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sábado, 11 de diciembre de 2010

Hotel Tokio - Antología Sexto Continente

Esa es la carátula de la antología "Sexto Continente", publicada en España donde está mi cuento "Hotel Tokio", uno de los diez relatos ganadores. De venta en España.
Los peruanos sí que eran bien desagradecidos: qué rápido habían olvidado que él, el Chino, los había salvado del Apocalipsis en que los dejó el gobierno de García: dos mil por ciento de inflación al año, los comunistas a punto de dar el zarpazo final en Lima y cantar victoria después de una prolongada y cruenta guerra popular. Si no fuera por él, el Chino, los limeñitos estarían hoy en los campos de arroz con las espaldas dobladas trabajando de sol a sol hasta reventar igual que animales de carga como en la Camboya de Pol Pot. Y así le pagaban: con el exilio, con una patada en las posaderas. ¡Malagradecidos! Tokio era una ciudad impresionante: altísimos edificios, trece líneas de metro, calles limpias, peatones que respetaban las señales del semáforo, no como los peruanos que cruzaban las pistas en forma temeraria desafiando a la muerte. Quizá convivir con la parca durante más de una década los había hecho indolentes a ella. La Lima que encontró al asumir su mandato era un caos, un desastre, lleno de vehículos destartalados, de edificios a punto de derrumbarse. Solo diez años más en el poder, como siempre le decía Montesinos, y el Perú sería una nación del primer mundo, la envidia de Sudamérica, con colegios y hospitales modernos, sin analfabetos. ¿Qué de bueno hizo el gobierno aprista? Nada. Apenas un tren eléctrico a medio construir. Lo habría concluido pero prefirió que se quedara así para que nadie olvidara el desastre en que los dejó Caballo Loco. Él, el Chino, le había dado de comer al pueblo creando los comedores populares, ampliando los comités de vaso de leche para que ya nadie buscara entre las montañas de basura un mendrugo de pan para sobrevivir. ¡Y este era el pago que le habían dado! Un café, sintió ganas de beberse un café, tener noticias de la distante patria, enterarse de los malabares que estaba haciendo la justicia peruana para sentarlo en el banquillo de los acusados, leer los últimos informes que su hijo Kenji le mandaba por correo, las palabras de aliento que las Marthas –Chávez, Hildebrandt y Moyano– le enviaban todos los días desde que salió del Perú abruptamente: estamos con usted, presidente Fujimori, ¡fuerza! Ahora el Escritor se estaría riendo de él de oreja a oreja mostrando sus dientes de conejo sin pudor alguno: nunca le había perdonado que lo derrotara, que no lo dejara llegar a la presidencia como había sido su ambición. Un simple profesor de matemática de una universidad nacional, encima nikkei, había humillado al más grande escritor peruano de todos los tiempos, solo comparado con Vallejo, eterno candidato al Nobel, doctor honoris causa de muchas universidades del mundo, ganador de innumerables premios literarios. Haber truncado sus aspiraciones presidenciales no tenía perdón. Fue tanta su rabia que incluso optó por la nacionalidad española. ¿Pero acaso él, el Chino, tenía la culpa? El pueblo es el que lo había elegido harto de las promesas que nunca le cumplían: pan para todos, luz y agua para todos. La campaña electoral del noventa había sido feroz: los banqueros y la oligarquía habían puesto en movimiento toda su maquinaria para que el Escritor llegara al poder pero él, el Chino, se les había interpuesto en el camino montado en un viejo tractor de agricultor y prometiendo solo tecnología, honradez y trabajo. Y el truco le funcionó: llegó a la segunda vuelta electoral donde con un contundente 60 por ciento de votos aplastó al candidato de los ricos. Sonrió de medio lado, con esa sonrisa torcida con que lo dibujaban los caricaturistas y le deformaba el rostro como al doctor Saravá, uno de sus más fieles seguidores. Eso no se lo habían perdonado nunca como no lo habían hecho con Odría y Velasco, quienes habían gobernado para el pueblo y por el pueblo a pesar de ser calificados como dictadores por los políticos tradicionales, esos buitres de saco y corbata, marionetas de la oligarquía. Por eso habían mostrado una férrea oposición en el Congreso a todos sus proyectos. Hasta que se hartó y los puso de patitas en la calle ese 5 de abril de 1992, hace ocho años ya. Cómo había pasado el tiempo. Ese día tomó la decisión de gobernar con mano de hierro para derrotar a la subversión, para hacer que el Perú renaciera de sus escombros como el ave Fénix. Hasta había sacrificado su vida personal, su matrimonio se había ido al garete por pensar en su patria. ¡Y así le pagaban! La Higuchi también se estaría riendo de él. Alguna vez soñaron que pasarían sus últimos días en el país de sus ancestros pero jamás se imaginó que solo él, el Chino, vería hecho realidad su sueño, el sueño de ambos, aunque a la fuerza. ¡Qué deslealtad la de la Higuchi! Por eso la había sacado de Palacio y puesto a Keiko como primera dama. Y no lo había hecho nada mal su hija. Quizá algún día llegara a la presidencia también, el camino estaba desbrozado, la semilla echada en la tierra. ¡Cuánto le debían los peruanos! Cuando él, el Chino, llegó al poder, el Perú agonizaba como consecuencia de la guerra campesina. Después de arrasar inmisericordes los Andes, los maoístas habían fijado su mirada en las grandes ciudades, sobre todo en Lima. Un poco más, y el Perú colapsaba. Quizá debió dejarlos así, que se jodieran, total, él podía haber agarrado a su familia y marchado al país de los suyos, al país del Sol Naciente de donde, en 1934, sus padres, Naoichi y Mutsue, se habían embarcado a la tierra de los incas en busca de un futuro más promisorio. Ahora él, el Chino, había hecho el viaje de retorno para escapar de las fauces de sus enemigos políticos, quienes no pararían hasta verlo en el cadalso con la soga en el cuello, pidiendo clemencia. Tendrían que esperar sentados esos miserables hijos de perra. Al menos aquí estaba a salvo gracias a que también tenía la nacionalidad nipona y Japón no extraditaba a sus súbditos, ¿pero hasta cuándo duraría este exilio? García, ese 5 de abril, había huido como una rata asustada y ahora anunciaba su regreso después de haber vivido a cuerpo de rey entre Colombia y Francia. No solo regresaba sino, cínico él, anunciaba su candidatura presidencial. El exilio de Caballo Loco había durado ocho años, ¿cuánto duraría el suyo? ¿Cuándo se darían cuenta los peruanos que los políticos tradicionales se habían complotado para desalojarlo de Palacio? ¡Presidente Fujimori!, le gritó, desde la vereda, con emoción, un peruano, uno de los tantos peruanos, un nikkei, que también había hecho el viaje de retorno al país de sus ancestros porque en el Perú de inicios de los noventa no se podía vivir. ¡Vuelva al Perú, presidente Fujimori, lo necesitamos! El sátrapa sonrió de medio lado, murmuró un gracias, hizo una venia. La inmensa mayoría de peruanos estuvo de acuerdo con el cierre del Congreso, un Congreso de incapaces, de corruptos, de ladrones. Quizá debió aceptar cuando los generales que apoyaron el autogolpe le dijeron bombardeemos el Palacio Legislativo tal como Pinochet hizo con La Moneda, acabemos con todos esos miserables de una buena vez. ¡Tarde para arrepentirse! En