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martes, 12 de enero de 2010

Agonía


Conoces de memoria la forma de cada letra, las curvas achatadas de la s, la colita exageradamente larga de la a, la t en forma de cruz. Cuántas faltas de ortografía, cuántas palabras sin tildar. ¿Sería cierto que terminó el colegio? Apenas habrá ido al jardín. Sientes otra vez esos ardores, esas punzadas insoportables en el vientre. Te revuelcas en tu cama, lees otra vez sus palabras, contemplas ese trazo infantil, esas letras inclinadas hacia la derecha, esa firma hecha con furia, con odio, con asco. Te arrastras hacia el baño, te dejas caer en el water, un olor nauseabundo taladra tus fosas nasales, sientes ganas de vomitar asqueado por tu propia podredumbre. Te palpas el cuerpo lleno de excoriaciones, de llagas hediondas, supurantes. Tu cuerpo es un castillo de huesos, piel muerta, heridas que no cicatrizan, a punto de caer derrotada por las huestes de la parca. Llegará el día en que ni podrás arrastrarte hacia el baño, en que no tendrás fuerzas para nada. Tienes las mejillas hundidas, los pómulos salidos, los ojos marchitos, la piel macilenta. Abres la ventana para respirar un poco de aire puro. ¿Y si terminaras con esta pesadilla de una buena vez? ¿Será suficiente altura? Si estuvieras en el Puente Villena no lo pensarías dos veces, pero ni tienes fuerzas para salir a la calle y tomar un taxi. ¿Cuántas horas estuvo agonizando la hija del ex fiscal de la Nación? Hay que tener suerte también para morir. ¿Cuánto demorará la caída? ¿Veinte, treinta segundos? Que sean veinte segundos; veinte segundos y se acabaría este infierno de una buena vez. Ya no más dolor, ya no más sufrimiento, ya no más agonía. Las calles están desiertas, solitarias. La Realidad parece un camposanto. En una noche así la conociste, conociste a la Viuda Negra. La Viuda Negra. Qué apodo tan tonto: la Viuda Negra. Y tú fuiste su ángel. Su Ángel.
–¿Tienes hora? –su voz aguda detuvo tus pasos.
Hubieras seguido de largo, piensas ahora, ahora que lo sientes navegando en tu torrente sanguíneo en pos de los territorios ignotos de tu cuerpo para seguir burlando tus defensas, para seguir destruyendo tu sistema inmunológico.
–Son cuarto para las once.
Te dio las gracias con una amplia sonrisa entre coqueta e infantil. Tenía el rostro bien blanco, pálido, a pesar del maquillaje.
–Ideal la noche para caminar, ¿no?
–Mmm.
Era bonita. Tenía los cabellos negrísimos, lacios, largos hasta la altura de la cintura. Era delgada, bien delgada. Parecía frágil, una copa de cristal a punto de hacerse trizas. Vestía de negro de los pies a la cabeza. La Viuda Negra.
–¿Puedo acompañarte?
–¿No esperas a nadie?
Negó con un movimiento de cabeza.
–¿O prefieres ir de excursión solo?
–Acompáñame, si gustas.
Tengo suerte, pensaste. No todas las noches uno encuentra en su camino una chica bonita que se te ofrece en bandeja: ¿puedo acompañarte? Y todavía te reta: ¿o prefieres ir de excursión solo?
Empezaron a caminar a lo largo de los Eucaliptos.
Sacó una cajetilla de cigarros de su escote, se llevó uno a los labios y lo prendió con un encendedor que sacó del mismo lugar.
–¿Fumas? –te ofreció un cigarrillo.
–No, gracias. Fumar causa cáncer a los pulmones.
Soltó una sonora carcajada.
–Creyendo tonterías. Mi abuelita Rosa y mi tío Luis Miguel fuman como chimeneas y están más vivos que nunca.
–Hasta que se mueran.
–De algo tenemos que morir, ¿no?
–Parece que tú no le tienes miedo a la muerte.
–¿Por qué voy a tenerlo si todos tenemos que morir algún día?
–Lo sé, pero hay tantas cosas que hacer en la vida que me gustaría vivir por lo menos doscientos años.
