía que se había desatado el diluvio universal, rayos, truenos y relámpagos rompían la calma en La Realidad, los perros gemían lastimeramente como pidiendo que les abrieran las puertas del arca de Noé. En la película también llovía torrencialmente pero Jason cruzaba los charcos y lodazales como si nada con sus botas todo terreno.
–Además, tú estás en una etapa en la cual todas tus hormonas están en plena ebullición, corriendo en fórmula uno, ¿no es así, sobrinito?
Agustín, sin quitar los ojos de la pantalla, hizo un gesto de afirmación.
–Pobre hermana mía. ¿Es cierto que casi le da un infarto?
–Exagera, tía.
Susy te miró las manos, ¿se estaría preguntando con cuál te la estuviste manipulando? ¿Con cuál mano te tocas, Agustín, con la derecha, con la izquierda? ¿O con las dos?
–Qué tonta tu mamá: en lugar de alegrarse porque su hijito ya es todo un hombrecito, ¡y qué hombrecito!, arma un escándalo por gusto. Si tú fueras hijo mío, te habría llevado al Open para que debutes de una buena vez y dejes de estar manchando las sábanas y gastándote las manos, Agustín.
–Tía…
–Si te encontraba fornicando, se moría la pobre.
–Tía…
–Caracho: tía tía. ¿No sabes decir otra cosa, ah? Pareces un disco rayado: tía tía. ¿En quién estabas pensando?
–¿Cuándo, tía?
–Cuando estabas jugando con tu chupetín, pues, sino cuándo. No te hagas el sonso conmigo, sobrinito.
–No me acuerdo, tía.
–Qué malo eres, Agustín. Cualquiera dice en ti, tía Susy, estuve pensando en ti porque tú eres más bonita que la Maju Mantilla y la Marina Mora juntas.
–Ay, tía.
–Ay, tía –remedó Susy, cruzando y descruzando las piernas.
Jason tenía acorralada a su siguiente víctima. La torrencial lluvia seguía cayendo sobre La Realidad. Otro rayo cayó por los cerros. Los perros aullaron asustados, parecían lobos en luna llena.
–¿En quién estuviste pensando, Agustín?
–En nadie, tía.
–¿Nunca piensas en tu tiíta Susy, Agustín? –dijo ella, con la voz lastimera–. Porque tu tiíta Susy siempre piensa en ti, Agustincito.
¿Sería cierto eso? ¿Susy diría Agustín Agustín con esa dulce vocecita mientras jugaba con su cucarachita, mientras le movía la patita hasta hacer que se pusiera dura, rígida, ah? ¿Susy sería capaz?
Jason empezó a blandir su machete en el aire. De pronto, Susy empezó a chillar como si el enmascarado la estuviera amenazando.
–¿Qué pasa, tía? No te asustes por gusto, es solo una película.
–¡Ay, mi pie! ¡Mi piecito!
–¿Has pisado un clavo, tía?
–¡Calambre, sonso! ¡Ay, mi piecito!
–Yo pensé que Jason te había cortado mal la cabeza.
–Ya quisieras, pajerín, para librarte de mí, ¿no? Sóbame el pie, porfa.
Sobarle el pie. Acariciarle el pie, la piel.
Te pusiste de rodillas frente a ella y tomaste entre tus manos ese pie chiquito, ¿calzaría 36? Parecía el piecito de Cenicienta. Era suavecito como la gamuza. Le sobaste el empeine, la planta, no me hagas reír que me voy a hacer pis en mi calzón, sobrinito, los deditos, el dedo gordo, el tobillo. Sentías los movimientos rítmicos, precisos, de esas ¿expertas? manos que te empezaban a llenar de calor. Qué rico era ese calorcito que empezaba a subir por tu sangre poquito a poco como por los escalones de una pirámide azteca.
–Más arribita también, sobrinito, porfa –le pediste sintiendo cómo sus manos empezaban a trepar por tus largas piernas.