los Andes lo querían porque gracias a él, el Chino, ahora vivían en paz, Sendero había sido derrotado para siempre. ¿García se habría atrevido a presentar a Abimael enjaulado y en traje a rayas? Seguro que no. Ni Belaunde. Nada habían hecho esos mequetrefes para derrotar al llamado Ejército Guerrillero Popular. Todo Ayacucho se volcó a las calles durante las exequias de Edith Lagos, la mítica guerrillera muerta en la flor de su juventud, y Belaunde no había ni levantado una ceja. Durante diez años habían dejado que los terroristas hicieran lo que les diera la gana, hasta que llegó él, el Chino, y puso en vereda a todos esos mal nacidos y traidores a la patria. A todos los había enjaulado, aislado, mandado a pudrirse en la gélida prisión de Yanamayo, construida especialmente para albergar a los terroristas. ¿Eso habrían hecho Belaunde, García? No, habían sido cobardes, se habían orinado de miedo, en cambio él, el Chino, no. Creó tribunales especiales con jueces sin rostro, condenó a cadena perpetua a todos los líderes de la guerrilla en juicios sumarios. Él, el Chino, les había devuelto la paz a los peruanos. ¡Y así le pagaban! Debió dejar que se jodieran. ¿Cuándo se jodió el Perú, Chino? ¿Cuando García se enfrentó al FMI? ¿O cuando propalaron el video Montesinos-Koury? Un chinito de medio pelo se había dado el lujo de derrotar a dos peruanos ilustres: primero al Escritor el 90 y luego a Javier Pérez de Cuellar, ex secretario general de la ONU nada menos, el 95. Si hubieran candidateado solos quizá lo habrían derrotado pero lo hicieron acompañados por todos esos viejos partidos políticos que el pueblo despreciaba porque solo se ensuciaban los zapatos en épocas de elecciones. ¡Era más ciega esa gente! ¡Presidente Fujimori!, le gritaron otra vez desde la calle. Sonrió, hizo una venia. Pasar desapercibido, perderse entre la gente, ser uno más de ellos, un japonés, ¿hasta cuándo? Añoraba el regreso, los vítores de la masa: ¡Chino, Chino, Chino!, la sobonería de Laura Bozzo, la llamada abogada de los pobres. Si no fuera por Montesinos, todo sería diferente. ¿Cómo se le ocurrió al estúpido ese grabar cosas tan delicadas? Un video había dinamitado su gobierno mandando al diablo su re reelección. ¡Un simple video! Maldito Fernando Olivera. Debió de haber sacado el ejército a las calles, encarcelado a todos esos viejos políticos. Estaba seguro que el pueblo apoyaría esa medida como lo apoyó el 5 de abril del 92 pero no lo hizo. Prefirió desactivar el Servicio de Inteligencia, convocar a nuevas elecciones. ¿Quién habría filtrado ese maldito video? ¿Quién? Quizá alguna amante despechada de Montesinos, una rival de Jacky, la firme de su ex hombre fuerte. Quizá la Pollito, ¿cómo se llamaba la tipa esa? Tenía un apellido horrible que se duplicaba. Le daba mala espina. Matilde se llamaba, recordó. Pinchi Pinchi eran sus apellidos. Quizá no tuvo padre y su madre tuvo que duplicar su apellido como sucedía con muchos peruanos. ¿Por qué a Montesinos le gustaba tener en su entorno a gente tan horrible: la Pinchi Pinchi, la Bozzo? Estaba seguro que esa vieja bruja había filtrado el video. No te fíes de las mujeres, le había aconsejado siempre a su asesor, a menos que sea tu madre. Ni siquiera de tu mujer. Esas son las primeras en traicionarte. Pero el hombre no le había hecho caso. Siempre estaba rodeado de mujeres, modelos, reinas de belleza, bailarinas. Cómo no iban a despertar los celos de las brujas. O la Bozzo tal vez, sus loas no eran gratuitas, tenía su programa propio, se llevaba su buena cantidad de dólares mensualmente pero quizá envidiaba a Jacky. O Jacky, esa putilla arribista tampoco era de fiar. Quizá se cansó de Montesinos. Hace tiempo debió deshacerse de Montesinos él también. Montesinos, el expulsado del Ejército por traidor, el ex capitancito de medio pelo que ponía y sacaba generales como quien se cambia de calzoncillos. El poder lo había envanecido. El imbécil ese se había mandado construir un palacio en playa Arica, tenía cuentas en Suiza, Luxemburgo, las Islas Caimán. Había robado a sus espaldas a manos llenas, más de lo que él suponía, y ahora estaba jodido, hundido hasta el pescuezo, Panamá le había negado el asilo, ahora lo acusaban de crímenes de lesa humanidad. Si lo capturaban, le esperaban muchos años en la sombra. Menos mal que él, el Chino, huyó a tiempo. Menos mal que él, el Chino, contaba con la protección del Japón. Fujimori volvió a sonreír de medio lado. Desde donde estaba, el décimo piso del hotel Tokio, tenía un amplio panorama de la capital nipona. Hace cincuenta y cinco años el Japón había estado en guerra, dos bombas atómicas habían devastado su territorio. Menos mal que sus padres habían abandonado la prefectura de Kumamoto y marchado al Perú antes de ese cataclismo. Pero habían muerto añorando el regreso, extrañando la lejana tierra. Él, el Chino, era el que había vuelto, convertido en un ex presidente. El Japón lo había acogido con los brazos abiertos. Sus autoridades mantenían silencio ante los pedidos de extradición de la justicia peruana. La INTERPOL estaba tras sus pasos. Nunca podría salir del archipiélago, volver al Perú, a menos que su hija Keiko llegara a la presidencia. Qué rápido habían olvidado los peruanos el rescate de los rehenes de la residencia del embajador japonés en Lima. Ese 17 de diciembre de 1996 tuvo suerte: estaba a punto de abandonar Palacio con dirección a la fiesta, cuando una voz interior le susurró a los oídos que no lo hiciera. Le hizo caso, canceló su cita y salvó el cuello. Esa misma voz, diez años atrás, y después de pasar a la segunda vuelta electoral, le dijo que no aceptara la propuesta hecha por el Escritor: cogobernar. Dijo no y la victoria fue suya y el Escritor se marchó del Perú con el rostro desencajado y el corazón lleno de veneno. Ahora se estaría riendo feliz de ver a su ex rival en el exilio. Un café, noticias del Perú, llamar a sus hijos. ¿Ya capturaron a Montesinos? ¿Todos los videos que quedaron allá ya fueron destruidos? No dejen que ni uno más se filtre a la prensa. Quemen todas las pruebas. Sentía una acidez en la boca del estómago. Debió de deshacerse de Toledo, desaparecerlo. Toledo, ese cholito que había movilizado a las masas en la llamada Marcha de los Cuatro Suyos con intenciones de tumbarse a su gobierno después de perder las elecciones. Allí se le fue la mano a Montesinos: dinamitó e incendió la sede central del Banco de la Nación matando a seis vigilantes y eso exasperó a la gente, y allí estaban las consecuencias, sino hasta ahorita estaría en el poder. ¡Chino, Chino, Chino! ¿De quién fue la idea de lavar la bandera peruana frente a sus narices? Debió meterles bala como hicieron las autoridades chinas con los revoltosos de la Plaza Tiananmen. Esas eran malas señales. Se acercaba la tormenta y él no supo darse cuenta a tiempo. En realidad, no quiso escuchar a esa voz interior que le decía que diez años en el poder eran más que suficientes para pasar a la historia como Castilla o Belaunde. No debió presentarse a las elecciones del 2000. Debió dejar que su hija ocupara su lugar. Keiko seguro arrasaba con todo como él, el Chino, lo había hecho hace diez años ya. Extrañaba el ceviche, el arroz con mariscos, la mazamorra morada, el suspiro limeño, el pisco sour. Eso era lo