Un clásico de Bonnie Tyler en el estilo particular de otros cantantes:
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Lorrie Morgan
http://www.youtube.com/watch?v=LRdX6aap3hg
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Trick Pone
http://www.youtube.com/watch?v=3qwoKWQ1vHE
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Heidi Newfield
http://www.youtube.com/watch?v=eCNExCkSYXI
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La misma Heidi Newfiel, pero en versión completa
http://www.youtube.com/watch?v=r8HCvZq9Xj8
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Y no podía faltar el dueto formado por Bonnie Tyler y la bella Kareen Antonn
http://www.youtube.com/watch?v=HEEskkMflR8
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Una interpretación en vivo de la gran Bonnie Tyler
http://www.youtube.com/watch?v=zUITszmR7GA
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Un dueto de Bonnie Tyler y Imca Marina
http://www.youtube.com/watch?v=qUZ1FG6zL9c
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Bonnie Tyler interpreta su clásico tema
http://www.youtube.com/watch?v=oQVWbpcKMWQ
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Y no podía faltar la versión de Rod Stewart
http://www.youtube.com/watch?v=GJ9I2BErSwo
viernes, 6 de marzo de 2009
Triaje

-¿Está en la cola? -me preguntó la mujer.
-Sí -le mentí. En realidad, yo estaba haciendo tiempo esperando que el guachimán se descuidara para colarme y ver a mi padre.
Era el verano y el sol nos achicharraba sin piedad alguna.
La mujer se sentó a mi derecha. Me empezó a contar que hace poco le habían operado de la cabeza, que le habían puesto los puntos sobre la venda, que había empezado a supurar pus.
-Mi hija hizo un chongo -dijo-, porque no me querían atender. Amenazamos con llamar a RPP.
-Eso estaba pensando hacer yo -le dije., porque a mi papá lo están tratando peor que a un perro, y todo porque reclamamos una mejor atención.
-Este hospital es una cochinada -dijo ella-. Por ellos (los médicos) que nos muramos todos.
-Mmm.
-Ahora estoy con un dolor terrible de espalda -dijo-, anoche ayudé a bajar las escaleras a mi suegra y ahora estoy así.
-¿Cuántos años tiene usted? -le pregunté.
-48 -dijo la mujer.
Para su edad, estaba bien matada: pálida como una muerta, flaca, sin tetas ni poto. Pobre mujer, pensé.
Justo en ese instante se le acercó una chica bonita, de unos veinte años, de buen cuerpo. Llevaba un jean y un polito y la pancita al aire. Le dijo que acababa de hablar con un médico, que había llamado al colegio para preguntar cómo estaba su hijita.
-Siéntese -le dije. Y a su mamá-: Voy a ir a ver a mi papá.
-Ah, ya -dijo la señora.
Las dejé allí, esperando ser atendidas en triaje.
El fantasma

Era una madrugada. El abuelo Ignacio se dirigía a Huanta.
Estaba al final de Pauca, cuando vio que un hombre se acercaba y alejaba del río como dudando en si cruzarlo o no.
En esa época del año el caudal del río Cachi era bajo. ¿Quién sería? ¿Algún borracho madrugador?
No parecía cristiano. La ropa que llevaba parecía mortaja.
Los burros se espantaron, no querían seguir avanzando.
Al abuelo se le escarapeló el cuerpo. Los pelos se le pusieron de punta. El hombre seguía tanteando en si cruzar el río o no. Dicen que los fantasmas le temen al agua.
Siguió caminando, jalando a los burros para que no escaparan. A las seis tenía que estar en Huanta.
–Señor, ¿podría ayudarme a cruzar al otro lado? –le preguntó el hombre con gutural voz cuando llegó junto a él.
El abuelo temblaba a pesar suyo. Los burros rebuznaban como si estuvieran delante del mismo diablo.
–No temas, no te voy a hacer nada –le dijo el hombre, adivinando su miedo–. Solo ayúdame a cruzar. Por favor.
Le estaban pidiendo un favor. El abuelo aceptó.
–Súbase a mi espalda –dijo.
El hombre de un salto se le prendió en la espalda. Pesaba menos que una pluma. El abuelo se encomendó al Señor.
Se metieron a las heladas aguas del río Cachi. Las piedras estaban resbalosas. Las veces que el abuelo trastabillaba, sentía temblar al hombre, escuchaba el castañeo de sus dientes. ¿Tanto miedo le tendría al agua?
Al fin llegaron a la otra orilla. Nunca cruzar un río le había causado tanta angustia al abuelo.
El hombre saltó a tierra, le dio las gracias y se fue en dirección al cementerio de Q’ello Q’ello con apurado paso.
Estaba al final de Pauca, cuando vio que un hombre se acercaba y alejaba del río como dudando en si cruzarlo o no.
En esa época del año el caudal del río Cachi era bajo. ¿Quién sería? ¿Algún borracho madrugador?
No parecía cristiano. La ropa que llevaba parecía mortaja.
Los burros se espantaron, no querían seguir avanzando.
Al abuelo se le escarapeló el cuerpo. Los pelos se le pusieron de punta. El hombre seguía tanteando en si cruzar el río o no. Dicen que los fantasmas le temen al agua.
Siguió caminando, jalando a los burros para que no escaparan. A las seis tenía que estar en Huanta.
–Señor, ¿podría ayudarme a cruzar al otro lado? –le preguntó el hombre con gutural voz cuando llegó junto a él.
El abuelo temblaba a pesar suyo. Los burros rebuznaban como si estuvieran delante del mismo diablo.
–No temas, no te voy a hacer nada –le dijo el hombre, adivinando su miedo–. Solo ayúdame a cruzar. Por favor.
Le estaban pidiendo un favor. El abuelo aceptó.
–Súbase a mi espalda –dijo.
El hombre de un salto se le prendió en la espalda. Pesaba menos que una pluma. El abuelo se encomendó al Señor.
Se metieron a las heladas aguas del río Cachi. Las piedras estaban resbalosas. Las veces que el abuelo trastabillaba, sentía temblar al hombre, escuchaba el castañeo de sus dientes. ¿Tanto miedo le tendría al agua?
Al fin llegaron a la otra orilla. Nunca cruzar un río le había causado tanta angustia al abuelo.
El hombre saltó a tierra, le dio las gracias y se fue en dirección al cementerio de Q’ello Q’ello con apurado paso.
jueves, 5 de marzo de 2009
Kiosko
En la reunión los colegas se quejaron de la atención que les brinda el kiosko. Que las cucarachas, que la mesera me mira mal, que la comida tenía mucha sal... qué asco, la misma queja de siempre, la misma queja de hace veinte años. Yo no pienso estar muchos años en el magisterio, estoy trabajando para que, dentro de veinte años, no siga escuchando las mismas quejas.
Hospital
Anteanoche trasladamos a papá al hospital de hemergencia: la sonda se le había salido. Ayer en la tarde me escapé del trabajo para visitarlo. El pobre viejo estaba botado, la cama estaba sucia con la bilis que se le salía por el hueco que le hicieron para ponerle la sonda. ¿Los doctores de mierda se estaban vengando porque mi hermana les había dicho su vida en la víspera? Parece que sí. La técnica me dijo está en observación. ¿Así observaban a un paciente, dejando que sus tripas se llenen de bilis? Vi que una paciente se quejaba a una señorita que tomaba nota de eso. Me le acerqué, recién el personal se puso mosca, hasta el doctor se acercó a hablarme. Doctor de mierda. Algún día también tendrá ochenta años y estará cagado.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Tú que miras el mar
MARZO
DOMINGO 4:
Miraba extasiada el mar, ¿embrujada por la agonía del sol en un manto púrpura? En el cielo azul planeaban las gaviotas esperando el momento propicio para lanzarse en picada, como los arpones sobre el lomo de una ballena, y salir con un pez aleteando entre sus picos. A lo lejos pasaba un barco ¿rumbo al Callao, a Guayaquil o al Canal de Panamá? Estaba sentada sobre una toalla verde, con las piernas recogidas. Llevaba ropa de baño color azul y, atado alrededor de su cintura, un pareo amarillo. ¿En quién estaría pensando? ¿Estaría recordando otros veranos, otras playas? ¿De dónde vendría? Nunca la había visto en Pisco. Tenía los cabellos negros, lacios y largos.
