Diego es uno de mis sobrinos más inteligentes, creo que el más inteligente de todos. Ya pasa a la secundaria. Conversamos siempre. Le teme a la muerte: hace cinco minutos estábamos sonriendo, felices, y ahora estamos muertos, dice. Le cuento las mismas historias que me contaba mi padre para que conozca la historia de la familia.
martes, 4 de enero de 2011
La muerte de Juan de Dios Gastelú (primer capítulo)

1
Los ojos amarillos, la piel amarilla.
Parece un patito, don Juan de Dios, le dice la enfermera.
Una picazón insoportable.
¿Qué tendrá, señorita?
Quizá sea cirrosis.
¿Cirrosis? Mi papá es Testigo de Jehová. Ni agua toma.
La enfermera sonríe. Le mide la presión, la temperatura. Los análisis nos dirán con certeza qué tiene, me dice. Quizá comió algo que le hizo daño.
Eso es lo más probable. Desde que mamá murió, el viejo come lo que puede, lo que le prepara Mariana, lo que le alcanza Carolina, lo que a veces le da Flora de mala gana. Muchas veces come la comida fría, no sabe prender la cocina a gas, a deshora: Carolina le manda un plato de comida a las cuatro, a esa hora almuerzan los Apesteguis, que el viejo se guarda para su cena. Cuántas veces le he dicho ¿por qué no le mandas su plato a las seis?, pero nunca me hizo caso.
Eso debe haberle chocado.
Lloriquea.
Todo saldrá bien, papá, no te preocupes, le digo, acariciándole la cabeza calva, confía en la ciencia. Confía en tu Dios, sobre todo.
Qué fregada es la edad, qué frágil se vuelve uno con los años. Del hombre fuerte que era el viejo, solo queda la sombra, un ser asustado, ¿ante la inminencia de la muerte?, el llanto por cualquier motivo.
Se aburre. Se acaba enero y el calor es insoportable pese a que su cama está a un paso de la ventana que da a la calle. Extrañará sus películas del Viejo Oeste, seguro, sus películas mexicanas que veíamos los jueves y sábados en las tardes. Extrañará La movida de los sábados. Extrañará a la Jeanette Barboza, su amor platónico. En esta sala no hay ni un televisor viejo. Las horas se le harán interminables.
Está harto de estar conectado al suero sin obtener ningún alivio. Al menos no se lo ha arrancado como hace algunos años.
¿Por qué no me llevan al otro hospital?, me dice.
Se refiere al Jesús Labrador de Lince, donde estuvo en noviembre cuando tuvo un ligero derrame cerebral. Está harto de compartir su habitación con cinco personas, hombres y mujeres. En el Jesús Labrador tenía un solo compañero, tenía la ducha a un paso.
Te tienen que hacer más análisis, le digo, pegando mi boca a su oído izquierdo porque está sin su audífono. Quizá después te lleven al otro hospital.
Don Juan de Dios es especial, me dice la enfermera, nunca está contento con nada.
Él es así, señorita, le digo. Dice que no lo dejan bañarse.
Quiere ducharse a las cuatro de la mañana, ¿y si se enferma más de lo que está?
Se nos va antes de tiempo. ¿No cree que sería lo mejor?
La enfermera sonríe. Qué malo, no hable así, me dice.
Es broma, le digo. ¿Lo puedo ayudar a bañarse antes de irme?
Sí. Le voy a quitar el suero un rato. Su presión está normal, igual su temperatura.
Gracias.
La enfermera le saca la manguerita del suero, le cubre la vía con espadrapo. Ahora sí puede bañarse todo lo que quiera, don Juan de Dios, le dice, levantando la voz. Ya sabe que papá no escucha muy bien.
Ayudo al viejo a bajar de su cama y vamos a la ducha.
Se quita la bata. Tiene la piel amarilla. Está lleno de marquitas que se ha hecho de tanto rascarse. En su pecho y en sus brazos tiene las cicatrices que le dejó la explosión del horno cuando trabajaba en una panadería en Pisco. Su espalda se ha curvado tanto que parece una joroba. Sus nalgas parecen dos pelotas pequeñas. Apenas se le nota el pipilí, oscuro, arrugado, cubierto de vellos grises.
De la pinta y el porte de Pedro Infante que tenía, según viejas fotografías que conserva Mariana, no queda nada. La piel amarilla, la cabeza calva, la boca desdentada, la espalda encorvada. Un poco más y se parece a Gollum/Smeagol.
Algún día estaré así, pienso. Dentro de cuarenta años. Si llego a vivir los casi ochenta y dos años que ha vivido el viejo.
Abre el grifo y el chorro de agua fría cae sobre su cuerpo. Me pide que le jabone la espalda. Se queda un buen rato bajo el chorro de agua. Parece un niño disfrutando de un buen baño en este verano insoportable.
Lo ayudo a secarse, a cambiarse.
Báñate también, Arolín, me dice.
En la casa, le digo, aunque ganas no me faltan.
Se afeita, se lava los dientes, los pocos dientes que aún le quedan.
Ahora sí te pareces a Pedro Infante.
Sonríe.
Volvemos a la sala. Se para al lado de la ventana, yo me siento en la silla que hay para las visitas. Me saco los zapatos aprovechando que no hay ninguna enfermera a la vista. Los pies me arden, tengo ampollas. ¿Serán mis riñones?
¿Cuándo iremos a Chincho?, me pregunta.
En julio, le digo, pensando ¿de dónde sacaré plata?
¿Ya te pagó Vinces?, me pregunta, como leyéndome el pensamiento.
Todavía, le digo. No le he dicho que hace unos meses Vinces me dijo ¿qué tal ese dinero lo invertimos en un negocio en lugar que te lo gastes en cualquier cosa?
Deberías denunciarlo a ese tipo.
Eso es lo que voy a hacer, le digo. Si quieres, podemos ir a Pisco cuando te den de alta.
Sonríe. Seguro está recordando lo que nos pasó hace dos años en Palpa cuando fuimos tras las huellas del mítico Prudencio Luján, su bisabuelo o tatarabuelo que llegó de España y se casó con una chinchana.
Mejor vamos a Chincho, me dice. Allá me puedo sanar, el clima es limpio. Y, con la plata que te den, podemos mejorar la casa de mi papá para no estar molestando a la familia, comprar un terrenito en Huanchuy para criar chanchos. Nacho y Diego podrían estudiar en la San Cristóbal de Huamanga.
Es buena idea, le digo. Podría reasignarme a Huanta, o a Huamanga.
Allá seguro consigues esposa.
Algún día. Todavía estoy bien así. No quiero terminar como John.
Reímos.
Podríamos ir a Iribamba a buscar el tesoro del Rey Chiquito.
Recuerdo el camino sembrado de torreones antiterroristas. Mamá, Nachito y la tía Susana al lado del chofer; el tío Adrián y yo en la tolva. ¿Iremos a Huanta?
Claro.
Vibra mi celular. Es Mariana. ¿Cómo está mi papá?, pregunta. Bien, le digo. Mañana tengo que ir al Almenara a sacarle cita en oncología.
Le pasó el teléfono al viejo. Lloriquea. Pregunta por los chicos, por Nela, por Bere. Manda saludos para todos.
Lo ayudo a subir a su cama.
Abre su vieja Biblia de pasta verde que le hemos traído y me habla de Dios. Existe la vida eterna para todos los justos, me dice. Deberías de estudiar la Palabra de Jehová aunque sea cinco minutitos al día, Arolín.
¿Para terminar como John?, me dan ganas de decirle, pero no lo hago recordando nuestras discusiones de antes cuando me espetaba que yo no fuera como John.
Siempre habla de Dios, me dice la paciente del frente, una viejecita con el cabello completamente cano. Así habría tenido su cabello mi mamá si John no le hubiera venido con sus problemas desde que se casó a la loca con Emilia, si Mariana no hubiera convertido en infierno la vida de mi madre por culpa de ese mal matrimonio, pienso. ¿Es evangelista?
Testigo de Jehová, le digo. ¿Usted?
Católica.
Ni le diga a mi papá porque él detesta a los católicos, le digo.
La viejecita sonríe.
Jehová no te exige demasiado.
Estudiaré cuando tenga un poco más de tiempo, le digo.