malo del exilio: extrañar la comida. A su edad ya no estaba para cambiar de gustos culinarios, la comida japonesa le caía pesada. Toledo. ¿De dónde había salido ese cholito que lo había desafiado tan descaradamente? Era un pobre diablo que gracias a su inteligencia había estudiado en los Estados Unidos. Había sido canillita, zapatero, pescador, ahora quería ser presidente. Había soñado con ser presidente desde niño, contaba. Cholo imbécil. Estaba casado con una rubia belga-francesa de raíces judías. Ese había dirigido la Marcha de los Cuatro Suyos. Se hacía llamar Pachacútec. Claro, era un indio, un serrano, el nombre le caía a pelo. Era casi seguro que sería el próximo presidente del Perú. Se había retirado de la segunda vuelta electoral denunciando fraude. Había prometido que metería a la cárcel a todos los corruptos. Y eso es lo que estaba haciendo el gobierno de transición de Paniagua: muchos de sus ex ministros estaban ahora presos o en el exilio como él, el Chino: Joy Way, su ex primer ministro y ex presidente del Congreso, estaba en San Jorge como un vulgar delincuente. Igual Villanueva Ruesta, su ex ministro del interior. ¡Con su sueldito de cachaco se había comprado una mansión! El caso más patético era el del general Hermoza Ríos: tenía veinte millones de dólares en un banco suizo. ¡Milico ladrón! Ahora se iba a pudrir en la cárcel por estúpido. Ya no era el general victorioso que exigía que lo hicieran mariscal como a Ramón Castilla o a Sucre porque había comandado personalmente la lucha antiguerrillera, ahora era un ladrón. Podría decir que él, el Chino, no sabía nada, que todos esos sinvergüenzas habían robado a sus espaldas, ¿pero quién le creería a estas alturas si también había huido cuando debió presionar más y cerrar canales de televisión, confiscar los diarios, meterles bala a todos los que protestaban contra su gobierno, a todos los que pedían democracia? Quizá debió fusilar a todos esos delincuentes de saco y corbata para congraciarse con el pueblo. Empezando por Montesinos. Montesinos. Tenía que reconocer que el “doctor”, así le gustaba que lo llamaran, había hecho un buen trabajo de demolición de sus rivales en las pasadas elecciones utilizando para ello los periodicuchos de medio pelo. Se había tumbado a Castañeda, más conocido como el Mudo, el que nunca decía nada; a Andrade, alias el Chancho, el Glotón, el que comía de más mientras el pueblo mostraba las costillas como los perros famélicos, que solo iba a entrar a Palacio a llenarse la panza con la plata del pueblo. Toledo era el Cholo fumón, borracho y frívolo. Los había hecho pedazos desde esos pasquines que embrutecían a la población con sus espeluznantes noticias de crímenes, violaciones, incestos y las infaltables calatas que adornaban sus portadas. Pero también había tenido que comprar periódicos “serios” y emisoras y canales. América Televisión y Canal Cinco habían vendido sus líneas editoriales por sus buenos millones de dólares como putillas de alto vuelo. Sus dueños, Crousillat y Schutz, también habían tenido que huir del país. Cuando Baruch Ivcher, un antiguo aliado, le dio la espalda, le quitó la nacionalidad peruana, y todos calladitos. ¿Ven cómo el pueblo detestaba a esa gente? En lugar de convocar a nuevas elecciones debió mandar al paredón a todos esos corruptos. Sonrió de medio lado. Pero todo era para ganar las elecciones, para perpetuarse en el poder, para no salir con el rabo entre las piernas de Palacio, para no ser investigado por los numerosos crímenes de lesa humanidad que las ONGs de derechos humanos le achacaban a su gobierno: Barrios Altos y La Cantuta eran los casos más emblemáticos. Milicos estúpidos, ¿cómo se les ocurrió enterrar a los muertos tan cerca de la ciudad en lugar de tirarlos al mar o cremarlos? A veces Montesinos actuaba como un idiota. Ya le había dicho que no dejara huellas de nada pero el imbécil ese parece que estaba más preocupado en sus aventuras con sus putillas y sus viajes de placer en lugar de hacer un buen trabajo. Y allí estaban las consecuencias: los periodistas de los diarios de oposición habían descubierto la existencia del Grupo Colina, un escuadrón de la muerte creado para aniquilar selectivamente a los terroristas. Ahora le culpaban a él, al Chino, de crímenes de Estado. También decían que a los guerrilleros que tomaron la residencia del embajador Aoki los habían matado estando rendidos. ¿Por qué se preocupaban tanto de esos renegados? ¿No vivían ahora en paz? Qué rápido habían olvidado los coches-bomba, los juicios populares, los crímenes de María Elena Moyano, Pedro Huillca Tecse, Pascuala Rosado, el atentado de la calle Tarata, los paros armados. Ahora que vivían en paz recién sacaban las garras, ¿pero qué hicieron cuando Sendero y el MRTA eran dueños del país? Nada, estaban escondidos en sus guaridas, los que tenían plata habían abandonado el Perú. Eso se habían olvidado. Si algún día, por milagro, lo extraditaban, enfrentaría una pena de veinticinco años. Prácticamente era cadena perpetua a menos que viviera cien años, a menos que lo indultaran, ¿pero qué presidente lo indultaría?, ¿Toledo, García, Paniagua, la Flores Nano? Todos esos eran sus enemigos políticos, todos esos estaban felices de tenerlo tan lejos, al otro lado del mundo. Miró el cielo acerado de Tokio, imaginó los aviones aliados rumbo a Hiroshima y Nagasaki llevando las bombas atómicas en sus vientres, imaginó el hongo de fuego elevándose hacia las alturas, imaginó a las personas desintegrándose, imaginó a sus padres despidiéndose de sus padres para marchar a la tierra de los incas. Ahora él, el Chino, había regresado. Quizá se quedaría en Japón hasta el día de su muerte. Un entierro discreto como el de Allende, lejos del pueblo, de las masas. La sonrisa se le congeló en el rostro. El Escritor se estaría riendo a carcajadas: ¿ve cómo terminó su gobierno, ingeniero Fujimori? Saltar a la vereda, hacerse el harakiri como Yukio Mishima, llamar a las fuerzas armadas, bombardear el Congreso, el Palacio de Justicia, pudo hacer tantas cosas pero prefirió huir. ¿Cuándo se jodió el Perú? El Escritor diría el día en que los peruanos lo eligieron a usted en mi lugar, ingeniero Fujimori. Volver. ¿Pero cuándo? ¿Y si García ganaba las elecciones? Los peruanos tenían la memoria bien frágil. A Belaunde lo sacaron a patadas los milicos en 1968. Doce años después volvió a Palacio en olor a multitud e hizo un pésimo gobierno, para el Arquitecto los terroristas habían sido abigeos y dejó que crecieran como un tumor pero la gente lo recordaba como a un gran estadista, algo que él, el Chino, nunca sería. Luego entró García y sus cinco años fueron un desastre, el Apocalipsis, las colas interminables por un poco de azúcar y un par de panes y ahora anunciaba su retorno con bombos y platillos y quizá ganara las elecciones y allí sí él, el Chino, estaba jodido. Igual estaría si ganaba Toledo: Pachacútec había prometido mandarlo a la cárcel. Comer un ceviche, beber chicha morada, sentir el calor de la gente, ¡Chino, Chino, Chino!, sacar los tanques, volver a Palacio, fusilar a Montesinos, el cielo acerado de Tokio, los aviones aliados rumbo a Hiroshima y Nagasaki, saltar al vacío, ¡Chino, Chino, Chino!, desintegrarse.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Un día agitado

