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miércoles, 25 de agosto de 2010

Agonía

Empecé el segundo capítulo del primer manuscrito de "Agonía". En estos capítulos impares, será la conciencia de mi padre el protagonista. Sus recuerdos, las cosas que me contó, las cosas que vivimos juntos, la vida compartida durante cuarenta años estarán en estas páginas.
Empiezo a avanzar con paso seguro en la escritura de esta novela que espero culminar en mayo del otro año para mandarla al Horacio 2011. Todo se puede conseguir con trabajo, esfuerzo, dedicación, porque escribir es un trabajo más. A veces me cae algún día, también la posibilidad de viajar, y esas son enormes satisfaciones, también ver publicado un libro tuyo, dárselo a los amigos, y que estos se alegren, y de paso que sepan que no eres un pobre diablo más.
No busco la inmortalidad, pero tampoco espero pasar por la vida sin haber dejado huellas.
A veces me pregunto ¿qué pasaría si tuviera mujer e hijos? Puchas, mi vida sería un infierno, o algo por allí. Seguro que si me ve escribiendo a las once de la noche me llamará para que le haga el amor y... mejor ya no alucino que así estoy bien y debo guardar imaginación también para "Animal nocturno" que casi está llegando a su parte final.

martes, 24 de agosto de 2010

Cadena perpetua


Con esta novela obtuve el Premio Pasacalle 2008 y al fin fue publicada, después de una larga espera. Poco a poco iré publicándola por aquí. Allí está la carátula.

Premiación y besos

Anoche fue la premiación del concurso de cuentos Premio Felizh 2010. Lo de Felizh es porque significa Feria del Libro Zona Huancayo, no es porque uno es feliz, aunque lo fui, jaja, nadie gana así nomás cuatro concursos literarios en menos de un año, aunque sea una mención de honor.
Viajé hasta Huancayo, el centro del país, un viaje que duró siete horas, el bus estaba más lento que una tortuga. Llegué, busqué un hotel, y fui al lugar de la Feria del Libro. La ceremonia empezó a las nueve. Minutos antes una chica se me acercó y me preguntó ¿me puedo sentar aquí? Claro, le dije, corriéndome un asiento. Empezamos a hablar, y como tenía a la mano "Cadena perpetua", se la regalé. Me dijo que también estaba pensando escribir. Escribe, le dije. Después empezaron a llamar a los ganadores. Hasta que me tocó a mí. Me entregaron mi diploma y un ejemplar del libro. Cuando regresé a mi asiento, la chica me dio un beso. Wao, ese fue un mejor premio que el diploma. En agradecimiento también le di el libro que me habían dado. "Para que te animes a escribir", le dije. Intercambiamos correos, nos despedimos con otro beso, y ya estoy aquí, después de cruzar de nuevo los Andes.
Después haré un comentario del libro "Monsieur Wylie y ocho cuentos en busca de autor" que me lo tuve que comprar, jeje, y que leí durante el trayecto de regreso.