Ojalá que exista Dios, pienso, para ver a mi mamá, a Juan Ignacio, a Eva Cristina, a mi abuela Felicitas, a todas las personas que mis padres amaron. No soy un tipo malo a pesar de no ser creyente, aunque sé que eso no es suficiente para alcanzar el Paraíso. Para alcanzar la vida eterna que pregona papá hay que hacer méritos, sacrificios que por el momento no me siento capaz de hacer.
Otra vez vibra mi celular. Es Carolina. ¿Cómo está mi papá?
Bien, le digo, pensando deberías de venir a cuidarlo siquiera un rato, mandar a Apestegui. Acaba de bañarse, ahora está hablando hasta por los codos de Dios.
Si habla así, es que está bien, me dice Carolina.
Mmm. Te paso con el viejo. Es Carolina.
Menos mal que el viejo no lloriquea esta vez. ¿Cómo están los chicos?
El viejo habla y habla y habla. Si habla así, es que está bien. Ahora sé que saldrá bien librado de este percance. En noviembre estaba peor, creíamos que no se salvaría, que terminaría como mamá, o quedaría hemipléjico. Le dieron de alta y se recuperó rapidito, hasta su cara que estaba media chueca volvió a la normalidad. Igual el 2006, en que incluso lo operaron. Esa vez sí pasé las de Caín: estaba trabajando y viviendo en Vallecito. Ni bien terminaba mi hora, salía volando para venir a cuidar al viejo que estaba con un humor insoportable. Una vez se arrancó el suero porque no le curaba nada, alegó, les jaló los cabellos a las enfermeras, insultó a todo el mundo. Llegué al hospital y lo encontré como Túpac Amaru, atado a su cama, lloriqueando, maldiciendo a las enfermeras, a los médicos. Cuántas noches me quedé acompañándolo, durmiendo en la silla de visitas, o a un ladito de él en su cama, muriéndome de sueño al día siguiente. ¿Y el resto de sus hijos? Nada, solo Mariana y yo preocupándonos de él, dejando a un lado nuestro odio, nuestras disputas, nuestros rencores.
Esa vez le extirparon un tumor maligno de las vías biliares. Pienso: ¿y si el tumor reapareció? Imposible. El doctor dijo que tenía otro tumorcito que no tocaron, tardará veinte años en crecer, antes se morirá de otra cosa.
Me asomo a la ventana. Son casi las seis pero todavía brilla el sol. Por la calle pasan las chicas vestidas ligeramente exultando vida por todos sus poros, los chicos haciendo malabares en sus skates. Pero no los envidio, nosotros también hemos tenido buenos momentos en nuestras vidas, como hace dos años que estuvimos en Chincha, Pisco, Ica, Palpa, disfrutando del verano, de las playas chinchanas y pisqueñas, de la Huacachina, comiendo y bebiendo hasta el hartazgo, y todo gracias a un cuento con el cual gané un concurso en Trujillo. Quizá esa vez debí de haberlo llevado a Trujillo para que conociera Chan Chan, Huanchaco, pero recién lo habían operado y todavía estaba convaleciente.
Me devuelve el celular.
Le doy su cena y voy a la casa, le digo a mi hermana.
Que coma toda su comida.
Ya. Chau.
Papá me pasa su Biblia. Lee un poco, me dice. Voy a descansar un rato.
Cierra los ojos y empieza a roncar casi en seguida. Hojeo un rato esa Biblia vieja de pasta verde que debe ser la misma con la cual nos repasaba lectura a John y a mí cuando íbamos a acompañarlo a Huachipa durante las vacaciones escolares en esos lejanos días de nuestra infancia. Si mal no recuerdo, la leí hasta Salmos. Cuando papá se bautizó, fui yo el único que lo acompañó a Campoy. Antes íbamos toda la familia al Salón del Reino, incluso mamá, a quien le caían antipáticos los Testigos de Jehová. Hasta que Carolina y Mariana crecieron y se sublevaron. Mariana se volvió católica. John y yo pagamos pato: los sábados que papá no podía ir a las reuniones nos mandaba a los dos. Y no podíamos hacerle el avión porque tenías que recogerle La Atalaya y Despertad. Pero un día John y yo también crecimos y papá iba solito a las reuniones.
Incluso yo dejé de creer en Dios. Una noche me dije ¿qué pasaría si no rezo antes de acostarme? Ya no iba a las reuniones, pero siempre rezaba.
No pasó nada. Y no volví a rezar nunca más, ni en las peores circunstancias. No es verdad que en la universidad me volví ateo. ¡Cuántas veces discutí con el viejo por eso!
El que volvió al redil fue John. En 1990 empezó a tener ataques de ansiedad, pesadillas. Tenía veinte años, estaba en la universidad, era un chico guapo, inteligente, siempre fue el más inteligente de la familia, incluso más que Mariana, el que siempre sacaba diplomas en el colegio. Le gustaba bailar, divertirse. Le gustaban en exceso las mujeres. Esa sería su perdición.
Fue el primero de la familia en ingresar a la universidad.
Yo trabajaba en Multitemp, le daba para sus gastos. Me decía Chino, cuando termine la carrera y trabaje, estudiarás tú, te ayudaré.
Bien que terminó la carrera, bien que me ayudó.
Un sábado en la noche se sintió mal. Yo estaba escuchando música con mi amigo Viejo Alberto. Me siento mal, Chino, me dijo. Tómate un café y vete a dormir, le dije, pero, como seguía insistiendo en que se sentía mal, le avisamos a Mariana y lo llevamos al hospital.
Tenía un ataque de ansiedad. El doctor le preguntó si era adicto. John no fumaba ni cigarros. Tampoco tomaba. Ni yo. Eso lo aprendimos del viejo: nunca lo he visto borracho en mi vida. Le recetaron un calmante. Si se repetían los ataques, que se tomara la mitad de la pastilla.
Se repitieron, y con mayor ferocidad y a cualquier hora, tanto que ya no quiso ir a clases y en las noches dormía en la cama de los viejos porque los malos sueños convirtieron sus noches en tormentos.
Y los médicos no le encontraban nada.
Quizá le han hecho daño, dijo el viejo. Sabía de lo que hablaba: en su vida tenía un largo historial de daños, maldiciones, misas negras que le habían hecho brujas y brujos con las intenciones de matarlo, arruinarlo. El daño existe, Arolín, aunque tú no lo creas.
Le di la plata y él mismo lo llevó donde esos brujos que hay a una lado de la Carretera Central en San Andrés, Vitarte. Que me perdone Jehová, dijo, pero es la vida de mi hijo.
Dos chicos y una chica le han hecho daño, les dijo el brujo. Las chicas porque John se burló de ellas. El chico por celos. Han enterrado su foto en un cementerio.
Recuerdo que un día fui al viejo cementerio de La Realidad y me puse a buscar entre las tumbas la foto de mi hermano. Pero no la encontré.
Yo le costeé el tratamiento. Incluso pensé en pedir un préstamo para voltearle el daño que le habían hecho a mi hermano. Pero lo que pedía el brujo por ese trabajito era una cifra exorbitante. El país estaba en crisis, pedir un préstamo era ponerse la soga al cuello.
A mí ni me pidan plata porque no tengo, dijo Mariana. Se morirá pues, por pendejo.
Un domingo don Manchego tocó la puerta de la casa. Era hermano espiritual del viejo y nos conocía desde niños.
El que necesita en estos momentos a Jehová es John, le dije a don Manchego. Le conté la historia de mi hermano.
Ese mismo día John empezó a estudiar la Biblia con don Manchego. Volvió al redil. Y cambió radicalmente: vendió sus casacas y sus jeans, se deshizo de sus casets de rock metálico. Dejó de asistir definitivamente a clases
Y se fue de casa porque en La Realidad estaban sus enemigos. Ese fue un golpe terrible para la vieja, que lo adoraba, igual el viejo. Creo que allí mamá empezó a morir un poco. Y peor todavía cuando John vino con la noticia, tres años después, que se iba a casar con una hermana espiritual.
Si papá se entusiasmó con ese matrimonio, dos hermanos espirituales casados significaba un matrimonio perfecto, mamá no. Emilia también había salido de su casa porque sus padres se oponían a sus creencias religiosas. Su sexto sentido le decía que esa mujer le iba a hacer sufrir a su hijo. Y el tiempo le daría la razón.
No se preocupe, señora, los hijos vendrán después, le aseguró Emilia. Primero vamos a hacer nuestra casita, comprar nuestras cositas, y John tiene que terminar sus estudios.
Bien que John terminó sus estudios, bien que los hijos vinieron después.