Me levanté tarde, hice la página 100 de "Amores de verano" y fui a dejar mis cuentos al Copé. Lima es un caos, el tráfico atascado cada cinco cuadras, los carros dando vueltas y más vueltas para llegar a su destino. Regresé cansado, quise descansar un rato y me dormí como tres horas. Me hice un café para reanimarme, escribí una hoja más de "Amores..." y otra hoja de "Agonía" y se acaba el día.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Cadena perpetua (fragmento)

En el Cementerio General de Ayacucho, junto a la tumba de Edith Lagos, en las investigaciones para escribir "Edith la guerrillera" y "Ayacucho era un campo de batalla".
Una tarde de otoño. Ella viene con paso apurado. El viento forma en la vereda figuras con las flores secas de las buganvillas, juega con su cabello negro, lacio y largo. Perdona, tenía que ayudarle a mi tía, dice, con voz de niña. Te da un beso. Acaricia tu mejilla lastimada. Mira lo que te traje: Antología de poetas líricos castellanos. Es un grueso volumen, de pasta dura color vino tinto. Escucha: De sangre en sangre vengo / como el mar de ola en ola, / de color de amapola el alma tengo, / de amapola sin suerte es mi destino, / y llego de amapola en amapola / a dar en la cornada de mi sino. Hace una pausa. Miguel Hernández, dice. Cayó una pincelada / de ensangrentado pie sobre mi vida, / cayó un planeta de azafrán en celo, / cayó una nube roja enfurecida, / cayó un mar malherida, / cayó un cielo, dice, con temblorosa voz. La abrazas. Tengo que volver a Ayacucho, dice. ¿Y tus clases? No importa. Pronto empezará la guerra, dice. Tiemblas, siempre ha hablado de la guerra, de una guerra que remecerá los Andes. ¿Vendrás conmigo?, pregunta. Silencio. Vine con un dolor de cuchillada, / me esperaba un cuchillo a mi venida, / me dieron de mamar leche de tuera, / zumo de espada loca y homicida, / y al sol el ojo abrí por vez primera / y lo que vi primero era una herida / y una desgracia era. ¿Vendrás?, insiste. ¿A qué?, preguntas. A luchar conmigo, dice, por el amor, por el pan, por la libertad. Tienes diecisiete años, le dices, ni sabes disparar un fusil. ¿Y eso qué importa? Aprenderé en el fragor de la batalla. Lucho contra la sangre, / me debato contra tanto zarpazo y tanta vena, / y cada cuerpo que tropiezo y trato / es otro borbotón de sangre, / de cadena. ¿Qué tiene que ver esa guerra con nosotros? ¿No ves que somos indios, campesinos? Nosotros tenemos que hacerla. ¿Vendrás conmigo? El viento sigue jugando con sus cabellos. Te mira esperanzada. Hay fuego en sus ojos de manantial. No. No puedo. No insistiré, dice. Adiós. Mañana en la batalla pensaré en ti. En su alcoba poblada de vacío, / donde sólo concurren las visitas, / el picotazo y el color de un cuervo, / un manojo de cartas y pasiones escritas, / un puñado de sangre y una muerte conservo. Tiempo después estarás ante su tumba. En su lápida hay unos versos que ella escribió. Su voz de aires andinos te llegará con el viento entre las retamas y alisos: Crece la sangre, / agranda la expansión de sus frondas en mi pecho, / que álamo desbordante se desmanda / y en varios torvos ríos cae deshecho. La llorarás. Su voz te dirá mientras vivas y tengas sueños, viviré, no llores.

