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jueves, 30 de abril de 2009

Adiós, abril

Se va abril, el primer mes completo sin papá. Hoy fui a Chosica con Diego y Bere. Fuimos al chifa y después a dar vueltas por el Parque Central. A veces imagino que son mis hijos. No lo son, pero parece que lo fueran. Nacho se me está escapando de las manos. Entre más crecen, los chicos ya quieren volar.
Hace 23 años pasó algo que quizá me lleve a la tumba. Es mi secreto, el único que no he compartido con nadie.

martes, 28 de abril de 2009

Un día negro

Hoy fue un día de mierda en el colegio, zutano y mengana me dijeron que fulano les había dicho que los chicos andan estropeando las guitarras que utilizo para dar mis clases, que si siguen así, mejor que se compren cada uno sus instrumentos, yo me pregunto con qué se van a comprar si no tienen ni para una flauta dulce, ellos prefieren que las guitarras se llenen de polvo y terminen llenos de polillas a que lo usen los otros. Bueno, faltan pocos días para que terminen el primer bimestre y ya veré qué enseño en el segundo, que sus guitarras se las metan en el culo.

La rosa negra

I.M. María Eugenia


–Señor, ¿puede prestarme la escalera?
Miré hacia abajo. La mujer era joven y bonita. Llevaba un vestido negro de modelo antiguo. En las manos tenía un ramo de rosas blancas.
–Un momento y termino –le dije.
Estaba visitando a mi madre. Terminé de ponerle sus flores. Era el atardecer del 31 de octubre. Al día siguiente el cementerio se iba a convertir en una feria. Detesto las aglomeraciones, la música y las muestras de euforia en un lugar que yo considero para el recogimiento y la paz.
–Espero –dijo ella.
Chau, mamá, pasado mañana vengo, cuídame, murmuré.
–La escalera es suya, señorita.
–¿Podría ayudarme a llevarla hasta el nicho de mi difunto? –pidió. Tenía la voz suave como el susurro del viento entre las flores del camposanto.
–Claro. No faltaba más. ¿A qué pabellón?
–Al San Martín de Porres.
Me puse la escalera sobre los hombros y eché a andar tras ella. El pabellón San Martín de Porres estaba en el lado antiguo del camposanto. El ceñido vestido dibujaba su figura estilizada. A su paso dejaba una estela de perfume añejo. ¿Quién se te murió?, solía ser la pregunta con que empezaba yo mis diálogos cuando alguien me interesaba. Había obtenido buenos resultados en un par de ocasiones. Generalmente en los camposantos las personas están con ánimos de contar sus vidas, sus pesares después de haber sufrido una pérdida y necesitan oír unas palabras de consuelo. ¿Quién se te murió, amiga? Esta vez se me hacía difícil emplear mi fórmula. Temía que notara mi apresuramiento. Poco a poco se llega al cielo, Agustín, me dije.
Llegamos al pabellón indicado. Habíamos recorrido medio cementerio. Tenía los hombros adoloridos. Así debió de estar Cristo después de cargar su cruz, pensé.
–Mi finadito está allí –dijo ella, señalando un nicho de la última fila–. ¿Podría ponerle sus flores? Yo no llego.
–Sostenga bien la escalera porque no quiero visitar a San Pedrito antes de tiempo.
–No se preocupe –dijo, con una sonrisa.
Empecé a subir rogando que mi peso no venciera la fuerza de la chica –se la veía tan frágil– y rodara escaleras abajo. ¿Por qué construirán pabellones tan altos? ¿Para que las almas lleguen más rápido al cielo?