sábado, 21 de agosto de 2010

El otro


La primera vez que me vieron donde no estuve, fue hace años.
–Lindo Machu Picchu, ¿no? –me dijo Miguelito, un amigo de la universidad.
¿Lindo Machu Picchu? Yo había estado visitando a mis padres, lejos del Cusco, como todas las vacaciones. La ciudadela incaica solo la conocía en postales.
–Uno te pasa la voz, y tú ni te das por enterado –continuó mi amigo–. Provecho con tu gringa, brichero.
–Gracias –dije, por presumir: ni en sueños iba a tener una rubia como la que describía Miguelito.
Ni me tomé la molestia de desmentirlo: estaba enamorado de Marisela y ella ni caso me hacía. Que se enterara que yo podía estar con una mujer mejor que ella.
Años más tarde, cuando ya había olvidado lo de Miguelito, fui visto por segunda vez. En esta ocasión, en Máncora.
–Con que ahora veraneas con otra, ¿no? –me dijo Anita, una colega muy amiga de mi mujer–. Guapa la rubia.
Hice un gesto de no saber de qué me hablaba.
–No te hagas el tonto, Agustín. Si Marisela se entera que estás trampeando, lo vas a lamentar mucho.
¡En Máncora y con una rubia! Ni mi mujer iba a creer ese cuento.
–Hay que disfrutar del verano, ¿no? –decidí seguirle la corriente a Anita. Que Marisela se enterara que no era la única mujer en el mundo con la que yo podía estar–. Y si es con una rubia, mucho mejor.
La tercera vez, quedé atónito. Una señora me detuvo en mitad de la calle.
–Gracias por sus enseñanzas, profesor –me dijo, abrazándome y llenándome de besos–. Gracias a usted mi hijo ha ganado una beca para estudiar música en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú.
Esta mujer esta loca, pensé, azorado, perplejo, confundido.
–De nada, señora –atiné a decirle mientras recordaba las veces que había sido visto Miguelito y Anita.
Tres confusiones ya eran demasiado. ¿Tenía yo alguien parecido a mí? ¿Tenía yo un doble?
Lo tenía.
Cuando todavía no me había repuesto del abrazo y de los besos de la señora, un domingo, al volver de la panadería, lo vi: iba por la vereda opuesta, concentrado en su periódico. Fue como verme en un espejo a la distancia: ese era yo.
YO.
Lo seguí hasta verlo entrar a una casa de blancas paredes coronada por un cerco de buganvillas. Allí me quedé, agazapado detrás de un ficus, incrédulo, preguntándome si esa visión había sido real o un producto de mi mente enferma. ¿Iba yo camino a la locura?
Un par de horas después, la puerta se abrió y lo vi salir en compañía de una mujer rubia, joven, atractiva y de dos niñas lindas como querubines. Era la mujer que siempre había soñado tener, eran las hijas que el vientre yermo de Marisela me había negado. Los seguí hasta el cercano parque donde se pusieron a jugar felices, alegres. ¿Alguna vez Marisela volvería a reír así? ¿Alguna vez vería a mis hijas corretear con tanto gusto por el pasto, mecerse felices en el columpio? ¿Alguna vez disfrutaría yo de esa dicha?
Lo dudaba.
Tuve que volver a casa muy a mi pesar. Marisela estaba insoportable, con un humor de perros como siempre. No fue suficiente explicación el que le di (Me encontré con un amigo y estuvimos charlando sin darnos cuenta de la hora. Nunca le había contado lo de las confusiones.). Como casi todos los días desde hace unos meses atrás, peleamos. Si quieres almorzar, cocínate, me espetó. Antes, yo me ponía el mandil y ocupaba su lugar. Esta vez no me importó. Muérete de hambre si quieres, pensé, o búscate otro estúpido que aguante tus berrinches de menopáusica.
Salí a la calle otra vez, volví a merodear la casa de mi doble. Siempre agazapado detrás de los árboles, escuché el sonido de un piano. Ese era Tristesse de Chopin. Me vi a mí mismo tocándolo, siempre había querido ser pianista pero, por circunstancias de la vida, había terminado como profesor de música en un colegio de mala muerte. Imaginé sus manos diestras sobre las teclas del piano, imaginé las sonrisas felices de su mujer y de sus hijas escuchándolo con deleite.
Lo imaginé feliz, dichoso, algo que yo nunca sería.
Regresé a casa cuando ya había oscurecido.
Un día te dejaré, pensaba, mientras escuchaba los ronquidos insoportables de Marisela. Tantos años había llevado esa cruz. Qué fácil sería levantarla en peso, abrir la ventana y hacer que se estrelle en la vereda. Qué fácil sería taparle la cara con la almohada hasta que sus pulmones explotasen como una granada. ¡No, no, otra tenía que ser la solución! La muerte era demasiado regalo para todo lo que había tenido que soportarla.
El que sobraba en esa casa era yo.
Al día siguiente, pretextando una indisposición, falté al colegio.
Me aposté en la calle de mi doble. Desde mi lugar de vigilancia lo vi partir a su trabajo. Enseñaba en el Conservatorio.
Pedí descanso por salud y me convertí en su sombra. Tenía una vida más interesante que la mía.
La idea de sustituirlo se fue apoderando de mi mente. Ocupar su lugar. Ser él. ¿Él no era yo? ¿No lo habían visto en MI lugar? ¿No éramos iguales? Teníamos los mismos gustos, solo que los míos, por esas cosas de la vida, por culpa de Marisela principalmente, sino de quién más, habían quedado postrados, postergados, relegados.
Ser él.
Sustituirlo.
¿Sería posible eso?
Hice la prueba con las niñas. Un día, a la hora del recreo, como vi que algunas veces hacía él, me presenté en el colegio de las criaturas.
–¡Papá, papito! –las niñas se alegraron al verme.
¡Papá, papito! Esas palabras eran música celestial para mis oídos. Me llenaron de besos, de abrazos. No sospecharon nada, ni la profesora. Qué gusto tenerlo de nuevo por acá, señor Gómez. Felicitaciones por tener unas niñas tan inteligentes y encantadoras.
Felicitaciones por tener unas niñas tan inteligentes y encantadoras.
Felicitaciones, señor Gómez.
¿Alguna vez tendría yo unas hijas tan inteligentes y encantadoras?
Otro día –mientras él estaba en el trabajo– fui más atrevido y me presenté en su casa con la excusa de haber olvidado unas partituras. Su mujer me recibió con efusión. Ni cuenta se dio que yo no era él. ¡Oh, mi amor! Me besó de una forma que yo ya había olvidado. Me besó de una forma en que Marisela nunca más me volvería a besar.
Por lo visto, sería fácil ocupar su lugar. ¿Pero qué hacer con él?
¿Qué?
Me rompía la cabeza pensando qué hacer con él.
¿Qué?
Llegué a una conclusión: desaparecerlo de la faz de la tierra. Esa era la única solución posible. No había otra. No podía correr el riesgo de volver otra vez al infierno cuando estar en el paraíso dependía nada más que de mí.
Había visto que los fines de semana, temprano, se iba de pesca a la playa.
Allí lo esperaba yo, agazapado entre las rocas.
Cuando me vio, su sorpresa fue mayúscula, pero no le di tiempo a reaccionar. De un solo golpe lo puse fuera de combate. Enterré su cuerpo en la arena.
Regresé a su casa, que ahora sería mi casa, con dos enormes peces que compré en el muelle.
Nadie se dio cuenta que yo no era él, sino el otro.
Preparé un rico ceviche que disfrutamos en familia. ¡Hace tanto que no era feliz que ya casi lo había olvidado!
La noticia de mi desaparición (del marido de Marisela, quiero decir) ni se supo. No fue un hombre importante.
Hoy vivo feliz. Mi mujer está esperando nuestro primer hijo, o el tercero, porque ahora yo soy él.
Ah, y ahora puedo pasarme horas y horas tocando las mazurcas, los nocturnos, las polonesas, los estudios de Chopin –después de mil ensayos, por supuesto– ante el regocijo de mi mujer y mis hijas.
Ninguna se ha dado cuenta que yo soy el otro.