Parecía una sirena contemplando el atardecer.
La dibujé en la arena. Le puse cola de pez. De fondo, el Muelle, unas palmeras movidas por la brisa marina. Dibujé el sol herido con una gaviota dentro. Me dibujé en un extremo contemplándola.
Una mujer de la edad de mamá salió del agua. Se le acercó.
-¿No te bañas, Mar… -¿dijo Margó, Margot?
-Dentro de un rato –dijo Mar… ¿gó o got?-. ¿Jugamos tenis?
-Ya pues.
La chica sacó unas raquetas y una pelotita de su mochila y se pusieron a jugar.
Me metí al mar. Nadé, buceé contando los segundos que podía resistir debajo del agua. Mañana empezaban las clases. Este era el último día de las vacaciones de verano, mis últimas vacaciones de verano. Faltaba la de julio y nunca más tendría vacaciones escolares. Esquivé las olas, busqué piedritas, conchitas, las guardé en mis bolsillos como recuerdo de este día del verano. ¿Habrían venido de paseo a Pisco? ¿Habrían venido a visitar a algún familiar? ¿Pero por qué estaban solas? Tendría unos dieciséis o diecisiete años. ¿Estaría todavía en el colegio? Quizá ya habría terminado. Si venían de Lima y mañana empezaban las clases, no estarían acá, ¿no? Tal vez eran de Ica.
La pelotita pasó a un milímetro de mi cabeza como un cometa amarillo.
Las dos se acercaron corriendo a la orilla. La pelotita se alejaba sobre la cresta de una ola como un barquito de papel. Di la media vuelta y nadé tras ella. Mover los brazos como aspas, los pies como aletas, no te vayas, pelotita, ¿a dónde quieres ir?, ¿quieres terminar en el vientre de una ballena?, ¿llegar a una isla? Ya te atrapé… Un olón me la arrebató de la punta de los dedos. Ah, pero no te me escaparás. Ya, déjala, escuché que decían. No te vayas a ahogar. Allí estaba otra vez la pelotita. ¡Te atrapé! ¿Creíste que te me ibas a escapar? Pues te equivocaste.
Nadé de regreso a la playa.
Se la entregué a la chica mientras la señora decía no debiste de arriesgarte tanto.
-Muchas gracias, amigo –me dijo ¿Margot, Margó?
Por un segundo rocé la punta de sus dedos. Temblé.
Tenía los ojos azules, azules como el mar, como el cielo de Pisco en el verano. Los puntitos negros parecían gaviotas volando en sus pupilas.
-De nada –le dije.
Agarré mis cosas y empecé a alejarme de la playa. ¿Quedarme? Me dio un poco de roche. ¿Pero acaso te conocen, Agustín? Me detuve en el Malecón y las observé. ¿Margot, Margó? me miró y, a pesar de la distancia, pude ver sus ojos tan azules, las gaviotas volando en ellas.
Regresé a mi casa.
Mi papá estaba tipeando su programación, mamá me dijo dúchate de una vez para subirle la basta a tu pantalón.
-¿Y cómo te fue en la playa?
-Bien.
-¿Alguna sirena que te haya impresionado con su canto? –preguntó papá.
Me puse colorado. Todavía estaba de día. Quizá ¿Margot, Margó? todavía estaba en la playa. No debí regresarme.
-Muchas –dije, recordando los ojos de la chica, su voz diciéndome gracias.
Me metí a la ducha. Podía haberle preguntado ¿cuál es tu correo? ¿Pero de buenas a primeras quién da su correo? ¿Tienes hi5? ¿Y a ti qué te importa? No te conozco. No le doy mi correo a desconocidos. ¿Le dijo Margot o Margó? Margó no es un nombre. ¿Cuántas Margots tienen hi5? Seguro que millones. Me jaboné. Mañana otra vez al colegio. Adiós, vacaciones de verano.
Me sequé y bajé.
Mamá me midió el pantalón. Afuera había oscurecido. La playa ya estaría vacía. La marea borraría nuestras huellas, mi dibujo, deshacería los castillos de arena, taparía los hoyos. Mañana otras huellas ocuparían las nuestras; pasado, otras. Se terminaría el verano, vendrían otros veranos. ¿Margot, Margó se acordaría de aquel verano del 2007 en la playa de Pisco en que un chico atrapó su pelotita de tenis que se escapaba para conocer otros mares? ¿Alguna vez se acordaría de este domingo cuatro de marzo?
Quizá nunca.
-Sirvo la cena en cinco minutos –dijo mamá.
-Voy a darme un duchazo –dijo papá-. Uff, qué calor.
Le pedí que me prestara la computadora.
Entré a hi5. Habían 14453 Margots y 721 Margós. O sea que Margó también era un nombre, un nombre raro, no conocía a ninguna Margó en Pisco.
Cenamos hablando del próximo cumpleaños del abuelo Juan. Cumplía ochenta años el jueves. Ese día vendría con mis primos Nacho y Diego. La abuela María hubiese cumplido setenta y un años el pasado veintiocho de febrero. En julio serían dos años desde que había muerto. Solo una vez la abuela había estado en Pisco.
-¡Se acabaron las vacaciones! –dijo mamá-. En mis tiempos descansábamos enero, febrero y marzo.
-Y también en los míos –dijo papá-. Tan tío no soy.
Reímos con ganas. Seguro Margot o Margó ya había acabado el colegio, sino estaría en su casa alistando su uniforme para regresar mañana al colegio. O tal vez postularía en marzo a la universidad y había venido a relajarse un poco antes de dar el examen de admisión. Ah, si me hubiese quedado, de repente me decía para jugar tenis mientras su mamá nadaba de nuevo. Qué tonto, ¿por qué no me quedé? Tarde para los arrepentimientos. Ahora sí la playa estaría vacía. Pedirle su correo, decirle si quieres te enseño Pisco. ¿Ya han ido a la bahía de Paracas? ¿Han visto la Catedral?
Tocaron el timbre. Era José. Me dijo para salir a dar una vueltas.
-Lleva tu guitarra.
Fuimos a la Plaza de Armas. Habían algunos turistas.
¡Margot, Margó! Mi corazón empezó a latir como loco. Estaba sentada en uno de los bancos.
Pasaría por su lado, le diría hola, ¿te acuerdas de mí?, fui el que rescató tu pelotita.
-¿Vamos para allá?
Le pediría su correo, chatearía con ella.
No, no era ella. Como no veo bien sin lentes, la confundí. Sentí una desazón del tamaño del universo en mi corazón. Menos mal que no me le acerqué y le dije hola, amiga, ¿te acuerdas de mí?
-¿Buscas a alguien? –me preguntó José.
-No. ¿A quién podría buscar?
-¿Vamos a la playa? Acá no se puede cantar, van a pensar que estamos locos.
-Y nos arrojarán monedas.
-Ajá.
Reímos.
La playa estaba en penumbra. Las olas seguían yendo y viniendo desde tiempos inmemoriales y seguirían así por toda la eternidad. La marea todavía no había subido tanto, aún había huellas en la arena.
-Escucha esta canción.
Afiné la guitarra y me puse a cantar: Vuelan al viento las olas, / los álamos dicen adiós / a este verano marchito / que nuestro amor contempló. Hice una pausa. Toqué unos acordes. Margot o Margó todavía tendría la sal del agua en la piel, la piel ardiendo por culpa del sol. Continué: Hoy es la última noche, / mañana tú partirás hacia destinos extraños, / quién sabe si volverás. Nunca más la volvería a ver en mi vida. Un día, cuando tuviese la edad de mi abuelo, volvería a la playa y me acordaría de Margot o Margó. El verano termina ya, / y con él mi amor se va, / adiós, verano, adiós, amor. Nunca más vería sus ojos de mar. La noche despliega su manto, / el pájaro enmudeció, / la fuente paró su canto, / no quiere decir adiós.
-¿Cuándo grabamos un disco?