Los floreros contenían unas rosas resecas por el tiempo. Por lo visto, al difunto venían a visitarlo una vez al año. El nicho estaba cubierto de polvo y tela de araña. Saqué los floreros. Me dispuse a bajar. Miré hacia abajo: un esqueleto sostenía la escalera. Me miró con sus cuencas vacías. Era una mirada penetrante. Sonrió. Tenía los dientes amarillos, largos. Dioses. Sentí un desvanecimiento. Me sostuve fuerte para no caer. Quise gritar, pero ningún sonido brotó de mi garganta. Me restregué los ojos y volví a mirar: la chica me sonreía mientras sostenía la escalera con ambas manos y un pie. Debe haber sido una mala jugada de mis sentidos, me dije. ¿No había escuchado la semana anterior el aullido de un perro y el arrastrarse de unas cadenas? En los cementerios pasan algunas cosas que escapan a la razón.
–¿Le pasa algo? –preguntó la chica.
¿Contarle lo que acababa de ver para que me tildara de loco?
–No. Nada. No se preocupe.
Volví a subir para limpiar el nicho. El polvo que se levantó casi me asfixia. Creo que lo mejor es que a uno lo incineren y tiren sus cenizas al mar para no causar más molestias a los vivos.
Bajé y volví a subir llevando los floreros que la chica había lavado con las rosas frescas. Sin querer, me pinché un dedo con una espina.
–¡Oh, se ha lastimado! –dijo, tomando mi mano.
Tenía las manos heladas como una lápida. Eran unas manos blancas, casi transparentes, se notaban las venas que la recorrían. Tenía las uñas largas y pintadas de rojo como la sangre que no cesaba de brotar de mi dedo.
Ella sacó de su escote un pañuelito de seda y me envolvió el dedo. El pañuelo blanco se puso rojo al instante. ¿Tanta sangre brotaba de un pinchazo?
Presionó mi dedo un buen rato. Sus manos se mancharon. Al fin cesó la hemorragia. Se las lavó.
Oscurecía. Los últimos deudos abandonaban el camposanto.
–¿Nos vamos, o se queda?
–Nos vamos. Ya llegará el día en que me quede aquí para siempre.
Sonrió.
–¿Un cafecito? –le ofrecí.
–Si no es mucha molestia. Gracias.
Ahora estábamos sentados frente a frente ante dos humeantes tazas de café.
–¿Cómo te llamas? –le pregunté.
–Camila –dijo ella.
–¿A quién vienes a visitar?
–A mi padre. ¿Y usted?
–A mi madre.
Sus ojos brillaron. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
La muerte de un ser querido es el dolor más profundo que un hombre pueda padecer, pensé mientras acariciaba sus heladas manos. Tantas cosas que compartí con mamá. Tantos sueños que se quedaron truncos ante su repentina partida.
Lloró por un buen rato. Llorar es bueno. Llorar libera tu corazón de un gran peso. La vida es así. Todos vamos a morir algún día. A mamá la lloré meses. La lloré todos los días. Fue la mujer más buena que haya conocido. Mi único consuelo es saber que ahora, esté donde esté, está en paz.
Poco a poco se fue calmando.
–¿Vienes mañana a visitar a tu mamá, Agustín?
Le iba a decir que no, ¿no te parece patético que la gente baile, cante, se emborrache perturbando la tranquilidad de los muertos?
–Sí –dije–. Un rato. ¿Tú?
–También –dijo Camila–. A ver si nos encontramos.
–¿A qué hora?
–¿Te parece tempranito? Hay menos gente que en la tarde.
Nos despedimos quedando encontrarnos a las nueve de la mañana.