Esa pendeja se buscó un cojudo que la mantuviera, me diría después papá.
Quizá si ese domingo no le hubiera dicho a don Manchego que mi hermano necesitaba a Jehová más que yo nunca hubiera conocido a Emilia y mi madre estaría ahora viva.
Mejor se hubiera muerto cuando estaba enfermo, decía mamá cuando John venía a contarle entre lágrimas el infierno en que se había convertido su vida al lado de Emilia.
Los ojos amarillos, la piel amarilla.
Parece un patito, don Juan de Dios, le dice la enfermera.
Una picazón insoportable.
¿Qué tendrá, señorita?
Quizá sea cirrosis.
¿Cirrosis? Mi papá es Testigo de Jehová. Ni agua toma.
La enfermera sonríe. Le mide la presión, la temperatura. Los análisis nos dirán con certeza qué tiene, me dice. Quizá comió algo que le hizo daño.
Eso es lo más probable. Desde que mamá murió, el viejo come lo que puede, lo que le prepara Mariana, lo que le alcanza Carolina, lo que a veces le da Flora de mala gana. Muchas veces come la comida fría, no sabe prender la cocina a gas, a deshora: Carolina le manda un plato de comida a las cuatro, a esa hora almuerzan los Apesteguis, que el viejo se guarda para su cena. Cuántas veces le he dicho ¿por qué no le mandas su plato a las seis?, pero nunca me hizo caso.
Eso debe haberle chocado.
Lloriquea.
Todo saldrá bien, papá, no te preocupes, le digo, acariciándole la cabeza calva, confía en la ciencia. Confía en tu Dios, sobre todo.
Qué fregada es la edad, qué frágil se vuelve uno con los años. Del hombre fuerte que era el viejo, solo queda la sombra, un ser asustado, ¿ante la inminencia de la muerte?, el llanto por cualquier motivo.
Se aburre. Se acaba enero y el calor es insoportable pese a que su cama está a un paso de la ventana que da a la calle. Extrañará sus películas del Viejo Oeste, seguro, sus películas mexicanas que veíamos los jueves y sábados en las tardes. Extrañará La movida de los sábados. Extrañará a la Jeanette Barboza, su amor platónico. En esta sala no hay ni un televisor viejo. Las horas se le harán interminables.
Está harto de estar conectado al suero sin obtener ningún alivio. Al menos no se lo ha arrancado como hace algunos años.
¿Por qué no me llevan al otro hospital?, me dice.
Se refiere al Jesús Labrador de Lince, donde estuvo en noviembre cuando tuvo un ligero derrame cerebral. Está harto de compartir su habitación con cinco personas, hombres y mujeres. En el Jesús Labrador tenía un solo compañero, tenía la ducha a un paso.
Te tienen que hacer más análisis, le digo, pegando mi boca a su oído izquierdo porque está sin su audífono. Quizá después te lleven al otro hospital.
Don Juan de Dios es especial, me dice la enfermera, nunca está contento con nada.
Él es así, señorita, le digo. Dice que no lo dejan bañarse.
Quiere ducharse a las cuatro de la mañana, ¿y si se enferma más de lo que está?
Se nos va antes de tiempo. ¿No cree que sería lo mejor?
La enfermera sonríe. Qué malo, no hable así, me dice.
Es broma, le digo. ¿Lo puedo ayudar a bañarse antes de irme?
Sí. Le voy a quitar el suero un rato. Su presión está normal, igual su temperatura.
Gracias.
La enfermera le saca la manguerita del suero, le cubre la vía con espadrapo. Ahora sí puede bañarse todo lo que quiera, don Juan de Dios, le dice, levantando la voz. Ya sabe que papá no escucha muy bien.
Ayudo al viejo a bajar de su cama y vamos a la ducha.
Se quita la bata. Tiene la piel amarilla. Está lleno de marquitas que se ha hecho de tanto rascarse. En su pecho y en sus brazos tiene las cicatrices que le dejó la explosión del horno cuando trabajaba en una panadería en Pisco. Su espalda se ha curvado tanto que parece una joroba. Sus nalgas parecen dos pelotas pequeñas. Apenas se le nota el pipilí, oscuro, arrugado, cubierto de vellos grises.
De la pinta y el porte de Pedro Infante que tenía, según viejas fotografías que conserva Mariana, no queda nada. La piel amarilla, la cabeza calva, la boca desdentada, la espalda encorvada. Un poco más y se parece a Gollum/Smeagol.
Algún día estaré así, pienso. Dentro de cuarenta años. Si llego a vivir los casi ochenta y dos años que ha vivido el viejo.
Abre el grifo y el chorro de agua fría cae sobre su cuerpo. Me pide que le jabone la espalda. Se queda un buen rato bajo el chorro de agua. Parece un niño disfrutando de un buen baño en este verano insoportable.
Lo ayudo a secarse, a cambiarse.
Báñate también, Arolín, me dice.
En la casa, le digo, aunque ganas no me faltan.
Se afeita, se lava los dientes, los pocos dientes que aún le quedan.
Ahora sí te pareces a Pedro Infante.
Sonríe.
Volvemos a la sala. Se para al lado de la ventana, yo me siento en la silla que hay para las visitas. Me saco los zapatos aprovechando que no hay ninguna enfermera a la vista. Los pies me arden, tengo ampollas. ¿Serán mis riñones?
¿Cuándo iremos a Chincho?, me pregunta.
En julio, le digo, pensando ¿de dónde sacaré plata?
¿Ya te pagó Vinces?, me pregunta, como leyéndome el pensamiento.
Todavía, le digo. No le he dicho que hace unos meses Vinces me dijo ¿qué tal ese dinero lo invertimos en un negocio en lugar que te lo gastes en cualquier cosa?
Deberías denunciarlo a ese tipo.
Eso es lo que voy a hacer, le digo. Si quieres, podemos ir a Pisco cuando te den de alta.
Sonríe. Seguro está recordando lo que nos pasó hace dos años en Palpa cuando fuimos tras las huellas del mítico Prudencio Luján, su bisabuelo o tatarabuelo que llegó de España y se casó con una chinchana.
Mejor vamos a Chincho, me dice. Allá me puedo sanar, el clima es limpio. Y, con la plata que te den, podemos mejorar la casa de mi papá para no estar molestando a la familia, comprar un terrenito en Huanchuy para criar chanchos. Nacho y Diego podrían estudiar en la San Cristóbal de Huamanga.
Es buena idea, le digo. Podría reasignarme a Huanta, o a Huamanga.
Allá seguro consigues esposa.
Algún día. Todavía estoy bien así. No quiero terminar como John.
Reímos.
Podríamos ir a Iribamba a buscar el tesoro del Rey Chiquito.
Recuerdo el camino sembrado de torreones antiterroristas. Mamá, Nachito y la tía Susana al lado del chofer; el tío Adrián y yo en la tolva. ¿Iremos a Huanta?
Claro.
Vibra mi celular. Es Mariana. ¿Cómo está mi papá?, pregunta. Bien, le digo. Mañana tengo que ir al Almenara a sacarle cita en oncología.
Le pasó el teléfono al viejo. Lloriquea. Pregunta por los chicos, por Nela, por Bere. Manda saludos para todos.
Lo ayudo a subir a su cama.
Abre su vieja Biblia de pasta verde que le hemos traído y me habla de Dios. Existe la vida eterna para todos los justos, me dice. Deberías de estudiar la Palabra de Jehová aunque sea cinco minutitos al día, Arolín.
¿Para terminar como John?, me dan ganas de decirle, pero no lo hago recordando nuestras discusiones de antes cuando me espetaba que yo no fuera como John.
Siempre habla de Dios, me dice la paciente del frente, una viejecita con el cabello completamente cano. Así habría tenido su cabello mi mamá si John no le hubiera venido con sus problemas desde que se casó a la loca con Emilia, si Mariana no hubiera convertido en infierno la vida de mi madre por culpa de ese mal matrimonio, pienso. ¿Es evangelista?
Testigo de Jehová, le digo. ¿Usted?
Católica.
Ni le diga a mi papá porque él detesta a los católicos, le digo.
La viejecita sonríe.
Jehová no te exige demasiado.
Estudiaré cuando tenga un poco más de tiempo, le digo.
