EspaInfo.es

espainfo.es
estamos en

sábado, 7 de abril de 2012

La agonía de Juan de Dios (5)



Necesitamos una ambulancia omega, me dice la técnica. Tu papá se ha descompensado.
¿Ambulancia omega? ¿Descompensado? ¿O sea?
Una que tenga oxígeno y equipo médico para trasladarlo a Vitarte con seguridad, me dice. Todavía está bajo los efectos de la anestesia y necesita ayuda para respirar.
¿Y dónde se consigue esa ambulancia?, le pregunto, pensando que me va a decir que tiene un costo que la familia del paciente tiene que asumir.
Aquí mismo, me dice. Voy a ver si hay una disponible. Ya vuelvo.
Se va. Es una morena alta y voluminosa que siempre para de buen humor. ¿Así habrá sido la mujer de Prudencio Luján?
¿Y si llamo al doctor Tumba para que nos dé una mano? Es amigo de Mariana. Hace unos días vine a recoger unas placas y estaban que me paseaban de aquí para allá, que falta esto, que falta lo otro, que la chucha del gato, que no es el único paciente hasta que Mariana se acordó que tenía un amigo en el Almenara y lo llamó, nos encontramos, fuimos a Radiografía y en cinco minutos me las entregaron.
Al viejo le han hecho un drenaje biliar. Tiene las vías biliares obstruidas, por eso el color amarillo de su piel: no puede evacuar la bilis.
Espero, los minutos pasan y la técnica no regresa. ¿Y si no consigue esa ambulancia?
Papá entró al quirófano a las nueve de la mañana y ya son las diez y cuarto. Le vamos a insertar una sonda para que evacue la bilis, me dijo el médico que le iba a hacer la operación, una operación de media hora que me ha costado varias idas y venidas entre el hospital de Vitarte y el Almenara: el médico solo había puesto la fecha y la hora de la operación en la hoja de cita y en Vitarte querían que ponga su sello y firma, sino no podemos trasladar al paciente, pretextaban. Allá saben que es suficiente, me dijo el doctor, cuando al fin lo pude ubicar y le expliqué mi problema. Cómo les gusta perder el tiempo.
Claro que les gusta perder el tiempo, y que uno lo pierda como si uno se estuviera rascando los huevos. Hace unos días llegué justo a la hora que cerraban Patología para recoger unos resultados. La que atendía me mandó a Informática porque la impresora estaba ocupada imprimiendo sus horarios de trabajo. En Informática me dijeron acá no damos los resultados de Patología, ¿por qué te han mandado? Volví a Patología. La señorita me dijo vuelva usted mañana, pero más temprano. ¿No me lo puede enviar a mi correo y lo imprimo en mi casa? Está prohibido hacer eso, señor, me dijo la flaca. ¿Prohibido si es un simple papel que ni sello lleva? La mierda cerró su ventanilla como respuesta.
El viernes fue peor: trajeron al viejo para una cita pero nadie se dio cuenta que la cita era recién el otro mes. Todos se confundieron porque los días y las fechas de febrero y marzo coinciden. Menos mal que ese día Mariana fue la que estuvo acompañándolo. Menos mal que la gasolina de la ambulancia no sale de nuestros bolsillos.
Me arden los pies y no hay dónde sentarse. Somos seis hijos, pero solo Mariana y yo estamos en todo este trajín. John está en la casa, pero como no tiene ni para un pan…
La técnica regresa. Me dice que consiguió la ambulancia. Me encontré con una amiga y ella les dijo a los de arriba que es para un familiar. Ahora sí nos vamos.
Le doy las gracias. ¿Darle para su gaseosa? Está que suda copiosamente…
Suben al viejo a la ambulancia y nos ponemos en marcha. Este vehículo sí está equipado con todo, el otro no tenía ni una curita, menos un tanque de oxígeno. Nos acompaña una ¿doctora? Viste de celeste. Ella y la técnica hablan de ambulancias, que la mayoría son chatarra nomás porque se les terminó la garantía y ya no hay repuestos en el mercado. Así Alan quiere inaugurar un hospital cada mes, dice la de celeste. Con pura chatarra. Rajan de los apristas corruptos que han copado el Seguro y tienen sueldos fabulosos.
El viejo sigue dormido. Ni el zangoloteo del vehículo lo despierta. A veces la de celeste le mide la presión.
¿Cuántos años tiene tu papá?, me pregunta.
El ocho de marzo cumplirá ochenta y dos años, señorita.
Ha vivido bastante.
Mmm.
Ojalá que vivamos siquiera hasta esa edad, dice la técnica.
Tú, no creo, le dice la de celeste. Uno de estos días te da un infarto, y te nos vas. Tu peso no me gusta.
Tengo que hacer dieta, dice la técnica. Por lo menos tengo que bajar veinte kilitos.
Hazlo pronto antes que te bajen a tierra, le dice la de celeste.
Hasta yo río.
La gente antigua vivía más, dice la morena.
Mmm, murmuro. Pienso en Pelusa, Lube, el Loquito Montes, Héctor Pocco, Óscar Lazo, Fernando Chávez, Gilberto Ávalos, Rafael Molina, amigos de mi edad que ya han muerto. También en Delia, Miriam Cruz, Marina del Mar Arroyo. Es un milagro que esté vivo. ¿Pero hasta cuándo?
La de celeste aparta parcialmente la sábana que cubre al viejo. Allí está su pecho lleno de llagas. Si estuviese despierto no se lo dejaría ver. Siempre ha sentido pudor de mostrar esas cicatrices que se hizo en Pisco cuando trabajaba en una panadería. Le han puesto una sonda para que evacue la bilis, me dice, palpando la manguerita que le han insertado a papá debajo de las costillas de la derecha y que termina en una bolsa donde ha empezado a juntarse un líquido oscuro como aceite quemado. Cuando la bolsa se llene, lo vacias en un recipiente limpio para que no le vaya a entrar ningún germen.
¿Y hasta cuándo estará así, señorita?
No sé… quizá meses, años. Si le han puesto esa sonda, es que su vesícula biliar no está funcionando bien. Pregúntale a su médico cuál es la razón de eso. Sin su historia clínica, no te puedo ayudar mucho.
Ya, señorita. Gracias.
La ambulancia sigue su marcha dando saltitos por la pista llena de cráteres.
El viejo abre los ojos por un segundo.
Ya vamos a llegar, pá, murmuro mientras le acaricio la calva, las mejillas. Sonríe y cierra los ojos. Ojalá que de esto también salga bien librado, pienso, contemplándolo, sintiendo bajo mis dedos la piel lisa de su calva. ¿A qué edad empezaría a perder el cabello? Lo recuerdo siempre con un sombrero o con esas gorras, como las que se ponía Neruda, cubriéndole la cabeza. Alguna vez me pidió que le arrancara con pinza los pocos pelos que le empezaban a brotar. Eran unos cabellos gruesos, oscuros y parados como espinas.
El calor es sofocante dentro del vehículo a pesar que el pequeño ventilador gira sin pausa. Está tan herméticamente cerrado que ni el ruido exterior se filtra. Es como si estuviéramos en un cajón. Ni sé dónde estamos porque la pintura que cubre las lunas apenas me permiten ver una línea de casas a la altura de mis ojos.
¿Cuándo le darán de alta?, pregunto.
Eso lo dirá su médico, me dice la de celeste. Pero me imagino que pronto.
Ojalá, pienso. Estamos once de febrero. Ya lleva diecinueve días internado. En la casa lo extrañan sus nietos, lo extrañamos nosotros. Yo ya ando cansado de estar yendo y viniendo de los hospitales. ¿Cuántos días estuvo el año pasado en el San Isidro Labrador? Menos de un mes, creo. Pero no era verano, no hacía este calor de mierda.
Faltan nueve días para el cumpleaños número cuarenta y ocho de Juan Ignacio. Hace cuarenta y ocho años el viejo estaba a punto de cumplir treinta y cuatro años, diez más que John cuando tuvo su primer hijo, siete menos de los que yo tengo ahora. Seguro estaría contento, feliz, dichoso de ver a su mujer con una enorme barriga redonda como una luna. Pero la dicha apenas le duraría un poco menos de ocho meses. Hace cuarenta y ocho años también su tía María Villanueva estaría planificando su venganza, haciendo sus misas negras, invocando al diablo.
Nos detenemos un rato en un atasco de vehículos. La técnica suda como si estuviese en una sauna.
Faltan cuatro días para el cumpleaños de Diego, diecisiete para el de la vieja, un mes para el de Nacho. Es curioso, pero la mayoría de los Gastelú han nacido en el verano: Mariana el 30 de diciembre, Flora un día después –faltó un poquito para que el viejo acertara en el mismo día–, John el 21 de enero, Cristian el 3 de febrero, Diego el 15, Juan Ignacio el 20, la vieja el 28, el viejo el 8 de marzo, Nacho el 11, Nela el 17, Bere el 26 y, si no me equivoco, uno de los hijos de John es de febrero o marzo. ¿Tanta coincidencia será casualidad? Como para hacer una fiesta todo el verano… sin mí, porque yo nací en junio, con lluvia y neblina.
La ambulancia da una vuelta casi completa. Fijo que estamos en el parque que hay frente al hospital. Ya vamos a llegar.
Unos minutos después, entramos al hospital de Vitarte. La de celeste nos ayuda a llevar al viejo hasta su habitación. Le doy las gracias.
De nada, me dice. Cuídalo bastante.
El viejo sigue dormido. A su costado cuelga la bolsa para la bilis.
En el parque del frente un grupo de chiquillos persigue a unas chicas globos de agua en mano. También tienen latas de betún. Las chiquillas chillan como locas. ¿Dónde estarán esos carnavales cuando perseguíamos a Marisela, a Emperatriz, a Verónica para agarrarles las tetas con el pretexto de embadurnarlas con betún y talco?
Buenos días, señor, ¿es usted pariente del paciente Juan de Dios Gastelú Luján?
Sí, señorita. Soy su hijo.
Me pregunta mi nombre y lo apunta en su tablero.
Soy la doctora Burga, señor Harol Gastelú, me dice la mujer, vestida de blanco, extendiéndome la mano. ¿Podemos conversar en mi oficina?
Claro, doctora.
Vamos al último piso, donde tiene su oficina.
Lamento mucho tener que comunicarle que su papá tiene un cáncer irreversible a las vías biliares, señor Gastelú Palomino, me dice, de sopetón, dejándome cojudo. Estamos sentados frente a frente. Hace una pausa como para que asimile el golpe.
¿Qué va a tener cáncer si él no toma, no fuma, no come comida chatarra, doctora?
Ahora el cáncer es una enfermedad común, señor Gastelú.
¿Y no hay nada que se pueda hacer por él?
Lamentablemente, no. Su neoplasia está en una fase avanzada.
Un escalofrío recorre mi cuerpo de la cabeza a los pies.
Entiendo, doctora, le digo, todavía incrédulo. ¿Qué más le puedo decir? ¿El clásico cuánto tiempo le queda de vida? ¿Reclamarle por qué chucha cuando lo operaron hace dos años el hijo de puta del doctor Flores no le extirpó el “tumorcito” que tenía? ¿Que por qué diablos me mintieron cuando me dijeron que ese tumorcito crecería en veinte años, que antes se moriría de otra cosa?
Vamos a trasladarlo a la clínica Santa, me dice. Veo que ustedes viven cerca de allí. Será más cómodo para que lo visiten y su papá estará mejor atendido.
Gracias, doctora.
Me hace firmar unos documentos para autorizar el traslado del viejo.
Le doy la mano y salgo de su oficina. Bajo las escaleras como borracho. Me meto al baño y allí lloro como lloré cuando mamá murió.
¿Se siente mal?, me pregunta un tío que acaba de entrar a orinar.
A usted qué chucha le importa, me dan ganas de decirle.
Me acaban de decir que tengo cáncer, le digo, secándome las lágrimas.
¡Putamadre!, exclama, mirándome con lástima, como se mira a un condenado a muerte, con el pájaro en la mano, orinando en el piso. Lo siento mucho.
Salgo del baño.
Me encuentro con mi tía Griselda. Le digo que su hermano está internado hace más de dos semanas.
¿Qué tiene?, me pregunta.
Todavía no lo sabemos, tía, le miento. ¿Decirle la verdad para que le dé un infarto? La tía también está mal de salud.
Le voy a decir a Kathy para que venga, me dice.
Ya, tía.
Nos despedimos y regreso donde el viejo. Lo contemplo. ¿Cáncer a las vías biliares? ¿Por qué? ¡No, no creo eso! Su Dios no puede ser tan cruel…
Abre los ojos.
¡Pá!
Arolín, murmura.
Le acaricio la calva, las mejillas.
¿Cuándo voy a ir a la casa?
Dentro de poco…
¿Y esto?, se fija que tiene una sonda. ¿Qué es?
Es para que evacues la bilis. Ya no te picará el cuerpo…
¿Cuándo vamos a ir a Chincho?, me pregunta. Allá me curaré. Allá el agua es limpia, el aire es puro.
En cualquier momento, pá…
¿Puedes leerme un poco la Biblia, Arolín?
Claro, pá.
Abro la Biblia al azar.
Los justos mismos poseerán la tierra, leo, y residirán para siempre en ella.
Salmos 37: 29, dice.
Siempre he admirado esa capacidad suya que tiene para memorizar capítulos, versículos, para citar pasajes enteros de la Biblia. ¿Cuántas veces la habrá leído en más de cuarenta años de ser Testigo de Jehová?
Me repite las pruebas a las que ha sido sometido por estar en la religión verdadera. Lo escucho en silencio, ¿qué más podría hacer yo?
Se duerme. ¿Debe un hombre bueno morir?, me pregunto, sin poder contener las lágrimas.
No estés así, me dice una voz de mujer, poniendo sus manos sobre mis hombros.
Es la enfermera amable. Apenas si la reconozco con ropa de calle y el cabello suelto.
Estoy saliendo de turno. ¿Me aceptas un café? Ya que tú nunca me invitas…
Miro al viejo, la miro.
Deja que descanse, me dice. Vamos.
Salimos del hospital. Vamos por la avenida Central. Cruzamos Plaza Vitarte. Salimos en Calle Nueva. Entramos a una pizzería.
Siempre vengo aquí con mis amigas a tomarnos un café, a comer pizza, dice la enfermera. O a tomarnos una sangría de vez en cuando.
Qué bien.
Vienen a atendernos.
¿Una sangría o un café?
Una sangría, le digo, pensando en emborracharme.
¿No quieres una porción de pizza?
No, gracias. No tengo hambre…
Pide nomás que esta noche invito yo.
No es por eso, solo que no tengo ganas de comer…
Ya sé lo de tu papá, me dice.
¿Cuánto tiempo le queda de vida?, le pregunto.