___
Con este cuento fui finalista en el concurso de la Feria del Libro de Huancayo 2010

jueves, 19 de agosto de 2010

Detesto

Detesto a mis amigas cuando me dicen que están con estrés, cuando me dicen que les va mal, cuando se ofrecen como un pan. Pobres. Yo soy feliz, trabajo mañana, tarde y noche y nunca me quejo. Bueno, el trabajo en mi estudio es con música, con mi cafecito, yo mismo me impongo la tarea del día, si no lo cumplo es igual porque ya hice mi año y puedo esperar con paciencia lo que vendrá. Igual pasa en la noche, aunque últimamente estoy viendo películas porque arreglé el reproductor de pelis y he vuelto a mirar mis películas favoritas. Nunca me quejo porque sé que el futuro será tal como lo sueño.

martes, 17 de agosto de 2010

Concurso de ensayo

Sobre el aporte de José María Arguedas. Fui jurado. Unos trabajos pésimos, mal redactados y, para peor, bajados de internet. Y eso que las profesoras son especialistas en la materia. Yo trato hace un año de escribir un ensayo para participar y no lo hago porque no es tan fácil y la competencia es brava porque el premio equivale al sueldo de seis meses de trabajo y van a venir a sorprenderme. Será para el siguiente año.

domingo, 15 de agosto de 2010

Paul Anka (Diana live version)

Agonía

Estoy escribiendo, paralelo a "Animal nocturno", "Agonía", la historia de mi padre, su vida y muerte, con los recuerdos que él me contaba. Nada de inventos. Lástima que soy malo para los nombres y las fechas y allí estará mi dificultad.
He empezado a recordar, en realidad recuerdo todos los días, y a partir de eso escribo.