Rió. Sus tacos resonaban en la vereda.
–¿Hace cuánto que no te cortas los cabellos?
–Uff, ni me acuerdo. Siempre lo he llevado largo. Cuando era chiquita lo tenía casi hasta el suelo.
–Exageras.
–En serio –dijo, alisándose el pelo, tirándolos hacia delante como si quisiera cubrir esas pequeñas montañas que eran sus senos–. Algún día te enseñaré mis fotos de cuando era chiquita. ¿Y tú por qué andas pelado? ¿Tenías piojos o los apaches te arrancaron la cabellera?
Rieron. Tenía una risa linda.
–Los pobres se morirían de frío en esta calva –dijo, pasando las manos por tu cabeza–. ¡Au, hinca!
–¿Y tú por qué vistes toda de negro, ah? ¿Acaso se te murió tu gato?
–Soy la Viuda Negra de La Realidad –dijo, aspirando con fuerza su cigarro, arrojando el humo por boca y nariz.
Botó el pucho después de encender otro.
–¿La araña peluda, o la de las creencias?
–La peluda –dijo, pellizcándote.
–¡Ay, mierda! –exageraste tu dolor.
–Pico rico, ¿no?
Te sobaste el brazo.
–Sorry –dijo. Te agarró el brazo y te chupó la mordedura. Sentiste sus labios calientes sobre tu piel–. Te he succionado el veneno para que no te mueras por mi culpa.
–Bien mala eres.
–Para que me vayas conociendo. ¿Lele?
–Arde feo.
–Vaya aprendiendo que con las arañas no se juegan –dijo, enseñándote las uñas, largas, pintadas también de negro, al igual que sus cejas. ¿No estaría loca? ¿Tanta obsesión por el color negro?
Prendió otro cigarrillo. En alguna calle estalló una sarta de cohetecillos anticipado la celebración del nuevo año.
–¿Ya hiciste tu balance del año que se está terminando?
–En eso estaba, cuando cierta araña me interrumpió preguntándome la hora.
Se detuvo. La sonrisa se congeló en su albo rostro.
–¿Qué sucede?
–Nada que te importe –había resentimiento en su voz.
–¿Te cansaste de caminar?
–No te quiero seguir interrumpiendo…
Ahí la hubieras dejado, piensas ahora, ahora que sabes que tus días están contados. Hubieras seguido tu camino. ¿Pero dejar a una chica bonita…? Tampoco eras tan tonto. Nada como una chica bonita para recibir el nuevo año.
–Vamos, mujer araña, no te molestes y acompáñame.
–Para hacer tu balance anual no necesitas compañía.
–Discúlpame y olvídate del balance –agarraste su manita pequeña de dedos frágiles llenos de anillos–. Ven, vamos, acompáñame.
–Ya que insistes.
Reanudaron la marcha.
–¿Te gusta caminar de noche?
Asentiste. Pensar que nunca más caminarás de noche por las calles solitarias de La Realidad. ¿Tu alma volverá a recoger tus pasos? ¿Qué habrá después de la muerte? ¿Qué habrá después de esta agonía?
Doblaron hacia los Sauces. Ella seguía fumando.
–Tus pulmones estarán llenos de hollín, mujer araña.
–No sé, nunca los he visto. ¿Y tú no tienes ningún vicio?
–Que yo sepa, no.
–Te felicito. Eres el hombre perfecto, el hombre con que sueñan todas las mujeres.
–Tampoco tampoco. Por ahí debo de tener algún vicio solitario, clandestino.
–Provecho.
–Gracias.
Fueron por los Olivos, salieron en la Plaza de Armas, contemplaron el Nacimiento de tamaño natural, el inmenso árbol navideño lleno de focos de todos los colores.
Fueron hacia la fuente de agua. Qué bonitos pescaditos de colores, ¿no? Se apoyó en la baranda como una niña traviesa y aprovechaste para mirarle las piernas cubiertas por unos pantys también negros. Tiró el pucho al agua. Los peces huyeron asustados. La sacudiste por la espalda.
–Tonto, casi me haces caer.
–Perdón.
–¿Me ayudas a bajar?
No pesaba nada, parecía una pluma.
–Estás tela, mujer araña, ¿acaso no comes?
–Siempre he sido delgada.
–Tanto fumar te estará chaqueteando.