Cómo saberlo, me dice. Tu papá cree en Dios, quizá pueda ocurrir un milagro…
¿Un milagro a estas alturas? No creo. Si está así, es que a su Dios no le interesa lo que le pasa.
No digas eso.
¿No lo pueden operar? ¿No conoces a un médico que lo ayude? Él no es malo, no merece morir…
Todos vamos a morir algún día… No llores.
Me acaricia las manos.
Recuerdo las palabras de Pía Vittery: todos cumplimos nuestro ciclo. Quizá el viejo ya cumplió el suyo…
Voy a ver qué hago por él.
Gracias… ¿Cómo te llamas?
Grace. ¿Tú?
Harol, le digo. Tengo ganas de decirle tienes nombre de princesa, pero no lo hago.
Se echa tres cucharaditas de azúcar en su taza. Le quiero decir te estás matando, pero tampoco lo hago.
Tienes que seguir, pensar en ti, en tu propia familia.
Él es la única familia que tengo…
¿Tu mamá?
Murió hace casi cuatro años.
Lo siento.
Gracias.
¿No te incomodas si me pido otra porción de pizza, Harol?, pregunta Grace. Es que vivo sola y me da flojera cocinar de noche.
Claro que no. Pide nomás.
¿Tú no quieres uno?
No, le digo, bebiendo.
¿Por qué no te has casado?
Porque soy gay…
Me mira, seria. El rubor se apodera de su rostro.
Bromeaba para no llorar, le digo. Disculpa.
Lo dijiste tan serio que te lo creí.
Río. Ríe.
Le cuento de ese mal matrimonio de mi hermano.
Todos cometemos errores en nuestras vidas, Harol.
¿Cómo yo no los he cometido?
Serás un hombre perfecto…
No es eso, sino que, antes de hacer algo, yo sopeso sus consecuencias.
Es que no todos tenemos esa virtud, dice Grace, comiendo un pedazo de pizza. Tu papá siempre anda presumiendo que tiene un hijo escritor. ¿Tú eres ese hijo?
Mmm.
Tu padre te admira.
Esa admiración me lo he ganado a pulso. Su hijo favorito era mi hermano John, hasta que se casó y convirtió en infierno su vida y la de mis padres.
A veces pasa eso. ¿Y qué haces, aparte de escribir?
Doy clases de arte.
¿En dónde?
En el Inei.
¿En el Inei 46? ¿El que está a un paso de acá?
Sí.
Wao, ese colegio es bien bravo. Siempre se agarran a pedradas con los de la Común. El otro día casi le sacan el ojo a un viejito.
Mmm. Parece una sucursal de Maranguita.
Así dicen en Vitarte. Todo el mundo le tiene miedo a los ineínos.
Es que son unos diablos.
Te volverán loco.
Sí. Si por mí fuera, los tiraría a los leones.
Grace ríe.
Nunca más pasaré frente al Inei, dice.
No tienes que pasar por allí.
Es que vivo en Tahuantinsuyo.
¿Sí?
Sí.
Le cuento que mis padres vivieron allí, la razón por la cual tuvieron que vender la casa y marchar a la sierra.
El mundo es pequeño.
Mmm.
¿Una sangría más?
Claro.
Casi a las diez, salimos de la pizzería. Pasamos frente a la comisaría y a la municipalidad, cruzamos la Plaza de Armas, doblamos como quien va para la Ugel pasando frente al Inei que parece un cementerio sin el bullicio de los pirañitas. Ojalá que las vacaciones duraran un año.
¿No quieres pasar un rato?, me pregunta Grace. Estamos en la puerta de la casa donde vive. Se nota que está mareada.
Le digo que no, que mañana tengo que ir tempranito al Almenara a recoger unos resultados.
Ah, bueno, dice, media molesta. Cualquier cosa me buscas nomás.
Le doy las gracias por todo y me marcho.
Antes de ir al paradero, recorro las calles de Tahuantinsuyo donde pudimos haber seguido viviendo si no fuera por culpa de las brujas. Es un mejor lugar que La Realidad. Y está a un paso del Inei.
Cuando en la casa me preguntan cómo está el viejo, solo digo que le han puesto una sonda para que evacue la bilis. Cómo voy a decirles que tiene cáncer si ni yo me lo creo.
Continúo revisando los papeles del viejo. Encuentro una carta dirigida al gerente de la FAM:
Señor Gerente de la Fábrica de Aluminio y Metales, “FAM”.
Me es grato de dirigirme á Ud. muy respetuosamente, a su digna i distinguida persona, que tán dignamente preside el alto cargo en dicha empresa.
Sr. Gerente, el presente sulicitud es para ponerle en su conocimiento de Ud. en la Asociación Mutual y de Crédito para Vivienda Tahuantinsuyo, Vitarte; lote N° 26, vengo construiendo modestamente una vivienda propia, pero lamentablemente no puedo concluir la obra por falta de recursos económicos, en tal virtud recurro ante Ud. para solicitarle la suma de $.16,000.00 soles oro, un adelanto a cuenta de mi endimisación que necesito con urgencia favor que le agradeceré infinitamente, y, para mayor constancia irá a ver la obra la señorita de la “Asistencia Social”.
Sr. Gerente, le ruego á Ud. acceder me petisión por ser de justicia social, como quiera es caro anhelo de tener una casita propia de cada uno de sus trabajadores, por que el alquiler de las casas está demasiado elevado.
Sin otro particular aprovecho la oportunidad, para reitirarle los sentimientos de mi mayor consideración y estima personal.
Dios guarde a Ud.
Vitarte, 18 de Agosto de 1,966
Sub-Secretario General, del Sindicato de Trabajadores “FAM”.
Tarjeta N° 110
Juan D. Gastelú Luján.
La carta está escrita a máquina. La firma no se parece en nada a la del viejo.
Agosto de 1966, ¿cuánto faltaba para que vendieran la casa y marcharan a la sierra? ¿La casa estaba a medio construir cuando la vendieron?
Encuentro otra carta, con los bordes carcomidos por la humedad, donde el viejo endurece su posición, aunque pide menos dinero de lo que pidió inicialmente.
Señor: Willi Fraeitog
Gerente de la Fábrica de Aluminio y Metales, “FAM”.
Me es grato dirigirme a Ud. muy respetuosamente, a su digna i distinguida persona que tán dignamente preside el alto cargo en dicha empresa.
S.G. el presente solicitud es para ponerle en su conocimiento que; en la Sociedad para Vivienda Mutual y de Crédito Tahuantinsuyo, Vitarte vengo construyendo modestamente una vivienda propia, pero lamentablemente no puedo concluir la obra por falta de recursos économicos, en tal virtud recurro ante Ud. para solicitarle un adelanto a cuenta de mi endimisación la suma de $.12.000.00 soles oro, con urgencia que le agradeceré infinitamente, y, por otra parte S.G. me encuentro sumamente mal de mi salud hace tres años, en el Seguro Social Obrero me hecho chequear durante un tiempo sin conseguir mejoramiento hasta la fecha, los motivos les explicaré a la señorita de Asistencia Social para que constate mi caso.
S.G. í, en un caso contrario que no accediera mi petisión, pido me retiro en forma definitiva en un plazo de 15 días conforme nuestros pactos con el sindicato.
Para los areglos consiguientes es nombrado el Abogado Dr. Julio García Olano, Edificio Lexington, Jr. Apurimac N° 337 Oficina 5 C Quinto Piso, Teléfono 76908 Lima.
Sin otro particular aprovecho la oportunidad, para expresarle los sentimientos de mi mayor consideración y estima personal.
Dios guarde a Ud.
Vitarte, 28 de Octubre de 1,966
Sub-Secretario General, del Sindicato de los Trabajadores, “FAM”
Juan D. Gastelú Luján
No ha firmado la carta. ¿La llegó a mandar? ¿Mandó la primera y no le hicieron caso? Aquí amenaza con renunciar, hasta nombra a su compadre Julio García como su abogado. También menciona por primera vez esa enfermedad inexplicable que lo aquejaba por esos años. Tendría que buscar a su compadre y preguntarle qué papel desempeñó en la renuncia de mi padre a la FAM. El hombre está en Ica, hace más de diez años el viejo y Mariana fueron a buscarlo, pero el encuentro fue tibio y apenas duró unos instantes porque su compadre se iba a trabajar. Ahora debe estar jubilado, me imagino que será mayor o menor que el viejo solo por algunos años. Cuando fuimos hace dos veranos ni lo mencionó.
Sigo revisando los papeles, quitándoles el polvo, dándoles una rápida ojeada.
Encuentro una carta chiquita de mi tío Maximiliano Luján dirigida a mi padre. Está escrita a máquina y tiene un gran corte hecho por las polillas que menos mal no han tocado el texto.
Vitarte 23 de Febrero de 1967
Sr. Juan D. Gastelú Luján Chincho
Mi querido y estemado Primo, le deseo que la presente carta te incuentre gozando de lo más perfecta de tu salud en union de tus queridas famelias de tu Casa y mas familiares que les rodea en esa.
Después de saludarte muy cariñosamente paso a comunicarte los siguientes reglones; Pues primo sobre del Terreno ya te y indecado en la carta anterior que ley mandado con el portador Guillermo Galvez su esposo de la prima Abendina Quispe Gastelú. Pues Primo, segun a su carta y resibido el dia miercoles 22 te mando un giro la suma de trecientos soles oro $.300.00 para tus gastos del pasaje, con la Ajencia ETASA.S.A. reciba conforme primo nada mas te dego por haura primo y mi despido con afectos y saludos la que te estema de todo corazon su primo ATTO.S.S.
Maximiliano Luján Gastelú
Esa es la carta de mi tío Maxi, que escribe peor que mi papá. O sea que para febrero de 1967 los Gastelú ya estaban (no me incluyo porque todavía faltaba más de un año para mi nacimiento) en la sierra. ¿No le dieron el préstamo en la FAM y mi papá renunció? El tío Maxi hace mención de un terreno. Alguna vez papá me dijo que pensaban comprar una chacra a medias, pero la Reforma Agraria les malogró los planes. Lo que hizo llegando a la sierra fue alquilar una chacra, comprar animales y empezar a sembrar alfalfa y cebada. Siempre le decíamos por qué mejor no compró una casita en Huanta y puso un negocio. María era mala para los negocios, decía.
El tío Maximiliano murió hace casi diez años, así que no puedo preguntarle nada.
Encuentro otra carta fechada exactamente un mes después.
Señora:
Maria Palomino de Gastelú.
Me siempre querida y estimada esposa, te deseo de todo corazón que la presente carta te halle gozando de lo más perfecta estado de salud en unión de nuestras pequeñuelas, í nuestros padres, hermanas y hermano, y, más familiares que les rodea en esa.
Después de saludarte caroñozamente paso ha decirte los siguientes, querida Mari yo estoy bien de salud hasta el momento por la divina providencia de nuestro salvador, solo extraño profundamente de Uds. especialmente de mis hijitas, te pido por favor que no lo hagas llorar en mi ausencia, yo sé mis pequeñitas estas haciendo llorar, te pido por favor que tengas pasencia con ellas, ya vendrá tiempos mejores para Uds. cuando nuestro Señor mi cure de mis males, por otra parte mi viaje todavía no se sabe cuando voya llegar allí, iba viajar a Pisco a areglar con Tomás, resulta en la carretera Pisco se ha malaogrado un puente y no hay pase posiblemente va demorar un poco, no se puede areglar las cosas rápido por los malos tiempos, haveces hasta pienso vender la casa de una véz yo ya vere como areglo las cosas, ó si no ya buscaré mi trabajo en cualquier sitio para pasar nuestras vidas, tenemos que tener un poco de paciencia ambos, la casa tambien ha estado hecho un laberinto tuve areglar de nuevo las cosas en realidad me está dando dolor de cabeza, de puro rabia voya vender yo sé en cualquier sitio vamos consiguir con el tiempo espero sanar nada más bien y de nuevo me pondré trabajar como todo un hombre para que nadies se ría de nosotros, yo confio en Dios nuestro Salvador, todo haré por mis hijas por que ellas la que necesitan cuidado en su educación, no quiero que sufran mañana más tarde como yo y yo mi sacrifico será por ellas para que sean más gentes por que en hoy dia la educación lo que vale.
Maria no te preocupes amor mia por mi aunque subro por momentos aquí en la ausencia de Uds. me conformo con la esperanza de regresar a tus lados como un padre, y estrechartes entre mis brasos y sentir las carias de mis pequeñitas hijas, dirán que yo no subro en la ausencia de Uds. pero nada se puede remediar con llorar yo siempre hé sido bien machote, tendremos que luchar contra el corriente se no nos lleva el agua nueva.- Maria aqui te mando los $.100.00, soles, seguro ya no tienen para comprarse algo, dice mi prime Olimpia don Melqueadez Valencia ha reclamado el giro que mi mando mi primo Maximiliano Luján, ya les hé mandado 3 cartas ya con esta para que reclame mi papá Julian la plata son $.300.00, soles, de lo cual les he dicho para que pague a don Estanislao Rejano $.100.00, soles, que me prestó en Chincho, tienen que contestarme Mari, para reclamar aquí a la Agencia E.T.A.S.A.
Reciban muchos saludos y fuertes abrasos por mi parte todos de la casa, y los mismo reciban muchos saludos por parte de Anacleto y familia, ya iremos juntos con ellos.
Vitarte, 23 de Marzo de 1,967.
Att. y S.S. Juan D. Gastelú L.
No entiendo a mi viejo: ¿vender la casa de pura rabia? ¿No la vendieron antes de irse? ¿Llegaron a la sierra, el viejo alquiló un terreno y con la misma se regresó a Vitarte?
Encuentro otra carta de mi tío Maximiliano.
Vitarte 23 de Diciembre de 1967
Señor:
JuandeDios Gastelú
Huanta acienda Cangare
Me estimado y querido primo, les deseo que la presente carta que les encuentre gozando de lo más perfectade tu salud en compañía de tu querida esposa e hijas y de mas familiares que les rodea en esa.
Aque nosotros quedamos bien de salud y sen la menor novedad con el fabor de Dios hasta haura. solo extrañandola presencia de todos Uds.
Despues de saludarte muy cariñosamente paso a decirtelo siguiente.
Pués querido primo lo que no s ha inbiado su cariñosa carta con la fecha 16 de Noviembre de 1967 del mes pasado, en cual mi havias comunicado sobre de la Casa, pues primo de cual yo y combersado con el Sr. Aranda y señora con los dos de cual yo le manifistado segun de la carta de cual y preguntado cuando podria cacelar la suma restante y él haria posible a meriado del mes de Enero hace mi ha dicho, pues primo decique Usted ya habia dicho al Sr. Aranda que ya no eva vender y enclusive evas debolber su plata poreso el ya no se preucupaba de la Casa unico él estaba esperando que debuelbas su plata, y haura él se surprendio cuando y echo ber la carta y si es hacé hare posibles de conceder la plata y cancelar a meriado del mes de Enero , .
