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sábado, 5 de septiembre de 2009

El columpio


Lo hizo el abuelo
con una soga
y un par de maderos.
Vuela alto, niña,
atrápame una estrella
y una sonrisa.

Puerto Viejo


Atardece en Puerto Viejo. En el horizonte marino se oculta el sol en un manto púrpura como una gaviota herida. La playa se va despoblando. Botellas descartables que nunca contendrán mensajes de náufragos, huesos del arroz con pollo, cáscaras de plátano, pepas de mango, todo enterrado en la arena. Las princesas abandonan sus castillos de arena antes que las arrase la marea alta. Atardece. El sol, a pesar del bloqueador, te ha dejado la piel colorada, la nariz despellejada, los labios cuarteados, resecos. Esta playa no es Punta Cana ni Varadero ni Puerto Vallarta pero eso es lo de menos porque igual el agua es salada, igual la arena se mete en tu ropa de baño y te causa escozor, igual el ocaso te inspira versos que nunca escribirás porque te parece cursi escribir "atardece en Puerto Viejo". Esta es nuestra playa a la cual hemos llegado después de dos horas de trayecto en la Carretera Central, la Vía de Evitamiento y la Panamericana Sur. Quizá el otro año vayamos a Máncora o a Huanchaco o a una playa del sur, me han dicho que en Chincha hay una buena playa llamada Cruz Verde. Quién sabe, todo depende de lo que logremos ahorrar. Para no olvidar esta playa llevaremos una botella de Kola Real de 3.5 litros con agua de mar, piedritas de colores y conchitas. Tu bikini azul esperará en el fondo de un cajón hasta el próximo verano y te lo pondrás si es que no has engordado, si es que nuestro amor sobrevive al otoño, al invierno y a la primavera con sus ímpetus de nuevas pasiones.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La piscina