Los amigos (entre comillas)

Lo encontré después de medio año. Vengo por unas chelas, dijo, mañana a las seis. Yo sabía que no vendría. Y no me equivoqué. Claro, si me debe un dinerillo.
El otro me escribe pidiéndome un favor. Hay que hacerse el tonto nomás.
El otro (este no es mi amigo, lo conocí por circunstancias de la vida) anda resentido. ¿Y por qué yo sí tengo que aguantarle sus pendejadas?
Uno más: Ya le hice el favor por la ayuda que me dio, pero quiere más, le escribí y no me responde. Que no joda.
Una amiga: La veo después de años, y está cagada. Yo ando feliz de la vida.
Otra, esta es virtual: Le escribí contándole de mi victoria, no me mandó ni una línea de respuesta. Me escribe un mes después. No le he respondido.
Otra: Íbamos a ser socios, dijo te escribiré a mitad de semana, pasaron meses y nada. Me cansé de esperar y me aburrí.
Esa clase de amistades no la necesito.
Ah, si tuviera una pistola...

viernes, 13 de agosto de 2010

Ximenita, Ayacucho era un campo de batalla (cap. 4)

Entrada del Cementerio General de Ayacucho y tumba de la guerrillera Edith Lagos


El Cementerio General de Ayacucho está lejos del centro. Como siempre, tus primos aprovechan el pánico para hacer de las suyas: se meten por una calle, salen por otra, vienen, toman un poco de agua, es martes por la tarde pero el sol quema con fuerza, y echan a correr mientras tu mamá y yo vamos a paso de tortuga.
Por estas mismas calles, el diez de setiembre de 1982, después de una misa de cuerpo presente en la Catedral, fueron llevados los restos mortales de Edith Lagos, muerta una semana antes en Umacca, Andahuaylas, en un enfrentamiento con las fuerzas antisubversivas que la perseguían en forma implacable desde su fuga de la cárcel de Ayacucho. Media ciudad acompañó el cortejo fúnebre de la guerrillera, ¿o terrorista?, muerta en la flor de la juventud. ¿Simples curiosos? ¿Simpatizantes? ¿Militantes? En sus inicios Sendero tenía gran arraigo popular, entonces todavía no aplicaba su política de batir el campo y el campesinado, olvidado durante mucho tiempo, vio con esperanza a esa gente que aplicaba justicia popular y prometía la igualdad entre todos.
Compro un ramo de rosas rojas y amarillas.
–Para alguna tumba que no tenga flores.
Hay cientos de tumbas que no tienen flores. Ese es el destino de los muertos, nuestro destino final: el olvido. Durante el entierro te prometen que nunca te olvidarán, que siempre vivirás en el corazón de los que te amaron pero, finalmente, llega el olvido. Es inevitable, es natural. Nadie se pasa la vida llevando a cuestas sus muertos.
Pero hay excepciones. Como en todo.
–La tumba de Edith Lagos.
–Hierba silvestre, te ruego acompañarme en mi camino. / Serás mi amiga cuando crezcas sobre mi tumba. / Allí que la montaña me cobije, / el camino descanse / y en la piedra lápida eterna / todo quedará grabado –lee Diego–. Edith G. Lagos Sáez, Ayacucho, 21 noviembre 1962. Andahuaylas, 3 setiembre 1982.
–¿Quién era Edith G. Lagos Sáez, tío? –pregunta Nacho.
–Una cantautora –dice Diego–. Esa canción la escuchas siempre, ¿no, tía Vale?
–Era una guerrillera –dice Valeria–. También escribía versos.
–¿Como Javier Heraud? –pregunta Nacho.
–Ajá. Ese poema suyo lo musicalizaron y lo canta Martina Portocarrero, la de Flor de retama.
El 2001 vine a conocer el cementerio y de casualidad encontré la tumba de Edith Lagos. Está a la entrada del camposanto, al lado izquierdo. Esa vez había una planta de retama, pero la han cortado o se ha secado. Siempre hay flores frescas en su tumba. Flores rojas y amarillas. ¿Las pondrán sus familiares, sus simpatizantes?
Edith nació un año después que tu tío Juan Ignacio. Si no hubiera muerto, hoy estaría a punto de cumplir cuarenta y ocho años. Quizá estaría presa como tantos otros senderistas. Su temprana muerte, cuando la guerra todavía tenía acogida en el pueblo, la ha salvado de la ignominia en la cual han caído los demás líderes de la banda terrorista. ¿O la muerte atenúa nuestras culpas?