Era la primera vez en tus trece años que agarrabas una pierna de mujer, antes solamente en tus fantasías, en tus sueños, en esas noches de insomnio pensando en que te iban a salir pelos en las manos como decía tu mamá y te ibas a ir al infierno a achicharrarte. Susy era velluda como la mona de Tarzán, nunca se depilaba, ¿o le salía tanto pelo por jugar mucho con su cucarachita? En las axilas también tenía un mata de pelos, a ti te gustaba mirárselos e imaginar que allá abajo, en el Territorio Prohibido, también había una selva de pelos cubriendo la entrada al Santuario.
Agustín tenía las manos suavecitas y calientes, los dedos largos y fuertes. Se sentía clarito cómo ese calorcito empezaba a entrar en tu Zona Sagrada. Era un gustito único, rico, desconocido, nuevo, maravilloso, deslumbrante. El calorcito ya estaba dentro de tus entrañas, en tu sangre, en tus fluidos, había atravesado tu piel hasta llegar a tus huesos, a tu alma. Ah, qué rico se sentía. Era mucho mejor que hacerlo solita, que imaginar que tus manos eran unas manos fuertes de hombre.
–Arribita de la rodilla también, Agustincito, por favorcito.
Enrolló su faldita y tus manos empezaron a subir temerosos, dubitativos; los que no tenían temor eran tus ojos que escudriñaban más allá del límite de la faldita tratando de descubrir lo que había entre los pliegues y la penumbra en que te tenía condenado la poca luz que emanaba de la pantalla del televisor. Allí estaría el Bosque No Explorado Aún. Si entrabas allí, era más que seguro que te perderías entre el follaje, la maraña de lianas, de troncos caídos y hojas que estarían pudriéndose formando un pantano que tragaría, devoraría, succionaría todo lo que cayese en él. ¿Allí también llovería como en La Realidad? Seguro que sí.
Susy estaba con los ojos cerrados sintiendo cómo esas manos se desplazaban por su muslo a un par de centímetros del centro de su humanidad, de su universo. Dentro de ella había una caldera hirviendo su sangre, abrasando sus entrañas, quemándole, evaporando sus fluidos.
¿Qué era ese aroma que parecía brotar de la tierra mojada? Era un aroma desconocido para ti, una mezcla dulzona, ácida, salina, como de troncos podridos por el mar, como si un inmenso pez hubiese abierto sus fauces y te arrojase su aliento en el rostro. ¿Sería cierto que Susy también pensaba en ti al tocárselo? Agustín Agustín. Ah, si tuvieses la llave que abría esa Puerta Prohibida…
–La otra pierna también, Agustincito, porfa.
–¿También te ha dado calambre ahí, tía?
–Por si acaso nomás, sobrinito, porque más vale prevenir que lamentar, ¿no crees?
–Tienes razón, tía.
–Y tú tienes unas manos bien suavecitas, sobrinito –te acarició los cabellos.
Qué ganas de agarrarle la cabeza y hundirlo dentro de ti, en tu Pozo Infinito donde hervían tus ansias, tus ganas, tus deseos contenidos, tu curiosidad. Tu Estalactita estaba a punto de derretirse. ¿Así habría estado el Michael Douglas frente a la Sharon Stone en Bajos instintos, ah? Pero parece que la Sharon estaba sin calzón. Cómo no se te ocurrió temprano lo del calambre, lo habrías planificado con más cuidado, pero te estaba saliendo mejor de lo que habías pensado.
¿Tanto le duraba el calambre a tu tía? Las rodillas ya te dolían. Ese aroma tan raro era cada vez más fuerte, sentías que te estabas mareando, emborrachando, hundiendo en un pozo lleno de flores. Susy seguía con los ojos cerrados.
–Un poquitín más arriba, sobrinito, si no es mucho pedir.
Sus manos seguían escalando tus muslos como por una montaña escarpada. Eso es, así, así, sobrinito, ábrete paso por entre el follaje, pídele ayuda a Jason, ese tipo tiene buenos brazos y maneja bien el machete. Así, así, qué rico.