Pues primo Ud. mandeme una carta si Ud. mismo va arreglar o conmigo con el Sr. Aranda podemos jirarte la plata en cuanto arreglemos , Ud. mandarias una carta al Sr. Aranda indicando para arreglar conmigo o tambien si tienes tiempo Ud. mismo podrias benir pero antes de esso mi comunique s en que fecha puedes benir y tanto yo tambien te comunicaré poniendome de acuerdo con el Sr. Aranda sino puedes benir por gusto Tambien eso contestame bien claro con Usted mismo ban arreglar o conmigo podemos arreglar, esto espero la respuesta lo mas pronto posible para ponerme contacto con el señor Aranda, espero la respuesta enmidiata con las personas que regresen o por la agencia de E.T.A.S.a.
Me despido hermanito sin más que decirle tu primo que te quiere de todo corazón, ATT.S.S
Maximiliano Luján Gastelú
reciban muchos saludos y abrasos fuertes de Zenovia y demis hejitas de Nancy y Sonia y de tu tia Tiófila y de tu sobrino Juán y de Marcelino y de Olimpia y Yola y Jorge y de mi cuñado Marcelo G. y de todas las famelias de aqué.
muchos saludos para Maria y para Carola y Nadiy y para todas la s famelias por alle
Nota, Lis deseo que pasen Feliz Pascua y próspero Año nuevo de 1967
Otra vez la casa, ¿tanto empeño en venderlo? ¿Estaría embrujada o qué?
Carolina me llama para preguntarme cómo está papá.
Lo van a trasladar a la clínica Santa, le digo. ¿Decirle que tiene cáncer? Mejor no, podría morirse de la impresión. Ella y Mariana adoran al viejo. Además, todavía no me creo eso de que el viejo tiene cáncer. ¡Es imposible! Su Dios no puede ser tan malo para darle un final así. Un final doloroso, cruel…
Allí es para que se muera, me dice, recordando que hace muchos años hizo en esa clínica sus prácticas de enfermería y veía cómo morían los viejitos.
La doctora me dijo que es para que esté mejor atendido, le digo.
Ojalá, me dice.

La agonía de Juan de Dios (6)



El techo sin tarrajear, las paredes igual, la ventana sin cortina, la luz del poste que se cuela y no me deja dormir, un trapo colgado en la puerta por donde se meten los perros y gatos para comerse mi comida y llevarse mi pan. Mi ropa colgada en un tubo, cubierta con un plástico para que no se llenen de polvo. El baño lejos, sin puerta, sin mayólica, sucio. Por gusto hemos tenido tantos hijos, decía María. Solo para que nos amontonen los nietos, nos traigan problemas y nos hagan pasar vergüenza. ¡Ah, si lo hubiéramos sabido nos habríamos quedado solos después de la muerte de Juan Ignacio! Juan Ignacio, cuarenta y ocho años sin mi hijo, casi cincuenta años de conocer a María. Qué rápido ha pasado el tiempo. ¿Tantos hijos para qué? Me voy a hacer hombre, decía John cuando se casó con Emilia. Han pasado dieciséis años desde que metió la pata. No tenía ni dónde caerse muerto y ahora está peor: acaba de llevarse un buen pedazo de mi papel higiénico. ¿Para eso se casó, para no tener ni con qué limpiarse el culo? Yo a los treinta y nueve años ya tenía mi trabajito seguro, tenía mi casita, no andaba molestando a la familia, y eso que solo tenía mi primaria completa. Estos hasta han ido a la universidad y están más cagados que uno. De mi pensión tengo que dar para que coman los nietos, pagar el agua, la luz, los arbitrios. Tanto romperme el lomo por los hijos para terminar almorzando en el comedor popular o recibiendo las migajas que me alcanzan sin voluntad. ¿Cómo no me voy a enfermar así? ¿Por qué tuviste que morirte, María? Si hubiera sido otro padre los habría puesto de patitas en la calle después de toda la vergüenza que nos han hecho pasar. ¿Acaso Ricra educó a sus hijos a pesar que es catedrático? No, solo les dio su secundaria y punto. Los mellizos están de vendedores de gas, y eso que eran bien inteligentes. ¿No le dará vergüenza que sus hijos no sean nada? Qué le va a dar si ni cree en Dios. Una vez le tocamos la puerta con el hermano Manchego y de frente nos preguntó si nosotros habíamos visto a Dios. No quería entender nuestras explicaciones. Era peor que Tomás. Ya me reiré de ese incrédulo el día del Juicio Final. ¿Y Vásquez?: peor, se ha construido un edificio y sus dos hijos se ganan la vida como pueden. Su hija estuvo una vez tuberculosa. Igual los Galdós: el viejo era contratista picapedrero, ganaba buena plata, y todos sus hijos se quedaron burros, hasta se volvieron terrucos, la menor está de motoxista como si fuese hombre. El viejo está peor que yo, hasta recibe vaso de leche, yo siquiera tengo mi pensión. ¿Y Bendezú?: si no fuera por Vitaliano, que se casó con Fela, y les dio trabajo a todos los negritos, ahorita estarían estirando las manos por un pan o trabajando como monos en los circos ambulantes. Hasta en la cárcel estuvo Roberto. ¿Cuántos maridos habrá tenido Cucha? El viejo brujo prefirió buscarse una amante en lugar de educar a sus hijos. Somos primos también, para mi mala suerte. Esos deben ser descendientes directos de la mujer de Prudencio Luján… Pero por cojudo John está así: era el más inteligente de la familia, siempre sacaba diploma de aprovechamiento y conducta, fue el primero de los Gastelú Palomino en ingresar a la universidad, tenía un futuro brillante, sus profesores pensaban que iba a ser abogado o ingeniero. Hasta que se metió con Emilia, una floja buena para nada. María tenía razón cuando decía que esa mujercita iba a ser la desgracia de nuestro hijo. Yo pensaba que porque era una hermanita espiritual iba a hacer feliz a nuestro hijo. Pero el huevón ese también tiene la culpa: desde el comienzo le iba mal y a pesar de eso se llenó de hijos. Claro, para cachar no se necesita ser inteligente. Por una chucha se cagó la vida. La puta esa se buscó un cojudo que la mantuviera. Por gusto es profesora de inglés. Por eso Arolín no es sonso: ¿para qué me voy a casar, papá, para mantener a una floja solo porque me abre las piernas? Como sea terminó su carrera, haciendo trabajitos de jardinería, de electricidad, pintando, dando clases particulares. Ni bien terminó sus estudios sacó su título, buscó trabajo en el Estado y se nombró como quería su mamá. Aunque tampoco le fue fácil porque sufrió tres años como contratado y se tuvo que ir cinco años a Villa María del Triunfo. Pero ahora gana su sueldo tranquilo, sin preocuparse en dónde trabajará el siguiente año, si lo contratarán, si encontrará un director que no sea corrupto como Tucto del Túpac Amaru o la gorda Mamani del López Albújar. Es el único hijo que nos ha dado alegrías: le gusta escribir y a veces gana una platita en los concursos y nos vamos a pasear, una vez me llevó a Pisco, Chincha, Ica, Palpa; siempre nos lleva a comer al Norky’s o al chifa Chang, me da mi propina de vez en cuando, me ayudó con mi diente postizo porque se me perdió la plata, le compra sus útiles a Nacho y Diego, todos los días les da su propina para que se vayan contentos al colegio, les compra sus ropas, los lleva a la playa, a la piscina. ¿Por eso Mariana y Carolina odiarán a esos chicos? ¿Por eso Mariana lo odiará? ¿Por eso le dirá que es un cojudo? Seguro quiere que se busque una mujer para que le vaya peor que a John, ¿no? Si lo viera cagado como a John haría fiesta. ¿Por eso le hacían la vida imposible a su pobre madre? No se dan cuenta que tienen hijos, que el mundo da vueltas; tanto que Mariana les decía putas, perras a Dora y a Flora y al final tuvo una hija con un ingeniero de medio pelo encima casado a quien nunca he visto… Por su culpa nos tuvimos que ir a Cocachacra cuando Dora salió embarazada. Jonás quería que botara a mi hija, ¿a dónde iba a ir la pobre si la familia de Petete tampoco quería saber nada de ella? ¿Acaso cuando el hijo de puta ese embarazó a Carolina les dijimos váyanse de mi casa? Les dimos un rincón en nuestra choza para que durmieran. María fue la que lo agarró a zapatazos obligándolo a que fijara la fecha de la boda, a que viniera su familia a pedir la mano sino lo iba a denunciar por violación. ¿Por eso lo odiaría? Quizá nunca olvidó esos zapatazos. María sí que era bien brava. Una vez también hizo lo mismo con el negro Eduardo Bendezú cuando me quiso pegar. A Vásquez también le paró el macho cuando se quiso meter a nuestro terreno… Dora apenas tenía diecinueve años, Petete estaba en Lurigancho, era la menor de nuestras hijas. John nos consiguió ese trabajo para cuidar el terreno de Fernández… ¿se llamaba Jesús? Era policía, buena gente, a veces hacía otros cachuelitos como partir las piedras para limpiar el terreno y me ganaba una propina extra… Dos cuartos de adobe al lado de la pista, el río cerca, el terreno lleno de paltos y plátanos, nunca en mi vida comí tanta palta como en Cocachacra… María, Dora y yo, parecía como si estuviéramos en Cangari, en las noches los zancudos no nos dejaban dormir, de día los mosquitos jode y jode… Nuestra hija embarazada… María y Dora siempre se iban a caminar hasta San Bartolomé, el ginecólogo le había dicho a Dora que caminara bastante para que dilatara con más facilidad cuando le tocara dar a luz porque era chiquita… Fernández me había dado una escopeta con solo dos cartuchos, ¿sabe manejar arma, don Juan de Dios? Claro que sé, antes tenía pistola, tenía una escopeta que se llevó Anacleto para matar un puma que se estaba comiendo sus animales pero ya no me lo pudo devolver porque empezó la guerra en Ayacucho y dicen que lo tiraron al río, o lo enterraron para que los terrucos no se lo decomisaran… ¿Pero quién le iba a robar a dos viejos y a una chica embarazada? El pueblo estaba lejos, el lugar donde estábamos se llamaba Río Seco, me acuerdo ahora, Cocachacra era el pueblo y estaba más abajo, María iba a veces por el pan, o yo, a veces llevaba de Chosica bizcochitos y galleta de agua para toda la semana, no había agua ni luz, agua íbamos a recoger a un puquial cerca del túnel, era límpida el agüita… La escalera para subir al terreno de Fernández lo construí yo… ¿Eso fue en?… 1996, en enero, seguro, estuvimos hasta mayo, Nacho nació el 11 de marzo en Bravo Chico… Jonás se compadeció de nosotros y nos dio una mano, don Fernández me prestó cien soles, o me pagó adelantado, ¿cuánto me pagaba al mes?, ¿ciento cincuenta o doscientos soles?, pero en ese tiempo alcanzaba para algo, al menos allá estábamos lejos del odio de Mariana… Las noches oscuras, el zumbido de los zancudos, el chirrido de las llantas de los camiones al doblar la curva, era verano y llovía con intensidad igualito que en Cangari… Una noche perseguí en Cangari a unos jarjachos, María y las chicas estaban en Huanta, ¿ya había nacido Arolín? Jarr, jarr, escuché, ¿jarjachos?, los ¿ruidos o gruñidos? venían del río, agarré mi escopeta y fui a ver: dos chanchos se estaban revolcando en la playa, era noche de luna llena, apunté al más grande y disparé, los chanchos salieron volando, yo tras ellos bala y bala, por gusto porque no acerté ninguno, y eso que tenía buena puntería porque una vez me bajé un gavilán en pleno vuelo, María lo frió, era dura y babosa la carne, pero con qué ganas lo comían las chicas… Regresé a la chacra, me iba a ir a dormir y de nuevo jarr, jarr, daba escalofríos oír ese ¿gruñido, resoplido? En el patio había un guarango seco, le eché kerosene y le prendí fuego para que los jarjachos no se acercaran. Esa noche en mis sueños un macho cabrío me agarró de los pies con sus cuernos y me arrojó por los aires. Cuando desperté tenía el pie derecho hinchado y adolorido, ¿me lo hice persiguiendo a los chanchos o me lo hizo el macho cabrío en mis sueños? A duras penas monté en mi caballo y fui donde mi tía Saturnina Bendezú, ella sabía componer huesos. Le conté lo de los jarjachos, son de por allí nomás, me dijo mi tía, una señora que tiene relaciones con su hijo. ¿Para qué los perseguiste?, me recriminó, podían haberte hecho cualquier cosa, esos son demonios. Era buena mi tía Sato. ¿Hace cuántos años habrá muerto? Más de treinta seguro… Nos hubiéramos quedado a vivir en Cocachacra pero era difícil vivir allí con una criatura, se podía enfermar de cualquier cosa. Y ya se le había pasado la furia a Mariana, aunque un par de años después Flora la cagó de nuevo cuando se embarazó de otro vago. Para entonces estábamos de guardianes en La Portada del Sol, cuidando la Casona. John nos dejó ese trabajito que le consiguió su suegra. Nos fuimos con María, Dora y Nachito. En la casa se quedaron Flora, Mariana y Arolín, que estaba a punto de terminar su carrera. ¿Era 1999? Diego nació ese año. Otra hija que metió la pata. Flora se vino a vivir con nosotros porque Mariana no la quería ver ni en pintura. A Dieguito María la introdujo a la Casona en una bolsa de mercado para que los Giles no se dieran cuenta que estaba trayendo otro bebito. Los Giles eran los concesionarios de La Portada y siempre le iban con el chisme a Huaraca, el administrador de los Pardo: los Gastelú paran gastando mucha agua, gastan mucho la luz, el domingo hubo bastante gente visitándolos. Cholos de mierda, empezaron vendiendo chupetes y ya se creían los dueños de todo, igual que Mariana. Por culpa de los Giles John tuvo que dejar ese trabajo. Siempre se iba con toda su familia a las reuniones del Salón del Reino y llegaban tarde y los Giles soltaban sus perros impidiéndoles la entrada y se metían por la parte de atrás. Hasta que un día el cholo ese lo esperó pistola en mano y le dijo ¿por acá es la entrada?, ¿quieres que te mate como a un ladrón? John se asustó. Allí fuimos nosotros. Nos pagaban trescientos soles. Hace diez años esa cantidad era platita, alcanzaba para comer bien, para comprarle sus cosas a los chicos, para ayudarle a Arolín en sus gastos de la universidad, hasta le ayudábamos a John que había vuelto a estudiar para ver si terminaba su carrera. Si no hubiera sido porque Mariana jodía siempre, habríamos sido felices. Cuando Mariana venía Flora