-Algún día. Ya tengo el título: Tú que miras el mar.
-Buen título para un disco de canciones de amor.
-Mmm.
¿Mi dibujo? Allí estaba mi sirena. Alguien le había puesto un corazón alrededor de ella. No solo un corazón, también habían puesto un nombre. Margaux, leí. Era un nombre francés, ¿cómo se pronunciaba? ¿Margú o Margó? Mi corazón latía como un mar furioso. Debajo escribí Te amo.
Cantamos canciones de amor que hablaban del mar: Puerto Montt, Fuiste mía un verano, La playa.
Regresamos.
LUNES 5:
Sonó el despertador y abrí los ojos y los volví a cerrar: el sol golpeaba con furia. Eran diez para las seis de la mañana. Ya había clareado. Me lavé la cara, me puse mi buzo y zapatillas y partí al Malecón. Margaux, ¿dónde estaría? ¿En Ica, en Lima, en otra parte?
José y Pamela me estaban esperando. Hola, Agustín, hola, Pamela, hola, José.
-¿Listo para volver al cole? –preguntó Pamela.
-Casi. ¿Tú?
-Ya quisiera que estemos en diciembre.
El viento sopló desde el Muelle y nos trajo un fuerte olor a pescado fresco. Escuchamos las voces de los pescadores, de los comerciantes, las voces agudas de las mujeres nombrando a las diversas clases de peces que sus maridos habían capturado durante toda la noche.
-Quince minutos de ida y quince de vuelta –dijo José, mirando su reloj-. Son las seis y tres.
Empezamos a trotar en dirección a la playa. La marea la había dejado limpia de huellas, de castillos pero, ¿milagro?, allí estaba mi dibujo, el corazón, Margaux, Te amo. Ni Pamela ni José se fijaron. ¿Dónde estarás? Las gaviotas y pelícanos huían a nuestro paso. Yo escribí anoche te amo en la arena y ni el mar furioso pudo borrarlo. Nunca te olvidaré. Estás muy pensativo, Agustín, dijo Pamela. Se acabaron nuestras últimas vacaciones, le dije. Faltan aún las de julio. Esas duraban apenas dos semanas. Nacho y Diego también se estarían alistando para volver al colegio. También mi prima Bere. Nela era muy chiquita, pero de repente la tía Dora la mandaba al jardín. Faltaban tres días para que el abuelo cumpliera ochenta años. La abuela apenas vivió sesenta y nueve años. ¿Karina y Janeth se habrán quedado en el cole? No sé, dije, no las he visto para nada. Si repito, me cambio de cole, dijo José. Qué roche. El que no estudia que no espere milagros, ¿no? Cruzamos frente al Muelle. Tiempo. Regresamos. Margaux, ¿por qué no puso su apellido, su correo? ¿Para qué? Nos metimos al mar. Ya estaba en quinto año. No, todavía no, todavía faltaba más de una hora para volver al colegio. Si pudiera retroceder el tiempo. ¿Para qué? ¿Para nadar de nuevo detrás de la pelotita? ¿Cuántos años tendría? ¿Cuándo sería su cumpleaños? Margaux, Margó. ¿Qué música escucharía? ¿Tendría enamorado? Cuánto ignoramos de las personas a las que solo conocemos de vista.
Salimos chorreando agua. Un baño matinal en el mar era excelente para quitarte la pereza.
-¿Dónde estaremos el cinco de marzo del 2008? –preguntó Pamela.
-Cómo saberlo –dijo José-. Quizá Agustín y yo estemos cantando en el Madison Square Garden de New York.
-¿No necesitan una corista?
-Cantas horrible –le dijo José.
-Tonto –Pamela le echó agua.
José echó a correr.
¿Dónde estaría yo, dónde Margó?
-¿Te quedas, Agustín? –me gritaron.
Me apuré. En el Malecón nos separamos. Nos vemos en el cole, chicos.
Llegué a casa. Mamá me dijo báñate de una vez para que tomes tu desayuno, ya van a ser las siete.
Me duché, me afeité, me vestí. Con el pelo corto y con el uniforme parecía un cadete de las fuerzas armadas.
-¡Qué guapo estás, Agustín! –me piropeó mamá.
-Mi hijo ha salido a mí –dijo papá.
-A mí –dijo mamá-. Por algo no fui Miss Universo, ¿no?
-Miss Pisco, dirás –dijo papá.
Reímos con ganas. RPP informaba que más de seis millones de alumnos volvían a las aulas. ¿Entre ellos estaría Margaux? ¿Cómo se pronunciaba Margaux?
-¿Qué quieren que les prepare de almuerzo? –preguntó mamá.
-Escoge, Agustín –dijo papá-. Ya que por fin llegaste a quinto año.
-Ají de gallina –dije, recordando a mi abuela María: ella me preparaba un rico ají de gallina en las fechas especiales.
-Bueno, trataré de que me salga igual a como lo preparaba tu abuela –dijo mamá-. Aunque lo dudo, tu abuela tenía su secreto.
-Igual cocinas rico, mamá, y me gusta tu sazón.
-Doy fe de ello –dijo papá.
-Apúrense que ya van a ser las siete y media.
Terminamos de tomar el desayuno. Papá partió a su colegio y yo al mío. Mamá trabajaba en la tarde. Ambos trabajaban en el mismo colegio.
Fui por las mismas calles por donde había ido los últimos cinco años de mi vida. El sol ya estaba en lo alto, empezaba a quemar con furia. ¿Dónde estaría Margaux? ¿Aquí mismo? De repente habían venido a descansar un par de días. Eso significaría que volvería a ir a la playa. Saliendo del colegio me iría a la playa. ¿Y si iba temprano? Pero ayer fue en la tarde. Quizá llegaron a las diez, a las once, mientras buscaban un hotel pasó una hora, almorzaron, pasearon un poco y recién fueron a la playa. ¿Faltar? ¿Hacer guardia en la playa? ¿Y si no venía? Me iba a achicharrar por gusto.
Un mar de alumnos vestidos de blanco y azul se dirigían al colegio Abraham Valdelomar, cuyo nombre refulgía sobre el portón. Algunos llevaban sus mochilas, otros un solo cuaderno.
En la entrada, una estatua recién pulida, como una moneda acabada de acuñar, del autor de Tristitia nos daba la bienvenida. A sus pies había un gallo, ese era el Carmelo, protagonista de uno de los más hermosos cuentos que jamás había leído.
-¡Apúrense, apúrense! –nos instaban los auxiliares-. ¡Al patio principal que ya va a empezar la formación!
-¡Agustín! –me pasó la voz mi amigo Hernando.
-Hola, Hernando, ¿qué tal vacaciones?
-Bien, ¿y tú?
-También bien.
Allí estaban mis compañeros del año pasado: Rubén, Bryan, Jefersson, Toño, Jonathan, Miriam, Pamela, Cinthya, Carmen, Marcela. Nos saludamos, hola, hola, ¿qué tal vacaciones? ¿Viajaron? Uy, cómo has crecio. Y tú, nada, ni un milímetro. Ya te estirarás.
El auxiliar Pablo tomó el micro y nos pidió que nos formáramos de acuerdo a nuestra estatura. Tú más atrás porque estás muy alto, tú adelante, oye, pero yo le gano por un poquito, fíjate.
Una tarde en la playa, una pelotita que pasa a un milímetro de tu cabeza, una chica de ojos azules que te dice gracias, amigo, un nombre en la arena, un corazón, un Te amo que borraría las olas. ¿Dónde estarás, Margaux, Margó?
-¿El 5° A? –preguntó una voz que había escuchado no sé dónde.
-Sí –esa era la voz de Cinthya, primerita en la fila.
¿Margaux? ¿Estaba viendo visiones? ¿Me estaba volviendo loco?
-Gracias. Entonces acá me quedo.
-¿Eres nueva?
-Sí –dijo Margaux.
Mi corazón palpitaba a mil. Un paso, otro paso, Margaux avanzaba buscando dónde ponerse. Toc, toc, toctoctoc. ¿Era ella? Estaba con el uniforme del colegio, nuevo, impecable, tenía los cabellos recogidos en una redecilla, anudados con la cinta azul que se ponen las chicas.