Ese raro aroma estaba en toda la habitación, si no abrían las ventanas, te ibas a ahogar, ¿Susy no lo sentiría? De repente sí, porque parecía que respiraba con dificultad, no se fuera a ahogar también, ¿abro las ventanas, tía? ¿Quieres que entre la lluvia, ah? Así, así, sobrinito. Qué rico se sentía. Tu vientre estaba en el punto más alto de ebullición, en cualquier momento iba a explotar como una bomba atómica. Las manos de Susy se posaron crispadas como garras sobre tu cabeza. Contuviste las ganas de hundir esa cabeza en tus entrañas. Aaaaah, tu vientre explotó expulsando un torrente de miel, de néctar. Las manos de Agustín debían estar pegajosas.
–Aah, listo, sobrinito, qué relajada me siento. Ahora sí estoy como nueva –le acariciaste los cabellos–. Mil gracias, Agustincito, eres un amor.
–De nada, tía.
–¿Nos vamos a dormir, sobrinito? Jason ya aburre.
Apagaron el televisor, aseguraron puertas y ventanas y se dirigieron a sus habitaciones.
–Hasta mañana, sobrinito –Susy se puso de puntillas y estampó un sonoro beso cerquita de tus labios–. Que sueñes con los angelitos, Agustincito.
–Tú también, tía, hasta mañana.
–Y no te la vayas a tocar esta noche pensando en mis patas flacas porque Jason te puede cortar la cabeza –dijo Susy, riendo, antes de cerrar su puerta.
Un buen rato después, tocaron la puerta de tu cuarto.
–¿Duermes, sobrinito? –Susy asomó la cabeza.
Agustín estaba en su cama, hizo un rápido movimiento y sacó su mano de debajo de la colcha. ¿Se lo habría estado manipulando?
–Todavía, tía.
–¿Se puede?
–Claro, tía, pasa, pasa.
Susy cruzó la habitación. Llevaba una bata rosada, transparente, debajo solo un calzoncito cubriendo el Lugar Prohibido.
–Esta lluvia no me deja dormir –dijo, sentándose al filo de la cama. Allí estaban otra vez sus piernas, poderosas, largas, velludas–. Tengo miedo que Jason venga a buscarme.
Te reíste.
–Es solo una película, tía.
–Pero a mí me da miedo –sus senos, esas dos perfectas peras de oscuros pezones, se movían al ritmo de su respiración–. ¿Puedo echarme un ratito aquí hasta que me venga el sueño, sobrinito?
–Claro, tía, échate nomás.
Levantaste la colcha. Agustín estaba en calzoncillos, tenía un bulto debajo de la prenda. Te deslizaste a su lado.
–No estorbo, ¿no?
–Claro que no, tía, cómo crees –sentiste al lado tuyo ese cuerpo tibio lleno de curvas y sinuosidades. Era la primera vez que tenías una mujer echada a tu lado, tan cerquita de ti. El aroma dulzón y marino, tenue esta vez, entró por tus fosas nasales.
–¿Qué lees, ah? –su aliento te quemó el rostro.
–Esta enciclopedia de arte.
–A ver. ¿Se puede mirar?
–Claro que se puede, tía.
Pusiste el grueso libro sobre el vientre de Susy. Sus senos se marcaron, la punta de sus pezones parecían querer atravesar la bata. ¿Los tendría suavecitos como sus piernas? ¿Se pueden tocar, tía?
–Mira cuánto realismo hay en estas esculturas, Agustín. Hasta parece que fueran de carne y hueso.
–Los griegos fueron grandes escultores, tía.
–Eso es lo que estoy viendo. Mira cuánta perfección. Mira su ombliguito, mira su pancita; están mejores que yo, ¿no, sobrinito?
–Tú eres bonita, tía.
–Pero estoy media chorreada, ¿no crees?
–Claro que no, tía, tienes una bonita figura.
–Lo dices nomás por halagarme, Agustín. Mira, toca –agarró tu mano y la puso sobre su vientre, entre su ombligo y su pubis. Allí la piel era suavecita como la seda–. ¿Ves que tengo la panza como una bolsa de agua, ah?
–Está durita, tía –Agustín cogió un pliegue de carne–. Y firme.
–Solo lo dices para no quedar mal conmigo, Agustín. La verdad es que estoy peor que la Alicia Machado.
–¿Quieres que te diga vieja y choclona, tía?
–Ay, sobrinito, tampoco tampoco. Apenas tengo veinte abriles.
–Por eso, tía. Cuando tengas cien años recién te desmondongarás.