y Dora se escondían… La Casona era inmensa, por lo menos tendría veinte habitaciones, cada uno con su baño, había un baño familiar grande como una sala. ¿Estuvimos tres o cuatro años allí? Allí Nachito y Dieguito dieron sus primeros pasos… No, no, nos vinimos el 2000, cuando Diego todavía no aprendía a caminar, recién gateaba. Nacho era el que aprendió a caminar allí. Cuántas veces se cayó haciéndose chinchones. Tenía las piernitas chuecas cuando era bebito. En la entrada había un caballito de metal en el cual le gustaba subirse… Teníamos el bosque de la parte de atrás para nosotros. El río estaba a un paso. Cocinábamos con leña. Así me hubiese gustado vivir siempre. Tenía mi cuarto para mí solo. Subí de peso. Habríamos sido felices si Mariana y los Giles no nos molestaran… Los judíos siempre venían de campamento, traían sus cosas en camiones, se quedaban una semana. Acampaban en el bosque de atrás. Siempre nos regalaban la comida que les sobraba, los panes del desayuno. La última vez que fueron nos pidieron que les guardáramos sus cosas pero se demoraron en recogerlos y los Giles le fueron con el chisme a Huaraca y Mariana vino diciendo que nos iban a botar como a perros. No sé qué más le insultaría a María. Ahora pienso por qué nunca le llamé la atención… Es que conmigo se hacía la buenita, me compró mi audífono cuando el oído me empezó a fallar, hizo que me operaran de los ojos cuando empecé a ver mal, hizo los trámites para mi jubilación, me regaló un televisor grande para que viera mis películas. Y a su mamá nada. ¿Por qué la odiaría? Carolina también odiaba a su mamá. Una vez mandó a preguntar con su marido si María era su madre. Qué gente más desgraciada. A mí siempre me llevaban al chifa, a pasear, me invitaban a sus cumpleaños, y a María nada… ¿Por qué mis hijos salieron así si los crié amando a Jehová Dios?... Siempre andando de aquí para allá como gitanos para que no les falte un pan… Los hijos crecen y hacen con su vida lo que les da la gana. Nos vinimos de la Casona porque uno de los Pardo lo iba a convertir en hotel, albergue o no sé qué. Menos mal que Arolín se nombró y empezó a ayudarnos con la luz, con los útiles de los chicos, le daba una mensualidad a su mamá para la comida… Tío Juan. Hola, Kathy. ¿Cómo está tu mamá? Bien, tío. Le manda estos cinco soles para que se compre su bizcocho. Gracias, Kathy. Una moneda de cinco soles… La guardo debajo de mi almohada. ¿Y mi cuñado Porfirio? En Chincho, tío Juan, ya se viene la cosecha. Hola, abuelo Juan. Hola, Karim. Karim ya está grande. ¿Antony no ha venido? Se quedó acompañando a su abuela. Esta es Vanessa. Vanessa y Antony son blancos, Karim es moreno. Antony tiene seis dedos como mi papá, pero mi papá lo tenía en los pies, por eso le decían el Soqqta. Mi papá… Los chicos prenden el televisor, menos mal que Mariana no está sino los botaría. Vamos a prepararle su mazamorra, tío Juan, ya regresamos. Ya, Kathy. Viene John, se sienta a mi lado, me pregunta cómo estoy, voy a ir a ver a mis hijos, me dice y se va. Los chicos apagan el televisor y se ponen a corretear, no vayan a entrar al cuarto de Mariana porque se molesta, dice que agarran sus cosas, que ensucian su casa. Tantos años he trabajado y no tengo un rincón para mí. Los Apestegui querían llevarme a su casa ¿pero qué hago en casa ajena si más tranquilo puedo estar en mi choza? Aunque mi choza tuve que desarmarla porque las piedras del costado se empezaron a mover y cuando llueve entra el agua. Cuando me sane lo voy a limpiar bien bonito o le puedo decir a Arolín que cuando Vinces le dé su plata teche el cuarto que estaba haciendo para vivir yo. Por ese terreno se peleó con Mariana. Cuando se nombró, Mariana quería que le pague el alquiler por el cuarto que hizo y le dio. ¿Cuándo construyó ese cuarto? ¿En 1992? Hizo dos cuartos, uno le dio a Arolín, Arolín se nombró el 2002. ¿De dónde iba a sacar plata para pagarle diez años de alquiler? ¿Se le cobra alquiler a un hermano? Como si Arolín no hubiera puesto ni un ladrillo. Cuando era contratado construyó el muro de la calle. Ya daba vergüenza ser los únicos de toda la calle Libertad que todavía teníamos una pirca. ¿Cuántas bolsas de cemento gastamos allí? Unas cincuenta por lo menos, y dos o tres camionadas de hormigón. Menos mal que nosotros somos albañiles sino habríamos gastado más. Como no le quiso pagar el alquiler, lo botó a su hermano del cuarto, y eso que Arolín hizo el piso. Mariana sacando provecho de todo, como siempre. A veces cuando su mamá le hacía guardar su platita ya no le quería devolver diciéndole yo les estoy dando para que coman, qué más quieren. Lo único que ella daba a la casa era la bolsa de víveres que le regalaban en el hospital, después nada, ni un centavo. A veces John venía y se metía a su cuarto y se robaba una bolsa de arroz, de azúcar, o una lata de leche y Mariana le hacía un escándalo a su mamá. Para eso se casó el cojudo ese, para estar robando un pan, para darle problemas a sus padres, para deberle a todo el mundo. ¿A quién no le deberá John? Cuántas veces me ha pedido prestado y nunca me ha devuelto, como si me sobrara la plata. En cambio Arolín, cuando me presta y le quiero pagar, me dice así nomás, papá, quédatelo. Ese sí es un buen muchacho, nunca nos ha traído problemas, ninguna mujer ha venido a buscarnos para decirnos que tiene un hijo botado por allí… Si todos hubieran sido como él, habríamos sido felices. Como sea Dora terminó su carrera pero se demoró como cinco años en sacar su título, prefirió perder su tiempo cuidando a la Bere pensando que Mariana le iba a conseguir trabajo en su hospital pero nada, ahora ni se hablan. Igual Flora que estudió corte de cabello y no aprendió nada, prefería perder su tiempo en el comedor popular, en el vaso de leche. Una vez se fue a Huanta a ayudarle a su tía Susana porque Mariana le hacía la vida imposible. De Huanta se fue a Chincho con Néstor, el hijo de mi hermana Julia, porque tuvo problemas con su prima. Eso fue a finales del 2001, cuando Dieguito tenía casi tres años. Se quedó con nosotros. En julio del 2002 María, Dieguito y yo fuimos a Chincho. María quería ir para la fiesta de la Virgen del Carmen. Diego y yo casi morimos esa vez. Flora nos esperó en Huanchuy con el burro de mi cuñado Porfirio, cargó las maletas y se adelantó dejándonos atrás. Hasta se llevó la gaseosa y los panes que habíamos comprado para comer en el trayecto. Debíamos de haber ido a Huanta, pero Mariana fue meses antes y le dijo de todo a mi cuñada Susana… Empezó a llover, el camino se hizo barro. Pasó una hora, otra hora y otra hora y empezó a oscurecer y nada de Chincho. La que estaba bien era María, vamos, Juandi, camina, tenemos que llegar como sea, me animaba. Dieguito lloraba de hambre. Hubiéramos ido con Arolín, pero se había nombrado hace poco y todavía no le pagaban. Hasta que llegamos a Chullayacu. María tocó la puerta de una casa donde dos años antes, cuando fueron con Arolín y Nacho, les invitaron comida. Pidió un poco de agua caliente para mí y Dieguito, nos estábamos muriendo de hambre y de frío. Nos hicieron pasar, nos sirvieron sopa caliente, nos ayudaron a llegar a la casa de Porfirio… Con María dijimos la siguiente vez que vayamos hay que llevarle alguna cosita a la señora, pero no hubo siguiente vez. Esa fue la despedida de nuestro pueblo… La despedida de María. Yo tengo que volver a Chincho para curarme… Qué no he hecho por mi pueblo como secretario y como presidente del Centro Representativo de Chincho. Gestionamos la construcción del local municipal que después, durante la guerra, los senderistas quemaron. Mandamos camiones con cemento, ladrillo, hormigón, tejas, baldosas, vigas, pintura, clavos. Ampliamos el colegio, mandamos una banda de guerra. Hasta que me enfermé y renuncié. Antes Chincho estaba lleno de gente, por culpa de los terrucos se fue despoblando. Ahora parece un pueblo fantasma, pero es tranquilo, el aire es limpio, puro, el agua que sale del puquial que está a un paso de mi casa no está contaminada como el agua que bebemos acá. Allá me sanaré, me curaré de todos mis males, llevaré la Palabra del Señor por el mundo entero, Nacho y Diego pueden estudiar allí, Arolín podría enseñar en Julcamarca o Huanta. La casa de mi papá está a la entrada del pueblo nomás. ¿Hace cuántos años que la construyeron? Por lo menos noventa, o más. Menos mal que los terrucos no la desmantelaron como hicieron con las otras viviendas después que mataron a sus ocupantes, como hicieron con la casa de mi suegra. Cuando fuimos con María apenas encontramos los restos de una pirca y la enorme piedra redonda que estaba en la entrada. Todo se lo llevaron cuando la mataron. Cómo la habrán matado a mi suegra. Dicen que la degollaron, que la mataron a golpes… Tenía su carácter mama Felicitas, peor que María. Una vez no me quiso recibir. Alguien le iría con chismes. Llegamos a su casa, ese hombre que se vaya, le dijo a María, no lo quiero ver. Me tiró la manta que le había llevado de regalo. Pero María también era chúcara: mamá, Juan de Dios es mi esposo, si no lo quieres recibir, tampoco me vas a recibir a mí. Estamos casados. Tu papá no ha visto que se han casado, dijo mi suegra. Qué iba a ver si taita Julián salió ese día diciendo ahorita vuelvo y volvió cuando la boda ya había terminado. A mi suegro le gustaba echarse sus copitas, pero era un buen hombre, me quería bastante… Nos dimos la media vuelta para regresarnos y entonces mama Felicitas nos llamó, que le perdonáramos, que yo era como un hijo para ella… Pobre mi suegra, cómo quería a Mariana, la adoraba. Cuando nos vinimos en 1970 rogó, lloró para que se la dejáramos, pero Mariana no quiso quedarse con su abuela. Tenía cuatro años, casi cinco, estaría más chiquita que su hija. Cuántos años ya desde ese entonces. Era gordita, caprichosa, juguetona, quién iba a pensar que con el tiempo se convertiría en otra víbora como Carolina… A veces María decía hubiera dejado que se las coma el león esa vez que quiso entrar a la casa de Cangari… Quizá hubiese sido mejor… María todavía estaría viva… Qué calor que hace, los chicos estarán con sed. Diego, vaya a comprar gaseosa con estos cinco soles que mi hermana me ha mandado… ¿Mis cinco soles? ¿Dónde están mis cinco soles?

La agonía de Juan de Dios (7)



Mi papá dice que John le ha robado los cinco soles que le he mandado la tía Griselda, me dice Mariana.
¿Cómo le va a robar a su padre? ¿Estará loco?
Ese es capaz de todo, hasta de robarle a un enfermo, a un hombre que se va a morir en cualquier momento, dice Mariana, con rabia en la voz. No solo se ha llevado su plata, sino también su papel higiénico.
De repente han sido los chicos.
Mi papá dice que el único que se acercó a su cama fue John. ¿Acaso los chicos son ladrones? Dile que le devuelva su plata, o que se largue.
Voy a hablar con él.
Papá está en casa desde hace unos días. Finalmente no lo llevaron a la clínica Santa. Quizá la doctora Burga exageró cuando dijo que el mal del viejo era irreversible.
¿John estará tan cagado como para robarle al viejo? Quizá. Para dormir utiliza una de las colchonetas que me traje de la señora Olga. La tiende sobre la tarima que me regaló la china Techy cuando le hacía trabajitos. Pero la colchoneta no es tan grande y los pies le quedarán en el aire, o sobre los alambres, cuando se acuesta. ¿Qué diría la vieja si viviera y viera en qué situación está el hijo que tanto quería, por el que tanto lloraba? Da lástima, y cólera: cómo le rogaba a Emilia para que le diera una oportunidad la primera vez que se pelearon y la mujercita esa, coludida con la bruja de su madre, lo botó de su casa. Solito cavó su tumba por huevón. Así terminó el más inteligente de los Gastelú Palomino: bien cagado por una chucha. Y lo peor es que es un terco de mierda que no entiende que esa mujer no lo ama, que lo único que buscaba era un cojudo que la mantuviera.
A mí no me pasará eso. Jamás me he arrastrado por una mujer, ni lo haré, menos por una que no vale la pena.
Ahora no está. ¿Dónde habrá ido? Cinco soles apenas le alcanzará para el pasaje.
Carolina me dice que su hijo estaba tan amargo que quería pegarle a John y tuvo que rogarle para que no lo hiciera.
¿Tan bajo puede caer uno por necesidad? ¿Tanto se puede cagar uno por culpa de una mujer? A tiempo me di cuenta la clase de gente que eran July Gutiérrez Arévalo, Tania Cruzado, Martha Carranza, Silvia Yaranga.
Voy donde el viejo. Me cuenta lo de sus cinco soles y su papel higiénico. Solloza. Maldigo a Emilia por haberle cagado la vida a mi hermano. Algún día la vas a pagar bien caro, perra comechada, pienso. Sigue botándolo nomás cuando no tiene plata en lugar de apoyarlo. Un día se cansará y te dejará como a un calzón viejo y a ver si te encuentras otro huevón que te mantenga solo porque le abres las piernas.
De repente tu plata se ha caído debajo de la cama, pá.
Hinco las rodillas en el piso y hago que busco debajo de la cama. Saco la moneda que he guardado en mi bolsillo.
Aquí está tu plata, pá, le digo, blandiendo la moneda en el aire.
Se la entrego. Lo mira. Las orejas me empiezan a arder: ¿era nuevo los cinco soles que John le robó? No pensé en eso…
Apenas si murmura un gracias. Lo guarda debajo de su almohada.
Voy a venir a acompañarte después, le digo.
Mariana tiene guardia y me ha pedido que acompañe al viejo durante la noche. Hace unos días se despertó gritando, asustado. No le vaya a dar un ataque de nervios y se arranque la sonda como antes quería arrancarse el suero, me dijo mi hermana.
Regreso a las diez. Los chicos han terminado de ver una película y se van.
Le preparo manzanilla.
Vacio la bilis, que fluye en abundancia, no se vaya a acumular durante la noche y rebase la capacidad de la bolsa.