Ojalá que exista Dios, pienso, para ver a mi mamá, a Juan Ignacio, a Eva Cristina, a mi abuela Felicitas, a todas las personas que mis padres amaron. No soy un tipo malo a pesar de no ser creyente, aunque sé que eso no es suficiente para alcanzar el Paraíso. Para alcanzar la vida eterna que pregona papá hay que hacer méritos, sacrificios que por el momento no me siento capaz de hacer.
Otra vez vibra mi celular. Es Carolina. ¿Cómo está mi papá?
Bien, le digo, pensando deberías de venir a cuidarlo siquiera un rato, mandar a Apestegui. Acaba de bañarse, ahora está hablando hasta por los codos de Dios.
Si habla así, es que está bien, me dice Carolina.
Mmm. Te paso con el viejo. Es Carolina.
Menos mal que el viejo no lloriquea esta vez. ¿Cómo están los chicos?
El viejo habla y habla y habla. Si habla así, es que está bien. Ahora sé que saldrá bien librado de este percance. En noviembre estaba peor, creíamos que no se salvaría, que terminaría como mamá, o quedaría hemipléjico. Le dieron de alta y se recuperó rapidito, hasta su cara que estaba media chueca volvió a la normalidad. Igual el 2006, en que incluso lo operaron. Esa vez sí pasé las de Caín: estaba trabajando y viviendo en Vallecito. Ni bien terminaba mi hora, salía volando para venir a cuidar al viejo que estaba con un humor insoportable. Una vez se arrancó el suero porque no le curaba nada, alegó, les jaló los cabellos a las enfermeras, insultó a todo el mundo. Llegué al hospital y lo encontré como Túpac Amaru, atado a su cama, lloriqueando, maldiciendo a las enfermeras, a los médicos. Cuántas noches me quedé acompañándolo, durmiendo en la silla de visitas, o a un ladito de él en su cama, muriéndome de sueño al día siguiente. ¿Y el resto de sus hijos? Nada, solo Mariana y yo preocupándonos de él, dejando a un lado nuestro odio, nuestras disputas, nuestros rencores.
Esa vez le extirparon un tumor maligno de las vías biliares. Pienso: ¿y si el tumor reapareció? Imposible. El doctor dijo que tenía otro tumorcito que no tocaron, tardará veinte años en crecer, antes se morirá de otra cosa.
Me asomo a la ventana. Son casi las seis pero todavía brilla el sol. Por la calle pasan las chicas vestidas ligeramente exultando vida por todos sus poros, los chicos haciendo malabares en sus skates. Pero no los envidio, nosotros también hemos tenido buenos momentos en nuestras vidas, como hace dos años que estuvimos en Chincha, Pisco, Ica, Palpa, disfrutando del verano, de las playas chinchanas y pisqueñas, de la Huacachina, comiendo y bebiendo hasta el hartazgo, y todo gracias a un cuento con el cual gané un concurso en Trujillo. Quizá esa vez debí de haberlo llevado a Trujillo para que conociera Chan Chan, Huanchaco, pero recién lo habían operado y todavía estaba convaleciente.
Me devuelve el celular.
Le doy su cena y voy a la casa, le digo a mi hermana.
Que coma toda su comida.
Ya. Chau.
Papá me pasa su Biblia. Lee un poco, me dice. Voy a descansar un rato.
Cierra los ojos y empieza a roncar casi en seguida. Hojeo un rato esa Biblia vieja de pasta verde que debe ser la misma con la cual nos repasaba lectura a John y a mí cuando íbamos a acompañarlo a Huachipa durante las vacaciones escolares en esos lejanos días de nuestra infancia. Si mal no recuerdo, la leí hasta Salmos. Cuando papá se bautizó, fui yo el único que lo acompañó a Campoy. Antes íbamos toda la familia al Salón del Reino, incluso mamá, a quien le caían antipáticos los Testigos de Jehová. Hasta que Carolina y Mariana crecieron y se sublevaron. Mariana se volvió católica. John y yo pagamos pato: los sábados que papá no podía ir a las reuniones nos mandaba a los dos. Y no podíamos hacerle el avión porque tenías que recogerle La Atalaya y Despertad. Pero un día John y yo también crecimos y papá iba solito a las reuniones.
Incluso yo dejé de creer en Dios. Una noche me dije ¿qué pasaría si no rezo antes de acostarme? Ya no iba a las reuniones, pero siempre rezaba.
No pasó nada. Y no volví a rezar nunca más, ni en las peores circunstancias. No es verdad que en la universidad me volví ateo. ¡Cuántas veces discutí con el viejo por eso!
El que volvió al redil fue John. En 1990 empezó a tener ataques de ansiedad, pesadillas. Tenía veinte años, estaba en la universidad, era un chico guapo, inteligente, siempre fue el más inteligente de la familia, incluso más que Mariana, el que siempre sacaba diplomas en el colegio. Le gustaba bailar, divertirse. Le gustaban en exceso las mujeres. Esa sería su perdición.
Fue el primero de la familia en ingresar a la universidad.
Yo trabajaba en Multitemp, le daba para sus gastos. Me decía Chino, cuando termine la carrera y trabaje, estudiarás tú, te ayudaré.
Bien que terminó la carrera, bien que me ayudó.
Un sábado en la noche se sintió mal. Yo estaba escuchando música con mi amigo Viejo Alberto. Me siento mal, Chino, me dijo. Tómate un café y vete a dormir, le dije, pero, como seguía insistiendo en que se sentía mal, le avisamos a Mariana y lo llevamos al hospital.
Tenía un ataque de ansiedad. El doctor le preguntó si era adicto. John no fumaba ni cigarros. Tampoco tomaba. Ni yo. Eso lo aprendimos del viejo: nunca lo he visto borracho en mi vida. Le recetaron un calmante. Si se repetían los ataques, que se tomara la mitad de la pastilla.
Se repitieron, y con mayor ferocidad y a cualquier hora, tanto que ya no quiso ir a clases y en las noches dormía en la cama de los viejos porque los malos sueños convirtieron sus noches en tormentos.
Y los médicos no le encontraban nada.
Quizá le han hecho daño, dijo el viejo. Sabía de lo que hablaba: en su vida tenía un largo historial de daños, maldiciones, misas negras que le habían hecho brujas y brujos con las intenciones de matarlo, arruinarlo. El daño existe, Arolín, aunque tú no lo creas.
Le di la plata y él mismo lo llevó donde esos brujos que hay a una lado de la Carretera Central en San Andrés, Vitarte. Que me perdone Jehová, dijo, pero es la vida de mi hijo.
Dos chicos y una chica le han hecho daño, les dijo el brujo. Las chicas porque John se burló de ellas. El chico por celos. Han enterrado su foto en un cementerio.
Recuerdo que un día fui al viejo cementerio de La Realidad y me puse a buscar entre las tumbas la foto de mi hermano. Pero no la encontré.
Yo le costeé el tratamiento. Incluso pensé en pedir un préstamo para voltearle el daño que le habían hecho a mi hermano. Pero lo que pedía el brujo por ese trabajito era una cifra exorbitante. El país estaba en crisis, pedir un préstamo era ponerse la soga al cuello.
A mí ni me pidan plata porque no tengo, dijo Mariana. Se morirá pues, por pendejo.
Un domingo don Manchego tocó la puerta de la casa. Era hermano espiritual del viejo y nos conocía desde niños.
El que necesita en estos momentos a Jehová es John, le dije a don Manchego. Le conté la historia de mi hermano.
Ese mismo día John empezó a estudiar la Biblia con don Manchego. Volvió al redil. Y cambió radicalmente: vendió sus casacas y sus jeans, se deshizo de sus casets de rock metálico. Dejó de asistir definitivamente a clases
Y se fue de casa porque en La Realidad estaban sus enemigos. Ese fue un golpe terrible para la vieja, que lo adoraba, igual el viejo. Creo que allí mamá empezó a morir un poco. Y peor todavía cuando John vino con la noticia, tres años después, que se iba a casar con una hermana espiritual.
Si papá se entusiasmó con ese matrimonio, dos hermanos espirituales casados significaba un matrimonio perfecto, mamá no. Emilia también había salido de su casa porque sus padres se oponían a sus creencias religiosas. Su sexto sentido le decía que esa mujer le iba a hacer sufrir a su hijo. Y el tiempo le daría la razón.
No se preocupe, señora, los hijos vendrán después, le aseguró Emilia. Primero vamos a hacer nuestra casita, comprar nuestras cositas, y John tiene que terminar sus estudios.