–No creo. Seré flaca, pero no estoy anémica. Tengo una amiga gorda que está con anemia.
–Pura grasa nomás será.
–Ah.
–Tú sí que eres pura fibra –dijiste, palmeándole la espalda.
–Mmm.
Doblaron hacia las Palmeras:
–¿En serio que no fumas?
–No. Tú ya pareces Eva tentándome a cada rato.
–Pero yo no tengo manzanas.
–Pero tienes otros encantos, aunque poquitos –clavaste los ojos en su escote.
Sonrió.
–¿Y qué haces por la vida?
–Estudio Música y Literatura en La Cantuta.
–No me digas.
–Sí te digo, mujer araña.
–Quién como tú, te envidio.
–¿Y tú, arácnida?
–Acabo de terminar el colegio.
–¡Felicitaciones! –le palmeaste la espalda.
–Ni me felicites, porque creo que voy a repetir de año.
–No jodas.
–En serio. Me han jalado en varios cursos.
–Pero puedes dar tus exámenes de recuperación y pasar de año.
–¿Para qué si soy más bruta que la Chuchi Díaz y de todas maneras voy a repetir de año? –inclinó el rostro y empezó a sollozar.
–Cálmate, Viuda Negra –le pasaste el brazo por los hombros–. Las arañas nunca se rinden sin haber luchado hasta el final.
–Es que tengo la cabeza dura…, olvido rápido lo que estudio. Pensaba postular en marzo. Ahora no sé qué voy a hacer… Si mi papá se entera, me mata…
–Si quieres, yo te doy clases de recuperación…
–¿En serio?
–Claro, para que pases de año y dejes de llorar, porque te ves fea cuando tienes lágrimas en los ojitos.
–Eres un ángel –te dijo estampando un sonoro beso en tus mejillas.
–Pero con una condición…
–¿Cuál?
Sus grandes ojos negros parecían querer devorar los tuyos.
–Que dejes de fumar.
Breve silencio.
–No creo que pueda.
–Tienes que poder, mujer araña, o no hay clases de repaso.
–Abusas porque me tienes en tu poder, Ángel.
–No es eso, arañita, lo que pasa es que no me gusta que estés acabando tu vida en un vicio inútil.
–Gracias por preocuparte por mí, Ángel –te dijo, y volvió a estampar otro beso en tus mejillas. Inhaló profundamente, arrojó el cigarrillo y lo aplastó con la punta de sus tacos.
–¡Muere, cucaracha!
–¿Contento, Ángel?
–Por ti, arañita. No me gustaría que mueras con los pulmones llenos de hollín.
–Tengo mi abuelita y mi tío que fuman como chinos en quiebra y…
–Y están más vivos que nosotros, ¿no?
–Mmm.
Rieron.
Salieron por la Carretera Central. Las combis pasaban veloces en una guerra contra el tiempo, el nuevo año se acercaba a pasos agigantados. Del Tropicana salía la voz de un cantante cantando a todo pulmón La culebrítica.
–¿Nos colamos a la fiesta?
–Después volvemos, cuando la noche se ponga más interesante.
Las combis seguían pasando veloces. Escucharon un potente estruendo. ¿Ese es una mamá rata? Parece que sí.
Doblaron hacia los Álamos.
–¿Qué hora tienes, Ángel?
–¡Chispas, son diez para las doce! –dijiste, mirando tu reloj.
–¿En serio?
–Sí.
–¿Está a la hora tu bobo, Ángel?
–Está con RPP.
–Ni cagando llego a mi jato.
–Al menos inténtalo, araña; por gusto no tienes tantas patas, ¿no?
–Con estos tacos me caigo por ahí y me saco la michi.
–Si quieres, te cargo.
–¿A ver? No creo que puedas.
–Cómo no voy a poder si estás bien charqui.
En ese instante los cohetes, los cohetones, los cohetes silbadores, las ratablancas, las mamás ratas y demás bombardas empezaron a estallar iluminando el cielo de La Realidad en mil colores. Parecía el asalto final a Bagdad, la madre de todas las batallas.
–¡Feliz Año Nuevo, Ángel! –te dijo, abrazándote y besándote cerquita de los labios. Aspiraste su aliento a tabaco, sentiste sus senos pequeños clavarse en tu pecho.
–¡De igual modo, mujer araña!
–Si te hubiera conocido antes, te habría regalado algo.
–Los regalos se dan en Navidad –dijiste, pensando te habría regalado una caja de halls, un desodorante para la boca.