–¿Aquí también está durito? –movió tu mano y lo puso al filo de su monte de Venus.
–Claro, tía –un poquito más y le tocabas el calzoncito.
¿Por qué no avanzas un poquito más, sobrinito? No te voy a decir nada, tú continúa nomás, ¿por qué tienes miedo si no es territorio minado?
–Tú si tienes la barriga bien durita, sobrinito –pusiste una mano sobre su ombligo. Agustín también era velludo–. Bien podrías haber sido un dios griego. Baco, Apolo, o Zeus, mínimo.
–Exageras, tía.
–En serio, Agustín. Tú sí eres perfecto, y peludo –enredó su índice en tus vellos.
–Pero no soy un dios griego, tía.
–Para mí lo eres, sobrinito –te acarició la barbilla, su cálido aliento te abrasó el rostro, su voz parecía el ronroneo de una gata en celo, y ese aroma que parecía brotar del fondo de la tierra te invitaba a dormir, a cerrar los ojos, a hundirte en las profundidades del sueño.
Agustín se quedó dormido. Afuera la lluvia había cesado, por fin. Los perros ya no aullaban, estarían en su casita, juntitos, dándose calor, sin temerle a nada, ni a la penumbra, ni a ese silencio que daba miedo. Agustín estaba profundamente dormido. Despierta, Agustín, Jason ha venido a buscarnos. Lo sacudiste y nada, no despertaba, estaba seco como un tronco. No le importaba que Jason viniera por ti, por lo visto. Dormía como un angelito, ajeno a tus súplicas, a tus necesidades, a tus ganas, a tus deseos. Era lindo, tenía un perfil perfecto. Recordaste sus manos, ahora inertes, friccionando, sobando, masajeando tus piernas. Tu Estalactita estaba dura de nuevo. Agustín, vamos, despierta. Nada. Pusiste tu mano derecha sobre su pubis, la izquierda la tenías ocupada en ti. Le empezaste a acariciar el pubis, el hoyito del ombligo. ¿Y si se despertaba? ¿Qué haces, tía Susy? Nada, nada, sobrinito, vi una pulguita y la estaba buscando para matarla, no te asustes por gusto. Eres una viciosa, tía Susy. Eso no se hace, te van a salir vellos en las manos, se te van a morir las neuronas y te vas a volver loca, Diosito te va a castigar y te va a condenar al fuego eterno. Viciosa. Cochina. Sucia. No me digas eso, Agustín. Tuve curiosidad nomás. Es que nunca he visto una, nunca he tenido una en las manos, entre las piernas, tu mamá si es una viciosa. ¿Es cierto que casi se desmaya? ¿De dónde sacaste esa revista de calatas? ¿Por qué nunca piensas en mí, ah? Yo siempre pienso en ti, Agustín. Tiíta Susy siempre piensa en ti, Agustincito. Por eso te traje aquí, para que te distraigas, para que te olvides de todas esas cochinas que salen en las revistas de calatas y solo pienses en mí, en tu tiíta Susy. Separaste tus labios mayores y empezaste a friccionar tu Estalactita mientras tu otra mano reptaba como una serpiente y se metía debajo del calzoncillo y llegaba al Objeto Anhelado. ¡Agustín, despierta! Nada, estaba bien dormido. Se lo tocaste. Primera vez que tocabas uno. Parecía un gusano gigante, todo flácido. Lo cobijaste en la palma de tu mano y lo empezaste a manipular, primero lentamente, luego con mayor rapidez hasta hacer que se pusiera dura. Era grandaza, caliente, nervuda, llena de vellos. Te echaste saliva en las manos y proseguiste tu afán, una mano debajo de ti, la otra en ese objeto que se ponía cada vez más duro y caliente. Extrañaste sus manos acariciándote las piernas, haciéndote imaginar tantas cosas. ¿En serio que nunca piensas en tu tiíta Susy, Agustincito? Cómo tu tiíta Susy siempre piensa en ti. Mira cómo te ayuda, cómo te lo acaricia, cómo te lo besa, cómo se lo mete en la boca y se traga toda tu miel, todo tu néctar.