Bien que John terminó sus estudios, bien que los hijos vinieron después.
Esa pendeja se buscó un cojudo que la mantuviera, me diría después papá.
Quizá si ese domingo no le hubiera dicho a don Manchego que mi hermano necesitaba a Jehová más que yo nunca hubiera conocido a Emilia y mi madre estaría ahora viva.
Mejor se hubiera muerto cuando estaba enfermo, decía mamá cuando John venía a contarle entre lágrimas el infierno en que se había convertido su vida al lado de Emilia.
lunes, 3 de enero de 2011
La muerte de Juan de Dios Gastelú (primeras páginas, corregidas)
Mi papá y yo en San Bartolomé, la última vez que fuimos, un año antes de su muerte.

Ah, si escribir fuera fácil. Me pasé toda la mañana corrigiendo las primeras hojas de "La muerte de Juan de Dios". En diciembre concluí un manuscrito de 90 páginas, el objetivo eran 10 capítulos de 10 hojas cada uno, y lo hice, pero, cuando empecé a tipearla, las fallas empezaron a saltar a la vista. Entonces empecé otro manuscrito, pensando hago dos hojas al día y en las noches tipeo, pero cuando tampoco estoy contento con lo que tipeo, significa que está mal, pero en lugar de hacer otro manuscrito, me puse a corregirla en la computadora porque se acerca el Premio Horacio y me quedan unos 140 días para terminar esta novelita con la cual pienso participar. Si el año pasado gané el segundo lugar, este año espero el primer lugar, o el segundo o el tercero, pero no pararé hasta ganar el primer lugar.
______________________________________
1
Los ojos amarillos, la piel amarilla.
Parece un patito, dice la enfermera.
Una picazón insoportable.
¿Qué tendrá, señorita?
Quizá sea cirrosis.
¿Cirrosis? Mi papá es Testigo de Jehová. Ni agua toma.
La enfermera sonríe. Le mide la presión, la temperatura. Los análisis nos dirán con certeza qué tiene don Juan de Dios, me dice. Quizá comió algo que le hizo daño.
Eso es lo más probable. Desde que mamá murió, el viejo come lo que puede, lo que le prepara Mariana, lo que le alcanza Carolina, lo que a veces le da Flora de mala gana. Muchas veces come la comida fría, no sabe prender la cocina a gas, a deshora: Carolina le manda un plato de comida a las cuatro que el viejo se guarda para su cena. Cuántas veces le he dicho ¿por qué no le mandas su plato a las seis?, pero nunca me hizo caso.
Eso debe haberle chocado.
Lloriquea.
Todo saldrá bien, papá, no te preocupes, le digo, acariciándole la cabeza calva, confía en la ciencia. Confía en tu Dios, sobretodo.
Qué fregada es la edad, qué frágil se vuelve uno con los años. Del hombre fuerte que era el viejo, solo queda la sombra, un ser asustado, ¿ante la inminencia de la muerte?, el llanto por cualquier motivo.
Se aburre. Se acaba enero y el calor es insoportable pese a que su cama está a un paso de la ventana que da a la calle. Extrañará sus películas del Viejo Oeste, seguro, sus películas mexicanas que veíamos los jueves y sábados en las tardes. Extrañará La movida de los sábados. Extrañará a la Jeanette Barboza, su amor platónico. En esta sala no hay ni un televisor viejo. Las horas se le harán interminables.
Está harto de estar conectado al suero sin obtener ningún alivio. Al menos no se lo ha arrancado como hace algunos años.
¿Por qué no me llevan al otro hospital?, me dice.
Se refiere al Jesús Labrador de Lince, donde estuvo en noviembre cuando tuvo un ligero derrame cerebral. Está harto de compartir su habitación con cinco personas, hombres y mujeres. En el Jesús Labrador tenía un solo compañero, tenía la ducha a un paso.
Te tienen que hacer más análisis, le digo, pegando mi boca a su oído izquierdo porque está sin su audífono. Quizá después te lleven al otro hospital.
Don Juan de Dios es especial, me dice la enfermera, nunca está contento con nada.
Él es así, señorita, le digo. Dice que no lo dejan bañarse.
Quiere ducharse a las cuatro de la mañana, ¿y si enferma más de lo que está?
Se nos va antes de tiempo. ¿No cree que sería mejor?
La enfermera sonríe.
¿Lo puedo ayudar a bañarse antes de irme?
Sí. Le voy a quitar el suero un rato. Su presión está normal, igual su temperatura.
Gracias.
La enfermera le saca la manguerita del suero, le cubre la vía con espadrapo. Ahora sí puede bañarse todo lo que quiera, don Juan de Dios, le dice, levantando la voz. Ya sabe que papá no escucha muy bien.
Ayudo al viejo a bajar de su cama y vamos a la ducha.
Se quita la bata. Tiene la piel amarilla. Está lleno de marquitas que se ha hecho de tanto rascarse. En su pecho y en sus brazos tiene las cicatrices que le dejó la explosión del horno cuando trabajaba en una panadería en Pisco. Su espalda se ha curvado tanto que parece una joroba. Sus nalgas parecen dos pelotas pequeñas. Apenas se le nota el pipilí, oscuro, arrugado, cubierto de vellos grises.
De la pinta y el porte de Pedro Infante que tenía, según viejas fotografías que conserva Mariana, no queda nada. La piel amarilla, la cabeza calva, la boca desdentada, la espalda encorvada. Un poco más y se parece a Gollum/Smeagol.
Algún día estaré así, pienso. Dentro de cuarenta años. Si llego a vivir los casi ochenta y dos años que ha vivido el viejo.
Abre el grifo y el chorro de agua fría cae sobre su cuerpo. Me pide que le jabone la espalda. Se queda un buen rato bajo el chorro de agua. Parece un niño disfrutando de un buen baño en este verano insoportable.
Lo ayudo a secarse, a cambiarse.
Báñate también, Arolín, me dice.
En la casa, le digo, aunque ganas no me faltan.
Se afeita, se lava los dientes, los pocos dientes que aún le quedan.
Ahora sí te pareces a Pedro Infante.
Sonríe.
Volvemos a la sala. Se para al lado de la ventana, yo me siento en la silla que hay para las visitas. Me saco los zapatos aprovechando que no hay ninguna enfermera a la vista. Los pies me arden, tengo ampollas. ¿Serán mis riñones?
¿Cuándo iremos a Chincho?, me pregunta.
En julio, le digo, pensando ¿de dónde sacaré plata?
¿Ya te pagó Vinces?, me pregunta, como leyéndome el pensamiento.
Todavía.
Deberías denunciarlo a ese tipo.
Eso es lo que voy a hacer, le digo. Si quieres, podemos ir a Pisco cuando te den de alta.
Sonríe. Seguro está recordando lo que nos pasó hace dos años en Palpa cuando fuimos tras las huellas del mítico Prudencio Luján, su bisabuelo o tatarabuelo que llegó de España y se casó con una chinchana.
Mejor vamos a Chincho, me dice. Allá me puedo sanar, el clima es limpio. Y, con la plata que te den, podemos mejorar la casa de mi papá para no estar molestando a la familia, comprar un terrenito en Huanchuy para criar chanchos. Nacho y Diego podrían estudiar en la San Cristóbal de Huamanga.
Es buena idea, le digo. Podría reasignarme a Huanta, o a Huamanga.
Allá seguro consigues esposa.
Algún día. Todavía estoy bien así. No quiero terminar como John.
Reímos.
Podríamos ir a Iribamba a buscar el tesoro del Rey Chiquito.
Recuerdo el camino sembrado de torreones antiterroristas. Mamá, Nachito y la tía Susana al lado del chofer; el tío Adrián y yo en la tolva. ¿Iremos a Huanta?
Claro.
Vibra mi celular. Es Mariana. ¿Cómo está mi papá?, pregunta. Bien, le digo. Mañana tengo que ir al Almenara a sacarle cita en oncología.
Le pasó el teléfono al viejo. Lloriquea. Pregunta por los chicos, por Nela, por Bere. Manda saludos para todos.
Lo ayudo a subir a su cama.
Abre su vieja Biblia de pasta verde que le hemos traído y me habla de Dios. Existe la vida eterna para todos los justos, me dice. Deberías de estudiar la Palabra de Jehová aunque sea cinco minutitos al día, Arolín.
¿Para terminar como John?, me dan ganas de decirle, pero no lo hago recordando nuestras discusiones de antes cuando me espetaba que yo no fuera como John.