–Pero también se pueden dar en Año Nuevo, ¿no?
–Claro, si gustas.
–Entonces más tarde te doy tu regalo.
–Gracias.
En las calles ardían los muñecos de trapo despidiendo el Año Viejo. Pasó un hombre cargando una enorme maleta.
–¿Tú eres supersticioso, Ángel?
–No. ¿Y tú, araña?
–Tampoco.
–¿Y qué haces si te regalan un calzón amarillo?
–Me lo pongo. Es un regalo, ¿no?
–A caballo regalado no se le mira el diente.
–Mmm. Una vez me comí las doce uvas que mi abuelita había guardado para comérselos a medianoche. La pobre casi me mata.
–Casi mueres por tragona.
–Qué iba yo a saber que eran sus uvas para la buena suerte. Era chiquita.
–Una inocente y pelada arañita.
–Ah.
Rieron.
Doblaron hacia los Cedros. Ahora los muñecos solo eran un montón de cenizas que el viento nocturno empezaba a esparcir.
Llegaron a mitad de cuadra.
–Aquí vivo.
Se miraron. ¿Cómo invitarla a pasar?: Pasa, he preparado pavo con puré de papas y ensalada y hay abundante champaña para esta noche.
–Tanto caminar me han dado ganas de hacer pis –dijo–. ¿Me prestas tu baño, porfis?
–Claro, pasa.
Solita te has metido en la boca del lobo, pensaste. Eso es lo que tú crees, eso es lo que pensó ella esa noche, ahora lo sabes, recién ahora lo sabes.
Salió del baño con los cabellos humedecidos y la cara lavada. Sin maquillaje era más pálida aún.
–Estás guapa, araña.
–Gracias, Ángel. ¿No tienes nada para tomar? Estoy que me muero de sed.
–¿Gustas un vinito?
¿Crees que también soy una borracha, diría?
–Claro, para celebrar la llegada del nuevo año. Después nos vamos al Tropicana a bailar.
Bien que nos vamos a ir al Tropicana, pensaste. De aquí no sales así nomás.
Trajiste la botella de vino con un par de copas. Serviste.
–Poquito nomás…
–…para empezar.
Rieron. Alzaron sus copas.
–¡Por nuestro encuentro!
–¡Porque ingreses a la universidad!
–Con tu ayuda, Ángel. Fue una suerte haberte conocido.
–Al contrario.
Volvieron a brindar.
–¿No hay música en esta casa?
–Claro que sí –pusiste baladas.
–Las baladas me dan sueño –dijo–. Mejor pon música fúnebre.
–Si quieres.
–Mejor bailemos –te jaló de las manos, te abrazó y empezaron a bailar, a moverse suavemente. Sentías sus senos, sus muslos, todo su cuerpo pegado a ti, sentías el calor de su piel.
–¿Puedo fumar, Ángel?
–Claro que no.
–¡Por favor, aunque sea el último puchito! No seas malo, Angelito.
–¡No!
–Te lo pido de rodillas –se puso de rodillas. Le acariciaste los cabellos–. ¡Por favor, Ángel! Tú eres bueno.
–Eres una araña viciosa. Solamente la mitad del cigarro, ¿ya?
–Eres bien bueno, Ángel –te dijo, y entonces te besó. Su lengua era una culebrita que buscaba refugio en tu boca. Enredó su lengua en la tuya, mezclaron sus salivas. Tus manos empezaron a recorrer su cuerpo mientras Soraya cantaba Otras manos lo han intentado, / solo las tuyas me han encontrado. Sus ropas cayeron al suelo, las caricias y los besos se intensificaron. Tus labios abrieron surcos en su piel, hurgaron su Zona Sagrada, manipularon su Estalactita hasta hacer que se pusiese dura; su boca se tragó tu sexo, sabía arrancarte gritos de placer; seguían brindando, embriagándose; el placer se acrecentaba, se volvía incontrolable, un torrente de lava, y fundieron sus cuerpos en un solo cuerpo, unieron sus sangres en una sola sangre y sus fluidos en un solo fluido y sus vidas en una sola vida.
Eso es lo que recuerdas ahora, mientras contemplas las calles oscuras de La Realidad, mientras agonizas en medio de los vahos de tu propia podredumbre. Allí está el mensaje que te dejó en el espejo del baño: ¿Sabes con quién estuviste cachando anoche? Jajajá.