La vi llegar desde mi puesto de vigilancia. Alta, delgada, cabellos rubios. Entró al vestidor. Salió enfundada en un bikini celeste. Se echó en una perezosa después de untarse el cuerpo con bloqueador. Era uno de los días más calurosos del pasado verano. La piscina rebozaba de concurrentes. Después de un rato de tostarse la espalda, se dio la vuelta y quedó de cara al sol. Sus pequeños senos apuntaban hacia el cielo como queriendo derribar al astro rey. Unas gafas oscuras cubrían sus ojos.
Yo estaba atento a los movimientos de los veraneantes. Nunca falta un imprudente que pone en riesgo su vida.
Se puso en pie, dejó sus anteojos, caminó hacia la piscina, se arrojó al agua. Nadó de un extremo a otro, buceó hasta agotar el aire de sus pulmones.
Salió chorreando agua. Fue por un refresco. Regresó. Se echó en la perezosa. El sol seguía quemando implacable su piel.
Un niño resbaló, acudí en su auxilio. Nada de importancia.
La chica se puso otra vez en pie, se sacó los lentes y caminó en dirección al trampolín. Llegó arriba. Desde allí, parecía una estatua de bronce recién sacado de su molde. Arqueó el cuerpo, estiró los brazos y se lanzó como un delfín. Hizo un par de piruetas en el aire antes de hundirse en el agua como un arpón. Parecía un clavadista de Acapulco.
Me distraje por un segundo siguiendo con la mirada a una rubia en hilo dental. Los gritos de los bañistas me devolvieron a la piscina. ¡La chica se estaba ahogando! Salté del torreón, me arrojé al agua.
La saqué desfalleciente. Tuve que darle respiración boca a boca. Arrojó toda el agua que había tragado.
Volvió en sí. Estaba nerviosa. Tuve que darle una pastilla para calmarla. Se llamaba Carol, vivía en La Realidad, no lejos del club.
Me pidieron que la acompañe a su casa.
–No debí de arrojarme de tan alto –dijo, aún con temblor en la voz–. No sé nadar muy bien. Mis abuelitos se iban a volver locos si me moría.
–Ya pasó –le dije. Le acaricié las manos. Las tenía heladas–. Si quieres, yo puedo darte clases de natación. Ven al club cuando quieras.
–En casa tenemos una piscina –dijo.
–Mucho mejor. Los lunes te puedo enseñar. Es mi día libre.
–¿Y cuánto me vas a cobrar?
–Nada. Con un poco de refresco para no deshidratarme, me conformo.
Al fin la vi sonreír. Era una sonrisa triste.
La dejé en la puerta de su casa.
El lunes estaba ante esa misma puerta. Toqué una y otra vez. Cuando ya me iba a retirar, pensando que no había nadie, al fin me abrieron.
–¿A quién busca, joven? –me preguntó una anciana. Tenía los mismos rasgos de Carol pero abatidos por las inclemencias de la edad.
–A Carol.
–Pase, pase.
Fui tras la abuelita. Estaba toda encorvada y se ayudaba con un bastón.
–¿Cómo así conociste a Carol?
–En el club donde trabajo.
–¿También se te apareció su alma?
¿Su alma? Esta vieja está con demencia senil, pensé.
–Carol murió ahogada hace muchos años, cuando tenía cuatro añitos.
–¿Sí?
–Sí. Siempre se aparece a los piscineros por estas fechas –dijo–. En este mes se ahogó.
Esta vieja está loca de remate. Yo no soportaría vivir un día con ella, pensé, mientras cruzábamos un enorme jardín lleno de maleza. En cualquier momento se aparecería Carol y me diría no hagas caso de las tonterías que dice mi abuelita, ¿no ves que está loquita la pobre?
En el borde de una piscina vacía estaba sentado un anciano.
No contestó mi saludo. La abuela loca de remate, el abuelo sordo. Bonita familia, pensé. Nunca más vuelvo a este lugar.
–Está así desde que Carol se ahogó. Se pasa las horas mirando ensimismado la piscina. Es como si quisiera escuchar el grito de nuestra nietita para arrojarse y salvarla como no lo hizo hace quince años –dijo la viejita, con los ojos arrasados por el llanto.
Se ha tomado en serio lo de la nietita ahogada, me dije. Debió haber sido actriz en su remota juventud.
–Franz, este es el piscinero a quien Carol se le apareció este año –dijo la viejita, tocando los hombros del anciano, que apenas hizo un movimiento para mirarme con unos ojos glaucos carentes de expresión alguna. Esos ojos eran los mismos de los de la chica a quien había rescatado un día antes. El anciano no dijo nada–. Hasta se ha olvidado de hablar. Su vida es estar sentado en el borde de la piscina.
Par de viejos locos. Qué terrible es la edad. Deberían de estar en un asilo. La vida de Carol sería un infierno en esa casa.
–¿Cómo estaba Carol?
–Linda, alta –decidí seguirle la corriente.
¿En qué momento se aparecería Carol y me diría todos te estamos tomando el pelo, Agustín? O, mis abuelitos están locos, no les hagas caso.
–¿Vamos a su cuarto?
–¿El abuelo se queda?
–Sí. De allí nadie lo mueve hasta que lo llame Carol pidiéndole ayuda.
Carol debe estar durmiendo aún, pensé. Le voy a jalar las orejas por hacerme esta clase de bromas.
Entramos a un cuarto cuyas paredes estaban llenas de fotos ya amarillas. Reconocí a la chica –con muchos años de menos, claro–, a quien había salvado la vida. Los mismos ojos grandes y tristes, la misma cabellera rubia. Había muñecas de trapo, cochecitos, cocinitas, mesitas.
–No hemos movido nada desde que Carol se ahogó –dijo la viejita–. A veces pensamos que es solo un sueño y algún día volverá y no queremos que se moleste si encuentra sus cosas donde no las dejó.
–¿Cómo así se ahogó su nieta?
–Carol era bien traviesa. Mientras me fui al mercado, se subió al trampolín, su abuelo dormía y no pudo escuchar sus gritos. Cuando la encontramos, estaba flotando en la piscina. Desde entonces siempre se le aparece a los piscineros. Parece que su alma no puede descansar en paz.
–Lo siento mucho –dije.
Abandoné esa casa lo más rápido que pude.


jueves, 3 de septiembre de 2009

Edith la guerrillera


Mis ojos han lagrimeado de tanto dolor,
y es que el dolor en los labios
se han convertido en grito.
EDITH LAGOS