martes, 7 de diciembre de 2010

El discurso de Mario Vargas Llosa

A eso de las once y media de la mañana, hora de Perú, Mario Vargas Llosa empezó con su discurso de aceptación del Premio Nobel. Un discurso emotivo en el cual recordó a las personas que lo alentaron en su vocación de escritor, una vocación que lo ha llevado hasta el Olimpo de las Letras. Recordó a los escritores a quienes leyó y de quienes aprendió el arte de escribir, desde Faulkner hasta Sartre, pasando por Sthendal, Flaubert. También habló de su lucha constante por la democracia, su lucha contra las dictadures y tiranías.
Fue un extenso discurso que no terminé de escuchar porque me ganaba la hora y apenas si tomé algo ligero hasta la hora del recreo.
Siempre es bueno escuchar a un maestro de las letras como lo es Mario Vargas Llosa.

Amores de verano

Lo que iba a ser "Luz desnuda" se convirtió en "Xiomy en el verano" cuando irrumpió Xiomy y terminó siendo "Amores de verano" porque la historia se desarrolla en una playa imaginaria que son todas las playas que he conocido hasta ahora. Los otros títulos quedan pendientes porque son bonitos y prometen una buena historia.
Diciembre es un mes agitado con el fin de las clases y con lo que todo eso convella: llenar registros, sacar los promedios finales de los chicos, pensar en las vacaciones, en las fiestas de fin de año, en los proyectos del siguiente año -¿será imposible batir mi record de seis premios literarios de este 2010?-, y etc.
El dedo, como siempre, sigue adolorido de tanto escribir a lapicero.
Y el clima está loco: a un calor intenso siguen tardes nubladas y friolentas.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Los amigos