Al siguiente día la esperé inútilmente durante todo el día soportando el barullo de la gente.
Busqué una escalera. Subí. Los floreros llenos de sangre contenían unas relucientes rosas negras.
Agustín Vidal: 06 junio 1868 – 31 octubre 1945, decía allí. Recuerdo de su hija Camila.

lunes, 27 de abril de 2009

La felicidad

Hoy he encontrado una razón para sonreír, para mirar el futuro con optimismo.

domingo, 26 de abril de 2009

La casa vacía


Agustín lanzó una maldición. Trató de encender una y otra vez el motor del auto, pero todos sus intentos fueron inútiles. Afuera la lluvia arreciaba. ¿Dónde encontraría un mecánico a esa hora? Era casi la medianoche en su reloj. Las casas de La Realidad estaban todas con las luces apagadas. El alumbrado público apenas iluminaba lo indispensable como para saber que allí, al frente, se levantaba un pueblo. ¿Quedarse a dormir en el vehículo? Podría ser, pero si el cielo seguía vaciándose así, pronto habría otro diluvio universal, y precisamente su auto no era ni de lejos el arca de Noé. A un par de metros de la carretera pasaba el río Rímac arrastrando en su fiero y lodoso caudal piedras, árboles arrancados de raíz y sabe Dios qué cosas más. En cualquier momento podría desbordarse y allí sí lo lamentaría. La carretera estaba solitaria, ni un vehículo a la vista, ni siquiera un grifo donde pedir ayuda. Tal vez habría caído un huayco en las alturas interrumpiendo el paso. Cómo saberlo si hasta la radio no funcionaba. Era mejor buscar un lugar donde pasar la noche antes de que las cosas se pusieran color hormiga. En La Realidad debía de haber aunque sea un rincón donde estar seguro hasta el día siguiente.
Bajó del vehículo y cruzó la carretera en dirección al pueblo caminando bajo la copiosa lluvia. Las calles estaban convertidas en un lodazal, el agua se metía por sus zapatos y ni una sola casa con las luces encendidas. Dobló una calle, y otra, y otra. Todo el mundo parecía dormir. No debió de haber viajado tan tarde, debió de haber esperado el día siguiente, pero cómo iba a saber él que iba a llover de esa manera. Esa lluvia era inusual. Por aquí llovía en verano, nunca en julio. Mañana era veintidós de julio. Treinta años atrás, su madre todavía estaba viva. Treinta años atrás, su madre estaba viviendo su última noche de existencia. Al día siguiente moriría, culminaría su paso por la tierra.
Cruzó la plaza y vio una casa con las ventanas iluminadas. Se alegró. Era la única con las luces prendidas en ese pueblo fantasma. A ella se dirigió de prisa sintiendo cómo el frío le calaba los huesos, el alma.
Cruzó un jardín lleno de geranios. ¿Beethoven? Alguien tocaba el piano. En medio del golpeteo de la lluvia y el rumor del río reconoció La patética de Beethoven. Cuántas veces lo había tocado su madre. Se abrió una puerta en su memoria y vio las manos, blancas, bien cuidadas, de largos y finos dedos, de su madre cayendo como esta lluvia sobre las teclas del viejo piano que ahora estaría apolillándose en algún rincón de la antigua casona familiar.
Los Eucaliptos 141, decía la placa sobre la puerta de madera recién barnizada. Los Eucaliptos 141, repitió bajito. Vaya coincidencia: esa era la misma dirección de su casa. En todos los pueblos había una calle llamada Los Eucaliptos, por lo visto.
En lugar de timbre había un reluciente puño de bronce.
Llamó. Nadie.
Insistió. ¿Y si alguien se había quedado dormido escuchando un disco de Beethoven? La lluvia se intensificaba. Llamó otra vez. Dejaron de tocar el piano, o apagaron el tocadiscos. Escuchó unos ligeros pasos acercándose a la puerta.
–¿Quién? –preguntó una voz de mujer.
–Mi auto se ha malogrado cerca de aquí. No sé si podría…
La puerta se abrió.
–Buenas noches, señorita, disculpe que la moleste tan tarde, es que mi auto…
–Pase, pase –dijo la joven–. No vaya a pescar una pulmonía con este clima.
–Gracias.
Ella lo condujo a una salita. En una chimenea ardían los leños llenando de calor el ambiente. En un rincón estaba un viejo piano. Parecía el mismo piano que había pertenecido a su mamá.
–¿Era La patética lo que tocaba?
La chica dijo que sí.
–Para no aburrirme.
Alimentó el fuego con otro leño.
Era bonita. El fuego le daba unos matices rojos a su albo rostro. Tenía los ojos grandes y oscuros. Su negra y ondeada cabellera estaba atada en una larga cola de caballo.
–Mamá también tocaba el piano –dijo Agustín–. Y tocaba La patética. Al escucharla me acordé de ella. Mañana son treinta años desde que murió.
–Lo siento mucho. ¿Cómo se llamaba?
–María Luisa.
–Qué coincidencia, yo también me llamo igual.
Agustín hizo un gesto de incredulidad.
–En serio –dijo ella–. María Luisa es un nombre común.