Viernes 13

Hoy casi meto la pata, bueno, la metí, pero menos mal que me perdonaron.
Me falta poco para terminar "Diablo guardián", la bella novela de Xavier Velasco.
Ahora ando corrigiendo unos poemas y unos cuentitos que publicaremos en el colegio. Veremos en qué termina.

martes, 10 de noviembre de 2009

Amaneciendo en ti


entre sábanas blancas
que anuncian la mañana
para ti y para mí
entre cantos de pájaros,
hojas al viento,
gaviotas en el cielo
y relinchos de caballos.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Debo estar enamorado


para pensar a cada segundo en ti,
para soñar con estar a tu lado
y hacerte feliz.
Debo estar enamorado
para estar así:
con el corazón en la mano
si no estás junto a mí.
Debo estar enamorado
para ya no sufrir
por amores que han pasado
dejando mi corazón a punto de morir.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Andrea Bocelli y Judy Weiss

"Vivo por ella" en la voz de estos dos magníficos cantantes.
Andrea a caballo, Judy con un vestido crema y el cabello oscuro, un pueblo con aires de la Edad Media. La escena final es hermosa.
http://www.youtube.com/watch?v=Tm5XcZVdpTk
Una casona antigua, Judy con un vestido plomo, tiene bonitas piernas, unas estatuas.
http://www.youtube.com/watch?v=qVJF-jQ2GNg
Andrea sin barba, Judy con un conjunto oscuro y una blusa roja, un escenario con humo.
http://www.youtube.com/watch?v=GiGTXItgcLw
Los dos elegantes, Judy con un vestido negro que resalta su belleza y su cara de ángel. Canta como los ángeles. Cantan.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Cinco años

Hace cinco años me sacaron un enorme cálculo del riñón derecho. Hace cinco años mis padres estaban vivos. Quizá alguien sabio esperó a que me operaran para que mis padres se pudieran marchar en paz. No sé...

martes, 3 de noviembre de 2009

Canciones

Esta chica canta bonito en el idioma de Pelé, y toca la guitarra también.
http://www.youtube.com/watch?v=KRTyBDdNmvk
Ella también canta, y baila, bonito
http://www.youtube.com/watch?v=8Ooiir-tCcA

lunes, 2 de noviembre de 2009

La credibilidad

Es dificil de conseguir después de hacer estupidez y media, después de dar tu palabra y no cumplir y esperas, ¿ingenuamente? que te crean y lo que has hecho te pasa la factura e inventas pretextos, buscas explicaciones y las tienes a la mano y no te quieres dar cuenta.
Estoy leyendo, releyendo más bien después de seis años, "Diablo guardián" de Xavier Velasco. Una excelente novela que te desnuda hasta los huesos. Recomendable sobre todo para esos pinches que se las quieren dar de vivos. Paciencia que todo cae por su peso.

Desolación

Dúo Romances
http://www.youtube.com/watch?v=0vGgg_BIj8o
Dúo Arguedas
http://www.youtube.com/watch?v=lihXjG8rwCo