En la foto, soldados en Ayacucho tras una columna guerrillera
El teniente apartó la mata de cabellos que cubría el rostro del prisionero. ¿Harold? ¿Era posible? ¿Harold en Ayacucho?
–¿Harold?
El prisionero levantó el rostro y le clavó la mirada. Había odio en esos ojos negros que él conocía muy bien. Sí, era Harold, lo reconoció a pesar de la espesa barba y los cabellos largos que llevaba ahora. Harold, el número uno de la promoción, el engreído de los profesores del Estenós, el que ingresó a La Cantuta para estudiar educación, el que un día desapareció sin despedirse de nadie como si la tierra se lo hubiese tragado. ¿Dónde estará Harold?, se preguntaba todo el mundo.
Estaba aquí, en Ayacucho, matando campesinos y soldados. Quién iba a creerlo, todo delicadito él y ahora parecía una fiera rabiosa con las manos fuertemente atadas. Cuántas veces lo había defendido de Chinga, del chato Huayta, de Joel, de Chizo, los matoncitos del colegio. Él le brindaba protección y Harold le permitía copiar en los exámenes, le prestaba sus cuadernos para que se pusiera al día, le hacía las asignaciones, lo incluía en su grupo para las exposiciones, le resolvía los difíciles problemas que les dejaba Tenorio.
–Harold…
–Mátame de una vez, perro miserable –esa voz, ese rugido era el mismo que declamaba Canto coral a Túpac Amaru en todas las actuaciones. Esa voz llena de rencor era la misma que antes le cantaba con dulzura canciones de amor a Paola, la chica más bonita del 5° A. ¿Cómo así se habría vuelto comunista? ¿Por decepción amorosa?: Paola había preferido a Joel. ¿De tanto leer libros?: Harold paraba en la biblioteca nomás. Decían que el Teórico, el bibliotecario, era terruco. El tío le metería en el cerebro esas tonterías de la lucha de clases…
–Harold, soy el chino Méndez del Estenós, ¿no me reconoces?
–¿Chino Méndez? –el prisionero lo miró con atención, estudiándolo–. ¡Chino! ¿Qué mierda haces acá?
–Eso mismo te pregunto a ti, huevón.
–Ya lo ves: estoy luchando por la libertad de los oprimidos.
–Eres terruco.
–¿Terruco? Claro que no, amigo. Soy revolucionario. Re–vo–lu–cio–na–rio. No confundas.
–Es lo mismo.
–Lo de terruco suena feo, chino. No hay poesía en esa palabra. ¿Y tú?
–Ya lo ves: soy soldado.
–¿Soldado? No, chino Méndez. Tú no eres soldado. ¿Quién te dijo que tú eres soldado? Tú solo eres un perro guardián del viejo y podrido Estado. Eso es lo que eres.
Así hablaban los terrucos.
–Pero no importa lo que seamos ahora; desátame para darte un abrazo, promoción.
–¿Desatarte? No seas pendejo, Harold. ¿Para que te escapes o me mates?
–¿Acaso no confías en tu pata del alma, en tu yunta, chino Méndez? –preguntó Harold. Botó la bola de coca que había estado chacchando. Tenía la dentadura verde e incompleta. ¿Dónde estarían sus blanquísimos dientes? Seguía estando flaco, pero ahora se notaba que sus brazos eran fuertes. Llevaba un jean gastado. Tenía puestas unas viejas ojotas. Tenía los pies sucios, las uñas negras. Por lo visto, vivir a salto de mata en la serranía era penoso–. ¿Acaso me vas a matar, promoción?
–Estamos en guerra, ¿no?
–Y no te equivocas, amigo. Sí, estamos en guerra. Desde el diecisiete de mayo de 1980 estamos en guerra. Una guerra de las masas contra la oligarquía, de los pobres contra los ricos, de los explotados contra los explotadores, de los campesinos contra los gamonales. ¿En cuál bando estás tú, chino Méndez?
¿En cuál bando estaba él? Él solo era un soldado que servía a su patria. Él solo era un peruano que cumplía con su deber.
–Yo solo sirvo a mi patria.
Harold soltó una sonora carcajada.
–¿Quién chucha te dijo que sirves a tu patria, promoción? Tú sirves a los ricos, a los terratenientes, a los oligarcas –escupió el prisionero–. A nadie más. ¿Me oíste?: eres un sirviente de los que tienen plata.
–No me vengas con huevadas, Harold.
–No son huevadas, chino. Lástima que tú nunca lo vas a poder entender.
–Claro, yo no leo libros, yo no he ido a la universidad.
–No es necesario ir a la universidad para darse cuenta que somos explotados, chino. Hay que ver a nuestro alrededor nomás.
–¿Por eso te volviste terruco?
–Es una historia larga que algún día te contaré.
–Si miss Huayanca viese a su alumno favorito convertido en terruco, se moriría de cólera.
–Al contrario, se alegraría de verme convertido en un combatiente del pueblo, en un luchador antiimperialista.
Esta vez el que rió fue chino Méndez. ¿Harold se creía el Che Guevara? Por lo visto, estaba delirando.
–Si tú lo dices.
–¿Qué sabes de la promo? Cambiando de tema.
–El año pasado tuvimos un reencuentro. Estuvieron el director, la mona Guerrero, miss Huayanca, miss Gutiérrez, todo el mundo.
–¿Fue Paola?
–Claro. De paso le hicimos su despedida.
–¿De soltera?
–No –dijo el soldado–. Se fue a los Estados Unidos a chambear. Se acordaba que le cantabas con tu guitarra Esta cobardía y Quizá sí, quizá no.
Hubo un asomo de alegría en el sombrío rostro del prisionero.
–¿Y qué es de los demás?
–Algunos están casados, Pilar tiene su salón de belleza; Chinchay, Zambrano y Castelo son profesores; Márquez, Alva y Delgado, policías. Pipio es chofer y cantante. Alan está en Brasil; Jenny, en Aruba. El loquito Montes, Lazo, Molina y Chávez fallecieron.
–Pobres amigos.
–Sí, pues, la vida es así, qué se hace.
–¿Y tú ya te casaste?
–Ando de novio.
–¿Con Marlene Salazar?
–Fuera bueno. Es una jerma que no conoces.
–Supongo que invitarás a la boda, ¿no, promo?
–De todas maneras… si es que llegas vivo hasta esa fecha, claro.
–No seas pendejo, chino.
–No olvides que estamos en guerra, Harold.
–Claro que no lo olvido. ¿Te acuerdas de la gran fuga de tercer año?
Chino Méndez hizo un gesto de asentimiento. Claro que se acordaba. Medio salón saltó la pared detrás de ellos dos. Solo se quedaron las mujeres y los sonsos. Poco más y los expulsan.
Qué no habían hecho los dos. Desde tirarse la pera para ir a ver una porno de Seka al Le París, hasta mirarles el calzón a las chicas (siempre blanco el de Paola, rojo el de Maritza, amarillo el de Ponce) utilizando un espejito, pasando por tocar los timbres de las casas para salir huyendo como una bala.
–Teniente Lobo, ¿qué hacemos con los prisioneros? –preguntó un soldado.
–Que canten, después los despachan.
–¿A todos, mi teniente?
–Ajá. Hoy no hay prisioneros.
El soldado se cuadró y se marchó corriendo hacia el otro extremo del campamento.
–Con que tú eres el famoso teniente Lobo, ¿no?, el que exterminó a toda una columna guerrillera en Vizcatán.
–Estamos en guerra, no lo olvides.
–Te felicito, huevón. Tu cabeza vale oro.
–Lástima que tú no puedas cobrar la recompensa –dijo el militar, acariciando la cacha de su pistola.
–¿Me vas a matar? ¿Serías capaz de mancharte las manos con la sangre de tu mejor amigo? ¿Qué dirán los de la promoción, chino Méndez? ¿Qué dirá Paola?
–Seguro que se alegrará que haya terminado con quien nos dejó a oscuras durante su despedida.
En los ojos del prisionero había una sombra de desesperanza.
–Tú no harás eso, chino Méndez.
–¿Y por qué no, ah?
–Porque somos promoción.
–Al pincho con la promoción, Harold, estamos en guerra, y en la guerra unos mueren y otros sobreviven.
–Piensa que el Partido le está dando duro a la orgullosa Lima y ya se acerca el día en que la tomemos a sangre y fuego y exterminemos a todos los perros de la reacción. ¿Qué harás entonces sin mí, chino Méndez?
–Deliras, Harold.
–No, chino Méndez, no deliro, la victoria es inminente.
–Siempre me acuerdo que le cantabas a Paola. ¿Por qué cambiaste las baladas por los cánticos rojos, ah?
–Algún día te contaré.
–¿Cuando nos encontramos en el infierno?
–Mmm, seguramente.
Más allá los soldados se ensañaban con los prisioneros.
–Sus hombres son unos animales, teniente Lobo.
–¿Qué quieres que hagan si ustedes no colaboran?
–¿Qué quiere saber, mi teniente? –preguntó el prisionero, con ironía.
–¿Dónde está Abimael?
¿Dónde estaba Abimael? Ni él mismo lo sabía. Nadie lo sabía. ¿Estaría vivo?
–Eso no se dice.
–Peor para ustedes.
–¿Qué harás conmigo, promoción?
–No sé…
–¿Me vas a matar?
–Quizá. ¿Para eso ingresaste a la universidad, Harold? ¿Para terminar convertido en terrorista? ¿Para esto te educó tu padre, ah?
–Tus sermones me llegan al pincho, chino Méndez. Hablando no se cambia el mundo.
–La única vía es la del fusil, ¿verdad?
–Así es. Hay que destruir este miserable Estado para construir una sociedad más justa donde no haya explotados ni explotadores.
El militar se rió.
–No te rías, huevón. ¿O estás orgulloso de ser sirviente de los ricos, ah?
–Yo estoy sirviendo a mi patria.
–A los ricos, huevón. Sirves a la gente que tiene plata. No sirves al pueblo.
–¡Cállate o te mato, terruco conchatumadre!
Se escucharon ráfagas, gritos, maldiciones.
–¿También me vas a matar como a un perro?
–Estamos en guerra, no lo olvides.
–No, no lo olvido. ¿Me puedes dar un poco de agua, chino Méndez? Tengo reseca la garganta –pidió el prisionero.
–Parezco tu mamá –el teniente le dio de beber de su cantimplora–. ¿No piensas en tu pobre viejita, Harold?
–Pienso en el pueblo, en la humanidad entera. Solo los egoístas piensan en sí mismos. ¿Tú en quién piensas, chino?
–En el Perú.
Harold soltó otra carcajada.
Con qué ganas reía el terruco de mierda.
–No, chino. Tú piensas en los dueños del Perú, en los ricos, en los hacendados, en los explotadores del pueblo, nada más. El Partido es el único que piensa en el pueblo. Por eso se ha levantado en armas: para terminar de raíz con toda esta lacra. Hay que destruir esta sociedad podrida para construir una nueva.
–¿Matando campesinos, alcaldes, soldados?
–Toda guerra tiene su costo humano, no lo olvides.
–Sí, tiene su costo humano –repitió el teniente, mirando fijamente al prisionero, acariciando la cacha de su pistola.
–¿Qué harás conmigo, promoción?
–Supongo que por ser el mando, tendrás el privilegio de ser llevado a Los Cabitos. ¿Qué te parece?
–¿A Los Cabitos? No seas malo, promo. Ahí me van a matar de todas maneras. ¿No podrías hacer una excepción conmigo?
–Me gustaría, Harold, pero no puedo.
Se escucharon detonaciones aisladas. Seguro les estaban dando el tiro de gracia a los presos.
–Aunque llevarte hasta Huamanga implica demasiado riesgo. Mejor aquí nomás liquidamos este asunto, promo.
–¿Me vas a matar, chino Méndez?
–¿El Partido no les exige su cuota de sangre, ah? ¿Ustedes no llevan la vida en la punta de los dedos, ah?
Silencio.
–¿No te gustaría ser un héroe popular como Edith Lagos? Quizá diez mil huamanguinos acompañen también tus restos.
El prisionero no dijo nada.
El teniente sacó su pistola, un arma de reluciente cañón.
–¿Dónde te gustaría que te meta el tiro para que no te duela tanto, promo, ah?
–No seas ingrato, chino Méndez.
–No es ingratitud, Harold. Estamos en guerra. Tú comprenderás y perdonarás, amigo mío.
–Acuérdate de todo lo que hice por ti en el colegio, chino Méndez. Sin mí, dudo que hubieras terminado siquiera la secundaria. Al menos dame una oportunidad por eso, amigo.
–Me gustaría, Harold, pero no puedo, primero es el deber con la patria. Estamos en guerra, no lo olvides.
Más allá los soldados arrastraban a los muertos fuera del campamento.
–¿Los van a enterrar?
–A quemar nomás. Aquí la tierra es muy dura como para hacer un hueco, amigo.
–A tu promoción al menos le darás sepultura, ¿no?
–¿Un comunista pidiendo cristiana sepultura? No me hagas reír, huevón.
–¿A ti te gustaría que te coman las alimañas, los perros, promo?
–Quédate tranquilo que nadie te va a comer. Te vamos a “incinerar”, compañero.
–En ese caso, llévale mis cenizas a mi viejita, chino Méndez, por favor.
El soldado sonrió. Una oscura estela de humo se elevaba hacia las alturas.
–Allá van tus compañeros a visitar a San Pedrito, promo.
–No te burles, huevón, que el mundo da vueltas.
El humo, impelida por el viento, les golpeó los rostros.
Harold hizo un gesto de asco.
–Apestan feo tus compañeros de armas, ¿verdad?
–A mí entiérrame, por favor. Si quieres, cavo mi tumba antes que me fusiles.
–Cuando estés frío, ya veré qué hago contigo.
Los antiguos amigos se miraron. Gruesas gotas de sudor perlaban la frente del prisionero. El soldado se acordó de todas las veces que Harold le había soplado en los pasos, de la vez en que los pescaron con una porno y Harold lo exculpó asumiendo toda la responsabilidad.
–Acuérdate que me debes cien soles desde hace años, chino.
–Creo que te daré una última oportunidad, promo.
En el maltratado rostro del prisionero se dibujó una tenue sonrisa.
–Pero, eso sí, la próxima no seré tan compasivo contigo y te mataré como a un miserable perro comunista.
–Tendré cuidado de no volverme a cruzar en su camino, teniente Lobo.
El teniente desató al prisionero.
–Puedes irte, promo.
–Gracias, promo. Te debo la vida.
–No me agradezcas tanto y lárgate ya antes que me arrepienta. Me saludas a Abimael.
–De todas maneras. Chau, promo, hasta la vista.
–Chau, promo.
El prisionero echó a correr. El teniente sacó su pistola y apuntó al hombre que estaba a punto de cruzar el río Pampas.
–A la mierda con la promoción.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Viernes