Se puso detrás de Carmen, a un alumno de mí. El mismo perfil, las mismas manos.
El auxiliar ordenó distancia. Entonces quedamos en la misma fila. Volteó hacia su derecha. Me miró. ¡Era ella! Allí estaban sus ojos azul cielo. Hizo un gesto de sorpresa.
-Hola –dijo-. ¿Te acuerdas de mí? Nos conocimos en la playa.
-Sí –le dije-. Tú eres la chica de la pelotita.
Sonrió.
-Vaya, vamos a estar en el mismo salón –dijo-. No te había reconocido sin lentes.
-Mmm –murmuré.
Sí que el mundo era pequeño. Si hubiera adivinado que íbamos a estar en el mismo salón, me habría ahorrado tantos pensamientos, ¿no?
El auxiliar ordenó silenico.
-Después hablamos –susurró Margaux-. ¿Cómo te llamas?
-Agustín. ¿Tú?
-Margó, pero se escribe Margaux.
-¿Margaux?
-Sí, después te cuento.
-Ya.
Era para no creerlo. ¿Tanta coincidencia podía existir? ¿O existía telepatía entre nosotros? Te llamé y por eso viniste. Escribí Te amo en la arena y viniste para corresponderme. Una tarde en la playa, una chica jugando tenis, una pelotita que se le escapa, un chico que la rescata. Dos que se encuentran en el colegio.
Por lo visto, existían las casualidades.
El profesor y los profesores subieron al tabladillo. La profesora Lina, de Religión, tomó la palabra y dirigió la primera oración del año para agradecer al Señor por habernos traído de vuelta al colegio con salud. Rezamos el Padrenuestro. Margaux hizo la señal de la cruz, inclinó el rostro y rezó. Agucé los oídos para escuchar su voz. Parecía un sueño, pero era verdad, allí estaba ella, me había dicho hola, me había dicho después hablamos, después te cuento. Rezamos el Salve, y lo cantamos también: Salve salve cantaba María, que más pura que tú solo Dios… Margó, pero se escribe Margaux, cantaba como los ángeles. ¿Y si yo estaba en el cielo?, ¿si ayer me había muerto mientras rescataba su pelotita? ¿Pero cómo voy a estar muerto si allí estaban todos mis compañeros, mis profesores, el director, los auxiliares? Amén, dijo la profesora y todos lo repetimos.
El auxiliar Pablo tomó de nuevo el micrófono. Ahora las sagradas notas de nuestro Himno Nacional, dijo. Saludo al frente, ¡saludo! Margó cantaba con ánimo, no como algunos de mis compañeros que lo hacían como si no hubiesen tomado desayuno. ¿De qué colegio vendría? ¿Qué habría pasado si ayer no hubiese ido a la playa? ¿Si ayer no hubiese nadado en pos de su pelotita? Hoy ni me habría mirado. Solo a mí me dijo hola. Margaux, o sea que ella escribió su nombre debajo de mi dibujo, o sea que ella hizo ese corazón, ¿por qué? Si supiera que volví a la playa en la noche. ¡Margaux! Una tarde en la playa, una chica jugando tenis con su mamá, una pelotita que vuela a la velocidad de la luz y pasa por mi cabeza. ¡Viva el Perú! ¡¡Viva!! ¡Firmes, descanso, atención!
El director tomó la palabra. Nos dio la bienvenida. Dio la bienvenida a los alumnos de primero y también a los alumnos nuevos que se unían a la gran familia valdelomarina. Margaux sonrió. Me gustaba pronunciarlo tal como se escribía: Margaux. Su frente brillaba. El sol reverberaba en sus oscuros cabellos. El director habló de la educación en valores, todos teníamos que vivir en valores para ser mejores personas, para hacer de nuestro querido Perú un país grande, digno heredero de sus hijos no solo ilustres, sino de todos aquellos hombres y mujeres humildes que habían abierto carreteras, trabajado en las chacras, de aquellos hombres que todos los días se internan en el mar, en las minas. Que todo no quede en el papel, en la teoría, ¿de qué nos sirve saber el concepto de honestos si no somos honestos?, ¿de qué sirve que sepamos el concepto de responsabilidad si no somos responsables? También hay que cuidar la naturaleza. Qué suerte la de nosotros el de vivir cerca del mar, ¿no?, ¿pero qué pasaría si no pudiéramos poner ni un pie en sus aguas? Pensemos en eso, reflexionemos, jóvenes alumnos y alumnas. Margaux volvió el rostro, me miró y sonrió. ¡Qué hermosos eran sus ojos! Eran dos mares, dos lagos, dos cielos. Algún día tenía que escribir una canción a sus ojos mismo La malagueña. Nos habíamos conocido en la playa, en el mar.
Un chico de primero se desmayó. Los auxiliares y un par de profesores corrieron en su auxilio. Se desató el bullicio.
-Hace mucho calor acá, ¿no? –me dijo Margaux.
-Mmm. Tú no eres de acá, ¿no?
-No. Vengo de Lima.
-¿De tan lejos?
-Sí, por motivos de trabajo de mi mamá –sacó una botella de agua y bebió, luego me lo ofreció-. ¿Quieres? Es limonada.
-Gracias –le dije.
Tomé la botella y bebí un sorbo. ¿Si no hubiese atrapado su pelotita, me habría convidado?
-Gracias. Está rico.
-De nada –dijo-. Lo preparé yo.
Sonrió. Le iba a decir tienes buenas manos para preparar refrescos, pero no lo hice.
Se reanudó la formación. El director presentó a cada uno de nuestros profesores. Cuando presentaron al profesor Palomino, le dije a Margaux él es nuestro tutor. Qué bien, dijo ella.
Después de eso, terminó la formación, pero aún nos quedamos en el patio para que los auxiliares nos indicaran nuestras secciones, aunque ya sabíamos que a los de quinto nos tocaba en el tercer piso del pabellón nuevo.
-Qué calor –dijo Margaux, sacó un pañuelo blanco, pulcro, doblado, y se limpió la frente, las mejillas, el mentón, la naricita.
-Ah. Ya te acostumbrarás.
-Ojalá.
Nuestro auxiliar era Enrique. Nos dijo que al 5° A le tocaba el último salón del tercer piso. Suban en perfecto orden, nos dijo. Al primer escandaloso, lo mando de regreso a su casa, ¿ok?
Cruzamos el patio, los salones antiguos.
-¿De qué colegio vienes? –le pregunté a Margaux. Ella caminaba a mi lado.
-Del Josefa Carrillo –dijo.
-¿Y dónde queda?
-En Chosica –dijo. Subíamos las escaleras lentamente-. ¿Conoces?
-Más o menos –le dije-. Mis abuelos viven en La Realidad.
-Eso está cerca de mi casa –dijo-. A veinte minutos.
Los techos de las casas vecinas empezaban a aparecer a medida que subíamos los peldaños. La voy a ver durante diez meses, pensaba, hasta diciembre. Iremos al paseo de promoción, a la fiesta de promo.
-¡Mira, el mar! –exclamó Margaux.
Estábamos en el pasadizo de los quintos.
Allí estaba en mar, desde tiempos inmemoriales, el mar que había admirado Abraham Valdelomar, el mar por el cual había llegado el general José de San Martín. Un mar esmeralda en las mañanas, oscuro en las tardes. Un mar en cuyo cielo volaban cientos de gaviotas.
-Somos privilegiados con esta vista –añadió.
-¿Te gusta el mar?
-Sí –dijo-. Siempre he querido vivir cerca del mar.
-Tus sueños se han hecho realidad –le dije.
Margaux rió con ganas.
Llegamos al 5° A. Entramos. El salón estaba pintado de celeste, las carpetas de color marrón. Todo estaba impecable. Había una pizarra acrílica nueva. Habían escrito con plumón Bienvenidos al año escolar 2007, alumnos del 5° A.
-¿Dónde nos sentamos, Agustín? –me preguntó Margaux.
¡Me estaba pidiendo que escogiera el lugar donde nos sentaríamos los siguientes meses! ¿Nos sentamos en la última carpeta para plajear y hacer chacota?