¿Cuándo me sacarán esta manguera?, me pregunta.
Cuando te sanes…
¿Qué tengo? ¿Qué han dicho los médicos?
Que tu vesícula está inflamada. Pronto te curarás…
¿Iremos a Chincho?
Sí, en julio… Hasta allí ya me habrá pagado Vinces… O habré ganado el Premio Horacio con la novela que estoy escribiendo.
Me habla de Dios mientras bebe su manzanilla. Sería la religión perfecta si en sus filas no hubiera gente como John, como los Matos, como los Lezameta.
Y como Emilia y su madre, por supuesto. La vieja también es Testigo de Jehová. ¿Qué le dirán a Dios esas perras el día del Juicio Final?: ¿le cagamos la vida a un hombre en lugar de apoyarlo? No solo a un hombre, sino también a una mujer que sufrió al ver jodido a su hijo por culpa nuestra.
Voy a dormir al costado, le digo cuando termina de beber su infusión. Cualquier cosa, me llamas, pá. Hasta mañana.
Hasta mañana, Arolín.
Pongo papeles en el suelo, sobre ellas tiendo la otra colchoneta que me traje de la señora Olga y que el viejo utiliza en su cuja. Apago la luz. Me echo, cierro los ojos, pero la luz del poste me molesta. Me echo para un lado, me echo para el otro, pero no puedo conciliar el sueño y ni ganas tengo de corrérmela para dormirme al toque pues en esta habitación velamos a la vieja. ¡Mi vieja, tanto tiempo ya sin ella! Tanto tiempo de dolor. No creo que Dios sea tan malvado como para que suframos otra pérdida devastadora.
Siento una picazón, y después otra y otra.
¡Pulgas! Las hijas de puta me atacan sin piedad como si yo fuera un perro callejero.
Cómo no va a haber pulgas si los perros y gatos se pasean aquí como Pedro en su casa.
Me asomo a ver al viejo: duerme profundamente. Tanto le picaba el cuerpo que ya no siente a las pulgas.
Busco una escoba y barro tratando de no levantar polvo. Me acuesto de nuevo, pero las pulgas siguen jodiendo. Con los cinco mil soles que Vinces no me quiere dar podría terminar el cuarto que dejé a medio construir y dárselo al viejo para que no esté viviendo entre pulgas. Hasta garrapatas debe de haber en este lugar.
Ni recuerdo en qué momento me dormí. Cuando abro los ojos, son las seis de la mañana. El viejo sigue durmiendo. La bilis ha llenado la mitad de la bolsa. La vacio tratando de no despertarlo.
Voy a mi cuarto. Después de escribir un poco, continúo revisando sus papeles. Encuentro una hoja de color madera, parece calca, pero gruesa. En un lado tiene el dibujo de un hombre con terno, en el otro, hay una lista escrita con lapicero negro. Reconozco la letra del viejo, redonda, bien dibujada: 1 Ropero, 1 Vitrina, 1 juego de muebles, 7 sillas corrientes, 1 maquina de coser marca Hércules, 2 Baules con servicios, 2 catres, 1 cilindro con servicios, 1 cocina de Kerocine, 3 Lampas, 2 mesas, 1 Tina, 1 Lavadero. Después sigue un nombre: Saturnino Gavilán Gutiérrez y luego un número: 87312. ¿Esta es la lista de las cosas que llevaron a la sierra? Siempre decían que fueron en un camión. ¿Saturnino Gavilán Gutiérrez era el chofer de ese camión que los condujo? ¿El número 87312 era el de la placa del vehículo?
La máquina de coser todavía existe, la tiene Dora, está desmontada y media comida por las polillas. Tenía un forro de tela color azul y blanco. Cuando éramos niños, nos subíamos al pedal para jugar al sube y baja. Mamá parchaba en ella nuestros pantalones o algún vestido de mis hermanas, aunque siempre andaba fallando y rompiendo las agujas. Una de las mesas debe ser en donde está ahora el televisor del viejo. Tiene una pata que está media débil. Papá la utilizaba en Medialuna. La otra mesa, con la tina, la dejaron en Huanta donde la tía Susana. El viejo siempre granputeaba reclamándolos. Vaya y tráelos, le decíamos. ¿Por qué reclamas tus cachivaches después de treinta años? Esa es la mesa de tu papá, me dijo la vieja cuando fuimos a Huanta el 2000. Era mediana y fuerte, de madera tosca. Los baúles también los llegué a ver. Eran de madera con las esquinas de lata. Un día se apolillaron y mamá los botó. Allí guardaba los servicios que nunca utilizábamos, platos nuevos, vasos, fuentes, todas de losa, que papá compró en la FAM. No vi ni el ropero ni el juego de muebles. Probablemente los vendieron antes de venirse, o se estropearon en Cangari. Nunca volveríamos a tener ni ropero ni muebles ni vitrina.
A las siete voy donde el viejo. Le preparo una manzanilla.
Soñé con tu mamá, me dice. Se iba a acostar al pie de mi cama. Estaba con dos niños. Me dijo Juan de Dios, ¿cuándo te vas a curar?
Sollozamos recordando a la vieja. A veces pienso que debí morirme cuando me operaron para no sufrir por su ausencia. Pero si me hubiera muerto, ¿quién velaría por Nacho y Diego?
Quizá pronto me reúna con ella…
No le digo nada. ¿Qué podría decirle?
Me dice que también ha soñado con moscas. ¿Qué significarán?
No sé, pá. No creo mucho en los sueños.
A las diez me calientas agua para bañarme y afeitarme.
Ya, pá.
Se acuesta de nuevo. Yo voy a regar las plantas con la ayuda de los chicos. El motor está fallando, el agua apenas llega a la punta. Las plantas del último andén se están marchitando. Estamos a mediados de verano y el sol sigue quemando cada vez con más furia.
A las diez, después de calentarle agua, lo ayudo a bañarse y afeitarse. Se cambia de piyama, y se acuesta de nuevo. Se pasa los días durmiendo.
A mediodía le llevo caldo pero apenas lo prueba. Vuelve a su cama, ni quiere ver televisión, menos películas en mi cuarto.
Así es ese cáncer, me dice Mariana. Poco a poco irá perdiendo el apetito…
¿Hasta que muera?
Así me han dicho los doctores. Ojalá nomás que no sea una muerte dolorosa.
Todavía me resisto a creer que papá va a morir. Tiene que leer todos los libros que escribiré, tiene que ver profesionales a Nacho y a Diego, tenemos que ir a Chincho. Tiene que conocer a los nietos que le daré… aunque sea por inseminación artificial.
Mariana le cambia la bolsa por una que se adhiere a la piel para que pueda desplazarse y bañarse sin mucha dificultad. Corta el pedazo de sonda que sobra.
Viene a visitarnos el tío Teofilo después de mucho tiempo, creo que desde el quinto día de la muerte de mamá. Me duele venir y no encontrar a mi hermana, nos dice, con tristeza. Se sorprende de encontrar enfermo a su cuñado. La última vez que lo vi, estaba sano. Así es el tiempo que pasa: lo carcome todo, no solo los recuerdos, sino también el cuerpo. Papá lloriquea.
Cualquier cosa me avisan, nos dice el tío.
John viene a llevar sus cosas: ya van a empezar las clases y se ha buscado un cuarto en Santa Anita. No le digo nada de los cinco soles. Para qué cagarlo más.
Sábado 28 de febrero: la vieja hubiera cumplido setenta y tres años, pero hace tres años y siete meses que ya no está con nosotros. Nadie se acuerda que es su cumpleaños, ni el viejo, o lo hacen pero no lo mencionan. Voy al cementerio a visitarla, le compro sus flores. Le digo que todos estamos de paso por el mundo, que algún día nos reuniremos con ella, que ayude al viejo a sanarse, que todavía lo necesitamos con nosotros. Que el lunes sus nietos volverán al colegio, que Nacho ya está en secundaria, que yo ya no estoy en Vallecito, sino en el Inei 46 de Vitarte, una sucursal de Lurigancho, que no hay reasignación este año, sino me largaría contento.
Lunes 2 de marzo: de vuelta a clases. Se acabó el bullicio en la casa. Solo se queda la Nela. Hasta Flora ha empezado a trabajar.
Antes de irme, ayudo al viejo a comer el caldito que le he preparado, vacio la bilis. No le gusta la nueva bolsa porque el líquido está en contacto con su piel y le incomoda.
Dile a Mariana que me ponga la otra bolsa.
Ya, le digo.
A la Nela le pido que cuide a su abuelo, que cualquier cosa grite para llamar a los vecinos.
En la noche, al regresar, el viejo se queja que estaba con sed y nadie le dio ni una gota de agua siquiera.
Sí le hemos dado, tío, dice Nacho.
Yo no sé nada, dice Flora, he venido cansada de mi trabajo. Que le atienda su hijita pues, ¿acaso a mí me da para un pan?
Le preparo manzanilla, le caliento la comida que le ha mandado Carolina. Apenas prueba un par de cucharadas.
No ha evacuado mucha bilis durante la tarde.
¿Vaciaron la bolsa?, le pregunto.
Me dice que no.
¡La sonda se ha movido! Me doy cuenta a la mañana siguiente cuando voy a vaciar la bolsa y la encuentro solo con un poquito de bilis. Hay como un centímetro, o más, de la manguerita que sale de su cuerpo, que tiene un color más claro que el resto.
Le aviso a Mariana.
Se lo habrá jalado pues, dice ella. Nunca está quieto, se para quejando de todo.
¿Qué hacer? Ahora se va a poner amarillo de nuevo, le va a picar de nuevo el cuerpo.
A las diez de la noche, Mariana y Carolina llevan al viejo al Seguro. No ha evacuado nada de bilis durante el día y la sonda se ha salido más.
Regresan casi a la una de la madrugada. El viejo se ha quedado en Emergencia. Mariana le gritó al doctor porque quería que lo llevemos al Almenara, me dice Carolina. Hasta amenazó con denunciarlo a la fiscalía. Mañana vaya a verlo. Yo iré en la tarde.
Eso hago. Encuentro al viejo botado en un rincón de Emergencia. Tiene la bata y las sábanas con unos lamparones verdes. Le han puesto gasa para cubrirle la sonda. La gasa también está manchada de verde. Le han quitado la bolsa.
Está con hambre y sed.
¿Por qué está así mi papá?, le pregunto a una enfermera.
Ni me hace caso. Sospecho que se están vengando por la gritada que les dio Mariana en la noche.
Denúncialos a la Defensoría del Asegurado, me dice Grace, cuando voy a pedirle ayuda. Busca a la señorita Patty.
Eso hago.
El doctor Torres quiere hablar con usted, me dice la señorita Patty después de hablar con el médico.
El doctor Torres es chato, cuadrado y maceta. Tiene cara de indio.
¿Ya sabes que lo que tiene tu papá es inoperable, no?, me dice, con indiferencia.
¿Y por eso lo tienen botado como a un perro?, le digo, furioso. Ustedes tragan de lo que a él le han descontado toda su vida. Para concha lo han operado mal. Por culpa de ustedes está así.
Voy a ordenar que lo atiendan, me dice. Pero siempre hay que estar preparados para lo peor.
Doctorcito de mierda, me dan ganas de decirle.
Una técnica le empieza a limpiar. Allí lo dejo porque ya es casi la una y debo ir al Inei. Si llego tarde, me descuentan. A nadie de la chamba le he contado que mi papá está internado.
Domingo 8 de marzo: cumpleaños número ochenta y dos del viejo. Hace cinco días que está en emergencia y todavía no le han vuelto a colocar la sonda. Tengo ganas de ir a visitarlo, pero estoy cansado: he vuelto a ir al hospital casi todos los días antes de irme al trabajo. John está metido en su cuarto, pasa los fines de semana aquí, seguro que no tiene ni para el pasaje, Flora se ha ido a hacer faena al colegio, Dora ha salido no sé a dónde. Mariana está trabajando. Carolina dijo que iba a ir, pero ya son casi las tres.
¿Cambiarme? ¿Ir? ¿Y si este es el último cumpleaños del viejo?
No creo.
¿Vas a ir donde mi papá?, me dice Carolina, como a las tres y media.
Mañana, le digo. Estoy haciendo mi programación. Lo saludas.
Ya.
Hace muchos años, cuando estábamos en Medialuna y se acercaba el cumpleaños del viejo, me confundí de fecha. ¿Cuántos años tendría yo? Menos de diez, seguro. Desperté antes que todos, la casa estaba en silencio, con ese aire de los cumpleaños. Cuando el viejo se despertó, corrí a saludarlo. Creí que era el ocho de marzo.
Todavía no es mi cumpleaños, Arolín, me dijo, con una sonrisa. De todas maneras, gracias, hijo, me has regalado un abrazo que durará un año después de mi muerte.
Al día siguiente, a las doce y media, estoy en Emergencia.
Vamos a trasladarlo al Almenara, me dice la Asistenta Social. Necesitamos que un familiar nos acompañe.
Voy a llamar a mi hermana, le digo, yo tengo que ir a trabajar.
Pero que venga rápido, me dice, partimos dentro de unos minutos.
Llamo a Mariana. Tengo clases en la tarde, dice, molesta, después tengo guardia.
Yo tengo que trabajar, le digo. Si falto, me descuentan. Avísale a Carolina.
Corta.
Un tipo me llama la atención: su familiar no puede estar tantos días en Emergencia. Necesitamos la cama para otros enfermos. ¿Quieren que los denunciemos por abandono de un paciente?
¿Acaso yo soy el que decide qué hacer con él?, le digo, molesto. ¿Tantos días se demoran en colocarle una simple sonda? ¿Qué están esperando, huevones, que se muera?
No me responde nada. Hijo de puta, pienso, mirándolo con furia.
El viejo no quiere comer nada, ni siquiera un poquito de mazamorra.
Cómo voy a comer si no me he lavado los dientes, alega.
Ya ni le digo tienes que comer para que estés fuerte y te cures.
Llega Mariana, molesta. Allí la dejo, son casi la una, me tengo que ir corriendo a ese infierno que es el Inei.
Me llama un par de horas después para decirme que el viejo se quedó internado en el Almenara para que le pongan de nuevo la sonda. Me pide que mañana le lleve sus cosas.
En la noche, después de escribir un poco mi novela, sigo revisando los papeles del viejo.
Encuentro el recibo del nicho que mandó hacer para Juan Ignacio. Está escrito a máquina.
Por tanto: $800.00
Consta por el presente recibo, que me comprometo construir un nichito para bebé de don Juan D. Gastelú Luján, por la suma $800.00
Tratado por $800.00
A cuenta $300.00 mas $100.00
Saldo $500.00 - $400.00
Consta en el presente, una vez que haya terminado la obra se le cancelará el saldo y para mayor constancia firmo el presente recibo.