María Luisa era joven. A lo mucho tendría unos veinte años. ¿Qué habría estado haciendo su mamá a esa edad? El viejo la conoció a los veintitrés, se casaron, lo tuvieron a él.
–¿Una taza de café? Ha quedado un poco de comida. ¿Le sirvo?
–Si no es mucha molestia. Gracias.
–De nada.
Pareces mi mamá, iba a decirle Agustín. Su mamá siempre lo esperaba con la comida caliente.
–¿Qué hacía a estas horas en la carretera? –preguntó ella desde la cocina.
–Iba a Chosica. Mañana le vamos a hacer una misa a mamá. Quería limpiar la casa donde vivió.
Alguien empezó a toser en un cuarto cercano.
–Es mi abuelita que está con una fuerte gripe –dijo María Luisa, cruzando la salita–. Ya vengo.
Agustín la vio desaparecer en una puerta al fondo del pasillo. Afuera, la lluvia no tenía cuándo acabar. Las amplias ventanas eran golpeadas por las gruesas gotas de lluvia. A lo lejos el río bramaba como un animal furioso. Qué sería de su auto. Tantos sacrificios para comprarlo para que al final se lo lleve el río. Menos mal que no se quedó a dormir allí. Qué suerte había tenido al encontrar esta casa. La única casa en todo el pueblo con las luces prendidas. El resto parecía dormir placidamente.
María Luisa cruzó hacia la cocina. Agustín escuchó el ruido de tazas, platos y cubiertos. Se acordó del ruido que hacía su mamá en la cocina de su casa.
–Sírvase –dijo la muchacha, alcanzándole una bandeja donde humeaba una taza de café y un plato con saltado.
–Muchas gracias.
–De nada.
–Está rico –dijo Agustín, probando el saltado–. Parece la sazón de mi mamá.
María Luisa sonrió. Tenía una bonita sonrisa. Las lenguas de fuego se reflejaban en su blanca y pareja dentadura.
Desde la otra habitación volvieron a toser y ella se fue corriendo.
–Ya regreso.
La lluvia seguía cayendo con furia sobre el pueblo. Agustín, después de comer, se asomó a la ventana: las calles parecían ríos, el cielo era iluminado por los relámpagos a cada instante. Las casas continuaban con las luces apagadas. Suerte que encontré este refugio, se repitió otra vez, sino, dónde estaría ahora.
–De repente desea descansar –dijo ella al regresar–. Tenemos un cuarto de huéspedes.
–Todavía no –dijo Agustín–. Más bien me gustaría escucharla. Claro, si no es abusar de su hospitalidad.
–Al contrario –María Luisa sonrió, echó otro leño al fuego, y se puso al piano. Sus dedos, largos, delicados, casi transparentes, de uñas recortadas y bien pulidas y sin pintar, empezaron a caer sobre el teclado como la lluvia sobre ese extraño pueblo–. Casi nunca tengo oyentes.
–¿Die schöne müllerin?
Ella asintió.
–Schubert.
–Mamá solía tocarlo siempre –dijo Agustín. Cerró los ojos para disfrutar mejor de ese instante tan especial. Vio a su madre tocando el piano en la sala de la casona familiar. Tenía las manos bien bonitas. Casi no recordaba su rostro. Sus manos sí las recordaba con toda claridad como si nunca las hubiera dejado de ver. Y también recordaba las canciones que tocaba. ¡Mamá! Después de tanto tiempo iba a visitar su tumba. Se sintió culpable de tenerla olvidada, de no llevarle ni un ramo de flores en tantos años. Esa pieza era Das wandern, el lied favorito de su madre, y el suyo también. Cuántas veces lo había tocado mamá. Si no hubiese muerto tan temprano, seguramente él también hubiese sido pianista y hoy estaría dando un recital en algún lugar del mundo y no estaría en ese pueblo donde la lluvia no tenía cuándo acabar. ¿Tanta agua había en los cielos? Pero bien valía un chapuzón el estar aquí escuchando a María Luisa cuyas bien cuidadas manos seguían danzando sobre el teclado como una ballerina. Se miró las manos. No, esas no podían ser las manos de un pianista. Eran feas, sus dedos eran gruesos, torpes. Sintió vergüenza de sus manos. Ahora la chica tocaba Nouvelles pièces fruides. Satie. Otra vez su madre. Volver a la infancia, estar junto a mamá, escucharla tocar todas las tardes. Tocaba divino. Se arrepintió de no haber seguido sus pasos. Él era un músico frustrado. Claro de Luna. Vuelta Beethoven. Ese era el primer movimiento. Otra vez su madre. Afuera el cielo seguía derramando sus lágrimas sobre La Realidad. Los rugidos de ese animal furioso que era el río cada vez se hacían más fuertes. Qué sería de su pobre auto.
Volvieron a toser.
–¡Dioses, ya es tarde! –exclamó la chica como si recién se diese cuenta de la hora que era–. Debes estar muriéndote de sueño.
Agustín asintió aunque no tenía ganas de irse a dormir.
María Luisa fue donde su abuela y regresó al minuto y lo condujo al cuarto de huéspedes.
Mientras el sueño lo vencía, Agustín volvió a escuchar La patética. Beethoven. Su madre, sus manos bonitas y bien cuidadas de largos y frágiles dedos que caían como la lluvia sobre el teclado. Una chica así era lo que siempre había estado buscando.