-¿Nos sentamos en la primera carpeta, cerca del escritorio de los profesores?
-Claro –dijo Margaux-. Para escuchar mejor las clases.
Eso significaba que era una chica inteligente.
DOMINGO 4:
Miraba extasiada el mar, ¿embrujada por la agonía del sol en un manto púrpura? En el cielo azul planeaban las gaviotas esperando el momento propicio para lanzarse en picada, como los arpones sobre el lomo de una ballena, y salir con un pez aleteando entre sus picos. A lo lejos pasaba un barco ¿rumbo al Callao, a Guayaquil o al Canal de Panamá? Estaba sentada sobre una toalla verde, con las piernas recogidas. Llevaba ropa de baño color azul y, atado alrededor de su cintura, un pareo amarillo. ¿En quién estaría pensando? ¿Estaría recordando otros veranos, otras playas? ¿De dónde vendría? Nunca la había visto en Pisco. Tenía los cabellos negros, lacios y largos.
Parecía una sirena contemplando el atardecer.
La dibujé en la arena. Le puse cola de pez. De fondo, el Muelle, unas palmeras movidas por la brisa marina. Dibujé el sol herido con una gaviota dentro. Me dibujé en un extremo contemplándola.
Una mujer de la edad de mamá salió del agua. Se le acercó.
-¿No te bañas, Mar… -¿dijo Margó, Margot?
-Dentro de un rato –dijo Mar… ¿gó o got?-. ¿Jugamos tenis?
-Ya pues.
La chica sacó unas raquetas y una pelotita de su mochila y se pusieron a jugar.
Me metí al mar. Nadé, buceé contando los segundos que podía resistir debajo del agua. Mañana empezaban las clases. Este era el último día de las vacaciones de verano, mis últimas vacaciones de verano. Faltaba la de julio y nunca más tendría vacaciones escolares. Esquivé las olas, busqué piedritas, conchitas, las guardé en mis bolsillos como recuerdo de este día del verano. ¿Habrían venido de paseo a Pisco? ¿Habrían venido a visitar a algún familiar? ¿Pero por qué estaban solas? Tendría unos dieciséis o diecisiete años. ¿Estaría todavía en el colegio? Quizá ya habría terminado. Si venían de Lima y mañana empezaban las clases, no estarían acá, ¿no? Tal vez eran de Ica.
La pelotita pasó a un milímetro de mi cabeza como un cometa amarillo.
Las dos se acercaron corriendo a la orilla. La pelotita se alejaba sobre la cresta de una ola como un barquito de papel. Di la media vuelta y nadé tras ella. Mover los brazos como aspas, los pies como aletas, no te vayas, pelotita, ¿a dónde quieres ir?, ¿quieres terminar en el vientre de una ballena?, ¿llegar a una isla? Ya te atrapé… Un olón me la arrebató de la punta de los dedos. Ah, pero no te me escaparás. Ya, déjala, escuché que decían. No te vayas a ahogar. Allí estaba otra vez la pelotita. ¡Te atrapé! ¿Creíste que te me ibas a escapar? Pues te equivocaste.
Nadé de regreso a la playa.
Se la entregué a la chica mientras la señora decía no debiste de arriesgarte tanto.
-Muchas gracias, amigo –me dijo ¿Margot, Margó?
Por un segundo rocé la punta de sus dedos. Temblé.
Tenía los ojos azules, azules como el mar, como el cielo de Pisco en el verano. Los puntitos negros parecían gaviotas volando en sus pupilas.
-De nada –le dije.
Agarré mis cosas y empecé a alejarme de la playa. ¿Quedarme? Me dio un poco de roche. ¿Pero acaso te conocen, Agustín? Me detuve en el Malecón y las observé. ¿Margot, Margó? me miró y, a pesar de la distancia, pude ver sus ojos tan azules, las gaviotas volando en ellas.
Regresé a mi casa.
Mi papá estaba tipeando su programación, mamá me dijo dúchate de una vez para subirle la basta a tu pantalón.
-¿Y cómo te fue en la playa?
-Bien.
-¿Alguna sirena que te haya impresionado con su canto? –preguntó papá.
Me puse colorado. Todavía estaba de día. Quizá ¿Margot, Margó? todavía estaba en la playa. No debí regresarme.
-Muchas –dije, recordando los ojos de la chica, su voz diciéndome gracias.
Me metí a la ducha. Podía haberle preguntado ¿cuál es tu correo? ¿Pero de buenas a primeras quién da su correo? ¿Tienes hi5? ¿Y a ti qué te importa? No te conozco. No le doy mi correo a desconocidos. ¿Le dijo Margot o Margó? Margó no es un nombre. ¿Cuántas Margots tienen hi5? Seguro que millones. Me jaboné. Mañana otra vez al colegio. Adiós, vacaciones de verano.
Me sequé y bajé.
Mamá me midió el pantalón. Afuera había oscurecido. La playa ya estaría vacía. La marea borraría nuestras huellas, mi dibujo, deshacería los castillos de arena, taparía los hoyos. Mañana otras huellas ocuparían las nuestras; pasado, otras. Se terminaría el verano, vendrían otros veranos. ¿Margot, Margó se acordaría de aquel verano del 2007 en la playa de Pisco en que un chico atrapó su pelotita de tenis que se escapaba para conocer otros mares? ¿Alguna vez se acordaría de este domingo cuatro de marzo?
Quizá nunca.
-Sirvo la cena en cinco minutos –dijo mamá.
-Voy a darme un duchazo –dijo papá-. Uff, qué calor.
Le pedí que me prestara la computadora.
Entré a hi5. Habían 14453 Margots y 721 Margós. O sea que Margó también era un nombre, un nombre raro, no conocía a ninguna Margó en Pisco.
Cenamos hablando del próximo cumpleaños del abuelo Juan. Cumplía ochenta años el jueves. Ese día vendría con mis primos Nacho y Diego. La abuela María hubiese cumplido setenta y un años el pasado veintiocho de febrero. En julio serían dos años desde que había muerto. Solo una vez la abuela había estado en Pisco.
-¡Se acabaron las vacaciones! –dijo mamá-. En mis tiempos descansábamos enero, febrero y marzo.
-Y también en los míos –dijo papá-. Tan tío no soy.
Reímos con ganas. Seguro Margot o Margó ya había acabado el colegio, sino estaría en su casa alistando su uniforme para regresar mañana al colegio. O tal vez postularía en marzo a la universidad y había venido a relajarse un poco antes de dar el examen de admisión. Ah, si me hubiese quedado, de repente me decía para jugar tenis mientras su mamá nadaba de nuevo. Qué tonto, ¿por qué no me quedé? Tarde para los arrepentimientos. Ahora sí la playa estaría vacía. Pedirle su correo, decirle si quieres te enseño Pisco. ¿Ya han ido a la bahía de Paracas? ¿Han visto la Catedral?
Tocaron el timbre. Era José. Me dijo para salir a dar una vueltas.
-Lleva tu guitarra.
Fuimos a la Plaza de Armas. Habían algunos turistas.
¡Margot, Margó! Mi corazón empezó a latir como loco. Estaba sentada en uno de los bancos.
Pasaría por su lado, le diría hola, ¿te acuerdas de mí?, fui el que rescató tu pelotita.
-¿Vamos para allá?
Le pediría su correo, chatearía con ella.
No, no era ella. Como no veo bien sin lentes, la confundí. Sentí una desazón del tamaño del universo en mi corazón. Menos mal que no me le acerqué y le dije hola, amiga, ¿te acuerdas de mí?
-¿Buscas a alguien? –me preguntó José.
-No. ¿A quién podría buscar?
-¿Vamos a la playa? Acá no se puede cantar, van a pensar que estamos locos.
-Y nos arrojarán monedas.
-Ajá.
Reímos.
La playa estaba en penumbra. Las olas seguían yendo y viniendo desde tiempos inmemoriales y seguirían así por toda la eternidad. La marea todavía no había subido tanto, aún había huellas en la arena.
-Escucha esta canción.