sábado, 9 de enero de 2010

Taylor Swift


Taylor Swift es una bella cantante de dulce voz. Aquí algunas de sus canciones que escucho mientras edito "Cynthia la erótica".
Love Story
Picture to burn
http://www.youtube.com/watch?v=yCMqcFAigRg
Our song
http://www.youtube.com/watch?v=Jb2stN7kH28
Teardrops on my guitar
http://www.youtube.com/watch?v=xKCek6_dB0M
You belong with me
http://www.youtube.com/watch?v=VuNIsY6JdUw
White horse
http://www.youtube.com/watch?v=D1Xr-JFLxik

viernes, 8 de enero de 2010

Vacaciones

Ahora sí estoy de vacaciones, aunque este clima -niebla, frío, bochorno- te quita las ganas de todo, pero bueno, a descansar.

La actriz: 100 descargas

Aquí está el enlace a mi novelita "La actriz" que ya tiene cien descargas. Espero que lo disfruten.

...www.bubok.com/libros/17508/La-actriz - En caché

miércoles, 6 de enero de 2010

Concurso

El ícono del costado es para un concurso de textos sobre cómo nos fue el año pasado. A ver si me dan su voto y este blog se lleva un premio. No creo que escriba tan mal jaja. En fin, sigamos adelante disfrutando de estas vacaciones de verano que más bien parece invierno con la neblina y la lluvia.

La cuarta espada


"La cuarta espada" de Santiago Roncagliolo, es el primer libro que he leído este 2010. Interesante historia esta la de Abimael Guzmán, lider del PCP-SL y conductor de la guerra que libró contra el Estado entre 1980-1992. En esa infancia torturada, ignorada, vejada está el origen de la bestia que mandaría matar sin piedad alguna es pos de la victoria de su revolución. Lo malo de este libro es que la investigación no es profunda, no hay nada nuevo respecto a la caída de Guzmán, a la muerte de su primera mujer, a sus años iniciales en Ayacucho, todos son generalidades. Prefiero al Roncagliolo novelista de "Pudor" y "Abril rojo".

Poemas


1. DEBO ESTAR ENAMORADO
para pensar a cada segundo en ti,
para soñar con estar a tu lado
y hacerte feliz.
Debo estar enamorado
para estar así:
con el corazón en la mano
si no estás junto a mí.
Debo estar enamorado
para ya no sufrir
por amores que han pasado
dejando mi corazón a punto de morir.


2. TIENES UNOS OJOS BONITOS
que me miran con cariño.
ojos grandes, ojos oscuros,
ojos que yo amo,
ojos que sonríen siempre
como un día de setiembre.
Si lloran, me gusta secarlos,
de besos llenarlos.


3. HOY ES UN DÍA DE SOL
porque encontré el amor
en tus manos pequeñas
que como el río se llevan
las penas al mar
de donde nadie las sacará jamás.


4. AMANECIENDO EN TI
entre sábanas blancas
que anuncian la mañana
para ti y para mí
entre cantos de pájaros,
hojas al viento,
gaviotas en el cielo
y relinchos de caballos.


5. CONTIGO SOY FELIZ
porque este amor no es clandestino,
porque tú piensas en mí
y tu corazón no es compartido.
Contigo soy feliz
a pesar de tus momentos de furia
porque luego regresas arrepentida.