Una semana después, esta vez de día, un día hermoso lleno de sol y sin lluvia, Agustín estaba de vuelta en La Realidad. Buscó Los Eucaliptos 141. Se sorprendió al encontrar una casa antigua en cuya sucia ventana de lunas rotas un cartel deslucido por las inclemencias del tiempo decía SE VENDE. No recordaba haber visto ese aviso. Los geranios a duras penas sobrevivían en ese jardín devorado por la mala hierba. ¿Esa era la casa donde había sido acogido en esa noche de infernal llovizna? Quizá se había equivocado de dirección, pero allí decía, sobre la vetusta puerta de madera, Los Eucaliptos 141. Hizo sonar el herrumbroso puño de bronce.
Nadie.
Insistió.
–Nadie vive en esa casa hace años –le dijo una señora sacando la cabeza desde la casa vecina.
–¿Nadie dice?
–Así es. Hace años vivía una viejita, viuda ella, que tocaba el piano. Pero se murió y desde entonces nadie vive allí. Decía que tenía un hijo, pero parece que el hijo se murió antes que ella porque nunca vino a visitarla.

Libros

Últimamente he leído los siguientes libros, todos de literatura infantil y juvenil:
Hasta el verano que viene de Tormod Haugen, bella historia de la pequeña Britt que quiere ser grande.
El niño que vivía en las estrellas de Jordi Sierra i Fabra, una historia para que los padres, y los que no lo somos, reflexionemos sobre lo que hacemos con los niños.
El pequeño vampiro de Ángela Sommer-Bodenburg, una historia divertida sobre los vampiritos que todos llevamos dentro.
El muchacho que inventaba historias de Margareth Mahy, buena la historia del tendero que venció al diablo.
La gran Gilly Hopkins de Katherine Paterson, una historia conmovedora donde se nos demuestra que el amor todo lo puede.
El cristal del miedo de Marcelo Serrano y su hija Margarita Maira Serrano, una historia divertida.
Hay espacio para todos de Diana Cornejo, otra historia donde el amor lo puede todo.
Me han dicho que tanta lectura es por culpa de una depresión, ¿será cierto? Pero la paso bien leyendo.
Debería de estar de asesor de lecturas del profesor de Diego, porque el tipo es un cero a la izquiera en cuanto a lectura infantil, en fin.

sábado, 25 de abril de 2009

Sueño

Hoy soñé con mi padre. Estaba fuerte, sano. Estábamos trabajando. Es la primera vez que lo sueño desde su muerte. Esté donde esté, debe estar mejor que en este mundo.

viernes, 24 de abril de 2009

A dona aranha

Esta canción de Sandy y Junior para mis sobrinas Bere y Nela
http://www.youtube.com/watch?v=-MnidyLYLH0
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Joana come papa
http://www.youtube.com/watch?v=xz-MTlpEIjA

El amor eres tú

Vivía en la soledad, / atado a un pasado, / desconfiando del amor, / solo me había causado dolor. / Vivía hastiado / de esos amores / que un día se marcharon / dejándome el corazón lleno de dolores. / Pero el día menos pensado / nuestros caminos se encontraron / y al escuchar las palabras de tus labios / los gorriones en mis oídos cantaron. / Mi corazón volvió a latir, / y es que al mirarte a ti / tuve razones nuevas para sonreír, / para seguir, para vivir./ Es que el amor eres tú, / porque es azul / el cielo que era gris / desde que estás junto a mí. / Hoy sé que una mirada tuya basta / para olvidar los malos amores, / para secar las lágrimas, / para olvidar tantos sinsabores.
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Titánic en las voces de Sandy y Junior
http://www.youtube.com/watch?v=0NfDXepqZ4c