Afiné la guitarra y me puse a cantar: Vuelan al viento las olas, / los álamos dicen adiós / a este verano marchito / que nuestro amor contempló. Hice una pausa. Toqué unos acordes. Margot o Margó todavía tendría la sal del agua en la piel, la piel ardiendo por culpa del sol. Continué: Hoy es la última noche, / mañana tú partirás hacia destinos extraños, / quién sabe si volverás. Nunca más la volvería a ver en mi vida. Un día, cuando tuviese la edad de mi abuelo, volvería a la playa y me acordaría de Margot o Margó. El verano termina ya, / y con él mi amor se va, / adiós, verano, adiós, amor. Nunca más vería sus ojos de mar. La noche despliega su manto, / el pájaro enmudeció, / la fuente paró su canto, / no quiere decir adiós.
-¿Cuándo grabamos un disco?
-Algún día. Ya tengo el título: Tú que miras el mar.
-Buen título para un disco de canciones de amor.
-Mmm.
¿Mi dibujo? Allí estaba mi sirena. Alguien le había puesto un corazón alrededor de ella. No solo un corazón, también habían puesto un nombre. Margaux, leí. Era un nombre francés, ¿cómo se pronunciaba? ¿Margú o Margó? Mi corazón latía como un mar furioso. Debajo escribí Te amo.
Cantamos canciones de amor que hablaban del mar: Puerto Montt, Fuiste mía un verano, La playa.
Regresamos.
LUNES 5:
Sonó el despertador y abrí los ojos y los volví a cerrar: el sol golpeaba con furia. Eran diez para las seis de la mañana. Ya había clareado. Me lavé la cara, me puse mi buzo y zapatillas y partí al Malecón. Margaux, ¿dónde estaría? ¿En Ica, en Lima, en otra parte?
José y Pamela me estaban esperando. Hola, Agustín, hola, Pamela, hola, José.
-¿Listo para volver al cole? –preguntó Pamela.
-Casi. ¿Tú?
-Ya quisiera que estemos en diciembre.
El viento sopló desde el Muelle y nos trajo un fuerte olor a pescado fresco. Escuchamos las voces de los pescadores, de los comerciantes, las voces agudas de las mujeres nombrando a las diversas clases de peces que sus maridos habían capturado durante toda la noche.
-Quince minutos de ida y quince de vuelta –dijo José, mirando su reloj-. Son las seis y tres.
Empezamos a trotar en dirección a la playa. La marea la había dejado limpia de huellas, de castillos pero, ¿milagro?, allí estaba mi dibujo, el corazón, Margaux, Te amo. Ni Pamela ni José se fijaron. ¿Dónde estarás? Las gaviotas y pelícanos huían a nuestro paso. Yo escribí anoche te amo en la arena y ni el mar furioso pudo borrarlo. Nunca te olvidaré. Estás muy pensativo, Agustín, dijo Pamela. Se acabaron nuestras últimas vacaciones, le dije. Faltan aún las de julio. Esas duraban apenas dos semanas. Nacho y Diego también se estarían alistando para volver al colegio. También mi prima Bere. Nela era muy chiquita, pero de repente la tía Dora la mandaba al jardín. Faltaban tres días para que el abuelo cumpliera ochenta años. La abuela apenas vivió sesenta y nueve años. ¿Karina y Janeth se habrán quedado en el cole? No sé, dije, no las he visto para nada. Si repito, me cambio de cole, dijo José. Qué roche. El que no estudia que no espere milagros, ¿no? Cruzamos frente al Muelle. Tiempo. Regresamos. Margaux, ¿por qué no puso su apellido, su correo? ¿Para qué? Nos metimos al mar. Ya estaba en quinto año. No, todavía no, todavía faltaba más de una hora para volver al colegio. Si pudiera retroceder el tiempo. ¿Para qué? ¿Para nadar de nuevo detrás de la pelotita? ¿Cuántos años tendría? ¿Cuándo sería su cumpleaños? Margaux, Margó. ¿Qué música escucharía? ¿Tendría enamorado? Cuánto ignoramos de las personas a las que solo conocemos de vista.
Salimos chorreando agua. Un baño matinal en el mar era excelente para quitarte la pereza.
-¿Dónde estaremos el cinco de marzo del 2008? –preguntó Pamela.
-Cómo saberlo –dijo José-. Quizá Agustín y yo estemos cantando en el Madison Square Garden de New York.
-¿No necesitan una corista?
-Cantas horrible –le dijo José.
-Tonto –Pamela le echó agua.
José echó a correr.
¿Dónde estaría yo, dónde Margó?
-¿Te quedas, Agustín? –me gritaron.
Me apuré. En el Malecón nos separamos. Nos vemos en el cole, chicos.
Llegué a casa. Mamá me dijo báñate de una vez para que tomes tu desayuno, ya van a ser las siete.
Me duché, me afeité, me vestí. Con el pelo corto y con el uniforme parecía un cadete de las fuerzas armadas.
-¡Qué guapo estás, Agustín! –me piropeó mamá.
-Mi hijo ha salido a mí –dijo papá.
-A mí –dijo mamá-. Por algo no fui Miss Universo, ¿no?
-Miss Pisco, dirás –dijo papá.
Reímos con ganas. RPP informaba que más de seis millones de alumnos volvían a las aulas. ¿Entre ellos estaría Margaux? ¿Cómo se pronunciaba Margaux?
-¿Qué quieren que les prepare de almuerzo? –preguntó mamá.
-Escoge, Agustín –dijo papá-. Ya que por fin llegaste a quinto año.
-Ají de gallina –dije, recordando a mi abuela María: ella me preparaba un rico ají de gallina en las fechas especiales.
-Bueno, trataré de que me salga igual a como lo preparaba tu abuela –dijo mamá-. Aunque lo dudo, tu abuela tenía su secreto.
-Igual cocinas rico, mamá, y me gusta tu sazón.
-Doy fe de ello –dijo papá.
-Apúrense que ya van a ser las siete y media.
Terminamos de tomar el desayuno. Papá partió a su colegio y yo al mío. Mamá trabajaba en la tarde. Ambos trabajaban en el mismo colegio.
Fui por las mismas calles por donde había ido los últimos cinco años de mi vida. El sol ya estaba en lo alto, empezaba a quemar con furia. ¿Dónde estaría Margaux? ¿Aquí mismo? De repente habían venido a descansar un par de días. Eso significaría que volvería a ir a la playa. Saliendo del colegio me iría a la playa. ¿Y si iba temprano? Pero ayer fue en la tarde. Quizá llegaron a las diez, a las once, mientras buscaban un hotel pasó una hora, almorzaron, pasearon un poco y recién fueron a la playa. ¿Faltar? ¿Hacer guardia en la playa? ¿Y si no venía? Me iba a achicharrar por gusto.
Un mar de alumnos vestidos de blanco y azul se dirigían al colegio Abraham Valdelomar, cuyo nombre refulgía sobre el portón. Algunos llevaban sus mochilas, otros un solo cuaderno.
En la entrada, una estatua recién pulida, como una moneda acabada de acuñar, del autor de Tristitia nos daba la bienvenida. A sus pies había un gallo, ese era el Carmelo, protagonista de uno de los más hermosos cuentos que jamás había leído.
-¡Apúrense, apúrense! –nos instaban los auxiliares-. ¡Al patio principal que ya va a empezar la formación!
-¡Agustín! –me pasó la voz mi amigo Hernando.
-Hola, Hernando, ¿qué tal vacaciones?
-Bien, ¿y tú?
-También bien.
Allí estaban mis compañeros del año pasado: Rubén, Bryan, Jefersson, Toño, Jonathan, Miriam, Pamela, Cinthya, Carmen, Marcela. Nos saludamos, hola, hola, ¿qué tal vacaciones? ¿Viajaron? Uy, cómo has crecio. Y tú, nada, ni un milímetro. Ya te estirarás.
El auxiliar Pablo tomó el micro y nos pidió que nos formáramos de acuerdo a nuestra estatura. Tú más atrás porque estás muy alto, tú adelante, oye, pero yo le gano por un poquito, fíjate.