6. MI NIÑA YA ES MUJER
ya sabe de caricias sobre su piel,
ya sabe que esa lluvia
que la inunda
está buscando tierra generosa
donde sembrar sus rosas.


7. AMOR IMPOSIBLE
Última flor de mis primaveras,
has llegado a mí
en el ocaso de mi existencia.
Tienes apenas dieciocho abriles,
te miro sonreír
y me pongo triste
porque esa sonrisa está prohibida para mí.
Niña de largos y delicados dedos
que cogen la blanca tiza
y en la pizarra escriben un “te quiero”,
¿cómo saber que por mí también suspiras?
Niña que has despertado a mi corazón de su letargo,
a veces descubro una furtiva mirada tuya posada en mí,
y entonces el nuevo día me encuentra despierto y pensando
que tú también me quieres a mí.
Por nombre te han puesto amor,
por nombre te he puesto Amor Imposible,
porque nunca serás para mí
y de tristeza he de morirme.
Si tú para mí pudieras sonreír,
habría alegrías en este viejo corazón
que solo te pide un poquito de amor.


8. AUSENCIA
La tarde muere con la quietud de un pájaro herido,
en las aceras las hojas secas de las buganvillas
forman alfombras de formas extrañas
igual que las grises nubes del cielo gris.
El sol se ha ocultado. Tiritan las flores de tristeza.
Me pregunto dónde estás. Dónde está tu alma.
Por qué no has vuelto a pasar por nuestra calle.
Una pesada lágrima de piedra
se desliza por esta mejilla lastimada que tú besaste.
No solo tu corazón se detuvo aquel viernes de julio.
En este pecho herido hay un corazón que agoniza.
En esta mente los recuerdos van y vienen
como las incesantes olas del mar.
Recuerdo tu voz de dejos andinos.
Recuerdo tus manos de uñas quebradas
por los quehaceres del hogar.
Berenice dice que estás en el cielo descansando.
¿Desde allí me mirarás?
¿Verás ese pozo de lágrimas que ha cavado mi dolor?
Un día más de vida, me digo cada amanecer.
Un día menos de vida, me digo cada anochecer.
Cuento los días desde que no estás en casa.
Te busco en cada anciana de cabellos plateados.
Te busco en los rincones donde estuviste.
Te busco entre las flores de tu jardín.
Te busco en mis sueños. En mi silencio.
Busco tu voz callada. Tus pasos alejados.
Te busco en esa infancia que compartimos.
Tú también tuviste veinte años.
Tuviste mi edad. Recorriste los caminos
que ahora recorro yo. Derramaste las mismas lágrimas
que ahora se deslizan por mis mejillas
mientras la tarde va muriendo
con la soledad de los desiertos,
con los silencios de los pájaros.


9. EL AMOR ERES TÚ
Vivía en la soledad,
atado al pasado,
desconfiando del amor,
que solo me había dado dolor.
Vivía hastiado
de esos falsos amores
que un día se marcharon
después de prometerme un lecho de flores.
Pero un día de marzo
nuestros caminos se encontraron
y al escuchar las palabras de tus labios
los gorriones en mis oídos otra vez cantaron.
Mi corazón volvió a latir,
y es que al mirarte a ti
tuve razones nuevas para sonreír,
para seguir mi camino, para vivir.
El amor eres tú
porque hoy es azul
el cielo que ayer era gris.
Ahora estás junto a mí.
Hoy sé
que una mirada tuya basta
para olvidar el ayer,
para secar las lágrimas.
Y es que el amor eres tú,
tú que un día estabas lejos de mí,
tú que ya nunca te irás de mí,
tú que me haces, al fin, sonreír.