Siempre habla de Dios, me dice la paciente del frente, una viejecita con el cabello completamente cano. Así habría tenido su cabello mi mamá si John no le hubiera venido con sus problemas desde que se casó a la loca con Emilia, si Mariana no hubiera convertido en infierno la vida de mi madre por culpa de ese mal matrimonio, pienso. ¿Es evangelista?
Testigo de Jehová, le digo. ¿Usted?
Católica.
Ni le diga a mi papá porque él detesta a los católicos, le digo.
La viejecita sonríe.
Jehová no te exige demasiado.
Estudiaré cuando tenga un poco más de tiempo, le digo.
Ojalá que exista Dios, pienso, para ver a mi mamá, a Juan Ignacio, a Eva Cristina, a mi abuela Felicitas, a todas las personas que mis padres amaron. No soy un tipo malo a pesar de no ser creyente, aunque sé que eso no es suficiente para alcanzar el Paraíso. Para alcanzar la vida eterna que pregona papá hay que hacer méritos, sacrificios que por el momento no me siento capaz de hacer.
Otra vez vibra mi celular. Es Carolina. ¿Cómo está mi papá?
Bien, le digo, pensando deberías de venir a cuidarlo siquiera un rato. Acaba de bañarse, ahora está hablando hasta por los codos de Dios.
Si habla así, es que está bien, me dice Carolina.
Mmm. Te paso con el viejo. Es Carolina.
Menos mal que el viejo no lloriquea esta vez. ¿Cómo están los chicos?
El viejo habla y habla y habla. Si habla así, es que está bien. Ahora sé que saldrá bien librado de este percance. En noviembre estaba peor, creíamos que no se salvaría, que terminaría como mamá, o quedaría hemipléjico. Le dieron de alta y se recuperó rapidito, hasta su cara que estaba media chueca volvió a la normalidad. Igual el 2006, en que incluso lo operaron. Esa vez sí pasé las de Caín: estaba trabajando y viviendo en Vallecito. Ni bien terminaba mi hora, salía volando para venir a cuidar al viejo que estaba con un humor insoportable. Una vez se arrancó el suero porque no le curaba nada, alegaba, les jaló los cabellos a las enfermeras, insultó a todo el mundo. Llegué al hospital y lo encontré como Túpac Amaru, atado a su cama, lloriqueando, maldiciendo a las enfermeras, a los médicos. Cuántas noches me quedé acompañándolo, durmiendo en la silla de visitas, o a un ladito de él, muriéndome de sueño al día siguiente. ¿Y el resto de sus hijos? Nada, solo Mariana y yo preocupándonos de él, dejando a un lado nuestro odio, nuestras disputas, nuestros rencores.
Esa vez le extirparon un tumor maligno de las vías biliares. Pienso: ¿y si el tumor reapareció? Imposible. El doctor dijo que tenía otro tumorcito que no tocaron, tardará veinte años en crecer, antes se morirá de otra cosa.
Me asomo a la ventana. Son casi las seis pero todavía brilla el sol. Por la calle pasan las chicas vestidas ligeramente exultando vida por todos sus poros, los chicos haciendo malabares en sus skates. Pero no los envidio, nosotros también hemos tenido buenos momentos en nuestras vidas, como hace dos años que estuvimos en Chincha, Pisco, Ica, Palpa, disfrutando del verano, de las playas chinchanas y pisqueñas, de la Huacachina, comiendo y bebiendo hasta el hartazgo, y todo gracias a un cuento con el cual gané un concurso en Trujillo. Quizá esa vez debí de haberlo llevado a Trujillo para que conozca Chan Chan, Huanchaco, pero recién lo habían operado y todavía estaba convaleciente.
Me devuelve el celular.
Le doy su cena y voy a la casa, le digo a mi hermana.
Que coma toda su comida.
Ya. Chau.
Los ojos amarillos, la piel amarilla.
Parece un patito, dice la enfermera.
Una picazón insoportable.
¿Qué tendrá, señorita?
Quizá sea cirrosis.
¿Cirrosis? Mi papá es Testigo de Jehová. Ni agua toma.
La enfermera sonríe. Le mide la presión, la temperatura. Los análisis nos dirán con certeza qué tiene don Juan de Dios, me dice. Quizá comió algo que le hizo daño.
Eso es lo más probable. Desde que mamá murió, el viejo come lo que puede, lo que le prepara Mariana, lo que le alcanza Carolina, lo que a veces le da Flora de mala gana. Muchas veces come la comida fría, no sabe prender la cocina a gas, a deshora: Carolina le manda un plato de comida a las cuatro que el viejo se guarda para su cena. Cuántas veces le he dicho ¿por qué no le mandas su plato a las seis?, pero nunca me hizo caso.
Eso debe haberle chocado.
Lloriquea.
Todo saldrá bien, papá, no te preocupes, le digo, acariciándole la cabeza calva, confía en la ciencia. Confía en tu Dios, sobretodo.
Qué fregada es la edad, qué frágil se vuelve uno con los años. Del hombre fuerte que era el viejo, solo queda la sombra, un ser asustado, ¿ante la inminencia de la muerte?, el llanto por cualquier motivo.
Se aburre. Se acaba enero y el calor es insoportable pese a que su cama está a un paso de la ventana que da a la calle. Extrañará sus películas del Viejo Oeste, seguro, sus películas mexicanas que veíamos los jueves y sábados en las tardes. Extrañará La movida de los sábados. Extrañará a la Jeanette Barboza, su amor platónico. En esta sala no hay ni un televisor viejo. Las horas se le harán interminables.
Está harto de estar conectado al suero sin obtener ningún alivio. Al menos no se lo ha arrancado como hace algunos años.
¿Por qué no me llevan al otro hospital?, me dice.
Se refiere al Jesús Labrador de Lince, donde estuvo en noviembre cuando tuvo un ligero derrame cerebral. Está harto de compartir su habitación con cinco personas, hombres y mujeres. En el Jesús Labrador tenía un solo compañero, tenía la ducha a un paso.
Te tienen que hacer más análisis, le digo, pegando mi boca a su oído izquierdo porque está sin su audífono. Quizá después te lleven al otro hospital.
Don Juan de Dios es especial, me dice la enfermera, nunca está contento con nada.
Él es así, señorita, le digo. Dice que no lo dejan bañarse.
Quiere ducharse a las cuatro de la mañana, ¿y si enferma más de lo que está?
Se nos va antes de tiempo. ¿No cree que sería mejor?
La enfermera sonríe.
¿Lo puedo ayudar a bañarse antes de irme?
Sí. Le voy a quitar el suero un rato. Su presión está normal, igual su temperatura.
Gracias.
La enfermera le saca la manguerita del suero, le cubre la vía con espadrapo. Ahora sí puede bañarse todo lo que quiera, don Juan de Dios, le dice, levantando la voz. Ya sabe que papá no escucha muy bien.
Ayudo al viejo a bajar de su cama y vamos a la ducha.
Se quita la bata. Tiene la piel amarilla. Está lleno de marquitas que se ha hecho de tanto rascarse. En su pecho y en sus brazos tiene las cicatrices que le dejó la explosión del horno cuando trabajaba en una panadería en Pisco. Su espalda se ha curvado tanto que parece una joroba. Sus nalgas parecen dos pelotas pequeñas. Apenas se le nota el pipilí, oscuro, arrugado, cubierto de vellos grises.
De la pinta y el porte de Pedro Infante que tenía, según viejas fotografías que conserva Mariana, no queda nada. La piel amarilla, la cabeza calva, la boca desdentada, la espalda encorvada. Un poco más y se parece a Gollum/Smeagol.
Algún día estaré así, pienso. Dentro de cuarenta años. Si llego a vivir los casi ochenta y dos años que ha vivido el viejo.
Abre el grifo y el chorro de agua fría cae sobre su cuerpo. Me pide que le jabone la espalda. Se queda un buen rato bajo el chorro de agua. Parece un niño disfrutando de un buen baño en este verano insoportable.
Lo ayudo a secarse, a cambiarse.
Báñate también, Arolín, me dice.
En la casa, le digo, aunque ganas no me faltan.
Se afeita, se lava los dientes, los pocos dientes que aún le quedan.
Ahora sí te pareces a Pedro Infante.
Sonríe.