1980: Una mujer recorre los Andes peruanos montada en un caballo blanco enarbolando una bandera roja con la hoz y el martillo. Se parece extrañamente a Túpac Amaru II, el último príncipe inca ejecutado por el Imperio Español exactamente dos siglos atrás después del fracaso de su rebelión: cabellos negros, largos y lacios, rasgos indígenas, rostro altivo, lleno de orgullo de su raza, mirada de acero. Pero a diferencia de aquel, esta es menuda, frágil, apenas es una niña pero los emparenta la misma resolución de romper las cadenas que oprimen al hombre del Perú olvidado.
Se llama Edith Lagos, es ayacuchana, hija de un comerciante de la clase media, ha estudiado los primeros ciclos de Derecho en una universidad particular de Lima pero ha vuelto a su tierra para unirse a guerrilla.
El 17 de mayo en Chuschi, un perdido poblado de Ayacucho, la fracción Por el Luminoso Sendero de José Carlos Mariátegui del Partido Comunista del Perú ha dado inicio a su guerra popular contra el Estado Peruano a la que califica de semifeudal y semicolonial.
La guerra avanza incontenible en Ayacucho, Huancavelica y Apurímac, el llamado Comité Regional Principal en que el senderismo ha dividido el Perú. No es una guerra improvisada, por supuesto que no. Abimael Guzmán, su mentor, la ha planificado al milímetro durante la última década y media en que cual él, personalmente, y sus adeptos, ha recorrido cada pueblito de estos tres departamentos llevando su prédica, conociendo el terreno, captando seguidores. Uno de ellos es Edith Lagos, una militante con fuerte convicción revolucionaria, sensible al sufrimiento de los más oprimidos.
Belaunde, que ha vuelto al poder después de ser desalojado de esta por los militares doce años atrás, califica de abigeos a los guerrilleros. Estos no llevan uniforme de combate, poseen armas obsoletas, no se enfrentan a las fuerzas regulares, solo andan de pueblo en pueblo expulsando a los terratenientes, castigando a los abigeos, a los usureros, a los infieles. Lejos están todavía los llamados juicios populares en el cual la pena generalmente es la ejecución del condenado.
A fines de año, Edith Lagos es capturada y recluida en el CRAS de Ayacucho.
1981: La guerra se expande por todo el territorio peruano. Siguiendo la prédica maoísta, parte del campo para llegar a las ciudades. Lima, la capital, amanece con perros colgados en los postes de luz. Las primeras torres de conducción eléctrica son derribadas dejando en tinieblas las grandes ciudades. Pero todavía no hay mayores víctimas que lamentar. Lo que sucede en las serranías no afecta en nada a la naciente democracia. Los contingentes policiales apenas son incrementados para combatir a los llamados “abigeos”.
Mientras tanto, en el CRAS, Edith Lagos cavila, piensa, medita cómo transponer las puertas de esa fortaleza de piedra y cemento en el cual pasa sus días mientras, según le informan sus visitas, la revolución se agiganta, marcha victorioso hacia su objetivo: la toma del poder.
1982, marzo 3: La ciudad queda a oscuras. Los locales de la Guardia Civil, Guardia Republicana y Policía de Investigaciones son atacados simultáneamente. Pero el potencial del fuego se concentra en el CRAS donde languidecen unos setenta guerrilleros. Después de una breve resistencia, sus defensores se rinden y los presos son liberados.
Las acciones de la guerrilla se incrementan notablemente después de este hecho. La figura de Edith Lagos, montada en su caballo blanco, recorre Ayacucho, Huancavelica, Apurímac. El gobierno ha mandado a los cuerpos antiguerrilleros de la policía para sofocar la rebelión, pero los resultados son nulos. Los senderistas conocen el terreno, tienen el apoyo del pueblo.
El ataque y destrucción del puesto policial de Vilcashuamán le termina de abrir los ojos al gobierno: no son abigeos los que perpetran esos hechos, los que recorren los pueblos expulsando a la Guardia Civil, pidiendo la renuncia de alcaldes, gobernadores. No son abigeos los que atacaron el CRAS de Ayacucho.
Setiembre 3: Una patrulla antisubversiva es atacada por un pelotón de guerrilleros comandados por la ya mítica Edith Lagos en las afueras de Umacca, Andahuaylas. El combate es parejo, feroz a pesar de la notable diferencia del poder del fuego de los enemigos. Estos consiguen pedir ayuda por radio y al poco rato un helicóptero del ejército viene en su apoyo.
Casi al anochecer, todo ha terminado. Entre las bajas de la guerrilla está Edith Lagos. La prensa de la oligarquía quiso minimizar el hecho diciendo que Edith Lagos cayó cuando pretendía robar una camioneta para aprender a manejar.
Setiembre 10: Las calles de Huamanga están atestadas por miles de personas que pugnan por ver, tocar los restos de la joven que ha ofrendado su vida a tan corta edad. Bandas de músicos acompañan el cortejo fúnebre. Parece un día de fiesta, pero el pueblo llora la muerte de la guerrillera. Aun Sendero Luminoso tiene arraigo popular, todavía no ha aplicado su política de arrasamiento masivo, todavía sus juicios populares no tienen como veredicto inapelable la ejecución de los condenados, pero falta poco, apenas meses.
2009: Han pasado 27 años desde la muerte de Edith Lagos pero su figura menuda sigue recorriendo los Andes peruanos montada en su caballo blanco en el imaginario del pueblo. Ella no ha sufrido la ignominia en la cual han caído los otros conductores de la fallida revolución. Sus manos no se han manchado de sangre, sus sueños de una sociedad más justa están más vigentes que nunca.
Su tumba en Ayacucho tiene siempre flores rojas como su sangre.
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Foto de Edith Lagos Archivo CVR

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Siempre serás mi primavera

Aunque te vayas
te quedarás aquí conmigo
en mi casa, en mi alma
en cada uno de mis latidos.
Así ames a otro hombre
así vivas otras aventuras
aunque te pierdas en las noches
no me olvidarás nunca.
Y tú siempre serás mi primavera
porque te robé tu vez primera
y eso no se olvida
aunque hayan otros amores en nuestras vidas.
Siempre serás mi primavera
el único amor de mi existencia.
Siempre serás mi primer amor
mi único amor.