Se terminó la semana de trabajo, un viernes medio frío y con la primera lluvia de verano. Con los chicos vimos "Moby Dick 2010". Al final se fueron todos y me quedé con Diego que últimamente me pregunta cosas y me maravilla todos los conocimientos que tiene, su curiosidad por saberlo todo. Hoy me dijo "tío, me gustan las armas" y le dije que, si quería, cuando terminara el colegio, dentro de cinco años todavía, podía servir un año en las fuerzas armadas para que aprenda a manejar armas. Quiere ser soldado. Su abuela se hubiera sentido orgullosa de él, y también de Nacho que, a pesar de ser rebelde por la adolescencia, es un buen muchacho.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Camila Reis

Interesante este diálogo con Camila Reis, una chica que también escribe. De paso, voy practicando mi portugués, aunque más parece portuñol.

Harol dice:
Será que eles terminarem a sua classe de ginástica?

Camila Reis dice:
eu terminei de fazer ginastica sim.
vc fala que lingua?
Harol dice:
portugues, español
vocé?
Camila Reis dice:
portugues só.
eu entendo espanhol.
um pouco de ingles (bem pouco)
mais é que o que vc fala comigo
é diferente.
meio espanhol com portugies
Harol dice:
O espanhol é uma língua bonita

Camila Reis dice:
tudo misturado
é linda mesmo.
Harol dice:
Vivi durante anos em Portugal, e sei que quando você não praticar uma língua, você esquece, né?

Quantos anos você tem?

Camila Reis dice:
é assim mesmo.
eu tenho 17 anos.
e vc?
Harol dice:
42
Você está na escola ainda?

Camila Reis dice:
sim sim..
terminei o segundo ano,
anoq ue vem termino o terceiro
é que faço aniversario no meio do ano.
junho.
Harol dice:
O que você acha corrida continuar?

Camila Reis dice:
não entendi,
o que vc disse?
Harol dice:
O que você quer estudar na faculdade?

Camila Reis dice:
acho que marketing.
quero mesmo é ser escritora

Harol dice:
Eu escrevo contos e romances

Camila Reis dice:
mesmo?
eu escrevo no meu blog
e começei a escrever um livri.
livro.
se cahama o diario de kate
masi tá bem pequeno ainda
Harol dice:
Qual a explicação para o seu dia?

Camila Reis dice:
não entendi de novo.
o que disse:
como assim explicação:
Harol dice:
O que está escrito no Jornal de Kate

Camila Reis dice:
Diario.
é uma menina que ''matou'' sem querer sua mae
e seu pai abandonou ela depois disso
ai ela começou a usar drogas e tals,
não gosta de ninguem,
se sente sozinha..
mais ou menos isso.
Harol dice:
É uma história forte que eu vejo

Camila Reis dice:
Matou a mae num acidente de carro.
é.
bastante.
Harol dice:
O que é imaginação ou são coisas na vida real?