–¿Una fotito, tíos?
–Claro.
–A ver, Xime, sonríe, mira al pajarillo.
Una ancha sonrisa se dibuja en el rostro de Valeria.
Clic.
–A mí también tómenme una foto –pide Nacho, poniendo un pie sobre la lápida–. Para que mis amigas sepan que estuve en el corazón de la guerra y me admiren más.
–Te van a meter a la cárcel por terruco –le advierte Diego.
–Y a ti también, Dieguillo –replica Nacho y le toma una foto de sorpresa.
Diego lo empieza a corretear.
–Ojalá que en la noche los muertos les jalen las patas –les dice Valeria–. ¿No pueden estar quietos ni un segundo, ah?
Ellos ni caso le hacen, se meten entre los pabellones, saltan para esquivar los nichos, tumban un par de floreros. Cuando van a visitar a tus abuelos, junto con el resto de tus primos, que tampoco se quedan atrás, llevan sus skates, sus bicicletas. Ir al cementerio para ellos es ir de paseo.
Después de unas vueltas mirando los mausoleos, los nichos, los ángeles caídos, las vírgenes lloronas, nos ponemos a descansar en un banco.
Entonces la veo, casi al final de un pabellón. Lleva como siempre su pollera de colores y su blusa rosada. Está de espaldas, mirando un nicho.
–Voy a orinar por ahí –le digo a Valeria–. Ya regreso.
Me le acerco sigilosamente pero ella, como si tuviera ojos en la nuca, se aleja.
–Oye, espera.
Vuelve el rostro, me mira con sus ojos imperturbables.
–¿Quién eres? ¿A qué estás jugando?
No me dice nada. Ni se inmuta.
Me le acerco, se aleja.
–¿Qué es lo que buscas de mí?
No me contesta. Está callada como una tumba.
–¿Te puedo ayudar en algo?
Silencio. Me mira con sus ojos claros. Ni parpadea. ¿Dónde he visto esos ojos? Trato de hacer memoria…
La sigo por los pabellones. Voy tras ella como si fuera por un laberinto.
–Dime algo…
–¿Con quién hablas, tío Harold?
Es Diego.
–Tía Vale está preocupada.
¿Y ahora qué le diré a Valeria? Vi a la chica del Mirador y…
–Estaba pensando en voz alta… Recordaba a tus abuelos… Vamos.
Le echo una última mirada a la chica. Regresamos donde tu mamá.
–Estaba buscando dónde orinar –le digo cuando me pregunta dónde me metí.
–¿Y te demoraste más de media hora?
–Estaba viendo las tumbas…
–¿Te pasa algo, Harold?
–No, amor, qué me puede pasar.
Me mira como diciéndome no te creo, flaco.
–En serio, no me pasa nada. Estoy bien. Volvamos al hotel.
Sé que tu mamá no me ha creído. ¿Contarle? Mejor no. Quizá algún día…
***
A fines de febrero de 1985 llegó otra carta de la tía Susana: mamacha ya no hay, decía, tampoco Graciela. Mi mamá casi se vuelve loca de tanto dolor. Las cartas eran escuetas, apenas un par de líneas. El trayecto hacia Ayacucho era cada vez más peligroso, la carretera estaba patrullada por los soldados que se llevaban a los sospechosos de estar con los terroristas, estos detenían los buses y mataban a los sospechosos de estar contra ellos. Una carta podía ser una sentencia de muerte. Las cartas las traían los paisanos de mis padres que aún se atrevían a viajar a la zona de emergencia.
Mamá se atormentaba preguntándose cómo habrían matado a su madre, a su hermano, al opa Juan, a la tía Graciela. Existían varias versiones: que el tío Anacleto, antes de ser ejecutado, logró escapar de sus verdugos, que corrió por la orilla del río hasta Tincuy, allí lo derribaron de un tiro. Que estuvo escondido en el monte y solo se entregó cuando amenazaron con matar a toda su familia. Que lo colgaron de un guarango como solían hacer los senderistas.