Una tarde en la playa, una pelotita que pasa a un milímetro de tu cabeza, una chica de ojos azules que te dice gracias, amigo, un nombre en la arena, un corazón, un Te amo que borraría las olas. ¿Dónde estarás, Margaux, Margó?
-¿El 5° A? –preguntó una voz que había escuchado no sé dónde.
-Sí –esa era la voz de Cinthya, primerita en la fila.
¿Margaux? ¿Estaba viendo visiones? ¿Me estaba volviendo loco?
-Gracias. Entonces acá me quedo.
-¿Eres nueva?
-Sí –dijo Margaux.
Mi corazón palpitaba a mil. Un paso, otro paso, Margaux avanzaba buscando dónde ponerse. Toc, toc, toctoctoc. ¿Era ella? Estaba con el uniforme del colegio, nuevo, impecable, tenía los cabellos recogidos en una redecilla, anudados con la cinta azul que se ponen las chicas.
Se puso detrás de Carmen, a un alumno de mí. El mismo perfil, las mismas manos.
El auxiliar ordenó distancia. Entonces quedamos en la misma fila. Volteó hacia su derecha. Me miró. ¡Era ella! Allí estaban sus ojos azul cielo. Hizo un gesto de sorpresa.
-Hola –dijo-. ¿Te acuerdas de mí? Nos conocimos en la playa.
-Sí –le dije-. Tú eres la chica de la pelotita.
Sonrió.
-Vaya, vamos a estar en el mismo salón –dijo-. No te había reconocido sin lentes.
-Mmm –murmuré.
Sí que el mundo era pequeño. Si hubiera adivinado que íbamos a estar en el mismo salón, me habría ahorrado tantos pensamientos, ¿no?
El auxiliar ordenó silenico.
-Después hablamos –susurró Margaux-. ¿Cómo te llamas?
-Agustín. ¿Tú?
-Margó, pero se escribe Margaux.
-¿Margaux?
-Sí, después te cuento.
-Ya.
Era para no creerlo. ¿Tanta coincidencia podía existir? ¿O existía telepatía entre nosotros? Te llamé y por eso viniste. Escribí Te amo en la arena y viniste para corresponderme. Una tarde en la playa, una chica jugando tenis, una pelotita que se le escapa, un chico que la rescata. Dos que se encuentran en el colegio.
Por lo visto, existían las casualidades.
El profesor y los profesores subieron al tabladillo. La profesora Lina, de Religión, tomó la palabra y dirigió la primera oración del año para agradecer al Señor por habernos traído de vuelta al colegio con salud. Rezamos el Padrenuestro. Margaux hizo la señal de la cruz, inclinó el rostro y rezó. Agucé los oídos para escuchar su voz. Parecía un sueño, pero era verdad, allí estaba ella, me había dicho hola, me había dicho después hablamos, después te cuento. Rezamos el Salve, y lo cantamos también: Salve salve cantaba María, que más pura que tú solo Dios… Margó, pero se escribe Margaux, cantaba como los ángeles. ¿Y si yo estaba en el cielo?, ¿si ayer me había muerto mientras rescataba su pelotita? ¿Pero cómo voy a estar muerto si allí estaban todos mis compañeros, mis profesores, el director, los auxiliares? Amén, dijo la profesora y todos lo repetimos.
El auxiliar Pablo tomó de nuevo el micrófono. Ahora las sagradas notas de nuestro Himno Nacional, dijo. Saludo al frente, ¡saludo! Margó cantaba con ánimo, no como algunos de mis compañeros que lo hacían como si no hubiesen tomado desayuno. ¿De qué colegio vendría? ¿Qué habría pasado si ayer no hubiese ido a la playa? ¿Si ayer no hubiese nadado en pos de su pelotita? Hoy ni me habría mirado. Solo a mí me dijo hola. Margaux, o sea que ella escribió su nombre debajo de mi dibujo, o sea que ella hizo ese corazón, ¿por qué? Si supiera que volví a la playa en la noche. ¡Margaux! Una tarde en la playa, una chica jugando tenis con su mamá, una pelotita que vuela a la velocidad de la luz y pasa por mi cabeza. ¡Viva el Perú! ¡¡Viva!! ¡Firmes, descanso, atención!
El director tomó la palabra. Nos dio la bienvenida. Dio la bienvenida a los alumnos de primero y también a los alumnos nuevos que se unían a la gran familia valdelomarina. Margaux sonrió. Me gustaba pronunciarlo tal como se escribía: Margaux. Su frente brillaba. El sol reverberaba en sus oscuros cabellos. El director habló de la educación en valores, todos teníamos que vivir en valores para ser mejores personas, para hacer de nuestro querido Perú un país grande, digno heredero de sus hijos no solo ilustres, sino de todos aquellos hombres y mujeres humildes que habían abierto carreteras, trabajado en las chacras, de aquellos hombres que todos los días se internan en el mar, en las minas. Que todo no quede en el papel, en la teoría, ¿de qué nos sirve saber el concepto de honestos si no somos honestos?, ¿de qué sirve que sepamos el concepto de responsabilidad si no somos responsables? También hay que cuidar la naturaleza. Qué suerte la de nosotros el de vivir cerca del mar, ¿no?, ¿pero qué pasaría si no pudiéramos poner ni un pie en sus aguas? Pensemos en eso, reflexionemos, jóvenes alumnos y alumnas. Margaux volvió el rostro, me miró y sonrió. ¡Qué hermosos eran sus ojos! Eran dos mares, dos lagos, dos cielos. Algún día tenía que escribir una canción a sus ojos mismo La malagueña. Nos habíamos conocido en la playa, en el mar.
Un chico de primero se desmayó. Los auxiliares y un par de profesores corrieron en su auxilio. Se desató el bullicio.
-Hace mucho calor acá, ¿no? –me dijo Margaux.
-Mmm. Tú no eres de acá, ¿no?
-No. Vengo de Lima.
-¿De tan lejos?
-Sí, por motivos de trabajo de mi mamá –sacó una botella de agua y bebió, luego me lo ofreció-. ¿Quieres? Es limonada.
-Gracias –le dije.
Tomé la botella y bebí un sorbo. ¿Si no hubiese atrapado su pelotita, me habría convidado?
-Gracias. Está rico.
-De nada –dijo-. Lo preparé yo.
Sonrió. Le iba a decir tienes buenas manos para preparar refrescos, pero no lo hice.
Se reanudó la formación. El director presentó a cada uno de nuestros profesores. Cuando presentaron al profesor Palomino, le dije a Margaux él es nuestro tutor. Qué bien, dijo ella.
Después de eso, terminó la formación, pero aún nos quedamos en el patio para que los auxiliares nos indicaran nuestras secciones, aunque ya sabíamos que a los de quinto nos tocaba en el tercer piso del pabellón nuevo.
-Qué calor –dijo Margaux, sacó un pañuelo blanco, pulcro, doblado, y se limpió la frente, las mejillas, el mentón, la naricita.
-Ah. Ya te acostumbrarás.
-Ojalá.
Nuestro auxiliar era Enrique. Nos dijo que al 5° A le tocaba el último salón del tercer piso. Suban en perfecto orden, nos dijo. Al primer escandaloso, lo mando de regreso a su casa, ¿ok?
Cruzamos el patio, los salones antiguos.
-¿De qué colegio vienes? –le pregunté a Margaux. Ella caminaba a mi lado.
-Del Josefa Carrillo –dijo.
-¿Y dónde queda?
-En Chosica –dijo. Subíamos las escaleras lentamente-. ¿Conoces?
-Más o menos –le dije-. Mis abuelos viven en La Realidad.
-Eso está cerca de mi casa –dijo-. A veinte minutos.
Los techos de las casas vecinas empezaban a aparecer a medida que subíamos los peldaños. La voy a ver durante diez meses, pensaba, hasta diciembre. Iremos al paseo de promoción, a la fiesta de promo.
-¡Mira, el mar! –exclamó Margaux.
Estábamos en el pasadizo de los quintos.