Camila Reis dice:
é mas ou menos a minha vida
so que masi ficticia
naum uso drogas
e minha mae nao morreu
mais eu não moro com ela
então me sinto só.
e meu pai naum mora comigo.
tudo que eu escrevo eh um pouquinho de mim.
Harol dice:
Quem você mora? Seus pais são divorciados?

Camila Reis dice:
minha vó.
são sim.
http://camilagemea.blogspot.com/
olha meu blog.
Harol dice:
ok
Espere e verá. O que aconteceu com seu pai e mãe?

Camila Reis dice:
uai, não deu certo.
minha mãe mora no Rio.
e meu pai recentemente esta em Minas
mais antes ele morava em Mato Grosso
bem longe.
Harol dice:
Quem você mora?

Camila Reis dice:
Onde:
ou com quem?
EU moro com a mãe da minha mãe.
Minha avó.
Harol dice:
Com a vovó

Camila Reis dice:
isso.
Harol dice:
Imagino que sua avó te ama, né?

Camila Reis dice:
é..
senão ela não teria nos pegado para criar.
eu imagino que sim.

Harol dice:
Você tem irmãos?

Camila Reis dice:
irmãs.
uma irmã gemea.
e outra menor.
Harol dice:
Mas como você tratar a sua avó?

"Eles estão vocês?

Camila Reis dice:
bem.
tratamos bem
ai esta minha irma gemea
Harol dice:
Você é linda

Camila Reis dice:
obrigada
ai nos estavamos mais novas
Harol dice:
Você parece feliz

Camila Reis dice:
nessa epoca eu era feliz mesmo
Harol dice:
Ela é sua mãe?

Camila Reis dice:
miha irmã gemea ué
Harol dice:

Kidding, ambos são bons, como duas gotas de água

Camila Reis dice:
essa é minha mãe
Harol dice:
Mas por que trabalhar longe de você?


Camila Reis detuvo compartiendo fotos

Camila Reis dice:
para conseguir sustentar agente.
pois onde eu moro não dá pra sustentar 3 filhas,
o salario é baixo e tals.
Harol dice:
A situação é cada vez mais difícil

Camila Reis dice:
é sim.
Harol dice:
O que seus pais trabalham?

Camila Reis dice:
sim.
minha mae cuida de uma casa em copacabana
e meu pai trabalhava de assistente de potografp
Harol dice:
Bem, os tempos melhores

Camila Reis dice:
é.
Harol dice:
Estou lendo seu blog. É verdade que você diz ou então há um pouco de ficção?

É verdade que você sempre errado?

Camila Reis dice:
é tudo verdade.
nada de ficção.
Harol dice:
Mas pelo menos você está vivo

Camila Reis dice:
é.
Harol dice:
e estudando, trabalhando melhorar sua Situació

Camila Reis dice:
claro
Harol dice:
não se desespere, paciência

Camila Reis dice:
Obrigado pelo apoio
Harol dice:
você tem um sorriso parece tão bonito

Camila Reis dice:
Obrigado.
muitos gostam dele.
haha'
Harol dice:
E você tem o dom de escrever

Camila Reis dice:
Ah obrigada.
espero que isso se realize em minha vida
mesmo,
Harol dice:
sempre escreve, participa de competições

para tornar-se conhecido

Camila Reis dice:
é.

Harol dice:
e ver que sua sorte irá mudar

Camila Reis dice:
se Deus quiser


Detuviste compartiendo fotos

Harol dice:
Deus quer, mas você tem que fazer sua parte

Camila Reis dice:
é eu sei que tenho
me manda uma foto sua.
Harol dice:
Se você tentar, você vai receber sua recompensa

Esse sou eu, eu estou com uma barba e bigode

Camila Reis dice:

uasuasuhasuh.
legal.
Harol dice:

Camila Reis dice:

Harol dice:
Uma Rosa para você

Quem te deu esse coração na bochecha?

Camila Reis dice:
usahuhasua.
eu,
Harol dice:
Já enviou as suas histórias para concursos?

Camila Reis dice:
não.
pois eu ainda não acbei de escrever
Harol dice:
Você tem que ler mais do que praticar mais a escrita

Camila Reis dice:
ii
eu leio demaaais
sempre leio
um livro a cada 5 dias.
Harol dice:
Escreve todos os dias, como Mario Vargas Llosa

Camila Reis dice:
ai que complica
num tenho tanto tempo.
mais quando dá eu escrevo
o livro eu pego menso firme
mais no blog quase todos os dias eu escrevo
Harol dice:
Leia tudo o que puder, mas olhando como escrever, como usar as palavras

Camila Reis dice:
é.
assim que pe bom.
que é bom
Harol dice:
É isso OK

Camila Reis dice:
ok

Harol dice:
Quanto mais você ler e escrever mais, aprender mais

Camila Reis dice:
eu sei
Harol dice:
Você já leu Mario Vargas Llosa?

Camila Reis dice:
é assim mesmo que aconteçe.
Harol dice:
Vargas Llosa é um dos melhores escritores do mundo

Se você ler, aprender muito

Camila Reis dice:
nunca li,
mais vou pegar um livro dele sim
pra ver como é.
Harol dice:
Mas o importante é ter imaginação para escrever

Camila Reis dice:
é.
isso que é bom.
Harol dice:
Você sabe que uma novela é feita de mentiras

Camila Reis dice:
sei.
Harol dice:
Então, quando você escrever um romance ou uma história, use toda sua imaginação

Camila Reis dice:
claro
Harol dice:
Shameless mentiras

Ou misturar realidade e ficção

Camila Reis dice:
é
Harol dice:
E você vai ter uma boa história

Camila Reis dice:
obrigado
aquyi
eu vou sair
vou dormir um pouco
Harol dice:
Você chama Camila?

ok
Camila Reis dice:
Sim
Camila
outro dia agte conversa tá?
Harol dice:
Até outra hora


Harol envía un guiño:

Reproducir "Lluvia de estrellas"
Harol dice:
Boa sorte em tudo e continuar a escrever


Camila Reis dice:
claro
obrigado
beijo
Harol envía un guiño:

Reproducir "Beso"

Para mi cholita

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Diciembre

Último mes del año. Unos días más de trabajo, y vacaciones, dos extensos meses para descansar, dormir a pierna suelta, viajar, si es que se puede, ir a la playa con los chicos que no vamos desde los días en que papá estaba enfermo. Un empujoncito más, y llegamos al final de este año y a trabajar duro para superar lo hecho este 2010.