Volvemos a la sala. Se para al lado de la ventana, yo me siento en la silla que hay para las visitas. Me saco los zapatos aprovechando que no hay ninguna enfermera a la vista. Los pies me arden, tengo ampollas. ¿Serán mis riñones?
¿Cuándo iremos a Chincho?, me pregunta.
En julio, le digo, pensando ¿de dónde sacaré plata?
¿Ya te pagó Vinces?, me pregunta, como leyéndome el pensamiento.
Todavía.
Deberías denunciarlo a ese tipo.
Eso es lo que voy a hacer, le digo. Si quieres, podemos ir a Pisco cuando te den de alta.
Sonríe. Seguro está recordando lo que nos pasó hace dos años en Palpa cuando fuimos tras las huellas del mítico Prudencio Luján, su bisabuelo o tatarabuelo que llegó de España y se casó con una chinchana.
Mejor vamos a Chincho, me dice. Allá me puedo sanar, el clima es limpio. Y, con la plata que te den, podemos mejorar la casa de mi papá para no estar molestando a la familia, comprar un terrenito en Huanchuy para criar chanchos. Nacho y Diego podrían estudiar en la San Cristóbal de Huamanga.
Es buena idea, le digo. Podría reasignarme a Huanta, o a Huamanga.
Allá seguro consigues esposa.
Algún día. Todavía estoy bien así. No quiero terminar como John.
Reímos.
Podríamos ir a Iribamba a buscar el tesoro del Rey Chiquito.
Recuerdo el camino sembrado de torreones antiterroristas. Mamá, Nachito y la tía Susana al lado del chofer; el tío Adrián y yo en la tolva. ¿Iremos a Huanta?
Claro.
Vibra mi celular. Es Mariana. ¿Cómo está mi papá?, pregunta. Bien, le digo. Mañana tengo que ir al Almenara a sacarle cita en oncología.
Le pasó el teléfono al viejo. Lloriquea. Pregunta por los chicos, por Nela, por Bere. Manda saludos para todos.
Lo ayudo a subir a su cama.
Abre su vieja Biblia de pasta verde que le hemos traído y me habla de Dios. Existe la vida eterna para todos los justos, me dice. Deberías de estudiar la Palabra de Jehová aunque sea cinco minutitos al día, Arolín.
¿Para terminar como John?, me dan ganas de decirle, pero no lo hago recordando nuestras discusiones de antes cuando me espetaba que yo no fuera como John.
Siempre habla de Dios, me dice la paciente del frente, una viejecita con el cabello completamente cano. Así habría tenido su cabello mi mamá si John no le hubiera venido con sus problemas desde que se casó a la loca con Emilia, si Mariana no hubiera convertido en infierno la vida de mi madre por culpa de ese mal matrimonio, pienso. ¿Es evangelista?
Testigo de Jehová, le digo. ¿Usted?
Católica.
Ni le diga a mi papá porque él detesta a los católicos, le digo.
La viejecita sonríe.
Jehová no te exige demasiado.
Estudiaré cuando tenga un poco más de tiempo, le digo.
Ojalá que exista Dios, pienso, para ver a mi mamá, a Juan Ignacio, a Eva Cristina, a mi abuela Felicitas, a todas las personas que mis padres amaron. No soy un tipo malo a pesar de no ser creyente, aunque sé que eso no es suficiente para alcanzar el Paraíso. Para alcanzar la vida eterna que pregona papá hay que hacer méritos, sacrificios que por el momento no me siento capaz de hacer.
Otra vez vibra mi celular. Es Carolina. ¿Cómo está mi papá?
Bien, le digo, pensando deberías de venir a cuidarlo siquiera un rato. Acaba de bañarse, ahora está hablando hasta por los codos de Dios.
Si habla así, es que está bien, me dice Carolina.
Mmm. Te paso con el viejo. Es Carolina.
Menos mal que el viejo no lloriquea esta vez. ¿Cómo están los chicos?
El viejo habla y habla y habla. Si habla así, es que está bien. Ahora sé que saldrá bien librado de este percance. En noviembre estaba peor, creíamos que no se salvaría, que terminaría como mamá, o quedaría hemipléjico. Le dieron de alta y se recuperó rapidito, hasta su cara que estaba media chueca volvió a la normalidad. Igual el 2006, en que incluso lo operaron. Esa vez sí pasé las de Caín: estaba trabajando y viviendo en Vallecito. Ni bien terminaba mi hora, salía volando para venir a cuidar al viejo que estaba con un humor insoportable. Una vez se arrancó el suero porque no le curaba nada, alegaba, les jaló los cabellos a las enfermeras, insultó a todo el mundo. Llegué al hospital y lo encontré como Túpac Amaru, atado a su cama, lloriqueando, maldiciendo a las enfermeras, a los médicos. Cuántas noches me quedé acompañándolo, durmiendo en la silla de visitas, o a un ladito de él, muriéndome de sueño al día siguiente. ¿Y el resto de sus hijos? Nada, solo Mariana y yo preocupándonos de él, dejando a un lado nuestro odio, nuestras disputas, nuestros rencores.
Esa vez le extirparon un tumor maligno de las vías biliares. Pienso: ¿y si el tumor reapareció? Imposible. El doctor dijo que tenía otro tumorcito que no tocaron, tardará veinte años en crecer, antes se morirá de otra cosa.
Me asomo a la ventana. Son casi las seis pero todavía brilla el sol. Por la calle pasan las chicas vestidas ligeramente exultando vida por todos sus poros, los chicos haciendo malabares en sus skates. Pero no los envidio, nosotros también hemos tenido buenos momentos en nuestras vidas, como hace dos años que estuvimos en Chincha, Pisco, Ica, Palpa, disfrutando del verano, de las playas chinchanas y pisqueñas, de la Huacachina, comiendo y bebiendo hasta el hartazgo, y todo gracias a un cuento con el cual gané un concurso en Trujillo. Quizá esa vez debí de haberlo llevado a Trujillo para que conozca Chan Chan, Huanchaco, pero recién lo habían operado y todavía estaba convaleciente.
Me devuelve el celular.
Le doy su cena y voy a la casa, le digo a mi hermana.
Que coma toda su comida.
Ya. Chau.
domingo, 2 de enero de 2011
La muerte de Juan de Dios Gastelú (primeras páginas)
Mi padre en Cocachacra, un lugar que le gustaba visitar, igual que mi madre.

Yo siempre le decía a mi padre Escribe tu historia, pero nunca se animó. Papá tenía una vida interesante poblada de fantasmas, jarjachos, condenados, brujas y brujos, familias con taras, la esperanza de la resurrección, una vida digna de una novela. Aquí están las primeras páginas de ese intento. Veremos en qué termina, si sale algo digno de la vida de mi padre.
________________________
Papá está mal. Me pasé toda la mañana en el Almenara sacándole cita, esperando los resultados de unos análisis.
¿Qué tendrá? Tiene los ojos amarillos, la piel amarilla, parece un patito, dijo una enfermera, le pica el cuerpo.
Por el color amarillo de sus ojos y su piel, debe ser el hígado, especulan las enfermeras. ¿Qué comió?
¿Qué comiste?, le pregunto.
Lo mismo de siempre, me dice.
Desde que mamá murió, el viejo come lo que puede, lo que le prepara Mariana, lo que le da Carolina, lo que a veces le da Flora de mala gana. Muchas veces come la comida fría.
Eso debe haberle chocado.
Lloriquea.
Todo saldrá bien, le digo, acariciándole la calva, confía en la ciencia.
Qué fregada es la edad, qué frágil se vuelve uno con los años. Del hombre fuerte que era, solo queda la sombra, un ser asustado, el llanto por cualquier motivo.
El viejo se aburre. Se acaba enero y el calor es insoportable pese a que su cama está a un paso de la ventana que da a la calle. Se aburre sin ver sus películas, sin regar sus plantas.
Está harto de estar conectado al suero sin tener ningún alivio.
¿Por qué no me llevan al otro hospital?, me dice.
Se refiere al Jesús Labrador de Lince, donde estuvo en noviembre cuando tuvo un ligero derrame cerebral. Está harto de compartir su habitación con cinco personas, hombres y mujeres. En el Jesús Labrador tenía un solo compañero, tenía la ducha a un paso.
Te tienen que hacer más análisis, le digo, pegando mi boca a su oído izquierdo porque está sin su audífono.
Viene una enfermera a medirle la presión, a tomarle la temperatura.
Don Juan de Dios es especial, me dice, nunca está contento con nada.