Solo Víctor sabía la verdad. Volvió a mitad de año. A su papá lo mataron acusándolo de traidor. Lo buscaron cuando casi ya oscurecía. Queremos hablar con usted, compañero, le dijeron. Lo sacaron al patio de la casa, los demás se quedaron dentro, excepto Víctor, que miraba desde el corral sin ser visto por los terrucos. ¿No sabe que lo que ha hecho es traición?, le espetaron. ¿A qué viaja tanto a Lima? ¿Dónde están sus hijos? Estamos en guerra, necesitamos a todos para lograr la victoria. El tío no supo qué decir. ¿Está usted con el Partido o contra el Partido? Víctor vio que el hombre que estaba al costado de su papá levantó su fusil, intuyó el peligro, pero antes que abriera la boca para advertirle a su padre, sonó un tiro. El tío Anacleto cayó al suelo con la cara destrozada. No lloren, carajo, o a ustedes también los matamos, le advirtieron los terroristas. Entiérrenlo de una vez. Pero el tío todavía estaba vivo, convulsionaba, se retorcía de dolor en el suelo. Mátenlo con bala para que no sufra, les pidieron a los terrucos. Mátenlo ustedes, les dijeron estos, nosotros no gastamos bala en perros traidores. Buscar ayuda a esa hora era imposible, Chincho estaba lejos, Huanta peor, además, esta última ciudad estaba llena de marinos que mataban a cualquier sospechoso de estar con los terrucos. Lo ahorcaron para que no sufriera más. Después cavaron un hueco dentro de una casita abandonada, envolvieron al difunto en un par de frazadas y lo enterraron. Eso fue el veintisiete de octubre, diecinueve días después que el tío se despidió de nosotros asegurándonos que pronto estaría de regreso.
Días después, la tía Graciela, desesperada por la muerte de su marido, preparó mazamorra y se lo dio a sus hijos mezclado con veneno. Los más chiquitos, conocidos como Ingeniero y Belaunde, murieron y fueron enterrados a los costados de su padre.
Antes de navidad, el ejército llegó a Jiljarajay persiguiendo a la columna de terroristas que había incursionado en Marcas. El hombre que acompañaba a los militares señaló a la tía Graciela como uno de los culpables. Se la llevaron detenida a ella y a sus hijas y a los hijos del tío Juan Rejano. Víctor y el tío Juan Rejano, viudo de mi tía Teodora, hermana de mi mamá fallecida meses atrás de causas naturales, fueron a solicitar la libertad de la detenida. A ellos también los detuvieron por estar sin papeles. Víctor tuvo suerte: lo dejaron ir con la condición que trajera los documentos de los detenidos. Lo que hizo fue avisarle a la tía Susana. Cuando esta llegó a Marcas, le dijeron que los detenidos habían sido llevados al cuartel de Acobamba. En Acobamba le dijeron que los detenidos habían sido llevados a Lima. ¿Y los niños? Ellos se quedarán a vivir en el cuartel hasta los dieciocho años, son hijos de terroristas y están adoctrinados, aquí van a aprender a amar a su patria, le dijeron los militares. La tía Susana suplicó, rogó, lloró, qué sabían esas criaturitas de esas cosas de los terrucos, eran mujercitas, ella los criaría como criaba a sus hijos que no se metían en nada. Logró que le entregaran a Victoria, de seis años, y a Blanca de cuatro. Los hijos del tío Juan Rejano se quedaron en el cuartel. Recién a los dieciocho años les permitieron salir. Victoria le contó que a su mamá la habían arrojado a una poza llena de leña con las manos atadas hacia atrás. Allí murió gritando, quemada viva. Como ellas lloraban de hambre, los soldados les dieron carne frita para que comieran. No lo hicieron, algo les decía que esa carne era de seres humanos.
A inicios de febrero de 1985, mientras el papa Juan Pablo II recorría Ayacucho, los terroristas mataron a la abuela Felicitas y a su nieto Juan, un muchacho con retardo mental que salió en su defensa. Los senderistas se iban de Jiljarajay y quisieron llevarse a la abuela como cocinera. Ella se negó a acompañarlos, les reclamó por la muerte de su hijo, los culpó de la muerte de su nuera y de su yerno. Los terrucos la empezaron a golpear. Allí intervino Juan. A él lo mataron de un tiro, a la abuela la mataron a golpes y después le cortaron la cabeza. Esto lo contó la señora Inesita Soto, cuyos hijos integraban esa columna y por eso no le pasó nada. Los terrucos, antes de su retirada, pasaron por las armas a todos aquellos que se negaron a ir con ellos.