Nombre del contratista…………………………………………………………………
Domicilio del contratista……………………………………………………………….
Domicilio del enterisado Asociacion Tawantinsuyo, Vitarte Lote N° 26
El nombre del contratista está escrito con lapicero y más bien parece una firma, no sé si dice Catalino Silva o algo por allí. Su dirección está en blanco. Tampoco está la fecha. ¿Mandaron construir el nicho ni bien enterraron a Juan Ignacio o meses después? El nicho todavía está en pie en el cementerio de Vitarte, aunque le falta su ventanita y el tiempo la ha carcomido en algunas partes. Está a menos de diez minutos de la urbanización Tahuantinsuyo, lugar donde vivían los viejos cuando tuvieron a ese hijo muerto prematuramente. Antes, cuando éramos chicos e íbamos a Medialuna, papá nos llevaba primero a visitar a Juan Ignacio. ¿Le compraría sus flores? Qué diferente con lo que le pasó a Eva Cristina. La enterramos, o enterraron en un cementerio rústico también cerca de donde vivíamos, amontó un poco de tierra con piedras alrededor, no le puso una cruz o un palo con su nombre porque su religión se lo impedía, y ya. Cuando en 1980 nos vinimos, dejamos de visitarla. En 1988 fui con John cuando estábamos en Multitemp aprovechando un paro. El túmulo de tierra que indicaba el lugar donde estaba enterrada nuestra hermanita había desaparecido. Mamá siempre visitaba a Juan Ignacio, lo lloraba siempre, pero a Eva Cristina nunca la mencionaba, y eso que vivió más, que teníamos una foto de ella. Por lo visto, el cariño que se le da a los muertos no siempre es igual.
Me voy a dormir. Ando trapo.

La agonía de Juan de Dios (8)







La ambulancia zangolotea en la pista llena de huecos, ojalá que no me caiga de la camilla, que la bilis no salga chorreando como esa vez que le operaron de los riñones a Arolín, le dieron de alta y unos días después se abrió el dren y le salió sangre muerta como de un chisguete. Cómo se asustó María pensando que su hijo se iba a morir… La mano de la enfermera está en mi hombro derecho y el de Mariana en el izquierdo. Mariana tiene el rostro ceñudo, ¿por qué estará molesta?, ¿la jalaron en su examen? De repente la Bere se ha portado mal en el colegio, es bien traviesa, le gusta decir lisuras como sus primos. Ya está en primaria. Cuando María murió recién estaba aprendiendo a hablar. Qué rapidito pasa el tiempo… El calor es insoportable, ¿hace cuántos días que no dejan que me bañe, que me afeite, que me cepille los dientes?... La enfermera es morena y gorda, más que María, más que Mariana pero menos que la directora del 0502, ¿cómo se llama esa mujer? Dicen que en el colegio para comiendo nomás en lugar de preocuparse por los alumnos. Por eso hay pocos estudiantes allí. Su papá trabajó en el Centro Vacacional Huampaní como cocinero… Así debe haber sido la morena con la cual se casó mi tatarabuelo Prudencio Luján. Por eso salí crespo, por eso mi papá decía, cuando se molestaba, qué va a ser mi hijo Juan de Dios si tiene el cabello como los negros. Por eso me querían mis amigos negros de las haciendas de Pisco… Volver a Pisco, a Chincha, a Ica, a Palpa, preguntar de nuevo por Prudencio Luján. Eso fue hace dos veranos, cuando Arolín ganó el primer lugar en el concurso de cuentos de la Feria del Libro de Trujillo. Ese mismo año se ganó mil dólares en un concurso de novela de la Universidad Católica del Perú. Es inteligente mi hijo, siempre gana su platita escribiendo, hasta salió en la portada de… ¿cómo se llama ese periódico trujillano? ¿La Prensa?…. Es como El Comercio, de hojas grandes… En Chincha comimos frijol colado, manjar blanco, kingkong, tomamos vino de higo, fuimos a la playa… ¿cómo se llamaba esa playa? Está en las afueras de Tambo de Mora… Ah, se llama Cruz Verde. El periódico es La Industria. Allí salió un domingo, en la portada, mostrando su diploma, sonriendo orgulloso. Quién de mis conocidos ha salido alguna vez en un periódico, quién de sus hermanos, quién de La Realidad, nadie, ni yo en mis ochenta y dos años… Las olas inmensas, Nacho y Diego metiéndose al agua como locos, esos chicos son valientes, cómo les gusta el mar. Después fuimos a Ica, a La Huacachina, me tomé fotos con la sirena, junto al poema donde está escrita su historia. ¿Quién la escribiría? Arolín debe saber, a él le gusta leer y escribir, la siguiente que venga le preguntaré… Arolín y los chicos se bañaron en la laguna mientras yo descansaba bajo la sombra de ¿una palmera, un guarango u otro árbol? comiendo dulce de níspero. Después los chicos se deslizaron desde lo alto de las dunas en unas tablas que alquilaron. Gritaban, reían, estaban contentos, felices, ni se acordaban que no tenían papá pues Arolín es como un padre para ellos, se preocupa porque nada les falte. ¿Eso envidiarán Mariana y Carolina? ¿Por qué si ellas tienen plata? A los Apestegui les sobra los chivilines y sin embargo no viajan ni a la esquina, están esperando que uno les invite. Cuántas veces los he llevado a Cocachacra, a San Bartolomé, al chifa. El año pasado Arolín los llevó a Pucusana, llevó a Apestegui a Trujillo. Mariana ha viajado a Alemania, a los Estados Unidos; antes también me llevaba a pasear, me llevó a Huancayo, a Ica, una vez fuimos a Huanta, cuando Flora estaba en Chincho… De Ica marchamos a Palpa. ¿Cuánto duró el trayecto a través del desierto?, ¿una hora, una hora y media? Nacho y Diego llegaron con las justas, vomitaron hasta las tripas. ¿Qué habrán dicho las gringas que viajaban con nosotros? Era un bus que iba a Nazca. Les falta viajar a esos chicos, aunque Nacho ha ido un par de veces a Huanta con su abuela y con Arolín y a Diego lo llevamos a Chincho cuando era bebito… El sol fortísimo quemando nuestras cabezas, el calor insoportable. ¿Conoce a alguna familia apellidada Luján? Ese que está allá es un Luján, nos dijo un policía en la Plaza de Armas… ¿La Plaza de Armas estaba llena de ficus? Solo recuerdo el sol de infierno… Soy Luján, pero nunca he escuchado nombrar en mi casa a ese Prudencio del que habla, nos dijo. ¿Por qué no van a la hacienda Luján? Está a unos minutos de acá, vayan en mototaxi, paguen un sol nomás… ¡Una hacienda! La hacienda de Prudencio Luján, ¿Luján qué sería? Árboles, caballos, ganado, la familia. Les diría soy hijo de Isidora Luján Cerpa, nieto de Cristina Luján ¿Cabrera? y de Marianito ¿Marianito qué?, tataranieto de Prudencio Luján, el que llegó de España y se casó con una morena de Chincha… Tanto pensamiento por gusto: la hacienda estaba en ruinas, solo había un guardián que se ganaba el sustento vendiendo mangos y dulce de mango. Hace tiempo que no se siembra nada, nos dijo, no hay agua, se trabaja a pérdida, los Luján se han ido a Ica y a Lima. ¿Alguna vez oyó hablar de Prudencio Luján? No, señor, pero más allá vive la señora Elena Luján, ella debe saber… Ir por la vereda de la carretera, los chicos cansados, sudando, hartos… Un viejo bajo una ramada echado en una cuja. Buenos días, señor, venimos de Lima. Le conté la historia de Prudencio Luján, el viejo me escuchaba atentamente. Sí, creo que he oído mencionar a Prudencio Luján en la familia, dijo. Mi señora es la que debe saber, ella es Luján. Se puso a llamar ¡Elenaaaa!, ¡Elenaaaaa! Elena Luján era una mujer blanca, alta, nos miraba de pies a cabeza sin disimulo mientras yo le contaba la historia de mi tatarabuelo. Soy Luján, pero no tengo ningún antepasado llamado Prudencio, nos dijo, seca, cortante. Hasta luego, señores. Ni siquiera nos ofreció un vaso de agua por la molestia de haber hecho tan largo viaje. El viejo nos miró como diciéndonos ella es la que manda y se metió a la casa detrás de su mujer. Volvimos a la hacienda, compramos un par de kilos de mango y dulce de mango y nos regresamos a Palpa y de allí a Ica y de Ica a Pisco… El puerto, la lluvia de arena, las olas inmensas, el atardecer, la playa casi vacía, los recuerdos. ¿Cuánto tiempo estuve en Pisco? Tres, cuatro años por lo menos. Cuánto tiempo ha pasado desde entonces… Entonces era joven y fuerte, sino no habría sobrevivido a la explosión del horno. Cerca de la playa había una lagunita, los chicos y Arolín se bañaron allí. Ven a bañarte, abuelo Juan, el agua está tibiecita… Me hubiera bañado… Había patillos. Las gaviotas surcaban el cielo… ¿En qué fecha fue eso? Por lo menos en la quincena de febrero. Dos años ya que han pasado rapidito. A Arolín le dije por qué no escribes una historia ambientada en Pisco y después del terremoto se puso a escribir Tú que miras el mar. Ojalá que la termine rápido para que la mande al Premio Horacio y se gane un dinerito para irnos de viaje. Me ha dicho que es una novela bien bonita… A María le hubiera gustado ir con nosotros… Una vez fui con ella y los chicos, también estuvimos en la playa, en el puerto, compramos pescado para que Goya lo friera. ¿Eso fue antes que fuéramos a Chincho con Diego o después? Sería después porque Dieguito ya caminaba… Eso verían Carolina y Mariana y también nos envidiarían, odiarían más a esos chicos a quienes María quería como a sus hijos. Por eso esas mujeres la odiaban, odiaban a su propia madre… Llegamos, dice la enfermera. Ya era tiempo. La ambulancia se detiene, abren la puerta, me bajan en la camilla, la enfermera le pregunta a Mariana si trajo mi DNI, Mariana le dice que sí, se lo entrega, me conducen hasta la puerta del ascensor, la enfermera aprieta un botón, esperamos, la puerta se abre, la puerta se cierra, subimos, el ascensor se detiene, la puerta se abre, me conducen por un pasillo, las enfermeras conversan, espero… Espero, ¿cuándo me pondrán de nuevo la sonda? Siento el estómago lleno de agua, debe ser la bilis… Si Mariana no hubiera cambiado la bolsa, la sonda no se habría movido. Otra enfermera mueve la camilla, me lleva por un pasillo, doblamos a la derecha. Una habitación grande pintada de blanco. Aquí se queda, don Juan de Dios. A mi izquierda una ventana, al frente un ala del hospital pintado de azul y blanco, un pedazo de cielo gris… Arolín también estuvo internado aquí esa vez que le operaron del riñón. Le sacaron un enorme cálculo del riñón derecho. ¿Cuántos días estuvo? Dos o tres semanas, creo… Eso fue el 2004, un año antes que muriera María… El año en que ganó el Premio Horacio… Me voy, papá, tengo guardia en la noche. Mañana Harol vendrá trayendo tus cosas. Ya, hija. Mariana se va. Me quedo solo… El calor, el cuerpo sucio, la boca sucia, las ganas de orinar, el estómago lleno de bilis… Buenas tardes, don Juan de Dios Gastelú Luján, ¿verdad? Sí, señorita. Lleva uniforme color esmeralda, es joven y bonita, tiene los cabellos negros atados en una cola, tiene los ojos claros como ¿los gatos? Se parece a la enfermera amable del hospital de Vitarte. ¿Cómo se llamaba? Tenía el nombre de una princesa… Vamos a ver cómo está esto, don Juan de Dios. Me abre la bata. En su rostro se dibuja una mueca de ¿asco, sorpresa, repugnancia? por ¿las llagas que tengo desde que me quemé? Quita el espadrapo y la gasa, Dios mío, ¿desde cuándo está así, don Juan de Dios? Desde hace una semana, señorita, se salió la sonda por donde evacuaba la bilis. ¿Y lo han dejado así nomás? Sí, me atendían como a un perro, ni me daban de comer, estaba con sed todo el tiempo. Viene del hospital de Vitarte, ¿verdad? Sí, señorita. Qué bárbaros. ¿Tiene hijos, don Juan de Dios? Sí, señorita, seis. ¿Y no se han quejado, no han denunciado al médico, a las enfermeras? No, señorita… Bueno, bueno, hay que limpiar esto antes que la herida se infecte. Sus manos suaves, su mirada seria, atenta. ¿Cuántos años tiene, don Juan de Dios? Ayer cumplí ochenta y dos años, señorita. Felicitaciones entonces, don Juan de Dios. Gracias, señorita. Usted ha vivido bastante. Y viviré cuarenta años más, señorita… Le cubriré la herida para que pueda darse un buen baño, mi querido señor, porque esto está que huele un poquito mal. Sonríe, tiene una bonita sonrisa… Quizá a Arolín le guste, algún día se tiene que casar, ¿sino quién velará por él cuando esté viejo? Los años pasan sin que uno se dé cuenta y el cuerpo se empieza a debilitar, a enfermar, empezamos a depender de los demás… De todos los hijos, aunque sea hay uno que te alcanza un poco de agua, un pedazo de pan… Bien, bien, don Juan de Dios, ahora a la ducha a darse un buen baño, déjeme que lo ayude, ¿sí? Con cuidado, no se vaya a caer de la cama… Una ducha de losetas blancas y relucientes, me quita la bata, estoy desnudo pero no siento vergüenza, abre el grifo, el chorro de agua fría cae sobre mi cuerpo, sus manos suaves me pasan el jabón. ¿Qué le pasó en el pecho y en los brazos, don Juan de Dios? Me quemé en un horno, señorita. ¿Era cocinero? Panificador, señorita. En Pisco, hace muchos años, cuando era joven… ¿Hace cuántos años ya de eso? ¿Sesenta años? Una cicatriz que está sesenta años en mi cuerpo… La enfermera me pasa la toalla, salgo de la ducha, me cambia de bata, esto hay que tirarlo a la basura, no creo que estas manchas salgan fácil, no olvide decirles a sus hijos que presenten una queja. A ver, un brazo, después el otro y listo, guapo y elegante. Ahora a su cama hasta que le traigan la cena. Le voy a poner suero para que se hidrate. Dentro de un rato vendrá el médico a evaluarlo, tenemos que colocarle esa sonda cuanto antes. ¿Quiere un poco de agua? Si no es mucha molestia, señorita. Levanta la cabecera, abre su botella, me pone la cañita en la boca y bebo. El agua baja por mi garganta, alivia el fuego que me abrasa las entrañas. Me voy, mi estimado don Juan de Dios, hasta dentro de un rato. Le dejo el agua por si tiene sed. Muchas gracias, señorita. La enfermera se va, la habitación se queda en silencio. El cielo se va poniendo gris, ya va a oscurecer. Otra noche más en un hospital. El año pasado también estuve aquí cuando me dio un derrame cerebral que