Allí estaba en mar, desde tiempos inmemoriales, el mar que había admirado Abraham Valdelomar, el mar por el cual había llegado el general José de San Martín. Un mar esmeralda en las mañanas, oscuro en las tardes. Un mar en cuyo cielo volaban cientos de gaviotas.
-Somos privilegiados con esta vista –añadió.
-¿Te gusta el mar?
-Sí –dijo-. Siempre he querido vivir cerca del mar.
-Tus sueños se han hecho realidad –le dije.
Margaux rió con ganas.
Llegamos al 5° A. Entramos. El salón estaba pintado de celeste, las carpetas de color marrón. Todo estaba impecable. Había una pizarra acrílica nueva. Habían escrito con plumón Bienvenidos al año escolar 2007, alumnos del 5° A.
-¿Dónde nos sentamos, Agustín? –me preguntó Margaux.
¡Me estaba pidiendo que escogiera el lugar donde nos sentaríamos los siguientes meses! ¿Nos sentamos en la última carpeta para plajear y hacer chacota?
-¿Nos sentamos en la primera carpeta, cerca del escritorio de los profesores?
-Claro –dijo Margaux-. Para escuchar mejor las clases.
Eso significaba que era una chica inteligente.
CONTINÚA
martes, 3 de marzo de 2009
El trabajo
Ayer volví al trabajo, y como dice un escritor, es la misma huevada de siempre. ¿Cuándo me ganaré el Planeta, o la Luna, al menos, para mandar a la eme toda esa vaina?
domingo, 1 de marzo de 2009
La madre de la lupuna (leyenda selvática)
El campamento guerrillero quedó atrás. Ahora Zenón y Tobías, quien llevaba a Nachito sobre los hombros, se habrían paso entre la enmarañada vegetación. El sol se colaba por entre las copas de los árboles. La marcha era lenta. Zenón seguía pensando que había sido mala idea traer con ellos al uchuicha. El mocoso les complicaría la fuga. ¿Acaso Carla, el mando senderista, dejaría ir a su hijo así nomás? Personalmente se encargaría de darles cacería. ¿Ya se habrían dado cuenta de su fuga? Ojalá que no, que pensaran que habían ido por agua, por fruta. Apúrate, Tobías. Espérame. Hubieran dejado al uchuicha. Por lo visto, pesaba un montón, pues su compañero de fuga iba siempre rezagado. En cualquier momento se cansaría y le pediría ayuda, seguramente. Si no fuera por el uchuicha, podrían ir más de prisa. Tenían que llegar cuanto antes al río. Siguiendo el curso del río hallarían alguna base militar, allí pedirían protección, los terrucos tendrían que olvidarse de ellos. Le pedirían a los soldados que les indicaran como llegar a Huanta. Los terrucos nos han secuestrado, queremos volver a nuestras casas.Siguieron corriendo, siempre mirando hacia atrás para ver si los estaban persiguiendo, con los oídos atentos a algún ruido extraño. ¿Postergarían los cumpas su partida para recuperar al chiquillo? Si los capturaban, eran hombres muertos. El Partido no perdonaba a los traidores, a los desertores. Mejor darse prisa. Podrían esconderse en el monte, ¿pero qué harían con el uchuicha cuando empezara a reclamar por comida? Los cumpas se darían cuenta y los cazarían como a conejos. No debiste traer al uchuicha. Es mi amiguito. Si lo dejaba, iba a morir.
Quizá debió de haberse fugado solo. Pero daba miedo el monte, tantos animales salvajes, culebras. Tantos árboles, plantas desconocidas. Entre dos era más fácil orientarse. ¿Dónde estaría el río? ¿Y si se habían perdido? ¿Nunca volverían a su pueblo?
–¿Me ayudas, Zenón?
¿No decía que el mocoso iba a ser un estorbo?
–Creo que me he torcido un pie. ¿Podemos descansar un rato?
–Mejor llegando al río –dijo Zenón–. Acá nos pueden alcanzar los cumpas. Vamos.
Se puso al chiquillo sobre los hombros y siguió corriendo seguido de lejos por Tobías. Si en vez de traer al uchuicha se hubieran robado un FAL o unas bombas, los cumpas lo pensarían bien antes de emprender su persecución.
Nachito se quejó de sed.
–Espérate que lleguemos al río, uchuicha, allí hay agua hasta por gusto.
El chiquillo sí que pesaba bastante. Zenón ya se sentía cansado. No debieron de haberlo traído. Cruzando el río cada quien podía irse por su camino. Solo llegaría más fácil a Huanta. Solo podía ocultarse en cualquier lado si se complicaban las cosas. Huanta estaba todavía a varios días de camino. Tenía que llegar al río, después a cualquier pueblo. Podría robar un caballo.
Se cansó. Esperó a Tobías.
–¿Cómo está tu pie?
–Me duele un montón. Necesito descansar.
–Pasando el río nos separamos.
–¿No íbamos a ir juntos hasta Huanta?
–El uchuicha pesa un montón. Los cumpas podrían alcanzarnos.
–No creo que lo hagan.
¿Arriesgarse a que lo cazaran por culpa del chiquillo? Claro que no.
–El río no debe estar lejos –dijo Zenón–. Suficiente puedes llegar. Allí esperas a que te pase el dolor.
–Pero, Zenón…
Zenón no dijo nada más y se marchó a la carrera. Corrió, corrió, abriéndose paso entre el follaje, hiriéndose con las espinas, tropezando con las lianas.
Detuvo su carrera en seco: una mujer rubia, hermosa, joven, estaba sentada en la rama de un enorme árbol. ¿Sería una terruca? Pero no tenía arma.
–¿A dónde vas con tanta prisa, chiquillo? –le preguntó. Tenía una voz hermosa.
–Estoy escapándome de los terrucos.
–¿Y tus amigos?
–Se han quedado atrás.
–¿Se han quedado, o los has dejado?
Mejor seguir corriendo. Esta mujer era una terruca, seguramente. Iba a echarse a correr, pero no pudo levantar los pies. Le habían salido raíces que se hundían en la tierra.
–Yo soy la madre de la lupuna –le dijo la mujer–. Y por ser un mal amigo, te vas a convertir en un árbol que crecerá torcido.
Tobías y Nachito llegaron justo en el instante en que Zenón terminaba de convertirse en un árbol todo chueco.
–No temas, yo te ayudaré –le dijo la mujer rubia–. Suban a lo más alto de la lupuna y escóndanse.
Tobías trepó como pudo a la lupuna jalando a Nachito. Ya se escuchaban los gritos de los terrucos pidiéndoles que se entregaran.
Desde lo alto vieron llegar a los terrucos. Estos se sorprendieron al ver a tan bella mujer en medio del monte.
–¿A dónde van? –les preguntó ella, dejando de cantar.
–¿Quién eres tú?
–Yo soy la madre de la lupuna –les dijo ella.
Los terrucos se empezaron a reír. Le apuntaron con sus armas, pero antes de que empezaran a disparar, la mujer los transformó en árboles.
–Por allá está el río –les dijo la mujer a los fujitivos–. No teman, nada les pasará. Caminen por la orilla hasta que encuentren un pueblo.
Ellos reemprendieron su camino.
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Esta es una versión de esa leyenda hecha por mí, con la cual obtuve una mención de honor en el Premio Horacio 2007 en el área de Mitos y Leyendas
Mañana a trabajar

Se acabaron las vacaciones. Dos meses se pasaron volando. Ah, dirán quién como tú que descansas dos meses. Pero después de estar diez meses aguantando a mil demonios, dos meses son pocos, ¿no? No lo disfruté casi nada porque estuve yendo y viniendo del hospital, dirán ¿y la enfermerita? Viendo tantos enfermos, a uno se le quita el ánimo, ¿no? ¿Y el paseíto a la playa? La aproveché para pensar en la eternidad de los mosquitos, como decía mi ex. ¿Y la peluquerita? Caramba, poco a poco, por apresurado ya me han mandado varias veces al tacho, así que desde ahora todo con calma que la prisa es la madre de los fracasos más estrepitosos.
En esa foto estoy yo en Huanchaco, Trujillo, caminando a orillas del Pacífico en uno de los días más recordados del verano, ¿por qué será?
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