Mamá lloraba a mares.
–No llores, mamá –le decía yo, consolándola, llorando con ella–. Cuando entre al ejército voy a matar a todos los terrucos, te lo juro.
Pero ella seguía llorando, y lloraría hasta el mismo día de su muerte recordando a todos sus muertos.
***
–No hay que cerrar los ojos por ningún motivo –dijo el Chullañahui, una mano sosteniendo la cabra por las orejas y la otra la pistola–, o la bala saldrá desviada. El tiro tiene que ser certero, perfecto. Así.
¡¡PUM!!
El tiro nos hizo saltar como si a nuestro lado hubiera estallado un trueno. En el corral, las otras cabras se movieron inquietas como presintiendo su suerte.
La cabra se derrumbó sobre sus patas sin un solo gemido. La bala le había hecho un agujero en medio de la cabeza, chamuscando el pelo a su alrededor, y salido por el lado de la quijada. Primero la sangre salió como de un chisguete y luego perdió fuerza.
–¿Vieron?
Dijimos que sí.
–Así tenemos que aniquilar a los alljos: de un solo golpe porque algunos son fuertes y en su agonía reaccionan dando un último mordisco que puede ser fatal para nosotros. Por eso se da el tiro de gracia al enemigo.
Todos teníamos los ojos puestos en la pobre cabrita. ¿Cuánto duró su muerte, uno, dos segundos? ¿Cuánto dolor habrá sentido?
–¿Quién quiere tener el privilegio de ser el primero?
Nadie dijo yo.
–A ver tú, Piquicha, demuéstranos que eres el mejor de los compañeros.
La siguiente cabra era gorda, parecía preñada. La atamos a la estaca.
–Ponle el cañón en la nuca y dispara sin compasión alguna. Piensa que es un perro guardián del viejo Estado semicolonial y semifeudal al que debes aniquilar.
Piquicha disparó, ¡pum!, yo cerré los ojos, cuando los abrí, la cabra corría ladera abajo como llevada por el viento.
–¡Carajo, eres un cojudo! –el Chullañahui lanzó una maldición–. ¡Atrápenla!
Corrimos tras la cabra. ¡Escápate, escápate, cabrita! La alcanzamos casi al final del huayco. La bala le había entrado por un costado atravesándole el pellejo nomás.
Se resistía a regresar. Nos manchamos las manos, las ropas con sangre.
–¡Mátala con cuchillo, torpe! –le ordenó el Chullañahui a Piquicha entregándole un cuchillo de carnicero–. Las balas no se gastan por gusto. Al inicio de la guerra escasearán. Si no es con un arma, es con otra.
Piquicha apretó los dientes y hundió el cuchillo en la garganta del animal. La movió con rabia, la cabra lo tumbó, se revolcaron en el suelo pero él seguía prendido al cuello del animal. Todos mirábamos en silencio.
Finalmente la cabra se quedó quieta. ¡Cómo había luchado por su vida!
–¿Quién sigue? –preguntó el Chullañahui, medio molesto.
–Yo –dijo Edith.
Tomó la pistola y disparó. Su tiro fue perfecto. La cabra cayó al suelo como una piedra.
El Chullañahui la felicitó.
–¿Quién es el siguiente?
–Yo –dije, para terminar de una vez con esa pesadilla.
Me dio la pistola. Era enorme, pesada. Mi papá se la había vendido por necesidad hace tiempo. No cierres los ojos, pégala en su nuca y dispara. Piensa que es un enemigo del pueblo.
La cabra me miró con sus ojos enormes y tristes. Parecía una criaturita indefensa. Tuve ganas de acariciarle la cabeza pero no lo hice. Eso era doblegarse y nunca debería de hacerlo. Tampoco debería esperar que el enemigo lo hiciera. Puse el cañón en su nuca, ojalá que la bala no rebote en un hueso y me mate, pensé. Ojalá que no sufras, cabrita. Perdóname.
Jalé el gatillo.
¡Pum!
La cabra cayó muerta sin un suspiro.
–¡Bravo, bravo! –exclamó el Chullañahui–. ¡Perfecto! Creo que las mujeres son mejores que los hombres.
Sonreí. Edith y las otras chicas también lo hicieron.
Matamos veinte cabras que al día siguiente Lucas se llevaría al mercado de Huamanga.