casi me lleva a la otra. ¿Cuántos días estuve en Emergencia?, ¿dos, tres? Después me llevaron a una clínica. ¿Estuve allí medio mes? Ese sí era un buen lugar, me atendían bien. Arolín también estuvo internado aquí, en el tercer piso, cuando le sacaron un cálculo del riñón. Era enorme, duro como una piedra, brillaba como un diamante. Tuvieron que cortarle en un costado para sacarlo. ¿Cuántos años lo tuvo dentro? Unos quince. Cuando trabajaba en Multitemp empezó a orinar sangre y tenía cólicos, le dolían hasta las bolas. Pobre mi hijo, cómo lloraba María por él: si algo le pasa a mi hijo, me voy a Huanta con Nacho y Diego, decía. Arolín le había dejado mil quinientos dólares de lo que ganó en el Premio Horacio para que pusiera un negocio si la operación fallaba, pero todo salió bien porque era joven y fuerte. ¿Por qué le aparecería ese cálculo? Quizá por el agua sucia que bebemos en La Realidad. Antes era diferente, cuando recién llegamos al barrio tomábamos de un pocito que había debajo de la sequia, a un lado del caminito. Una gota de agua, otra gota y otra gota y alcanzaba para todo el pueblo. Éramos pocos habitantes entonces, ahora hasta el último pedazo de cerro ha sido invadido. Después hice un pozo frente a la casa de la señora Hilda. En el techo escribí un pasaje bíblico… ¿Cuál era? Los palomillas siempre molestaban, se orinaban, hasta se cagaban en la puerta del pozo… Abusaban porque mis hijos eran pequeños y yo estaba lejos. Uno de esos matones era el sobrino de la señora Arcaria. Ahora está viejo, acabado. ¿Habrá estudiado algo? Los chicos se bañaban en la sequia, entonces sus aguas eran limpias, ahora todos los desagües vierten allí su mierda. Cómo ha cambiado La Realidad, ¿algún día tendrá pista, agua y desagüe, veredas? Cuántas casas he construido allí. Antes yo era uno de los pocos albañiles que trabajaba en el pueblo, hasta de la Segunda Zona me venían a buscar, ¿tendrá tiempo, don Juan de Dios, para que me haga este murito, para que me construya un cuartito? Era bien solicitado. Arolín y John eran mis ayudantes. Íbamos por el pueblo con nuestras tablas al hombro, empujando la carretilla, antes no había mototaxis como ahora. Una vez volteamos veinte carretillas donde la Juanacha, sudamos como caballos… El primer techo que hice fue donde los Ticona. Eso sería en 1984 o 1985 porque Jonás recién estaba enamorando a Carolina, hasta él tiró lata. Antes era bueno con nosotros, nos ayudaba bastante… Hubo un montón de lateros, lamperos, antes llenar un techo era una fiesta, ahora se llena en un par de horas nomás. Empezamos tempranito y terminamos cuando ya casi anochecía. ¿Existían las mezcladoras en ese entonces? Seguro, pero dónde la íbamos a conectar si no teníamos luz. Lata y lata, cemento, hormigón, piedra chancada, más agua, más hormigón, más cemento, tómese una cervecita para mitigar el cansancio, don Juan de Dios, un vinito. Yápese, debe estar con hambre, ¿los Ticona prepararon chicharrón o pachamanca? Allí fue la primera vez que Arolín se emborrachó. María estaba molesta porque una de las sobrinas de la señora Ticona estaba que le enamoraba a su hijo. María siempre ha sido celosa con Arolín, será por eso que no se ha casado hasta ahora, ni piensa hacerlo, ¿para no traicionar a su madre? María también estaba allí, y Carolina, Mariana, Flora y Dora también, todos bailando. ¿John dónde estaría? Ponían música de un grupo huancaíno… ¿cómo se llamaba?... Tantos años han pasado desde entonces, Arolín estaba en el colegio, creo que Carolina estaba embarazada de Apestegui, entonces sería el 85 y no el 84… A veces también me hacían trabajar por gusto, como donde los Matos. El viejo me contrató para hacerle su segundo piso. Arolín y John eran mis ayudantes. Eso sería en ¿1991 o 1992? Arolín ya no trabajaba en Multitemp, John todavía no se había casado, estaba en la universidad y todavía vivía en la casa. No tenía clases, o sea sería el verano del 92. El viejo Matos enseñaba en no sé qué escuela militar. Era viejón, canoso. Su mujer era joven, parece que había sido secretaria en el colegio donde enseñaba, Matos estaba separado, o divorciado, o quizá no porque creo que venía solo los fines de semana. Serían convivientes. Tenían tres hijas chiquitas: Katherine, que era prieta, Roxana y ¿Estefanny?, que en ese entonces tenía cuatro añitos y ya sabía leer, aunque no escribía. Su mamá le había enseñado a leer con la Biblia, como hice yo con Arolín y John. Eran Testigos de Jehová, menos el viejo, que era pagano. Las primeras semanas nos pagaba puntual, después siempre quedaba un saldo para la siguiente semana, hasta que empezaron los problemas, ¿o nos dijo hasta aquí nomás, ahora trabajará el hermano Ángeles, venga la otra semana para pagarle lo que le debo? Fui con Arolín… ¿El viejo se negó a pagarme o solo quiso darme una parte? Arolín intervino y el viejo lo botó de su casa, casi le hace caer a la más chiquita de los Matos y el viejo le dijo o te largas o saco mi pistola o ¿llamo a la policía? Conchudo de mierda, todo para no pagarme. Creo que estaba celoso porque me dijo que John no trabajaba, que paraba conversando con su mujer… Y la hermana Sara calladita nomás, era sumisa, creo que no tenía familia en Lima, por eso se habría metido con un viejo. Ahora tiene otro marido, creo que más joven que ella, ¿Matos se murió o el pipilí ya no le funcionaba y la hermana Sara se aburrió y lo mandó al diablo? ¿Me pagó todo lo que me debía? Creo que no. Por eso yo les decía a mis hijos estudien, sean profesionales para que no le estén mendigando a la gente, para que no se estén humillando por un pan. Donde siempre me fue bien fue donde la hermana Luzmila. También vivía en Los Manzanos, cerca de los Matos. Era más viejita que yo, con los cabellos blancos como el algodón y un rostro de ángel. Era viuda de un médico. Tenía dos hijos adoptivos, la hermanita María y… ¿cómo se llamaba el hermanito, Rafael, Miguel, Abel? Allí le hacía trabajitos nomás, instalarle un lavadero, hacerle un pisito, levantarle un murito, pero me pagaba bien. Arolín siempre me ayudaba y calladita me pagaba lo que le pedía por mi ayudante. Arolín también le hacía trabajitos como pintarle una pared, hacerle una instalación eléctrica. Era tan buena que cuando John tuvo a su primer hijo siempre le daba un dinero para que le comprara sus pañales… Allí también terminamos mal, pero no tanto como donde los Matos… Es que yo ya estaba viejo, no veía bien, todavía no me habían operado de los ojos. Tenía que enchaparle el bañito del hermano y no le puse la plomada y una esquina salió descuadrada y el hermanito se molestó y me dijo hasta aquí nomás, hermano Juan de Dios, pero al menos me pagó lo que había avanzado. Esos ya eran mis últimos trabajitos, ya no rendía como antes. ¿Hace cuánto que murió la hermana Luzmila? Por lo menos habrá vivido cien años… Donde también nos fue bien fue donde el hermano Lezameta. Nos pagaba puntual, el precio justo, pero nunca nos dio ni una gota de agua. Su mujer era alemana, o hija o nieta de alemanes. Preferían que la maracuyá, las guayabas se pudrieran antes que decirnos llévense fruta, hermano, para que coman. Tenían plata hasta por gusto, el hermano era médico. Pero nosotros ni cojudos: aprovechábamos que una vez a la semana se iban a Santa Eulalia a ver su hacienda para robarnos maracuyá, guayaba, palta. Ellos ni comían, le daban todo a un chancho que criaban. Hasta lo ayudamos a matarlo pensando que nos darían aunque sea las tripas y no nos dieron ni la cola. Habrán tragado chicharrón hasta intoxicarse. Así éramos hermanos espirituales. ¿Qué dirán cuando el Señor les pregunte si dieron de beber al sediento, de comer al hambriento?… Construimos una pared divisoria durante cinco o seis meses. Después nos dieron para construirle una cocinita, su hija se iba a independizar de sus padres, pero creo que su yerno fue el que contrató a otro albañil, diría don Gastelú es muy lento. Peor para ellos porque el otro albañil lo hizo todo a la diabla. Querían que le hagan su vereda con restos de loseta bien pulida y el otro albañil lo hizo como sea para terminarlo rapidito. Ni lo pulió, le pasó el frotacho nomás y listo. Así le gustaría al doctor. ¿Cómo se llamaba su nieta que nunca me saludaba? Tenía dos nietas… Priscila y Deborah, Deborah era la que nunca me saludaba. Ya estará casada, con hijos. Eso fue también el 92, antes que Arolín ingresara a la universidad… Hace ya diecisiete años. También hice mis cachuelos donde la hermana… ¿cómo se llamaba la hermana? Vivía por el puente de Los Ángeles, también tenía otra casita en El Chaparral. Era viuda, separada o madre soltera, no me acuerdo, tenía un hijo bien inteligente que siempre paraba estudiando. Creo que la hermanita trabajaba en una casa, juntaba su dinerito y me llamaba y poco a poco le iba construyendo su casita. Era buena gente, siempre me invitaba refresco, lonche, hasta almuerzo cuando no salía a trabajar. Ese trabajito ya lo hice solo porque Arolín había ingresado a la universidad y John ya no vivía en la casa. ¿Todavía estaba donde el hermano Manrique o ya se había casado? ¿Se fue de la casa solo porque sus hermanos eran paganos o porque quería hacer de su vida lo que le diera la gana? De mis dos hijos varones, era el más flojo. Mientras Arolín cocinaba en las mañanas y me ayudaba en las tardes, John solo me ayudaba en las mañanas y después se iba a jugar pelota con sus amigos. Por eso siempre estuvo cagado… Está amaneciendo, el pedazo de cielo que se ve desde aquí empieza a clarearse, el ala del edificio se hace visible. Trataré de dormir un poco, no he dormido nada… La hermanita se llama Clarisa, donde los Ticona pusieron a Los Shapis, Arolín bailaba La novia con la sobrina de los Ticona.

La agonía de Juan de Dios (9)







Entre los papeles del viejo encuentro una carta de mi abuela Isidora fechada hace casi sesenta y un años. Está escrita a mano y con tinta en un papel que lleva el logotipo del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social – Dirección General de Salubridad. Las letras están dibujadas con esmero, son alargadas y las palabras están bien separadas entre ellas. La letra se parece a la de papá.
Chincho 9 de Septiembre de 1948.
Sr. Juan de Dios Gastelú
Vitarte
Mi siempre y recordado hijo;
Dios quiera que esta mi carta te encuentre gozando de la más perfecta salud, en compañía de tus familiares de allí; nosotros aquí quedamos sin la menor nobidad con el favor de Dios juntamente con tu papá y tus hermanitas demás familiares de aque;
Después de saludarle cariñozamente pongo los siguiente reglones, pués hijo mio he recibido tú cariñoza carta fecha nueve de junio pasado, en la cual me dices que se encuentra buenos de salud, aquí nosotros también quedamos bien de nuestra salud, yo tu papá y tu hermanita Gricilda, y otro más que llegó del estrangero, barón su nombre Lauro Gastelú y tu hermana Julia, Jesús, y todos penzativos de no saber su carta, así nosotros también estuvimos mál con las enfermidades yo tu papá también estado enfermo con costipado, hace dias, pero con favor de Dios se ha mejorado, pues hijo Ud. puedes venir lo más pronto, porque el situación de allá, dice que esta muy mál mejor vengase, aquí esta mejor todavía ya barios que se han venido del todo, pues cuñado tu madre llora mucho diariamente, esas lágrimas puede llegar a Ud. no seas tan ingrato de dejar mucho derepente puede morir algunos de ellos entonces puedes quedar avandonado y perder tus animales Gricilda ya esta señorita puede parecer su dueño, no hay confianza.
Cuñado aque tambien hay bastante trabajo para trabajar, nada mas por haora asta proxima contestación, saludos de mi y de tu hermana Julia, Gricilda
Isidora Luján
¿La escribió mi abuela? Papá siempre decía que su mamá le había enseñado a leer y escribir, que, cuando fue al colegio, la profesora le felicitó por su letra bonita y porque leía perfectamente. ¿Pero por qué le dicen cuñado en el último párrafo? ¿Lo escribiría algún pretendiente de mis tías? ¿Cuántos años tenían ellas en 1948? Si no me equivoco, mi tía Griselda es de 1933, o sea tendría quince años. Ya estaba en edad de merecer. ¿Mi tía Julia sería mayor o menor que mi tía Griselda?
Aquí mencionan a mi tío Lauro como llegado del “estrangero”. ¿Cuántos años tendría, uno, dos, quizá solo meses? En 1961, cuando se volvió loco, tendría trece años más o menos. Estaría como Nacho. A esa edad le chocó el daño que la bruja María Villanueva le hizo a mi papá. Qué gente malvada para hacer eso a un chiquillo. Gente sin corazón. Y de nuestra propia familia. Malvada como Mariana, que desprecia a Nacho como si este no fuera un Gastelú también, que nunca ha creído en la locura del tío Lauro ni del bisabuelo, o tatarabuelo, Marianito. Para ella, eran cambios de la adolescencia, o una tara de los Gastelú, que se manifiesta en los varones al final de la pubertad, dizque hasta la tercera generación. ¿Y por qué yo me salvé? ¿A qué edad se volvería loco el bisabuelo o tatarabuelo Marianito? ¿Marianito también era un Gastelú? Habría que preguntarle al viejo.
Después de escribir un poco Tú que miras el mar, me acuesto, pues mañana tengo que ir temprano al hospital.
Otra vez el Almenara. Extensas colas en las puertas de los consultorios. Enfermeras y enfermeros que llevan a los pacientes en camillas, en sillas de rueda. La desesperanza dibujada en los rostros de las personas enfermas. Las miradas tristes. El dolor en toda su magnitud.
Todo este ambiente me deprime, yo que nunca me deprimo por nada, me enferma. Sino fuera por mi papá, no vendría.
El viejo está en el segundo piso.
Le he traído sus cosas a mi papá, le digo al guachimán, mostrándole la bolsa amarilla donde está su piyama, su ropa interior, sus útiles de aseo.