jueves, 23 de abril de 2009

Los vampiros de La Realidad

Los primeros habitantes llegaron a La Realidad huyendo de la ocupación del ejército chileno. Entonces la distancia entre el valle y la capital era enorme, había que cruzar un enmarañado monte infestado de fieras y un caudaloso río. ¡Quién se iba a imaginar que un siglo y medio después todo se llenaría de cemento e hidroeléctricas! Irónicamente, estas están ahora en manos de nuestros antiguos enemigos. Entre ese grupo de personas estuvieron los Helder; nadie sabía de dónde habían salido, pero destacaban por su belleza física: gente de tez blanca, ojos claros y cabellos rubios y su hablar extraño, una mezcla de español y un idioma desconocido. Eran cuatro: papá, mamá y una niña y un niño. Desde un comienzo, esta familia se comportó de una manera extraña: buscaron para habitar un lugar aislado y alejado, casi nunca se les veía en el pueblo. Un día ocurrió un crimen en las afueras del pueblo, camino a la estancia de los Helder: José, un chico que presumía de sostener amoríos con Marianne Helder, fue hallado muerto con orificios en el cuello y sin una gota de sangre en las venas. ¿Qué animal habría hecho eso? Ningún animal conocido. A esa muerte siguieron otras, y otras. Había que hallar un culpable, y todas las miradas apuntaron a esa familia tan extraña. Son brujos, dijo alguien. Practican el incesto, añadió otro, por eso papá Helder ha matado al amante de su hija. Son vampiros, dijo uno que había estado alguna vez en Europa y escuchado la leyenda del Empalador de Transilvania, ¿acaso se les ve de día?, ¿y ese idioma con el que se comunican entre ellos? Alguien aseguró haber visto a papá Helder merodeando el pueblo a altas horas de la noche. La chusma, enardecida, decidió hacer “justicia” con sus propias manos y acabar con los que, supuestamente, estaban cometiendo esos crímenes. Los cuatro Helder fueron muertos con una estaca clavada en sus corazones. Fueron enterrados en el patio de su casa. Unos años después, la peste arrasó con casi toda la población de La Realidad. Los muertos fueron enterrados al lado de los supuestos vampiros, lejos del pueblo, como si también fuesen malditos. Con los años, y cuando La Realidad creció, el lugar se convirtió en el cementerio oficial. Alguien, no se sabe quién, construyó un mausoleo para los Helder, ¿se dieron cuenta que habían cometido un error? Cuando éramos niños y había algún muerto en el pueblo, solíamos acompañar al cortejo y siempre íbamos a ver la tumba de los “vampiros” cuya historia nos habían contado nuestros abuelos. Pero un día dejé de ir, perdí el encanto de visitar la tumba de los Helder, murieron amigos, vecinos, y nunca iba, veía de lejos nomás el cortejo fúnebre, hasta que murió mamá y siempre la visitaba. Cuando cumplió un año, fui con un amigo y allí nos agarró la noche bebiendo para despedir el largo periodo de duelo. Entonces recordé a los vampiros cuya historia pobló mi niñez. Fuimos a buscar su mausoleo. Allí estaba, carcomida por el paso de los años y la malahierba. ¿Sería cierto que los mataron ensartándoles estacas en el corazón? Quizá con el paso del tiempo la gente fue exagerando, haciendo añadidos a esa antiquísima historia. Verifiquemos, dijo mi amigo, animado por el alcohol. No sin esfuerzo, utilizando un fierro como palanca, destapamos los cajones. Allí estaban los cuatro, intactos a pesar del paso del tiempo. Solo tenían manchas de sangre y la ropa agujereada en el lugar donde supuestamente les clavaron las estacas. Marianne Helder parecía una princesa dormida: era hermosísima, tenía las pestañas largas, los labios rojos como si acabara de beber una copa de sangre, la piel lozana y los cabellos largos y rubios. Los lamparones de sangre aun parecían frescos en el vestido blanco como de novia que tenía por mortaja. Antes de cerrar el ataúd, no resistí la tentación de acariciarle el rostro. Así lo hice. El corazón me dio un brinco: todos los muertos que había tocado hasta entonces parecían témpanos de hielo, en cambio, el rostro de Marianne estaba tibio, podía sentir en la yema de los dedos la sangre que fluía en sus venas.