El escote


La vi subir y dejé de leer. Se paró al lado mío. Llevaba pantalón negro, casaca beige con el pecho abierto y debajo una cafarena negra y transparente.
Le di el asiento antes que otro lo hiciera por mí.
–¿Le llevo sus cosas? –preguntó después de darme las gracias.
Le alcancé mi maletín. Eso me daba la impunidad para pararme al lado suyo.
Era guapa. Tenía una naricita respingada, los ojos castaños, las pestañas rizadas y las cejas pobladas. Su pelo era negro, lacio, peinado con raya al medio y sujeto por un par de ganchitos de colores. En la oreja izquierda –la otra no la podía ver– llevaba tres aretitos: una estrellita de oro, un corazoncito violeta y un arito de acero.
–¿Puede prestarme su periódico?
–Claro.
Mientras ella leía las noticias: la carta de renuncia de Solari, Toledo en la ONU, las decapitaciones en Irak, la liberación de la Trevi, yo estaba concentrado en las fronteras de su sostén: un poquito menos de tela y se habría visto la areola de sus pezones, cuyo punto exacto trataba de adivinar sin éxito alguno. Sus generosos senos, dignos de un Óscar, se movían al ritmo del vaivén del bus sobre la maltrecha Carretera Central.
Un tipo se paró al lado mío dispuesto a disfrutar de mi descubrimiento y hasta me miró mal como diciéndome ya has visto bastante, amigo. Hizo el intento de desplazarme de mi lugar, pero yo permanecí firme como un perno. Una señora me clavó sus ojos de inquisidora y me hice el loco. Estás picona porque a ti ya nadie te mira, tuve ganas de espetarle.
Y la chica ni enterada, seguía leyendo las noticias. ¿Cómo hacerle el habla? Si al menos hubiera un robo, si al menos el bus atropellara a alguien, ¿preguntarle qué opinas sobre la renuncia del ministro de salud?, ¿o qué hora tienes?
Empezaron a pedir pasajes. La chica abrió su bolso negro, vi un par de disketes, una bolsita de toalla higiénica, un cuaderno, sacó un sol y se lo dio al cobrador. A cambio recibió un boleto que guardó en su bolso. Siguió ojeando las noticias y yo, y el otro, contemplando su escote, lo que había debajo de su cafarena transparente. ¿Dónde estudiaría? ¿Trabajaría? Si la contemplaba de frente, desplazando a mi enemigo, podía mirar el nacimiento de sus senos en toda su plenitud, pero esa visión duraba pocos segundos porque el tipo luchaba a toda costa por ocupar mi lugar, ¿por qué si desde el suyo tenía una visión más privilegiada que desde la mía?
Faltaba poco para que yo bajase. Si no fuera porque tenía clase a la primera hora, habría seguido de largo hasta el paradero final.
Las cosas buenas no duran tanto. Todo tiene su final. Le eché una última ojeada a ese escote y me bajé después de darle las gracias por haber llevado mi maletín.
–Te lo regalo –le dije cuando quiso devolverme mi periódico.
Me dio las gracias. A ti más bien, pensé.

domingo, 3 de enero de 2010

viernes, 1 de enero de 2010

Canciones del primer día del año

Mientras edito las mil quinientas páginas de "Cynthia la erótica" voy escuchando música para no volverme loco mientras dialogo conmigo mismo en este trío erótico que escribí entre mayo y diciembre del 2009 y que por lo menos corregiré durante todo el 2010.
Sissel: "Soria Moria"
http://www.youtube.com/watch?v=HmkCLwPY7bA
Sissel: "Adagio"
http://www.youtube.com/watch?v=fZKaEYLH62M
Sissel: "La princesa durmiente"
http://www.youtube.com/watch?v=iNmvxs_De-E
Sissel: "Fuego en su corazón" - Se Ilden Lyse"
http://www.youtube.com/watch?v=poILi0EvJyc
Bonnie Tyler: "Total eclipse of the heart"
http://www.youtube.com/watch?v=840B27zYfOk
Bonnie Tyler: "It's a heartache"
http://www.youtube.com/watch?v=rp3Xy2q6TBI
Bonnie Tyler y Kareen Antonn: "Si demain" ("Turn around")
http://www.youtube.com/watch?v=bKSkAYchdfI
Bonnie Tyler y Kareen Antonn: "It's heartache"
http://www.youtube.com/watch?v=HEEskkMflR8
Bonnie Tyler y Kareen Antonn: Popurrí de canciones
http://www.youtube.com/watch?v=4_D5CTPzgXo