Las olas

Cuando están furiosas
son niñas inquietas
que se jalan de los cabellos
y les arrancas los brazos
a sus muñecas.
Cuando están quietas
son niñas dormidas
que sueñan
con el vestido de moda
con el primer beso
con el lápiz de labios
con el celular
de última generación.

martes, 1 de septiembre de 2009

Carlota Fainberg

Es una magnífica novela corta de Antonio Múñoz Molina. El argumento es simple: dos españoles -Claudio y Abengoa-, se conocen en un aeropuerto americano en un día de tormenta. Mientras esperan que se reanuden sus respectivos vuelos, y al enterarse que Claudio tiene como destino Buenos Aires, Abengoa le cuenta su aventura en un viejo hotel bonaerense con Carlota Fainberg, una fabulosa mujer de insaciable sed carnal. Claudio piensa que Abengoa exagera. Cuando al fin llega a Buenos Aires, sus pasos lo llevan al viejo hotel de la aventura de su compatriota. Allí se entera, incrédulo, que Carlota Fainberg ha muerto veinte años atrás. ¿Abengoa mentía? Pero él también ha visto a la mujer con la cual Abengoa sostuvo una aventura.
Una excelente novela que leí hace años y he vuelto a releer. Antonio Múñoz Molina es uno de mis autores de cabecera. Tiene maravillosas novelas como "El jinete polaco", "Beatus ille", "El invierno en Lisboa", "Plenilunio", que las he leído, y otras que algún día leeré.

Johnny Horton: Whispering pines

Esta es una bella canción que acabo de descubrir.
http://www.youtube.com/watch?v=hO4rr_6UHgk

Setiembre


Qué mejor que recibir setiembre con las reflexiones de mi recordada Camila Fernández.

JUEVES 1:
Setiembre. Empieza un nuevo mes. Ya estamos en setiembre. Setiembre, el mes del amor, de la juventud, de la amistad. Mes de la primavera. Primavera, los corazones laten con más ímpetu, con más ganas, los jardines se visten de colores, los pajarillos cantan en los árboles hermosas tonadas, los niños juegan alegres en los parques. La gente se enamora en setiembre. En setiembre todo el mundo me pide poemas y cartas de amor. Setiembre, mes del paseo a Chosica. Chosica como todos los años a lo largo de mi vida escolar. En Chosica está el sol, por eso vamos en su busca. Ah, si pudiera ir en busca del amor. Saldré a buscar al amor, / con las uñas, con los dientes. / Saldré a buscar al amor que no sea indiferente. / Saldré a buscar al amor, / a ese amor que a mí me quiera. / Porque yo quiero a ese amor… canta Miguel Gallardo. Los días empiezan a ser más calurosos. Arañita se sancocha en su cuevita. ¿Quién habrá inventado el calzón? ¿Cuándo lloverá en mi Desierto? Arañita lo agradecería: gracias, gracias, gracias. El verano está a la vuelta de la esquina, falta poco para disfrutar del mar otra vez, de la arena, de las gaviotas, de los rayos del sol, de la brisa marina. Menos mal que aquí no tenemos huracanes asesinos como en los Estados Unidos. Si al Katrina se le hubiese ocurrido pasar por Vallecito, estoy segura que nada hubiera quedado en pie.

Shenandoah

Esta bella canción en diferentes versiones.
Sissel
http://www.youtube.com/watch?v=W1EG_4IBzbA
Hayley Westenra
http://www.youtube.com/watch?v=_No4g5ZULI8
Celtic woman
http://www.youtube.com/watch?v=64QHbB-11fc
The american tenors
http://www.youtube.com/watch?v=yMsfkEMZREU
A capella version
http://www.youtube.com/watch?v=etC59HVD-tg
Paul Robeson
http://www.youtube.com/watch?v=9gtJkeXAMt0
Bob Dylan
http://www.youtube.com/watch?v=_ZRvbU5nMeI
Bruce Sprinsgteen
http://www.youtube.com/watch?v=mXr6yeQ5LPo