Pero no es día de visita, me dice el tipo.
Somos familiares de la enfermera Grace Fuller Manucci del hospital de Vitarte, le miento.
El huevón duda. Dirá este cholito qué va a ser familiar de los Fuller Manucci.
Voy a consultar, dice.
Lo cambio nomás y salgo, le suplico. Otros días no puedo venir. Por favor.
Pero solo un ratito, me dice el hombre, un gigante vestido de marrón de la cabeza a los pies. Parece un gorila. Suda copiosamente. ¿Darle un sol para su gaseosa o su agua mineral? Sino me llaman la atención a mí.
Gracias, amigo. No te preocupes que entro y salgo al toque nomás. Toma para tu gaseosa.
Gracias.
Después de buscar en todo el pabellón, al fin encuentro la cama del viejo. Está volteado a su izquierda, como mirando el pedazo de cielo que se ve desde su ventana. Lo contemplo en silencio. Ese es mi padre, mi padre que era fuerte, que parecía invencible, incansable, que construyó tantas casas, que cavó tantas zanjas, que pasó más de la mitad de su vida con mi madre. Ahora está casi derrotado por la enfermedad. Ahora la muerte se cierne sobre su cabeza.
Se vuelve lentamente como si supiera que lo están observando.
¡Arolín!
¡Pá!
Caigo sobre su pecho y lloro. Lloramos. Lloramos como ese 22 de julio del 2006 cuando la vieja cumplió un año de ausencia.
Está más delgado que nunca. Tiene unas profundas ojeras. Sus manos están huesudas. ¿Por qué ya no estará amarillo? ¿Ya no segregará bilis?
Sé que ha llegado la hora de mi partida, hijo…, me dice, con voz entrecortada.
No digas eso, pá, le digo, para darle esperanzas, para que no pierda la fe. Yo todavía dudo que se tenga que morir. Te sanarás e iremos a Chincho…
Ya no, Arolín… Estuve pensando y he llegado a la conclusión que esos cuarenta años que le pedí a Jehová fueron los cuarenta años que han pasado desde que curó mis males.
¡Pá!
No llores, hijo. Sé que Jehová me tendrá en cuenta en el día de la resurrección. Le he sido fiel desde la primera vez que leí su Palabra. Por eso no le tengo miedo a la muerte. Además, he vivido ochenta y dos años. He vivido más que mis padres, más que María, más que muchas personas a las que he querido. Tengo que estar agradecido a Nuestro Señor por los cuarenta años más de vida que me ha dado cuando ya estaba desahuciado, por los padres que he tenido, por la mujer que tuve, por un hijo inteligente y bueno como tú, por todo lo que he vivido en estos cuarenta años más que me dio de vida.
Sigo sollozando. Me pasa sus sarmentosas manos por los cabellos, por los escasos cabellos que también tengo. Sus manos de enormes dedos y grandes uñas, sus manos que eran fuertes, que partían la roca a punta de comba, que cortaban leña, que abrían surcos en la tierra para que de ella brotara el pan para nuestra subsistencia, sus manos que tocaban la guitarra con ternura, que dibujaban esas letras bonitas que siempre envidié.
Jehová es Dios de los vivos, no de los muertos. Él mismo lo dice: el que cree en mí, será salvo. Y yo creo en Él y tengo la esperanza de la vida eterna, de ser llamado en el día del Juicio Final para ser juzgado y recompensado con una vida en el Paraíso.
¡Pá!
Espero que algún día vuelvas a la Organización para poder estar juntos durante el reinado de los mil años de Jesucristo, hijo.
¿Prometerle lo que no haré? Cuántas veces discutíamos porque yo no era como John: un Testigo de Jehová ejemplar, el orgullo de su padre.
Algún día, pá…
Eso espero, hijo. Nunca es tarde para aprender la Palabra del Señor, para volver al camino correcto.
¿Qué decirle para no lastimarlo?
¿No te gustaría estar de nuevo con tu mamá?
Lloro.
En el reinado de nuestro señor Jesucristo ya no existirán el odio, la maldad, el desprecio. Si Dios perdona a Mariana y a Carolina, seremos una familia feliz como no lo fuimos en esta tierra imperfecta.
Si Dios las perdona a ellas, ¿por qué no me puede perdonar a mí?, pienso.
Trataré, pá…
¿Cómo están los chicos?
Bien, pá. Te extrañan.
Tú los quieres como si fueran tus hijos. Edúcalos para que sean profesionales, para que nunca le extiendan la mano a nadie por un pan… Para que no terminen como John.
Te lo prometo, pá, le digo. Las lágrimas bajan incontenibles por mis mejillas. Lágrimas que él seca con sus dedos.
Tu mamá va a estar contenta. Recuerda que quiso a Nacho y a Diego como si fueran sus hijos. Por ellos soportó todo el odio que le dieron Mariana, Carolina y Jonás… Si esos chicos fueran jardineros, albañiles, mototaxistas, esa gente estaría contenta. No permitas eso, Arolín.
No lo permitiré, pá. No permitiré que nadie les haga daño nunca. Te lo prometo.
Lo sé. Sé que harás eso. ¿Sabes?: para tu mamá eras su mejor hijo, siempre decía que valías oro, y para mí también. Nunca nos trajiste dolores de cabeza, nunca nos hiciste pasar vergüenza. Solo nos has dado alegrías. Yo siempre me acuerdo cuando ganaste el Premio Horacio y fuimos todos a la ceremonia de premiación. Jehová te ha dado sabiduría porque conoce tu corazón y sabe que en el fondo eres un hombre bueno.
Si sabe que soy bueno, ¿por qué me hizo así?, pienso.
Lloramos.
Le doy un poco del agua que le han dejado en un jarro. Bebe un sorbo.
Hasta ahora no sé por qué Mariana y Carolina odiaban a su madre. María era tan buena…
Un día van a pagar bien caro todo lo que le han hecho a la vieja, pá, te lo juro.
No es buena la venganza, hijo. Dios dijo que hay que poner siempre la otra mejilla…
Yo no, pá. Si la vieja no se hubiera muerto, no estarías acá. Y ellas la mataron con todo el odio que le dieron, con todos los chismes que le traían.
Lo sé, pero perdónalas, son tus hermanas, es obra de Satanás…
¡Jamás, pá!, murmuro, nunca se los voy a perdonar. Solo viviré para hacerles recordar todo lo que le hicieron a la vieja. Si tengo el corazón podrido, es por culpa de ellas.
Dios es el único juez, Arolín, no lo olvides. Él las juzgará. No te desgracies la vida por quienes no valen la pena.
No le digo nada.
Siempre vayan a Chincho. Allí está la casa de tu abuelo Ignacio, el terreno de tu abuela Felicitas. Consérvenla. Lleva a los chicos para que conozcan la tierra de sus antepasados.
Lo haré, pá.
¿Están regando las plantas?
Sí, pá, le digo. Para qué decirle que el motor se ha malogrado, que el agua solo llega hasta mitad del cerro.
Ese terreno es tuyo. Cuando te pague Vinces, has un muro, no vayan a invadir.
Al primero que se quiera meter, lo atravieso con la lanza.
Se sonríe.
En mi choza tengo unos documentos, unas cartas… Están en un maletín marrón de cuero. Te pueden servir a ti que te gusta escribir. Consérvalos.
¿Decirle que ya los encontré?
Los conservaré, pá.
No quiero misa, ni cruces, ni nada. El muerto está bien muerto, ya no necesita nada. ¿Recuerdas ese pasaje de la Biblia donde el rey David estaba triste durante la enfermedad de su hijo, mas después, cuando murió, cantó y bailó?
Sí, pá. Lo recuerdo.
Lo hizo porque cuando uno muere ya no siente dolor, ni hambre, ni nada. Cuando uno está vivo hay que preocuparse, después ya no. El ser humano es como cualquier animalito que se muere. El espíritu, la fuerza activa que nos mantiene con vida, vuelve a Jehová. El día de la resurrección despertaremos con nueva carne, estaremos jóvenes como Jesucristo. Sanos y fuertes.
¡Pá!
No llores, Arolín. ¿Cuándo te casarás?
Algún día, pá…
¿Revelarle mi secreto? ¿Para que se muera de un infarto?
¿En tu colegio no hay una profesora buena, trabajadora?
No, pá. Todas son casadas, viejas, gordas y feas.
Sonríe.
Tiene que ser una chica buena, de su casa, como tu mamá…
Para no terminar como John.
Su vida será como la de Adán, por cojudo. Ganará cada pan con el sudor de su frente hasta el último de sus días. Solito se buscó su infierno por desobediente.
Pá…
¿Sí, hijo?
Quiero pedirte disculpas…, agarro sus manos que están puro hueso y pellejo.
¿De?
¿Te acuerdas de esa vez que no ingresé al Conservatorio, discutimos y…?
No te preocupes, hijo… No llores. Hace tiempo que te perdoné. ¿Te acuerdas cuando fuimos a Palpa, Pisco, Ica, Chincha?
Sí, pá, me acuerdo.
¿Cómo se llama esa playa que hay en Chincha a donde fuimos?
Cruz Verde.
¿Sabes?: le he pedido a Jehová que, cuando nos dé un lugar para vivir durante el reinado de su hijo Jesucristo, me dé un lugarcito así, junto al mar.
Sé que te lo dará, pá. Tú has sido, y eres su siervo fiel.
Eso espero yo también, para estar con tu mamá, con todos ustedes, con Juan Ignacio y Eva Cristina, con tus abuelos, con mi abuela Cristina…
Con Prudencio Luján.
También, ¿por qué no?
Reímos.
Un guachimán entra a la habitación. Me pregunta si tengo pase para ingresar en días que no son de visita. Le digo que no. Me pide que me retire.
Hijo de puta, pienso.
Le doy un beso en la frente al viejo y salgo diciéndole que volveré lo antes posible. En la estación de enfermeras le pregunto a una cuándo le volverán a colocar la sonda al viejo. Me dice que lo están evaluando.
Parto al Inei. El horario sigue siendo una cagada: han vuelto a modificarlo. ¿Me pueden dar día libre el miércoles?, les pregunto a los de la comisión de horarios pensando que así puedo visitar al viejo a mitad de semana. Los más antiguos descansan los miércoles, me dicen, choteándome. Hijos de puta, pienso, aguantando las ganas de mandarlos a la mierda.
En la noche, después de escribir mi novela, me he prometido que siempre escribiré así esté cagado, para no estarlo más, continúo revisando los papeles del viejo. Encuentro un par de cartas más. La siguiente está escrita a máquina. Está dirigida a los que compraron la casa.
Huanta, 5 de Enero de 1,968
Señor: Teodocio Aranda y señora:
Me querido y estimado señor Aranda les deseo que la presente carta que les encuentre gozando de lo más perfecta estado de salud en compañía de tu queridísima esposa, hijos, e hijas y más familiares que les rodea en esa.
Después, de saludarte muy cariñozamente paso a decirle lo siguiente: señor, Aranda nosotros nos encontramos sin ninguna novidad por la divina providencia de nuestro salvador hasta el momento, solo extrañando la presencia de Uds.
La presente carta tiene por objeto a la qué respecta los areglos pendientes que tenemos con Ud. señor Aranda, según la comunicación de mi primo Maximiliano Luján dice que Ud. quieres cancelar el saldo que debe, para mí está mágnifico si asi lo desean Uds. yo le hé dado la amplia facultad a mi primo Maximiliano Luján Gastelú para que areglen cuanto antes más posible conforme que han acordado con mi primo, yo sinceramente señor Aranda, no tengo tiempo con los trabajos para ir yo mismo a areglar con Ud. yo la véz pasada que fue areglar con Ud. envano por eso yo le dije a Ud. mejor seria devolverle su dinero pero en consecuencia entercambiando ideas con mi esposa hemos llegado a un conclusión de areglar con Ud. ó en sofacto venderlo á otro, de modo ya que Ud. piensa cancelar el saldo estamos de acuerdo yo y mi señora, de manera Uds. traten de areglar con mi hermano M. Luján G. y, anticipo mis sinceros agradecimientos que todo salga satisfactoriamente la casa es suya señor Aranda y señora.
Me despido de Uds. sin otro particular, aprovechando la oportunidad para reiterarles de mi más alta consideración y estima personal.
Dios guarde a Ud.
Att. Y S.S. Juan D. Gastelú Luján
Faltaban dos años todavía para que regresáramos a Vitarte, a vivir primero donde el tío Estanis, y después en La Realidad. Y mi padre seguía empeñado en vender la casa, a pesar, como se ve, que el comprador le hacía largas.
La otra carta es de mi madre. Es de ese mismo año, pero meses después. Yo ya tenía tres meses de nacido. Y papá estaba en Lima.
Huanta 22 de Setiembre de 1968
Señor Juan de Dios Gastelú, Lima
Mi muy estimado Juan
Te deseo que la presente carta que le halle gozando de la buena salud en unión de tus queridicimos familiares.
Después de saludarte pazo a comunicarte los siguientes reglones.
Querido Juan haqui nosotros estamos siempre sufriendo de ti que al separarse de hogar ase falta que las criaturas sufren por ti tanto estan enfermos con la gripe, la vevita está muy mal
Sabes Juan de la hacienda Santa rosa no se sabe nada por que mi papá no ha ido a trabajar resulta que no sabemos hasta hoy nada
Que también necesito plata ya esta terminando con el remedio que compro para los chicos por hezo te pido que me mandes plata y también necesito ace.
Me despido cariñozamente con fuerte habrazo recibe saludos de Carolina, Marianita, Gerson y de la comadre Saturnina que tanto siente por ti y espero pronto la respuesta.
Continúa en la otra cara:
Los animales también estan bien y Juan las 2 gallinas sea muerto el día martes por la mañana no se sabe lo que ha pasado
Ya despues mandare el día lunes o martes una carta y haura pronto hey abreguado un tereno por la calle por el fondo cuesta 40 el metro cuadrado y en la calle cuesta 80 metro cuadrado
María Palomino
¿Mamá estaba en Cangari o en Huanta? ¿Quién le escribió la carta? ¿Carolina? Pero mi hermana tenía cinco años, dudo que supiera escribir. La caligrafía es elemental, pareciera que lo hubieran escrito con un lapicero que estaba a punto de acabarse. No tiene firma, solo el nombre de mamá al final. El papel tiene seis huequitos hechos por la polilla que pasó una sola vez por la hoja doblada dejando ese agujero como recuerdo de su paso. ¿Quién era la “vevita” que estaba muy mal?, ¿Mariana, que entonces tenía dos años y ocho meses, o yo? A mí me llama Gerson en la despedida. Es mi segundo nombre, pero con z.
¿Tan abandonados estábamos que no teníamos ni para el ace?
Hay tantas cosas que tengo que preguntarle al viejo cuando se sane.