Así es, le digo. Dice que no lo dejan bañarse.
Quiere ducharse a las cuatro de la mañana, me dice la señorita, ¿y si enferma más de lo que está?
Ah, claro, le digo. ¿Puedo ayudarle a bañarse antes de irme?
Sí, me dice la enfermera, le voy a quitar el suero un rato. Su presión está normal, igual su temperatura.
La enfermera le quita el suero, le cubre la vía con espadrapo.
Ahora sí puede bañarse todo lo que quiera, don Juan de Dios, le dice la señorita levantando la voz. Ya sabe que papá no escucha muy bien.
Le doy las gracias.
Ayudo a papá a bajar de su cama y vamos a la ducha.
Se quita la bata. Tiene la piel amarilla. Está lleno de marquitas que se ha hecho de tanto rascarse. En su pecho y en sus brazos tiene las cicatrices que le dejó la explosión del horno cuando trabajaba en una panadería en Pisco. Su espalda se ha curvado tanto que parece una joroba. Sus nalgas parecen dos pelotas pequeñas. Apenas se le nota el pipilí, oscuro, arrugado, cubierto de vellos grises.
Algún día estaré así. Dentro de cuarenta años. Si llego a los ochenta y dos.
Abro el grifo y el chorro de agua fría cubre su cuerpo.
Se jabona. Me pide que le jabone la espalda.
Se queda un buen rato bajo el chorro de agua. Parece un niño.
Lo ayudo a secarse, a cambiarse.
Báñate también, Arolín, me dice.
En la casa, le digo, aunque ganas no me faltan. Este calor es de infierno.
Se afeita, se lava los dientes, los pocos dientes que aún le quedan.
Volvemos a la sala. Se para al lado de la ventana, yo me siento en la silla que hay para las visitas. Me saco los zapatos aprovechando que no hay ninguna enfermera a la vista. Los pies me arden, tengo ampollas. ¿Serán mis riñones?
¿Cuándo iremos a Chincho?, me pregunta.
En julio, le digo.
¿Ya te pagó Vinces?
Todavía.
Deberías denunciarlo.
Eso es lo que voy a hacer, le digo. Si quieres, podemos ir a Pisco cuando te den de alta.
Sonríe. Seguro está recordando lo que nos pasó hace dos años en Palpa cuando fuimos tras las huellas del mítico Prudencio Luján, su bisabuelo o tatarabuelo que llegó de España y se casó con una chinchana.
Mejor vamos a Chincho, me dice.
Como quieras.
Con la plata que te den, podemos mejorar la casa de mi papá, comprar un terrenito en Huanchuy para criar chanchos.
Claro, claro.
Nacho y Diego podrían estudiar en la San Cristóbal de Huamanga, me dice.
Es buena idea.
Podrías reasignarte a Huanta, o a Huamanga. Allá seguro consigues esposa.
Ah, claro, le digo.
¿Qué tendrá? Tiene los ojos amarillos, la piel amarilla, parece un patito, dijo una enfermera, le pica el cuerpo.
Por el color amarillo de sus ojos y su piel, debe ser el hígado, especulan las enfermeras. ¿Qué comió?
¿Qué comiste?, le pregunto.
Lo mismo de siempre, me dice.
Desde que mamá murió, el viejo come lo que puede, lo que le prepara Mariana, lo que le da Carolina, lo que a veces le da Flora de mala gana. Muchas veces come la comida fría.
Eso debe haberle chocado.
Lloriquea.
Todo saldrá bien, le digo, acariciándole la calva, confía en la ciencia.
Qué fregada es la edad, qué frágil se vuelve uno con los años. Del hombre fuerte que era, solo queda la sombra, un ser asustado, el llanto por cualquier motivo.
El viejo se aburre. Se acaba enero y el calor es insoportable pese a que su cama está a un paso de la ventana que da a la calle. Se aburre sin ver sus películas, sin regar sus plantas.
Está harto de estar conectado al suero sin tener ningún alivio.
¿Por qué no me llevan al otro hospital?, me dice.
Se refiere al Jesús Labrador de Lince, donde estuvo en noviembre cuando tuvo un ligero derrame cerebral. Está harto de compartir su habitación con cinco personas, hombres y mujeres. En el Jesús Labrador tenía un solo compañero, tenía la ducha a un paso.
Te tienen que hacer más análisis, le digo, pegando mi boca a su oído izquierdo porque está sin su audífono.
Viene una enfermera a medirle la presión, a tomarle la temperatura.
Don Juan de Dios es especial, me dice, nunca está contento con nada.
Así es, le digo. Dice que no lo dejan bañarse.
Quiere ducharse a las cuatro de la mañana, me dice la señorita, ¿y si enferma más de lo que está?
Ah, claro, le digo. ¿Puedo ayudarle a bañarse antes de irme?
Sí, me dice la enfermera, le voy a quitar el suero un rato. Su presión está normal, igual su temperatura.
La enfermera le quita el suero, le cubre la vía con espadrapo.
Ahora sí puede bañarse todo lo que quiera, don Juan de Dios, le dice la señorita levantando la voz. Ya sabe que papá no escucha muy bien.
Le doy las gracias.
Ayudo a papá a bajar de su cama y vamos a la ducha.
Se quita la bata. Tiene la piel amarilla. Está lleno de marquitas que se ha hecho de tanto rascarse. En su pecho y en sus brazos tiene las cicatrices que le dejó la explosión del horno cuando trabajaba en una panadería en Pisco. Su espalda se ha curvado tanto que parece una joroba. Sus nalgas parecen dos pelotas pequeñas. Apenas se le nota el pipilí, oscuro, arrugado, cubierto de vellos grises.
Algún día estaré así. Dentro de cuarenta años. Si llego a los ochenta y dos.
Abro el grifo y el chorro de agua fría cubre su cuerpo.
Se jabona. Me pide que le jabone la espalda.
Se queda un buen rato bajo el chorro de agua. Parece un niño.
Lo ayudo a secarse, a cambiarse.
Báñate también, Arolín, me dice.
En la casa, le digo, aunque ganas no me faltan. Este calor es de infierno.
Se afeita, se lava los dientes, los pocos dientes que aún le quedan.
Volvemos a la sala. Se para al lado de la ventana, yo me siento en la silla que hay para las visitas. Me saco los zapatos aprovechando que no hay ninguna enfermera a la vista. Los pies me arden, tengo ampollas. ¿Serán mis riñones?
¿Cuándo iremos a Chincho?, me pregunta.
En julio, le digo.
¿Ya te pagó Vinces?
Todavía.
Deberías denunciarlo.
Eso es lo que voy a hacer, le digo. Si quieres, podemos ir a Pisco cuando te den de alta.
Sonríe. Seguro está recordando lo que nos pasó hace dos años en Palpa cuando fuimos tras las huellas del mítico Prudencio Luján, su bisabuelo o tatarabuelo que llegó de España y se casó con una chinchana.
Mejor vamos a Chincho, me dice.
Como quieras.
Con la plata que te den, podemos mejorar la casa de mi papá, comprar un terrenito en Huanchuy para criar chanchos.
Claro, claro.
Nacho y Diego podrían estudiar en la San Cristóbal de Huamanga, me dice.
Es buena idea.
Podrías reasignarte a Huanta, o a Huamanga. Allá seguro consigues esposa.
Ah, claro, le digo.
sábado, 1 de enero de 2011
Haciendo memoria
Estaba leyendo los primeros textos que escribí en este blog cuando la creé y hay referencias a mi padre, incluso cositas que había olvidado y que me servirán ahora que estoy escribiendo la segunda versión de "La agonía de Juan de Dios", la historia de mi padre. También hay unos textos breves, como cuentitos, que no recordaba haberlos escrito, que no los tengo en mi archivo de obras, probablemente las escribí en el momento, están tan bonitas que con una corregida pueden transformarse en relatos breves.
Empezar de nuevo
Empieza un nuevo año, y con él la ilusión, la esperanza de que sea mejor que el anterior, que fue bueno, por lo cual la valla para superarla está alta, pero no imposible porque lo hecho apenas es una puntita de una inmensa montaña. A trabajar con las mismas ganas de siempre, no esperar la suerte sino la recompensa a la labor que uno realiza.
Pero primero tengo que recuperarme de la bomba de anoche que todavía tengo todo el cuerpo adolorido y el cerebro embotado por tanta cerveza negra.
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